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Eran las ocho de la noche y estaba lloviendo cuando fui a tomar el 151 rumbo a Palermo. Me tocó uno de esos colectivos que tienen pocos asientos adelante, la puerta de salida en el medio y una acumulación de asientos atrás. Los de adelante estaban casi todos ocupados, así que me fui al fondo, a sentarme en la penúltima fila.

Justo frente a mis ojos estaba la nuca de un hombre joven, rapado, vestido con remera blanca. En la base de esa nuca había tatuado un ojo, bastante realista, que me miraba mientras su dueño hablaba por celular.

-Estoy yendo para allá -decía-. No estoy llegando, pero estoy yendo.

Mientras tanto, era imposible dejar de mirar ese ojo. Más todavía, tuve que imaginar a una mujer (o a otro hombre) que acariciaba esa nuca, ese cuello, acercaba la cabeza lentamente como parte de un abrazo hasta apoyar la barbilla en el hombro, entrecerraba los ojos, miraba un poco hacia atrás y hacia abajo y descubría de pronto un dedo en ese ojo sorpresivo, un dedo aparentemente embadurnado de fluido ocular, y entonces gritaba de asco y temor, se alejaba a los saltos, destruía para siempre todo posible contacto.

-Estoy en el colectivo -decía el del ojo mientras tanto-. Voy para allá. Llegaré en unos diez minutos.

Entonces alguien se puso de pie más adelante, dejando libre el mejor asiento, el que queda justo tras la puerta del medio. Me mudé enseguida, un poco por el ojo y otro poco por la charla telefónica.

Diez cuadras después, la charla telefónica todavía continuaba, aunque desprovista de sentido por la mayor distancia y los ruidos del colectivo:

-Lero lera -sonaba- lerio yo uagaba rundia leroso yo única la verdad…

Hablaba todo el tiempo. Casi no paraba, como un mal actor que simula una conversación sin tomar en cuenta la otra mitad. El interlocutor del portaojo debía ser un experto de video game, de esos que consiguen acertar sus disparos (sus monosílabos) en los huecos de un píxel de ancho que deja la armadura enemiga.

-Luria lemiria sebande malcata vendría…

Pasaban las cuadras. También seguía lloviendo.

(…)

La charla terminó en la esquina de Niceto Vega y Bonpland. El silencio telefónico duró muy poco, el tiempo que tardó en sonar el celular de una mujer que se había sentado junto a mí.

-Hola -atendió.

Silencio.

-¿Viste? -dijo.

Silencio largo.

-¿Viste?

Silencio.

-Sí, sí.

Silencio, doble silencio.

-Viste.

Silencio. Tuve la impresión de que estaba presenciando, en diferido, el otro lado de la conversación anterior. Pero no, esta era demasiado breve:

-Bueno, te veo ahora -dijo la mujer, y cortó.

Enseguida llegamos a Scalabrini Ortiz, donde yo tenía que bajar.

(…)

Cruzando la calle delante del colectivo, que se había parado en el semáforo rojo, venían dos chicos. Uno le advertía al otro:

-No le toques la cola, eh. Cuidado. No le toques la cola.

Eran cartoneros. Llevaban un enorme carrito de supermercado muy cargado de papel. La cola en cuestión también esperaba el cambio de luz del semáforo: era la de un taxi.

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The Rosetta Project. “The Rosetta Project is a global collaboration of language specialists and native speakers working to develop a contemporary version of the historic Rosetta Stone. In this updated iteration, our goal is a meaningful survey and near permanent archive of 1,000 languages.” (Vía LA GAzEttA.)

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En armonía perfecta, como cuerpo y espíritu indisolublemente ligados, el conductor de la F100 exhala por la ventanilla una bocanada espesa de humo de cigarrillo y la camioneta exhala por el escape una nube de monóxido de carbono.

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“Hay agentes que merecen un ascenso”, me escribe Jorge Varlotta.

“La tapa corresponde al libro Marcados por la muerte, novela policial de Brett Halliday; editorial Zig-Zag, Serie El Sabueso, Chile, sin fecha (probable principios de la década del 50). Portada de Charles Burlacov.”

Tapa del libro Marcados por la muerte

Y ahora el detalle. “Obsérvese al policía”, dice Jorge, “tranquilamente parado sobre un charco de sangre, iluminando el culo de una mujer que se aleja.”

Detalle de la tapa del libro Marcados por la muerte

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¿Cuál es el colmo de un plomero?

Tener un hijo chorro.

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Algo le faltaba a la esquina de Mendoza y Crámer. Al pasar casi cada día notaba un vacío indefinido, una especie de hueco que aún no había adquirido la forma de aquello que debía llenarlo. A diferencia de otras esquinas, esta parecía incompleta, difusa.

Hoy llegó el alivio, se resolvió el misterio: entre los autos, con un ojo en el semáforo y el otro en su arte, apareció un malabarista.

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La calle está llena de afiches de De la Sota con cara de estar frente a un espejo practicando expresión de “estoy muy satisfecho conmigo mismo”.

O tal vez la expresión sea verdadera, y su satisfacción evidente se deba a que encontró un modo de escapar de su absurda candidatura (o precandidatura, o como la llamen). Esto le daría sentido a la frase que, junto a su cara, domina el cartel: “¡Sí, hay salida!”

(Aunque muchos opinan que la frase se refiere a otra cosa, que no agrega nada nuevo, y que la salida es Ezeiza.)

Escaleras

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Se había cortado la luz y yo tenía que subir hasta el décimo piso. Las escaleras parecían poco amistosas: cada tramo un semicírculo estrecho de dieciséis escalones negros encerrados entre dos paredes, muy angostos a la derecha, un poco más anchos a la izquierda, con una lucecita de emergencia de esas que parecen lunas cilíndricas, pálidas, tuberculosas.

El primer tramo sirvió para ir tanteando el terreno, y más que nada los músculos de mis piernas, aquellos que normalmente reconozco y también los que sólo anuncian su presencia en casos como este. Adopté un ritmo lento, tranquilo, sabiendo que las cosas se iban a complicar progresivamente.

En el segundo tramo me crucé con dos embarazadas, panzas enormes en primer plano, que bajaban con muchas precauciones mientras mantenían una charla que sólo dos embarazadas podrían tener:

-Las zapatillas pesan como medio kilo.

-Sí, la ropa es liviana, no te das cuenta. Pero las zapatillas…

-Sí, como medio kilo pesan.

Las voces se perdieron en la distancia cuando encaré el tercer tramo. Hacía calor. Y estaba húmedo, con ese tipo de humedad que ablanda los pocos billetes que uno lleva en el bolsillo y los deja aún menos valiosos de lo que suelen ser.

En el piso tres había, con esas deliciosas simetrías de la realidad, exactamente tres personas. Un niño, su madre y otra mujer de mayor edad. La madre decía:

-¿Pero cómo no vas a poder subir? Si hasta la abuela Amalia subió.

-No sé, hija, no sé -respondía la mayor.

Era un ejercicio de previsión del futuro, el deporte favorito de los humanos, sobre todo de los que bajan escaleras sabiendo que el camino de regreso será mucho peor. Porque estaban bajando, aunque de momento no lo noté. El chico llevaba una linterna, y se mantenía callado mientras apuntaba hacia mí: durante un segundo mis ojos fueron el blanco, antes de que decidiera que los escalones eran más interesantes.

Entre el tercer piso y el cuarto me empecé a sentir solo. No había otras voces. No había movimiento salvo el de mis piernas que con paciencia exasperante avanzaban hacia arriba, mientras el sudor descendía.

No hice una pausa en el cuarto piso. Seguramente fue un error. Ya un poco apunado, me detuve en el quinto, al pie del tramo de escaleras que llevaba aún más alto. Ese era el momento oportuno para que apareciera alguien más en dirección contraria, alguien que me diera la excusa para esperar otro segundo, alguien que me distrajera del aliento dificultoso, las piernas en actitud de protesta, la angustia que asomaba su lengua asquerosa. Y sin embargo no aparecía nadie. Era lógico: a mayor altura, menor probabilidad de encontrar vida.

El sexto piso era un páramo. En el extremo del largo pasillo, donde no tendría que ir porque la escalera seguía enroscándose sobre sí misma, allá donde la falta de luz era más evidente, había una vela encendida, apoyada en el suelo. Parecía la última estrella en ponerse, preparando una noche negra e interminable; en el aire quieto y escaso, no titilaba.

Las luces de emergencia de las escaleras estaban más pálidas, más distantes a pesar de que las paredes parecían haberse estrechado. Sí, sin duda el próximo tramo era más angosto que los otros, mientras mis pulmones requerían espacios mayores, y se creaba la ilusión de una mayor altura. El mundo, o lo que quedaba del mundo por encima de mí, se estiraba hacia arriba para hacer las cosas más difíciles.

Entre el séptimo y el octavo el aire era decididamente tenue. Pensé en sentarme en uno de los escalones, pero me disuadió el temor a no poder levantarme otra vez. Había rumores en alguna parte, no de voces sino de cosas, entidades que se arrastraban con un lamento grave, extendido. Algo como el canto de las ballenas pero seis octavas más bajo y desesperado.

El calor iba en aumento. La única forma de conseguir un poco de brisa era moverme con más rapidez, y eso estaba fuera de cuestión. Subí un escalón y me detuve. Miré hacia arriba, más allá de la mirada sin párpados de la luz de emergencia, al agujero negro que me esperaba: había un reflejo rojizo, tal vez otra vela en el suelo más allá de la próxima curva. O tal vez un signo de que en aquella dirección, en las alturas, estaba el infierno.

No recuerdo nada del tramo entre el octavo piso y el noveno. Nada. Se borró de mi memoria. Tal vez levité sin darme cuenta, porque tampoco sentí el trabajo extra de piernas, pulmones y otros centros de dolor distribuidos por todo el cuerpo.

En el noveno casi no se podía respirar. El calor venía de más arriba, estaba seguro, pero también de mi interior. Dos infiernos, contando el mío propio. Y nadie con quien compartirlos. Apoyé una mano en la pared y conté mentalmente los dieciséis escalones que faltaban para llegar al décimo. Iba a ser tan poco el premio si los trepaba, si sufría lo necesario para avanzar uno por uno, piedra negra tras piedra negra; iba a resultar tan poco satisfactorio cumplir con la obligación de llegar al décimo piso, que tal vez fuera mejor abandonar, bajar otra vez a regiones más amistosas. Subir hasta el noveno había sido como estirar un elástico cada vez más tenso, y ahora la tensión parecía haber llegado al límite. El elástico tiraba hacia abajo, y yo me había quedado sin fuerzas. Pero rendirme en ese momento sería una derrota. No tenía derecho a hacerlo. Nadie me lo perdonaría, empezando por mí mismo, el menos perdonador de mis críticos.

De manera que ahí me quedé, aspirando hondo, con los billetes humedecidos en un bolsillo pegado al cuerpo, mirando la próxima luz de emergencia, con un pie en el primer escalón y la frente apoyada en el antebrazo, tratando de ya no pensar, sudando, tembloroso, esperando una decisión que tal vez nunca pudiera ser tomada.

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“La música infantil debió recorrer más que el proverbial largo camino para llegar hasta aquí. Esto es más abierto, más amplio que la música que oye la mayoría de los adultos. Si todos los adultos escucháramos esta variedad de músicas, el mundo sería mejor. Pero tal vez necesitemos que nos digan que es música infantil para aceptarla.”

Me tiré a la pileta y empecé a hacer reseñas de discos en Imaginaria. De música infantil, claro. La primera sale en el número que se distribuye por email esta noche, y corresponde al último disco de Los Musiqueros, Canciones colgantes. Lo de arriba es el último párrafo que escribí. Incluí tres citas de audio en MP3. Espero seguir con una reseña cada dos semanas. Cruzo los dedos.

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Si todo el mundo escribiera con los pies firmes en la tierra, la mirada fija en el camino a seguir, contemplando la huella fértil de quienes han pasado antes y cuidando la otra huella, indeleble, que quedará atrás, aspirando la atmósfera profusa de cada sitio recorrido, sin ignorar lo que inevitablemente se adhiere paso a paso, transportando consigo la esencia básica de cada calle, cada vereda, cada baldosa; en ese caso, el tema central de la literatura sería la caca de perro.

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Alguien duerme cada noche con la cabeza a treinta centímetros de la mía. Ahí respira, ronca a veces, sueña con cosas que nunca sabré. Ahí tiene insomnio, da vueltas, cambia la almohada de posición, recuerda unas cosas y olvida otras. Ahí vive un tercio de su vida, siempre a treinta centímetros de mí, casi tocándome.

No conozco a esa persona. Nunca la vi. Tampoco conozco la habitación donde duerme, y lo más probable es que no llegue a conocerla. Nos separa una pared de ladrillo hueco, una pared frágil, que podría romper a martillazos en unos minutos. Nos separa una cordillera, un océano, un universo entero condensado en treinta centímetros.

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La agujereadora eléctrica que están usando a unos dos metros por encima de mi cabeza suena como un animal enorme y muy dolorido.

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Entre el spam y los virus, el email se está poniendo bastante pesado. Con un nuevo bicho dando vueltas, el Bugbear, y con los diversos Klez todavía sueltos, en las últimas 27 horas me llegaron 109 advertencias de mi servidor de que recibí virus o los envié (esto último falso). Es una suerte que haya antivirus en el servidor, pero esas advertencias son inútiles cuando los virus falsifican el remitente. Acabo de desactivar los avisos del servidor (con un truco que me pasó la amable gente del servicio técnico).

El spam es otra historia, mucho más difícil de filtrar. Todavía guardo el spam que recibo (nunca se sabe cuándo, ni en qué casos, llegará la hora de la dulce venganza), aunque estoy pensando seriamente en dejar de hacerlo. Durante septiembre me enviaron 1087 ejemplares de spam, la gran mayoría en HTML, con imágenes incluidas, attachments, etcétera, etcétera, etcétera. Esto significa un promedio de 36 por día, tal vez el doble de un año atrás.

Hay agoreros que anuncian el final del email como medio de comunicación. Ahora no encuentro los links, pero en estos días vi un par de notas al respecto. Tal vez tengan razón.

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El camino más corto entre A y B es tener ganas de ir.

El camino más corto entre A y B es una ilusión de quienes todavía no lo empezaron.

El camino más corto entre A y B depende del universo aceptado por quienes obligan a marchar.

El camino más corto entre A y B puede ser infinitamente largo.

El camino más corto entre A y B evita los sitios con sol.

El camino más corto entre A y B no tiene relación alguna con este teclado, este monitor, la habitación en que me encuentro y donde paso la mayor parte de cada uno de mis días.

El camino más corto entre A y B no es unidimensional, pudiendo A y B ser, por ejemplo, puntos opuestos de una esfera.

El camino más corto entre A y B no necesariamente es transitable.

El camino más corto entre A y B no me gusta.

El camino más corto entre A y B no es el camino más corto entre B y A.

El camino más corto entre A y B es el menos transitado.

El camino más corto entre A y B es el que desvela a taxistas y matemáticos, por razones opuestas.

El camino más corto entre A y B está prohibido.

Hice este juego para una revista

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Hice este juego para una revista. Como tuvieron que pasarse a un papel horrible, en el que los fondos negros salen mal, no lo van a publicar. Por suerte en la Web el papel sigue siendo bueno, así que lo puedo poner aquí.

Uno de estos botones aparece dos veces, otro aparece tres veces, otro cuatro, otro cinco y otro seis. ¿Cuáles son?

Imagen por Eduardo Abel Gimenez

Solución