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El Autor
Nota de contratapa

Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?

I. La zona y sus primeros ocupantes

II. La chacra de la familia Ramos Mexía

III. El arribo del primer tren

IV. El trazado del pueblo

V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]

[Parte 2]

VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]

Parte 2]

VII. El pueblo se transforma en ciudad

VIII. Los servicios públicos

IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]

[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]

X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]

[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]

Bibliografía

Índice de ilustraciones

 

Como no podía ser de otra manera, fue el comentario general y, a casi ochenta años de la nevada, se sigue recordando aquel 22 de junio de 1918. Ese día Alfonsina Storni estuvo en el Ateneo Hispano Americano donde, en una fiesta dada en su honor, recitó "Afuera llueve; cae pesadamente el agua...".


Prácticamente toda la población se volcó a las calles del pueblo para observar el desplazamiento del Graf Zeppelin, a la altura de la avenida Rivadavia, rumbo al este, con una serenidad de navegación imperturbable.

Ilustración Eduardo Gimenez
Aquel Ramos Mejía de Antaño

Capítulo X
Notas dispersas
[Parte 5: Otros hechos memorables]

Los sucesos que vamos a comentar no fueron exclusivos de Ramos Mejía, pues también ocurrieron en otros lugares del país, pero permítasenos exponerlos aquí porque en el marco que les daba nuestra localidad tuvieron algunas particularidades que nos parece oportuno recordar.

a) El tren lechero

Durante las primeras décadas del presente siglo, digamos hasta alrededor del año cuarenta, fue un espectáculo cotidiano, en la estación ferroviaria de Ramos Mejía, la llegada del tren lechero.

La empresa del Ferrocarril Oeste había construido en la parte norte del lugar, precisamente en el espacio comprendido entre el chalet de la estación y el paso a nivel con barreras entonces existente a la altura de la calle French, un andén con piso de carbonilla y varios portones de acceso sobre la calle Gabriel Ardoino.

El tren, con locomotora a vapor y varios vagones de carga, arribaba alrededor de las 10 de la mañana, proveniente de la zona tambera cercana (Luján, Mercedes, Suipacha), transportando cientos de tarros con leche, que se iban descargando en las distintas estaciones de la línea.

Un rato antes de esa hora se congregaban en ese sitio los lecheros del pueblo, con sus característicos carros de reparto domiciliario, que estacionaban de culata a la vereda de la calle Ardoino, frente al andén. Esos carros eran tirados por caballos, muchos de los cuales presentaban arneses adornados con tachas de bronce y hasta pequeños cascabeles en el cuello. A esos carros se subía, tanto por el pescante como por atrás, mediante estribos, y en su interior, en ambos costados, tenían sendas tablas horizontales con agujeros, donde se colocaban los grandes tarros de chapa, inmunes al óxido.

Los vehículos solían estar fileteados por algún artista popular anónimo, y tenían por encima de las ruedas dos bandas exteriores de madera con inscripciones diversas, algo así como variantes criollas de los lemas en los escudos. ¿Qué expresaban esas leyendas?. Podían estar relacionadas simplemente con el oficio, como aquella que decía: "El vasquito lechero del Oeste"; o esta que vimos en otro de esos carros: "El lecherito buen mozo". También las hubo de corte netamente galante, y merece recordarse una que expresaba: "Yo no sé que me han hecho tus ojos", derivada de una conocida canción entonces en boga. Y otra decidídamente romántica: "Cuando el amor me sonría, será de Ramos Mejía", que denotaba una elogiable lealtad al pueblo.

Los lecheros eran en su mayoría vascos, aunque también los hubo de otras regiones de España, italianos, criollos, etc. Muchos lucían la clásica boina y calzaban alpargatas. Conocimos además a los que llevaban la faja a la cintura o el tradicional tirador de seis hebillas.

Mientras esperaban el arribo del tren, que se veía venir desde que partía de la estación Haedo por las altas bocanadas de humo negro de la locomotora, algún lechero sacaba los cuarenta naipes y entretenían el tiempo jugando en cuclillas la partida de truco, en tanto que otros se ocupaban en desabollar los tarros vacíos que iban a devolver a los tambos, para que no mermase su contenido. ¿Cómo lo lograban? Introducían el brazo en el tarro asiendo con la mano una bola de hierro, con la que repicaban las partes a aplanar.

A partir de los años cuarenta el camión comenzó en forma creciente a transportar desde los tambos los tarros lecheros, que descargaba primero en la avenida Rivadavia y más adelante en la casa de cada lechero, y así fue que el servicio ferroviario empezó a languidecer y por último desapareció.

Posteriormente, al generalizarse el uso de la botella y del sachet refrigerados provenientes de las grandes usinas lácteas, para la comercialización de la leche en toda clase de comercios, aquellos típicos lecheros, con sus carros y sus caballos, con sus boinas y sus tarros, también pasaron a ser tan sólo un recuerdo de nuestro pasado.

b) El día de la nieve

Fue el sábado 22 de junio de 1918. Ese día amaneció plomizo y lluvioso en Ramos Mejía e hizo bastante frío, pues era el comienzo del invierno y la temperatura máxima no superó los nueve grados. A eso de las tres de la tarde los vecinos observaron asombrados que la lluvia tomaba un tono blanquecino, que se acentuaba al caer en el suelo y adherirse como pequeños copos de nieve sobre la ropa y los paraguas de los transeúntes. Al principio, el espectáculo fue recibido con cierta incredulidad, pues un año antes la nevada había abortado a poco de insinuarse. Pero esta vez la cosa iba en serio y pronto la nieve se juntó en techos, en cornisas, en dinteles de puertas y ventanas y en los reparos de los balcones.

Siguió nevando varias horas ¡Y de qué manera!. Al llegar la noche, en los parques de las numerosas casas quintas de Ramos Mejía apenas se distinguía, en el conjunto blanco, el punto oscuro de los troncos en medio de la fronda de los cedros, los pinos y los cipreses.

El fenómeno se notó con más fuerza y fue mayor la cobertura en nuestra localidad y en otras suburbanas que en la Capital Federal, donde también fue observado. El diario La Prensa informó al día siguiente que en la azotea de su edificio sobre la avenida de Mayo, a las 12,30 horas de la noche, la nieve alcanzaba más de diez centímetros de altura.

Según los registros meteorológicos, la nevada cesó a la medianoche y hubo vecinos en nuestra zona que tomaron fotografías de la curiosa alfombra blanca que dejó en calles y parques. Tampoco faltó el escultor improvisado que modeló con la nieve algún personaje de su predilección, de lo que también quedaron registros fotográficos.

Como no podía ser de otra manera, fue el comentario general y, a casi ochenta años de la nevada, se sigue recordando aquel 22 de junio de 1918. Ese día Alfonsina Storni estuvo en el Ateneo Hispano Americano donde, en una fiesta dada en su honor, recitó "Afuera llueve; cae pesadamente el agua...".

c) El día de la ceniza

La ciudad de Buenos Aires, sus alrededores y poblaciones de gran parte del país y hasta el Uruguay, asistieron a la poco común caída de ceniza volcánica.

Desde la primera hora del lunes 11 de abril de 1932, el cielo de Ramos Mejía se presentaba despejado de nubes, pero se iba sombreando paulatinamente por una espesa capa de polvo grisácea y sutil que llegó a oscurecer al sol y que se posaba en forma lenta sobre calles, techos y en toda superficie libre.

Se trataba de cenizas provenientes de varios volcanes cordilleranos, de los cuales el principal era el Descabezado. Su composición química era semejante a la conocida piedra pómez y similar a la de los polvos para pulir que se venden en los comercios con destino a uso doméstico. Las amas de casa de entonces advirtieron de inmediato la utilidad que tenía la ceniza volcánica y recordamos haber visto en nuestro pueblo cómo se dedicaron a barrerla, acumularla y llenar con ella los tachos que tenían a mano.Así dispusieron por algún tiempo de un material apto para pulir mosaicos, vidrios, etc.

En la oportunidad que comentamos los efectos de la ceniza, que siguió cayendo hasta el 13 de abril de 1932, se hicieron notar en la atmósfera, que se tornó opaca, acortó la visibilidad y produjo molestias por la contaminación del aire.

Los trenes de larga distancia del Ferrocarril Oeste pasaron ese día por Ramos Mejía con notables atrasos, pues en algunas zonas de Mendoza, La Pampa y la provincia de Buenos Aires, la caída de la ceniza formó capas de más de 20 centímetros de espesor.

En febrero de ese año de 1932, el general Agustín P. Justo había asumido la presidencia de la República, y don Agustín de Elía, descendiente de la familia Ramos Mejía, acaudillaba las fuerzas conservadoras de La Matanza. Había entre ambos similitud en los nombres y en los objetivos políticos.

d) El paso del Graf Zeppelin

Han transcurrido ya más de sesenta años de un hecho que asombró a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires y de parte de sus alrededores.

El sábado 30 de junio de 1934, en las primeras horas del día, llegó al país el colosal dirigible alemán LZ 127 Graf Zeppelin, de 236 metros de eslora y 30,5 de diámetro, que había partido una semana antes de Costanza, en la frontera alemana-suiza, y efectuado su última escala en Río de Janeiro. El diario La Prensa hizo sonar su sirena cuando la nave evolucionó sobre la avenida de Mayo a escasos cientos de metros de altura. Siendo las 7:45 horas del día mencionado puso proa a Campo de Mayo, escoltado por seis aviones militares Avro y un Junker. En su cola lucía la cruz svástica, que para nosotros aún no tenía las connotaciones que luego tuvo.

Al llegar a Campo de Mayo descendió ante una multitud estupefacta, hasta casi rozar el suelo, cuando los relojes marcaban las 8.47 de la mañana. Desde la cabina principal fueron soltados cables y en una maniobra disciplinada de conjunto, cientos de soldados conscriptos los sujetaron. También se bajaron otras amarras desde la góndola de proa, para lograr la nivelación horizontal, y por último, otros soldados asieron la barquilla asegurando una inmovilidad casi total del dirigible.

A las 9.50 horas se recogieron desde a bordo los cables y el Graf Zeppelin comenzó a ascender para el regreso.

Su majestuoso paso por Ramos Mejía se produjo unos diez minutos más tarde. Ya el sol brillaba con intensidad en esa mañana de invierno y se reflejaba en la metálica y pulida superficie de la nave. Prácticamente toda la población se volcó a las calles del pueblo para observar su desplazamiento, a la altura de la avenida Rivadavia, rumbo al este, con una serenidad de navegación imperturbable.

El dirigible arribó a Río de Janeiro al día siguiente a las 17 horas; su velocidad de crucero era de unos 115 km. por hora.

En nuestra localidad las calles, las azoteas y los techos de zinc de las casas se vieron invadidos por cientos de curiosos, en los que el paso del zepelín dejó un recuerdo imborrable.

Curiosamente, días más tarde tomamos conocimiento de que uno de los jóvenes soldados conscriptos encargados de sostener las amarras del dirigible, vivía a la vuelta de nuestra casa, en el barrio de La Cabaña, y tuvimos oportunidad de escuchar absortos sus comentarios sobre el suceso. A partir de ese momento, los chicos del vecindario nos sentimos en cierta medida partícipes indirectos del asombroso acontecimiento.

 
X. Notas dispersas
[Parte 4]


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