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Witold Gombrowicz,
en el centenario de su nacimiento por Eduardo Gimenez Con motivo del centenario del nacimiento del escritor polaco, hemos considerado oportuno dar a conocer varios documentos gráficos, que creemos inéditos, relacionados con los años en que fue empleado del Banco Polaco, en la ciudad de Buenos Aires. Esos documentos se encuentran en nuestro archivo personal, y nos fueron facilitados por un antiguo colaborador del Banco. 1. Witold Gombrowicz, escritor vanguardista que en los últimos años de su vida recibió un extraordinario reconocimiento en Europa, extendido de inmediato a Buenos Aires, nació en Polonia el 4 de agosto de 1904. Año que también nos dio a Pablo Neruda y a Alejo Carpentier, a Graham Greene y a Harry Martinson, entre otras grandes figuras de las letras. Repitamos ciertos datos biográficos de Witold Gombrowicz, harto difundidos. Llegó a la Argentina a fines de agosto de 1939 a bordo de la nave Chrobry (nombre que recuerda al rey de Polonia Boleslao I, el Valeroso, quien gobernó entre 992 y 1025). El inicio de la guerra en su país, pocos días después, lo decidió a radicarse en Buenos Aires, en un exilio que duró algo más de veinticuatro años. El escritor mismo ha dividido esa estadía en tres períodos bien definidos. El primero, desde su desembarco hasta fines de 1947, signado por la "miseria, bohemia, despreocupación, ocio". Esas penurias, sufridas por quien luego alcanzó fama y desahogo económico, también caracterizaron el paso entre nosotros de otras personalidades. Tal el caso de Eugene O'Neill, quien arribó en 1907 y aquí se quedó dos años, viviendo como un linyera, vagando sin ocupación entre los muelles y durmiendo a veces en los bancos de las plazas. Vuelto a los Estados Unidos rehizo su vida y comenzó su labor literaria con obras para teatro, hasta lograr en 1936 el Premio Nobel de Literatura. Otra figura, si bien ajena al mundo de las letras, que también residió en Buenos Aires desempeñando las más humildes ocupaciones, fue Aristóteles Onassis, que hacia 1923 trabajó como mozo en el bar El Estaño, de la calle Corrientes (entonces angosta) N° 1302, y después pasó a ser peón en una frutería de Leandro N. Alem esquina Córdoba. Según nos confió un funcionario del Banco Polaco, Onassis abrió en esa entidad una modesta caja de ahorros que fue inmovilizada por falta de operaciones con un saldo inferior a los diez pesos. Cuando regresó a Grecia se convirtió en uno de los magnates mundiales del petróleo y de las actividades navieras, con una fortuna multimillonaria. Volviendo a Gombrowicz y a las tres etapas en que dividió su exilio argentino, digamos que la segunda de ellas se ubicó entre fines de 1947 y mediados de 1955. La identificó como "vida de oficinista", y en esos años trabajó en el Banco Polaco (Polska Kasa Opieki), cuya sede en la calle Tucumán 462 ocupaba una mansión que originariamente fue la residencia de Emilio Lamarca (ilustre jurisconsulto católico). La tercera etapa se desarrolló entre mediados de 1955, en que dejó de ser empleado, y abril de 1963, cuando partió para Europa, donde se radicó hasta su muerte en 1969. Según el escritor, ese último tramo en la Argentina transcurrió "en una existencia modesta, pero independiente, un prestigio literario en ascenso" (Diario Argentino, Adriana Hidalgo Editora, año 2001, página 244). Hemos oído algunos comentarios en el sentido de que Gombrowicz se habría beneficiado en lo económico con el "mecenazgo" de una conocida artista que integró los elencos del Teatro Colón. En esos veinticuatro años de radicación en la Argentina, ¿cuál fue la relación que entabló Gombrowicz con la colectividad polaca local, bastante numerosa, con sus compañeros de oficina, en su mayoría polacos, y con los círculos intelectuales del país? Se ha dicho que tenía un carácter ubicado en una especie de "nobleza estética", afectada por una autoestima superlativa, excluyente de los demás, que derivó en una fuerte marginación. Se ha advertido en él también un disconformismo frente a todo y una enorme independencia, lo que lo llevó a que no se integrara a ninguno de los sectores mencionados. En determinado momento combatió esa soledad con un acercamiento a los jóvenes, marineros, soldados, tripulantes de barcos surtos en el puerto, en la noche de Retiro y de Paseo de Julio. Gombrowicz explica en Diario Argentino (edición citada, página 40 y siguientes) los motivos de esas aproximaciones. 2. A partir de 1939, en que desembarcó en Buenos Aires, es posible que Gombrowicz, para zafar de la tirante situación económica por la que atravesó, haya hecho sondeos informales para su ingreso como empleado del Banco Polaco. Pero esta entidad dependía del intercambio con Polonia y de la inmigración polaca, ambos suspendidos por la guerra, y entró en una delicada evolución. Debió reducir el personal y aplicar inicialmente una fuerte restricción de gastos. De modo que recién en 1947, cuando el Banco superó esos problemas, Gombrowicz vio abiertas las puertas de esa entidad y pudo ingresar como empleado, desempeñándose en este carácter unos siete años. La ilustración siguiente es una copia de la solicitud de ingreso, de fecha 19 de noviembre de 1947. Allí Gombrowicz invocó estudios, conocimientos de idiomas, etc., y para reforzar su "curriculum" agregó "Publiqué dos libros de carácter artístico". Suponemos que aludía a Ferdydurke y a Iwona, princesa de Borgoña, y es probable que ninguna de estas dos obras hubiese sido leída por la gente del Banco que evaluó la solicitud, porque de no ser así otra suerte habría corrido ese pedido de ingreso como empleado, en un ambiente por entonces muy convencional y prejuicioso, donde esos dos libros estaban considerados como "políticamente incorrectos". La mención en dicha solicitud de su actividad como escritor, nos recuerda que en otra obra (Trans-Atlántico, escrita entre 1948 y 1950, durante las horas de trabajo en el Banco Polaco), se calificó a sí mismo y a su compañero de camarote en el Chrobry "como buenos hombrecitos de letras, pobrecitos, Dios los guarde, ..." Para incorporar a su legajo personal Gombrowicz acompañó la foto-carnet que reproducimos a continuación. Contaba allí con 43 años de edad.
El lugar de trabajo que se le asignó fue la Secretaría de la Presidencia, en el primer piso del Banco, un sector totalmente alfombrado, con "boiserie" de roble de Eslavonia, a las órdenes inmediatas de Helena Zavadska, a quien el escritor, años después, recordó en Diario Argentino (edición citada, página 245), asociando a esa jefa con el aburrimiento, el horror, de su paso por dicha oficina. Era Zavadska una buena persona, muy leal al Banco, pero su carácter fuerte hacía que a veces se dirigiera al personal con expresiones cortantes, destempladas y hasta enfadosas. Refiere una anécdota que en ocasiones quedaba Gombrowicz solo en la oficina porque Zavadska salía a la calle para alguna diligencia, lo que era aprovechado por nuestro personaje para distenderse y cruzar las piernas con los pies apoyados sobre el escritorio. Con los ojos entrecerrados pero fijos en esas regiones distantes donde le brotaban los temas y los duendes de magia y fantasía. Hasta que cierta vez entró Zavadska de improviso, tomó una regla de madera y con ella golpeó repetidamente la suela de los zapatos del escritor, que así volvió a la realidad, en vilo, sumergido seguramente en un torbellino psíquico. Luego siguió el altercado consabido, mientras en el despacho contiguo el presidente del Banco, Julio Nowinski, sentado en su sillón dormía la siesta hasta las cinco de la tarde, hora del té y de la quinta edición del diario La Razón, que le alcanzaba la secretaria. Se recuerda también una gentileza que tuvo Gombrowicz, en aquellos años, con empleadas de la contaduría, que a pedido del escritor habían puesto títulos y leyendas en letra gótica a un álbum con fotos personales. Para retribuirles el trabajo, hecho con la clásica pluma Soennecken N° 2, se cruzó a una frutería de enfrente, compró un melón para obsequiárselo y sobre la cáscara amarilla estampó una dedicatoria y su agradecimiento a las empleadas, con su firma al pie. ¿Qué habrá sido de ese autógrafo, digno hoy de un remate en Sotheby's? La foto que sigue corresponde a una recepción hecha en la presidencia del Banco hacia 1948, en honor del escritor polaco (luego adherido al nuevo régimen político de su país) Jaroslaw Iwaszkiewicz, autor de poesía (Odas olímpicas) y de novelas (Los broqueles rojos; El molino de Utrata; Nuevo amor). La imagen que antecede muestra al citado escritor, entonces famoso en su país (con un sobre blanco en el bolsillo), y a la izquierda a Gombrowicz, un tanto ignorado por los presentes, como una figura secundaria. La próxima foto fue tomada en el mismo agasajo y en ella ya consiguió Gombrowicz ocupar un lugar central, entre Iwaszkiewicz y Nowinski. Entonces esboza una leve sonrisa, más bien un rictus de complacencia. Sin excesos ni concesiones, como corresponde a su personalidad. Las imágenes que siguen son presentaciones manuscritas de Witold Gombrowicz, en su carácter de empleado, para que se le concedan licencias extraordinarias sin goce de haberes. En todos los casos le fueron otorgadas. Cuando renunció al Banco fue tal el recuerdo negativo que le dejaron esos años que no volvió a pisar dicha entidad. Según comentarios de ex compañeros de oficina, dejó el escritorio cerrado bajo llave y Zavadska, luego de una espera prudencial, ordenó violentar la cerradura y destruir la papelería que se encontrara en los cajones. Fue así que se habrían arrojado al fuego de la chimenea unas pocas líneas manuscritas de Gombrowicz. ¿Estaría entre ellas la hoja literaria olvidada, excelsa, aquella que suele brotar por única vez en la vida, como un rayo de luz que hubiese iluminado su obra cumbre? 3. A fines de 1958 llegaron a nuestras manos sendos ejemplares de dos obras de Gombrowicz, Ferdydurke y El casamiento, pertenecientes a la biblioteca del Banco Polaco, y procedimos a leerlos a pesar de que los empleados de ese sector nos desaconsejaron ambos libros por considerarlos prescindibles y literatura del absurdo. Debemos reconocer, sinceramente, que no nos sentimos atraídos por esas lecturas y, sin remordimiento, dejamos caer las dos obras en el olvido. Cuando Gombrowicz se fue del país en 1963, a los 59 años de edad, era casi ignorado en nuestros círculos literarios y sus libros apreciados sólo en un estrecho ámbito de Buenos Aires. Llegado a Europa obtuvo muy pronto un importante premio internacional, y de allí en más sobrevinieron los éxitos más rotundos. Es decir, el viejo continente nos devolvió una imagen del escritor bien distinta, diametralmente opuesta a la que aquí despedimos, ahora con un reconocimiento universal de su obra, que lo equiparó según algunos críticos con Joyce y Kafka, en tanto que otros lo compararon con Jean Genet, Ionesco y Jarry. Personalmente, desde nuestro humilde punto de vista, nos pareció que necesariamente debíamos releer Ferdydurke y El casamiento. Así lo hicimos y nos vemos forzados a confesar que nos produjeron la misma sensación de desaliento y de vacío emocional que experimentamos con las primeras lecturas, lo que no significa que neguemos los méritos y la alta estima que ha logrado este autor entre sus críticos y seguidores. ¿Acaso necesitemos un tercer intento de aproximación a esas obras? Buenos Aires, 2 de agosto de 2004 Notas:
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