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Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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En este lugar se emplazó
un humilde apeadero que, si se toman en cuenta los actuales límites
jurisdiccionales del país, resultó ser la primera
estación ferroviaria instalada fuera de la Capital Federal.
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La histórica locomotora "la
Porteña" cruzó, a partir de 1858, la zona que
ahora ocupa la ciudad de Ramos Mejía. (Fotografía
de "El barrio de Flores", de Ricardo M. Llanes, Cuaderno
de Buenos Aires N° 24.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más
grande.)
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(*) Revista Todo es Historia, Año
XIX, N° 239, pág. 57.
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No se crea sin embargo
que el primer silbato de las locomotoras había reemplazado
de un día para el otro al mugido de los bueyes carreteros
y al grito de los troperos criollos, que continuaron dando su típico
colorido a la avenida Rivadavia durante varias décadas más.
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Eduardo Gimenez

Capítulo III
El arribo del primer tren
A partir de la batalla de Caseros, en 1852, y del
consecuente alejamiento de Juan Manuel de Rosas, el país todavía
debió soportar un período con mucha turbulencia política,
pero ya se advertía un generalizado deseo por consolidar las instituciones
y crear un ambiente propicio al progreso económico.
De ese proceso de reactivación participó
intensamente la chacra de la familia Ramos Mejía, que según
dijimos en el capítulo anterior, había sido devuelta a su
dueña Da. María Antonia Segurola, luego de más de
diez años en que no pudo disponer de ella por hallarse confiscada.
Se reanudó en sus campos la explotación agrícola
y ganadera, y en 1853 adquirió un plantel inicial de dos toros
y seis vacas de raza Shorthorn, que permitieron la multiplicación
de este tipo de hacienda, dedicada especialmente a la explotación
lechera y la venta de reproductores. En 1865 ya era notorio el mejoramiento
de los planteles y ganó el primer premio de vacas lecheras en la
exposición realizada por las fuerzas rurales en los galpones del
Jardín Florida (en las calles Florida y Paraguay, de la Capital
Federal).
Para ese entonces el Camino Real que atravesaba la
chacra a la altura de lo que hoy es nuestra ciudad, y que nacía
junto a la barranca del Río de la Plata, ya había cambiado
de nombre varias veces. Se llamó De las Torres en 1808; luego Reconquista;
en 1822, La Plata; en 1835 Rosas decretó que fuera el Camino de
Quiroga, hasta que a la caída de su gobierno pasó a ser
el Camino del Oeste. Finalmente en 1857 se le dio la denominación
actual de Avenida Rivadavia, en oportunidad de repatriarse los restos
del ex presidente a bordo del vapor Italia, procedentes de Cádiz,
donde murió luego de 27 años de destierro.
Justamente en 1857 se produjo un acontecimiento histórico
de enorme importancia. No se trató de un hecho de armas como los
que perpetúan el nombre en tantas calles y plazas, sino que fue
una obra civilizadora que permitió conquistar para el progreso
el desierto de la pampa argentina. Nos estamos refiriendo al tendido de
la primera línea ferroviaria, que partiendo de la "gran aldea"
que aún constituía Buenos Aires iba rumbo a las quintas
de verano del pueblo de San José de Flores, y continuaba hacia
el poniente, para llegar, un año más tarde, hasta la chacra
de los Ramos Mejía, bordeando la Avenida Rivadavia.
En este lugar se emplazó una humilde estación que, si se toman
en cuenta los actuales límites jurisdiccionales del país, resultó
ser la primera parada ferroviaria instalada fuera de la Capital Federal.
Es oportuno citar aquí las palabras pronunciadas
por Mitre en el acto de una inauguración ferroviaria: "Al
tomar en mis manos los instrumentos del trabajo, para levantar y conducir
la primera palada de tierra del ferrocarril, siento mayor satisfacción
que la que experimentaría dirigiendo máquinas de guerra,
aunque fuera para triunfar gloriosamente".
¿Cómo se gestó el emprendimiento
que dotaba de vías férreas a lo que hoy constituye la ciudad
de Ramos Mejía?. La historia nos remonta a 1854 en que el Gobierno
de Buenos Aires, a cargo de Pastor Obligado, firmó el acta de concesión
con la Sociedad del Camino-Ferrocarril al Oeste, integrada por personalidades
de abolengo criollo, porteños en su mayoría y casi todos
comerciantes: Felipe Llavallol, Francisco Balbín, B. Larroudé,
Mariano Miró, Daniel Gowland, Manuel J. Guerrico, Norberto de la
Riestra, Adolfo Van Praet, Esteban Rams y Vicente Basavilbaso.
En aquella época ya se sentía una incondicional
admiración por las cosas importadas, especialmente de Inglaterra.
Por este motivo y también por la total falta de experiencia en
materia ferrroviaria, se adquirieron en ese país los vehículos
y los rieles necesarios, así como casi todos los demás materiales.
También de ese origen fueron la técnica y la mano de obra,
para lo cual vinieron al país el ingeniero Guillermo Brogge, varios
capataces y 160 obreros expertos.
Al presentarse los planos y estimar el monto de las
inversiones, la empresa consideró beneficioso eliminar la compra
de locomotoras y solicitó al gobierno autorización para
recurrir a la tracción a sangre, mediante el uso de caballos, que
eran baratísimos en el país. Claro que los argumentos esgrimidos
fueron otros de tipo técnico, y valiéndose también
de una protesta elevada por vecinos, que consideraban peligrosa para sus
edificios la trepidación que provocarían las locomotoras.
No nos asombremos demasiado con esta propuesta de usar la tracción
a sangre: los tranvías porteños fueron arrastrados por caballos
desde que se instalaron en 1870, hasta que se electrificaron en 1897.
Lo cierto es que el gobierno accedió al cambio
propuesto, por resolución del 6 de octubre de 1854, pero llegado
el momento los concesionarios optaron por la importación de una
locomotora usada, de trocha ancha (1.676 mm.). Había sido construida
en Leeds (Inglaterra), por la casa Manning Wardle, Co., para la India,
donde corrió a través de sus bosques vírgenes. Sirvió
luego en los campos de Crimea, en guerra por entonces, y participó
en el sitio de Sebastopol.
Estos antecedentes han sido puestos en tela de juicio
por investigadores del pasado de los ferrocarriles argentinos, y hay quienes
aseguran que los fabricantes ingleses despacharon la máquina sin
uso con destino a nuestro país.
Un detalle curioso es que la empresa ferroviaria
fue autorizada en 1857 a que tuviera policía particular, ante la
posibilidad de sabotajes por parte de algunos sectores que se consideraban
afectados (carreros, troperos, fletadores).
Otra disposición oficial que hoy nos asombra
es la que expresaba: "Los empleados podrán usar armas, sin
otra licencia que la autorización del Gerente... La Confederación
prestará toda la fuerza militar que fuera necesaria, para proteger
al ferrocarril y sus empleados, de los salvajes".
Construidos los primeros diez kilómetros de
vías (de la estación en el Parque actualmente el teatro
Colón hasta Floresta), se hacen ensayos previos y se produce
el primer accidente, felizmente sin víctimas fatales, cuando al
maquinista se le ordena que trate de alcanzar las 25 millas de velocidad.
La Porteña, que así había sido bautizada la locomotora,
trata de estar a la altura de las circunstancias, pero salta de las vías
cerca del puente del Once de Setiembre, en el viaje de regreso. Este tropiezo
se mantuvo en reserva para no afectar la imagen del servicio a inaugurar.
El 27 de agosto de 1857 se hizo la inauguración
privada del "Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste", y tres
días más tarde la oficial hasta Floresta, cuando era gobernador
de Buenos Aires D. Valentín Alsina.
Los trabajos no se interrumpieron, tendiéndose una sola vía,
que en las estaciones se bifurcaba por un corto trecho para posibilitar el cruce
de los trenes,. Así avanzaron rápidamente las obras, permitiendo
que el 25 de setiembre de 1858 llegara el primer tren a nuestra zona en lo que
se denominó Estación General San Martín, arrastrado por La
Porteña, con dos vagones de pasajeros más pequeños que un
tranvía antiguo.
Según la reseña de un matutino porteño,
"se levantó la estación, consistente en una pequeña
casucha de madera con dos subdivisiones, una para oficina y otra para
vivienda del encargado, y un galpón destinado a almacenamiento
y depósito de frutos del país y otras cargas. No se instalaron
ni plataformas, ni apeaderos, ni desvíos."
Dice José María Pico(*): "A cien
metros de la nueva estación nacía el camino que conducía
hacia el sur, a San Justo, adonde se bifurcaba en dirección al
casco de `Los Tapiales', y al río Matanza; a El Pino y a Cañuelas.
Algún puesto de la estancia se hallaba cerca de la estación
y a poca distancia de ella, hacia el noroeste, destacaba su silueta criolla
la pulpería `La Blanqueada'. Al oeste se divisaba la arboleda y
la casa de la antigua quinta de `La Figura', que posteriormente fue de
D. Matías Ramos Mejía."
Los terrenos para instalar las vías y la estación fueron donados
al ferrocarril por Da. María Antonia Segurola de Ramos Mexía. Los
trenes comenzaron a correr a la mañana y a la tarde, pero el alto costo
de los pasajes restringía su utilización a los miembros de la clase
alta y a los funcionarios de la época. La principal actividad estuvo dada
por el transporte de lana y cereales y en 1858, primer año completo de
explotación de la línea, el ferrocarril transportó 185.566
pasajeros y 6.747 toneladas de carga. Recordemos que a la primera locomotora,
La Porteña, pronto se agregó otra (La Argentina) y al tiempo varias
más, lo que indicaba la buena evolución del tráfico.
No se crea sin embargo que el primer silbato de las
locomotoras había reemplazado de un día para el otro al
mugido de los bueyes carreteros y al grito de los troperos criollos, que
continuaron dando su típico colorido a la avenida Rivadavia durante
varias décadas más.
Dice el diario La Prensa que todavía en 1875
"a ambos lados de la estación... se encontraban las 'plazas
de carretas'. En esos espacios libres acampaban las tropas que venían
con frutos del país desde el interior o que volvían con
víveres, materiales, útiles y enseres para la campaña.
Las boyadas pacían y tomaban `resuello' en los campos circunvecinos,
previo permiso de sus dueños, y los conductores, cuando no acudían
a la fonda y pulpería de La Esquina (hoy calle Ardoino y 9 de Julio),
más para beber caña paraguaya que para comer, formaban los
tradicionales fogones junto a las carretas alineadas y luego sesteaban
o dormían en la noche sobre mantas y aperos debajo de esos vehículos.
Muchas carretas, además, llegaban hasta la estación San
Martín todavía para cargar tasajo, de las viejas y
conocidas saladerías de Caseros, como así también
para remitir por ferrocarril importantes cargamentos de cueros, lanas,
cerdas y otros productos. Al mismo tiempo recibían mercaderías
de la ciudad. Este uso del ferrocarril se hacía principalmente
en otoño, invierno y parte de la primavera, cuando el Camino Real
a la entrada de Flores y pasando Almagro se encontraba poco menos que
intransitable por sus famosos pantanos."
Al cruce de las carretas se había sumado el
de las diligencias o galeras, con sus postillones sobre las yuntas de
caballos de la primera y segunda cuarta que les precedían, tirando
a la cincha, y el mayoral, sentado en la parte superior del vehículo,
a casi tres metros de altura, como un vigía sobre la llanura.
Cumplían recorridos fijos con regularidad,
como los actuales ómnibus, y cubrían las necesidades de
movilidad y mensajería a larga distancia, no servidas aún
por el ferrocarril. Los viajes en diligencia se efectuaban en etapas extenuantes,
de posta a posta, o a uno de los escasos poblados del interior, donde
se mudaban los caballos y bajaban los pasajeros para desentumecer las
piernas o tomar alguna caña.
La posta más próxima a Ramos Mejía,
que además era la primera desde la partida en la ciudad de Buenos
Aires, se hallaba ubicada en lo que hoy es el 12.900 de la Avenida Rivadavia,
cerca de la actual estación Ciudadela, y se llamó la Posta
Vieja. Es de suponer que, por tener su lugar de detención en ese
punto, las diligencias siguieran de largo al atravesar la zona de Ramos
Mejía.
Es indudable que esos primitivos medios de comunicación
terrestre tenían los días contados frente a la competencia
creciente del ferrocarril.
En lo que toca a nuestra localidad, el paso de las
vías trajo de inmediato el soplo vivificador del progreso, movió
voluntades y tuvo consecuencias favorables, directas e indirectas, sobre
las que nos extenderemos en el capítulo que sigue.
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