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Déjá vu

¿Qué diferencia hay entre caerse del décimo piso y caerse del primero?

Que cuando uno se cae del décimo hace así:

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa… Pum.

Y cuando uno se cae del primero hace así:

-Pum. Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…

Luis Pescetti contaba este chiste el año pasado, en su espectáculo. También lo puso en un disco, “El vampiro negro”. Era uno de nuestros favoritos: Gabriel y Susanne se reían, yo volvía a contarlo cuando había oportunidad.

Pero ahora estoy lejos de ese chiste, lejos de Pescetti, sobre todo lejos del año pasado. Con mucha lentitud, sigo digitalizando los videos de la primera vez que fui a Europa, en 1991. Esta semana, por ejemplo, estoy en la Alhambra. Es un 23 de mayo, un día de sol, caluroso. La cámara gira, enfoca, desenfoca, cargando la cinta con mosaicos, columnas, patios perfectos. Es un viaje en la máquina del tiempo. Es magia. Hay momentos así:

Fotografía por Eduardo Abel Gimenez

Así:

Fotografía por Eduardo Abel Gimenez

Así:

Fotografía por Eduardo Abel Gimenez

Los ruidos son sorprendentes. Dos andaluzas pasan junto a mí diciendo cosas ininteligibles. El agua que corre suena a bolsitas de plástico. Hay pájaros, había pájaros en la Alhambra ese día y yo no los recordaba, y todavía están cantando.

Detrás de mí (detrás de aquel yo que estuvo en La Alhambra hace once años y medio) hay un grupo de franceses. La cámara no los ve, pero quedan grabados. Se ríen. Uno de ellos empieza a contar algo en voz alta, demasiado alta para el estándar de este sitio, algo que no entiendo porque no sé francés. Y de pronto hace así:

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa… Pum.

Siento unas cosquillas en la espalda: la espalda, para ciertas cosas, es más rápida que el cerebro. La cámara, mientras tanto, quedó hipnotizada en este sitio:

Fotografía por Eduardo Abel Gimenez

Suena otra rápida frase que, ahora sí, casi comprendo. Y enseguida:

-Pum. Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…

Y la Alhambra ya no volverá a despegarse en mí de este nuevo viaje, este loop imprevisto, esta pieza de un rompecabezas que siempre estamos armando y no nos damos cuenta.