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Tapa
Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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"Su carácter rebelde (de los querandíes) determinó que no fueran
asimilados por los asentamientos que los conquistadores españoles
comenzaron a levantar, que fueran salvajemente perseguidos y diezmados,
y en pocos años corridos hacia zonas alejadas del litoral
rioplatense."
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Eduardo Gimenez

Capítulo I
La zona y sus primeros ocupantes
Las tierras en que está asentada la ciudad
de Ramos Mejía constituyen una llanura sin desniveles importantes,
salvo suaves e imperceptibles pendientes hacia los dos arroyuelos o zanjones
que la recorrían de oeste a este, bordeados de altos pastizales.
Ambos cursos de agua fueron entubados en la década del 30.
El primero de ellos, que originariamente servía
de límite entre los municipios de Morón (al norte) y de
La Matanza (al sur), corría a la altura de la avenida Gaona y en
forma paralela a ésta.
El segundo zanjón se hallaba a una distancia
aproximada de trece cuadras al sur de la estación ferroviaria,
por debajo de la calle Rawson. Luego, ya en la localidad de Ciudadela,
se desviaba hacia el norte por la avenida Díaz Vélez y cruzaba
Rivadavia, a la altura del 12.900, y las vías del ferrocarril.
Aún se ven los dos pilares del puente que existió en ese
lugar. Finalmente volcaba sus aguas en el primero de los arroyos mencionados,
que se dirigía en dirección de la avenida General Paz para
convertirse en el arroyo Maldonado. Las obras de entubamiento del arroyo
Maldonado comenzaron en el año 1928, por debajo de la avenida Juan
B. Justo de la Capital Federal.
Las dos eran tranquilas corrientes de agua pluvial,
de caudal muy limitado, pobladas de ranas que de niños nos dedicábamos
a cazar en tardes robadas a la escuela de la señora Ramona. En
épocas de lluvias intensas o frecuentes solían desbordarse
creando problemas de incomunicación a los vecinos del lugar.
Hasta la década del 30 existió en el
cruce de las calles Cabral y Rawson, además del zanjón mencionado,
una laguna de algo más de cincuenta metros de diámetro,
formada a raíz del socavón de tierra provocado por un horno
de ladrillos que operaban los hermanos Zappettini. Lindera a esa laguna
estaba lo que conocimos como "la quema": un basural a cielo
abierto, donde los carros basureros municipales descargaban diariamente
los residuos domiciliarios. Ese paisaje, por cierto nada agradable pero
que tanto nos interesó recorrer en la infancia, desapareció
afortunadamente con el entubamiento del zanjón, la pavimentación
de las calles y el loteo de la zona.
Pues bien, ¿quiénes fueron los primitivos
ocupantes de estas tierras que describimos? En 1536, cuando tuvo lugar
la primera fundación de Buenos Aires por D. Pedro de Mendoza, los
conquistadores españoles tomaron conocimiento de que toda la región
estaba poblada por los indios querandíes, individuos de índole
guerrera, valientes e indómitos, que andaban generalmente desnudos
o a lo sumo, en épocas de frío riguroso, cubiertos con pieles
de animales, con las que también armaban sus precarias tolderías,
sostenidas por postes y horquetas de madera. Se alimentaban con productos
de la pesca y de la caza (ñandúes, guanacos, armadillos,
etc.).
Creemos que el carácter nómade de los
querandíes y la conveniencia de disponer de agua potable y ríos
que les posibilitaran la pesca, son factores que habrán gravitado
para que no tuvieran ningún asentamiento permanente en la zona
de Ramos Mejía. Sí es posible que se los viera con frecuencia
en sus correrías de cazadores. Téngase presente que no conocieron
el caballo hasta que Mendoza introdujo los primeros yeguarizos, por lo
que practicaban la caza a pie, corriendo a los animales hasta cansarlos
y apoderarse de ellos, ayudados además por el arco y la flecha
con punta de piedra, y boleadoras. Conocían una muy rudimentaria
alfarería, de sencillos platos y ollas.
Es muy poco lo que se sabe de este grupo étnico.
Su carácter rebelde determinó que no fueran asimilados por
los asentamientos que los conquistadores españoles comenzaron a
levantar, que fueran salvajemente perseguidos y diezmados, y en pocos
años corridos hacia zonas alejadas del litoral rioplatense.
Por cierto que la lucha se prolongó en el
interior de la pampa por mucho tiempo más, porque los querandíes
se valieron de dos importantes elementos a su favor: el conocimiento del
desierto que conformaba sus dominios y la incorporación del caballo
como medio de desplazamiento, con el que se convirtieron en habilísimos
jinetes.
El carácter belicoso de los querandíes
y por ende la imposibilidad en esa época de incorporarlos a un
régimen social y de trabajo sistemático, impidieron una
integración de los indios con los europeos. Posteriormente, la
corriente inmigratoria que desde fines del siglo pasado se produjo en
el país terminó por dar a la sociedad rioplatense una fisonomía
étnica y cultural netamente europea.
Quienes hoy componemos la población
de Ramos Mejía podríamos pensar que aquellos hechos históricos
nos son ajenos y que se pierden en la lejanía del tiempo. Están
sin embargo a una vuelta de página de la crónica de nuestro
pasado y forman parte, junto con otros antecendentes que iremos desempolvando
en las páginas que siguen, de las raíces de nuestra comunidad.
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