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Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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(*) Revista Todo es Historia, Año
XIX, N° 239, pág. 57.
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Respecto de la estación del ferrocarril,
inaugurada en 1858 en el mismo lugar que hoy ocupa entre la Avenida
de Mayo y Moreno, de Ramos Mejía, consignemos que el 21 de
febrero de 1872 el Directorio de la empresa resolvió lo siguiente:
"Se cambia el nombre de Estación San Martín por
el de Lavalle, a pedido de los vecinos" (sic).
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(*) "Significado de la nomenclatura
de las estaciones ferroviarias", editado por el Ministerio
de Obras Públicas, 1942.
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Eduardo Gimenez

Capítulo IV
El trazado del pueblo
A fin de situarnos en el período histórico
del país en que transcurre esta parte de nuestra crónica,
digamos que a principios de 1859 presidía la Confederación
Argentina el general Justo José de Urquiza, y que en la Provincia
de Buenos Aires, como estado independiente aún no incorporado a
la Confederación, gobernaba el doctor Adolfo Alsina. En el pago
de La Matanza, desde 1857, se desempeñaba una corporación
municipal integrada por los vecinos Vicente Silveyra, Hilario Schoo, Joaquín
Madariaga y Emilio Villegas.
Para esa época se originó un litigio entre los municipios de
Matanza y de Morón, por la fijación de límites jurisdiccionales,
particularmente en las tierras por las que cruzaban las vías férreas,
incluyendo la Estación General San Martín (hoy Estación Ramos
Mejía). Luego de los dictámenes producidos a principios de 1859
por el Departamento Topográfico de la Provincia de Buenos Aires, el pleito
fue resuelto a favor de la Comuna de San Justo, que logró así retener
la estación ferroviaria y su zona aledaña.
Hoy los vecinos del lugar podríamos considerar
relativa la importancia de este fallo, pensando en qué variaría
nuestra situación si en lugar de depender de una municipalidad
estuviésemos subordinados a otra. En realidad, la demarcación
de límites nos ha dejado una caprichosa línea imaginaria
en la zona norte de la ciudad, que separa oficialmente a Ramos Mejía
de Villa Sarmiento, a través de la Avenida Gaona y otras calles
cercanas. Y es fácil advertir que ambos sectores constituyen un
solo núcleo vecinal, con raíces históricas comunes,
y que sus habitantes comparten cotidianamente el centro neurálgico
que gira alrededor de la plaza, la estación ferroviaria, la iglesia
y la avenida Rivadavia, con su enorme movimiento comercial.
Por lo tanto, y esto sí tiene relevancia,
nos parece que la comunidad de Villa Sarmiento, hasta la zona del Colegio
Ward inclusive, debe considerarse con legítimo orgullo parte integrante
de la ciudad de Ramos Mejía, sin perjuicio de que continúe
vigente la dibujada demarcación actual, a los fines del pago de
las tasas municipales, de los expedientes y sus sellos, de los trámites
y su burocracia.
Retornemos ahora a 1859, año en que el tendido
de las vías férreas ya sobrepasaba el pueblo de Morón
y la obra continuaba sin pausa con destino a Moreno, que sería
alcanzado en 1860. También para esta fecha se inauguró la
línea telegráfica que llegaba hasta esa localidad, acompañando
al ferrocarril del Oeste.
Desde el pueblo de Flores hacia el oeste se inició
la subdivisión de la tierra en quintas o parcelas de regular extensión,
las que pocas décadas más tarde entrarían en un proceso
de miniaturización en lotes de sólo 10 varas de frente.
El servicio de trenes determinó que de inmediato
se valorizaran los terrenos situados a ambos lados de la línea.
Desde Once hasta Flores comenzó a edificarse en un radio de dos
a tres manzanas hacia el sur y otro tanto hacia el norte de la avenida
Rivadavia. No olvidemos que en 1870 la ciudad de Buenos Aires todavía
tenía como límite oeste las avenidas Entre Ríos y
Callao.
En cuanto a la zona correspondiente a la Estación General San Martín,
también fue objeto en 1859/1860 del primer fraccionamiento de las tierras,
que según dijimos estaban comprendidas en su totalidad dentro de los extensos
límites de la chacra Los Tapiales.
Su propietaria, Da. María Antonia Segurola
de Ramos Mexía, ya contaba en ese entonces más de 70 años
de edad, y se sabe de su particular preocupación para que, cuando
faltara, los cuatro hijos de su matrimonio con D. Francisco Hermógenes
Ramos Mexía no tuviesen problemas en lo tocante a la división
del patrimonio y pudieran arreglarse de una manera fácil y bajo
datos concretos. En estos términos lo manifestó expresamente
por escritura del 6 de junio de 1851, ante el escribano Manuel José
Zeballos.
Así es también que, a modo de testamento,
por escritura pasada ante el mismo escribano, de fecha 31 de marzo de
1859, dividió Los Tapiales entre sus hijos. Las dos parcelas que
lindaban al sur con el río Matanza correspondieron por sorteo a
las hijas mujeres: a Da. Marta Ramos Mexía de Madero la zona sudoeste
de la chacra, y a Da. Magdalena Ramos Mexía de Elía la parte
sudeste, que incluía el histórico caserón. De las
dos parcelas restantes, que lindaban con la avenida Rivadavia, se adjudicó
a D. Matías Ramos Mexía la fracción ubicada al sudoeste
de la estación ferroviaria, y a D. Ezequiel Ramos Mexía,
la fracción del sudeste.
Según José María Pico (*) "la
fracción comprendida entre el Camino Real y el Palomar de Caseros
se dividió en doce lotes y se entregaron tres a cada uno de los
herederos." Da. María Antonia fallece el 4 de febrero de 1860.
Como parece que en esa adjudicación de tierras
D. Matías y D. Ezequiel quedaron con una pequeña diferencia
de valores en contra, para compensarla al primero se le asignó
una volanta valuada en veinticuatro mil pesos, y al segundo la residencia
paterna en la ciudad de Buenos Aires.
Y respecto de la estación del ferrocarril,
inaugurada en 1858 en el mismo lugar que hoy ocupa entre la Avenida de
Mayo y Moreno, de Ramos Mejía, consignemos que el 21 de febrero
de 1872 el Directorio de la empresa resolvió lo siguiente: "Se
cambia el nombre de Estación San Martín por el de Lavalle,
a pedido de los vecinos" (sic).
Adviértase qué interesante esta parte
final de la resolución, en cuanto nos informa que hubo una solicitud
de los vecinos del lugar. Aunque no hemos localizado dicho petitorio ni
la lista de las personas aludidas, intuimos de dónde podía
provenir esa inquietud para honrar el nombre del general Lavalle, quien
luego de la batalla de Famaillá había emprendido la retirada
hacia el norte, siendo muerto por una partida armada de sus perseguidores,
en la ciudad de Jujuy, el 9 de octubre de 1841.
Es más que probable que fuera D. Matías
quien encabezó ese movimiento vecinal, acompañado por su
hermano Ezequiel y por sus dos cuñados, Francisco B. Madero e Isaías
de Elía, porque a partir del pronunciamiento de los Libres del
Sur, y durante varios años, los cuatro habían compartido
con Lavalle las vicisitudes de sus campañas militares, batiéndose
juntos en Yeruá, San Cristóbal, Sauce Grande, Quebracho
Herrado y Famaillá. D. Ezequiel, además, estaba casado con
Carmen Lavalle, de modo que también había estrechos vínculos
familiares.
Se recuerda asimismo que, muerto el general Lavalle,
los hermanos Ramos Mexía, junto a otros compañeros de armas
entre los que se contaban sus cuñados Madero y de Elía,
escoltaron y trasladaron su cadáver a través de la quebrada
de Humahuaca rumbo a Potosí (Bolivia), donde depositaron sus restos
en la Iglesia Matriz.
Digamos también, para comprender mejor los
lazos de amistad que unieron a estos hombres con el general Lavalle, que
éste en determinado momento de la campaña regaló
a D. Matías su espada, que se encuentra desde el año 1939
en el Museo de Chascomús, donada por sus descendientes. En su empuñadura
se lee la siguiente inscripción: "Juan Lavalle amistad a Matías
Ramos Mexía".
Y para mayor abundamiento agreguemos que al dirigirse
la columna con los restos de Lavalle hacia el altiplano, a fines de 1841,
se cubrió su cadáver con la bandera argentina y con un poncho
celeste y blanco que era de D. Matías, donado en 1968 por sus descendientes
al Regimiento de Granaderos a Caballo. Hay pues sobradas y explicables
razones para considerar que eran los Ramos Mexía quienes propiciaban
el cambio de denominación de la estación ferroviaria.
Pero, inesperadamente, el nuevo nombre sólo
duró pocos días. Con fecha 14 de marzo de 1872 nos encontramos
con la siguiente resolución:
"Al Señor Administrador del F.C. del Oeste,
"D. Luis Elordi
"Para su conocimiento y efecto consiguiente,
comunico a Vd. las resoluciones que el Directorio ha sancionado en su
sesión de ayer:
"1º Que la estación que se denominaba
San Martín y más tarde Lavalle, se denomine en adelante
Ramos.
"2º ...
"Dios guarde a Vd."
Esta última resolución nos merece los
siguientes comentarios:
a) No hemos individualizado los fundamentos de un
cambio tan repentino en el nombre de la estación, pero suponemos
que al conocerse que se rememoraba al general Lavalle, se habrán
escuchado de inmediato las críticas y la presión opositora
de sus detractores, originadas en hechos controvertidos de la historia
reciente, como el cuestionado fusilamiento del Gobernador de la provincia
de Buenos Aires, D. Manuel Dorrego, en Navarro.
b) El nuevo nombre adoptado fue Estación Ramos,
no Ramos Mejía, como hoy se la conoce, aunque el uso cotidiano
determinó que desde los primeros tiempos se usara el apellido compuesto.
Así es que en un plano que ordenó levantar Rufino de Elizalde
con el perfil de los edificios de las estaciones ferroviarias, hacia 1879/1880,
(catalogado en el Archivo General de la Nación por Guillermo Furlong
S. J.) ya figura el nombre de Ramos Mejía. De paso acotemos que
en ese plano las instalaciones de esta estación se reducen a una
construcción de planta baja, cuadrangular, de unos 20 metros de
largo por 5 metros de ancho, con techo saliente hacia ambos costados,
sobre lo que serían los apeaderos de los trenes (uno para los convoyes
de ida y el restante para los de regreso). Consta de cinco accesos en
cada costado lateral y un acceso en cada extremo, destinándose
para arrendamiento cuatro paneles murales en el frente y dos en los costados,
por un total de 22, 80 m2, y reservándose el ferrrocarril dos paneles
al frente, con un total de 5,24 m2. En lo que se refiere a la adopción
del nombre compuesto de Ramos Mejía, agreguemos que también
el gobierno provincial lo utilizó en el decreto del 26 de marzo
de 1886, cuando menciona una nueva estación (Haedo) y dice "construida
entre las estaciones Ramos Mejía y Morón".
c) En cuanto al significado que tiene la elección
del nombre Ramos Mejía, no hemos hallado los fundamentos de la
medida. Limitémonos a repetir aquí las autorizadas palabras
de D. Enrique Udaondo, uno de nuestros más ilustres historiadores,
que dice al respecto (*):
"Estación Ramos Mejía. Rememora
a D. Matías Ramos Mejía, 1810/1885, hacendado, legionario
del general Lavalle y coronel de milicias, uno de los patriotas de la
Revolución del Sur, de 1839. Estación edificada en terrenos
donados por la familia Ramos Mejía en el partido Matanza".
Dividida la zona entre los cuatro herederos de Da.
María Antonia Segurola de Ramos Mexía, la familia dispuso
que se hiciera el trazado del pueblo a levantarse alrededor del nuevo
centro ferroviario. A ese efecto se tomó como ejes hacia el sur
los tres caminos ya existentes (hoy avenidas de Mayo, Rivadavia y San
Martín), delineándose las calles a semejanza del dibujo
en damero aplicado desde la época de la Colonia a los nuevos puntos
urbanos. El mismo se había originado en las Leyes de Indias, dictadas
por el soberano español en el siglo XVI, que estableció
módulos básicos llamados manzanas, de unas ciento cincuenta
varas de lado.
La familia Ramos Mexía donó entonces
cuatro de las manzanas trazadas, con fines de utilidad pública.
Dos de ellas al norte de la estación del ferrocarril, para la plaza
y para la futura iglesia y edificios públicos, y las otras al sur
de la estación, entre las actuales calles Rivadavia, de Mayo, Belgrano/Mitre
y Moreno, separadas por la actual calle Bolívar. Con respecto a
los solares destinados a edificios públicos, informa un importante
matutino porteño que en su momento fueron construidos a ambos lados
de la iglesia, frente a la plaza, dos amplios edificios de cierta importancia
para esa época. Gracias a la iniciativa y gestión de una
numerosa y prestigiosa comisión de vecinos, se logró que
el erario nacional destinara los recursos necesarios para esas obras,
una para instalar una escuela pública primaria y la restante para
biblioteca. Con ese objeto los presupuestos anuales contemplaron específicamente
las siguientes partidas: año 1906 (Anexo E, inciso 16, ítem
40, partida 1), pesos 10.000; año 1910 (Anexo E, inciso 16, ítem
219, partida 1), pesos 20.000; año 1911 (Anexo E, inciso 17, ítem
72), pesos 30.000; año 1912 (Anexo M, inciso 3, ítem 3,
partida 200), pesos 10.000; año 1915 (Anexo M, inciso 3, ítem
6, partida 5), pesos 6.000; y año 1916, igual partida, pesos 6.000.
Total, pesos 82.000.
Con posterioridad se informa que el edificio destinado
a escuela pública había sido entregado a una congregación
religiosa, que lo utilizó para la enseñanza arancelada,
y que el edificio restante quedó sin aplicación por algún
tiempo, pasando a ser años más tarde la Casa Parroquial.
Agreguemos que ésta última fue demolida hace pocos años
y en su lugar se alza hoy una torre con comercios en planta baja y departamentos
en siete pisos de altura.
Con respecto a los terrenos donde se levantan esos
edificios (y también la iglesia parroquial), digamos que según
informó el Boletín Eclesiástico de la Diócesis
de San Justo en 1971, durante el curato del Pbro. Manuel Fernández
"se reivindicaron por juicio los derechos por la posesión
de toda la manzana donada por D. Ezequiel Ramos Mejía, avasallados
esos derechos por la Intendencia de entonces". Recordemos que dicho
curato se extendió hasta 1941.
En cuanto a las dos manzanas donadas al sur de la
estación, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, en posesión
y plena administración desde el 1o de enero de 1863
hasta el año 1890 del Ferrocarril del Oeste, destinó a éste
esas dos hectáreas, que serían cercadas por la empresa con
alambrado y un seto de ligustro y utilizadas durante medio siglo como
vivero botánico. Allí se cultivaron las plantas para transponerlas
a su lugar definitivo en las largas plazoletas que por entonces adornaban
con árboles y jardines los andenes laterales de las distintas estaciones
del Oeste.
Mencionemos que en el año 1881 el Gobierno
de Buenos Aires realizó un censo general de la provincia y editó
un grueso volumen con los resultados, que entre otros datos incluye una
reseña sobre cada uno de los municipios. En la que corresponde
al partido de la Matanza se lee la siguiente declaración: "El
pueblo de Ramos Mejía fue fundado en 1871" (pág. 442).
Esta fecha guarda relación, por otra parte, con la del trazado
y formación de manzanas.
Con el curso de los años, los extensos predios
de la zona en poder de los hermanos Ramos Mexía fueron cambiando
de dueño por herencia o por venta, produciéndose además
la consiguiente parcelación de las propiedades.
Aquí se presenta un proceso urbanístico
de especiales características, porque en general el fraccionamiento
inicial de las tierras se concretó en unidades de cierta extensión,
con superficies de una o más manzanas cada una, vendidas en forma
particular. Recién pocas décadas más tarde se iniciaron
las ventas en remate público y en mensualidades, de lotes con el
tradicional frente de 8,66 a 10 metros.
Así es que el pueblo comenzó a adquirir
una fisonomía muy peculiar, pues en aquellas parcelas se fueron
asentando numerosas casas-quintas con cuidados parques, donde muchas familias
de buena posición económica y de apellidos conocidos de
la alta sociedad porteña edificaron importantes residencias de
verano o para fin de semana.
Nos encontramos ya en el último cuarto del
siglo XIX y la costumbre de ese estrato social de veranear en Mar del
Plata no había comenzado aún, pues recién en 1886
el Ferrocarril del Sud inauguraría su ramal entre la estación
Maipú y el citado balneario, y se iniciaría tímidamente,
años más tarde, la jerarquización social de ese lugar
marítimo.
Por otra parte, la elección de la zona de
Ramos Mejía para el afincamiento de esas familias podía
obedecer a su proximidad con la ciudad de Buenos Aires y a otros factores
concurrentes. Uno de ellos, se nos ocurre, fue el éxodo que en
el barrio sur de la capital provocó la epidemia de fiebre amarilla
de 1871, por la evidencia de que se producían menos casos fatales
en las zonas más altas. La gente pudiente cuestionó la permanencia
en la ciudad y desarrolló a partir de ese año la costumbre
de enviar a sus familiares a los alrededores, a quintas rodeadas de árboles
y jardines.
Otro motivo para el asentamiento de esas familias
acomodadas en Ramos Mejía puede ser que, al estar ya la zona vinculada
a apellidos de prestigio (Ramos Mejía, Segurola, Madero, Sundblad,
Olivera, Lavalle, etc.), muchas otras familias de la misma élite
se decidieron a radicarse aquí, siguiendo la tendencia a avecindarse
entre sus pares, por razones de prestigio social.
Lo cierto es que nuestra localidad se fue convirtiendo
con los años en un selecto faubourg del oeste, con un paisaje
muy particular, de una gran belleza bucólica y vecinos cultos de
costumbres tradicionales y apacibles, cuya descripción abordaremos
en el capítulo que sigue.
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