Las fábulas de Gimenez

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Las fábulas de Gimenez. Hoy: La hormiga y el camino de hormigas

-No soy yo el camino -se dice una hormiga que forma parte de un camino de hormigas-. Ninguna hormiga es el camino. El camino es la información, el recorrido, la carga. Y es el conjunto de contactos entre mis hermanas y yo lo que permite que el propio camino siga existiendo.

La hormiga avanza, sigue prolijamente la senda trazada mientras su mente elabora:

-Y sin embargo, no hay camino sin hormigas. Una hormiga determinada no importa: quitémosla del camino, y habrá un leve tropiezo, una duda, pero el camino seguirá existiendo. Dos hormigas, lo mismo. Pero vayamos quitando una y otra hormiga, y llegará un momento en que una sola hormiga menos significará la desaparición del camino. ¿Esa hormiga, entonces, es el camino?

Así estaban las cosas cuando su razonamiento fue interrumpido por un zapato del 43, izquierdo, que casualmente pasaba por allí.

Moralej [crunch]

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El contenido vencía en mayo de dos mil dos. El envase, en mayo de doce mil dos.

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Rascarse la frente con preocupación, buscando la idea que salve.

Rascarse la oreja, o la nariz, con distintos grados de perplejidad, sorpresa, como si en los huecos fuera a aparecer una explicación.

Rascarse con los dedos agrupados, formando un pico, generalmente con las uñas largas y pintadas, en movimientos nerviosos de ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta.

Rascarse justo al lado de donde pica, porque donde pica está prohibido, tratando de engañar a las terminaciones nerviosas.

Rascarse arqueológicamente, con el dedo índice, hurgando hasta el hueso, deteniéndose para limpiar la uña y volviendo a empezar un poco más profundo.

Rascarse con saña, a cuatro uñas, los dedos un poco separados y doblados en forma de rastrillo, para provocar el mayor daño en el menor tiempo posible.

Rascar, a secas, es decir besarse, acariciarse, amarse con la superficie del cuerpo.

Rascarse dormido, ahí donde duele y se lastima, donde al despertarse hay una mancha de sangre y dolor.

Rascarse porque sí, a ver qué pasa, por aburrimiento, mirando los cambios de color como quien ve la tele.

Rascarse regiones privadas, en público, mirando hacia otro lado, disimulando el movimiento como otra cosa.

Rascarse regiones privadas, en privado, con alivio, sonrisa hacia un solo lado, entrecerrando los ojos.

Rascarse el sobaco con el brazo del mismo lado, mientras se bosteza, despertando la piel para otro día.

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Copies of Spider-Man 2 Available on the Web: “Experts say this is the first time a movie has been pirated before it has even been filmed. Movie pirates infiltrated Raimi’s home while he slept. They used an advanced EEG imaging system along with Apple’s new QuickTime 6.0 beta with Brain2Vid technology to capture the movie. Pirates then edited out the unnecessary portions of what they captured such as images of Raimi’s mother yelling at him because he forgot to take out the garbage.” (Vía Good Morning Silicon Valley).

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Autorretrato de fantasma
Imagen por Eduardo Abel Gimenez

Si me dedicara a la plástica

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Si me dedicara a la plástica, haría la siguiente instalación.

Pondría una vitrina de entomólogo, gigantesca, y en la vitrina cientos, tal vez miles, de chicles masticados, de toda clase, sabor, procedencia, cada uno pinchado como un insecto. Habría chicles grandes y chicos, descoloridos, rojos, amarillos, lilas, azules, usados para hacer globos o no, muy gastados o no, aplastados por un pie o no, con marcas de dientes o hechos bolitas.

Junto a cada chicle un mapa indicaría en qué región del mundo se lo puede encontrar. Y una etiqueta daría precisiones, por ejemplo “Beldent fresco sabor a frutilla. Origen: Argentina. Ingr.: Sorbitol, Goma Base, Jarabe de Manitol”, etc.

En la base de la vitrina pondría una lluvia de envoltorios, como pieles o caparazones descartados.

Lástima que no me dedico a la plástica.

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Don’t get burned by bad mapping (Cooper Interaction Design): “You may be surprised to learn that your digital products may suffer from the same fundamental problem that makes these stoves annoying and counterintuitive. The problem with these stoves is poor or unnatural mapping.” (Vía Tomalak’s Realm.)

Gabriel cuenta una adivinanza

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Gabriel cuenta una adivinanza:

Es de color rojo, tiene una curva así y está en el piso del colectivo. ¿Qué será?

Solución: la media del conductor.

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-Me puedo mover en la cuarta dimensión -dijo al pasar. Y para demostrarlo, o porque sí, porque tenía ganas, se dio vuelta de atrás para adelante, sin girar.

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Esta noche, por primera vez, mi hijo duerme fuera de casa. Se queda en lo de un amiguito de la escuela. Sí, lo extraño.

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Pensándolo bien, una gaita es lo más parecido a un animal, un ganso por ejemplo, al que uno le aprieta la panza para que chille y encima le mete las manos en el pico para que lo haga a distintas alturas.

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Si pudiera quedarme quieto ahí en la calle, a la puerta de mi edificio, sin necesidades ni apuros, contemplado el paso de las estaciones, los años, los siglos, las eras geológicas, ¿cuánto tiempo pasaría hasta que los sedimentos cubrieran estas torres, y cuánto más hasta que los arqueólogos vinieran a desenterrarlas?

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Si tuviera que abrir esa puerta empezaría golpeando para saber si alguien responde, y ante el silencio seguiría apoyando la mano en el picaporte, girándolo con suavidad y empujando hasta que el barniz, que debe estar pegado luego de tanto tiempo, se desprenda y permita que el panel de madera barata, un poco arqueado por la humedad, empiece a revelar el aire estancado del interior, muy lentamente porque puede haber cosas que se despierten o, peor aún, que no se despierten, y cuando las bisagras hayan chirriando lo suficiente trataría de distinguir algo al otro lado, en la oscuridad, antes de que algo me distinga a mí en la luz. Pero nada de esto es necesario, porque me permiten seguir de largo.

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Caminaba por una hilera de baldosas, un pie adelante del otro, con cuidado, como si a ambos lados no hubiese otras hileras de baldosas sino un abismo. Brazos levantados, mirada fija en el piso, dientes mordiendo labios. Concentración. Concentración. En eso, pasa un taxi justo por encima del charco y el agua sucia le salpica los pantalones. La caída es terrible, porque el abismo no termina nunca. Pero peor resulta para el taxi, que se lleva puesto un intenso deseo de que gire sobre sí mismo ciento diecisiete veces, rebote contra una pared y salga disparado en dirección a las nubes. La tintorería, más tarde, cobra una fortuna. Nada de esto sale en los diarios.

-Dale, papá

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-Dale, papá.

El padre tira el gorro de lana, como una pelota, en dirección al nene. El nene, que debe tener dos años, lo atrapa en el aire y enseguida se lo vuelve a tirar al padre. El padre se estira, se inclina, se tuerce, levanta el gorro del piso.

-Dale, papá.

El padre mira alrededor, trata de hacer el juego más lento.

-Dale, papá.

Ahí va el gorro, entonces. El nene lo atrapa, lo suelta, lo atrapa, y lo tira más o menos hacia al padre. “Más o menos” significa, a veces, en dirección contraria, o perpendicular, y en esos casos es el propio nene quien corre a buscarlo para probar otra vez. Cuando tiene el gorro en sus manos, el padre insiste en perder segundos.

-Dale, papá.

Gorro que viene, gorro que va.

-Dale, papa.

Gorro hacia aquí, gorro hacia allá.

-Dale, papá, o no te quiero más.

En eso un viejo se acerca al nene, sonriente, para acariciarle la cabeza. El nene, con el gorro en las manos, lo mira y le dice:

-Hola, caca.

El viejo sigue sonriendo.

-Hola, caca -insiste el nene.

-¿Cómo te llamás? -pregunta el viejo.

-Hola, caca.

-Qué lindo.

-¿Por qué tenés pelota?

El cambio de discurso del nene toma a todos por sorpresa, hasta que el viejo mira su llavero, una especie de pelota de tenis en miniatura. Mientras tanto, el nene tiene tiempo de insistir:

-¿Por qué tenés pelota?

-Para poner las llaves -dice el padre, ya que el viejo no parece decidido a contestar.

El nene pierde todo interés en el tema. Vuela el gorro.

-¡Dale, papá!

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La luz tenía el color de un viejo papel de lija.

(…)

En esa ciudad casi todas las calles eran contramano.

(…)

Ante los ojos desorbitados del empleado de correos, pegó la estampilla en el lado interno del sobre.

(…)

-Explíqueme esto -dijo el director del zoológico al empleado de mantenimiento, frente al huevo que acababa de aparecer en ese aviario donde todos los ejemplares eran machos.

(…)

Parecía una pared, pero era el nuevo vestido de tía Clara.

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Algo como casi nada

Como una aventura,
como una telaraña,
algo como un pantano,
como rayo lento, algo
como un avión perdido.
Como un silbido suave,
como una adivinanza,
algo como estar despierto,
algo como despertarse,
como escenas de la guerra,
como amor.

Como un fósforo encendido,
como un ciego que tropieza,
casi algo como dientes,
como uñas que acarician,
como una amenaza.
Como suerte desmedida,
algo como el insomnio,
como un mapa ilegible,
casi como una queja,
como un paso de danza,
como amor.

Como una ceremonia,
como música africana,
como ruido en la pantalla,
como un rompecabezas,
como un águila que caza.
Como gripe de verano,
algo como platos rotos,
como anzuelos en el agua,
como la primera ola,
algo como casi nada,
como amor.

(Esta es la letra de la última canción que compuse, en 1991.)

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Hoy, en este preciso momento, tengo ganas de exagerar. No es algo normal en mí, diría que es algo extraordinario, muy rara vez visto: mi estilo se inclina con fuerza al understatement, o para decirlo con menor sofisticación, a la sangre de horchata. Pero ahora tengo ganas de exagerar, muchas ganas, unas ganas irresistibles, de esas que pueden sacarlo a uno del camino señalado por el destino, que arrasan planes y proyectos, que se extienden por los diversos niveles de consciencia y más abajo, por los sótanos del inconsciente, donde se agitan los sueños, los deseos, las motivaciones de reptil. Unas ganas prodigiosas, incontenibles, de las que mueven montañas, generan bifurcaciones en la historia, universos paralelos, de las que acaban con religiones enteras para crear otras nuevas, de las que derrocan emperadores y erigen semidioses. A ese tipo de ganas pertenecen hoy mis ganas de exagerar. Pero quiero aclarar que, si llego a dar rienda suelta a alguna fracción de estas ganas será de un modo civilizado, que no dañe a nadie, un modo propio de mi manera cortés y servicial de hacer las cosas. Mis exageraciones, en caso de llegar a la existencia, en caso de asomar su rostro pintoresco entre las colinas grises de mi prosa, en caso de recorrer la pluma o las teclas que se ocultan tras las palabras que elijo unir como cuentas en un collar inacabable, mis exageraciones, decía, serán inocuas para la salud pública, serán indetectables para las futuras generaciones de psicólogos que escarben en los recuerdos traumáticos de sus pacientes, serán un río caudaloso pero de aguas potables, limpias, cristalinas, transparentes, frescas, casi contradictoriamente con su carácter de torrente arrasador de convenciones, usos, costumbres. Haré lo posible, lo humanamente posible, lo que esté al alcance de las limitadas posibilidades que me han sido otorgadas en el reparto aleatorio de los dones, para que mis exageraciones tampoco generen rupturas en el devenir de mi existencia, que no produzcan un antes y un después, un quiebre en este fluir no diría suave ni tranquilo ni recto ni orientado siempre a un fin superior o siquiera a un fin, pero sí controlado, encauzado, dirigido a lo largo de coordenadas que mi no siempre sencilla comprensión del mundo y de la vida me indica que debo hacerle seguir. Las exageraciones de las que tengo tantas ganas, entonces, llegarán con la fanfarria de los bronces, el ímpetu de una manada de elefantes, el brillo de una nova, pero todo dentro de unos límites, un continente, un recipíente, un envase, una bolsita de plástico.

Bueno, ahora estoy más tranquilo.

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La radiación les llegaba hasta el cuello, y seguía subiendo.

(…)

La mosca, herida, volaba dejando una estela de humo negro.

(…)

Tras haberse hundido con su barco, el capitán aún se preguntaba si había sido una buena decisión.

(…)

El sol caía en vertical sobre el paisaje, destrozándolo.

(…)

Llegó a la panadería antes de hora, sólo para comprobar que el panadero tenía los labios llenos de polvo blanco.

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La recepcionista de la clínica tenía el hábito de tutear a todos, por teléfono o en persona, conocidos o desconocidos, sin distinción de edad, género o enfermedad. A todos, todos, todos. Excepto a mí.

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Detalles exquisitos del spam de hoy (todo rigurosamente sic):

“Oportunidad unica de seguir a distancia dsde Argentina y aun precio muy asequible. Un Curso diplomado de MOTIVACION Y COACH.N.A.C”

“Base de datos con 16322115 DE CHEQUES RECHAZADOS Adquiera mi exclusiva base de datos e incorpórela a su sistema o utilice un programa especialmente diseñado para buscar en esta base de datos. Cualquiera sea su actividad tiene que cruzar estos datos con su base de datos, hable con su programador, nuestros datos están totalmente abiertos para que los utilice como desee.”

“GRATIS damos de alta a su sitio web en mas de 200 buscadores hispanos y en 20 directorios de enlace. Para mayor información Y COLOQUE EN EL ASUNTO (o SUBJET) del mail la frase “QUIERO MAS INFORMACION”. NO USE EL BOTON “responder a” de este mail. Si no sigue estas SENCILLAS instrucciones el robot no reconocerá su pedido y NO LE CONTESTARA.”

“Hace unos minutos visité tu página a traves del buscador Ubbi y tengo una propuesta para hacerte. Hay una empresa acá en argentina que te dá un banner para poner en tu sitio (muy pequeño, de 2 cm X 3cm) y paga $ 5 pesos por cada visitante tuyo que entre a traves de ésos banners y se registre gratis (ademas de pagarte el 20% de comisiones que éstos visitantes generen).”

“5 dias y 4 noches de hotel en orlando, Florida con acomodacion de hotel en suites hasta para 5 personas, desayunos gratis y transportes desde y hasta los parques de atracciones, cena gratis para 4 personas y show de gladiadores en famoso restaurante.”

(No miré la hora. “Hoy” ya no es hoy, sino ayer domingo. Pero el spam sigue siendo spam, y todo lo anterior es apenas una selección de lo que recibí en castellano en un solo día de fin de semana. En inglés viene mucho más. Y hasta en portugués, francés, italiano…)

Virrey Vértiz

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Virrey Vértiz. Virrey Vértiz. Virrey Vértiz. Nunca consigo recordar el nombre de esa avenida. Uno tiende a llamarla Libertador, pero no, no es Libertador: Libertador está, a esa altura, al otro lado de las vías. Esa avenida se llama Virrey Vértiz.

Hace unos meses tenía que ir a Virrey Vértiz y José Hernández. Subí a un taxi y dije:

-A Libertador y José Hernández.

El taxista tomó por La Pampa, y estaba por cruzar las vías cuando me dí cuenta del error, justo a tiempo.

Hoy tuve que ir otra vez al mismo sitio. Recordando el mal antecedente, pero incapaz de pensar en el nombre de esa avenida, dije:

-Voy a Sucre y la avenida ésa que está entre las barrancas y las vías, que nunca me acuerdo como se llama.

-Yo tampoco -confesó el taxista-. La llamo Libertador, pero no es.

Conformes ambos con nuestro pensamiento homogéneo, seguimos viaje sin otros inconvenientes. Hasta que en la desolada esquina de Sucre y Virrey Vértiz (desolada en una mañana otoñal de domingo, sin gente en la plaza, con poca luz en la atmósfera, un poco fría), el taxista empezó a frenar. ¡Error!, anunciaron mis alarmas internas. ¡Otra vez error!

-Perdón, me confundí -dije-. No es acá donde voy. Es más adelante.

Para entonces estaba perdido: iba a una esquina de la que no sabía el nombre de ninguna calle. Aunque ahora sí, ahora había visto el cartel “Virrey Vértiz”. Pensé que convenía aclarar las cosas:

-Voy a una clínica que está media cuadra a la derecha.

-Ah, sí -dijo el taxista-. En José Hernández.

-Eso, claro, José Hernández.

¿Cómo había podido olvidarme? Allá fuimos, y allá por suerte llegué, y allá me diagnosticaron que no era una reacción alérgica sino una “varicela zoster”, que podemos contraer de adultos quienes tuvimos varicela de niños, y que podía doler y picar y que mejor era comprar unas pastillas específicas, aunque fueran caras.

A la farmacia, entonces, y sí que eran caras las pastillas. Y sí que duele y pica, a la vez. Es como quemaduras, no tan graves, pero la ropa no se soporta, las sábanas no se soportan, tengo un poco de fiebre, y espero que esto se acabe pronto.

Virrey Vértiz.

(…)

Escribo para entretenerme mientras me viene el sueño suficiente como para vencer a la varicela zoster. En tanto, se me ocurrió mirar la guía Filcar. Tengo la edición 1987, y cambiaron muchas cosas en la ciudad desde entonces. Pero casi todo, a pesar de estos terribles años, sigue en el mismo sitio.

Compruebo Virrey Vértiz, compruebo Libertador, compruebo José Hernández. Y empiezo a notar algo que nunca había visto: la curiosa distribución de acentos en esta guía. Estoy en la página 79. Primero pienso que sólo tienen acentos las íes, en estos nombres de calles escritos con mayúsculas: ECHEVERRÍA, ZAVALÍA. Y que en cambio las otras letras no los merecen: OLAZABAL, VIRREY VERTIZ, DR. ROMULO S. NAON. Pero la regla se hunde enseguida: ahí están JOSE HERNÁNDEZ (¿por qué la E de José no tiene el acento, pero la A de Hernández sí?), CAP. GRAL. RAMÓN FREIRE, el tan discutible caso de AV. CRÁMER… Y caramba, hay una excepción en sentido inverso, SUPERI, una I que debería tener el acento y sin embargo… Y aquí está NUÑEZ, y allá CRISOLOGO LARRALDE, y aquí IBERÁ, y allá ROQUE PEREZ, y ya no entiendo nada. ¿Alguien revisó esto antes de mandarlo a imprimir? ¿Lo habrán arreglado en ediciones posteriores?

Virrey Vértiz. Virrey Vértiz.