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En Buenos Aires zafamos de la tormenta de Santa Rosa. La había anunciado el Servicio Meteorológico Nacional, pero más el verano exagerado de los días anteriores. Tanto calor, tanta humedad debían terminar en una catástrofe de agua, viento, cortes de luz, granizo, evacuados, titulares, de todo. Pero no. Llovió un poco, claro. Bajo la temperatura, un montón. Hasta ahí. A las pocas horas había vuelto el invierno y estábamos libres de culpa y cargo. Algo al fin por lo que no tenemos que pagar demasiado.

(…)

Camino por la Avenida Crámer. El aire está fresco, picante. El cielo, empapelado con nubecitas decorativas y un azul estridente. Hace el frío necesario para que los músculos se activen, los pulmones revivan, el cerebro no tenga otro remedio que acusar recibo del mundo exterior. Da la sensación de que se vive más así, se puede absorber más, hay otro contacto con la realidad. Me pongo a pensar en describir esto en una pequeña pieza literaria, en realidad me pongo a elaborar un final cínico para esa pequeña pieza literaria, que debería tener más o menos esta forma: “Camino por la Avenida Crámer. Intento hacer eso, aquello, lo otro (aire limpio, sentirme vivo, bla bla bla). Pero no puedo.” Sin embargo, no lo voy a escribir así, sería mentira: no estoy intentando nada, excepto tramar algo que tal vez escriba. Las señales del exterior disparan señales internas, y las señales internas acaban por relegar las otras a un segundo plano.

(…)

Mientras tanto, ese chico de once años está paralizado, con la boca abierta, las pupilas dilatadas, las manos en el aire, contemplando durante un minuto entero el afiche erótico de la cerveza Brahma.

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Ya no hay tormentas de Santa Rosa. Sólo quedan tormentas de Santa Rosca.

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Después te cuento con detalle, pero quería adelantarte que fue impresionante. Algo que no se puede describir en dos palabras. Por eso lo dejo para más tarde, cuando tenga tiempo de mandarte un mensaje largo y completo. Lo único que quería decirte ahora es que no te podés imaginar la sorpresa, hasta qué punto todo era diferente, a la vez mejor y peor, pero más que nada inesperado. Pensé mucho en cómo contártelo, y llegué a la conclusión de que lo mejor era por escrito, incluso empecé un relato torpe y desmañado, demasiado rápido, que inmediatamente borré (qué suerte esto de las computadoras, que permiten borrar sin dejar rastros), prefiriendo la posibilidad de empezar de nuevo en otro momento, cuando la situación, sobre todo mi situación interna, lo permita, y cuando las sensaciones se hayan asentado lo suficiente como para ser más objetivo, más claro, más preciso. Ya estoy saboreando la primera frase de ese relato pendiente, que tengo casi completa en la cabeza pero no me atrevo a escribir todavía, no mientras no pueda continuarla con la segunda frase, que por ahora es sólo una sombra en el fondo de mis ideas, en ese sitio donde se mueven los fantasmas y uno apenas puede empezar a reconocerlos, y la tercera, que apenas me atrevo a soñar aunque sé de una palabra que sin duda va a estar ahí, y la cuarta, de la que definitivamente lo ignoro todo. Así que te pido paciencia, que confíes en mí, que esperes. Todo va a llegar, y llegaría antes si tantas cosas no se interpusieran en el camino: trabajo tal vez, tan útil como excusa y tan poco creíble cuando lo que está en juego es así de importante y perentorio, pero también la necesidad de algún procesamiento privado, en soledad, antes de largar el tema hacia afuera. Ahora no puedo profundizar; peor aún, me siento incapaz de hilvanar las ideas, los retazos de ideas, los átomos que forman esos retazos de ideas, los quarks que de alguna forma construyen partículas elementales que, en una complicación creciente, edifican esos átomos. Y, en definitiva, por encima de lo demás, como algo que se interpone entre mi intención de hacer la crónica y su concreción, lo que pasa (y ahora mismo miro el reloj, lo miro de reojo con un poco de temor mientras te escribo esto, con un tercio de mi atención en las agujas, otro tercio en los dedos que bailan sobre el teclado y otro tercio, todavía, en la descripción de los eventos sobre los cuales te escribo), lo que pasa, te decía, es que estoy apuradísimo.

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“The sickening champagne and caviar lifestyle being enjoyed by Earth Summit delegates was exposed yesterday. They are gorging on mountains of lobster, oysters and fillet steak at the Johannesburg conference — aimed at ending famine.” (The Sun Newspaper Online)

Novela de aventuras

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Estoy en un mundo que no es el nuestro. Puede ser la Tierra, pero en todo caso se trata de una Tierra paralela, o de otra época. Llegué aquí sin proponérmelo, arrastrado por un fenómeno natural (una grieta en el espacio-tiempo, el paso veloz de un agujero negro, algo así) o artificial (una máquina que funcionó mal), o tal vez psicológico (una alteración de la conciencia que afectó la realidad).

Este mundo es en casi todos los aspectos idéntico al que conocemos. Hay arriba y abajo, el cielo es azul, la atmósfera respirable. Hay reino mineral, reino vegetal, reino animal. Hay seres humanos. Sorprendentemente, se habla mi idioma. Es primavera, por lo menos en el sitio donde he venido a parar.

Sin embargo, algo difiere por completo de lo normal. Puede ser que los animales hablen. O que haya otra especie inteligente, coexistiendo con los humanos. O que la magia sea verdadera. O que telepatía, telequinesis, precognición sean cosa de todos los días. Esto, que debería alterar profundamente la estructura física del universo, no lo hace. Habrá sin duda alguna ley fundamental que corrija las cosas para dar cabida a semejante realidad.

Por lo demás, se trata de un mundo semi rural, anterior a la revolución industrial. Las pocas ciudades son centros de comercio donde todo el mundo está enfermo y tiene los dientes podridos. Casi toda la gente vive en pequeñas aldeas o casas escondidas en medio del bosque. Hay posadas donde por una moneda se puede comer, beber y dormir en una cama a la que de noche atacan los merodeadores nocturnos.

Al principio soy completamente ignorante. No sé nada del sitio en que estoy. Pero unos pocos encuentros afortunados me enseñan todo lo que necesito. Pronto estoy al tanto de la geografía, las costumbres, los peligros que me rodean. También obtengo ropas adecuadas, una personalidad falsa que me ayude a pasar inadvertido. Y, sobre todo, varios compañeros de aventuras.

Lo único que me interesa es volver a mi mundo. Pronto descubro que para lograrlo debo hacer un largo recorrido. Una búsqueda, tal vez, o el viaje al otro extremo del continente. La mayor parte del recorrido deberá ser hecha a pie, afrontando riesgos impensados. El objetivo es encontrar a alguien que me ayudará a regresar; o tal vez reunir ciertos ingredientes, plantas o minerales, para crear una poción mágica; o atacar y vencer a ciertos seres despreciables.

Me pongo en marcha, junto con mis compañeros. Son unas pocas personas (el término puede incluir no humanos), valientes, nobles, que desean ayudarme en mi emprendimiento pero también tienen sus propios objetivos. Lo más probable es que alguna profunda injusticia de su mundo los movilice, y que al acompañarme puedan alcanzar un modo de remediarla. O que simplemente empiecen escapando de algo terrible; pero aún en este caso, la huida se irá transformando lentamente en la búsqueda de una victoria sobre sus malvados enemigos.

De a poco, los objetivos de mis acompañantes se convierten también en los míos. Que se entienda bien: sigo deseando el regreso a mi Tierra por encima de todo, pero la ética me obliga a posponerlo hasta haber resuelto los problemas de esta otra Tierra.

Un episodio central es el encuentro con una mujer de la que me enamoro, y que también se enamora de mí. Hay idas y vueltas, malentendidos, sentimientos encontrados. Pero de una u otra forma el romance estalla como un sinfín de fuegos artificiales y se convierte en un ingrediente central del resto de la aventura.

La cantidad de obstáculos, problemas, reveses, crece en función del número de páginas que ocupa la novela. Pero el momento cumbre llega, irremediablemente. Diezmados, agotados, casi sin recursos, logramos por último nuestro objetivo, probablemente por medio de una combinación de fuerza e inteligencia, picardía y nobleza.

Hay una escena conmovedora y esencialmente insoluble. Mi enamorada y yo pertenecemos a mundos diferentes. Si queremos seguir juntos, uno de los dos deberá abandonarlo todo. La cuestión puede zanjarse de diversas maneras, pero una bastante probable es que los acontecimientos terminen forzándome a volver, abandonándola allá. Esto, desde ya, no es definitivo. En una última escena me encuentro investigando cómo abrir un camino que comunique con el mundo de mi aventura, de ida y vuelta, una y otra vez, a voluntad. Así queda abierto el campo para el segundo volumen de la saga.

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Quedamos en hablar por teléfono para ver cuándo nos encontramos para arreglar el día en que podré visitarlo para que me diga cuando y dónde me va a entregar unos cheques cuya cantidad, monto y fecha son todavía temas que no hemos empezado a conversar.

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Estaba haciendo mis tareas habituales en la computadora cuando apareció el temido anuncio: “Warning: Data Overflow!” Miré hacia la máquina y era cierto. Ahí empezaba a asomar el charquito de datos, por una esquina del gabinete.

De inmediato apagué todo, para que no se crearan más datos, y retiré la carcaza del gabinete. Por supuesto, el bidón de datos estaba repleto. Chorreaba. Fui corriendo a la cocina a buscar un jarro y una esponjita. Con la esponjita me puse a juntar los datos derramados y a echarlos cuidadosamente en el jarro. Hice el mejor trabajo que pude, dadas las circunstancias, y considerando el molesto temblor que el pánico suele producirme en las manos. Cuando terminé con la parte derramada, saqué el bidón del gabinete y eché un chorro más en el jarro, para evitar cualquier accidente posterior.

Conté la plata que me quedaba. Alcanzaba bastante justo, pero no podía hacer otra cosa, así que fui a un negocio que queda a la vuelta y compré un bidón más grande. Volví. Saqué el bidón viejo y probé el nuevo: la medida ideal. Con infinita paciencia y cuidado trasvasé dato por dato, gota por gota, todo el contenido del bidón viejo en el bidón nuevo. Después agregué lo que había metido en el jarro. La buena noticia era que todavía quedaba cosa de un cuarto de bidón libre. La mala noticia, como siempre en estos casos, eran los restos de humedad que aquí y allá indicaban pérdida irremediable de información.

Encendí la máquina. Funcionaba. Puse la carcaza en su sitio. Y así estoy ahora, trabajando con temor, esperando descubrir dónde falta algo, qué fragmentos del universo que guardo en mi computadora han desaparecido para siempre.

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Esta mañana, a las siete y media, mirando perdidamente en una dirección que pasaba junto a la cabeza de mi mujer, atravesaba la ventana del living, se extendía a través del centro de manzana y de la línea de edificios bajos que dan sobre Blanco Encalada, una dirección que entraba sin darse cuenta por otra ventana de otro living, de pronto vi un televisor encendido. Era un rectángulo de luz cambiante, mucho más pequeño que la luna pero con más brillo. A esa distancia no pude reconocer nada, no sólo en la pantalla sino en la habitación donde estaba esa pantalla, que para mí resultaba del todo invisible. Pero así y todo era un objeto hipnótico.

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Graciela Pochiero me envía sus aportes a la serie “Camina como”, que empecé aquí, y que Jorge Varlota siguió aquí. Esto escribe Graciela:

Camina como si buscara sus pisadas

Camina como si no estuviera llorando

Camina como en contra de la lluvia

Camina como si allá adelante hubiera algo

Camina como en blanco y negro

Camina como si fuera un juego

Camina como si todavía tuviera pies

Camina como nunca nadie camina

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Las pistas están siempre ahí. Pero yo las entiendo diez años más tarde.

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Ayer armé tres paginitas con chanzas que fui posteando en este weblog (qué cosa las palabras; “chanza” siempre me sonó a “chancho”; “postear” a “bosta”; tal vez sea una obsesión). Bueno, esas páginas están en la sección Palabras y otros inventos del sitio, y son:

  • Respuestas para acertijos que tal vez nunca llegue a inventar (“Alberto, porque Bernardo le cae mal a Claudia, y Edelmiro no usa chaleco los viernes.” Un motivo por el que esto me gusta es que, tras leerlo, en algún weblog se escribió que La Mágica Web es “demasiado matemático”, o algo así).
  • Refrases (“El pez por la boca muerde.” Esta incluye aportes de quienes hicieron comentarios a mis posts).
  • La hora del payaso (“El capitán se hunde con su barco. El capitán de la industria, con su banco.” Esta también tiene algún aporte de amigos, pero menos).

Supongo que reciclar justamente la parte más liviana y tranquila del weblog es un modo de combatir los bajones.

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Traducción automática

Esta página en supuesto inglés, sobre un grupo musical, es una joya de la traducción automática. Y está publicada en serio, como si no contuviera tantos chistes excelentes. Tres ejemplos:

“The group touches to subjects of the best groups of gypsy music”

“Ivan Dimitrov (Gadulka) It was born in Bulgaria”

“L’Orkestina tries to disclose and to make to the public each one accessible of these styles creating a playful atmosphere and améno.”

(Gracias a Marcial Souto por el link, y por descubrir esta música.)

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Hay cosas que no se hacen. Irse a dormir masticando un chicle es la más estúpida que se me ocurre en este momento.

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De noche, en la cama, con los ojos cerrados, las cosas parecen estar más cerca.

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El monstruo que duerme abajo de mi cama tiene la costumbre de roncar. A veces, cuando lo pincho con una varilla de metal para que se calle, reacciona con un zarpazo o un mordisco. Pero en general se limita a gruñir y darse vuelta, para seguir roncando un minuto más tarde.

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Estaba remando de regreso cuando me empecé a despertar. Primero desaparecieron los remos. Luego la sensación de movimiento. Por último, el bote. Abrí los ojos justo antes de caerme al agua.

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Cuando a un chico se le cae un diente viene el Ratón Pérez y le deja algo de plata. En cambio, cuando a un adulto se le cae un diente (y en esto nos pusimos de acuerdo Marcial Souto y yo, hace un rato, hablando por teléfono), viene una rata gris amarronada, recién salida de las cloacas, y le deja una horrible factura del dentista.

Hablan

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Hablan. El bebé llora. Él y ella hablan. Y el bebé llora. Siguen hablando, los dos, frente a frente en la mesa del bar, mientras el bebé llora con suavidad en el cochecito, un poco más cerca de ella que de él pero lejos de ambos. No dejan de hablar, ni él ni ella. No deja de llorar, el bebé. Hablan un poco más, otro poco más. Llora un poco más, otro poco más. Qué otra cosa tienen por delante más que hablar. Qué otra cosa tiene por delante más que llorar. Ya casi estamos en setiembre.

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Hace más de seis meses que empecé este weblog. Ya no cumplo con aquella especie de compromiso, que asumí conmigo mismo al comienzo, de agregar algo todos los días. Pero es cada vez más fuerte la sensación de que sin el weblog me faltaría algo importante, muy difícil de explicar.