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Esa mujer tenía el pelo realmente raro. Más que cincuentona, había pasado por la peluquería ese mismo día. Corte perfecto, algo por arriba de los hombros, raya a un lado de manera que el otro cayera un poco sobre la cara. Elegante. Pero el pelo era realmente raro. Blancuzco, sin ser platinado. Grisáceo, pero desparejo. Un poquito amarillento, en algún sitio. Nada parecido a los efectos de salón a que estamos acostumbrados. Hasta que me di cuenta, luego de varios minutos de mirarla de reojo, y entonces sí que me pareció fuera de lo común. Era pelo sin teñir.

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Acabo de ir a un kiosco que está a una cuadra y media de casa. En el camino me preguntaron la hora dos veces. Es la escasez de relojes de los domingos a la tarde, un problema creciente del que ya se ha alertado en muchas ocasiones. Considero que el gobierno debería actuar a la brevedad.

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“Today I was changing to little figures in the corner of Monroe and City of La Paz, with another adult people who also enjoyed the best moment the week. I obtained 49 of that needed to my son to complete the album of world-wide Korea-Japan. Now only it needs 63. It is that I never saw an album with so many little figures: nothing less than 576.” (Este absurdo es el resultado de pasar algo que anoté ayer en esta página por Babelfish, de Altavista, un servicio al que todavía hay gente que se toma en serio.)

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La medida perfecta del paso del tiempo y su significado la da el envejecimiento progresivo, y a la vez la vigencia impecable, de aquella frase de Roger Waters en The Wall: “I’ve got fifteen channels of shit on the TV to choose from.”

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Hoy estuve cambiando figuritas en la esquina de Monroe y Ciudad de la Paz, con otra gente adulta que también disfrutaba el mejor momento de la semana. Conseguí 49 de las que le faltaban a mi hijo para completar el álbum del mundial Corea-Japón. Ahora sólo le faltan 63. Es que nunca vi un álbum con tantas figuritas: nada menos que 576.

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A mi hijo le gusta jugar en el website de Billiken (las golosinas). Para que pueda hacerlo y enviar sus resultados, hubo que poner una dirección de email. A esa dirección, ahora, mandan la propaganda de la empresa. Ayer vino esta delicia:

Llegaron los Body Parts!

Pedazos de cuerpo hechos gomitas
con el más rico sabor de las Golosinas Billiken!!!
Pedíselas a tu kioskero amigo y convertite
en un caníbal de la dulzura.

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Qué cosa el libro de Lanata, mejor dicho la edición del libro de Lanata.

En la tapa, el título aparece todo en minúsculas: “argentinos”. En el lomo, en mayúscula-minúsculas: “Argentinos”. Y en el cabezal de cada página interior, en mayúsculas: “ARGENTINOS”. No es que el diseño lo exija, aclaro por si hiciera falta.

Adentro, Lanata elige llamar a ciertas personas por su nombre completo, en vez del que por un motivo u otro les ha ido dando la costumbre. En particular, a Bernardino González Rivadavia y a Juan Manuel Ortiz de Rosas. Y bueno. Pero dudo que sea una elección el no abrir ningún signo de exclamación. Original! Insólito! Y, a la larga, molesto!

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En ese país el gobierno anuncia cada madrugada qué día de la semana será. Uno se levanta si saber si empezará un lunes o un sábado, un viernes o un domingo. Están quienes piden semanas normales, y están quienes prefieren la espontaneidad. Están quienes apoyan la función del gobierno, y están quienes quieren que el pueblo tome las decisiones. Está quien pone siempre el despertador, por las dudas, y está quien no lo pone nunca.

Ni siquiera estoy seguro

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[Este texto es la continuación de algo que viene del post de abajo.]

Ni siquiera estoy seguro de que la mujer también se esté quitando la ropa. Hace los ruidos adecuados, desabrochar, frotar, pero en la oscuridad todo es posible. Yo no tengo zapatos, los perdí en algún momento anterior de la huida, así que empiezo por el pantalón, luego las medias, y por último la camisa. El slip no, queda en su lugar. Después diré que también me lo he sacado, pienso, pero ahora tengo la impresión de que sin el slip quedaré demasiado expuesto, como si ese trozo de tela estuviera blindado. Es igual a los sueños de la infancia, cuando la falta de ropa se convertía rápidamente en pesadilla. Esto, por supuesto, ya es una pesadilla, pero no un sueño.

-Es mejor que nos desnudemos -ha dicho la mujer hace un momento-. La ropa mojada es un estorbo.

Tiene razón, por supuesto. Ya empezaba a sentir el peso de las prendas empapadas, y el frío provocado por el agua al evaporarse. Sin ropa nos secaremos antes, y en todo caso podremos volver a vestirnos cuando la ropa también se seque, si es que nos lleva tanto tiempo salir de este sitio.

La voz de la mujer es como esas telas suaves por un lado y ásperas por el otro. Como lija sobre seda. Como un entrechocar de piedras y campanas. Sale de algún sitio muy profundo y por eso es grave, pero se traba en las complejidades de la garganta, se modifica entre los dientes, la estorba la lengua, y cuando atraviesa los labios trae capa sobre capa de certezas e incertidumbres, de sonidos bien articulados y palabras a medio decir. No sé si percibiría todo esto si pudiera verle la cara, pero resulta que esa voz es lo único que reconozco de ella con toda certeza, y no puedo dejar de analizarla.

Tropecé con la mujer hace mucho tiempo, tal vez una hora entera, ya sin luz. Yo me arrastraba por un tubo, moviéndome a la manera de un gusano torpe o una cucaracha con pocas patas. De vez en cuando adelantaba una mano para tantear si había obstáculos delante, y en una de esas ocasiones tropecé con una cosa blanda que de inmediato se retrajo. Estiré el brazo un poco más, hubo otro contacto efímero y un segundo después algo me aferró la muñeca y la giró violentamente. Más allá alguien gruñía con el esfuerzo.

Resistí. Estiré el otro brazo y atrapé el brazo ajeno que me sujetaba. Hubo un forcejeo acompañado de más gruñidos.

-Soltame -exigió la voz de la mujer, la primera palabra que le oí.

-Soltame vos -exigí yo.

Como respuesta, usó su mano libre para agarrarme del pelo. Grité, y a continuación hubo un instante de parálisis, de silencio, mientras la situación luchaba por encontrar un nuevo punto de equilibrio.

-No sos un guardia -dijo ella, segura de sí misma.

Esperé un momento. Nada cambió.

-Vos tampoco -dije, un poco estúpidamente, porque en este sitio todos los guardias son hombres.

Me soltó de pronto y oí que se alejaba, retrocediendo por el tubo.

-Un momento -pedí, por algún motivo, y ella dejó de escapar de mí.

No hablamos mucho, no era necesario. Se me ocurre que en ralidad no hablamos en absoluto, y sólo me imaginé un par de frases que tenían poco sentido. Pero no puede ser cierto, porque supe que ella venía del sitio al cual yo quería ir, y yo venía del sitio al cual ella quería ir, de manera que ambos estábamos equivocados. Nos quedamos un rato ahí quietos, atrapados, oyendo nuestras respectivas respiraciones. Hasta que recordé que unos metros atrás había palpado un tubo secundario, más estrecho, que salía del principal. De algún modo nos pusimos de acuerdo y fuimos por allí. Ella iba adelante. Poco después salimos al hueco de las cositas crujientes.

Ahora, sentado en el piso, apoyo la ropa a mi lado y me paso las manos por el pelo aún mojado. No nos hemos movido de donde estábamos. El agua caliente y fétida nos acompaña con su murmullo de olas aficionadas. No hay nada más, ninguna señal de los carceleros o del asesino de un rato antes.

La mujer también está sentada, o al menos eso sugieren los ruidos que me llegan de ella. Tal vez debería encontrar algo sensual en la situación: ambos desnudos, yo casi, ella tal vez del todo, en la oscuridad, mojados, solos. Podría estirar la mano y tocarla, descubrir la línea del cuello bajo el pelo, el hombro. En vez de oír su aliento podría sentirlo en mi cara. En vez de imaginar sus manos podría obtener una caricia. Pero son cosas de otro mundo, de otra época, cosas imaginarias. Me asustan, en realidad, me dan un escalofrío. Tal vez sería mejor estar solo, pienso y no es la primera vez. Entonces el contacto que imagino podría tener otro sentido: podría empujarla, aprovechando que el agua está a sus espaldas, oír cómo cae y salir con la mayor velocidad posible en alguna dirección arbitraria. Si me atreviera a hacerlo no sería mala idea. Pero todo puede fracasar, de un modo u otro todo ha fracasado ya. La oscuridad que me rodea encuentra un fenómeno simétrico en la oscuridad que tengo adentro.

La mujer aspira hondo, suelta el aire de tal modo que deduzco que ha apretado los labios, y habla.

-Vamos a seguir la orilla -dice.

-¿Por qué? -pregunto.

-¿Por qué no?

-¿En qué dirección?

-Eso me da igual.

-¿Caminando?

-Uno de nosotros va a ir adelante, de rodillas, tanteando el terreno. El otro atrás, caminando. Nos vamos a turnar.

Pienso en discutir, pero no vale la pena. No sé desde cuándo ella es la jefa, o hasta cuándo lo seguirá siendo. Todo puede cambiar en cualquier momento, cuando sea necesario, o cuando la situación lo imponga. De momento, ella al menos tiene un plan, o lo que simula ser un plan, o el comienzo de algo que tal vez, con suerte, en el futuro próximo termine siendo un plan. Y lo ha puesto en palabras, lo ha hecho explícito, lo ha llevado mucho más allá que mis ideas primitivas. Por todo eso es mejor dejarme guiar, es más prometedor, y también más económico.

Estamos en esos segundos de vacilación antes de ponernos en marcha, todavía sentados, cuando el entorno vuelve a cambiar. Sin ruido, sin aviso previo, sin nada que lo anuncie, sin contexto, se enciende la luz. No es posible, y sin embargo ocurre: primero es algo que me cuesta entender, algo agresivo que se apodera de mí y que apenas identifico cuando cierro los ojos por reflejo y noto el cambio. Vuelvo a abrirlos con dificultad, parpadeando mucho por la falta de costumbre.

Es una luz blanca, intensa. Pero eso no significa que pueda ver mucho. Hay niebla, todo es niebla. El piso desaparece a pasos de mí en una nube grisácea. Una línea apenas perceptible indica la orilla del agua, y más allá nada. Hacia arriba también se ve gris. Hilos de vapor se desplazan en distintas direcciones, lentamente. Lo único tangible, lo único que me acompaña en este repentino infierno de claridad, es la mujer.

Está completamente vestida. Lleva pantalones y remera negros, con los brazos descubiertos. El pelo también es negro, le llega a los hombros a partir de una raya trazada un poco a la izquierda del centro, y lo sacuden los movimientos frenéticos de la cabeza con que ella también absorbe las nuevas percepciones. Es maciza, fuerte, grande. Tiene hombros anchos y cuadrados. Pero la cara es pequeña, muy pálida, con la frente un poco abultada y la nariz redondeada en la punta. Los ojos están fruncidos, seguramente como los míos, bajo unas cejas rectas y espesas. La boca es de labios gruesos, el inferior curvado hacia abajo hasta casi tocar la pera.

No tiene más de quince años.

[Sigue, con suerte, otro día.]

No hay fondo ni superficie

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[Este texto es la continuación de algo que empezó ayer, en el post de abajo.]

No hay fondo ni superficie. No hay arriba ni abajo. Pataleo en un caldo infinito, tibio, mejor dicho caliente como el agua de una bañera recién preparada. Sería un buen lugar donde dormir, si hubiera aire. Sacudo los brazos, giro sobre mí. El agua resiste mis movimientos, pero nada me apresa. Si sólo supiera hacia dónde ir para respirar.

Toco algo con el pie derecho, seguramente el fondo, y empujo con toda la fuerza que me queda. Doy brazadas. Entonces me doy cuenta del error, y todo se aclara con la velocidad de las mejores intuiciones: lo que he tocado es una pared, el fondo en realidad está hacia allá, la superficie hacia aquí, y si ahora quiebro la cintura en esta dirección, muevo los brazos hacia esa otra y doy un empujón final…

Mi cabeza quiebra algo con un estruendo comparable a los disparos de un minuto atrás. Es la separación de agua y aire. Tengo medio segundo para llenar los pulmones antes de hundirme otra vez, volver a pelear contra el universo y luchar por otro medio segundo de libertad.

Cuando me estabilizo con la cabeza fuera del agua me doy cuenta del gusto que tengo en la boca. El agua es muy salada, pero además contiene algo que me da ganas de vomitar, no sé qué, no puedo reconocerlo aunque me recuerda cosas diversas. Escupo varias veces, pero todo eso es secundario: lo esencial es encontrar algo de qué agarrarme.

La intuición prodigiosa de antes sigue funcionando, porque aún en la oscuridad completa que me rodea sé con toda precisión dónde está la pared que he tocado con el pie, seguramente la misma pared por cuyo borde rodé al agua. Me muevo torpemente hasta encontrarla. Levanto un brazo fuera del agua, aprieto los dedos contra el borde que está apenas unos centímetros más arriba, levanto el otro brazo, y con las dos manos aferradas allá arriba apoyo la frente en la pared para respirar todo lo que necesito. Hago ruido, pero por ahora no me importa.

No sólo tiene mal gusto el agua, también apesta. Debería salir. Pero me duelen los músculos, no tengo el entusiasmo necesario para impulsarme por encima del borde. Y una vocecita un poco infantil me susurra que además voy a tener frío fuera del agua, que está tan cálida, tan cómoda. Sé que no estoy pensando bien, pero eso tampoco me importa.

Pasan segundos o minutos, se me empiezan a cansar los dedos. Algo en mi cabeza se dedica a predecir diversas continuaciones para todo esto, ninguna de ellas segura, ni siquiera plausible. Nada me anuncia el ruido que oigo ahora mismo, una sucesión rápida de golpes suaves, crujidos, gemidos, todo in crescendo, todo acercándose a mí. Siento la tentación de alzar la cabeza por encima del borde, como si fuese capaz de ver en la oscuridad qué es lo que viene. Pero no tengo tiempo de haccerlo. Una cosa grande que grita y se sacude pasa rodando sobre mí, rozándome las manos, y cae en el agua a mis espaldas produciendo un maremoto.

Yo también grito, y enseguida hago fuerza para trepar, para escapar de ahí. Pero antes de que pueda hacerlo una mano me agarra el tobillo izquierdo, y enseguida otra mano la acompaña. Pateo con fuerza y nada, las manos no me van a soltar. Me alejo un poco de la pared para tomar impulso y tiro hacia arriba. Llego a apoyar el pecho en el borde, pero no alcanza y vuelvo a resbalar. Pateo otra vez, y otra, sin resultados. Hago un segundo intento, y enseguida un tercero, y ahora sí, tengo casi todo el abdomen encima del borde, de manera que giro el tórax, levanto la pierna libre, la derecha, hasta ponerla también a salvo, y pateo como puedo varias veces más con la pierna atrapada.

Poco a poco la pierna sube, con las manos aún aferradas al tobillo. Cuando el pie se asoma a la superficie una de las manos me suelta, y entonces doy la patada más fuerte de todas. Quedo libre, y ruedo una vez sobre mí para alejarme del agua.

Junto al par de manos que me apresaba dejo atrás jadeos, ruidos de alguien que lucha para sobrevivir. ¿Qué viene ahora? ¿Qué es mejor? ¿Volver al hueco de los hilos de luz y los disparos? ¿Buscar otra vía de escape en la oscuridad? Tal vez seguir la orilla del agua, pero cómo voy a hacerlo con eso que está ahí tratando de hacer lo mismo que yo hice, es decir aferrarse al borde y respirar, respirar, respirar.

Es difícil determinar prioridades. De pronto se me ocurre que lo esencial es saber a qué altura está el techo. Giro hasta quedar boca arriba y estiro un brazo hacia lo alto. Nada. Me siento, con el brazo todavía hacia arriba. Más aire. Hasta es posible que haya espacio suficiente para ponerme de pie. Debería sentir alivio, pero en cambio crece el miedo. En la oscuridad no es nada bueno ignorar los límites, y en este sitio, salvo el piso y el borde del agua donde esa cosa sigue resoplando, no los tengo. Sin límites tampoco hay referencias, y sin referencias no sé hacia donde puedo escapar.

Me da vértigo, como si la gravedad estuviese cambiando y me fuera a caer de lado. En el piso hay cositas que crujen, pero ahora prefiero echarme otra vez boca abajo y aceptarlas de aliadas. Apoyo ambas manos en el cemento, con los dedos bien abiertos, deseando tener ventosas en las yemas. Cierro los ojos con fuerza, para obtener algo de luz aunque sea ilusoria. Mi araña mental hace esfuerzos por tejer la tela: si el agua está ahí y el piso aquí, la habitación de los disparos debe estar hacia allá, y en algún sitio debe haber un techo o de lo contrario vería cielo, sol, estrellas, luna, algo.

Poco a poco dejo que la araña siga su trabajo sola. La conciencia vuelve a cambiar de foco y me doy cuenta de que orientarme en la oscuridad, aunque sea importante, es algo que puede esperar. ¿Qué es lo que no puede esperar, entonces?

-Soy yo -dice la voz de la mujer, salvaje, gruesa, desde del agua-, soy yo, soy yo.

Es como si me hubiese echado toda el agua encima, para barrerme. Me paraliza.

-Te salvé -sigue-, ¿no es cierto?

Oigo golpes suaves, algo que frota el suelo. Debe estar buscándome con las manos. Pronto va a salir del agua, y casi no importa en que dirección se mueva: me va a encontrar.

-Te salvé -insiste con un susurro decreciente.

No hace falta que grite. Aquí todo se oye como si estuviera amplificado, incluso en medio del murmullo del agua.

-Te salvé.

Ahora tengo tanto en qué pensar. ¿Me salvó? ¿Cuándo? ¿Al empujarme? Puede ser. Visto desde otra perspectiva, tal vez el empujón no fue un ataque. En realidad logró sacarnos a ambos del peligro, alejarnos de la quietud forzada, del asesino que agujereaba con balas nuestro cielo. Sin embargo, aunque fuera así, no le debo nada: también se salvó ella. Y el propio concepto de salvarse es relativo. ¿Qué significa salvarse, si todavía no estoy afuera?

Claro que no le debo nada. Mejor que volver a ella es rodar hacia aquí y hacia allá y esperar que la oscuridad le impida seguirme. O avanzar sobre manos y rodillas, como antes, en dirección paralela a la orilla del agua, buscando un problema nuevo para resolver. Sí, esto último es ideal, es lo que casi empiezo a hacer ahora mismo, excepto que me falta el último milímetro de la decisión, la última conexión entre neuronas, el último salto triunfal de la araña de mi cerebro que en este preciso momento está tan paralizada como yo.

-Está bien -digo-, está bien. ¿Qué hacemos ahora?

[Sigue acá.]

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La mujer apoya su mano sobre la mía, sin querer, y la retira como si se hubiera quemado.

-Perdón -dice en un susurro que suena explosivo en el sitio donde estamos.

La mujer viene a mi derecha, avanzando sobre manos y rodillas, como yo, en la oscuridad. Aquí el techo queda a menos de un metro de altura, y es en realidad el piso de la mansión que tenemos sobre nuestras cabezas. Estamos en un sótano, mejor dicho un hueco, un espacio plano pero extenso, de límites indefinidos. Nos movemos lentamente, tratando de mantenernos uno cerca del otro y a la vez sin tocarnos, sin poder evitar la desconfianza mutua.

No la conozco de antes. No sé su nombre, ni le he visto la cara. Empezamos nuestra relación aquí abajo, escapando. Pero ese no es nuestro problema, nuestro problema es encontrar la salida.

El piso está cubierto de cosas ruidosas, como bolsitas de caramelos: crac al apoyar una mano, crac al apoyar la rodilla, crac, crac, crac. También se oye mi respiración agitada, adentro, afuera, y la de la mujer que me acompaña, más rápida todavía. Por lo demás, el mundo termina a esos pocos centímetros sobre nuestras cabezas.

Apoyo la mano izquierda en algo húmedo, la levanto para secármela en los pantalones, y entonces se oye algo completamente ajeno a nosotros: el crujido de un picaporte, y enseguida el chirriar de unas bisagras. Viene de arriba, de la mansión. Ambos nos quedamos quietos, conteniendo el aliento. Hay un click, y cambia el universo.

La luz, en forma de líneas estrechas y entrecortadas, invade mi cielo: entra por las ranuras que hay entre las maderas que forman el piso. No llega a iluminar el sitio donde estamos, pero traza senderos simétricos en nuestro suelo. Ahora sí parece una prisión, con esas barras luminosas arriba y abajo.

Seguimos inmóviles, yo con la mano húmeda en el aire. La puerta de la habitación de arriba se vuelve a cerrar. Alguien da unos pasos hasta situarse justo encima de nosotros. El sonido es tan nítido que podemos oír el frotar de seda, el aliento de un hombre que, esperamos, no sospecha nuestra presencia.

El hombre arrastra una silla y se sienta un poco adelante y a la derecha de donde estamos: lo sabemos por su sombra que interrumpe las líneas de luz. Tose una vez. Me empieza a doler la rodilla derecha, que está apoyada en algo puntiagudo.

Giro con lentitud la cabeza hacia la mujer, y alcanzo a verle un ojo, o la banda central de un ojo, fijo en el techo. Tiene la cara vuelta hacia mí, y por eso distingo la raya luminosa que le atraviesa en diagonal el ojo izquierdo y la nariz. Está tratando de descubrir algo a través del surco entre dos maderas, así que mueve la pupila a un lado y al otro, casi sin parpadear. Ya no se oye cómo respira.

Espero que tampoco se oiga cómo respiro yo, ensanchando los pulmones hasta el límite con mucha paciencia, luego vaciándolos con más paciencia todavía. Hay un método, tal vez pura ilusión: pienso en dilatar la nariz, pienso en una conexión directa de los pulmones con el exterior, abro muy levemente los brazos para expandir el tórax, y casi no siento el aire que entra. Lo mismo hacia afuera. Y a empezar de nuevo.

El hombre de arriba hace unos ruidos que no puedo identificar. Algo raspa contra algo. Aspirar. Espirar. Segundos después me llega el olor del cigarrillo. Es tan intensa la percepción de lo que ocurre al otro lado de las maderas, a tan poca distancia, que cuesta creer que el hombre no se dé cuenta de que estamos aquí. Y sin embargo debemos seguir ocultos a toda costa.

Tengo cinco puntos de apoyo: la mano derecha, las dos rodillas, las puntas de los pies. Pero la rodilla derecha me duele demasiado. La levanto unos milímetros. Ojalá pudiera volver a apoyar la mano izquierda, pero seguro que si lo hago encontraré otra de esas cosas que crujen. Muevo la pierna apenas un poco, en dirección a la mujer, y apoyo la rodilla otra vez. No hay caso: la cosa puntiaguda quedó pegada a la piel. Ahora, además, me pica la nariz.

Con la nariz, por ahora, no hago nada. Pero llevo lentamente la mano izquierda hacia la rodilla dolorida, mientras vuelvo a levantarla, evitando que la camisa haga ruido al frotar tela contra tela, y saco una cosa pequeña, casi redonda, del punto en que se había clavado en la piel. Ahora sí puedo apoyar la rodilla otra vez. El alivio es tan grande que no sólo me olvido de la nariz sino que empiezo a acariciar proyectos mayores, por ejemplo la tarea de apoyar la mano izquierda en el piso, que hace unos instantes me parecía impracticable.

El ojo de la mujer sigue fijo en su sitio. Creo que ella está completamente inmóvil. Espero que no me descubra cuando apoyo el dedo índice en el piso, ahí donde uno de los hilos de luz indica que hay pocas probabilidades de que algo cruja. El dedo encuentra la superficie lisa del cemento. Lo muevo un poco a la izquierda, y otro poco más, seguramente tres o cuatro centímetros, hasta llegar a algo que sin duda va a hacer ruido si no cambio de dirección. Pero ya sé que hay sitio para dos dedos, así que dejo con cuidado la cosa redonda que saqué de la rodilla y apoyo también el dedo mayor, y en un arrebato de audacia el pulgar. Sin consecuencias, excepto que ahora puedo aliviar la muñeca derecha, dejando que una parte de mi peso caiga sobre el nuevo trípode que acabo de instalar.

El hombre cruza las piernas, o algo así. Carraspea. Puedo oír cuando exhala el humo del cigarrillo, puedo oír cuando se rasca sin duda el pelo, tal vez la nuca, puedo oír cuando mueve un pie para mejorar la posición de las piernas.

Estudio el piso. Íbamos en la dirección correcta, se me ocure, porque las huellas luminosas apuntan al mismo sitio que mi cuerpo. Sobre el piso trazan caminos irregulares, que apenas sugieren montículos y llanos. Puedo contar las protuberancias que aparecen en cada camino, una, dos, tres, cuatro, cinco. Todo termina unos metros más allá, quizás tres, correspondiendo sin duda a donde se acaba la habitación de arriba. Luego sigue más oscuridad.

La mujer ya no parpadea en absoluto. Quisiera sentarme, y se me ocurre que podría empezar echando mi peso sobre los talones, para luego explorar lentamente el espacio que hay a mi izquierda, tal vez incluso mover algunas de las cosas que crujen, con todas las precauciones del mundo, haciendo sitio para cambios progresivos de posición.

Pero no tengo tiempo. Hay un estampido menor: el picaporte que se mueve otra vez. Arriba, el hombre apoya los dos pies en el piso. Un estampido algo mayor: la puerta que se abre de golpe y da contra la pared. El ojo de la mujer desaparece rápídamente en la oscuridad. Ya no veo nada de ella. Una voz grita, allá en la puerta abierta:

-¡Jar tim goc las!

O algo así, en un idioma que no puedo identificar. Seguro que el hombre que está sobre nosotros se pone de pie, porque la silla cae un metro más allá. El dueño de las palabras raras da dos pasos feroces. Y entonces llega el gran estampido: un disparo de arma de fuego. Hay otro paso, y luego un segundo disparo.

Reconozco que yo también me muevo. Pero el cambio de posición de mi mano derecha, el apoyarse de mi mano izquierda, el salto leve de las dos rodillas se confunden con el grito y el desplomarse del hombre que está sobre nosotros. La mujer también se ha movido, he sentido el roce de su cadera contra la mía, pero tampoco ha hecho ruidos que yo pudiera oír. La mano derecha ma ha quedado sobre lo que debe ser una piedra pequeña. La aprieto como si en ella estuviera mi futuro.

Ahora todos estamos inmóviles otra vez, incluidos los del mundo superior. Pero pronto el recién llegado, el portador del arma, avanza hacia el hombre tendido, oigo que le toca la ropa, la cabeza, lo mueve un poco. Hay un resoplar, pero no es del hombre tendido sino del otro, que suena satisfecho y se aleja otra vez. Camina en torno a lo que debe ser un cadáver, describiendo un círculo que lo lleva seguramente por los confines de la habitación. Vuelve atrás. Repite el círculo. Tiene pocas ganas de quedarse quieto, exactamente lo mismo que siento yo y lo mismo que debe sentir la mujer que está a mi lado.

Hay que hacer algo. No lo pienso mucho, porque estoy seguro de que me voy a arrepentir. Levanto la piedra que tengo en la mano derecha y con un movimiento corto pero rápido la lanzo hacia adelante. A un par de metros de distancia choca contra algo metálico. Los disparos no se hacen esperar: cuatro, uno tras otro, trazando un rombo de agujeros luminosos en el piso que hace de techo, allí donde chocó la piedra. Ahora no hay más pasos, hay sólo espera, y sabemos que será imposible para siempre volver a moverse.

La mujer me sorprende. No sé cuál es su plan, ni me he dado cuenta de que se movía, pero debió prepararse durante un largo rato, mientras yo apretaba la piedra. Siento el empujón como si tuviera una fuerza enorme. Es ella, que con las dos manos me impulsa hacia la izquierda. Caigo de lado, con un estruendo terrible de cositas que crujen. No me atrevo a detenerme, así que ruedo una vez sobre mí mismo, otra vez, y otra más. Hay un solo disparo, un solo agujero que apenas alcanzo a ver en un sitio por el que ya pasé. Luego un ruido nervioso de metales y enseguida varios disparos más. Sigo rodando, haciendo crujir todo lo que encuentro, con la cabeza envuelta en los brazos y los ojos bien cerrados aunque dé lo mismo. Estoy seguro de haber pasado los límites de la habitación del hombre armado, porque los disparos cesan y hay otros ruidos allá arriba, gritos, puertas que se abren, pisadas de alguien que corre.

No tengo muchas oportunidades para perfeccionar mis deducciones. Ruedo un poco más, el piso se inclina hacia abajo, trato de frenar pero encuentro un borde por el que me deslizo y caigo al agua.

[Sigue acá.]

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Junto a la esquina de Juramento y Zapiola, en el barrio de Belgrano, hay una veterinaria que se llama “Como perros y gatos”. Me parece un modo original de librarnos de esos animales que infestan la ciudad. Espero, por la salud del veterinario, que al menos los mastique bien.

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Como le dio frío, prendió la estufa. Como le dio calor, prendió el aire acondicionado. Como le dio frío, se puso un pulóver. Como le dio calor, abrió la ventana. Como le dio frío, se tomó un cognac. Como le dio calor, se mudó al otro hemisferio. Como le dio frío, corrió un rato. Como le dio calor, se dio una ducha helada. Como le dio frío, hibernó.

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El día empieza bien. Está saliendo el sol entre los techos, creando un cielo brillante y limpio. Mucha luz. Gabriel se levantó de buen humor, haciendo chistes (más de movimiento que de lenguaje: está descubriendo un modelo de movimiento corporal tomado de los dibujos animados, realmente gracioso). Ya está en la escuela. No hace tanto frío.

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Para escuchar: Dolores Keane. (Qué pena la foto ridícula de la página inicial de su sitio.)

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Cuando escribía a máquina podía empezar una página de una novela cuatro, ocho, dieciséis veces. Ponía el papel en la Olivetti (una Lexicon 80 pesada, llena de metal, admirable), empezaba a tipear, y unas líneas más tarde me daba cuenta de que algo andaba mal. Sacaba el papel, ponía otro y arrancaba de nuevo. Así llegaba al agotamiento o a un éxito relativo. A veces copiaba media página de la versión anterior, para alcanzar el sitio conflictivo con un poco de velocidad y ahí avanzar otras pocas líneas. Era como moverme en un pantano, buscando un camino que tal vez no existiera metido en el barro hasta el ombligo.

Ese sistema horrible me había dado sin embargo un tempo, un ritmo de escritura que extrañé mucho cuando empecé a usar computadora. Porque mientras tipeaba por vigésima vez un párrafo, por adentro pensaba en lo que venía después, las ideas se iban acomodando, tenía tiempo para juntar aire. Con la computadora, de pronto, me encontré con que ese tiempo no existía. Para corregir algo bastaban segundos, no largos minutos. Todo el tiempo usado en escribir era útil, por decirlo de algún modo, y mi cerebro no tenía esos largos intermedios para recargarse.

Por una época lo resolví imprimiendo. Ponía la impresora de matriz de puntos a hacer su siembra ruidosa y mientras tanto pensaba. Después cortaba las hojas del formulario continuo, les sacaba los bordes agujereados, las emparejaba… Para más tarde hacer algunas correcciones que las dejaban completamente inútiles.

No sé cómo se resolvió el conflicto. Pasaron muchos años, en los que no siempre escribí (más bien lo contrario), y ahora todos los ritmos cambiaron. Escribo mucho más rápido que antes. Estoy acostumbrado a subir y bajar por el texto como una araña, tejiendo aquí y allá, modificando palabras, giros, ritmos, acomodando lo anterior a lo nuevo. Ni pienso en imprimir. Y si tengo que retipear algo, por ejemplo debido a un error del sistema, me desespero.

El mayor cambio que noto está en el nivel de sufrimiento. Ahora es nulo, o casi nulo. Escribir resulta profundamente placentero. Antes, lo placentero era haber escrito, más que el acto en sí. Pero no quiero adjudicarle todo a la computadora: creo que otra razón importante para este cambio es que no pretendo, por ahora, escribir una novela. Aunque la tentación empieza a agitarse allá en lo profundo.

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Cada día hay montañas nuevas. Uno se levanta, abre la ventana y ahí están, relucientes, con un copo de nieve recién caída en la cima, siempre distintas de las montañas del día anterior.

Muy bonito.

El problema es de noche, cuando caen las montañas viejas, cuando se mueven las rocas y la construcción avanza a gran velocidad, justo a la hora en que uno trata de dormir, con todo ese ruido.

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En este momento: ladridos de un perro que no recuerdo haber oído antes. ¿Cómo es posible, si estoy todos los días aquí sentado, oyendo lo poco que hay para oír?

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Subiendo los escalones de a dos en esa escalera impar, pasó de largo y quedó para siempre quince centímetros por encima del piso.