Sale el sol una vez

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Sale el sol una vez cada veinticinco años. Brilla un minuto y se va. Medio enceguecidos, se quedan todos discutiendo sobre lo que vieron o lo que les quemó los ojos. La discusión declina (o crece en profundidad, según el punto de vista) durante los siguientes doce años y medio. Luego empieza la cuesta ascendente de otros doce años y medio, hacia el próximo destello: que las leyendas, que las teorías, que antes era distinto, que ahora será distinto, que alguien lo va a fotografiar, que alguien ya lo ha fotografiado, que todo es falso, que no me va a volver a pasar lo mismo.

Me acuerdo de esos relatos

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Me acuerdo de esos relatos de ciencia ficción que leía de chico, donde, por ejemplo, la humanidad decidía finalmente irse a vivir a esas bonitas estaciones espaciales y dejar la Tierra como parque natural para las generaciones futuras.

“La humanidad” venía a ser algo así como yo, mi familia, mis amigos, y tal vez algunos vecinos molestos. Ah, y aquellos tipos raros, en el rincón del fondo, los que hablaban en otro idioma. Que de todos modos siempre estaban de acuerdo con nosotros.

Así todo era tan fácil, y yo lo creía.

Las fábulas de Gimenez. Hoy:

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: El gorrión y las dos ramas

Un gorrión volaba hacia un árbol del que salían dos ramas, una hacia la izquierda, la otra hacia la derecha.

El primer impulso del gorrión fue ir a posarse a la rama de la izquierda. Pero no, algo lo llevó a reconsiderar la decisión, y giró hacia la rama de la derecha.

De todos modos, no carecía de beneficios la posibilidad de utilizar la rama de la izquierda, así que una vez más torció el rumbo. Aunque la rama de la derecha, obviamente, tenía sus virtudes, y hacia allí reorientó su vuelo.

Un instante después, la rama de la izquierda volvió a parecerle tentadora. Corrigió la orientación, sólo para volver a engolosinarse con la perspectiva de un descanso en la rama derecha. Y otra vez quiso modificar la dirección que llevaba.

Pero era tarde. El gorrión se estrelló de cabeza contra el tronco.

Moraleja: Los árboles están mal diseñados.

Modular PC Downsizes the Computer

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Modular PC Downsizes the Computer (AP en Yahoo!): “A little-known San Francisco company called OQO Inc. announced on Tuesday a ‘modular’ computer that crams processor, memory, battery and storage into a package the size of a paperback novel.”

Cuando el dólar vuelva a estar barato (sí, ya sé, no me digan), por fin vamos a poder llevar la computadora al baño.

Las itálicas son mías:Clarín: "El

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Las itálicas son mías:

Clarín: “El equipo de Bielsa consiguió la victoria en Stuttgart con un gol de Sorín. Aimar y Gallardo tuvieron que dejar la cancha lesionados. Seguramente será el último amistoso de Argentina antes del Mundial.” (sic) (o tal vez sick)

¿Cómo van a ser, de aquí en más, los partidos no amistosos?

El viajero del tiempo – Capítulo 1

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El viajero del tiempo llega al mundo del futuro. Hoy: Cristales y radios

El hombre del traje metálico sacó del bolsillo un cristal transparente, del tamaño de una pelota de ping-pong. Lo insertó en una depresión de la máquina y se sentó en la butaca derecha. Ante él se desplegó una consola con diales y botones. A mí me invitó a ocupar la butaca izquierda.

Las luces decrecieron hasta dejarnos casi a oscuras. Al mismo tiempo, la pared de enfrente empezó a brillar y se cubrió con un remolino de letras de colores.

-La biblioteca mundial -anunció el hombre del traje metálico, mientras las letras formaban títulos veloces, páginas en movimiento, párrafos en forma de río.

El hombre pulsó dos botones, giró un dial. Una escritura de aspecto antiguo llenó la pared.

-Shakespeare -dijo el hombre.

Rápidamente, partituras complejas ocuparon su lugar.

-Bach -dijo el hombre-. Piribí porobó, piribí porobó, piribí porobó lo ló -tarareó la melodía del primer movimiento del tercer Concierto Brandeburgués.

El hombre manipulaba el contenido de la pared moviendo los controles como un músico virtuoso ejecuta su instrumento. Las partituras dieron lugar a un reguero de fórmulas, que terminó en un radiante “e igual a emecé al cuadrado”.

-¡Einstein! -exclamó el hombre del traje métálico.

El río de información se ensanchó y la corriente se hizo más lenta, convertida en una lista de títulos, aparentemente infinita. El hombre del traje metálico me miró con una sonrisa de satisfacción.

-Toda la sabiduría que ha acumulado el ser humano está aquí -dijo, señalando el cristal que había sacado de su bolsillo-. Cada libro escrito por el hombre, cada descubrimiento científico, cada obra de arte.

Volvió a extraer el cristal de su nicho y lo elevó a la altura de su frente, con un gesto de veneración. De inmediato, la pared se apagó y las luces volvieron a la normalidad. La consola se replegó a un lado de la butaca.

-Toda persona -continuó- recibe un cristal como este cuando cumple los doce años. Y luego, cada lustro o cada década, le es permitido peregrinar al Centro Mundial para actualizar la información. Porque, ¿sabe? -hizo una pausa-. ¡En el cristal aún queda espacio libre!

El cristal y la pared luminosa no eran las únicas sorpresas que iba a recibir ese día. El hombre del traje metálico me señaló un mueble no muy diferente de una radio común y corriente. Lo encendió y empezó a mover el dial. Un sonido como el que haría un telegrafista inhumanamente rápido emergió del parlante.

-Habrá reconocido el código Morse, sólo que acelerado -dijo el hombre-. Pues bien, este aparato es nuestra radio-periódico. Vea lo que sucede ahora.

Pulsó un gran botón rojo, y de una ranura que antes no había visto empezó a salir una tira de papel, de unos diez centímetros de ancho. Estaba escrita por la parte superior:

“CAOS EN LA LUNA. La rebelión de los robots se extiende por las cúpulas.”

No alcancé a leer más. El hombre arrancó la tira de papel con rabia.

-¡Siempre malas noticias! -exclamó, mientras la arrojaba, arrugada, a un rincón de la habitación.

-Igual es una maravilla -traté de consolarlo.

(Continuará.)

(Con respeto, a los escritores de ciencia ficción que inventaron el futuro durante el siglo pasado.)

Alberto Sejas aporta nuevos sinánimos.

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Alberto Sejas aporta nuevos sinánimos. Entre otros:

  • El sinánimo de “dólar” es “peso”.
  • El sinánimo de “sinónimo” es “sinánimo”. (!)

Actualización: tras ver lo anterior, Luisa Axpe agrega:

  • El sinánimo de “homónimo” es “parónimo”.
  • ¿Y cuál es el sinánimo de “sinánimo”?

El maletín de cuando yo

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El maletín de cuando yo iba a la escuela:
Ignoro la fuente de esta foto. Me gustaría conocerla.
En cuanto vi la foto, el olor de aquel maletín me vino descontrolado a la memoria. Era tan intenso que casi dejó de ser virtual: pasé a sentir el maletín en la mano, a punto de poder abrirlo para poner adentro la cartuchera de madera y el cuaderno. Colecciones enteras de recuerdos (como fotos en tres dimensiones y para varios sentidos a la vez) volvieron a llenar espacios que estaban vacíos. Es una punta de ovillo, no sé qué vendrá detrás. Como diría Douglas Wright, me agarró un nostalgiazo bárbaro.

(Gracias a Andrea Zablotsky por mandarme la foto. Ella la recibió por email. Ignoro la fuente, así que no puedo dar el crédito correspondiente. Pero me gustaría mucho conocer su origen. Desde ya, si tengo que sacarla de aquí por cuestiones de copyright, lo voy a hacer.)

Los escritores contra el mercado

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Los escritores contra el mercado de pulgas digital (Página/12): “Autores y editoriales de los Estados Unidos acusan al gigante de Internet, Amazon, de ‘convertir a los lectores en libreros’. Le cuestionan haber armado una línea de venta con libros usados.”

La preocupación es obvia: el aumento en la venta de libros usados equivale a una caída en los ingresos de autores y editoriales. Igual que con los CDs protegidos contra copia y otros temas ahora en boga, con los libros también empieza a darse el choque entre los “derechos de autor”, el copyright y el “fair use” que hasta ahora estaba permitido en todos los rubros. Sólo que los libros traen un nuevo ingrediente: no se trata aquí de copiar digitalmente algo, sino de la vieja y sana costumbre de reciclar. Supongo que el tema dará para mucho y jamás llegará a resolverse (a menos que Ray Bradbury llegue a tener razón por motivos equivocados).

Estoy en mi oficina

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Estoy en mi oficina, frente al monitor, a oscuras para no despertar a nadie (mi oficina es una de las habitaciones del departamento donde vivimos). La puerta está apenas entreabierta. Más allá, tras una curva del pasillo, hay una luz encendida que de noche tranquiliza a mi hijo. Afuera llueve: lo indica el ruido suave, amortiguado, de las gotas en la parte externa de los acondicionadores de aire del edificio.

Mientras leo un artículo en MSNBC, tengo la sensación intensa de que alguien se mueve al otro lado de la puerta. Mi mujer se habrá levantado, pienso (es medianoche). Miro, y no: no hay nadie. Es un perchero que está ahí, pasando la puerta. Del perchero cuelgan varias camperas, alguna de ellas con ánimo de engañarme.

Sigo leyendo. Unos segundos después, vuelvo a tener la misma sensación. Sólo que ahora que no hay nadie ahí. Miro otra vez, para comprobarlo, y es verdad.

Ahora me resisto a mirar por tercera vez, aunque la sensación no se va. Algo me observa, algo que se mueve en la misma medida que la capacidad limitada de mis ojos para ver en ese ángulo.

Esta es la realidad, se me ocurre, finalmente. Bastará con que me ponga de pie y camine hacia la puerta para que las ilusiones vuelvan y retomen el control.

Alberto Sejas tiene un punto

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Alberto Sejas tiene un punto de vista muy personal sobre mi novela Un paseo por Camarjali:

“Lo divertido de Camarjali es que en realidad describe al mundo real.

Cuando me encuentro en una ciudad, me quedan grabadas situaciones y detalles que resumen en mi memoria ese lugar. Cuando vuelvo a estar allí, me encuentro en otro lugar a pesar de que trato de encontrar aquellos elementos que para mí definían a la ciudad.

Me pasa también con Buenos Aires, aunque lo más extremo que viví fue Venecia. Uno pierde toda referencia conocida sólo dando la vuelta a la esquina. Allí temí no poder salir más.

‘No hay camino de vuelta’.”

Alberto, argentino residente en Munich, tiene un sitio experimental y trilingüe que hay que recorrer: www.up200.com. (No olvidar subir el volumen a los parlantes, que la música de Swen Fischer da un clima muy especial y evoluciona según cómo uno navegue.)

Las fábulas de Gimenez. Hoy:

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: La cucaracha y Dios

La cucaracha vio la mano del cocinero que caía sobre ella demasiado tarde para escapar corriendo. Sin embargo, para las cucharachas el tiempo transcurre con extrema lentitud, así que aún pudo examinar otras formas de salvarse.

Primero pensó en razonar con la mano. Pero la mano no actuaba por su cuenta. Encima de ella había un antebrazo, un codo, un brazo, un hombro, todos en la tarea de enviar la mano a aplastarla.

Entonces pensó en razonar con el cerebro que supervisaba la acción. Pero en el cerebro del cocinero sólo habría prejuicios (“toda cucharacha debe morir”). Y un cerebro humano sería demasiado lento para cambiar de actitud.

Finalmente pensó en un Dios que pudiera detener al cocinero. La cucaracha no estaba segura de que hubiera un Dios, pero en momentos tan críticos la sola posibilidad de Su existencia merecía ser explorada.

De modo que la cucaracha se dispuso a iniciar una oración. Pero antes de llegar a ese paso definitivo, al Paso Trascendental, había perdido demasiado tiempo en la tarea burocrática de detenerse en cada punto intermedio. El razonamiento limitado y estrictamente secuencial que la había llevado a comprender que la mano obedecía a otros músculos que obedecían a un cerebro que obedecía a algo superior le había quitado cada centésima de segundo disponible. Así, antes de que lograra siquiera encaminar sus pensamientos a ese Dios Eventual, ese Dios que de existir tal vez habría podido salvarla, ese Dios que, por otra parte, en caso de haber estado a priori dispuesto a salvarla quizá la hubiera dotado de otro estilo de pensamiento; antes, decía, de llegar a Él, la mano terminó su recorrido con un chasquido húmedo.

Moraleja: No vengo más a este restaurante.

Me escribe Silvia Parisi:"El monstruo

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Me escribe Silvia Parisi:

“El monstruo dice que los autitos chocadores le hacen acordar a las películas de amor en blanco y negro, donde el mundo se parecía a un parque de diversiones y todo iba para mal, pero en ese momento nadie lo sabía. Y la palidez de los rostros era un toque romántico y no un problema. Y que a él le gustaría subirse a un autito chocador y estar enamorado. Mientras dice esto, lagrimea un poco (hace mucho tiempo que no tiene un momento romántico, su condición de monstruo no le permite abusar de la debilidad).”

Y también:

“Me llamó la atención tu inquietud por catalogar información y me acordé de eso que dicen, que el día que uno nace se impremen más libros en el mundo de los que uno es capaz de leer… Por supuesto que es una generalización muy mentirosa, porque habría que descartar las guías de ruta de los lugares que a uno no le gustaría conocer, las guías telefónicas, los libros Guinness…, las biografías de gente poco interesante y sobre todo: los libros de autoayuda.”

Las fábulas de Gimenez. Hoy:

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: El zorro y el caracol

Andaba un zorro siguiendo el rastro de su cena cuando el azar lo llevó junto a una planta por la que trepaba un caracol.

El destino hizo que el zorro detuviera su paso junto a la planta y moviera la cabeza hacia la izquierda. El foco de sus ojos empezó a trazar una rápida línea recta en la dirección exacta en que el caracol se detenía también en su lento ascenso y orientaba las antenas.

Hubo un momento de tensión en el universo. Los propios dioses se preguntaron qué ocurriría. Por un instante mínimo, apenas un punto en el tiempo, el nudo casi infinito de las posibilidades giró en el vacío sin que se supiera hacia dónde empezaría a deshacerse.

Después, la mirada del zorro pasó exactamente dos centímetros por encima del caracol, y ambos siguieron su camino.

No, no hay mucho en un zorro y un caracol que les importe mutuamente.

Hoy, durante todo el día,

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Hoy, durante todo el día, la tapa de Clarín en la Web dijo (las negritas son mías):

“Será inaugurada la escultura ‘la flor gigante’ de la ciudad (5’09”)
“La obra es del arquitecto Eduardo Catalano y está al lado de la Facultad de Derecho. Mide 23 metros de alto, costó unos 5 millones de dólares. La donó la Ciudad y se inaugura este fin de semana.”

Ahora, a las once de la noche, parece que alguien se dio cuenta. Lo arreglaron:

“Será inaugurada la escultura ‘la flor gigante’ de la ciudad (5’09”)
“La obra es del arquitecto Eduardo Catalano y está al lado de la Facultad de Derecho. Mide 23 metros de alto, costó unos 5 millones de dólares. La donó a la Ciudad y se inaugura este fin de semana.”

Los spammers van aguzando el

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Los spammers van aguzando el ingenio, aunque no mejoren su inglés. Acabo de recibir lo siguiente:

“Thank you for use our services
Your mail: [una dirección de Imaginaria]

In request for the keywords: chicas, hq, non-nude, models, salma hayek, martina colombari, josie maran

url Result: http://www.[lo borro a propósito].com”

(Por supuesto, no sé quienes son ni jamás usé sus servicios. Nunca se me ocurriría unir en la misma búsqueda “Salma Hayek” y “non-nude”.)

Las calles de Buenos Aires

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Las calles de Buenos Aires reciben nombres en inglés (de ® paulanet, donde hay más):

jump! = salta
cousin humbert = humberto primo
chairmann = mansilla
gentleman angel = angel gallardo
first joint = primera junta
cheesy place = quesada
be born! = nazca
skinny = delgado
housekeepers = caseros
charlie bald = carlos calvo
shut up! = callao

Y ya que estamos, agrego (con algunas licencias):

white whitewashed = blanco encalada
canning = scalabrini ortiz
dog cock = cangallo
montainway = viamonte
ponds = charcas
depths = honduras
with that one = conesa
johnny b. good = juan b. justo (!)
potters = olleros

Actualización: acabo de descubrir que hay más calles, graciosísimas, en roxanova. No encuentro cómo hacer un link permanente; hay que buscar un item del 12 de abril a las 12:37 AM. Una calle coincide con las que creí inventar. Con otra no estoy de acuerdo: “John, Be Just!: Juan B. Justo.” Aunque la mía sea menos precisa, insisto (con perdón), porque Johnny B. Good es una canción célebre.

Un islote, más bien una

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Un islote, más bien una roca vecina a la isla. Ahí viven tres patéticos piratas. Su cena habitual es sopa de piedras. El capitán, con parches en ambos ojos y dos patas de palo, baja en secreto a un sótano para hablar con su títere-conejo de ojos que son botones. El títere lo reta sin piedad.

En la isla, Mike añora la televisión, el béisbol y los patines, cosas que Og reinventa con facilidad y logran destruir la rutina por un rato. Mike tiene diez años y es una nena. Viene de Nueva York en un intercambio estudiantil que nadie explica. La isla, bueno, “nadie sabe dónde la isla está”, dice la mala traducción de la canción inicial.

Mike, Lu y Og es un excelente dibujo animado, creado por Chuck Swenson, que pasa Cartoon Network. El material de promoción que ofrece el canal, a donde lleva el link, da una idea muy pobre de los méritos de la serie. (Es mejor el sitio en inglés.)

Algunos datos más:

  • Tres animales (cerdo, cabra y puercoespín) discuten sobre filosofía, y no permiten que los humanos (con una excepción) descubran que saben hablar.

  • El gobernador de la isla viste como todos, en un estilo primitivo-Oceanía-Gauguin-clisé, pero lo distingue un clásico reloj con cadenita. La cadenita termina en un anillo que lleva en la nariz.
  • La hija del gobernador, Lu, es una “princesa” egoísta que maltrata a su tortuga Lancelot y a todos los demás. Tiene la voz al menos una octava más aguda que cualquier otro personaje.
  • Hay un hombre que vive cazando, armado de arco y flecha (terminada en sopapa), siempre a un mismo animal. Con tamaño y aspecto de adulto, es tal vez el niño verdadero del grupo.
  • Hay una mujer que cocina y escribe y hace obras de arte. La única voz relativamente sensata, también lo abandona todo para salir a jugar con los demás.
  • El hijo de ambos, Og, es un niño genio que fabrica helicópteros con maderas y cocos (y es el miembro humano del club filosófico de los animales; Kant y Spinoza son allí nombres frecuentados).
  • Hay también un viejo brujo cascarrabias, que vive en una caverna cerca de la cima del volcán y espía a los demás con su telescopio oculto.

Todo está dibujado con soltura, tiene linda música y unos fondos de sencillez maravillosa, pintados con acuarela hábilmente desprolija y manchada (por ejemplo, este, este y este).

Sí, Mike, Lu y Og es una verdadera joya. Pero mejor, mucho mejor, es Coraje, el perro cobarde.

"No distingo lo que quería

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“No distingo lo que quería hacer de lo que sólo se parece a lo que quería hacer de lo que es para el otro lado de lo que quería hacer. Si tenía ganas de ser corredor de coches termino subido a los autitos chocadores y, lo que es peor, no entendiendo por qué si tienen ruedas y volante y acelerador no me siento como quería. Debe ser, me lo explico, que no quería ser corredor de coches. Y esa manera de corregir mi error es, otra vez, un error. Como el que se interna en un bosque tirando miguitas y no deja de hacerlo nunca, en la seguridad de que no se va a perder pues está tirando miguitas. Al poco tiempo todo el bosque está lleno de miguitas que indican todos los caminos posibles y ocultan el primero. Contar esta historia es una manera de mantener las manos ocupadas, para que ya no sigan en la valiosa tarea de tirar miguitas. Con la esperanza de que algo se despeje, de lograr desandar algo, ahora voy dejando palabras.”
(Luis María Pescetti, en la muy conmovedora novela El ciudadano de mis zapatos, Premio Casa de las Américas 1997. El capítulo 1, completo, está aquí.)

"El libro crea un espacio

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“El libro crea un espacio de intimidad entre el autor y el lector; cuando uno escribe una novela o un relato y sabe que de ser publicado lo será en forma de libro, o al menos irá a parar a una publicación especializada en literatura, puede trabajar más libremente en su creación porque, de alguna manera, se siente como en familia. Cuando uno sabe que ese texto será publicado en una revista, automáticamente y sin ninguna clase de presión visible exterior, le pone al texto sus límites porque sabe que ojos no familiares recorrerán esas líneas. Uno escribe como si se pusiera traje y corbata para salir a la calle o, al menos, evitara mostrarse en calzoncillos; en todo caso, es lo que a mí me sucede. Creo que por ese motivo el lector notará sin duda que hay ciertos abismos a los que no se desciende y ciertas alturas que no se alcanzan.”
(Mario Levrero, en el prólogo de Irrupciones, recopilación en libro de columnas publicadas en la revista uruguaya Posdata. Es una trampa: luego de anunciar de esta manera espejitos de colores, M.L. se dedica alegremente a repartir rubíes y diamantes. Hay fragmentos de Irrupciones en la Web: aquí y aquí. Para terminar, una casualidad de esas que no existen: Jorge Mario Varlotta Levrero me escribió en un email que todo el mundo llama a este trabajo “Interrupciones”; si se busca en Google “mario levrero irrupciones“, la página de resultados termina preguntando amablemente “Did you mean to search for: mario levrero interrupciones“.)