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Tapa Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor? I. La zona y sus primeros ocupantes II. La chacra de la familia Ramos Mexía III. El arribo del primer tren V. Elogio de las casas quintas VI. El progreso se hace presente VII. El pueblo se transforma en ciudad IX. Las instituciones X. Notas dispersas
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Capítulo VI
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Total de habitantes |
1869 |
1880/1 |
1914 (4) |
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En el país |
1.830.214 |
2.492.000 (1) |
7.885.237 |
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En la provincia de Buenos Aires |
317.100 |
526.581 (2) |
2.066.165 |
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En el partido de la Matanza |
3.248 |
3.771 (2) |
17.935 |
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En Ramos Mejía |
- |
400 (2) |
5.362 |
(1) Datos a 1880 (D. Abad de Santillán,
Historia Argentina, Tomo 3).
(2) Datos del censo de la provincia de Buenos Aires a octubre de 1881,
durante la administración de Dardo Rocha.
(3) Del total de 3.771 habitantes en Matanza, correspondían 751
al pueblo de San Justo, 400 a Ramos Mejía y 2.620 a zonas rurales.
En cuanto a la nacionalidad, había 2.173 argentinos y 1.598 extranjeros.
(4) Tercer censo nacional.
Estos aumentos demográficos obedecen por una parte al fuerte crecimiento vegetativo y en menor proporción al saldo favorable de las corrientes inmigratorias europeas. En el caso de Ramos Mejía, por tratarse de un pueblo de reciente formación, debemos atribuir casi la totalidad del incremento al asentamiento de nuevos vecinos provenientes de otros centros urbanos o rurales.
El movimiento de inmigrantes en el país muestra los guarismos indicados a continuación:
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Año |
Inmigrantes |
Emigrantes |
Saldo |
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1899 |
111.083 |
62.241 |
48.842 |
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1900 |
105.902 |
55.417 |
50.485 |
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1901 |
125.951 |
80.251 |
45.700 |
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1902 |
96.080 |
79.427 |
16.653 |
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1903 |
112.671 |
74.776 |
37.895 |
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1904 |
161.078 |
66.597 |
94.481 |
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1905 |
221.622 |
82.722 |
138.900 |
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1906 |
302.249 |
103.852 |
198.397 |
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1907 |
257.924 |
138.063 |
119.861 |
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1908 |
303.112 |
127.032 |
176.080 |
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1909 |
278.148 |
137.508 |
140.640 |
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1910 |
345.275 |
136.405 |
208.870 |
El ingreso de inmigrantes fue fomentado oficialmente mediante agentes de reclutamiento y de propaganda en ciudades europeas. Parte de los trabajadores que llegaban, en la plenitud de su capacidad laboral y con los dos brazos como único capital, no vieron cumplidas las condiciones prometidas y algunos diarios de la época denunciaron la sórdida explotación de que eran objeto.
Esos grupos humanos, en su mayoría italianos y españoles, después de su paso inicial por los conventillos del barrio sur de Buenos Aires u otros lugares donde vivían hacinados, pronto pudieron hacer realidad sus vehementes anhelos de poseer un lote de tierra en los suburbios, y así sucedió también en Ramos Mejía, donde luego de algún tiempo edificaban, con enorme sacrificio y esfuerzo personal, lo que podían llamar con orgullo su hogar propio. En los años de mayor prosperidad económica de la Argentina (de 1905 en adelante) los clásicos lotes de 8,66 por 30 metros se vendían a largos plazos (100 a 130 mensualidades), y entraban en las posibilidades de compra de los obreros especializados, de los artesanos o de los empleados del centro de la ciudad. Muchos trabajaban entonces hasta los domingos y feriados para construir en su lote propio una primera habitación que serviría de dormitorio, la cocina con su hornalla para el carbón o a veces el lujo del calentador Primus a querosene, y algo más retirados una letrina y el antepozo y la perforación para la bomba de agua.
Con el correr de los años, el aumento de los ingresos en esos sectores proletarios les permitió edificar alguna otra habitación al frente y, en ciertos casos, el comedor, cuando ya los hijos, nacidos en este suelo, habían dejado la escuela primaria.
También se encaraban construcciones de viviendas en madera y chapa galvanizada, con galería, en general bien terminadas y duraderas.
En esas casas no había espacio para exceso arquitectónico alguno. Todas eran levantadas con muy pocos medios económicos, en líneas modestas y elementales, sin detalles que fueran prescindibles. Sin embargo, esas viviendas humildes, uniformes y armoniosas en el conjunto, todo con cielo y sol, otorgaron al suburbio un cierto orden estético, sin contrastes. Orden que, en su sencillez, estaba en las antípodas del caos edilicio y de anuncios publicitarios que hoy presentan ciertos sectores de Ramos Mejía.
La memoria nos recuerda que las amas de casa de esas barriadas, nuestras abuelas y madres, lavaban la ropa fregándola encorvadas sobre la tina o el tacho de zinc, y en invierno hasta con las manos entumecidas por el agua fría. En algunos casos la situación permitía colocar en el fondo de la casa el piletón de cemento, que al tiempo mostraba en su borde superior la mancha de la bolsita de Azul Colman (añil), con la que, en los enjuagues, se daba mayor albura a la ropa blanca.
A partir de 1920 se hicieron más frecuentes los loteos en Ramos Mejía, con ventas en remate público. Los rematadores ofrecían boletos de tren gratis desde Once a los concurrentes o hacían correr ómnibus especiales, con capota de lona, llamados bañaderas. En el lugar se levantaban carpas para cubrirse del sol o de la lluvia y se ponían asientos plegables, para que los concurrentes presenciaran el remate sentados. En ocasiones se agregó de regalo a cada comprador 10.000 ladrillos por lote. Era común exponer en los avisos que las parcelas ofrecidas estaban "a un paso de la estación", lo que en la mayoría de los casos constituía una afirmación exagerada. Por cierto que los sectores más pobres debían radicarse a 8 ó 12 cuadras de la estación ferroviaria.
A título ilustrativo digamos que en 1925 se realizaron en Ramos Mejía importantes loteos, entre los cuales mencionaremos la subasta efectuada, los días 13 y 20 de diciembre, por la firma Furst Zapiola y Cía., que comprendió 25 manzanas de tierra y fracción, por un total de 502 lotes, a 600 metros al norte de la Avenida Rivadavia y frente a Díaz Vélez (hoy República). La venta fue ordenada por la Sucesión de D. José María Ramos Mejía, con la base de 2,33 pesos el m2, en 100 mensualidades, con 10.000 ladrillos gratis cada lote. Tren sin cargo desde Once. Se agregó en el aviso que por Rivadavia pasaba el ómnibus de Liniers a San Justo. Esos terrenos lindaban con las quintas "Magdalena", de Tomás González, "La Manuela" de Tomás Frumento, "Villa Irene" de Antonio Bastos, etc.
Otro importante fraccionamiento fue el efectuado el 15 de noviembre de 1925, correspondiente a 102 lotes, frente al futuro Colegio de Don Bosco, en 100 mensualidades, al lado de la quinta de Ezcurra y vecinos a las de Gallo y Medina. Para tentar a los posibles compradores, el aviso del remate en los diarios de la época incluía un dibujo del edificio proyectado para el Colegio Wilfrid Baron, que recién se inauguraría cinco años y dos meses más tarde.
El mismo día 15 de noviembre salieron a la venta 24 lotes correspondientes a la manzana comprendida por la avenida Rivadavia y las calles Colón, Sucre y Bartolomé Mitre. Fueron vendidos desde 20 a 83 pesos la mensualidad (100 cuotas), con un promedio de 16,33 pesos el m2. Los principales compradores fueron los señores Adolfo Rosignol, Emilio Saura, Ramón Otero, Domingo Cherio y Juan D. y Juan A. Ceriani.
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