Desde el tren

Standard

Desde el tren

Mientras viajaba en tren con la cámara de video en la mano veía pasar un mundo del que iba registrando fragmentos veloces. Esto ocurría diez años atrás, o doce. Hace mucho menos tiempo, en 2002, instalé en la computadora una placa de captura de video. Así empecé a digitalizar esos fragmentos, y, por primera vez, a ver cuadros detenidos. El mundo que apareció fue otro, diferente del recordado.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

En esta página fui presentando algunos detalles de ese nuevo mundo que estaba oculto en la memoria, como la foto de arriba.

Acabo de armar una página con cuarenta de esas fotos, llamada Desde el tren. Algunas son las mismas que aparecieron aquí, otras son nuevas. En todos los casos se las puede ver más grandes (640 pixels por 480, en vez de los 320 por 240 con que las mostré antes).

¡El paseo empieza ahora!

Son cuadras que ya no veo

Standard

Son cuadras que ya no veo. Estuve allá. Ahora estoy acá. Debí pasar por esas cuadras, pero lo hice tantas veces que no las recuerdo.

Tampoco recuerdo las horas. Antes fue cierta hora de la mañana. Ahora es cierta hora de la tarde. El tiempo intermedio debió transcurrir, pero (casi) no quedan rastros.

Y en este preciso momento no tengo ganas de pensar en los años.

El bar está en silencio

Standard

El bar está en silencio hasta que se oyen unos pasos terribles desde el piso de arriba. Es una mujer de pantalón y saco marrones, que empieza a bajar la escalera de madera calzada con unos zuecos estruendosos. Suena como el carcelero que te viene a buscar para la silla eléctrica.

Quiero saber qué pasó con John Hiler

Standard

Quiero saber qué pasó con John Hiler.

John Hiler es el autor de Microcontent News, un weblog que se hizo célebre a principios de 2002 con varios artículos inteligentes y bien escritos sobre el mundo de los weblogs, el periodismo, la dinamica de la red y la relación entre todas esas cosas. Sin olvidarse de Google, pasión de multitudes.

El último de los artículos, The Network Is The Computer, está fechado el 22 de diciembre de 2002.

John Hiler también es el dueño de WebCrimson, un sitio que ofrece herramientas para hacer weblogs, cuya característica más destacable es un editor de contenidos con muchas más opciones de formateo automáticas que los habituales bold, italic, url de Blogger o Movable Type.

En la página inicial de WebCrimson se pueden leer las WebCrimson News: la última entrada es del 30 de setiembre de 2002.

Eso no es todo. A principios de diciembre, tras un tiempo de desarrollo profusamente documentado en Microcontent News, John Hiler lanzó con bombos y platillos CityBlogs, una idea que despertó entusiasmo en muchas partes: un weblog con intenciones comerciales dedicado a cubrir eventos culturales en una ciudad. Empezó con Nueva York y con tres secciones: cinema, book readings, talks.

La última entrada en CityBlogs New York es del 17 de diciembre de 2002.

Busco “John Hiler” en Google y hay 9.110 resultados (aunque no todos se refieren al mismo John Hiler). La gente tiene links a sus sitios, habla de lo que escribió, comenta sus proyectos. Todo en presente, todo ahora, todo escrito el año pasado. Hay quien lo tiene en su lista de lecturas diarias (me pregunto si no se aburre de leer todos los días lo mismo). Hasta el 22 de diciembre, John Hiler hacía de todo, daba de qué hablar, era mencionado, criticado, aplaudido, tenido en cuenta. Al día siguiente desapareció. Por decirlo de alguna manera, no veo nada que empiece así: “el 23 de diciembre, tras su última aparición pública, John Hiler…”

En junio de 2002, como explicó en este post de octubre, había sufrido un asalto, con pelea incluida, que le trajo algunos problemas neurológicos. Pero se estaba recuperando bien, y parecía tener una energía a toda prueba.

Ahora estamos a fines de abril, cuatro meses después de la última señal que este tipo dejó en la Web. Y quiero saber qué pasó con John Hiler.

No es que no tenga nada que hacer

Standard

No es que no tenga nada que hacer, sino que no tengo ganas de hacerlo.

¿A qué estupidez cósmica puedo dedicar los próximos minutos? Veamos, por ejemplo, qué pasa buscando “a” en Google. Algo más estúpido que eso es difícil de hacer. Pero el resultado no es tan estúpido: aproximadamente 2.150.000.000 páginas incluyen “a”. Digamos que llama un poco la atención encontrarse de pronto con tantas páginas, que no sólo existen sino que están en la base de datos de Google.

¿Y si agrego otra “a”? ¿Si busco “aa“? La cosa se pone un poquito interesante: hay aproximadamente 12.500.000 resultados.

Ahora no me para nada, y a Google tampoco. Mejor hago una tabla:

Cantidad de aes

Resultados en Google

3

4.260.000

4

909.000

5

226.000

6

134.000

7

62.200

8

182.000

9

31.500

10

81.200

11

25.400

Con once aes hay algo casi tierno. Google pregunta: “¿Quiso decir aaaaaaaaaaaa?” Es que doce aes dan 53.800 resultados, más del doble que once.

El mundo es más raro, o más estúpido, de lo que uno cree. Avancemos rápido, que esto se pone pesado:

Cantidad de aes

Resultados en Google

29

1.890

37

1.250

53

848

66

909

87

96

100

342

A esta altura los listados de Google tienen un aspecto gracioso (o triste, según como se mire). Vale la pena ver el de las primeras diez páginas con 100 aes consecutivas.

Ahora voy por más: pongo 200 aes. Oh, no. Google dice que esa palabra es demasiado larga. ¡Están coartando la libertad de investigación!

Esto me desanima. No quiero seguir. Tengo hambre. Alguien, en algún universo paralelo igual de estúpido se ocupará de la letra b. Creo.

De todas las cosas

Standard

De todas las cosas que existen en mi vida, ésta es la que veo con más frecuencia ultimamente:

Fragmento de captura de pantalla

Otro aspecto sobresaliente de mi existencia se puede apreciar en la imagen compuesta que sigue (digo compuesta porque no entraba todo en una sola captura de pantalla, y tuve que hacer un poco de pegado en Photoshop). Vale la pena ver que recién son las nueve y media de la mañana, y todo este spam llegó hoy:

Composición de dos capturas de pantalla

(Tuve que reducir un poco la imagen, porque el original de 518 pixels de ancho hacía desaparecer la columna de la izquierda. Por eso no se lee tan bien. Claro, todavía me pregunto qué función cumple esa columna, que yo mismo puse ahí, pero esa duda tiene a esta altura un nivel tan metafísico que no puedo afrontarla sin aviso previo y sólo porque recibí otra parva de errores 226 y una dosis casi fatal de spam.)

(Fe de erratas de las cinco de la tarde, el mismo día: ahí arriba, donde dice “columna de la izquierda”, debería decir “columna de la derecha”. O “de la otra izquierda”, si uno prefiere. ¿Será que el error 226 afecta la lateralidad?)

La sostiene el celular

Standard

La sostiene el celular, mientras camina por la calle de Tribunales. Lleva la oreja colgada del aparato, la mano firme aferrada a la carcasa de plástico, mientras un hilo invisible de tecnología de punta le dice dónde ir.

Alrededor, los que no tienen celular se van cayendo de a poco. Primero se nota en la ropa: los hombres pierden la corbata, mientras la camisa se les convierte en remera y el saco en pulóver. Las mujeres pierden el trajecito sastre, que se hace pollera y blusa negras, manchadas del polvo que resbala de los edificios. Después se ve en la posición de la cabeza, que ya no logran mantener en alto, y de la espalda, que se les va encorvando como si quisiera ayudar a las manos a escarbar en los tachos de basura. También se ve en el paso, que se hace más lento, más pesado, porque no hay una comunicación urgente que los apure, porque nada tira de ellos más que hacia atrás.

Yo que tengo celular puedo decirlo: si me faltara empezaría a caer como ellos, no es culpa del que cae, es culpa de esa ausencia de plástico y circuitos complejos. El próximo gobierno debería repartir celulares gratuitos, y debería poner oficinas especiales desde donde llamen periódicamente a todos aquellos a quienes de otro modo nadie llamaría. Así tendríamos un porvenir de espaldas rectas y frentes erguidas, y sobre todo de orejas ocupadas en recibir susurros a través de la red de fotones que vibran en frecuencias distantes del espectro visible.

Ahora que he logrado este brillante diagnóstico, puedo dedicar el resto del día a otras cosas que me requieren con urgencia.

Por ejemplo, tengo que pensar en la contadora y en la inminente declaración de ganancias. Le debo dinero a la contadora, desde hace un año o algo así, desde la declaración anterior. Tengo que pagarle. Y tengo que encargarle la nueva declaración, que consistirá en un jugo destilado de los papelitos de colores que tengo en una carpeta, o que creo que tengo, porque tal vez se hayan convertido en otra cosa durante estos tiempos de arañas tejiendo telas a mis espaldas.

Es que no quiero caerme de esa otra red que me sostiene, de ese hilo de declaraciones juradas que desde la AFIP me sostiene y defiende mi condición humana. La caída, ese es el principal temor que tenemos en esta época, la caída, como en esas pesadillas con precipicio o rascacielos o puente, cuando uno se despierta a cien kilómetros por hora en la cama, sudando a pesar del viento frío que viene de abajo. La caída al infierno sin fondo que parece tan distante pero que está ahí nomás, al otro lado de los expedientes de la AFIP, al otro lado de un celular roto o una cuenta impaga.

No me vengan hoy con gente, justo hoy que estoy tan ocupado en sostenerme.

Parar un momento

Standard

Parar un momento, avanzar, parar, detenerse por completo, tomar aliento, perderlo, darse tiempo para un poco de depresión, represión, introspección, desolación, prepararse para situaciones no deseadas, desearse en situaciones no preparadas, darse vuelta de arriba abajo, de adentro afuera, tener más sueño que sueños, proponerse una vez más cambiar y seguir así como siempre.

Entre 1978 y 1980

Standard

Entre 1978 y 1980 tuve una sección en la revista Expreso Imaginario que se llamaba “Correo de Imaginaria”. Era una página con textos de ficción breves, donde Imaginaria era una región… bueno, imaginaria.

Con el tiempo (las décadas, digamos) me fui dando cuenta de que en realidad se trataba de escritos para chicos, aunque no fuera consciente de eso al escribirlos. Así, en 1999, cuando Roberto Sotelo y yo buscábamos un nombre para el website sobre literatura infantil que estábamos planeando, Imaginaria fue una opción bastante natural.

Ahora acabo de encontrar la carpeta donde guardaba los originales de aquella sección, incluyendo algunos que quedaron inéditos. Estoy pensando en digitalizarlos y ponerlos en la Web, aunque tengo problemas de tiempo y energía para hacerlo. Pero aquí va un comienzo, uno de los textos publicados en la primera entrega de Correo de Imaginaria (Expreso Imaginario N° 27, octubre de 1978):

La torre de hacer ruido

En Imaginaria hay una torre que se llama La Torre de Hacer Ruido. A ciertas horas del día los imaginarianos pueden subirse a la torre y hacer todo el ruido que se les ocurra.

Para eso la torre cuenta con muy buen equipo: bocinas, motores, platillos, máquinas enormes que no hacen nada más que un ruido descomunal. Allí los imaginarianos tienen planchas de acero, martillos, tambores, yunques, trompetas, máquinas estampadoras, sala de gritar, sirenas y pulidoras. También pueden llevar su propio equipo, si lo tienen, o sugerir nuevas ideas para hacer ruido en un libro que hay en la planta baja.

Sin embargo, no hay ninguna ciencia que estudie el ruido ni cómo mejorarlo. Por lo general, los imaginarianos están bastante conformes con el ruido que ya consiguen hacer, y no quieren saber nada con progresos técnicos o científicos que sólo servirían para aumentar sus necesidades.

Por supuesto, la torre es tan alta que desde la ciudad no se oye nada. Y nadie hace preguntas cuando un imaginariano entra con un paquete a la espalda, toma el ascensor y sube más allá de las nubes.

"Tu imaginación"

Standard

Tu imaginación es una canción que escribí en 1982. Por entonces tenía un dúo con Cecilia Gauna, cantante y amiga, y cada tanto dábamos un recital. El 14 de octubre de 1983 estuvimos en el Teatro Santamaría, y fue la última vez que nos presentamos en público. De ese día viene esta grabación, que estuvo casi veinte años viajando en un cassette.

Participamos: Cecilia Gauna, canto y metalofón; Sergio Moldavsky, guitarra (la de los armónicos, que aparece hacia el final); y yo, guitarra (la que se oye desde el principio). El técnico de grabación fue Lito Vitale, que también se ocupó de grabar el cassette. (Por entonces los Vitale administraban el Teatro Santamaría. Fueron ellos quienes nos invitaron a actuar ese día.)

Finalmente, entonces, me decido a mostrar aquí algo de la música que hice años atrás. La canción está en MP3, y ocupa casi cuatro megabytes. La calidad del audio no es perfecta, pero se oye bastante bien.

(Una anécdota que no puedo dejar de contar. En 1990 Página/12 preguntó a una gran variedad de músicos cuál era la mejor canción argentina de los años ’80. Leo Maslíah contestó “Tu imaginación, de Eduardo Gimenez”. Y lo dijo en serio. Semejante elogio todavía me pone la piel de gallina.)

Gabriel sigue trabajando

Standard

Gabriel sigue trabajando con vistas a su futuro en la producción de dibujos animados o juegos de video. (Hacer click en la imagen para verla ampliada.)

Dibujo de Gabriel

Cuánto le faltará a ese chico

Standard

Cuánto le faltará a ese chico que reparte tarjetas en el subte, de la misma altura que mi hijo pero seguramente un par de años mayor, el de la mirada en diagonal, el que da la mano a cada pasajero sentado tal como alguien le habrá dicho que hiciera, y a cada mujer que acepta la mano le agrega un beso en la mejilla, ese chico flaco y un poco apagado que va moviendo los labios como si mantuviera un diálogo interno, pero más que diálogo una lucha, el que al final del pasillo se detiene a pedir con voz de jardín de infantes “una ayuda para mis cuatro hermanitos que no tengo nada para darles de comer”, a ese chico, digo, cuánto le faltará para que empiece él también a fabricar armas de destrucción masiva.

Desde Angola

Standard

El padre de un compañero de Gabriel está en Angola desde hace un mes, enviado por la empresa en la que trabaja. El domingo mandó un email. Me animo a copiar algunos fragmentos:

“Hace dos semanas que estoy yendo de Luanda (capital) a la base de Kwanda. (…) Se puede ir en helicóptero o en avión chico, ya que no hay otro medio porque las rutas estan intransitables -comentan que en varios lados hay todavía minas terrestres activas por la guerra civil que termino hace un año.”

“Acá de la guerra de Irak no se comentó mucho, o al menos yo que estoy sumergido de laburo, ni me enteré (amén que aquí estos tipos de temas de guerra y demás están bastante podridos).”

“Los de seguridad de aquí recomiendan no exponerse mucho, ni mostrar cámaras y esas cosas, porque la policía o los militares te las pueden confiscar.”

“Una ‘garrafa’ (botella de litro y medio) de agua mineral cuesta en el hotel 350 Kwanzas (U$S 5), en el ‘Super’ la mitad, mientras que el litro de nafta vale 12 Kwanzas (17 centavos de dólar).”

“Lamentablemente hay otro tipo de contaminación (que tambien te mata) y es relativa a las condiciones sanitarias. Tenés que usar agua mineral hasta para lavarte los dientes, ni hablar si te olvidás un día de tomar la pastillita contra la malaria (en un país vecino a Angola -creo que es Chad- se murieron dos contratistas por no tomar la medicación). Te hacen tests aleatorios para controlar que estés al día y si te encuentran que no te cuidaste te echan.”

Estaciona el Renault 6

Standard

Estaciona el Renault 6 frente al estudio de grabación de Villa Adelina, abre la puerta trasera y saca una guitarra, un charango, un xilofón, un metalofón, una flauta dulce contralto, una flauta dulce soprano, una flauta dulce sopranino, un pandero, un derbake, una aceitera de metal, un triángulo, unas castañuelas, una botella vacía, una carpeta con anotaciones, una pandereta, unas maracas, un bombo, un metrónomo, una cortina hecha con trozos de caña. Veinte años después soy yo y escribo esto.

Las bases del concurso

Standard

Vino una mujer que quería las bases del concurso. Entró a la oficina, se paró frente a la recepcionista y dijo:

-Vengo a buscar las bases del concurso.

La recepcionista le puso cara de haber estado mirando una planilla de Excel. Es una chica que no puede mirar una planilla de Excel y pensar al mismo tiempo. Dice que se marea.

-¿Qué cosa? -preguntó.

-Según la propaganda no hay obligación de compra -dijo la mujer-, así que ustedes me tienen que dar las bases para que yo participe sin comprar.

-Un momento, por favor -respondió la recepcionista. Se acomodó el headset para que el micrófono le quedara junto a la boca, apretó un botón en un aparato medio oculto junto al monitor y agregó, como hablando al aire pero en realidad dirigiéndose a su supervisor inmediato: -Tengo una señora que viene a buscar las bases -silencio-. Del concurso -más silencio-. Bueno.

Ahora la recepcionista se volvió hacia la mujer, que todavía estaba de pie al otro lado del escritorio.

-Siéntese, por favor -le dijo, señalando unos sillones que había en el rincón-. Están averiguando.

La mujer eligió el sillón del medio. Acomodó la espalda, acomodó las piernas, alisó una bolsa de plástico que traía y la puso en el sillón vecino, como si la bolsa también tuviera categoría de persona. Junto a la pared había un cenicero, y más arriba un cartel que pedía no fumar. La mujer, que no era fumadora pero disfrutaba de participar en concursos, cruzó los brazos.

Al otro lado de cables y aparatos, el supervisor de la recepcionista llamó a un chico de marketing, que a su vez llamó a su supervisor, quien llamó a la secretaria del gerente. La cadena de llamados avanzó como la cuerda de una horca en torno a la mujer de la bolsa de plástico, sin que ella lo supiera.

Pasaron los minutos. La recepcionista cerró una planilla de Excel y abrió otra, volvió a dejar de pensar, atendió una llamada telefónica, la pasó a alguien que seguramente estaría mirando otra planilla de Excel. Después se encendió la luz roja.

La luz roja estaba junto a un cajón del escritorio, invisible para cualquier otra persona que estuviera en la recepción. La chica todavía recordaba los ejercicios que había hecho en el curso de formación, el mes anterior, donde la luz roja había sido el elemento principal. Así que se quitó el headset, se puso de pie sin dar muestras de pánico, sonrió a la mujer y le dijo:

-Ahora vuelvo.

Tras lo cual salió por una puerta interior, que cerró detrás de sí. Un mecanismo automático trabó esa puerta y también la que llevaba al exterior. Otro mecanismo movió una plancha protectora por el interior de cada pared, por abajo del piso, por encima del techo. Con un chasquido que la mujer oyó pero atribuyó a algún ascensor distante, la habitación quedó aislada del resto del mundo.

Entonces, por el conducto de ventilación, empezó a salir el gas.