Notas de Mar del Plata

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Notas de Mar del Plata

Sí, vinimos otra vez. A un hotel más caro que el anterior, pero peor. Las alfombras conocieron buenas épocas, tal vez en otro edificio. Los mismos clientes de la década del 60 vuelven siempre, y no se dan cuenta del deterioro (del hotel, así como el de ellos).

En la habitación faltaba el control remoto de la tele. Lo pedimos en conserjería, y nos dijeron que era normal, que la gente se los lleva. Igual nos dieron uno. Susanne estaba asombrada: ¿por qué se lleva la gente un control remoto? Después de darme una ducha descubrí la respuesta: porque en este hotel no vale la pena llevarse las toallas.

Llegamos ayer viernes, al mediodía. Al mediodía de Ferrobaires, que empieza hacia la una y media de la tarde. Llovía. Dos hombres trataban de ganarse unas monedas a cambio de simular que organizaban la cola de los taxis. Tenían bastante éxito, en lo que hace a las monedas.

Estuvimos en un cibercafé, donde Gabriel pudo jugar un rato con Orisinal, que le encanta. Y también con un juego de Garfield que estaba en la computadora. Había que manejarlo con el teclado, mientras una música tecno (ajena al juego y a la computadora, pero impregnada en las paredes del local) hacía lo posible por impedirlo. La impaciencia de Gabriel no me dejó leer las instrucciones, así que estuvimos un rato haciendo que jugábamos a algo que hacía de divertido, mientras Susanne tomaba una verdadera cerveza.

En este momento llueve muchísimo. Hace un minuto me llamó la atención un ruido, y pensé: “La lluvia.” Levanté la vista y no, era la máquina de hacer café. Entonces me di vuelta para ver la calle, y a la vez la máquina se detuvo. Vi la lluvia y oí su ruido auténtico. ¿Cómo puede una falsa alarma ser verdadera a pesar de todo?

Esta mañana, durante las dos horas en que no llovió, fuimos a la playa. Gabriel saltó y corrió lo suficiente para justificar todo el viaje. El guardavidas pasaba el tiempo tocando silbato a quienes se aventuraban a caminar por la escollera, exactamente por debajo del nivel de las peores olas. El sol echó un vistazo, se dio cuenta de que no valía la pena y desapareció otra vez. Gabriel hizo montañitas de arena húmeda, ahí donde las olas iban y venían, y disfrutó de la destrucción consiguiente. Juntó plumas y caracoles. También se mojó la ropa y luego la ropa de repuesto, después de lo cual volvimos al hotel.

No está mal, en realidad. Comemos cosas ricas. Vamos a ir al Museo del Mar a ver a Juan Falú (¿en una pecera?). Tengo esta hora de tranquilidad mientras es el turno de Susanne de ir a Sacoa.

El tren de regreso sale mañana, domingo, a las seis y pico de la tarde.

Diez razones para hacer este

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Diez razones para hacer este weblog:

  1. Tengo dónde anotar espontáneamente algo que se me ocurre, y no perderlo.

  2. Tengo dónde anotar espontáneamente algo que veo en la Web, y no perderlo.
  3. Puedo rescatar cosas que tengo guardadas desde hace años en cajones muy pequeños.
  4. (Cito de memoria a un blogger, no recuerdo quién.) “Si escribo todos los días, escribo mejor. Si escribo mejor, pienso mejor.”
  5. Es divertido.
  6. Puedo usar uno de los mejores formatos que existen en el medio que más me interesa.
  7. Tengo una excusa para volver a contactar gente con la que hace tiempo que no me comunico.
  8. Tengo un impulso para tratar de pensar algo nuevo cada día.
  9. Tengo un espacio donde expresar mi idea de para qué sirve la Web.
  10. Puedo escribir una lista de diez razones para hacer algo, sin sentir vergüenza.

La hora del payaso:"Asilado" y

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La hora del payaso:

  • “Asilado” y “aislado” son anagramas.

  • Corto trabalenguas: “Encuentro cruento”, o “Trunco encuentro cruento”.
  • Traduction: “I rewind the tape” = “Reviento la cinta”.
  • “Mazapán” es una forma de decir al vesre “Más panza”.
  • ¿Por qué la ciudad de Arrecifes no tiene industria del coral?

Agregados del sábado 30:

  • El corazón late. El marcapasos lata.

  • Si algo se estropea, queda estropeor.

El Bagrub

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Fui a luchar contra el Bagrub. Armado con mi colección de objetos mágicos, trepé por la ladera de la montaña hasta más allá de los últimos árboles. La caverna estaba escondida en un pliegue de las rocas. Había tormenta. Avancé hasta la entrada, sin prestar atención a los rayos que caían a mi alrededor.

Aliento venenoso, garras por docenas, el Bagrub ocupa tanto espacio en nuestras leyendas que sin él no habría nada que contar por las noches, alrededor del fuego. Ahora estaba cerca de mí, acechando en algún rincón de la caverna. Si yo tenía miedo de algo, era de sus cuernos afilados como espadas, y de sus ojos grises que quemaban la madera con sólo verla.

La caverna parecía desierta. Uno de los trucos del Bagrub: simular su propia ausencia. Pero el mismo silencio era una prueba de que estaba allí: nadie puede oír al Bagrub. Y la falta de olores: nadie puede oler al Bagrub.

Encendí la antorcha. Entré tropezando. Las paredes de roca chorreaban líquidos viscosos y oscuros. Pero los líquidos no eran una prueba de la presencia del Bagrub, sino de monstruos diferentes, que estaban a cargo de otros guerreros de la tribu. Caminé con la cabeza baja, para evitar las alimañas que vivían en el techo. Pronto llegué al fondo.

Dejé la antorcha en una saliente de la pared y descargué los objetos mágicos en el piso. El Bagrub estaba oculto en algún rincón, seguramente dispuesto a saltar sobre mí y cortarme en trozos pequeños con sus dientes de tiburón. Arrojé polvos en todas las direcciones, mientras cantaba la canción de los magos de la aldea. Eché líquidos más viscosos y más oscuros que los que chorreaban por las paredes. Las alimañas del techo cayeron a montones a mi alrededor, vencidas por la magia poderosa de mi tribu.

El Bagrub, en cambio, no aparecía por ningún lado: otra prueba de que estaba allí, porque no hay truco de magia que lo obligue a mostrarse. Terminé de cantar y escuché con atención. Nada. Un instante de pánico me obligó a aspirar hondo antes de continuar: si el Bagrub seguía sin hacer ruidos era porque esperaba el momento de atacar.

Usé la antorcha para encender racimos de sustancia mágica en todos los rincones. El humo me hacía picar la nariz, pero no me detuve. Susurré la canción de muerte de los magos. Pateé tres veces el piso, y luego otras tres. Crucé las manos en el gesto tribal de guerra. Estornudé, aunque no como parte del ritual sino porque el humo se estaba poniendo insoportable.

Y así durante horas. Era difícil la batalla contra el Bagrub, pero yo estaba preparado. A pesar de los malos augurios resistí hasta el final, cuando ya los últimos rastros de humo y polvo se perdían en los intersticios de la piedra. Entonces, agotado, me senté en el suelo y volví a escuchar.

No había ruidos: señal de que ni siquiera respiraba. Tampoco olores, fuera de los que aún quedaban de mis líquidos mágicos: señal de que su corazón negro no latía. Y nada del Bagrub podía verse alrededor: señal de que su cuerpo se había desintegrado. Todos los signos, sólo perceptibles para mis sentidos expertos, indicaban que el Bagrub por fin estaba muerto.

Tras descansar un rato, volví orgulloso a la aldea.

El pasado 22 de enero

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El pasado 22 de enero venció la visa que el gobierno de los Estados Unidos me otorgó, por diez años, el 22 de enero de 1992. Durante mucho tiempo fue del todo inútil: en primer lugar, después de 1992 no volví a EE.UU.; y últimamente, de haber ido, no me la habrían pedido. Ahora no tengo planes de viajar (no se puede: la Argentina se separó del planeta Tierra y se aleja a velocidad que tiende a la de la luz para convertirse en un asteroide errante). Pero si los tuviera, tendría que sacar visa otra vez. Algo está mal sincronizado en todo esto.

En eBay hay diversas maravillas

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En eBay hay diversas maravillas en subasta, tantas que no alcanza la vida para llegar a verlas todas. Esta es una (ir hacia abajo para ver la foto y la descripción del objeto en venta). (Vía un mensaje en Children’s Writers.)

(Nota del 30/7/2003: sigue habiendo maravillas en eBay, pero no esa. Ya desapareció de la base de datos. Lo peor es que ya ni recuerdo qué era.)

Pintura rupestre encontrada en el

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Pintura rupestre encontrada en el infierno.
Imagen por Eduardo Abel Gimenez
Se refuta buena parte de la iconografía tradicional, que nunca consideró la posibilidad de un cuatridente. (O tal vez, así como los humoristas descubrieron que es más fácil dibujar manos de cuatro dedos, las imágenes del diablo resultaban más expresivas con sólo tres puntas.)

Algunos links a sitios entretenidos

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Algunos links a sitios entretenidos, tomados de las ediciones de la última semana de Good Morning Silicon Valley, de John Paczkowski:

  • The spam letters. Un tipo se entretiene en contestar el spam que recibe, tomándoles el pelo a los spammers. Después publica sus mensajes (y las respuestas, cuando las obtiene) en este sitio. Algunas cosas son desopilantes.

  • Coincidence design. “She is the perfect woman. […] Maybe she can even skydive.” “We’ll design a ‘COINCIDENCE’. We can arrange for the two of you to first meet at a convention, and then — a few weeks later — end up, coincidentally, seated next to each other on a trans-Atlantic flight. Or find yourselves, coincidentally, trapped in an elevator together.”
  • The ultimate flash face. Se puede armar una cara con fragmentos, al estilo de un identikit policial. Hay muchísimo para elegir, y el resultado no es necesariamente caricaturesco. También hay muchas caras “prearmadas” para curiosear. El autor es Max Ischenko, aka sochiNetz, de Sochi, Rusia.

Hay dos juegos nuevos en

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Hay dos juegos nuevos en Orisinal.

El primero, llamado It takes two, muestra dos perritos que saltan alternativamente sobre un sube y baja. En el camino, atrapan huesitos y otras cosas que vuelan.

En el segundo, The perilous voyage, un navío de los siglos XVII o XVIII surca el mar ante un tenue fondo de la época, mientras dispara cañonazos contra rocas enormes que caen del cielo. De vez en cuando viene un dragón y le arroja bolas de fuego; cuando un cañonazo le acierta al dragón, cae un cristal que da más energía.

Pero el mejor de todos los juegos de Orisinal es Pocketful of stars, el que tiene la luna como ícono. Una nena anda de noche sobre un lago congelado. No está en peligro: su casa se ve allá al fondo, y está claro que puede volver cuando lo desee. Casi toda la pantalla está ocupada por el reflejo de las estrellas en el hielo. Un click, y la nena pega un pequeño salto. Pero a continuación, el reflejo de la nena pega un salto gigantesco y empieza a atrapar estrellas. Una estrella fugaz da la mayor recompensa, pero también es más difícil de atrapar. Una de las representaciones más tiernas que conozco del mundo de los sueños.

A veces me dan ganas de escribirle un email a Ferry Halim, el autor de Orisinal. Me gustaría decirle que, si hay una justificación para que Flash exista, es su obra. Pero me imagino que ya muchos se lo habrán escrito.

Ayer necesitaba el teléfono

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Ayer necesitaba el teléfono del restaurante Balthazar, sobre la avenida Cramer, en mi barrio. En estos casos, lo primero que se me ocurre (antes de la guía telefónica, por ejemplo) es recurrir a Google. Escribí entonces las palabras “Balthazar” y “Cramer” en la casilla de búsqueda, convencido de que las dos palabras juntas bastaban para llegar sólo al restaurante. Y conseguí el teléfono dos segundos más tarde.

Pero la Web ya es demasiado grande para que las cosas queden así. En el quinto lugar de los resultados apareció una página llamada “Early Purcell (Porcel) Family History in Kilkenny”.

Un click más tarde, trasladado ya a la Irlanda del siglo XVII, me vengo a enterar de que un tocayo mío, un tal Edward Purcell, era bastante dado a la bebida y más bien violento. Insatisfecho con la herencia que le tocaba (que no era poca) quiso alzarse con todas las posesiones de su familia, los Ballyfoyle. Así, solía aparecerse en el castillo de Ballyfoyle con un grupo de hombres armados y echaba abajo la puerta. La página dice muy coloridamente: “On these occasions the fury of his passion made him vent seditious words against the King, abuse Mrs. Cramer with scurrilous language, and beat her to such a degree that she was in danger of her life.” Finalmente, Edward atacó a nuestro Balthazar Cramer, hijo mayor de quien tenía la concesión del castillo, lo hirió y lo amenazó de muerte, “but fortunately for himself was prevented”. Debido a esto tuvo que irse del país. Terminó en el Gens d’Armes de Francia (regimiento de donde viene la palabra “gendarme”), con una propiedad de 36 libras.

Por si alguien lo quiere, el teléfono de Balthazar (el restaurante) es 4783-4700. Está en Cramer 1757 (¡el año en que Elisabeth Cathrine Schwartzkopf, probablemente de København, Dinamarca, se casó con Baltzar (sic) Cramer!)

Todavía me pasa que oigo

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Todavía me pasa que oigo una canción de los Beatles después de mucho tiempo (mucho: décadas), y alguna frase que nunca entendí se me hace transparente. A veces la frase es inspirada, a veces es trivial. Pero no importa. El resultado es siempre una sensación de insight, de descubrimiento, como si un velo se corriera.

Hace un par de días me pasó con “What goes on“, la canción que canta Ringo en Rubber Soul. En un momento Ringo dice: “It’s so easy for a girl like you to lie.” Así de simple, y yo no lo sabía. (Ahora, con Internet, es muy fácil tener todas las letras de todas las canciones que nunca entendí. Lo prueba el link de este mismo párrafo. Pero no es usual que las busque. Son demasiadas canciones. Y leer la letra en alguna página no tiene el mismo efecto que oírla por primera vez.)

Cuando esto pasa, la canción se me convierte en un Ohrwurm, un “gusano de oído”. Se me queda en un surco del cerebro y no la puedo sacar. “It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why. It’s so easy for a girl like you to lie. Tell me why.”

Al infinito, y más allá.

-La luna es una de

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-La luna es una de las cosas naturales que podemos ver desde la ciudad -dice la cantante, de pie tras el teclado, en la esquina de Florida y Diagonal Norte, frente a la puerta del BankBoston-. Miramos hacia arriba y ahí está, recordándonos que tenemos sangre en la venas -alza el brazo izquierdo, recorre el antebrazo con la mano derecha-, y no luz dicroica.

La puerta del banco está cerrada. Delante del grupo de rock hay una mesita donde la gente firma planillas, junto a la tapa de Clarín de hoy (“El Gobierno busca reforzar el corralito”). Alguien me da un volante: no es de los músicos, sino de “Nosotros, ahorristas y ciudadanos de esta nación”. Cuando el grupo empieza una zamba eléctrica, otro hombre levanta el megáfono: “Estamos juntando firmas contra la confiscación de nuestros ahorros…”

A unos metros, por Florida, diez policías en fila india miran con desconfianza. Por Diagonal Norte va una manifestación: estoy en la cola de ese cometa, mirando la espalda de una especie de muñeco inflado que no sé qué es; desde acá parece el fantasma de Ghostbusters.

-A los que salieron a almorzar, buen provecho -dijo la cantante hace un minuto.

Hasta hoy no había visto las chapas que cierran los bancos, abolladas por golpes de cacerola y martillo. A través de las puertitas que quedan abiertas se ve algo que pasa por civilización, y que ahora espiamos desde afuera, desde las cavernas. Y en medio de esos rincones de luz dicroica las letras rojas sobre fondo negro: VENTA 2,70 – COMPRA 2,55.

Es la una de la tarde. Hace calor, sobre todo del lado abierto del megáfono, que refleja la luz distorsionada por los flecos de nube que hay entre el sol y nosotros. Dos cuadras más temprano, por Perón-Cangallo, me subí a la vereda para dejar pasar un viejo Falcon verde con dos policías adentro. No es la máquina del tiempo, y no lo estoy inventando.

La zamba eléctrica se hunde, derrotada, en las escaleras del subte. Siempre hacia abajo.

Me escribe Luisa Axpe: "Buscando

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Me escribe Luisa Axpe:

“Buscando aquí y allá entre tus criaturas de la web, me encontré con esto de los sinánimos y se me ocurrieron algunos:

“El sinánimo de ‘escola do samba’ es ‘murga’.

“El sinánimo de ‘samovar’ es ‘pava’.

“El sinánimo de ‘maldecido por los dioses’ es ‘ojeado’.

“El sinánimo de ‘mirar profundamente’ es ‘echar un vistazo’.

“El sinánimo de ‘tos’ es ‘carraspera’.

“El sinánimo de ‘crimen pasional con arma de fuego’ es ‘disparo accidental mientras limpiaba la 9 mm’.

“El sinánimo de ‘fines herbes’ es ‘orégano y laurel’.

“El sinánimo de ‘estandarte’ es ‘banderín’.

“El sinánimo de ‘conmoción cerebral’ es ‘chichón’.

“El sinánimo de ‘misil atómico’ es ‘buscapié’.

“El sinánimo de ‘loft’ es ‘monoambiente’.

“El sinánimo de ‘anafe’ es ‘calentador’.”

Me escribe Silvia Parisi: "El

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Me escribe Silvia Parisi:

“El monstruo que vive en la máquina y perturba la vida de los hombres se despereza y aconseja usar almohadas cervicales para dormir bien.”

Y también:

“Tengo una semana esgunfiada, no se por qué, pero la dejo que se exprese libremente.”

Me escribe Jorge Varlotta

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Me escribe Jorge Varlotta:

” ‘Nunca sentí la necesidad de estar en el medio de un grupo de músicos. El lugar de elllos es allá y el mío es aquí, maldito sea, escuchando lo que ellos están haciendo allá. La música que lo rodea a uno, que viene de una serie de fuentes invisibles, es engañosa, irreal, y especialmente fácil de olvidar.’ Palabras de Travis McGee, personaje de John D. MacDonald, “Cielo trágico” (The dreadful lemon sky), Emecé, colección El Séptimo Círculo nº 288, tradución de Elisa A. Troiani, Buenos Aires, julio de 1976.

“Ps. Ahora que lo pienso, eso vale también para el cine. La pantalla allá y yo aquí, y no yo en el medio de la acción, con la balas zumbándome en los oídos y las bombas estallándome en el culo.”

Buena comparación, Jorge. ¿Y la literatura? ¿Por qué es diferente? ¿Tal vez porque no transcurre en tiempo real?

Mirar la foto como si

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Mirar la foto como si eso de ahí estuviera vivo.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Opciones:

  1. Es muy pequeño. Nada en el centro del vaso que estoy a punto de tomar. Inútil llamar al mozo: va a decir que vino conmigo, de donde sea que yo haya llegado. Por mi aspecto, no tan diferente de lo que veo.
  2. Es muy grande. Viene hacia mí desde más allá de la ventana. No sé si el vidrio resistirá. Por ahora, la luz tiene mala puntería.
  3. Lo estoy soñando. Vive en un planeta de aire. La luz intensa es su medio de propulsión. Una guía de turismo revisa folletos, pero en ninguna parte dice si es carnívoro.
  4. Agoniza. Se deshace en hilachas. El ruido es ensordecedor, pero no entra en la foto. Como tampoco entra el olor, que ahora me alcanza como una torta de crema en una película de Los Tres Chiflados.

Pong

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Pong: aquel juego de video en que cada jugador movía una pequeña barra blanca que hacía de paleta, tratando de darle a un cuadrado blanco aún más pequeño que hacía de pelota, sobre un fondo negro que hacía de cancha. Ahora, dando un nuevo paso en la evolución de los juegos de computadora, llega Pong: The Text-Based Game. (Vía Good Morning Silicon Valley.)

Saliendo de la ciudad

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El tren se puso en marcha cerca del centro. Las personas que quedaban de pie en el andén fueron perdiendo sus rasgos: con el aumento de velocidad, la cara detallada dio paso a una cara genérica, y la cara genérica a un borrón.

Un poco más allá, los edificios altos y apretados se turnaban con calles repletas de autos. Zap, edificios. Zap, autos. Zap, el timbre de una barrera. Los ruidos se hicieron agudos, rápidos. En el vagón aumentó el volumen de las voces. La música de los rieles aceleró el compás.

De a poco, el cielo ocupó un espacio mayor. Las construcciones se hicieron bajas, los autos escasos. La gente difusa de las calles parecía caminar con otro tiempo por delante, aunque el tren les daba cada vez menos oportunidad para mostrarse. Aparecieron los primeros baldíos.

No había estaciones en el camino, de manera que, por mucho tiempo, el tren no se iba a detener. Al contrario, la velocidad seguía aumentando. El mundo, de a poco, se dividía en franjas: aquí cerca, una cinta verde y gris, de pasto y piedra rápidos y sin forma. Allá, a varios metros, una montaña rusa de casas, árboles, jardines, potreros. En el fondo, visible por momentos, un territorio bastante estable de campo y bosque y edificios aislados. Nos acompañaban las nubes, más observadoras y pacientes que el tren.

Las casas, que venían achicándose, llegaron a quedar por debajo de los árboles. La mayoría de los techos eran planos, algunos rojos e inclinados. Había caminos de tierra, nuevas franjas de pasto. Diez o quince casas por manzana, una o dos personas apenas visibles en el torrente. Y enseguida cinco casas por manzana, y luego tres.

Con mover la cabeza rápidamente de adelante hacia atrás era posible detener por un momento la carrera del paisaje. Así, se pudo ver un perro que le ladraba al tren, tal vez el último de los perros, justo antes de que las casas y la gente se terminaran. Para entonces sólo quedaba el trazado de las manzanas, algunas plantas, el sol por encima de la nube final. Los árboles también se hicieron escasos, y pronto desaparecieron.

El trazado perdió espesor y riqueza. En vez de calles de barro entre alambradas empezó a haber sólo líneas. Cada calle transversal a las vías estaba formada por dos paralelas cuya imagen barría la ventanilla como un limpiaparabrisas que andaba siempre hacia atrás.

Ya se podía entrever la trama básica, el cuadriculado a los pies de todo. Entonces, las líneas puras y limpias de arquitecto se convirtieron en garabatos de bocetador. Carbonilla, lápiz blando. Como al comienzo del viaje, nada era del todo recto, pero ahora estábamos llegando al origen.

Por último, el sol se reflejó en la superficie brillante, sin tierra que la ocultase. El tren alcanzaba su mayor velocidad, rumbo al papel vacío.