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Tapa
Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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"Imaginemos, por ejemplo, en aquella tarde
de hace ochenta años, a un joven que acaba de asegurar las
riendas de su caballo en el palenque que existía frente a
la estación."
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Eduardo Gimenez

Prólogo
Todo tiempo pasado,
¿fue mejor?
La ciudad de Ramos Mejía, distante algo más
de catorce kilómetros de la plaza del Congreso en la Capital
Federal, presenta hoy un aspecto asombroso.
Detengámonos por caso cualquier día
hábil, a las seis de la tarde, en una esquina céntrica:
el cruce de la avenida Rivadavia con la calle Bolívar. Varias
torres de departamentos y oficinas, de quince o más pisos, proyectan
su sombra sobre un tránsito intenso de personas y vehículos
motorizados de todo tipo. La boca del túnel que comunica con
la estación del Ferrocarril Sarmiento y con la plaza adyacente
arroja en forma continua oleadas de estudiantes y empleados que regresan
de sus ocupaciones.
En medio de ese torbellino incesante y bullicioso,
de ese abrumador crecimiento edilicio, pensemos por un instante cómo
sería este lugar hace ochenta años, también a las
seis de la tarde. La avenida Rivadavia era todavía angosta y
había sido adoquinada recientemente. Mostraba un caserío
de planta baja, muchos terrenos baldíos y el paso de carros y
chatas de tracción animal. La calle Bolívar, como todas
en el pueblo, era de tierra y se convertía en un lodazal en época
de lluvia, o quedaba cubierta de polvo bajo el sol del verano.
Es difícil comprender cómo, en pocas
décadas, se han dado tantas transformaciones en el paisaje urbano
y en la gente y sus costumbres.
Entornemos los ojos para facilitarle a la memoria
las imágenes de antaño, para que se hagan ciertos los
recuerdos del ayer, teñidos con cierta amable nostalgia, en absoluto
triste. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
No abordaremos esta polémica pregunta en
las páginas que siguen. Digamos que no fue peor ni mejor que
el tiempo presente: fue distinto.
Además no todo ha cambiado. Son inmutables
los sueños, las pasiones, las inquietudes que dominan al ser humano.
Imaginemos, por ejemplo, en aquella tarde de hace ochenta años,
a un joven que acaba de asegurar las riendas de su caballo en el palenque
que existía frente a la estación. Tal vez sea un vecino
de las numerosas quintas de los alrededores, o un peón de la cercana
cabaña, o acaso un cuarteador, de aquellos que eran requeridos
para sacar a los carruajes de su atascadero en los barriales y huellones
del pueblo. Mezcla de criollo y porteño, con el ala del sombrero
quebrada sobre el rostro, botas de media caña en cuero negro y
pañuelo al cuello.
Ese mozo se ha citado con su novia, a las seis
de la tarde. Es el amor que va por la calle, a la hora en que el sol,
sin obstáculo alguno que nos impida verlo, se hunde lentamente
en el horizonte. Por los alrededores transita alguno que otro vecino,
mientras la quietud y el silencio se van apoderando del lugar.
Los sentimientos de esa pareja de enamorados siguen
siendo en esencia los mismos que inquietan a los jóvenes de hoy,
que vemos pasar vestidos con blue jeans, desplazándose
ajenos al movimiento que los rodea, envueltos en la música de
las disquerías, en tanto el sol ya se ha ocultado detrás
de los altos edificios.
* * *
Los apuntes que componen este libro han sido escritos evocando viejos recuerdos
personales, propios y de algunos amigos de la ciudad. También
hemos hojeado añejos documentos obrantes en alguna colección
particular, y consultado diversos libros y ensayos sobre el tema (ver
Bibliografía).
Nuestro agradecimiento a quienes ofrecieron y brindaron
su colaboración, los señores Carlos Alberto Andreola,
Donato Pascual Caprio, Juan Cogorno, Carlos Alberto González,
Mario Rodolfo Gasparri, Eduardo Abel Gimenez, Enrique Ramos Mejía,
José María Pico, Jorge Rappa, Jorge Rossi, Aldo Luis Torricella,
Adrián Valencia, Douglas Wright, y otros, que han aportado importante
documentación.
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