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Patricia McGill, uruguaya residente en España, encontró mi página con propuestas de cosas exóticas para hacer estando solo. Y aportó lo siguiente, que reproduzco con su permiso:

Bueno, se dejaron el clásico de las baldosas: saltar de baldosa a baldosa del mismo color (si se da el supuesto de que las baldosas de una calle sean de dos colores diferentes, y si se da la condición física mínima imprescindible).

Después está el de ir paseando por la calle, mirando las matrículas de los coches. Uno debe escoger un número de antemano (p.ej., el siete). Si se encuentra con una matrícula en la que haya más de dos sietes, tiene que formular un deseo, y ese deseo se cumplirá si logra formular una palabra que contenga las letras que contiene la matrícula. (Debe darse el supuesto de que las matrículas sean algo como acá -España-, cuatro números y tres letras, o como son las antiguas, letra de la ciudad, cuatro números y dos letras).

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Viene el fumigador, toca timbre. Por la mirilla veo su calva, los aparatos que le sostienen los dientes, los ojos hundidos. Tiene menos de treinta años. Arrastra el tubo donde está el veneno para las cucarachas. Como de costumbre, le agradezco su presencia pero le digo que no, gracias.

Casi no hay cucarachas en este edificio. Sólo de vez en cuando aparece una grande en el pasillo, medio desorientada, que apenas trata de escapar.

En el departamento anterior, en cambio, las cucarachas formaban parte de la vida diaria. En una época el fumigador que venía era un hombre mayor, Ramiro, que tenía algo personal contra los pobres bichos que le daban de comer. Recuerdo una vez en que me explicó algunos de sus secretos de varias décadas. En cierto momento apareció una cucaracha en el piso, frente al baño. Era pequeña. Parecía capaz de correr muy rápido. Pero Ramiro era más rápido aún. Con su pistola de veneno trazó un círculo húmedo alrededor del bicho, de unos treinta o cuarenta centímetros de diámetro.

-Fíjese ahora, va a ver que no puede escapar -me dijo.

La cucaracha empezó a correr dando vueltas, pero no atravesó la muralla líquida levantada por Ramiro. Él lo disfrutaba. Me hizo esperar hasta que la cucaracha murió, o sólo quedó inmóvil, quién sabe, y entonces acabó su tarea con un pisotón.

Ramiro duró poco tiempo. En su trabajo, quiero decir. Contrataron a otra empresa, cuyo dueño apareció una sola vez, un extranjero muy seguro de sí mismo, que no se ocupaba de hurgar en los rincones sino que enviaba a sus personeros de menor nivel. Los empleados cambiaron muchas veces, pero la empresa siguió prosperando hasta que nos mudamos. Las cucarachas también.

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-La luna está menguante -dijo el taxista-. Buen momento para cortarse el pelo.

-Esa no la sabía -dije.

El taxista dio vuelta la cabeza para mirarme y le sonrió a mi ignorancia.

-Si te cortás con la luna en creciente -explicó-, el pelo crece más rápido.

-Ah -respondí.

Estaba hermosa la luna, esa noche de sábado, en el aire marítimo.

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“Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido.” (Michel Houellebecq, Las partículas elementales, Barcelona, Anagrama, 1999)

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Dibujo de Arnold Lobel (frag.)El domingo 28 de julio al mediodía, en el restaurante Montecatini Alpe, de la calle Belgrano entre Santa Fe y Corrientes, en Mar del Plata, nos atendió una camarera muy simpática, idéntica a este personaje de Arnold Lobel, la ratita que tira monedas a un pozo de los deseos (y el pozo responde “¡Ay!”). (El dibujo es un fragmento de la página 8 del maravilloso libro Historias de ratones, Pontevedra, Kalandraka Editora, 2000.) (En Imaginaria publicamos un cuento completo de ese libro, con la debida autorización de la editorial.)

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Nuevas razones para quejarse del hotel:

  • La habitación es mucho más chica que la vez anterior, y las grandes “están todas ocupadas”.

  • El ascensor se detiene veinte centímetros por arriba o por abajo de donde debe.
  • El botiquín es un espejito enmarcado en un pedazo de plástico, con un estante también de plástico que alcanza justo para que el vaso con los cepillos de dientes parezca resistir pero acabe cayéndose. El conjunto cuelga de un tornillo clavado en la pared y se balancea como el péndulo de un reloj descompuesto.
  • Dejan hervir el paraguas demasiado tiempo cuando tratan de hacer café.
  • De las cuatro computadoras conectadas a Internet andan tres. De esas tres, dos se cuelgan. La restante es tan lenta que no se distingue si está funcionando o no.
  • En el placard hay cuatro perchas para tres personas. Rsolvemos que el nene no cuenta y usamos dos perchas cada uno.
  • Durante varias horas diarias se oye lo que parece una vieja hamaca de plaza (ñic, ñic…, ñic, ñic…). Y nadie recorre las habitaciones explicando qué cuernos es en realidad.
  • El encargado debe tener veinte años menos que yo.
  • El colchón se hunde hacia la derecha, mientras que en casa se hunde hacia la izquierda. Así, de noche no sé ni quién soy.
  • Las viejas están más viejas. Las jóvenes están más jóvenes. Ya no queda gente en este lugar.
  • El más revoltoso de los chicos es el mío.
  • Las medialunas de manteca son grasosas. Las medialunas de grasa son mantecosas.
  • El estudiante de hotelería que está haciendo una pasantía ya me habló tres veces de la gran oferta para ir al spa.
  • Los extraterrestres no se convierten en seres entrañables como en “Lilo y Stitch”.
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Estoy en un locutorio con veintipico de computadoras conectadas a Internet, en Mar del Plata, mirando los carteles. Uno ofrece “BOX PRIVADOS” (sic) en el primer piso. Desanima un poco cuando se piensa en recurrir al otro, “CAFE GRATIS SIRVASE USTED MISMO”, justo al lado.

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Así que esto son las vacaciones. Siempre me olvido. Siempre son demasiado cortas para dejar algo más que un rastro débil, demasiado rosa o demasiado negro para corresponderse con la realidad.

Esta vez ocurre algo especial. Tengo pocas ganas de volver al trabajo. No extraño nada de la rutina. Describir el fenómeno me llevaría otro weblog, así que desisto. Dentro de un rato me voy a dormir.

(Llegó la medianoche. En vez de ser el último post del miércoles, este se convierte en el primero del jueves.)

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Mi mujer está resfriada. Yo tengo problemas de estómago. Mi hijo está convencido de que nada es suficiente. Además, hoy llovió. No podía ser de otro modo nuestro primer día en Mar del Plata.

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Pasaba un jarrón por la puerta de casa cuando el martillo, que es un atolondrado, salió sin mirar por dónde iba y lo rompió en mil pedazos.

(…)

Tengo un martillo que no sirve para nada. Es un clavo.

Otro martillo, en cambio, de cabeza blanda y liviana, como gomaespuma, es ideal para martillarse los dedos, porque no duele.

(…)

Un ejército de ingenieros y arquitectos logró dar a las paredes de mi edificio el mayor índice de permeabilidad al martillazo de todo el mundo. Cuando alguien, en cualquier departamento, pega un martillazo, el ruido alcanza simultáneamente y con igual intensidad todos los otros departamentos. El fenómeno, además, mantiene el anonimato del autor: imposible saber de dónde viene tal estruendo.

El bicho peludo

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Interrumpimos nuestra programación habitual para dar espacio a un relato de Mario Levrero, que el autor me envió por email con la autorización explícita para publicarlo aquí, y la aclaración de que todavía es un borrador.

El bicho peludo
por Mario Levrero

Abrí la puerta del apartamento para salir, y se metió rápidamente un bicho negro, peludo; demasiado grande para araña, pensé. Tenía que ser un perro chico, un cachorrito. Cerré la puerta y empecé a buscarlo; se había escondido. Durante un rato no hubo forma de encontrarlo. Al fin, al mover un sillón, salió de atrás a toda velocidad y volvió a esconderse. Me armé de paciencia y seguí buscando, pero me cansé sin haberlo encontrado. Como tenía que salir, salí. Al volver, dos horas más tarde, el bicho seguía escondido. En la cocina puse un plato en el piso y le eché un poco de leche. Me senté en un sillón del living y me quedé quieto, esperando. Desde ahí podía ver la puerta de la cocina, abierta, y el plato en el suelo. En algún momento tendría que aparecer, pensaba yo.

Y apareció, mucho más tarde, moviéndose con cautela; venía desde el corredor que da al dormitorio. Se metió en la cocina pero no le prestó atención al plato con leche. Se movía con rapidez y con gran liviandad, casi como si flotara, explorando la cocina, que sin duda no había podido explorar en mi ausencia porque la puerta había quedado cerrada. Después salió de la cocina y se quedó mirándome cerca de la puerta. Digo que me miraba, pero no sé con qué, tenía tanto pelo que no se le veían los ojos. Hasta me pareció que no tenía ojos. Tampoco llegué a verle patas; parecía que fuese sólo una masa de pelos negros.

Cuando me fui a acostar, cerré la puerta del dormitorio para que no se metiera. Nunca cierro esa puerta porque me gusta que circule bastante aire, y con la puerta cerrada me parece que me asfixio, por más que siempre se cuela alguna corriente de aire entre las junturas de las ventanas. Cuando desperté al otro día, el bicho estaba en la cama, a los pies de la cama, como enrollado sobre sí mismo sobre la frazada. Pensé que lo iba a agarrar dormido, y me pregunté que haría con él cuando lo agarrara. Pero apenas me moví, se movió, y se filtró rápidamente por abajo de la puerta. Es una puerta de madera, y no de metal como la de la cocina, y hay como un dedo de luz entre la parte inferior de la hoja y el piso. Entendí entonces que no era un perro. Era sólo pelo. Después lo pude comprobar, mirándolo al trasluz cuando se paseaba por el alféizar de alguna ventana; no había propiamente un cuerpo, ni patas, ni ojos, ni nada. Tampoco comía ni bebía nada. Y no sé si dormía, o si de noche simplemente se acomodaba a los pies de la cama buscando compañía. Ni siquiera buscaba calor, porque se ponía lejos de mi cuerpo.

Nunca me picó, ni me mordió, ni me hizo daño alguno; pero tampoco hicimos amistad. Siempre que trataba de acercarme, se movía muy rápido para ponerse fuera de mi alcance. Después de algunos intentos, no volví a insistir. Ya vendrá solo, pensé, pero nunca vino.

Mientras estuvo en mi casa, durante un par de años, nadie alcanzó a verlo; ni siquiera la empleada, que venía dos veces por semana, en alguna de sus limpiezas a fondo. No sé dónde se escondería. Mis visitas nunca sospecharon su existencia, ni siquiera las mujeres que ocasionalmente se quedaban a dormir; esas noches el bicho no aparecía en el dormitorio. Y al día siguiente no se mostraba resentido ni variaba en lo más mínimo su conducta de siempre.

Una tarde de verano estaba apoyado en el alféizar de la ventana más grande del living, su lugar favorito. Las otras ventanas estaban también abiertas, por el calor. Hubo un soplo de viento que formó una fuerte corriente de aire en el apartamento y se lo llevó; lo vi alejarse con la ráfaga y después ir descendiendo lentamente hasta que otra ráfaga lo levantaba y lo hacía cambiar de dirección. Yo lo seguí con la vista hasta que dejé de verlo.

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Una cadena curiosa:

Boy George Michael Jackson Browne

¿Encontrará alguien una más larga (no necesariamente de músicos)?

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Me puse las zapatillas de gala y ahí fui nomás, a encontrarme con mi esposa para ver el estreno de “La casa de Bernarda Alba”, dirigida por Vivi Tellas, con escenografía de Guillermo Kuitca, en el San Martín. De elite, evidentemente.

Lo mejor fue el viaje. Para empezar, cuando me metí en la estación Juramento había una especie de escándalo en cámara lenta. El boletero estaba golpeando el vidrio de su cabina con una moneda, rítmicamente, haciendo mucho ruido. Todos miraban a su alrededor. La razón de ese comportamiento no era evidente. Metí el ticket en la ranura número uno, lo saqué de la ranura número 2, pasé el molinete y empecé a bajar la escalera mecánica que lleva al andén. Entonces me di vuelta, porque el ruido seguía, y vi junto a la hilera de molinetes que acababa de dejar atrás a una mujer mayor y bajita que se metía por delante de un hombre alto y gordo, como para impedirle el paso, mientras el hombre levantaba los brazos en gesto de “yo no fui”. Una voz masculina empezó a gritar “policía, por favor”, pero no pude descubrir quién era. Abajo, en el andén, la gente se miraba interrogándose con los ojos, y nadie tenía respuestas. Enseguida vino el subte. Relato sin final.

Un par de estaciones más allá pasó una pareja frente a mí. Él, de pelo negro, vestido también de negro. Ella, rubia, bonita, con tacos altos y pulóver azul. Se sentaron en la siguiente tanda de asientos. La mano izquierda de ella asomaba por la manga del pulóver. La mano derecha no. En realidad, mirando un poco mejor, era evidente que dentro de la manga derecha no había suficiente brazo para incluir una mano. Se sentaron un poco más allá. Él la abrazó. Ella tenía los ojos a media asta, la boca curvada hacia abajo. No pude evitar al menos dos miradas más hacia la amenaza de muñón. Sé que durante un par de días seguiré pensando en las puertas enrejadas de los ascensores, el espacio entre el subte y el andén, las sierras de los carpinteros y más cosas por el estilo. Incertidumbre. Otro relato inconcluso.

(Lo pensé sin querer, mientras caminaba hacia el teatro. Hay gente que se acaba de golpe, terriblemente. He visto casos próximos. Y, terriblemente, hay gente que se acaba de a pedacitos.)

No sé si decirlo, pero a la obra la sala Martín Coronado le queda un poco grande: desde la fila trece no se oye bien. La escenografía va ganando terreno a medida que pasan los actos. Pero algo no termina de cerrar en el tono de las actuaciones: demasiado alto, como para que las actrices deban reventarse cuando quieren aumentar la tensión. No hay caso: crítica sin final. Corto y fuera.

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Siempre, desde chico, pensé que los terrones de azúcar Hileret son hilarantes. Que la marca Georgalos es un modo abreviado de “George Regalos”. Que Harrod’s es una forma complicada de escribir aros, los que se ponen en las orejas.

También, alguna vez, se me ocurrió que la “criollita santiagueña” era una galletita.

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Dos chicos de nueve o diez años, bajitos, traían sendas botellas chicas de Quilmes Cristal y trataban desesperadamente de abrirlas usando las rejas de los departamentos de planta baja. Una de las botellas ya echaba espuma por la tapita metálica torcida. Cuando pasé, me preguntaron si podía abrírselas. Dije que no y seguí caminando. Unos metros más adelante los esperaba una chica tres o cuatro años mayor y tal vez más viva: ella tenía dos Quilmes Cristal, y además en lata. Los miraba con impaciencia. Me di vuelta y noté que de algún modo uno de los chicos había tenido éxito y ya estaba tomando del pico de la botella. A pocos pasos la gente esperaba el 151 como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida. Me vine a escribir esto (como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida).

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Hay un vacío. O dos, pero la suma de vacíos es como la suma de infinitos, siempre da lo mismo.

El oso

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Con la llegada del invierno, el oso abrió la heladera, se comió todo lo que había, preparó la cama cuidadosamente, bostezó de una manera interminable y se dijo que por fin era hora de hibernar.

Estaba levantando la puntita de las mantas para meterse abajo cuando sonó el teléfono. Corrió a atender.

-¡Hola! -dijo la voz de su hermana, que vivía muy lejos, en el hemisferio opuesto-. ¡Acabo de despertarme de mi hibernación! ¡No sabés lo linda que estuvo!

-Me alegro -dijo el oso-. Yo estoy por acostarme ahora.

-¡Ah, siempre me olvido de que estás en otra estación! -dijo la hermana, que lo único que jamás olvidaba era pronunciar los signos de admiración.

-No importa -dijo el oso-. Saludos para los oseznos.

Y cortó. Bostezando otra vez dio unos pasos hacia la cama, y entonces oyó el ruido inconfundible de una carta que el portero deslizaba bajo la puerta de entrada. La curiosidad pudo más que el sueño, así que fue a ver.

Era la cuenta de la luz. Y tenía que pagarla ahora, no podía esperar a que terminara el invierno. De manera que buscó la tarjeta de crédito en uno de los bolsillos más ocultos de su abrigo, fue a la computadora, la encendió, se conectó a Internet y pagó a través de la Web. Los ojos casi cerrados, los bostezos que se sucedían como en un desfile, el sueño intolerable casi le impidieron apagar la máquina. Pero lo logró, y enfiló una vez más hacia las mantas suaves.

Sonó el timbre. Sin abrir la puerta, el oso gritó con su voz de oso:

-¿Quién es?

-Fumigador -dijo una vocecita al otro lado.

-No, gracias -dijo el oso-. Vuelva en primavera.

-Bueno -contestó la vocecita-. Que tenga un buen día.

El oso se arrastró hasta la cama, justo a tiempo para ver que una cucaracha enorme escapaba de entre las mantas y se quedaba a la espera de novedades al otro lado de la cama.

-Creo que debí dejar entrar a ese tipo -dijo el oso en voz alta, cada vez más contrariado.

Dio la vuelta a la cama con toda la velocidad posible, que no era mucha, y consiguió darle a la cucaracha un zarpazo impecable que la estrelló en el piso. Ahora, pensó, debería limpiar el lugar. Pero ya no, imposible, tenía demasiado sueño.

En el momento de empezar a meterse entre las mantas sintió una corriente de aire helado y miró hacia la ventana. La persiana estaba impecablemente clausurada, pero uno de los paneles corredizos había quedado un poquito entrabierto, de manera que tuvo que levantarse para cerrarlo del todo.

Ahora sí, se metió en la cama y empezó a tirar de las mantas para taparse hasta las orejas. Sin embargo, algo andaba mal. ¿Cómo podía ver todo lo que ocurría si la casa debía estar a oscuras para que él pudiera dormir?

Qué tonto: se había olvidado de apagar la luz. Tenía que levantarse una vez más, y en cuanto lo hiciera, seguramente, alguna otra cosa lo iba a interrumpir, y así no conseguiría hibernar nunca.

Un momento, se dijo, sorprendido con lo que se le acababa de ocurrir. Caramba. Yo soy un oso. No tengo heladera, ni computadora, ni teléfono. No me llegan cuentas de la luz, ni vienen fumigadores. Tampoco hay porteros por aquí. Ni persianas, ni, ya que estamos, ventanas siquiera. Vivo en una cueva, en medio del…

-¡Ya sé! -dijo el oso en voz alta, aliviado-. ¡Debo estar soñando!

Y con eso se despertó, abrió los ojos lentamente y aspiró hondo. Una rendija de luz en la entrada de la cueva le permitió descubrir que, allá en el mundo exterior, acababa de empezar la primavera.

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Open Content Network: “We are in the process of creating the Open Content Network, which aims to be the world’s largest content delivery network (CDN).

“Users will soon be able to download open source and public domain software, movies, and music at incredibly fast speeds from this global, distributed network.

“Using a new Peer-to-Peer technology, called the ‘Content-Addressable Web’, indviduals will be able to contribute to the open source movement by donating their spare bandwidth and disk space to the network.

“Note: Contrary to what some articles may say, the OCN is not a file sharing network like Kazaa. Rather, it is a controlled content delivery network for open source and public domain content.” (Vía Pub-Forum.)