Mi máquina del tiempo sólo funciona cuando no me doy cuenta

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Mi máquina del tiempo sólo funciona cuando no me doy cuenta. Me distraigo, llevo algo así como una vida normal, con lo que haya de vida y lo que haya de normal, parpadeo unas veces con los ojos llenos de polvo y pantalla, y cuando levanto la vista para ver el calendario descubro que lo hizo otra vez, que se puso en marcha sin avisarme y sin mi consentimiento. Pero es tarde para quejas. Como tantas veces, sólo me queda decir:

-Caramba, ya pasó otro año.

Era un día nublado, como hoy

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Era un día nublado, como hoy, pero no llovía. Caluroso, también, al estilo del viernes pasado. Lo especial podía haber sido que K cumpliera veinticinco años, pero no, eso pasó de largo. Si el día merece ser mencionado es porque fue entonces que, debido a un accidente incomprensible, K viajó hacia atrás en el tiempo. Nada doloroso, dijo, al menos en lo corporal. Las leyes de la física, tan misteriosamente asociadas a las convenciones humanas, hicieron que se trasladara a lo largo de un siglo exacto, hasta 1902.

Días nublados o no, calores o fríos, cumpleaños, domingos o feriados, la cuestión es que nunca se repitieron las condiciones iniciales del accidente temporal, de manera que K no pudo regresar. Vivió largamente, a sol y a sombra, en una época que no le correspondía. Murió en 1954, el año de mi nacimiento, como si eso tuviera algo que ver.

El diario de mañana tal vez fuera creíble, pero ¿el diario de dentro de un siglo? K encontró difícil convencer a los otros de su origen en el futuro. Apenas lo logró con unos pocos íntimos, particularmente con la familia que esforzadamente llegó a formar. Los demás, siguiendo las reglas propias de estos casos, creyeron que estaba loco o era un farsante.

Frustrado por las dificultades que esto le creaba en su relación con el prójimo, se metió en algunos talleres literarios y tras aprender la técnica indispensable escribió un libro con sus memorias. Lo mandó imprimir por su cuenta y riesgo. Era otoño, las hojas caían con vientos del pasado en una época insegura. Así, uno por uno, casi todos los ejemplares que consiguió pagar se fueron perdiendo sin dejar rastros.

Lo que K lamentó profundamente fue haber aprendido tan poco de historia. Tenía una idea general de lo que iba a ocurrir, pero los detalles se le escapaban: ¿1934 o 1943? ¿Hacia el este, o hacia el oeste? ¿La bolsa de Nueva York? A veces cometía tan gruesos errores en sus predicciones que él mismo dudaba de su cordura. Así que, ya en los años de madurez, optó por cambiar de actitud y disfrutar de la vida; tras quemar el resto de los ejemplares de su libro y divorciarse de su mujer, trepó a un tren de carga y partió con rumbo incierto. Reapareció años más tarde, en otro país, regenteando un circo. Fue su primera actividad interesante, por lo que ya podemos dejarlo en paz, a él y a sus huesos.

El tiempo siguió pasando sin ayuda de K, hasta dar la vuelta completa. En el año 2002, el mismo día y a la misma hora de su desaparición con rumbo al pasado, se encontró en una vieja biblioteca un ejemplar del libro que K escribió allá a principios del siglo veinte. Debe ser el único que se salvó. Detalla con precisión milimétrica sus recuerdos del año 2002, las nuevas tecnologías, la situación política y militar del mundo, los avances de la ciencia, la vida social. No sé si K habrá elegido mal los talleres literarios, o si el tiempo se defiende de las paradojas con armas propias, porque está casi todo equivocado.

Hace unos días presenté dos frases

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Hace unos días presenté dos frases donde aparecía cuatro veces consecutivas un mismo par de letras: “Así sí, Sísifo”, y “El pionono no nos gustó”. Pero con algunas observaciones: en el primer caso, tres veces la sílaba repetida tiene acento, y una no; en el segundo caso, las letras “no” tres veces forman sílaba, y una no.

Jorge Varlotta resolvió el problema con dos hallazgos:

“En Caracas cascas castañas.”

“Yo estoy encantado, y Chacho chocho, Cholita.”

Más todavía, aumentó la apuesta con una joya en que la misma sílaba aparece cinco veces consecutivas:

“Esto, Toto, totora es y no espadaña.”

La otra vez no conté la historia de esto, Toto. Empezó con una frase de la vida real, que dijo Gabriel con respecto a alguna prenda: “La abuela la lavó.” Susanne, mi mujer, detectó las tres sílabas iguales. Poco después, Gabriel agregó otro caso, usando un lenguaje incomparablemente típico de él y todos los chicos de su edad: “Mi culo lo logró.” (Con perdón.) Estuve a punto de anotar eso aquí cuando se me aparecieron, de ese lugar donde se esconden cosas así, las frases con Sísifo y el pionono, y el juego con optimistas y pesimistas que me ayudó a decorarlas.

(Sigo, como entonces, creyendo que esto no es nuevo. Pero nadie salió con el dato de que se haya hecho antes. Aunque Markelo, en uno de los comentarios del post anterior, hizo notar un antecedente con palabras completas y ejemplos en más de un idioma, en la revista El Acertijo N° 11, donde el mejor caso en castellano, incluyendo cinco apariciones consecutivas de la palabra “como”, lo había escrito… yo.)

Actualización del lunes:

Jorge sigue disparando y subiendo la apuesta. Seis apariciones consecutivas de una misma sílaba:

“Poco coco, Coco, comiste ayer.”

También Markelo logró seis apariciones en los comentarios de este post, con la deliciosa frase:

“En la cama, mamá mama maravillosamente bien.”

Pero Jorge se lleva las palmas con lo que parece un record muy difícil de batir; nada menos que nueve apariciones:

“El Papa papa papa, papá Pablo.”

Actualización del martes:

Y sigue Jorge Varlotta con otros descubrimientos muy graciosos. Nada como el record de nueve apariciones de una misma sílaba, pero sí una lectura apasionante:

“Bailas, muchacha, chachachá chapuceramente.”

“Quiero el panqueque que queda.”

“Dame una banana, nana, nada más.”

“Que eso no te envenene, nene necio.”

Jorge también mejoró mis dos frases iniciales, llevándolas de cuatro apariciones de un mismo par de letras a cinco y siete:

“Así sí, si Sísifo lo permite.”

“Pionono no, nono, no nos gusta.”

Actualización del miércoles:

Hay novedades, aunque no nos deje mucho que decir el comentario de Juan Terranova a este mismo post (“Perdón Señores, lamento discrepar, pero hasta ahora lo mejor de todo fue ‘Mi culo lo logró’ de Gabriel. ‘Mi culo lo logró’ es tan enigmático y trascendental como un haiku. Lo demás, Varlotta incluido, son apenas virtuosismos técnicos, cuando no oraciones sin un sentido real. Por todo eso, hasta ahora, los únicos que lograron algo fueron Gabriel y su culo”).

Para empezar, Jorge defiende unas frases suyas que hasta ahora no incluí aquí (“Deje…, ¡je, je, je!, ¡jejenes a mí!” y “Vieja, ¡ja, ja, ja!, jaboname la espalda”). Su argumento: “Quebrando una lanza por los jas y los jes: recién me di cuenta de que omitiste las frases con ja ja ja y je je je, pero mirá que esas expresiones están en el DRAE. Quiero decir que no es una repetición caprichosa, sino que los tres ja y los tres je, con signos de admiración y comas incluídos, son las únicas formas aceptadas por la Academia para ja y je. Pueden no gustarte las frases, pero quiero destacar que el procedimiento es válido.”

Por otra parte, Markelo, comentando este post y elaborando sobre una frase de Jorge, superó el record de nueve apariciones de un mismo par de letras, llegando a diez con:

“Cuántas cosas están pasando: el Papa papa papa, papá papando moscas y yo escribiendo esto.”

Lo cual me dio pie, parado en los hombros de gigantes, para pensar en algo que tal vez acabe zanjando la cuestión:

“Mientras el Papa papa papa, papá papa papaya.”

¡Que tiene nada menos que doce apariciones de “pa”!

Segunda actualización del miércoles:

Siguiendo la línea del último record, acabo de alcanzar las catorce apariciones consecutivas de una misma sílaba:

“El Papa papa papa, papá papa papa, ¡papanatas!”

Por último, un comentario de Jorge Varlotta:

“Notable la historia de la cosa, a partir de Gabriel (no sabía que estaba compitiendo con Gabriel y con Markelo). Los ejemplos a partir de Gabriel me hacen pensar que en este juego hay algo esencialmente infantil; fijate que la mayoría de las frases tienen un notorio clima infantil; y aparece la sospecha de que en lo que se dice, en realidad se está diciendo otra cosa. Había un francés, citado si mal no recuerdo en la antología de humor negro de Breton, que había creado toda una teoría delirante partiendo de juegos parecidos (y la teoría concluía con que el hombre desciende de la rana).

“Este juego cacofónico podría llamarse ‘cacafonías’.”

Cacafonías, entonces. Le voy a contar a Gabriel.

Tercera actualización del miércoles:

Escribe Jorge Varlotta:

“Si nos permitimos una expresión lunfarda, tanguera, podemos llevar el récord al delirio (“papa”, adjetivo, es algo así como “lindo”, “bueno”, “confiable” —o al menos eso creo):

“El Papa papa papa papa, papá papa papa papa, ¡papanatas!

“También es de hacer notar que el DRAE permite ‘papa’ como ‘papá’, de modo
que hasta se le puede quitar el tilde a papá y dejar satisfechos a los puristas del juego.”

En tanto, Markelo comenta en este mismo post:

“Llegué a las 15 PA con un adjetivo delante de Papa a saber: ‘Pio XXI, el opa Papa, papa papa, papá papa papa, ¡papanatas!’ Según el DRAE: opa. (Del quechua upa, bobo, sordo). 1. adj. despect. coloq. Arg., Bol., Par. y Ur. Tonto, idiota. U. t. c. s. (Si a alguno le parece un adjetivo poco adecuado… lo desafío a que encuentre otro adjetivo, masculino… terminado en PA (que no sea Okupa ni Jeropa).)”

Si aceptamos y sumamos todo lo que dicen, entonces llegamos a:

“El opa Papa papa papa papa, papa papa papa papa, ¡papanatas!”

Con lo que el número de “pa” consecutivos llega a diecinueve, todos formando sílaba y sin acentos. ¿Es posible que esto termine justo antes de llegar a veinte? ¿Quién da más?

Actualización del jueves:

No podía ser de otro modo. Jorge Varlotta llegó a las veinte apariciones consecutivas de “pa”:

“Pio XXI, el diríamos antipapa Papa, papa papa papa; papa papa papa papa: ¡papanatas!”

Actualización del viernes:

Markelo, comentando, este post, dice:

“Para la colección (ya no para el record), alguna frase más. Conversación entre Jorge y yo:

“Jorge: Yo prefiero el trompo ¿y vos? Yo: ¿Yo? Yo yo-yo, yorugua.

“Que serían 5 o 6 yos. Y una variante para ir pensando:

“La frase quedaría así: si sí, sí, si no, no ¿no nono? -No se- me contestó el abuelo.

“Que sería algo así como (5+6) cacafonías. ¿Y sílabas de tres letras (como el de las castañas de Jorge)?

“El edecán, can-can canta y baila.

“¿Solo cuatro repeticiones? No creo…”

A lo que Jorge Varlotta responde:

“Gran tipo, ese Markelo.

“Esto suena como un refrán y sería muy irritante para Juan Terranova, pero,
en fin, es lo que hay:

“Quienes educan can, cancán cantan y bailan.

“Se puede empeorar todavía más apelando a la acepción 2 (m. Murc. Molestia,
fastidio):

“Quienes educan can -¡cancán!-, cancán cantan y bailan.

“Y con la acepción 3, (m. C. Rica. Especie de loro que no aprende a hablar)
empeoramos todo definitivamente:

“Quienes educan cancán —¡cancán!—, cancán cantan y bailan.

“Por más que todavía podemos adjetivar can:

“Quienes educan cancán can -¡cancán!-, cancán cantan y bailan.

“(Bueno, lo importante no es competir, sino ganar.)”

Los instrumentos muestran que estamos llegando a un planeta desconocido

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Los instrumentos muestran que estamos llegando a un planeta desconocido. El capitán tabletea con los dedos en el apoyabrazos de la silla. Estamos en tensión. Ni siquiera parpadeamos. Aquellos entre nosotros con menos experiencia empiezan a sudar. Nos acompaña una música en crescendo, violines espásticos que impedirían oír nuestras voces si se nos ocurriera hablar. Pero lo que nos pone de veras nerviosos es ese ruido, como de granizo y lluvia, al otro lado de la gran pantalla, donde aumenta descontroladamente la velocidad de consumo de pochoclo.

La nueva terminología del mercado llega a todos lados

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La nueva terminología del mercado: en la Rural hay un “outlet de libros”. Al margen de lo que uno piense del rótulo, se consiguen algunas cosas que valen la pena. Por ejemplo, una edición en tapa dura, lujosa, de “Canciones ilustradas de los Beatles”, a doce pesos. Nunca tuve ese libro, aunque siempre lo quise. Por fin me compré un ejemplar. (Gracias a Roberto Sotelo por el dato.)

Víctor, el portero del edificio donde vivíamos antes,

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Víctor, el portero del edificio donde vivíamos antes, tenía sentido del humor. Una vez bajé con unas pantuflas que exhibían tres o cuatro colores chillones de combinación imposible.

-Me las compró mi mujer -le dije a Víctor-, y ahora las tengo que usar.

Él me miró a los pies, luego a la cara, y sonrió:

-Eso es amor.

(…)

Luis, el portero principal del edificio donde vivimos ahora, también tiene sentido del humor. Cuando nos mudamos hicimos traer un sofá gigantesco, que llegó envuelto en cartones y telas que lo hacían irreconocible. Cuatro hombres lo cargaron en sus hombros, bien horizontal y longilíneo, y así lo llevaron por la larga entrada de las cocheras. Luis me echó una mirada cómplice, inclinó la cabeza como si estuviera repentinamente triste, y dijo:

-Pensar que era un buen hombre.

A partir de ahí, y por los segundos que duró el cortejo fúnebre, no pude dejar de reírme.

Dos imágenes creadas por Jorge Mario Varlotta Levrero:

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Dos imágenes creadas por Jorge Mario Varlotta Levrero:

Imagen por Jorge Mario Varlotta Levrero
Oscuro objeto del deseo

Imagen por Jorge Mario Varlotta Levrero
Rastros

Antes de ponerlas aquí le pregunté si me daba permiso, y si debía atribuirlas a Jorge Varlotta o a Mario Levrero. Esta fue la respuesta:

“Claro que podés publicarlas en tu blog. Por favor aclará que no son de un artista plástico. El nombre, a tu elección —siempre que conste la aclaración anterior.”

El hombre calvo está sentado en la silla del portero

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El hombre calvo está sentado en la silla del portero, de espaldas a la puerta del edificio. El portero, de pie frente a él, conversa mientras mira hacia afuera, con la dualidad que sólo se adquiere tras muchos años de vigilar una planta baja. El hombre calvo tiene shorts azules, camisa azul, zapatillas blancas sin medias, y fuma un cigarrillo rubio que está por la mitad. Devuelve mi saludo con un hola que no interrumpe la frase ininteligible en la que está sumergido.

Los dos ascensores están en el piso quince. Llamo uno, y no viene. Llamo el otro, y tampoco.

-Están los dos en el quince -le digo al portero-, y los dos con la puerta abierta.

-Es mi familia -se adelanta a contestar el hombre calvo-. Están cargando las cosas.

Habla con voz suave, tranquila, de living. Tiene las piernas abiertas a más de ciento veinte grados. Son cortas, rechonchas. La lengua de cada zapatilla asoma unos cinco centímetros por encima de los cordones.

Vuelvo a apretar un botón, vuelvo a apretar el otro. Los acensores siguen firmes en su lugar entre las nubes.

-Están cargando las cosas -repite con el mismo tono el hombre calvo-. Yo bajé primero y.

La frase termina en esa letra exacta, mientras el portero empieza a contestar algo que proviene de la conversación que mantienen de antes.

-Deben ser muchas cosas -digo, tratando de imitar la voz de living.

No hay respuesta. Tal vez no me han oído. Segundos después el ascensor de la izquierda empieza el descenso. Pronto lo sigue el otro. Miro el indicador luminoso del primero: 14, 13, 12, 11… El cigarrillo del hombre calvo se consume de a poco. Olvido decir que estoy masticando un chicle, cosa que me viene al foco de la conciencia sin previo aviso y vuelve a irse del mismo modo.

Abro la puerta externa del primer ascensor. Su ocupante, un adolescente, abre la interna. Lo acompaña una variedad de pequeños bolsos, paquetes, bolsas de plástico que tapizan el suelo. Esto va a llevar un siglo, así que me vuelvo al otro ascensor. Cuando llega, su contenido resulta ser una niña, una mujer y dos animales. El canario está en su gran jaula con forma de cúpula, y es el primero en ser desalojado: se lo lleva la niña. La mujer, en cambio se ocupa del conejo: una cosa gorda y blanca que lleva una cinta roja en el cuello, atada con un moño por detrás de las orejas.

Saludo a todos con más voz de living y subo a mi sexto piso pensando el comienzo de este texto. Es algo completamente trivial pero por sobre todo es irresistible, y ahora además soy consciente de ese carácter de irresistibilidad, de cosa inevitable, a partir de haber leído, anoche, la frase que en su autobiografía García Márquez le atribuye a Rilke: “Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir, no escriba.” Un golpe bajo, un decidido golpe bajo que uno no merece encontrar en la página 123, que es como decir cualquier página, de un libraco de 579 páginas que aún no sé si va a resultar todo legible.

Mi mujer está en el baño, así que vengo derecho a la computadora y empiezo a escribir. Estoy en mitad del primer párrafo cuando suena el timbre del portero eléctrico. Un brevísimo reguero de culpa me recorre la espalda: abajo, cerca del timbre, están el hombre calvo, su familia, el canario, el conejo y el portero, tal vez discutiendo mi escasa cortesía o mi poca paciencia. Quito el pensamiento de la cabeza imaginando algo que me hace gracia: “Debe ser lo de siempre: el afilador o la Biblia.” Pero es una mujer que dice traerme la póliza de seguro de mi casa. Le abro la puerta de abajo y la espero sin dejar de pensar en la continuidad de ese párrafo inicial, el que describe al hombre calvo allá en la silla, con su cigarrillo que huele a mi pasado. Abro la puerta del departamento en el mismo momento en que la mujer abre la puerta del ascensor. Me da la carpeta, se la agradezco, vuelve al ascensor. Como un afterthought propio de estos días, se vuelve para agregar:

-Felicidades.

-Igualmente -le contesto, pero la palabra se me traba un poco, como me suele ocurrir con esas palabras largas que deberían salir al estilo de un reflejo condicionado y sin embargo fracasan en el intento.

No abro la carpeta. Vengo aquí, a mi lugar en el mundo, a terminar el párrafo. Pero entonces mi mujer sale del baño, intrigada por el timbrazo, y ahí sí, miro la carpeta, le explico (a mi mujer) de qué se trata, comentamos el precio, todo sin moverme de la silla. Después vuelvo a quedar solo.

Ah, bueno, ahora sí puedo terminar de escribir estos tres minutos de vida.

(…)

Más tarde, se me ocurren dos cosas sobre la escena de la planta baja.

La primera es que en ese lugar no hay cenicero. El hombre calvo debía estar tirando la ceniza en el piso. Y luego habrá tirado al piso los últimos restos de filtro, tabaco y papel, para terminar de matarlos con un golpe de zapatilla blanca. Sin embargo el portero, que más tarde tendría que barrer el resultado de toda esa actividad, lo miraba con expresión amistosa.

La segunda es que no se dice portero, se dice encargado.

Cría cuervos y te sacarán los ojos

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Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Cría monos y te sacarán los piojos.

Cría daltónicos y te sacarán los rojos.

Cría piernas ortopédicas y te sacarán los cojos.

[Más tarde:]

Cría sepultureros y te sacarán los despojos.

Cría Chicas Superpoderosas y te sacarán los Mojojojos.

Cría ladrones y te sacarán los cerrojos.

Regalo nombre

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Regalo nombre un poco anticuado para banda de rock:

Lapislázuli Tumefacto

Sacudía las manos como alas.

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Sacudía las manos como alas. Sacudía los ojos como garras. Sacudía los pies como granizo. Corría hacia arriba, hasta el último piso, y bajaba silbando entre las ramas de los árboles. Movía la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Hacía ruido de caballo con los labios. Enrollaba las sábanas en un brazo y atacaba las paredes evitando que lo mordieran. Encendía la luz, la apagaba, sacaba las lamparitas para romperlas en el baño. Abría las ventanas de par en par, de dos en dos, para cerrarlas con tres golpes. Fruncía la nariz, fruncía el frunce, se achicaba la cara hasta que dejaran de vérsela. Se agachaba poco a poco, grado a grado, para levantarse de un salto y morder el aire. Quería volar y no podía. Tenía pesadillas.

Estoy a caballo entre hoy y mañana

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Estoy a caballo entre hoy y mañana, a las tres y media de la madrugada. Todavía pienso en “hoy domingo”, pero descubro que Clarín, La Nación y Página/12 ya tienen las nuevas ediciones en la Web, y así la balanza se desplaza hacia “hoy lunes”. Ahora el insomnio parece más grave.

Por primera vez se me ocurre buscar en Google

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Por primera vez se me ocurre buscar en Google los nombres de una pareja de amigos con quienes perdí contacto hace veinte años. Nada. Una referencia a algo que hicieron en 1982, una pista indirecta de que tal vez él viva en Alemania, un posible aviso fúnebre con el apellido mal escrito, un bar en algún lado con el nombre de ella. Es decir, nada. ¿Dónde están? ¿Están?

¡Así sí, Sísifo!

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¡Así sí, Sísifo!

La frase anterior tiene cuatro veces seguidas la sílaba sí, cosa que los optimistas aceptarán de inmediato, alborozados además por el cariz positivo tanto de frase como de sílaba.

Los pesimistas, sin embargo, cuestionarán que la última aparición de la sílaba no tiene acento, y dirán que por lo tanto la repetición no es perfecta. Para ellos, entonces, proponemos esta alternativa, usando un par de letras más apropiado para su espíritu:

El pionono no nos gustó.

Así y todo habrá algunos, más pesimistas que el pésimo, que harán notar que la última aparición de no no forma sílaba. Y dirán que es una pobre excusa de nuestra parte el haber usado la expresión “un par de letras” en vez de la palabra “sílaba” al presentar esa propuesta.

Es evidente que nunca se podrá conformar a todo el mundo.

(Estoy seguro de haber visto la idea de las sílabas repetidas en algún lado, pero no sé dónde. ¿Alguien puede ayudar a mi memoria?)

El 19 de diciembre de 2001 mi hijo Gabriel cumplió seis años.

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El 19 de diciembre de 2001 mi hijo Gabriel cumplió seis años. Hicimos la fiestita en una sala de la calle Juramento. A la entrada había algo de tensión en el aire, pero pasamos dos horas y media aislados de las noticias. Luego descubrimos que durante ese rato la realidad se había deteriorado, hasta el punto en que los padres que venían a retirar a sus hijos a la hora convenida traían caras largas, malas noticias, peores presagios. Había que esforzarse para conservar la felicidad del cumpleañero. Hablábamos de saqueos, crisis, fin de época. Todo era muy raro.

Ayer, 19 de diciembre de 2002, mi hijo Gabriel cumplió siete años. Hicimos la fiestita en una sala de la avenida Monroe. A la entrada había sonrisas, alegría, expectación. Pasamos dos horas y media disfrutando el aire acondicionado, mientras los chicos se divertían a todo trapo. Al final, cuando los padres volvieron para llevarse a sus hijos, también había sonrisas, alegría, torta compartida. Conversábamos sobre planes para las fiestas, las vacaciones, las colonias de verano. Todo era muy raro.

Tengo una máquina del tiempo

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Tengo una máquina del tiempo. No sé desde cuando, porque una de sus muchas limitaciones es que resulta casi imposible recordarla. Hace unos minutos tropecé con ella por accidente, seguro de que nunca había estado ahí, y pensé con sorpresa: “Oh, una máquina del tiempo.” Pero mi conocimiento inmediato de su función y de muchas de sus características me hicieron sospechar, por lo que creo que en realidad hace mucho que la tengo, y ella se empeña en contradecirme.

A primera vista podría parecer que la peor de esas limitaciones de que hablé es que el tiempo objetivo de duración de un viaje debe ser siempre igual a cero. En otras palabras, debo volver exactamente al momento en que partí, sin destruir la continuidad de mi línea temporal. Pero el tiempo objetivo de viaje no es lo mismo que el subjetivo, que en principio no tiene limites: es decir, podría pasar una eternidad en otros momentos, mientras el regreso, como el de un yo-yo perfecto, sea al instante exacto del inicio. El verdadero problema es que el tiempo subjetivo de viaje se hace muy costoso: hay que estar preparándose durante mucho tiempo, mientras la propia máquina trata de borrarse de la memoria de uno, pensando sólo en el viaje, porque la máquina toma su energía de la tensión psíquica del viajero; cuanto más expectante uno está, cuanto más concentrado en la necesidad de viajar, más largo y exitoso será el viaje. Por una serie de cálculos que sería muy complejo explicar aquí, que toman en cuenta un crecimiento exponencial de los requerimientos de energía en función de la duración del viaje, he llegado a la conclusión de que mi límite al respecto ronda el segundo. Puede parecer poco, pero si el instante de destino está bien elegido, y la concentración es verdaderamente alta (y debe serlo, para que la propia máquina encuentre energía suficiente para funcionar), entonces ese segundo puede ser el más intenso de toda una vida.

Sin embargo, hay otra dificultad. De la misma manera en que la máquina se borra de la memoria (sin duda como un efecto secundario de su uso de energías psíquicas), también se borra el viaje en sí. En otras palabras, el recuerdo de cada viaje, de ese segundo heroico, se evapora con gran rapidez. La mayor parte del recuerdo ya se va en la misma acción de regresar, cuando la máquina consume más cantidad de energía. Y el resto se extingue poco después, como lo que queda de un sueño al despertar.

De esta manera, aunque dispongo de esta maravillosa máquina del tiempo y lo conozco todo sobre ella, todavía ignoro si ya he logrado cumplir mi principal proyecto. Hasta donde sé, tal vez haya visto cien veces, una vez o ninguna mi propio yo, a los seis años, echado en el piso una tarde de verano, jugando con los autitos en la galería de la casa de mi abuela.

Al amanecer

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Al amanecer, cuando el sol da horizontal sobre la enorme medianera de ladrillo descubierto del edificio que tengo enfrente, resulta algo muy parecido a un paisaje marciano.

La clase de gimnasia

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Mi ventana da a un patio que está en los fondos de un centro de PAMI. En ese lugar, ayer a la mañana se reunió un grupo de mujeres mayores, sin duda jubiladas y pensionadas, para hacer gimnasia. Algunas eran flacas y largas, otras tan redondeadas que desde mi sexto piso parecían escarabajos reblandecidos por el sol. Desde arriba les veía las distintas tinturas: rubias la mayoría, una con el pelo completamente negro, todas con elaboradas formaciones de pelo sobre la cabeza. Ninguna tenía ropa del todo gimnástica: zapatillas y jeans, blusas y shorts, las combinaciones eran variadas, irrepetibles, llenas de color.

Las dirigía un hombre, también mayor, de camisa azul y pantalón de vestir, con zapatos negros de punta angosta. Él no hacía los ejercicios, sólo los indicaba con una voz firme, obtenida a lo largo de muchos años de práctica:

-Levanto la cola. Bajo la cola. Levanto la cola. Bajo la cola. Levanto la cola…

Y mientras hablaba iba caminando lentamente entre las mujeres.

Al principio los ejercicios eran fáciles. De pie, giraban la cabeza a la izquierda, luego a la derecha. Hacían un círculo no muy amplio con los brazos. Inclinaban el cuerpo a un lado, uno, dos, tres, y al otro, uno, dos, tres. Acostadas, alzaban un muslo, estiraban la pierna, encogían la pierna, la bajaban. Plegaban las piernas sobre el abdomen y las abrazaban con fuerza. Cruzaban las manos bajo la nuca y levantaban un poco los hombros del suelo.

Después las cosas se fueron poniendo un poco más complicadas. Hicieron un arco con el cuerpo, apoyadas en manos y pies, curvando espaldas y disparando colas hacia el cielo, y levantaron a la vez la mano izquierda y la pierna derecha. Las volvieron a apoyar. Levantaron la mano derecha y la pierna izquierda, y contra lo que yo esperaba se mantuvieron así durante unos segundos hasta que al fin levantaron la otra pierna, para quedar apoyadas sólo en la mano izquierda.

Era evidente que el profesor quería ver cuánto duraban en esa posición, pero no tuvo que esperar demasiado. La más gorda descubrió rápidamente que su peso excedía el límite de fuerzas de un solo brazo, y acabó cayendo. Pero lo hizo con gracia, encorvándose sobre sí misma como una pelota, y de alguna manera acabando el proceso de pie. Las otras fueron rindiéndose rápidamente, hasta que el profesor le ordenó bajar a la última, la más flaca, que parecía un árbol añoso decidido a soportar los elementos por toda la eternidad.

Lo siguiente fue correr hacia una pared, la opuesta a mi ventana, tocarla con un pie y propulsarse hacia atrás para dar una vuelta en el aire. Ninguna de ellas podía correr con rapidez, pero tampoco era necesario. Todas menos una lograron pasar la prueba al primer intento, en particular la más gorda, que tenía facilidad para ese tipo de giros. Esta vez fue la flaca-árbol la que dudó: se detuvo antes de llegar a la pared, dijo algo en voz baja que no comprendí, volvió a intentarlo, se detuvo otra vez, y al final agitó los brazos en un gesto de impotencia. Siguiendo instrucciones del profesor, otras dos se colocaron a ambos lados de su camino, como para sostenerla en caso de que cayera, y entonces hizo un intento tibio, desanimado, para terminar aterrizando en los brazos de sus compañeras.

A otra cosa: barras asimétricas. Todas hacían más o menos la misma rutina, pero se veían muy diferentes de acuerdo con la forma de su cuerpo. Las redondas parecían rodar y rebotar entre una barra y la otra, e invariablemente terminaban de pie, como si esa habilidad fuera una característica más de sus respectivas gorduras. En cambio, las alargadas se plegaban, se desplegaban, se curvaban hacia atrás y hacia adelante, estiraban brazos y piernas y daban la impresión de poder volar de barra en barra, pero tenían dificultades para aterrizar, y más de una acabó en el suelo.

El profesor estaba insatisfecho, se le notaba en la voz, y sin embargo no insistió con las barras. Dijo algo sobre la falta de tiempo, dio varias palmadas en un intento vano de imprimir velocidad a las alumnas, e inició las instrucciones para el último ejercicio.

Se acostaron en un círculo amplio, con las piernas un poco abiertas y los brazos en cruz, de manera que se tocaban entre sí con las puntas de los pies y de las manos. Parecía un cuadro de Esther Williams, pero sin agua. Se habían distribuido como si hubieran querido equilibrar los pesos: las dos más gordas en sitios opuestos, las dos más flacas también.

El profesor se paró en medio del círculo y bajó el tono de voz. Ahora no me resultaba posible entender lo que decía. Sin mover las piernas, las mujeres levantaron los brazos hasta unos veinte centímetros del piso. Luego elevaron la cabeza, los hombros, la espalda, muy suavemente, y se tomaron de las manos. Como tirando del aire, consiguieron levantar también las caderas, y quedaron con el cuerpo recto, en una inclinación de treinta o cuarenta grados con respecto a la vertical, tocando el piso sólo con los talones. Parecían una flor recién abierta. Desde mi distancia tuve la impresión de que mantenían los ojos cerrados.

El hombre susurró algo, y las gimnastas separaron también los talones del piso. Libre de esa atadura, el círculo empezó a girar en sentido horario y a la vez a elevarse en el aire. El profesor de camisa azul y pantalones de vestir bajó la voz todavía un poco más, hasta que dejé de oírlo.

Cuando la flor llegó a un par de metros de altura ya daba una vuelta completa cada dos o tres segundos, y seguía acelerando. Entonces las manos se separaron, y una a una, en hilera, las mujeres se fueron elevando más y más arriba, en una curva que, alejándolas de mí, las llevó por entre las torres que dan a la avenida Crámer y más allá, rumbo a Villa Urquiza. Todo muy lentamente, claro, porque sólo eran un grupo de viejas.

>"Primer Seminario Internacional de Salud Laboral"

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“Primer Seminario Internacional de Salud Laboral”, dicen los carteles. Fue ayer y anteayer en el hotel donde paramos. Lo organizó la CTA. Hubo muchos discursos vibrantes, muchos hombres con bigotes, alguien que hablaba en portugués, desayunos, almuerzos, cenas, gente que iba y venía, gente que conversaba en vestíbulos y pasillos, credenciales, computadoras, un gran ómnibus en la puerta. Se habrán alcanzado grandes conclusiones. Se habrán detectado puntos centrales de debate, de controversia, y de acuerdo. Habrá sido un excelente punto de encuentro para tanta gente interesada en el porvenir de nuestro país y de la región en que estamos incluidos. Seguro.

A nosotros lo que nos llegó fue el griterío, la multitud difícil de atravesar cada vez que había que ir a buscar o dejar la llave, el humo de los cigarrillos. También la desorientación del personal del hotel, el cansancio del conserje, los cambios de sitio de cada desayuno, el café peor cada día. Y, particularmente, las miradas de los delegados, para quienes nuestros shorts, ojotas, toallas y gorritos eran el signo inequívoco de los intrusos.

(…)

Cuando ya casi se habían ido, dejando tras de sí estelas de sabiduría, respeto al prójimo y solidaridad, apareció este cartel en varias paredes del hotel (impreso en una vieja dot matrix):

“EDUCACIÓN.
OBSERVANDO LAS NUMEROSAS QUEMADURAS EN LAS ALFOMBRAS AGRADECERÍA QUE UTILIZARAN LOS CENICEROS RESPECTIVOS. LA GERENCIA.”

Más diccionario de la antigua Grecia

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(Viene de acá)

Antenas. Nombre que le daban antes a Atenas.

Hipócrites. Médico célebre por fingir lo contrario de lo que sentía.

Io. Amante egocéntrica de Zeus.

Pegasus. Caballo pegajoso.

Perseveréfone. La más perseverante de las hijas de Zeus.

Repitágoras. Matemático que nunca logró pasar de segundo grado.

Yo-yocasta. Juguete de Edipo.

(Esta parte del diccionario de la antigua Grecia fue realizada en colaboración con Susanne, mientras cenábamos en un restaurante de Mar del Plata llamado “La Taberna de Papá”, al que Gabriel rebautizó creativamente como “La Caverna de Papá”.)

Parece que uno de los candidatos

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Parece que uno de los candidatos (o pre, o algo) a Jefe de Gobierno de Buenos Aires para las próximas elecciones es Cristian Caram. A Susanne, mi mujer, ya se le ocurrió el slogan ideal para cuando haga campaña de afiches:

CARAM B.A.

(…)

Susanne lee en voz alta titulares del diario La Capital. De pronto, llega a “Acto de Aldo Rico en Mar del Plata”. Un poco más lejos, Gabriel pregunta:

-¿Qué pasa con algo rico?