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Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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"En las mañanas
apacibles y silenciosas, y cuando la molicie se apoderaba del
pueblo durante las largas y calmas siestas del verano, se percibía
a veces el perfume del pasto cortado a guadaña o el olor
a tierra mojada luego de algún chaparrón."
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Edificio y jardines de la quinta Yapeyú,
del señor Joaquín J. Cueto, año 1930. (Fotografía
del diario La Prensa.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más
grande.)
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Eduardo Gimenez

Capítulo V
Elogio de las casas
quintas
[Parte 2]
Con respecto a la composición social que a
principios de esa época presentaba el pueblo, comentemos que éste
se hallaba rígidamente estratificado en dos clases muy diferenciadas.
Por un lado los propietarios de las casas quintas, en general de muy sólida
posición económica y de orientación europea,. Constituían
familias con numerosos miembros que solían convivir los fines de
semana o durante el estío, congregando en la misma finca a abuelos,
hijos, nietos y parientes colaterales. Aún no se había manifestado
la tendencia a vivir separadamente por generaciones.
La clase restante, de muy bajos ingresos, estaba
formada en su mayor parte por las familias de los trabajadores que cumplían
tareas en las casas quintas, como caseros, mucamos, cocineros, jardineros,
peones de caballeriza, conductores de carruaje, etc. En algunos casos
tenían sus modestas viviendas en un ángulo de la quinta.
Sus hijos podían concurrir a alguna de las escuelas primarias ya
en funcionamiento. Una de ellas era la Escuela para Varones, que abrió
sus puertas en el año 1858, bajo la preceptoría de D. Simón
Farbes, ocupando un local en la esquina de las actuales calles 9 de Julio
y Alvarez Jonte, frente a la plaza principal. La segunda escuela fue la
Nº 4, que se habilitó con el ciclo lectivo de 1873 en el local
de Belgrano 50, bajo la dirección de la Sta. Mercedes Lascano;
en 1897 aún estaba destinada exclusivamente a niñas y contaba
con 37 alumnas.
Entonces todavía no podía distinguirse
una clase intermedia definida, que tomaría forma años más
tarde con los primeros médicos y abogados, con los funcionarios
del Ferrocarril Oeste, ya en manos inglesas, o de la incipiente burocracia
estatal, que se avecindarían en el pueblo.
Qué aspecto presentaba el lugar a fines del
siglo XIX, con sus calles de tierra, transitadas por gente de andar pausado,
por escasos vehículos de tracción animal o por las caballadas
que se utilizaban para los paseos. Decía el diario La Prensa en
1925: "Entre otras reuniones y fiestas de hace algunos años
también se recuerda por su carácter las cabalgatas con participación
de tantas señoritas como caballeros, que a veces tenían
por objeto la concurrencia a las cacerías del zorro que se organizaban
en la Escuela de Caballería de El Palomar, y la mayoría
de los casos no tenían otro fin que la reunión misma y algún
almuerzo o merienda a la sombra de los talas de Caseros Viejo o de los
ombúes de El Peligro, a orillas del río Matanza o de los
sauces de Bella Vista. Generalmente también los domingos por la
mañana cuando no había otro programa mayor, las cabalgatas
de muchachas y muchachos se alejaban hasta la confitería de Aramburu,
en Morón, o hasta el Club de Hurlingham, donde los excursionistas
tomaban un breve descanso y se refrescaban, para emprender enseguida el
regreso y poner témino al paseo antes del mediodía."
Con las volantas las familias solían trasladarse
también para "las asistencias dominicales a la misa de la
iglesia de San José de Flores, cuando ésta no se celebraba
en una capilla no más grande que una habitación corriente,
situada a la entrada de La Cabaña, y donde se adoraba la imagen
de San Ignacio".
En las mañanas apacibles y silenciosas, y
cuando la molicie se apoderaba del pueblo durante las largas y calmas
siestas del verano, se percibía a veces el perfume del pasto cortado
a guadaña o el olor a tierra mojada luego de algún chaparrón.
El paisaje se completaba con la presencia de muchos pájaros y con
el canto de las cigarras en las tardes tórridas del estío.
Merece una mención especial la casa quinta
El Carmen, que perteneció al señor Adolfo J. Labougle, porque
en ella se realizó una reunión de vecinos espectables el
18 de marzo de 1900, para reunir fondos con destino a la construcción
del templo parroquial en los terrenos que dan a la plaza. El señor
Labougle, que presidió la comisión nombrada al efecto, había
nacido en Corrientes el 22 de agosto de 1858, hizo sus estudios primarios
en el colegio San Martín, de Buenos Aires, y los secundarios en
el Colegio Nacional. Luego ingresó en la Facultad de Derecho pero
no completó la carrera, dedicándose con intensidad al periodismo.
A los diecisiete años ya había editado la Revista de la
Sociedad de Ensayos Científicos y Literarios, de carácter
estudiantil. Luego colaboró con El Diario, La Junta y El Comercio.
A fines de 1884 ingresó al Senado de la Nación como secretario,
cargo que desempeñó con gran eficacia por más de
cuarenta años. Se lo recuerda también con gratitud por haber
colaborado hacia 1915 en la creación del colegio católico
Nicolás Avellaneda (Instituto Santo Domingo), lindero a la iglesia,
y de su biblioteca. Estaba casado desde 1878 con Da. Luisa Carranza Mármol.
Falleció el 3 de febrero de 1926.
La quinta que ocupó abarcaba originariamente
unas nueve manzanas, que con el correr de los años se fueron vendiendo
en forma fraccionada, hasta que quedó reducida a la manzana delineada
por la avenida de Mayo y las calles Rosales, Espora y Necochea. Esta manzana
salió a remate el 5 de junio de 1921, dividida en 42 lotes con
superficies de 375 a 572 m2 con la base de 2 pesos la vara cuadrada, en
cómodas mensualidades. Fueron vendidos totalmente, entre 4,40 y
8 pesos el m2. Los principales compradores fueron A. Falconi, J. Berisso,
A. Sacramento, Juana Ferriol, C. Renuit, O. A. Pietranera y S. Gorio (todos
ellos con varios lotes), y G. Dull, A. Silvano, J. Roig, J. Delfino y
V. del Negro, entre otros.
Hasta el año 1916, cuando se instaló
en Ramos Mejía el servicio eléctrico, para la iluminación
se recurría a las velas de estearina o de cera y a candiles y faroles
a querosén, que se conseguía en latas cerradas de 20 litros
o era traído en carros por los proveedores y distribuido en grandes
alcuzas.
Esas lámparas se valían de mechas de
algodón, que era necesario emparejar cuando se quemaban en forma
irregular, para evitar que ahumaran los ventrudos tubos de vidrio. La
fragilidad que presentaban esos tubos era tal que al hallarse recalentados
por la llama del mechero solían con mucha frecuencia rajarse, emitiendo
un ligero clic, ante una simple corriente de aire o por un descenso brusco
de la temperatura ambiente.
La iluminación pública se reducía
al alumbrado nocturno de muy pocos cruces de calles alrededor de la estación
ferroviaria, mediante candiles a querosén de cuyo encendido, buen
funcionamiento y apagado, se dice que estaba a cargo el recordado vecino
D. Cayetano Charratini, quien cumplía su oficio de farolero a entera
satisfacción.
Para dar una idea de lo que ocurría en el
resto de las calles, nos parece muy gráfica la versión que
hemos recogido de un antiguo vecino, que diariamente volvía de
su trabajo en horas de la noche. Debía recorrer la calle Las Heras
hasta Córdoba (hoy J. T. Pizzurno), bordeando la quinta de La Cabaña
con sus altos eucaliptus que envolvían totalmente el trayecto en
la mayor negrura y soledad, por lo que según sus palabras "tenía
la escalofriante sensación de meterse en una boca de lobo."
De todos modos, las familias no eran de tener vida
nocturna activa y se recluían en las viviendas por lo general al
caer las primeras sombras de la noche, para volcarse a los entretenimientos
de la lotería de cartones o a los juegos de naipes. También
se escuchaba en las quintas, a esas horas, algún piano en el que
se ejecutaban piezas del repertorio romántico decimonónico
entonces de moda (Berlioz, Schubert, Chopin).
Agreguemos que las crónicas policiales de
la época no registraban delitos de importancia y sólo se
hablaba del robo de algún gallinero, o de la fruta de los montes
de las quintas.
Este clima de tranquilidad se veía acentuado
por la vecindad apacible entre las familias de las fincas, a la que debió
contribuir la circunstancia de que éstas se hallaban separadas
y rodeadas de parque. Compárese con la situación que se
da hoy en las construcciones modernas, adosadas a medianeras comunes y
con servicios compartidos, que suelen ser fuente de conflictos.
Sin embargo, por las tardes se oía a veces
algún escopetazo, pero sólo era atribuible a los jóvenes
que practicaban la caza deportiva, o a algún casero que procuraba
espantar a los benteveos y a las calandrias, que picoteaban con predilección
la fruta de los cerezos (prunus avium).
Aparte de las quintas que hemos mencionado existían
muchas otras, como las de las familias Ezcurra, Perón, Villanueva,
Laclau, Büttner, y de Bottaro, al sudoeste de la estación
de trenes. Hacia el norte, las de Lacroze, Martínez de Hoz, Podestá,
Barbieri, Bonhauser, Escalada, Battilana, Achaval, Silva, Estrada y Vidal
Domínguez.
Uno de los propietarios mencionados, el doctor Tomás
H. Perón, fue un eminente facultativo que enseñó
clínica médica en la Facultad de Medicina, donde tuvo como
compañeros de estudio de una brillante generación de médicos
a Ignacio Pirovano, Ricardo Gutiérrez, Jacobo de Tezanos Pinto,
Juan B. Gil, Bartolomé Navarro y otros. Dícese que 1873
se hizo cargo de la cátedra, cuando su titular hasta ese año,
el doctor José María Bosch, decidió retirarse. El
doctor Perón asumía como profesor siendo extremadamente
joven, y esto alentó a los alumnos del curso para intentar boicotearlo;
enterado el doctor Bosch fue el primero en entrar al aula y ocupar un
pupitre vacío para escuchar la clase inaugural del profesor Perón.
Esta actitud fue suficiente para que los complotados desistieran de su
propósito. Una faceta poco conocida del doctor Perón es
que era aficionado a la botánica y llegó a tener una de
las más notables colecciones de rosales, con unas quinientas variedades.
Este ilustre médico que había nacido
en 1839 y honró a nuestra zona con su vecindad, falleció
en su casa quinta de Ramos Mejía el 1º de febrero de 1889.
Con respecto a otras casas quintas, tampoco podemos
dejar de ocuparnos de la que se denominaba Yapeyú, en la calle
Echeverría al 300, lado norte de Ramos Mejía, propiedad
del señor Joaquín J. Cueto, con una hermosa mansión
de dos plantas. El señor Cueto, entre otros aportes en beneficio
de la comunidad, presidió la comisión ejecutiva coordinadora
encargada de crear el hospital vecinal (hoy Casa de Auxilio), siendo el
vecino que hizo una de las más fuertes donaciones en efectivo con
ese objeto. También logró en la ciudad de La Plata, para
ese centro de salud, la donación de una ambulancia a caballo, que
por mucho tiempo fue el medio más eficaz en un ambiente con calles
de tierra que de otro modo habrían sido inaccesibles.
Esa finca fue adquirida en la década del treinta
para instalar allí una clínica psiquiátrica. Y es
María Elena Walsh, autora de una autobiografía fabulada
sobre su primera década de vida en Ramos Mejía, en cuya
zona norte residió, quien evoca este episodio:
"La quinta de Cueto ocupaba una manzana entera
arbolada y florida como un edén. El imponente portón de
hierro se abría a una avenida flanqueada de estatuas, a canteros
gloriosos de azucenas y achiras. Pinos y nogales de cuento rodeaban la
piscina redonda con barandal de mármol. El caserón de generosos
ventanales cubiertos de hiedra, estaba poblado de ecos muertos, del recuerdo
de fiestas locas con orquestas y máscaras y luces de bengala.
"Tres sabios compraron la quinta de Cueto para
instalar allí `la Chapelle' y lucrar con otras locuras. Redujeron
los ventanales y los cruzaron con rejas, reforzaron el cerco con alambres
pinchudos y un mal día la quinta se pobló de extraños
paseantes escoltados por guardianes de guardapolvos grises."
Queremos mencionar también que a dos cuadras
de la estación, en la esquina sudoeste del cruce de la avenida
Rivadavia con la calle Cabral, se encontraba una quinta con amplia residencia
de arquitectura italianizante, ocupada por una congregación de
religiosas. El parque que rodeaba a la casa era de modesta extensión
(no más de media hectárea), pero ha quedado sin embargo
en nuestra memoria por un detalle muy particular. En el espacio verde
con césped que antecedía al edificio y en el centro de una
pequeña alberca, se levantaba una armoniosa escultura en bronce,
de casi dos metros de altura, que representaba a una rana en posición
erguida, apoyada sobre sus patas traseras y sosteniendo con sus patas
delanteras un paraguas abierto. En su parte superior se elevaba un chorro
de agua que caía en forma de lluvia.
Esa artística figura verdinosa, que era tal
vez un personaje de fábula, originó que a la finca se la
conociera como "la quinta de la rana". Hasta que un día
llegó la piqueta, talaron los árboles, se secó la
fuente. Entonces la rana plegó su paraguas y resignadamente desapareció.
A partir del año 1900 se fueron precipitando
las transformaciones en Ramos Mejía, se aceleró el progreso,
se crearon entidades de asistencia mutua, o de actividades sociales y
deportivas, irrumpió el asfalto y el automóvil y con el
curso de los años en casi todas las casas quintas que evocamos
se levantó el cartel de remate, cayendo el telón sobre una
época que al calor de los recuerdos hemos tratado de salvar del
olvido.
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