Y así

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Y así, sin grandilocuencia, sin nada tan bueno o tan malo, como una muerte entre sueños, se acaba el mes.

El lunes pasado volvíamos de Mar del Plata

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El lunes pasado volvíamos de Mar del Plata en medio de la niebla. Yo quería sacar fotos del campo neblinoso, pero no podía porque estaba manejando. Mi mujer se prestó a tomar dos o tres fotos, no cincuenta como yo esperaba. Entonces le di la cámara a Gabriel, con quien comparto esta tendencia a la exageración, y se puso a disparar desde el asiento de atrás con total felicidad. Sacó cerca de cien fotos, incluyendo su campera, la mía, un bolso, el asiento de adelante, el piso del auto, el techo y todo lo que había cerca además de parte de lo que no había. También, claro, el campo neblinoso, del que van cinco ejemplos aquí abajo, sin recortes ni retoques.

Foto por Gabriel

Foto por Gabriel

Foto por Gabriel

Foto por Gabriel

Foto por Gabriel

Varios lectores de la Mágica Web

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Varios lectores de la Mágica Web pidieron un weblog personal de Gabriel. Sin llegar a tanto, acabo de preparar esta página, que reúne los posts en los que la creatividad de mi hijo es protagonista. No se trata de posts sobre él, sino de él. Por el momento, son cincuenta y cuatro. ¡Pasen y vean!

(Es la primera vez que uso el sistema de “categorías” de Movable Type, el programa con que administro este sitio. Por ahora, “Gabriel” es la única categoría que existe, y por eso no pongo una lista en la columna de la izquierda, como es usual en los blogs. Tal vez en el futuro arme otras categorías para reunir ciertos posts que podrían ganar algo estando juntos.)

Mientras leía Harry Potter and the Order of the Phoenix

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Mientras leía Harry Potter and the Order of the Phoenix tuve serias dificultades para imaginarme a los personajes.

En buena medida fue por culpa de las películas y de la invasión multimedia que nos viene acosando desde hace un par de años. Demandó todo un esfuerzo librarme del bueno de Daniel Radcliffe y recuperar algo del Harry que me había imaginado antes, y debo admitir que, por ejemplo, me han quitado mi Hermione para siempre y la han reemplazado por Emma Watson. No me molesta tanto haber perdido mi Severus Snape o mi señor Filch, pero sí mi Minerva McGonagall o mi Albus Dumbledore. En cuanto a Ron, es un caso particular: Rupert Grint nunca respondió a mi propia versión del personaje, y ciertos datos de este nuevo libro parecen darme la razón. Pero donde estaba mi retrato de Ron ahora hay un vacío, y en mi mente el personaje ya no tiene cara.

No todo es culpa de Hollywood, sin embargo. Desde el primer libro de la serie veo a Harry y sus amigos como niños de once o doce años. Es más, mientras leo yo también soy un niño de once o doce años, tengo los ojos a un metro cuarenta del suelo, y los adultos parecen grandes, serios y poco dignos de confianza. Pero ahora Harry tiene quince. Sin duda es tan alto como la mayoría de sus profesoras y algunos de sus profesores, o más. Y ni hablar de Ron, que según Rowling parece haber crecido algunas pulgadas desde el año anterior. Racionalmente, entonces, el punto de vista de Harry y compañía está situado mucho más arriba, y los adultos ya no parecen tan grandes ni tan serios, aunque sigan siendo poco dignos de confianza. Racionalmente, insisto: en la fiebre de la lectura, mi representación interna consistía en un grupo de adolescentes medio enanos corriendo desaforados entre gente oscura y gigantesca. En ningún momento pude creer que Dolores Umbridge, malvada nueva, terrible y petisa, amenazara a Harry mirándolo desde abajo.

*

Tuve mi primer encontronazo fuerte con la traducción de Harry Potter al castellano. Fue en Mar del Plata, cuando empecé a leerle el primero de los libros a Gabriel. Es peor de lo que esperaba. Tropieza con las palabras. No tiene nada de la fluidez del original. Está plagada de “su” y “sus”, cuando se sabe que hay que sustituirlos por “el”, “la”, “los”, “las” cada vez que sea posible. Omite correctamente los pronombres personales, pero a veces un “he said” o un “she said” llevan alguna información adicional que hay que encontrar cómo presentar en castellano, y en esta traducción eso parece demasiado sutil. Y no hablemos de las metidas de pata, como cuando dice “equipo de televisión” en vez de, simplemente, “televisor”.

Reconozco que Harry Potter es bastante difícil de traducir. Hay muchos juegos de palabras, guiños al lector. Los nombres de los personajes, sin ir más lejos, son la pesadilla de cualquier traductor. Tendría que haber un trabajo como el ya clásico de El señor de los anillos, donde Bilbo Baggins es para todos nosotros Bilbo Bolsón, y Treebeard nada menos que Bárbol. Pero nadie se ocupó de eso, nadie habrá pensado que valía la pena.

Me pregunto cuánto de la crítica que se ha hecho aquí sobre el estilo de Rowling se debe a los defectos de la traducción.

*

Ahopprrrtty

Parry Hotter

Happy Rotter

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Ecelente reseña del libro en The New York Times: ‘Harry Potter and the Order of the Phoenix’: Nobody Expects the Inquisition, por John Leonard.

El auto hacía un ruido raro

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El auto hacía un ruido raro, así que lo llevé al mecánico. Pero dejó de hacerlo una cuadra antes de llegar. Ahora, de noche, acostado y con insomnio, vuelvo a oír el mismo ruido.

Así como se ha dicho

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Así como se ha dicho, metafóricamete, que el siglo XX comenzó con la Revolución Rusa de 1917, se puede afirmar que el siglo XXI tuvo su inicio fulminante con las Revueltas Potterianas de 2008.

A mediados de junio de ese año se publicó finalmente el último libro de la serie de Harry Potter. Rowling había afirmado repetidas veces que haría grandes revelaciones, que “el mundo se daría vuelta”. Pero nadie había creido en la literalidad de sus expresiones. Cientos de millones de ejemplares llegaron a las librerías, cientos de millones de lectores (muchos de los cuales habían aprendido inglés exclusivamente para ese momento decisivo) se los llevaron a sus casas. Pocas luces se apagaron durante esa noche de lectura febril. Aquellos con husos horarios más adelantados tuvieron el privilegio de empezar primero. Pero en todas partes los más rápidos alcanzaron antes del amanecer la página 1273 (edición británica) o 1411 (edición estadounidense).

Las manifestaciones se iniciaron espontáneamente. En cada punto del planeta, a medida que el sol avanzaba y llegaban las primeras horas de la mañana, multitudes enardecidas se lanzaron a la calle. Los gobiernos cayeron como piezas de dominó, de este a oeste, a la velocidad de las horas del día. Ciertas instituciones desaparecieron en cuestión de minutos de la faz de la Tierra. Otras fueron creadas con la misma velocidad. La gravedad de los hechos que se habían ocultado durante tanto tiempo, y que Rowling, en su carácter de Autoridad Más Confiable del Mundo, develaba al fin, arrastró a la gente más pacífica a actos de violencia inconcebibles sólo un día antes.

Fue una semana como no hubo otra en la historia de la humanidad. El mundo que emergió después se parecía muy poco al anterior. El siglo XXI, ahora sí plenamente, había llegado para quedarse.

El logo de Shell

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El logo de Shell adquiere un nuevo significado

Logo de ShellYo: -Vamos a parar allá, donde está el cartel amarillo.

Gabriel: -¿Cuál? ¿El de las papas fritas?

Cuando tengo tos

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Cuando tengo tos, como ahora, me vuelven las ganas de fumar. Dejé hace ocho años, pero todavía recuerdo el efecto especial del cigarrillo mezclado con la tos. Una bocanada breve, tensa, un esfuerzo para que el humo se quedara adentro durante un par de segundos y, sobre todo, para poder exhalarlo antes de toser otra vez, porque toser con humo en los pulmones no era agradable. Después, o antes, un gusto a flema nicotínica, sobre todo a primera hora del día (y tal vez por eso el deseo de fumar vuelva en este momento, tan temprano por la mañana).

El fenómeno es igual a lo que ocurre con el olfato, cuando un olor repentino nos recuerda algo vivido años atrás. Hace unos minutos, ya frente a la computadora, tosí un poco, sentí ese dolorcito en el pecho, y me vino a la mente, como una foto superpuesta a la realidad, el acto de ponerme un cigarrillo en la boca, acercar el encendedor y prenderlo. Parecía que lo hubiera hecho ayer, y entonces ¿por qué no podía hacerlo también hoy?

Normalmente ya no pienso en fumar. Sólo en situaciones extremas.

Nota administrativa

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Nota administrativa

El servidor donde se aloja este weblog (probablemente en algún rincón bajo las escaleras, o en el sótano, o tras la escobilla del baño) estuvo andando mal y no se podía comentar (ni yo podía postear). Nuestras fuentes aseguran que a pesar de los rumores no se trata de un fenómeno de censura. Ni de cisura. Ni de locura. Ahora anda de vuelta.

Actualización del martes a las 7.30 de la mañana: hasta hace un minuto andaba mal otra vez. No sé qué pasa. Creo que movieron la Mágica Web del servidor que estaba en el baño de servicio al que tienen detrás de la cucha del perro de al lado, que por otra parte es un pichicho encantador, pero no saben cómo se enoja cuando no le dan de comer algunas sobras.

Es en esa línea del piso

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Es en esa línea del piso donde está la verdad, no en otra parte. Se equivocan quienes buscan junto a la pared, donde quedó el zapato, o al pie de la cama, donde cayeron los anteojos. Otros rastros son incluso posteriores, como la llave torcida en la puerta del placard, resultado del tropiezo de un enfermero, o el velador caído, que fue a parar al suelo cuando el mismo enfermero, tratando de no caerse del todo, acabó enganchando una pierna en el cable eléctrico. Y los hay anteriores, muy anteriores, como el vidrio rajado en la ventana, el fragmento de zócalo faltante, y el libro abierto, con el lomo hacia arriba, que apareció en el rincón, bajo la silla. También tratan de asociar al hecho la frase escrita con letra casi ilegible en la pared, sobre la cama, cerca del techo, aunque nadie haya podido explicarla. O la cucaracha muerta mucho tiempo atrás que apareció entre las sábanas. O la mancha de sangre fresca de la media izquierda, no asociada a ninguna herida. O el gato que salió corriendo de abajo de la cama cuando la policía echó abajo la puerta. Mucha lupa, mucho análisis, mucho informe escrito torpemente en una máquina de oficina gris con tubos fluorescentes, pero dejan de lado lo obvio, la línea entre estas dos baldosas, la que está floja y la que tiene una esquina partida. Ahí golpeó la cabeza.

Aprovechamiento extremo

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Aprovechamiento extremo de los recursos disponibles para amplificar el propio mensaje
o
Alguien muy gracioso anduvo por la avenida Crámer

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Cuando llegaba del trabajo

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Cuando llegaba del trabajo, siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad, daba un puñetazo en este lugar de la pared.

Acá, en la zona que ahora está marcada con un círculo de tiza. Pueden ver las marcas que fue dejando.

Abría la puerta, entraba al departamento, cerraba la puerta, daba media vuelta y pegaba el puñetazo en la pared, con la mano bien apretada, un poco de costado, martillando con el lado del meñique que es el que menos duele pero el que produce el ruido más satisfactorio. Siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad.

Hagan la prueba, si quieren. No dentro del círculo sino más allá, a la derecha, donde la pared está limpia. ¿Ven el resultado? ¿Lo oyen? Es una buena descarga.

Así iba dejando pequeños rastros de grasa, de sudor, de la tinta del diario que había leído unas horas antes. Las huellas que poco a poco formaron esta nube negra que podemos ver. Si analizáramos la nube al microscopio seguramente encontraríamos un método para contar los días, las semanas, los meses, los años en que repitió el ritual, desde que empezó a trabajar hasta la crisis. Siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad. También podríamos interrogar a los vecinos, preguntarles si usaban el ruido del golpe para poner en hora los relojes.

Pero esas pesquisas no interesaron a la policía ni al juez, y nosotros no llegaremos a hacerlas. El tribunal dio permiso al dueño del departamento para que lo vuelva a alquilar. Esta tarde vendrán a pintar la pared, y ya no quedarán vestigios de la persona que hoy nos ocupa.