|
Tapa
Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
| |

El paisaje vegetal en la casa quinta La Cabaña, año
1930. (Fotografía del diario La Prensa.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más
grande.)
|
|

La residencia de La Cabaña en 1925.
(Fotografía del diario La Prensa.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más grande.)
|
|

Parte de un aviso publicado en el diario La Prensa en 1872.
(Haga click en la imagen para ver una versión más
grande, en la que los caracteres son legibles.)
|
"En
el mes de noviembre de cada año las familias que pasaban
el verano en sus casas quintas, y muchas otras invitadas, comenzaban
a llegar desde Buenos Aires al pueblo de Ramos Mejía."
|
|

Viejo portón, pluma de Alejandro Sirio.
(Haga click en la imagen para ver una versión más grande.)
|
|

La "casa de Madero". (Dibujo publicado en un impreso del Colegio Ward.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más grande.)
|
|
Eduardo Gimenez

Capítulo V
Elogio de las casas
quintas
[Parte 1]
Al evocar las casas quintas de nuestro pueblo vamos
a detenernos en primer lugar sobre una feliz referencia de Jorge Luis
Borges. Recordemos que a través de su obra literaria son varios
los lugares geográficos a los que hace mención, algunas
veces en forma recurrente y en otras sólo como dato circunstancial.
Así hallamos las coloridas páginas
en las que evoca el barrio de su infancia, el Palermo Viejo de Carriego,
del cuchillo y la guitarra. O las notas sobre el pueblo de Adrogué,
con sus atardeceres de verano en el hotel "Las Delicias". Y
las alusiones a la ciudad de Ginebra, donde cursó su "vago
bachillerato" y recibió "la revelación, no de
Calvino ciertamente, sino de Virgilio y Tácito".
Acerquémonos ahora intrigados al relato "Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius", y sorprendámonos cuando Borges dice:
"Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el
descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor
en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía...". Y a partir
de allí la trama gira con la complicidad imaginaria de Bioy, Mastronardi
y otros, alrededor de una inmensa y esotérica obra intelectual
encarada por una cofradía secreta, que articula la existencia y
carácter de un planeta desconocido y habitado.
¿Será casual que Borges cite la quinta
en la avenida Gaona, de Ramos Mejía, o responderá al legítimo
propósito de crear en nosotros el clima mágico conveniente
para abordar la narración? Imaginemos la galería umbrosa
de un caserón, antecedida por la parra cóncava y a su alrededor
la ilusión de un bosque, con sus casuarinas, acacias y eucaliptus,
que le dan a toda la zona el típico paisaje vegetal.
Este es el principal encanto de las quintas que se
levantan desde fines del siglo XIX, y su belleza se complementa con las
hiedras en los muros, el musgo y los helechos a la sombra y humedad de
los añosos álamos y pinos, cuyas piñas chisporrotean
en el hogar de las chimeneas desde la aparición de los primeros
fríos invernales.
En la alta noche, cuando "los espejos tienen
algo monstruoso" como dice Borges, se abatía suavemente sobre
el dormido pueblo de Ramos Mejía un silencio profundo, casi cósmico,
a ratos enriquecido con el canto de los grillos o el lento y acompasado
chirriar de algún molino bombeador con aspas metálicas.
No es casual la cita. Evoquemos ahora una de esas
casas quintas, conocida como "La Cabaña", quizás
la más representativa del Ramos Mejía antiguo, de una etapa
que podríamos denominar la belle époque pueblerina,
con sus cosas positivas y también con otras que no lo fueron tanto.
Dicho predio abarcaba una considerable extensión
de tierras, parte de las que habían correspondido a D. Ezequiel
Ramos Mexía, hijo de Da. María Antonia Segurola y de Francisco
Ramos Mexía, tras la división de la chacra "Los Tapiales".
A principios de este siglo sus límites eran muy amplios, pero sucesivos
fraccionamientos los redujeron a las calles Bartolomé Mitre, al
norte; Moreno y San Martín, al oeste; Las Heras, al este y Córdoba
(hoy Juan T. Pizzurno), al sur. Aquí se interrumpía su traza,
que se reanudaba dos cuadras más abajo, es decir a partir de Arenales,
hasta una legua hacia el sur.
El casco, que tenía la tranquera de entrada
en la esquina de Bartolomé Mitre y Las Heras, bordeando un parterre
de violetas y césped, se embellecía con una residencia
solariega de armoniosas líneas, de galería con solado de
cerámica roja y rejas con artístico encaje de hierro, a
la que daban altas puertas de doble hoja.
Esa casona señorial, demolida en la década
del 40, se levantaba en el ángulo noroeste de la manzana comprendida
hoy por las calles Pueyrredón, Alberdi, Cabral y Corrientes. En esa
misma manzana, pero a la altura de la esquina que forman las calles Cabral
y Alberdi, estaba la caballeriza y sector de carruajes, con sus ventanas
abiertas próximas al techo, en arco de medio punto.
Sucesivos cambios de dueño y fraccionamientos
redujeron aun más sus límites a las calles Mitre, Pueyrredón,
Cabral y Lavalle, con un nuevo acceso que se ubicó sobre Mitre,
a veinte metros del cruce con Pueyrredón. Hoy sólo subsiste
como pálido testimonio la plaza pública, entre las calles
Bartolomé Mitre y Alberdi, donde aún pueden admirarse, entre
otros árboles, las añosas palmeras de La Cabaña,
un nogal en el ángulo noroeste y dos robustos gingkos próximos
a la esquina sudeste, fácilmente identificables por sus hojas caducas
con forma de abanico, que al finalizar el otoño toman un maravilloso
color amarillo.
Casi todo el perímetro de la casa quinta tenía
cerco de alambre con ligustro, prolíjamente recortado, y en el
interior de la finca no faltaban las especies frutales, sobre todo mandarinos
y naranjos.
¿Cómo se trasladaban las familias desde
Buenos Aires hacia esa y otras quintas que se asentaron en los alrededores?
El ferrocarril no ofrecía aún un servicio que cubriera satisfactoriamente
las necesidades; hacia 1862, por ejemplo, circulaban en días feriados
sólo siete convoyes de ida desde la Estación del Parque
hasta Moreno, cada dos horas, desde las seis de la mañana hasta
las seis de la tarde, y siete trenes de regreso, siempre arrastrados por
locomotoras a vapor. En los días laborables el servicio se reducía
a seis trenes de ida y otros seis de vuelta, parte de los cuales hacían
recorridos parciales hasta Floresta o Morón.
En marzo de 1872 el diario La Prensa publicó
un aviso al público del Ferrocarril del Oeste, cuyo contenido reproducimos
parcialmente a la izquierda, donde se observa que el servicio se había
ampliado a nueve convoyes diarios de ida y otros tantos de vuelta. Para
esa fecha los trenes llegaban ya a Chivilcoy, en la provincia de Buenos
Aires.
Se deduce de ese horario que, desde la Estación
del Parque (actual Plaza Lavalle) hasta la que hoy es la estación
Ramos Mejía, se tardaba en llegar de cuarenta y cinco a cincuenta
minutos; desde Once, de treinta y cinco a cuarenta minutos. Es seguro
que a raíz de los peligros que acarreaban las locomotoras en el
centro de la ciudad se originaran protestas del vecindario por los accidentes
y daños producidos. En consecuencia, el Ferrocaril del Oeste decidió
a principios de la década del ochenta levantar las vías
que partían del Parque y, pasando por las calles Lavalle, Rauch,
Corrientes y Pueyrredón, llegaban hasta Once.
Es interesante observar también, en la planilla
que reproducimos, que en 1872 aún no estaban habilitadas para pasajeros
las zonas de Villa Luro, Liniers, Ciudadela y Haedo, entre otras. Con
respecto a Liniers acotemos que el directorio del Ferrocarril Oeste, por
acta del 19 de enero de 1872 resolvió acceder a la instalación
de una estación en el lugar "bajo la condición de que
el solicitante donara a favor de la empresa una manzana de terreno, que
el mismo construyera la estación, pozo y balde para el servicio
y que abonara los sueldos del Jefe y Peón, que debían servir
en la estación, hasta tanto produzca lo necesario para cubrir dichos
gastos". Para entonces, ya hacía trece años que Ramos
Mejía contaba con su estación ferroviaria.
En el mes de noviembre de cada año las familias
que pasaban el verano en sus casas quintas, y muchas otras invitadas,
comenzaban a llegar desde Buenos Aires al pueblo de Ramos Mejía
prescindiendo en general del ferrocarril, pues se prefería el traslado
en volantas, escoltadas por jóvenes jinetes y peones a caballo,
que daban el apoyo de mano de obra necesaria para el manejo de los equipajes
y la ayuda en el cruce de los arroyos o terceros y pantanos. Sobre el
techo de esos carruajes, entre otros bártulos, solía traerse
amarrada una bolsa con galleta de campo, redonda como boina de vasco,
que se mantenía crujiente por una semana.
Hacia 1900 muchas residencias destacadas se levantaban
al norte y al sur de la estación, y si bien no se había
difundido la moda del parque inglés, todas estaban rodeadas de
numerosos árboles y de cuidados setos vegetales.
Se accedía a las quintas a través de
un portón de gruesos pilares de mampostería y puertas de
hierro de dibujo filigranado. Estas entradas y también las galerías
de las casonas solían estar enmarcadas con madreselvas y glicinas,
que florecían desde agosto, y bouganvillas que en verano pintaban
el entorno con sus flores rojo violetas.
No faltaba en las fincas un sector destinado a huerta,
con su espantapájaros, ni las plantas frutales. Aquí viene
a nuestra memoria que de niños trepábamos ágilmente
a los árboles, elegíamos la fruta más madura, la
más pintona, y enhorquetados en una rama la saboreábamos
allí mismo; esa dicha inenarrable tenía la intensidad de
las sensaciones virginales de la infancia, que brotan de las cosas puras
y simples, con la misma fuerza con que un día nos deleitamos al
descubrir los colores del arco iris a través de un prisma de cristal.
En ciertos casos las quintas disponían de
pozos de agua con sólidos brocales de ladrillo, pero en la mayoría
de ellas se instalaron los molinos de viento para el bombeo mecánico
del agua, cuando la firma Agar Cross comenzó a importarlos desde
Gran Bretaña.
En las casas también podían verse
unos pocos miradores, que se elevaban unos cuatro o cinco metros por arriba
de la edificación restante. Su objetivo ya no era servir de atalaya
ante peligros de malones inexistentes, ni como observatorio de las tormentas
de polvo que entoldaban el cielo de Ramos Mejía y obligaban a cerrar
apuradamente puertas y ventanas, en tanto maravillaban las flores de cardo
arrastradas por el viento (las llamábamos panaderos), como etéreos
copos de nieve.
Creemos que los miradores respondían, como
adornos arquitectónicos de señorío, a un prurito
de jerarquizar la finca, un motivo de orgullo para el linaje de sus propietarios.
En todo caso, según alguien apuntó, habrán sido útiles
como depósito de cosas en desuso y como rincón para citas
furtivas de jóvenes enamorados.
Otra casa quinta que merece ser citada es la que
correspondió a una de las hijas de Ramos Mexía, la señora
Carmen Ramos Mexía, casada con D. Francisco Bernabé Madero,
que ocupó importantes cargos públicos. Estaba a unos quinientos
metros al norte de la estación ferroviaria, lindando hacia el este
y al norte con los campos de otro hermano, D. Matías Ramos Mexía,
que luego pasaron al dominio de su hijo José María, casado
con Da. Celia de las Carreras.
Hacia 1900 la familia Madero vendió la quinta
a la familia Narbondo, que la mantuvo en su poder hasta el año
1926, en que fue adquirida por el Colegio Ward en la suma de 280.000 pesos,
según escritura del 18 de noviembre de ese año, ante el
escribano Martín Britos.
Abarcaba una superficie de 72.445 m2 ricamente arbolados
e incluía un amplio caserón con paredes de 60 cm. de espesor,
que aún se conserva rodeado por el parque del colegio. Posteriores
refacciones de ese caserón, encaradas con criterio modernizante,
hacen que lamentablemente no resulte reconocible el estilo original de
la construcción. Denominada hoy Casa de Madero, tal vez sea el
edificio en pie más antiguo de Ramos Mejía.
En un rincón sombreado de su patio trasero,
luego de trasponer la añosa parra, con esa sencillez de los viejos
aljibes, aún sobrevive el artístico brocal en mármol
de Carrara de una sola pieza, ligeramente esculpido en relieve, con sus
columnas verticales de hierro trabajado por artesanos del siglo XIX. Y
en la roldana el tiempo ya ha extinguido el eco de su canto monocorde.
Adelantándonos algunos años y como
continuación de la cita que hicimos del Colegio Ward, agreguemos
que en enero de 1944 ese instituto adquirió a los herederos de
D. José María Ramos Mexía, en la suma de 200.000
pesos, un predio de 47.000 m2. adicionales y linderos a los que ya poseía.
|