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Contenido
El Autor
Nota de contratapa
Prólogo. Todo tiempo pasado, ¿fue mejor?
I. La zona y sus primeros ocupantes
II. La chacra de la familia Ramos Mexía
III. El arribo del primer tren
IV. El trazado del pueblo
V. Elogio de las casas quintas
[Parte 1]
[Parte 2]
VI. El progreso se hace presente
[Parte 1]
Parte 2]
VII. El pueblo se transforma en ciudad
VIII. Los servicios públicos
IX. Las instituciones
[Parte 1: Asociaciones de bien común]
[Parte 2: Instituciones educativas y culturales]
[Parte 3: Instituciones deportivas y sociales]
X. Notas dispersas
[Parte 1: Límites y barrios]
[Parte 2: Las plazas]
[Parte 3: Las calles]
[Parte 4: Nuestro paso por las aulas]
[Parte 5: Otros hechos memorables]
[Parte 6: El viejo vecindario]
[Parte 7: Conclusión]
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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El peluquero, don Víctor Piégari, solía convertir a su salón en un amable lugar donde se charlaba, abordándose todos los temas. A veces hasta llegó a afeitar en silencio a determinados clientes, pero en general bastaba con arrellanarse en su cómodo sillón y preguntarle: "¿Qué se dice, don Víctor?", para que se iniciara la conversación.
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Eduardo Gimenez

Capítulo
X
Notas dispersas
[Parte 6: El viejo vecindario]
En las páginas anteriores hemos recorrido
los límites de nuestra ciudad, visitamos sus calles y sus plazas
y observamos algunos de sus barrios. Tampoco ha faltado un vistazo a las
instituciones y a los colegios. Así y todo, no hemos llegado a
percibir cuál es la esencia, el fondo del alma de aquellos vecindarios
de Ramos Mejía que, hasta la década del treinta inclusive,
tuvieron rasgos típicos y tradicionales, a veces humildes aspectos
de la vida cotidiana, cuyo conocimiento puede darnos mejor comprensión
del tema que si leyésemos a un erudito sociólogo.
Cuando hablamos de vecindario nos estamos refiriendo
a esas pequeñas comunidades de familias domiciliadas dentro de
límites imprecisos, pero con elementos afines que les otorgaban
un sentido de pertenencia a ese pequeño mundo, lo que de alguna
manera representaba un sentimiento de lealtad lugareña.
A veces ese ámbito, indefinido pero real,
se reducía a una sola cuadra y otras a las cuatro cuadras que partían
de alguna esquina. ¿Cuáles eran los lazos que ayudaban a crear
esa atmósfera?.
Tengamos en cuenta que estamos aludiendo a los años
treinta y anteriores, en que la gente vivía a nivel del suelo,
en casas con jardín y fondo, no en altos edificios de departamentos,
y había entonces un mayor contacto personal, inclusive a través
de los alambrados que separaban las propiedades.
Esos vecinos hacían sus compras diarias en
la carnicería, la panadería o el almacén del lugar,
que no distaban más de una o dos cuadras de las respectivas casas,
y el radio de influencia de dichos comercios (a los que se designaba con
el nombre de pila de sus dueños: don José, don Enrique o
don Higinio), contribuía a delimitar el vecindario.
En esos encuentros diarios en los locales mencionados
los vecinos conversaban, intercambiaban chismes o trascendidos, y discutían
entre sí sobre temas de actualidad, aumentando el sentido de unidad
social y de integración al lugar. En época de verano, al
anochecer, solían continuar esas conversaciones, cuando sacaban
sillas a la puerta de las casas y allí se reunían.
Las compras diarias se efectuaban a crédito,
con la clásica libreta de tapas de hule negro, donde el comerciante
anotaba cada uno de los productos que entregaba, cancelándose la
deuda al finalizar la quincena o el mes. Este sistema acrecentaba la vinculación
entre el comercio y su clientela, que salvo alguna discusión muy
fuerte, no salía del vecindario para cambiar de negocio.
En este aspecto, el almacén era el negocio
más representativo de esas costumbres. Ubicado generalmente en
una esquina, a veces con el despacho de bebidas anexo (por entonces no
se decía bar), con su mostrador de estaño y sobre él
las canillas con boca de serpiente. Ahí se reunían en las
últimas horas de la jornada los varones del vecindario, para compartir
el aperitivo o jugar la partida de naipes cotidiana, y esa identidad de
costumbres era otro factor de unidad vecinal.
En el almacén se compraba casi de todo. Además
de los alimentos y bebidas, que eran lo más común, se encontraba
una gran variedad de cosas; en las libretas se anotaban tanto los porotos
caballeros como el par de alpargatas, el kilo de yerba mate o de azúcar
sueltos y la botella de agua jane (la lavandina), el naranjín y
la chinchibirra. En ciertos casos hasta un peso en efectivo que se pedía
al comerciante para afrontar algún apuro económico del hogar.
También se recurría al almacenero para
solicitarle el periódico, y era además el hombre de consulta
para saber dónde comprar otros productos o localizar algún
servicio, lo que convertía a su negocio en un centro del vecindario,
no sólo comercial sino también social.
Para los chicos que hacían los mandados del
hogar existía toda una institución, la yapa, consistente
en una galletita, un caramelo o unos maníes, que el almacenero
les entregaba con cada compra. Con tanta liberalidad que alguien, en tono
de broma, ha comentado el caso de aquel chico al que se le escuchó
pedir: "Dice mi mamá que le preste La Prensa... y deme la
yapa."
Esa ligazón entre comercio y vecindario tenía
sus excepciones cuando se trataba de negocios poco numerosos, lo que obligaba
a la gente a trasladarse a otros barrios; era el caso de las farmacias
y las peluquerías. Las tradicionales farmacias Del Pueblo y Giovo,
sobre la avenida Rivadavia, en el centro de Ramos Mejía , y las
antiguas Santa María y del señor Salomón Yaski, en
el barrio La Cabaña, entre otras, atendieron desde las primeras
décadas del siglo a los vecinos que iban con las recetas magistrales,
o simplemente a comprar la barra de azufre para "los aires",
el alcanfor, la untura blanca o el aceite de castor. Tanto éste
como la limonada Rogé, solían administrarse como purgantes
en forma periódica, aunque no se sufriera de estreñimiento,
y eran realmente de sabor repugnante. Sin embargo, de niños íbamos
resignados a comprarlos con el aliciente de la yapa, que en esos casos
consistía en un puñado de pequeños confites, y a
fin de año, el célebre Almanaque de Bristol. Para satisfacer
a toda su clientela, el farmacéutico que se estimara procuraba
tener la mayor cantidad posible de esos cuadernillos anuales. En sus páginas,
además de la propaganda del Tricófero de Barry, podíamos
leer trozos de escritores clásicos, consejos útiles y hasta
pronósticos del tiempo para cultivos. Cuántos niños
se iniciaron en el conocimiento de Cervantes o de Góngora en esos
párrafos del Almanaque de Bristol.
Aquellas farmacias de antaño, con sus potes,
sus grandes frascos de vidrio con leyendas en griego o latín y
sus morteros de piedra bola, se han transformado hoy, en algunos casos,
en farmacias-shopping, polirrubros, donde es posible, por ejemplo, que
la mujer se haga medir la presión mientras el marido, en el mismo
local, adquiere una raqueta de paddle.
También se recuerda a las tradicionales peluquerías
de Ramos Mejía (las que aún no habían abominado de
esa denominación para ser salones masculinos o estilistas), como
las de Juan Robertassi, o Francisco Cachone, o De Rossa, pero en particular
mantenemos inalterable la imagen de la que durante más de sesenta
años funcionó en Bolívar 80. Nos estamos refiriendo
a la Peluquería de Víctor, que en sus comienzos lució
en el frente una humilde heráldica, la clásica bacía
de reluciente metal, estilizada en forma de platillo ovalado, y colgada
de una espiral de alambre, que tintineaba con el viento.
En el interior de ese salón, una de las paredes
estaba cubierta por la gran consola de madera oscura con altos espejos,
enfrente las sillas de Viena para la espera de los clientes, y, en el
medio, la mesita con La Prensa y los últimos números de
la revista Caras y Caretas. Tampoco faltaba, al fondo, el intrigante artefacto
de bronce cromado para el agua caliente de las afeitadas y los paños
para fomentos.
El peluquero, don Víctor Piégari, solía
convertir a su salón en un amable lugar donde se charlaba, abordándose
todos los temas. A veces hasta llegó a afeitar en silencio a determinados
clientes, pero en general bastaba con arrellanarse en su cómodo
sillón y preguntarle: "¿Qué se dice, don Víctor?",
para que se iniciara la conversación. Y en las contadas veces en
que la navaja infería algún pequeño corte, don Víctor
se apresuraba a cauterizarlo con la piedra de alumbre.
Entre los negocios desaparecidos mencionemos a las
bicicleterías, no las que sólo venden o reparan bicicletas,
que siguen existiendo, sino aquellas que alquilaban, desde 25 centavos
la media hora. Eran bicicletas golpeadas, machucadas, pero cuántos
momentos de placer nos proporcionaron cuando eramos niños y sólo
unos pocos podían alcanzar a tener la bicicleta propia. A veces,
para hacer más soportable el pago de esas monedas, nos poníamos
de acuerdo con algún amigo para alquilar en forma compartida la
dichosa bicicleta, que en las tardes de verano devolvíamos transpirados
y con la cara encendida.
La de Remo Tonelli, en la avenida de Mayo frente
a la Casa de Auxilio, o la del "Ñato" Garciarena, en
la esquina de Brown y Lavalle, fueron, entre otras, las bicicleterías
que rememoramos. De la primera rcordamos un hecho curioso, pues había
agregado un servicio más a su actividad específica; tenía
en la vereda playa de estacionamiento para bicicletas de terceros. Se
pagaba un pequeño canon mensual y era utilizada por personas que
residían a cierta distancia de la estación, a la que llegaban
diariamente en bicicleta, para tomar el tren rumbo a sus lugares de trabajo.
Dejaban las bicicletas en la playa por la mañana y a su regreso
las retiraban para volver a sus respectivos domicilios.
También han dejado de existir los tres cines
que hubo en el centro de nuestra ciudad. El más moderno fue el
Cine Gran Belgrano, que se había inaugurado en la primera semana
de mayo de 1948 y dejó de funcionar a fines de la década
del ochenta, transformado en un autoservicio. Su hermosa y señorial
escalera en el foyer quedó grotescamente convertida en escaparate
de verdulería.
El Cine Ramos Mejía, instalado a fines de
los años veinte en Rivadavia 13.956, tenía un atractivo
muy grande entre los vecinos. Como todos los cines de la época,
que solíamos denominar los "biógrafos", anunciaba
el comienzo de las funciones haciendo sonar hacia la calle una campanilla.
Cuando eramos niños concurríamos a mitad de la semana, en
que el precio de la entrada era inferior y podíamos presenciar
hasta tres películas de aventuras (cowboys, gangsters o Rin Tin
Tin), ubicados en la parte alta de la sala, la tertulia, bastante incómoda
por cierto, ya que carecía de butacas como las de la platea, pero
que en esos años de la infancia nos resultaba incomparablemente
más divertida.
La platea era ocupada por los niños con sus
madres o por otras personas mayores, de modo que allí el orden
estaba asegurado. En cambio arriba, en el "gallinero" como graciosamente
se decía, había solamente chicos y reinaba el jolgorio.
El pataleo sobre las sonoras gradas de madera donde nos sentábamos,
los granos de maíz que llevábamos en los bolsillos de nuestros
pantalones cortos, para arrojar a la platea cuando las luces se apagaban,
y, sobre todo, aquellos avioncitos de papel que algunos lograban hacer
planear hasta el escenario, en un alarde de aerodinámica. Era un
triunfo cuando conseguíamos que esos avioncitos atravesaran el
haz de luz del proyector y que su sombra se dibujara en la pantalla.
En las noches calurosas de verano era el Cine Ramos
Mejía una sala relativamente fresca, porque contaba con ventiladores
y con una abertura amplia en su techo, con una cubierta corrediza de chapas,
que no pocas veces debió ser cerrada con apuro ante una lluvia
inesperada. Cuando se desplazaba sobre sus ruedas se oía en la
sala un sordo runrún que aún resuena en nuestra memoria.
Del Salón Victoria, luego llamado Cine Ardoino
y finalmente Cine San Martín, ya hemos dicho algo en el capítulo
IX. Recordemos ahora que a un costado de esa sala, es decir, en la esquina
sudeste del cruce de Bartolomé Mitre con la calle San Martín,
se hallaba el Bar La Jaula, de los hermanos Gilardoni, en una modesta
casa separada de la vereda por un patio de tierra y el alambrado tradicional,
con su galería cerrada por un enrejado de tablitas de madera cruzadas.
Desde su interior a veces se filtraban a través del enrejado las
notas de un tango interpretado por el sexteto de Julio De Caro o cualquier
otro grupo de la guardia vieja, que surgían de algún antiguo
fonógrafo con bocina.
En algunas oportunidades hemos pasado por La Jaula,
pero nunca la conocimos por adentro, ni se veía su interior desde
la vereda, y siendo niños teníamos la impresión de
que ese bar estaba reservado a personas mayores. Alguien que tuvo oportunidad
de frecuentarla nos ha dicho, bajando el tono de su voz, que en ese local
se conoció el "escolazo" (digamos timba, como sugiere
Gobello, si no nos gusta ese vocablo del lunfardo delictivo), pero esta
es una versión que no hemos podido confirmar.
Como costumbre de la época, digamos que hasta
la década del treinta inclusive, era común que las personas
mayores, varones, cuando salían de sus casas usaran sombrero, y
en los meses de verano el típico "rancho", que era un
sombrero de paja, rígido, con el ala y la parte superior de la
copa planas. Naturalmente, también al cine se iba con el sombrero
puesto, que se quitaba al comenzar la función, y, para evitar que
estorbara manteniéndolo sobre las rodillas o entre las manos, los
cines de entonces contaban con un práctico dispositivo. Debajo
de todos los asientos, que eran volcables, se había colocado una
especie de perchero circular de grueso alambre acerado, con la forma adecuada
para colgar el sombrero, que allí se sostenía con la copa
hacia el piso, del que quedaba separado algunos centímetros. Así
de simple, pero el problema era no olvidar el sombrero al salir del cine.
En los vecindarios que rememoramos también
han desaparecido hace tiempo aquellos viejos pregones de vendedores ambulantes,
que ya no recorren las calles, las voces de quienes anunciaban su paso
dedicados a humildes oficios u ocupaciones que hoy no existen. Quién
recuerda, por ejemplo, al fainadero que pasaba llevando sobre su cabeza,
en perfecto equilibrio, un recipiente chato con varias pizzas y fainás
apiladas. En cualquier esquina desplegaba un pequeño caballete,
apoyaba allí su carga y se aprestaba a vender la mercadería
en aceitosas porciones triangulares, o por pieza.
¿Y el hielero? ¿Y el palanquero? Este último
era el vendedor ambulante de pescado, que cargaba en dos canastas colgadas
de los extremos de una gruesa caña, que balanceaba sobre sus hombros.
¿Queda algún hojalatero, por casualidad? Recorría las
calles y se le llamaba para confiarle la reparación de palanganas,
fuentones, tachos de todo tipo, siempre que fueran de metal. Y del barquillero,
¿quién se acuerda? A este personaje todos tenemos que recordarlo,
con su cilindro rojo que tenía la tapa convertida en sencilla ruleta,
y con su triángulo musical que congregaba a los chicos para tentar
la suerte y gustar los dulces barquillos.
Preguntémonos también quién
era el recovero. Aquí lo conocimos como el pollero y su modesta
actividad consistía en recorrer los campos vecinos, donde compraba
pollos y patos vivos, y huevos, que luego ofrecía por las calles
del pueblo llevando esa mercadería en sendas canastas con tapa.
Nuestras abuelas se ocupaban de sacrificar el ave comprada, cortándole
el cogote debajo de la canilla de la bomba de agua, en una operación
que evitábamos presenciar porque nos producía un fuerte
rechazo.
Otro curioso menester de aquellos tiempos era el
del fotógrafo ambulante, que recorría los barrios dos o
tres veces al año. Pasaba con el trípode plegado al hombro,
en el que apoyaba la máquina de cajón, con su gran paño
negro en la parte de atrás, que hacía de cámara oscura.
Cuánto misterio inspiraban a los chicos las maniobras secretas
que el fotógrafo cumplía metiendo sus manos en el interior
de ese paño negro. Finalizaba su tarea y entregaba la foto todavía
húmeda por el líquido fijador, con una última recomendación:
"Déjela hasta que se seque."
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