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Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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* Sobre la residencia en Ramos Mejía de la admirable dirigente socialista, véase la crónica incluida en el libro "Alicia Moreau de Justo", de Marta Cichero (Ed. Planeta, 1994, págs 123 y siguientes).
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La educadora Doña Ramona Josefa Arroupe de Vilas, cuyo nombre se identificó durante más de medio siglo con la Escuela N° 71 de Ramos Mejía. (Fotografía gentileza de la señora Vilas de Vives, hija de Doña Ramona.)
(Haga click en la imagen para ver una versión más
grande.)
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Eduardo Gimenez

Capítulo X
Notas dispersas
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
Los años iniciales que pasamos en la escuela
primaria vuelven a nuestra memoria siempre frescos e inalterables.
Aquellos cuadernos cubiertos de monótonos
palotes, el guardapolvo blanco que muchas veces quedó amarronado
por los revolcones en los recreos, los pupitres de madera con sus manchas
de tinta y las incontables iniciales grabadas por sucesivas generaciones
de alumnos, el tañido de la nostálgica campana, que separaba
momentos de silencio y de bullicio. Esa "vieja campana de color ceniza"
que evocó Fermín Estrella Gutiérrez, fue reemplazada
años después por la campanilla eléctrica, ¡y
se dijo que en nombre del progreso!
Expresamos hoy sincera gratitud hacia nuestras maestras
de entonces y evocamos, con un sentimiento de afecto, a los amigos que
compartieron con nosotros esas horas de infancia, a quienes los vaivenes
de la vida separaron tempranamente por tan diversas sendas.
Conocimos por dentro la Escuela Nº 71, de Lavalle
351, al comenzar la década del treinta, cuando era su directora
la Sra. Ramona Arroupe de Vilas, casada con D. Francisco Vilas, funcionario
del Ferrocarril Oeste que había hecho construir su vivienda en
Las Heras 276, a media cuadra del colegio, lindera a la vieja librería
Plus Ultra, de D. Juan Braña, y vecina a la no menos antigua herrería
de D. Juan Angel Dufau, establecido en Las Heras 230. Acotemos aquí
que el señor Dufau fue dirigente del Club Social y Deportivo Ramos
Mejía durante varias temporadas y, además, activo militante
socialista, lo que le acarreó en épocas de intolerancia
y fraude político que conociera el calabozo policial. Alguna vez
intercedió por su libertad la Dra. Alicia Moreau de Justo, que
por esos años tenía su residencia en Bartolomé Mitre
643, Ramos Mejía * .
La escuela No 71 se llamó primeramente
Tucumán, luego Pueyrredón, pero nunca fue conocida por esos
nombres entre la población. En efecto, la actuación de la
señora Ramona Arroupe de Vilas al frente de ese establecimiento
fue de tanta trascendencia y en el vecindario se identificaba tanto a
su persona con todo lo relativo al colegio a su cargo, que en el lenguaje
popular no había otro modo de referirse al mismo, cariñosamente,
que la "escuela de doña Ramona". Alta, siempre vestida
de negro, con el cabello gris alisado hacia atrás y recogido en
un rodete sobre la nuca, la recordamos cruzando los patios y galerías
del colegio, de gastados mosaicos, rumbo a la sala de la dirección.
Su rostro, de suaves facciones, denotaba una gran serenidad espiritual.
La señora Ramona falleció en 1981, a la edad de 96 años.
Recordamos también a una ejemplar maestra
de la misma escuela, que mereció los mayores elogios por el tesón
y la eficacia que rodearon su desempeño al frente del tercer grado,
la señora Jacinta Loustau de Palacios, que decía ser sobrina
de Almafuerte. Quienes fuimos sus alumnos no podemos olvidar dos aspectos
de su actuación; el primero, los momentos en que valiéndose
de un puntero de madera (parecido a un taco de billar), se dedicaba a
administrar justicia de modo contundente. Cuando en el aula algo no encajaba
en las normas de disciplina, hacía revolear con brío ese
puntero sobre nuestras cabezas, con un zumbido que inquietaba, y entonces
instintivamente nos cobijábamos debajo de los pupitres. ¡Cuántos
niños de Ramos Mejía conocieron de cerca el puntero de la
señora Loustau!. El segundo aspecto se vincula con cierta clase
impartida por la recordada maestra, en la que sostuvo que los chicos no
venían de París, ni los traía la cigüeña,
explayándose a continuación sobre el verdadero origen de
la vida; algunos padres tomaron conocimiento del asunto y se presentaron
a protestar ante la dirección de la escuela, pero frente a la firme
y equilibrada comprensión de la señora Ramona, desistieron
de su actitud.
Como la escuela Nº 71 cubría sólo
el ciclo elemental del 1º a 4º grado, al término de éste
pasamos a la Escuela Nº 4, cuando era su directora Da. Delia R. B.
de Mata, casada con el escribano Alejandro S. Mata, que se domiciliaba
y tenía su despacho notarial en Alsina 88, de Ramos Mejía.
Por entonces, esa escuela funcionaba en Belgrano al 50, al lado de la
Librería La Siempre Viva, de Lizardo, a la que algunos también
llamaban la Montepío porque en determinada época hizo de
casa de empeños. Recordemos de paso que por esos años (1935-1937),
D. Francisco Lizardo se desempeñaba en funciones judiciales en
Ramos Mejía, como alcalde, en el horario de 8 a 12 horas.
Nos encantaba ser clientes de esa librería,
una amplia construcción en chapa y madera, donde conseguíamos
los cuadernos "Lanceros Argentinos",. las plumas "cucharita"
marca Perry y... los caramelos "1/2 hora".
Habíamos comenzado el 5º grado en el
citado colegio con el libro de lectura "Elevación", de
Pedro B. Franco y Cesáreo Rodríguez, pero en la mitad del
año se nos ordenó sustituirlo por otro texto, sin que se
nos explicasen los motivos del cambio. Algunos años más
tarde nos enteramos de que la censura política de la época
había proscripto a "Elevación" porque reproducía
la "Canción de la Paz", del poeta tucumano Mario Bravo
(1882-1944).
Otro libro del que guardamos uno de los mejores recuerdos
es el "Curso de Historia Nacional", de Alfredo B. Grosso, que
si bien no fue nunca texto oficial, se convirtió desde su primera
edición, en 1893, hasta las últimas, en el preferido por
los maestros, padres y alumnos. Había dos versiones del libro,
conocidas popularmente como Grosso chico y Grosso grande, y alcanzó
a superar el millón de ejemplares. Durante la primera mitad del
siglo no hubo un argentino que en las escuelas del país no haya
recorrido las páginas del texto de Grosso, mirando sus láminas
y leyendo sus lecciones, escritas con sencillez y claridad para que llegaran
a la infancia.
Entre los recuerdos del año en que cursamos
sexto grado, cuya querida maestra era la señorita Sara Rossi, no
podía faltar alguna que otra travesura propia de la edad. En nuestra
diaria recorrida desde casa al colegio, generalmente formando un bullanguero
grupo de tres o cuatro amigos, pasábamos frente a la quinta de
La Cabaña; uno de nosostros detectó que en el cerco sobre
la calle Pueyrredón al 300, se había practicado un boquete
en el alambrado, que quedaba oculto por el ligustro y muy cerca de unos
espléndidos mandarinos cargados de fruta madura, la que también
se veía caída en el suelo.
Ingresar por ese providencial acceso y salir con
los bolsillos del guardapolvo llenos de mandarinas, así como entre
la camisa y el cuerpo, por encima del cinturón, fue para nosotros
como la manzana para Newton, un descubrimiento portentoso. Así
cargados entrábamos en clase y allí procedíamos a
distribuir y consumir la fruta, flotando en el aula un intenso olor a
cítricos. Ello no motivó observación alguna por parte
de la señorita maestra, ya fuere porque ese aroma era de su agrado
o por su reconocida benevolencia hacia los alumnos. Pero un día
debimos suspender las "razzias" a La Cabaña por dos motivos;
uno por parte del portero del colegio, un señor de rostro cetrino
apellidado Campagnoli, que se quejó con razón de las cáscaras
de mandarina que cubrían el piso del aula y, el otro, que en dos
o tres de las últimas incursiones vimos que dos señoras
de la casona de La Cabaña habían observado nuestros movimientos
sin enfado alguno, más bien con gestos de cierta complacencia,
y entonces nos dimos cuenta de que faltaba el ingrediente fundamental
de la infancia, la contravención.
Otro educador de Ramos Mejía del que se guarda
memoria por su larga y fecunda actuación en nuestro medio es el
maestro José Carmelo Palumbo, que había fundado su escuela
privada en la calle Las Heras 550 el 1º de junio de 1932. Además,
dictó cátedras en la Escuela Nacional de Comercio de Ramos
Mejía y en la Nº 1 de la Capital Federal.
Fue muy reconocida la labor docente en su colegio
de una sola aula, en la que cubría todos los grados primarios,
por la calidad de los estudios y por la férrea firmeza con que
dirigía a su alumnado. Esto último le valió que muchos
padres le encomendaran la preparación de aquellos chicos que podíamos
calificar de "difíciles", es decir, con problemas de
conducta o renuentes al estudio. En estos casos esos hijos rebeldes eran
llevados al señor Palumbo, con un diálogo que los padres
solían comenzar diciéndole al maestro: "Aquí
le traigo a mi hijo para ver si se endereza."
En esa época no se sabía en el pueblo
de la existencia de psicopedagogos y no se había leído aún
a Jean Piaget. Los chicos a que aludimos conocieron entonces las bondades
correctivas de las enérgicas medidas disciplinarias del maestro
Palumbo, y de algunos coscorrones aplicados por los padres en el momento
oportuno.
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