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Los diarios tienen tantas formas de abrumarnos, aunque sólo sea por la cantidad, por las montañas de papel entintado, las pilas que se forman en un parpadeo y luego no hay huevos suficientes en el mundo para envolver con tanta hoja inútil. Eso sin contar las noticias, las opiniones, las encuestas, los chistes, los avisos, la maraña en la memoria que produce todo aquello que dejamos para leer otro día y luego no encontramos más.

Pero hay otro modo en que nos pueden abrumar. Hoy salió el número cinco mil de Página/12. Es absurdo. Muy diferente de La Nación, o incluso Clarín, que empezaron a salir cuando yo todavía no leía diarios. Nada quer ver. Me acuerdo muy bien de la época en que empezó Página, lo asocio a momentos de mi vida. Y lo que me abruma es que desde entonces hayan pasado cinco mil días. Cin-co-mil. (Más en realidad, porque durante casi todo este tiempo Página salió sólo seis veces por semana.)

Por algún motivo, pensar que pudieron salir ochocientos números de un semanario no me alteraría tanto. Es la fuerza bruta de ese cinco mil, aplicado a lo que parece ser mi memoria más reciente, lo que termina de paralizarme.