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El Autor
Nota de contratapa

Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?

I. La zona y sus primeros ocupantes

II. La chacra de la familia Ramos Mexía

III. El arribo del primer tren

IV. El trazado del pueblo

V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]

[Parte 2]

VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]

Parte 2]

VII. El pueblo se transforma en ciudad

VIII. Los servicios públicos

IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]

[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]

X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]

[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]

Bibliografía

Índice de ilustraciones

 
La calle Rivadavia en 1925
Vista de la calle Rivadavia hacia el oeste. Año 1925. (Fotografía publicada por el diario La Prensa.)
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La Avenida de Mayo en 1930
La Avenida de Mayo vista desde Rivadavia. Año 1930. (Fotografía del diario La Prensa.)
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El chalet de la estación ferroviaria
El chalet de la estación ferroviaria. (Dibujo ejecutado en oportunidad de proyectarse el edificio.)
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La llegada del automóvil y otros ritmos de vida hizo que terminase el reinado de los carruajes y dejaron de usarse para el paseo dominical entre las casas quintas.

Ilustración Eduardo Gimenez
Aquel Ramos Mejía de Antaño

Capítulo VI
El progreso se hace presente
[Parte 2]

Volviendo a la primera década del siglo, recordemos que en esa época se abrieron los talleres ferroviarios de Liniers y de Haedo, lo que dio posibilidades de ocupación a numerosos trabajadores. Muchos de ellos se radicaron en Ramos Mejía con sus familias, aprovechando el pase gratuito con que el Ferrocarril Oeste les permitía trasladarse hasta sus lugares de trabajo. Por otra parte, la empresa y la Caja de Jubilaciones Ferroviarias otorgaban créditos a sus miembros para la compra o construcción de la vivienda propia, y las cuotas eran deducidas del sueldo en los recibos de pago mensuales.

Todo ello facilitó el aumento de la población local, y entonces surgió la necesidad de instalar los primeros servicios públicos indispensables. Así fue como a fines del siglo pasado y principios del actual se dotó a Ramos Mejía de teléfonos, correo, policía y electricidad. También se produjeron en esa época los primeros nucleamientos de vecinos para crear instituciones privadas en beneficio de la comunidad, como la Sociedad de Socorros Mutuos, la Iglesia Parroquial, la Casa de Auxilio y más adelante el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Matanza y el Hospital Hogar San Juan de Dios, entre otras. Se crearon importantes escuelas públicas y privadas y los primeros clubes deportivos y sociales. A estos emprendimientos nos referiremos en detalle en los capítulos que siguen.

Hacia 1901 apareció en la zona el primer periódico local, "El Eco del Oeste", fundado y dirigido por el señor Ramón Quiroga. Este órgano de prensa, así como los que le sucedieron ("La Gaceta de Matanza", en 1919, cuyo director fue el señor Víctor Barbier; la revista "Vida Social", en 1920, conducida por el doctor Felipe Iannone; "El Combate" en 1921, a cargo de Juan Carlos Luro y más adelante de Juan E. Gleeson; "Nueva Era", en 1929, del dirigente socialista Salomón Yasky, y "El Progreso", en 1930, con la dirección de Rafael Hazañas), tienen una honrosa trayectoria profesional, pero con muchos altibajos y dificultades económicas. Salvo excepciones fueron de efímera existencia, como ocurre generalmente con las publicaciones de carácter zonal, por su limitado tiraje y distribución restringida, y porque el público lector se inclina mayoritariamente hacia los grandes diarios que llegan de la Capital Federal. Para entonces ya circulaban "La Prensa" desde 1869, "La Nación" desde 1870, "La Razón" desde 1905, "Crítica" desde 1913, y "El Mundo" desde 1931. Además era muy solicitada la inolvidable revista "Caras y Caretas", cuyo primer número apareció en 1898.

Y ya que hablamos de diarios, hablemos también de diareros. No caigamos en la tentación de llamarlos canillitas, porque esta palabra, seamos sinceros, no ha prendido en la jerga popular, lo que no significa desconocer su valor literario ni los méritos del sainete con el cual Florencio Sánchez acuñó ese nombre, que después aparecería en un soneto poco feliz de Evaristo Carriego. Para nosotros, los diareros a que aludimos son los que conocimos a partir de los años treinta, cuando recorrían las calles de Ramos Mejía con la pesada carga de diarios bajo el brazo, cumpliendo su oficio a la intemperie para acercar a los lectores el mensaje impreso del periodismo.

Los hermanos Paredes ("del Río"), los Pita, "Manolo" Fernández, Miguel Angel Panariello, "Taquita", entre otros. El recuerdo de "Taquita" está asociado a nuestra infancia entrañablemente; todos los días del año, al anochecer, cubría a la carrera el recorrido desde la estación hacia el sur, hasta las últimas casas del pueblo, pasando por el barrio de "La Cabaña". Aquí nos dejaba la Crítica quinta, doblada en cuatro y haciendo un ademán con el que parecía que estaba entregando un ramo de flores.

Cómo olvidar aquellos momentos en que el diario venía acompañado del suplemento de historietas en colores, y entonces, mientras nuestros mayores sufrían con las noticias sobre la evolución desfavorable de la guerra civil española, nosotros todavía de pantalones cortos nos deleitábamos con los líos de Espagueti, los Cebollitas y el Capitán, con Tucuta y Tarzán. Crítica tenía entonces un tiraje de más de 500.000 ejemplares.

En el año 1904 se dio un paso importante para superar los cortes del camino que conectaba nuestra ciudad con Buenos Aires y con el oeste, por los fangales y pantanos que presentaba luego de una época de lluvias. A ese efecto, la avenida Rivadavia fue adoquinada desde Liniers hasta Morón, con un ancho de aproximadamente ocho metros. El costo de la obra fue soportado no sólo por los propietarios frentistas de la ruta, sino también por los ubicados hasta 1.000 metros hacia ambos lados de la misma, conforme a las normas sobre contribución de afirmados. A título de ejemplo digamos que un terreno situado a 600 metros al sur de Rivadavia, con una superficie de 230 m2, debió abonar la suma de 21, 42 pesos por dicho concepto.

Nueve años más tarde, en 1913, se efectuó el mejoramiento de la Avenida de Mayo, desde Rivadavia hacia la localidad de San Justo, mediante un macadán de fino pedregullo de granito, rosáceo, con zanjones a ambos lados de la calzada para el drenaje del agua pluvial. Tanto esta arteria como las otras calles centrales del pueblo, que continuaban siendo de tierra, eran rociadas con agua, al atardecer, por un camión-tanque municipal, conocido como "la regadora".

En la esquina de Rivadavia y avenida de Mayo se colocó un monolito de piedra, que aún subsiste en la esquina sudoeste de ese cruce. Tiene una inscripción con el nombre de la localidad, el kilómetro desde la Capital Federal y algún otro dato; hoy hemos querido releer esa leyenda pero es imposible hacerlo, pues está cubierta por varias capas de avisos publicitarios.

Solucionado el acceso a la Capital y el enlace con San Justo, asiento de las autoridades municipales, aún transcurrieron ocho años más, hasta 1921, para que comenzara a transitar por la zona el primer servicio público de transporte automotor de pasajeros. Le corresponde el mérito a una modesta compañía (hoy transformada en Empresa Transporte Ideal San Justo, actual línea 96), que cubría con ómnibus de primitivas líneas el trayecto entre San Justo y Liniers, a través de las avenidas de Mayo y Rivadavia. Sus principales impulsores fueron los señores Antonio Canda y Juan y Julián Lecuona.

Esos vehículos automotores consistían en un chasis de camión y una carrocería construida especialmente en talleres de Buenos Aires, para permitirles el transporte de pasajeros. La línea mencionada fue pionera de La Matanza, pero las primeras compañías de ómnibus en el país habían surgido en 1918, si bien sus estructuras empresarias eran muy elementales, y la Municipalidad de Buenos Aires registró sus actividades recién a partir de 1922. Recordemos que para ese año ya transitaban por las calles porteñas 75 ómnibus. Debemos aclarar que hasta 1921, en que circuló el primer microómnibus por la avenida de Mayo, en Ramos Mejía, el transporte de pasajeros hacia San Justo se efectuaba desde 1889 en carruajes que fueron autorizados a ese efecto por disposición de las autoridades municipales.

Hacia 1923 el Ferrocarril Oeste procedió a electrificar la línea desde Once hasta Moreno, construyó dos vías ascendentes y dos descendentes, separadas en Ramos Mejía por un nuevo andén central en altura, adecuado a los flamantes vagones de pasajeros de propulsión eléctrica traídos desde Inglaterra. Años antes se había edificado en el lugar, sobre la calle Alem y frente a la plaza, el pintoresco chalet de dos plantas, estilo inglés, que sirve de estación y de vivienda para el jefe. Se habilitó también el túnel, con azulejos blancos, para transitar desde la vereda norte de Rivadavia hasta el andén central y hasta la calle Alem; este túnel fue prolongado a mediados de 1986 hasta la acera sur de la Avenida Rivadavia.

Por disposición municipal los coches de plaza estacionaban en los primeros tiempos sobre la vereda sur de la estación ferroviaria, que da a la avenida Rivadavia, a la que debían acceder ingresando por la esquina con la avenida de Mayo. Más tarde se autorizaron también las paradas de carruajes de alquiler sobre la calle Alem, frente a la plaza. En este punto tuvo su parada durante muchos años quien es considerado el decano, el último cochero del pueblo, Don Jorge Morelli. En sus años mozos y al comando de su break prestó servicios a Labougle, Ardoino y a otros caracterizados vecinos. Luego recaló en la plaza con su vehículo, de cuatro ruedas, con dos filas de asientos traseros enfrentados, a los que accedían los eventuales pasajeros subiendo por un estribo o peldaño posterior. Estaba techado con una capota negra impermeable. También paró allí con su carro, por bastante tiempo, el señor Barrena, que hacía el transporte de encomiendas y cargas que llegaban o se despachaban por ferrocarril, servicio éste muy utilizado entonces. También efectuaba alguna que otra mudanza. Esta última actividad fue continuada luego por sus hijos en el local que abrieron sobre la avenida Rivadavia al 13.800, vecino al depósito de tabacos de D. Pedro Harboure.

Aquellos coches de plaza o "placeros", como también se les llamaba, que en Madrid fueron los "simones" y en París los "fiacres", recibieron en nuestro medio el nombre de "mateos", que se hizo popular a raíz del conocido sainete estrenado por Armando Discépolo en 1923. Nuestra localidad los vió desplazarse por sus calles de tierra o haciendo sonar los cascos del caballo en los primeros pavimentos de adoquines.

Se les vio también en los concurridos y animados corsos de Carnaval, a principios de siglo, alrededor de la plaza y luego sobre la avenida Rivadavia, a los que no se sustraía casi ningún vecino, y en los que los "mateos" daban vueltas lentamente, colmados de jóvenes, dando tiempo al intercambio de serpentinas y de flores, entre Pierrot y Colombina, entre el Oso Carolina y Mireya con su misterioso antifaz.

El cochero, las máscaras, son personajes que no han desaparecido; están presentes en la lejanía de nuestros recuerdos.

La llegada del automóvil y de otros ritmos de vida hizo que terminase el reinado de los carruajes y dejaron de usarse para el paseo dominical entre las casas quintas, o en las tardes lluviosas para llevar a una pareja de enamorados, protegidos con el delantal impermeable que a ese efecto se agregaba detrás del pescante.

Cuando pasó su época de oro algunos políticos conservadores de la Matanza los usaron en los mitines tumultuosos de entonces como tribuna para sus arengas. Unos pocos terminaron tristemente dedicados al transporte de verduras y frutas desde el Mercado de Liniers hasta los comercios minoristas de Ramos Mejía. Otros en sus últimos días, con el matungo cansado, se ocuparon de esas humildes mudanzas de algún soltero, para llevarle el modesto mobiliario del catre, el colchón y el baúl.

Hoy el coche tirado por caballos ha quedado relegado a los carros cartoneros y de botellas vacías, que recorren a cualquier hora nuestra ciudad con todos esos materiales que son enigmáticamente reciclables.

En el año 1923 la electrificación de las vías del Ferrocarril Oeste determinó que la empresa eliminara los amplios andenes laterales existentes en la estación Ramos Mejía, y que por ese motivo desapareciesen los frondosos árboles y cuidados jardines que los adornaban, con lo que se privó a los vecinos de un hermoso paseo, muy concurrido sobre todo los fines de semana cuando se convertía en un tradicional lugar de reunión.

El cambio por la tracción eléctrica en los trenes suburbanos produjo un notable incremento del movimiento ferroviario (más de cien servicios diarios que, en combinación con la línea subterránea, pemiten llegar a la Plaza de Mayo en media hora). A partir de esa época se comenzó a viajar con suma comodidad y una gran puntualidad, en vagones de primera clase con asientos tapizados en cuero negro y ventiladores de techo, y en coches de segunda clase con asientos de madera enfrentados. Corrían trenes rápidos (sin paradas entre Liniers y Once) y locales (desde Ramos Mejía como estación de partida inicial hasta Once). Los usuarios podían adquirir boletos de abono mensual para utilizar el servicio sin limitación de viajes y también pasajes combinados válidos para viajar en tren hasta Once y continuar en el subte hasta la Plaza de Mayo, y viceversa. El slogan publicitario de la época decía: "Del subte al tren sin cambiar de andén".

La eliminación de los árboles y demás plantas en los antiguos andenes de nuestra estación y en otras de la línea del Oeste, determinó que no fuera necesario en lo sucesivo el vivero botánico instalado por la empresa en las dos manzanas situadas al sur de la estación. Por tal motivo, en el año 1925 resolvió la venta de esos excepcionales terrenos, de inmejorable ubicación. Obviamente, en aquella época, a nadie se le habrá ocurrido pensar que ese predio debía mantenerse como espacio verde, porque el pueblo todavía estaba lejos de tener necesidades al respecto, pero nos parece lamentable que faltara visión de futuro para vislumbrar los problemas que la carencia de una oportuna planificación ha acarreado a Ramos Mejía en ese aspecto. Recordemos que recién el 1º de agosto de 1976 entró en vigor el Plan Regulador del Partido de la Matanza, cuando ya se habían cometido abusos en la construcción de edificios en torre.

 
VI. El progreso
se hace presente
[Parte I]


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