Los animales

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Los animales querían encontrar alguna manera de ganar plata. Para qué, no se sabe, pero eso querían.

-¿Vos qué sabés hacer? -preguntó el ñandú.

-¿Yo? Volar -dijo la cotorrita, orgullosa.

-¿Llevás pasajeros?

-No, eso no.

-Entonces no sirve.

El ñandú se volvió hacia el tapir:

-¿Vos qué sabés hacer?

-Sólo sé que no sé nada.

-Ah, no. Con la filosofía no se vive.

Como en el monte había inmigrantes, llegó una jirafa que frenó a los tumbos.

-Yo sé comer hojas de los árboles -dijo con el aliento entrecortado.

-Y yo -dijo un elefante que llegaba por el otro lado- sé arrancar árboles enteros.

-Y yo los corto -aclaró un castor desde mucho más abajo.

-No, no, no -los censuró el ñandú-. Nada de eso da plata, me parece. Hay que buscar algo más seguro.

El mono, el piojo, la vizcacha, el rinoceronte, el tigre, todos dejaron sus cosas de lado (incluso las ganas que algunos tenían de comerse a los otros) y se pusieron a pensar. Pero lo que cada uno sabía hacer no era nada que diera plata.

-Monerías -dijo el mono.

-Mordiscones -dijo el tigre.

-Morisquetas -dijo la vizcacha, por seguir el tono, porque no conocía el significado de la palabra. Sólo se la había oído decir a alguien.

-Es inútil -interrumpió el ñandú, que de algún modo había empezado como jefe y ahora seguía, aunque nadie le hubiera dado el visto bueno-. Cada uno por su cuenta no va a ir muy lejos.

-¿Y si pensamos en algo que sepamos hacer entre todos? -propuso el conejo, que aún no había explicado su habilidad pero ya todos se la imaginaban.

Le hicieron caso. Pensaron y pensaron, un día entero y una noche, y la mitad del día siguiente. Y al final descubrieron lo que podían hacer entre todos. Lo hiceron, y ganaron un montón de plata.

Pusieron un zoológico.

Mi computadora, de momento, funciona.

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Mi computadora, de momento, funciona. La apagué durante media hora, el tiempo suficiente para que algo que estaba muy enojado se calmara un poco (o para que algo que se había recalentado se enfriara), y ahora hace dos horas que anda sin colgarse. Toco plástico (lo de tocar madera parece antiguo, y además plástico es casi todo lo que me rodea). Y trato de decidirme a encarar el trabajo, pese a todo.

¿Qué son estas cosas? (Todas

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¿Qué son estas cosas? (Todas reproducidas literalmente)

  • A very powful tool
  • Todos los derechos reservados
  • How are you
  • W32.Klez.E removal tools
  • Scrolling
  • De UOL International
  • Questionnaire
  • Tu Signo
  • LANGUAGE
  • Darling
  • Re:introduction on ADSL
  • Fw:boletin,spice girls’ vocal concert
  • So cool a flash,enjoy it

Respuesta: los diferentes “asuntos” (“subjects”) de los emails con virus que recibí esta mañana, entre las 10.51 y las 11.47 (algunos llegaron más de una vez).

Un artículo sobre cómo tratar

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Un artículo sobre cómo tratar el texto al diseñar un website: “That Darned Content: Hey, Wait! That’s What It’s All About”, por Wendy Peck. Por fin vuelvo a encontrar una referencia creíble al respecto, con mucha información en un mismo sitio. No estoy de acuerdo con todo, pero toca algunos temas (como el ancho de columna) que vengo discutiendo con cada persona con la que hablo del asunto. Y está bien escrito, tiene ejemplos a la vista, convence. (Vía Online-Writing list.)

Cada uno lleva en la cintura

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Cada uno lleva en la cintura una luz verde que titila. Mientras la gente baila en la semioscuridad, con la música a todo volumen, las lucecitas verdes forman su propia danza, un tejido de movimientos entrecortados, cruces, giros, sí, no, sí, no, tal vez. Y con cada lucecita hay un celular que envía y recibe ondas invisibles, la posibilidad continua de una comunicación, algo que decir y algo que oír. O no: cada luz verde puede ser sólo el anuncio de sí misma, una entidad con la única función de decir “aquí estoy”, “aquí estoy”, “aquí estoy”. Una vez por segundo.

Todo está lleno de ondas, no sólo las celulares. Para empezar, la propia música, intensa, con esos bajos de DJ que intentan ponerle ritmo al corazón. Luego la mirada de los bailarines, un juego de fintas y contrafintas, un ejercicio de olas que se acercan a las playas de otros ojos y vuelven a alejarse, un mirar y ser mirado a veces tímido, a veces insolente, un juego de espejos invisibles. Siguen las ondas de la iluminación, lámparas que giran, colores primarios sobre la ropa también ondulante. Y más adentro, en lo profundo, donde ya no puedo percibir, hay ondas de radio, rayos cósmicos, otras danzas más veloces y complejas, otros modos de mirar y ser mirados por parte de cosas que ni pueden ver ni permiten ser vistas.

Y si hay un celular que suena, ¿cómo van a oírlo, en esta falta de espacio, en esta saturación? Está demasiado lleno de cosas que vibran. Sentado en un sillón, agarrándome el estómago, no alcanzo a hacer la suma completa. Necesito un poco de espacio, ahora mismo. Cerca de mí hay una ventana abierta, por la que de pronto entra una onda inversa a todo el resto: una ráfaga de aire fresco. Aire limpio. Aspiro hondo, dejando que una corriente de dilatación, otra onda pero ahora expansiva, recorra mi interior. No es que algo cambie en realidad, pero se reduce un poco el nivel de angustia.

Mi computadora se cuelga todo

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Mi computadora se cuelga todo el tiempo. Pensé que era un problema de software y me lancé a una reinstalación desde cero. Pero no, es de hardware. Así que ahora llegué a duras penas a reinstalar Windows 98, la conexión a Internet, el antivirus (con su correspondiente actualización vía Internet) y el programa de email. En ese orden, ¿no es notable?

Cada sesión entre colgaduras dura de cinco a veinte minutos. Mañana voy a llamar a un técnico, mientras sufro trabajando de a ratos. Es como estar bajo el agua, con una oportunidad de vez en cuando para subir a respirar. Qué porquería depender tanto de un aparato tan complejo y poco confiable.

Estaba sentada frente a mí,

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Estaba sentada frente a mí, con las piernas cruzadas. La pierna de arriba le daba patadas rítmicas al aire, como tratando de librarse de algo que iba y venía, iba y venía. Patadas enérgicas, un poco sorprendentes en alguien que por lo demás estaba en calma, miraba hacia ninguna parte y no tenía enemigos a la vista. En la punta de la patada había una mezcla de zapato y zapatilla, cuero negro con dos rayas blancas al costado, sin suela, con cordón. La parte de atrás, sobre el talón, era muy baja, así que a cada momento parecía que el zapato iba a salir despedido, y entonces iba a venir a parar más o menos a mis manos, juro que inocentes.

Tenía más de dieciocho años y probablemente menos de treinta y cinco, y ese tipo de labio superior que es grueso a los costados (pensar en Michelle Pfeiffer). Clavado en el lado izquierdo de la nariz llevaba una especie de botoncito plateado, del tipo que siempre me hace considerar si con algo así no se dificulta el sonarse los mocos. El pelo era apenas asimétrico: raya dos centímetros a la izquierda del centro, luego caída a dos aguas. Llevaba un pantalón negro barato, una campera verde de tela afelpada cara, una bolsa de tela azul y una bolsa de plástico rojo. En las manos, cruzadas sobre la bolsa de plástico, cinco anillos: cuatro plateados, uno negro. Un dedo de luto.

Estábamos en el subte, línea D, rumbo al centro. Los vagones eran raros, nuevos, nunca los había visto. Tuve la sensación nada desagradable de estar en otra ciudad. Me imaginé que de pronto la gente se ponía a hablar en otro idioma, y entonces la sensación decayó en algo un poco depresivo. Pero nadie hablaba. Eran las doce del mediodía, o mejor dicho un poco antes de las doce a la hora de las patadas, un poco después de las doce cuando la pateadora bajó en Facultad de Medicina o en Callao. Yo seguí hasta Tribunales.

(…)

Vi la tapa de Página/12 en un kiosco: “LAS DOS CLAVES DE LA VAGINA” Qué raro, pensé, medio distraído: había leído Página/12 más temprano, y recordaría un título así. Entonces lo vi de nuevo. No decía “LA VAGINA”. Decía “LAVAGNA”. Lavagna es el nuevo ministro de economía, lo anoto ahora por si en unos días lo llego a olvidar.

(…)

Los sábados al mediodía, sobre la avenida Corrientes, se puede comprar libros usados o de saldo, revistas, diarios. También se puede comprar golosinas, cigarrillos. Se puede ir a un bar, comer algo. Se puede mirar los grandes carteles de los teatros y, al menos en uno de ellos, sacar entradas. Una birome se puede comprar, también; yo compré una. Y nada más. El resto de los negocios está cerrado. Buscaba un anotador, o una libretita, porque tenía la urgencia de escribir un par de cosas: algo nuevo en mí, un paso más en este relanzamiento como escritor que empecé un par de meses atrás. Pero los sábados al mediodía, sobre Corrientes, está prohibido escribir; sólo se puede leer.

Con la nueva birome en el bolsillo fui al bar Ramos, donde me iba a encontrar con mi cliente. Mi cliente siempre llega tarde, de manera que ya me imaginaba escribiendo en las servilletas del bar mientras lo esperaba: desplegando una, apoyándola junto al café, escribiendo exactamente esto y esto otro (lo de la tapa de Página/12, por ejemplo; lo del dedo de luto). Así que fue una decepción verlo ahí: había llegado antes que yo. Me las arreglé para sonreír, saludarlo, sentarme, y de pronto ya había pasado el deseo de escribir. Me había puesto el sombrero de hombre de negocios.

(…)

Tengo trabajo: un montón de revistas de crucigramas, avanzando de a cuatro en fondo, a la velocidad tremenda que impone el calendario.

(…)

Después de la entrevista caminé de más, todavía buscando un anotador o una libretita para usar en el subte de vuelta. Así llegué por Corrientes hasta Libertad, y luego por Libertad hasta Lavalle. Durante los fines de semana esa entrada de la estación está cerrada. Tuve que seguir unos metros más y luego atravesar la plaza hacia Talcahuano. Eso me permitió ver algo que valía la pena:

Están arreglando algo en el techo del Palacio de Tribunales. A ambos lados de la entrada principal, sobre Talcahuano, donde las subidas y bajadas del edificio alcanzan su punto más alto, hay unos paneles métálicos que ocultan lo que se hace atrás. Por encima de los paneles del lado derecho, vistos desde la calle Libertad, asoman dos círculos idénticos a las orejas de Mickey Mouse.

(…)

Abajo, en el andén, todos los negocios estaban cerrados. Uno de ellos, de CTI Móvil, tenía un cartel pegado en el vidrio de la puerta: sobre una hoja blanca, en la tipografía torpe de quienes usan PC para sus carteles pero no se ocupan del diseño, decía “BIENVENIDOS”. Adentro, un par de estantes, unas cajas vacías, algo parecido a un calefón.

Cerca del extremo del andén, una mujer tenía una pila de libros escolares. Después iba a comprobar mi sospecha: que los vendía a un peso en el subte. Los había apoyado en un tacho de basura, y estaba pasando las páginas del de arriba. Es sorprendente esa relación diferente que tienen con la basura quienes seguro que la han recorrido en busca de algo aprovechable. El tacho era un sitio perfecto donde apoyar los libros; la suma de alturas del propio tacho más la pila de papel hacia que el libro de arriba quedase, en relación con los ojos de la mujer, como algo apoyado en un escritorio queda en relación con quien se sienta a leer. La mujer era bastante baja. A mí, la misma combinación me habría producido dolor de cintura, como lavar los platos.

El subte vino bastante lleno, pero así y todo conseguí sentarme. Había otra mujer enfrente, muy delgada, mayor de treinta y probablemente menor de cuarenta y cinco. Tenía las manos apretadas entre las piernas flacas, y los labios muy cerrados, muy tensos, tanto que los músculos de la mitad inferior de la cara formaban un bajorrelieve complicado. No sé si trataba de evitar la entrada de algo o la salida. Los ojos se movían con rapidez, de acá para allá, casi sacudiendo a su paso el flequillo disperso que llegaba a la mitad de la frente.

Yo venía pensando en los crucigramas, así que el viaje se hizo corto. Bajé en Juramento, saliendo hacia atrás para usar la escalera mecánica. Algunas cosas han cambiado en esa cuadra: los precios de los CDs grabables, por ejemplo, que están al doble; y Tower Records, que se convirtió en algo así como la embajada de Marte, un sitio donde ya no hay motivos para entrar y donde se habla de cosas que uno ya no entiende y en las que no tiene interés.

A la vuelta también hay cambios; Free World, el tenedor libre, puso en la vidriera otro de esos carteles de aficionado a la ink-jet, con una leyenda que me pregunto si tendría sentido en algún otro país del mundo: “EN REPUDIO AL FERIADO BANCARIO Y A LA POLÍTICA DEL GOBIERNO, 2 X 1.” Eso sí, hay que descartar cualquier connotación sangrienta del “2 X 1″, cualquier amenaza posible. Se refiere a la cantidad de personas que pueden comer pagando una sola tarifa.

Estoy mudando MágicaWeb de un

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Estoy mudando MágicaWeb de un servidor a otro. El viejo está en California. El nuevo, en Buenos Aires. La mudanza se propaga de a poco a lo largo y a lo ancho de Internet, y mientras ocurre se producen situaciones insólitas. Una es que en este preciso momento Blogger (el proveedor del servicio que hace posible este weblog), situado en California, ya tiene acceso al servidor de Buenos Aires. Y yo, que estoy en Buenos Aires, todavía veo el servidor de California.

El viajero del tiempo – Capítulo 2

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El viajero del tiempo llega al mundo del futuro. Hoy: Cohetes y robots

Los cohetes eran rojos, azules, verdes, amarillos, colores brillantes a la luz del sol implacable de la Luna, recortados contra el fondo negro del espacio, quietos contra el telón movedizo de las estrellas. En posición vertical, tenían forma de botella de Coca-Cola, pero terminaban en punta: como una mezcla de botella y jeringa. Se apoyaban en tres patas, tres paralelogramos que en el espacio actuaban como aletas. Una escalerilla llevaba a la claraboya circular, en medio del ensanchamiento de arriba.

-Ahí vienen -dijo en mi oído el director del espaciopuerto, o mejor, su voz en mis auriculares. Ambos, aunque refugiados en la cúpula, estábamos enfundados en trajes espaciales, porque eran tiempos de emergencia.

-¡Son cientos! -agregó la doctora Liz Biz, de pie junto a mí en su seductor traje de color rosa.

Ante el aviso miré con más atención. Era verdad. Entre los cohetes, un hormigueo de formas metálicas avanzaba hacia nosotros: los robots rebeldes.

-Oigan -dijo el director, y movió un dial en el aparato que llevaba en las manos.

De inmediato, el estruendo me llenó la cabeza hasta marearme. Eran gritos de voces en cinta magnética, voces de máquina:

-¡Muerte a los humanos! ¡Libertad a las máquinas! -decían, o intentaban decir en su ineficaz imitación de las palabras. En tanto, los robots se acercaron hasta el punto en que pude distinguir el brillo enloquecido de los cerebros electrónicos dentro de su pecho de metal transparente, el agitarse de extremidades con forma de martillo, de pinza, de destornillador, de rayo láser.

La doctora Liz Biz se apoyó en mi costado y me tomó el brazo, tal vez buscando protección.

El director bajó el volumen de las voces robóticas.

-Debemos retroceder -dijo, mientras hacía señales al pelotón de hombres que, también en sus trajes espaciales, formaba fila a nuestras espaldas.

Pero no llegamos a obedecerle. Ante nuestros ojos, el hormigueo de robots se detuvo. El ruido de casi-voces declinó hasta el borde del silencio. Y una grieta gigantesca se abrió en medio del espaciopuerto, entre ellos y nosotros. Por la grieta surgió un tentáculo verdoso que se agitó como un látigo y envió por el aire media docena de robots de la primera línea.

Nos quedamos inmóviles, la capacidad de reacción superada por la sorpresa. Tras el primer tentáculo apareció otro, y luego otro más, y otro, y otro. Y entre los tentáculos, una cabeza de pesadilla, una masa de gelatina envuelta en burbujas, un pico de pato monstruoso, ojos saltones inyectados en sangre. El monstruo alienígena terminó de extraer los tentáculos del subsuelo y con ellos barrió todos los robots y la mayor parte de los cohetes. El director del espaciopuerto, sus hombres, la doctora Liz Biz y yo retrocedíamos lentamente, con las bocas abiertas por el asombro.

-Menos mal que está de nuestro lado -dijo alguien, tartamudeando, en los auriculares.

Grave error. Terminada la tarea con los robots, el monstruo giró su odio inhumano hacia nosotros. Un brillo de satisfacción le recorrió las burbujas más repugnantes, mientras iniciaba su avance hacia la cúpula. Sin previo aviso, el tentáculo de adelante se extendió, atravesó la cúpula haciendo un agujero en el vidrio blindado, y con un movimiento rápido rodeó el cuerpo de la doctora Liz Biz y la elevó por los aires.

-¡Socorro! -gritó la doctora Liz Biz. El tentáculo la balanceaba a un par de metros por sobre nuestras cabezas.

Echamos mano a las armas y disparamos contra el monstruo, pero era inútil. Los rayos rebotaban contra una especie de coraza que, ahora lo veíamos, cubría su infecto organismo.

La desesperación se estaba apoderando de nosotros, cuando ocurrió otro suceso imprevisto: un rayo, una luz cegadora que provenía del espacio apareció por la izquierda y rápidamente se situó encima del monstruo. Cuando se redujo la intensidad, pudimos ver que se trataba de una espacionave en forma de flecha, dorada y escarlata, brillante como un sol.

-¡El capitán Scary Scarlet! -anunció el director del espaciopuerto, con voz triunfal.

Aprovechando la distracción del monstruo, que había girado sus ojos hacia la nave del capitán Scary Scarlet, corrimos a resguardarnos tras una mampara. El capitán Scary Scarlet no perdió la oportunidad: una serie de rayos blancos, que dibujaban un cono, partió de la espacionave y rodeó al alienígena, atrapándolo en su interior. Un último rayo zigzagueante partió en dos el tentáculo que retenía a la doctora Liz Biz, quien cayó al suelo. Corrí a buscarla y la ayudé a protegerse con los demás.

Por último, un campo de fuerza violáceo descendió de la espacionave de Scary Scarlet, atrapó al alienígena y lo elevó unos metros por encima de la cúpula. Sin soltar su presa, la espacionave emprendió vuelo otra vez y desapareció más allá del horizonte.

Ahora sí, creímos estar a salvo. Suspiramos aliviados. La doctora Liz Biz, ahogando los últimos sollozos, me abrazó. Nuestros cascos entraron en contacto. Aprovechando esa repentina intimidad, en que el sonido podía transmitirse directamente de casco a casco, la doctora Liz Biz desconectó su equipo de radio y me habló.

-Debo confesarle algo -dijo, y se ruborizó intensamente mientras bajaba los ojos-. Soy una mujer casada.

(Continuará.)

Las fábulas de Gimenez

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: El gato y el árbol

Una vez un gato entró en pánico, por motivos reales o no, y como suelen hacer los gatos corrió a treparse a un árbol. Llegó muy alto antes de mirar atrás, llegó donde el peligro seguramente no tenía derecho a perseguirlo.

Una vez ahí se detuvo y, en equilibrio sobre una rama angosta, consideró el siguiente problema: cómo iba a bajar. Estiró una pata hacia el tronco, lo acarició varias veces y comprobó que por ese lado estaba condenado a resbalar y caer. Dio media vuelta. Avanzó unos pasos por la rama, una pata por vez, suavemente, hasta asegurarse de que la rama no llevaba a ningún lado. Entonces retrocedió, muy lentamente, usando las uñas para aferrarse, hasta llegar de nuevo junto al tronco. Ahí se acostó. A falta de algo mejor, empezó a limpiarse.

Era de día, así que tenía que mantenerse escondido. Si alguien lo veía, iba a venir con una escalera para tratar de rescatarlo. Y se sabe que los gatos no quieren ser rescatados. De manera que, salvo las sucesivas operaciones de limpieza, se mantuvo quieto. Durmió, también, mientras pasaban las horas.

Se puso el sol. Se encendió alguna lamparita en la calle, débil, distante. La gente dejó de hacer ruido, dejó de pasar, apagó las luces en las casas. El gato, ahora completamente despierto, esperó un rato más, a que el último de los movimientos se acabara. Entonces, cuando ya no hubo riesgo de que lo descubriesen, se levantó, anduvo hasta el punto más lejano del tronco que se atrevió a pisar, y con un solo impulso decidido desplegó las alas y se fue volando.

Moraleja: Otra vez olvidé mi medicación.

"Una obra de arte es

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“Una obra de arte es un aparato que permite comunicar entre sí dos almas, por medio de la hipnosis.” Lo escribe Jorge Varlotta en un email. Le pregunto si puedo ponerlo en mi weblog. Me contesta:

“Bueno, lo he dicho a menudo, pero cuando lo hago ‘públicamente’ me veo obligado a aclarar que es un concepto que aprendí hace muchísimos años en un libro genial (que nunca volví a encontrar) llamado Psicoanálisis del arte, del francés Charles Baudouin. Creo que fue publicado por la editorial argentina Siglo XX. Pero te hablo de 1965… Lo curioso es que nunca más vi esas cuestiones tratadas por nadie más. Y es un libro fundamental para cualquier artista (especialmente por su análisis de lo que es y lo que significa el narcisismo en un artista).”

Hubo unos saladitos muy buenos,

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Hubo unos saladitos muy buenos, pero era poca comida. Al salir me habría gustado zambullirme en un McDonald’s a comer hamburguesa y papas fritas, así es la vida. Pero el vino blanco, alemán, dulce y no dulce a la vez, era excelente y abundaba.

Alrededor se hablaba mucho alemán. La carpeta con fotos de Annemarie Heinrich me atraía tanto que pasé buena parte de las cuatro horas a menos de un metro de ella. Recorrí las fotos una por una, y muchas las volví a ver varias veces, cuando otros las recorrían. Por ejemplo, la de Evita cuando no era Perón y la de Evita cuando sí era Perón. La de Borges. La escandalosa de la vidriera. La del hijo que, a los 60 años, estaba ahí presente para explicar el proyecto, pero de chico (¿poco más de diez?) había estado frente a la cámara de su madre. La de Rafael Alberti (“Es Rafael Alberti”, explicaban. “Sí”, decía Eduardo Aleman, que experimentaba un viaje en la máquina del tiempo, “lo conocí, vivía allá por Parque Centenario”).

Fue anoche: una recepción en la casa del agregado cultural de la embajada de Alemania. Sólo escribirlo lleva demasiadas palabras. Pero no era tan formal, o tensa, o de elite, como se podía temer. Igual, no estoy acostumbrado. Demasiado alto, demasiado torpe entre las puertas estrechas. Hubo otros sin corbata, pero yo era el único sin saco.

Ella, la autora, la estrella, no estaba. Claro. Hoy tiene 90 años, vive en silla de ruedas. El tema es que van a hacer una muestra itinerante en Alemania con ochenta de sus fotos. Van a hacer un libro. Van a ofrecer su obra a agencias de noticias. Hay trescientos mil negativos, decían. Trescientos mil. Uno por cada kilómetro de acá a la luna.

Afuera hacía frío, y había renunciado el ministro de economía. Lo primero estaba bajo control. Lo segundo era una de las muchas cosas que tratábamos de no mencionar.

Las fábulas de Gimenez

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: El pastorcillo y el lobo

Había una vez un niño que vagaba por los alrededores del pueblo. De pronto, desde unas grandes rocas, vio un lobo que buscaba comida.

-¡Lobo, lobo! -gritó el niño-. ¡Por favor, no te comas mis ovejas! -y corrió a esconderse entre las rocas.

El lobo, hambriento, corrió hacia aquella voz, pero no encontró ninguna oveja. Decepcionado, continuó su deambular. El niño, en tanto, reía en su escondite: había logrado engañar al lobo.

Lo mismo ocurrió al día siguiente. Viendo al lobo que aún buscaba llenar su panza, el niño gritó:

-¡Lobo, lobo! ¡Por favor, no te comas mis ovejas! -y otra vez se escondió entre las rocas.

El lobo volvió a ilusionarse. Salivando por la expectativa, buscó en todos lados hasta que, vencido, decidió retirarse. El niño reía cada vez más.

La historia se repitió varias veces, sin cambios. Hasta que un día el pastor del pueblo faltó al trabajo. El niño, por primera vez en su vida, recibió las ovejas para cuidarlas y así se convirtió en pastorcillo.

Llevando las ovejas de aquí para allá, como hacen los pastores en las fábulas, ocurrió lo previsible: el pastorcillo volvió a encontrar al lobo.

-¡Lobo, lobo! -gritó desesperado-. ¡Por favor, no te comas mis ovejas!

El lobo, como siempre, fue tras la voz lleno de esperanza. Y se comió todas las ovejas.

Moraleja: Persevera y triunfarás.

Nueva ventaja para fumadores

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Nueva ventaja para fumadores: un invento permitirá que oigan sus melodías favoritas mientras aspiran el humo. La revolucionaria tecnología, que acaba de patentar la empresa Safe Inhaling Inc., de EE.UU., incluye microcomponentes mezclados con el tabaco que, al ser calentados, emiten breves ondas sonoras. La correcta programación de esos microcomponentes permite que compongan una canción, e incluso una sonata de Bach.

Según declaraciones de Toby Smokey, CEO de la compañía, “en un primer momento, para difundir esta creación, entregaremos muestras gratis con versiones simplificadas de un hit de Britney Spears”.

Según ha trascendido, el nuevo cigarrillo podrá tener usos publicitarios. Altos ejecutivos de una empresa tabacalera, bajo condición de anonimato, indicaron su interés en establecer “alianzas estratégicas” con grandes compañías para explorar las posibilidades. Diversas fuentes señalan un fuerte interés en el producto por parte de la industria del entretenimiento.

Las asociaciones de protección al consumidor ya han hecho oír sus protestas. “Esto es un avasallamiento de derechos elementales, dado que el consumidor pasivo debe ser protegido a toda costa de emanaciones perjudiciales”, dijo un portavoz del grupo más radicalizado, CRABS (Consumer Rage Against Britney Spears).

Soñaba con botellas

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Soñaba con botellas. Alguien las había alineado en el piso, contra una pared. Estaban vacías.

Pero no, no eran botellas. Estaba soñando con enanos de jardín que tenían forma de botella. Un jugador de golf, un profesional, les arrancaba la cabeza con golpes de driver: perfecto swing.

Pero no, no era un jugador de golf, era una máquina, una especie de reloj de péndulo con el péndulo del lado de afuera. Una larga vara de metal con un disco de oro en la punta se balanceaba de un lado a otro, con un tic tac que era al tic tac común lo que un bramido de dinosaurio al canto de un canario.

Pero no era un disco de oro, era un hacha. Sí, estaba soñando con un hacha afilada que de pronto saltaba por el aire y giraba sobre sí misma hasta clavarse en un armario que tenía la puerta cerrada y que, por el ruido, sólo podía estar lleno de libros viejos.

Pero no era un armario, sino la espalda de un hombre muy gordo y muy alto, que empezaba a caer y a darse vuelta al mismo tiempo, de manera que el movimiento de su cabeza formaba un tirabuzón como el de los aviones que hacen acrobacia.

Pero no era su cabeza lo que caía, y mucho menos en tirabuzón, era un planeta amarillo y marrón, lleno de azufre, en órbita alrededor de un sol rojo, oscuro, que apenas brillaba.

Pero no era un sol, yo no soñaba con un sol. Estaba soñando con la lámpara de un laboratorio fotográfico, al estilo de los que se veían tiempo atrás en las películas. El fotógrafo levantaba papeles húmedos de una cubeta y los tendía en una soga como para colgar la ropa. En los papeles había retratos de los miembros de mi familia, en distintos momentos de su vida.

Se oyó un cañonazo

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Se oyó un cañonazo. La gente siguió caminando. Hubo un momento de tensión en la calle, un sobresalto: se notó en el espesor del aire, en el tono de las voces, en una distorsión apenas visible del trayecto de los autos. Pero la gente siguió caminando. El estruendo nos atravesó de oído a oído, nos hizo bajar un reguero de recuerdos por la columna vertebral, nos trajo un temblor a las rodillas. Pero no se podía dejar de caminar. La brisa un poco más fresca del otoño estaba quitando las hojas de los árboles, una a una, para hacerlas caer como neuronas en una pesadilla. En un cielo distante, más alto que los edificios, un avión giraba lentamente para tratar de acertarle a la pista del Aeropuerto. Alguien, unos metros delante de mí, miraba una vidriera con ropa de mujer en oferta, toda gris, buenos precios si no fuera por la crisis. Y el ruido del cañonazo lo recorrió todo, centímetro a centímetro, como una corriente eléctrica, con la crueldad de lo que no tiene cerebro ni conciencia. Un parpadeo de más en cada ojo, una dilatación en las pupilas, un cambio hormonal repentino, cronometrable. Sin embargo, las piernas siguieron la rutina, los pies avanzaron, cada persona tuvo un éxito casi perfecto en seguir caminando. Y en no cortar las conversación, el pensamiento, los planes para el resto del día. Eso era importante. Había que disimular.

"Google is testing a service

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“Google is testing a service on which anyone can ask a question (which costs 50 cents to post), say how much they are willing to pay for the answer, and then registered ‘experts’ will bid to respond. Everyone else will be able to read the questions and responses for free, and add their own comments. If questioners aren’t happy with the response, they can request a refund. This concept for a research service has been tried before, but Google’s power in the marketplace has a better chance of success than the smaller ventures that preceded it.” (Steve Outing, en E-Media Tidbits.)

Uno de los mejores saludos

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Uno de los mejores saludos que recibí en los últimos tiempos:

“Un gran abrazo, Gandalf del hiperespacio (como ves, mantengo intactas mis características y jerga de fan, aunque Tolkien me rompa prolijamente las bolas).”

Me lo mandó Elvio Gandolfo.