La nave espacial

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La nave espacial tiene el aspecto de un Fiat 600 viejo y destartalado. Pero me han avisado sobre ese detalle de la misión, así que no pierdo la confianza. Saco las llaves del bolsillo y con una de ellas abro la puerta del conductor. Adentro la similitud sigue siendo notable: asientos de algún material indefinido con colores también indefinidos, mandos que a primera vista parecen inadecuados. Polvo, papeles de caramelos, una mancha de café.

Me siento frente al volante, con las piernas plegadas en ángulo agudo, y cierro la puerta. Por debajo de estos controles antiguos y sencillos se ocultan maravillas de la tecnología más avanzada. La ilusión se mantiene incluso cuando meto la llave en su sitio y hago contacto: lo que se oye es un antiguo motor de combustión interna, seguramente grabado digitalmente, mientras los verdaderos propulsores, sin duda ocultos bajo el piso, son silenciosos. Hasta la vibración de la carrocería imita la de un auto maltrecho. No puedo imaginar la cantidad de microchips y nanocomponentes necesarios para lograr ese efecto.

De tres pedales que hay en el piso aprieto el de la izquierda, y usando lo que parece una palanca de cambios pongo primera marcha. Suelto de a poco el pedal de la izquierda, mientras con el otro pie empujo el de la derecha. La vibración aumenta. Siento un momento de temor por lo que vendrá, pero la nave espacial se pone en movimiento sin otro efecto que apretarme un poco la espalda contra el asiento.

Empiezo así el largo e incómodo viaje a Marte, mientras el mundo exterior sólo percibe una cáscara de Fiat 600 que se mueve lentamente por la calle Olazábal.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Ayer tuve que ir a la AFIP

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Ayer tuve que ir a la AFIP (aviso que lo más probable es que esto resulte muy aburrido, ya que sólo intento relatar un trámite burocrático con sus mínimas idas y vueltas, trazar un recordatorio para mí mismo con vistas al día en que tenga que repetirlo y me haya olvidado miserablemente de los detalles. Y ahora mejor vuelvo al tema, antes de que mi amigo Mario Levrero crea que le estoy tomando el pelo a su gusto por ese recurso literario que consiste en iniciar una frase e interrumpirla de inmediato con largas aclaraciones, no siempre entre paréntesis, no siempre pertinentes, que lo obligan por último a reiniciar la frase disparadora).

Como decía, ayer fui a la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos, un ente gigantesco que absorbió a la DGI, o Dirección General Impositiva, y cuya forma es la de una multitud de sucursales con sus respectivas zonas de influencia, a la manera de los warlords afganos sobre quienes aprendimos el año pasado. Si bien son los contadores quienes más frecuentan esas sucursales, a veces un trámite es personal; es decir, hay que hacerlo uno mismo, ya sea porque lo dice la ley o para no pagar más honorarios).

Fui a la AFIP, entonces, a dar un cambio de domicilio (y no me vengan con que me mudé hace dos años y medio, que cómo puede ser que vaya recién ahora a dar el cambio. Ya lo sé. Suelo dejarme estar, y no va a ser justo la AFIP una excepción a la regla. Lo que me preocupa ahora no es ese dejarme estar, al que me he acostumbrado (y por el que ya me han dicho que mis tiempos son como los de la iglesia), lo que me preocupa, decía, es que admitir tal demora en dar un cambio de domicilio acabe constituyendo una falta (o incluso un delito), algo previsto en una ordenanza o una circular o una ley, tal vez la Consitución Argentina, de manera que en pocos momentos más, cuando termine de escribir esto, suenen los golpes en la puerta de mi casa y estén allí los inspectores dispuestsos a llevarme, blandiendo como arma definitiva mi confesión impresa).

Explicaba que fui a la AFIP a dar un cambio de domicilio (para lo cual, mucho antes, me había puesto en contacto con mi contadora, quien a cambio de unos honorarios razonables completó los formularios necesarios, agregó unas instrucciones muy precisas en un papelito verde unido a los formularios con un clip, y me explicó dónde tenía que ir, porque he de confesar también que yo, hasta ayer, no había pisado la AFIP. Tal vez deba aclarar que mi contadora fue siempre crítica del hecho de que no diera antes el cambio de domicilio. Le llevó más de un año conseguir que fuera a dar el cambio en el Registro Nacional de las Personas para que mi nuevo (o ya no tan nuevo) domicilio apareciera en mi documento de identidad, requisito previo a la tan mentada visita a la AFIP, para convencerme de la cual (“para convencerme de la cual” es sin duda una construcción curiosa, torpe por decir lo menos) necesitó otra vez más de un año).

Fui ayer a eso de las once de la mañana. Abren a las diez. Saqué número, el 71. Iban por el 34. Esperé un rato, hasta comprobar que llamaban a razón de un número cada cinco minutos. En cuanto calculé que me llevaría tres horas salir de allí (a menos que muchos otros hubieran renunciado antes, pero no lo creía posible porque había un montón de gente, no menos de treinta personas, en las sillas de plástico negro que la AFIP destina a los sufridos contribuyentes), en cuanto hice ese cálculo me di cuenta de que no podría completar el trámite porque tenía otros compromisos, y de que la situación era mucho peor que lo esperado. Tenía que volver hoy, entonces, ya que la contadora había fechado el formulario “agosto de 2003″, y hoy es el último día hábil del mes (por lo cual, hablando de hábil, debo rendirme ante la destreza superior de la contadora para hacerme cumplir lo imposible).

Me preparé como para un picnic: diario, libro, botella de agua, dos barritas de cereal, todo en un bolso negro que hace juego con las sillas. A sugerencia de mi mujer, fui un rato antes de las diez: llegué a las diez menos cuarto. Había cola en la puerta de esa AFIP tan puntual como poderosa, que abriría quince minutos después, pero no tanta como la gente del día anterior. Una buena señal. Y todavía mejor cuando la mayor parte de la cola se dispersó hacia otras secciones y sólo cuatro personas quedaron antes que yo. Tenía el número 23, y para mi gran satisfacción la mujer que atendía llamó al 19.

Digo la mujer que atendía porque en ese momento era una, aunque normalmente (y ya hablo como si fuera un experto en la AFIP, cuando he explicado que ayer fui por primera vez en mi vida y hoy por segunda. Aunque hay que decir que tras visitar dos veces seguidas un mismo espacio burocrático uno se siente con cierto derecho sobre él, como si hubiera atravesado ciertas fronteras, y hasta dan ganas de saludar a los otros clientes (o como se los llame), y hasta al personal de seguridad. Sin duda, si tuviera que volver una tercera vez, lo que por suerte no es el caso, me tomaría el trabajo de ir a saludar a la mujer que me atendió hoy, pero al decir eso creo que me estoy adelantando al transcurrir ordenado de la historia), aunque normalmente, trataba de decir, las que atienden son dos mujeres.

Un par de minutos más tarde llegó la segunda mujer y llamó al número 20. Un hombre vestido al estilo que Kirchner hizo popular (saco cruzado, es decir con doble hilera de botones, pero abierto, vestimenta que hoy en día se puede considerar una declaración de oficialismo) puso un bolso parecido al mío en la silla de adelante y se quedó de pie, mirando al resto de la gente que acababa de entrar o iba entrando (porque olvidé decir que, allá afuera, la cola había crecido bastante detrás de mí (otra expresión torpe, “la cola había crecido bastante detrás de mí”, con su doble sentido que me hace parecer un mono), y que ahora seguía llegando más y más gente, de manera que las sillas negras se cubrían rápidamente). El hombre del saco cruzado, decía, se quedó mirando a todos con un aire de superioridad cuyo único significado podía ser que él tenía el número 21. Y así era, como pudimos comprobar en cuanto la primera de las mujeres que atendían llamó a ese número, cosa que ocurrió con bastante rapidez ya que, al parecer, el trámite del número 19 quedó inconcluso por la falta de algún papel (y ahora veo que allá arriba escribí “la silla de adelante”, sin haber explicado antes que yo me había sentado en una de las sillas de plástico negro, para ser más preciso la primera de la segunda hilera, lo cual quiere decir que el hombre del saco cruzado ocupó con su bolso la primera silla de la primera hilera, en el rincón superior izquierdo del rectángulo que forman las sillas si se las mira desde arriba).

Yo ya había leído el diario afuera, mientras hacía cola (no muy profundamente, lo admito, y me refiero por supuesto a la lectura del diario). Pero no podía permitir que el resto del picnic quedara trunco, y estaba claro que me quedaba poco tiempo. Así que saqué una de las barritas de cereal, que resultó más dura de lo que imaginaba, y mastiqué con rapidez y estoicismo hasta que la mitad quedó en mi estómago y la otra mitad repartida en pequeños trozos incrustados entre los dientes. La segunda mujer llamó al 22, que estaba en poder de un muchacho humildemente sentado en la fila tres. Guardé el papel de la barrita en el bolso y me apuré a sacar la botella de agua. Tomé la mitad, de lo cual me siento bastante orgulloso porque no fue mucho el tiempo que tuve, ya que el número 21 también resultó un trámite inconcluso (a pesar del saco cruzado oficialista) y la primera mujer llamó al 23, mi número, con la voz aburrida de alguien a quien la vida le ha enseñado que todos los números son iguales.

La otra barrita de cereal quedó en mi bolso, junto al libro. Los dos están ahí todavía, y sin la ayuda de mi contadora tal vez nunca logre sacarlos.

Y ahora podría dar por terminado el relato, ya que a pesar de los malos indicios mi trámite fue plenamente exitoso, si no fuera por una última advertencia que quisiera hacerme a mí mismo para el día en que deba volver a la AFIP: necesitaba fotocopias del documento de identidad, y para eso la mujer que atendía me dijo que podía ir a un kiosco que estaba a dos casas de distancia, y que cuando las tuviera podía volver y dárselas sin hacer la cola otra vez. Pero no es esa la advertencia, no es sobre el documento de identidad y la necesidad de llevar fotocopias. La advertencia es que el kiosco en cuestión estaba cerrado (cuando ya eran casi las diez y media), por lo que tuve que seguir caminando un par de cuadras más, hacer las fotocopias en otro lugar y encontrar que, al regreso, pasadas las diez y media, el kiosco estaba abierto. Se lo comenté a la mujer de la AFIP, y su respuesta fue que “están locos, cierran a las cinco de la tarde, cualquier cosa”. No le dije que entonces podía haberme recomendado algún otro sitio, claro que no. Hay que ser amable, atento, decir gracias y desear los buenos días. De ese modo se puede lograr (y yo lo logré, y de todo corazón puedo decir que estoy contento, lo digo sin ningún cinismo, cosa que me sorprende tener que aclarar pero lo hago porque en este mundo en el que vivimos hoy en día no se puede decir algo así sin generar desconfianza), se puede lograr, decía, una sonrisa.

Qué difícil es lograr un buen crujido cuando más se lo necesita

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Qué difícil es lograr un buen crujido cuando más se lo necesita. Uno mueve la cabeza de acá para allá, pero el cuello actúa como un viejo trozo de goma endurecido por el tiempo y no suelta prenda. Los hombros avanzan y retroceden, y nada. La espalda se arquea, se dobla, se tuerce, y ni un solo clic.

Para remediar tanta frustración, la empresa Bear Bones Ltd. (cuyo nombre es un ingenioso juego de palabras entre “bear” y “bare”, que según creemos recordar remite a un juego similar en la película “El libro de la jungla” de Walt Disney, donde un oso amistoso y un niño lampiño hacían amistad mientras bailaban en el bosque), la empresa Bear Bones Ltd., decíamos, ha lanzado su Body Noise Enhancer (BoNE).

El BoNE consiste, paradójicamente, en una pieza única de tela especial que recubre el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla, dejando sólo una abertura para la cara. No se debe prestar atención a quienes sugieren que el color negro, el brillo y cierta rigidez del producto convierten al usuario en algo parecido a un insecto y su exoesqueleto. La superficie interna de BoNE está cubierta por multitud de sensores y pequeños dispositivos que emiten un ligero clic ante la presencia de un estímulo eléctrico. Esas minúsculas maravillas de la técnica apenas sobresalen cuando se los ve desde el exterior, no más que la roncha de una picadura de mosquito.

Para evitar mayores tecnicismos, digamos simplemente que BoNE registra todo movimiento corporal y lo convierte en satisfactorios crujidos y chasquidos. Así, basta por ejemplo con flexionar los dedos de los pies para obtener una batería de pops (palabra tomada de la descripción original, en inglés, del producto) que nadie habría soñado. Y ni hablar de lo que puede salir de una espalda dolorida o un cuello estresado. El impacto psicológico de tales resultados, como ya se ha podido comprobar en diversos tests, provoca una instantánea mejoría en toda clase de dolores de origen articular. (Desde ya, se sugiere la utilización de BoNE en ámbitos estrictamente privados, para evitar sobresaltos en los paseantes.)

Así, amigos, la tecnología viene una vez más a mejorar nuestras vidas de maneras impensadas, a elevar la condición humana otro escalón por encima de las miserias cotidianas. Demos las gracias a quienes con tanta pasión y entrega dedican lo mejor de su creatividad al bienestar del prójimo. ¡Adelante, Bear Bones Ltd., y que sigan los (crac) éxitos!

Hay que tener un completo dominio de los hombros

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Hay que tener un completo dominio de los hombros. Al inclinar un hombro hacia abajo el ala se despliega, los dos metros de varillas y plumas. El aleteo se produce con un movimiento suave del hombro hacia adelante y hacia atrás. Si se inclina un poco el hombro hacia adelante (lo que ocurre cuando se echa el codo hacia atrás), el ala se inclina también hacia adelante; el efecto contrario se logra inclinando el hombro hacia atrás. La sensibilidad de las alas abre posibilidades aún inexploradas: movimientos giratorios del hombro producen efectos poderosos, diferentes según la intensidad del giro, el énfasis puesto en cada punto de la curva, o la fuerza muscular que uno tenga. Dejamos la exploración de esos universos a cada usuario. Por último, un golpe rápido del hombro en dirección a la oreja (sin llegar a tocarla) hace que el ala se pliegue y se trabe en esa posición, con lo que uno queda libre para usar los hombros con otros fines.

*

Se puso las alas, bien plegadas, y las ocultó lo mejor posible bajo el saco. Salió temprano del departamento, cuando aún era casi de noche y nadie podía fijarse mucho en ese par de bultos en su espalda. Caminó hasta la estación del subte, se escurrió junto a la pared hasta los molinetes y tomó un tren bastante lleno. Se apretó de espaldas a una puerta, del lado contrario a los andenes. Cuando llegó a destino se movió a último momento, así que nadie tuvo mucho tiempo para verlo de atrás.

Entró a la oficina con su propia llave, antes que nadie, y se metió en su cuarto, al fondo. Encendió la computadora, y sin quitarse el saco se acomodó en la silla por el resto del día. Movió, actualizó, revisó archivos. Recibió, escribió, reenvió emails. Cuando alguien entraba para dejar un papel o llevárselo, echaba los hombros rápidamente hacia atrás y se ponía de frente a la puerta.

Al mediodía pidió comida por teléfono, la recibió allí mismo un rato más tarde y comió a solas, con la excusa de que tenía demasiado trabajo.

Nada cambió durante la tarde, y no fue extraño que se quedara después de hora porque lo hacía con frecuencia. Salió cuando el sol se había puesto, para repetir paso a paso, en sentido inverso, el viaje de la madrugada.

Ya en su casa se quitó el saco, lo colgó del perchero y se echó en el sillón. Las alas emitieron un crujido suave, que lo hizo saltar de miedo. Pero eran irrompibles. Volvió a apoyarse en el respaldo, esta vez con suavidad, agarró el control remoto y prendió la tele.

Un noticiero y medio más tarde se alimentó otra vez de comida telefónica (que recibió con el saco puesto), y siguió viendo la tele hasta que los ojos le picaron. A las once de la noche se cepilló los dientes, se miró un momento al espejo y por último fue al dormitorio. Justo antes de acostarse se quitó las alas, agotado pero feliz.

Palabra gusano

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Creo que esto es viejo, pero ahí va.

¿Alguien conoce una palabra gusano más larga que “reconoceremos”? No valen consonantes con altos y bajos, no valen i ni ñ ni tilde, y no sé qué pensar de la z.

Necesito que me quieran

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Necesito que me quieran, como cualquier otra persona. Mejor dicho, más que muchas otras personas, porque tengo el síndrome de Deficiencia de Autoestima (o SEDD, Self-Esteem Deficit Disorder).

Quienes sufrimos de SEDD carecemos de uno o más de esos orgánulos amarillentos, estratégicamente distribuidos por el cuerpo, que segregan la enzima autoestimasa. A mí personalmente me falta el que suele estar en el costado derecho, a la altura del hígado.

Sí, estoy anotado en la lista de espera para un trasplante. Pero somos 165.000 quienes estamos en esa lista sólo en la ciudad de Buenos Aires, y no hay más de cien o doscientos donantes por año. Al parecer, quienes tienen la autoestima intacta no se mueren nunca.

Imaginemos una persona acostada

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Imaginemos una persona acostada sobre una superficie de vidrio lisa, sin nada de donde agarrarse, y que esa superficie, al principio horizontal, se inclina lentamente. ¿A cuántos grados empieza la persona a resbalar? ¿Qué inclinación es necesaria para que la persona caiga? ¿Y si el vidrio está mojado? ¿Si está frío? ¿O caliente? ¿Si la persona se quita los zapatos, si se quita las medias? ¿Y si está desnuda, o abrigada para la Antártida, o si tiene guantes? ¿Y si es un hombre viejo, o un niño, o una mujer embarazada? ¿Si es alguien que no tiene nada que perder en la vida? ¿Si es alguien que todo lo espera del futuro? ¿Si es alguien que duerme, o dormita, o está bajo los efectos de un sedante? ¿Si es un deportista sudoroso, o si sólo le sudan las palmas de las manos? ¿Si tiene todos los dientes, o ninguno? ¿Y si por debajo del vidrio sólo hay un precipicio de quinientos metros?

En la calle las caras se superponen

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En la calle las caras se superponen, se ocultan mutuamente, aparecen y desaparecen, la primera tapa a la segunda y luego descubre una tercera para que la segunda la cubra y aparezca una cuarta, y así sucesivamente, como cartas del mazo que uno esta mezclando antes de repartir, o como varillas de un abanico roto.

Estoy en la sala de espera del médico

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Estoy en la sala de espera del médico, sentado frente a una mujer muy mayor. No hay nadie más. Las sillas están puestas de manera que la distancia entre mis rodillas y las de la mujer sea exactamente un centímetro menos que la necesaria para estar cómodos. No es que nos rocemos, nada de eso. Es que mis rodillas y las de ella deberían estar al menos un centímetro más separadas. Por culpa de ese centímetro de diferencia es que tengo los pies echados hacia atrás, cruzados el derecho sobre el izquierdo, a punto de dormirse los dos. También por culpa de ese maldito centímetro es que mis ojos, como los de la mujer, están desviados hacia la ventana que tenemos al lado, a mi izquierda (su derecha). Así es que apenas sé algo de su aspecto, excepto por la ropa gris, la piel de la cara llena de arrugas, las manos correosas y el pelo cubierto por una especie de gorra negra, chata.

Al otro lado de la ventana hay una calle estrecha, y más allá un edificio en el que el piso correspondiente al nuestro es el último, de manera que justo por encima se ve el borde de una azotea. Allí, casi en el límite de mi visión, asoma la cabeza de una mujer, luego los hombros. Está trepando a la pared que separa la azotea del vacío de cuatro pisos. Cuando lo logra veo que está vestida con remera y shorts, algo muy poco apropiado para el frío de este agosto. Hace equilibro en el borde, y luego se lanza hacia su derecha, es decir en la dirección en que ya no puedo verla.

Miro de reojo a mi compañera de sala y compruebo que está mirando a la mujer de enfrente. Pero su expresión no dice nada, no me cuenta ni un detalle de lo que está ocurriendo con la aparición. Ella está situada mucho mejor que yo para ver, y sin embargo parece que no le interesara.

Vuelvo la vista a la pared de la azotea. Durante los pocos segundos de mi distracción ha llegado un policía de uniforme, se ha trepado también a la pared, y ahora eleva su pistola al aire y dispara en la dirección en que se fue la mujer. Por algún motivo el disparo suena apagado, lejano. Seguramente la ventana del médico tiene vidrios dobles.

La anciana que casi me toca las rodillas sigue sin dar signos de que esté ocurriendo nada, ni siquiera cuando el policía se lanza hacia donde pronto no lo podré ver más y justo antes de desaparecer resbala y está a punto de caer. Lo único que hace la anciana, y no estoy seguro de que no lo estuviera haciendo antes, es golpetear el dorso de una mano con el dedo mayor de la otra, toc, toc, toc, pero sin ruido, toc, toc, toc, siguiendo el ritmo de algo que tal vez haya ocurrido medio siglo atrás.

Pasan dos o tres minutos, algún tabú me impide mirar el reloj para estar seguro, y la azotea de enfrente permanece tranquila. Entonces alguien que está fuera de la vista levanta por el borde de la pared un bulto negro, largo, una especie de bolsa pesada. Veo dos manos que dan un último empujón y el bulto cae, lento como una pluma, hasta perderse de vista por debajo del límite de nuestra ventana. No puedo evitar el inclinarme un poco, apenas, para ver más, pero ya no quedan rastros del bulto ni de las manos que lo empujaron. Mi vecina no se mueve.

Me aclaro la garganta con un sonido mínimo, dos sonidos mínimos en rápida sucesión. Pero no digo palabra. La mujer del toc, toc, toc tampoco. Pasa un tiempo difícil de medir, tenso. Entonces se oye el ruido de una puerta que se abre a mi derecha, su izquierda. Giramos la cabeza al mismo tiempo, en dirección contraria a la ventana. Es la secretaria del médico, que llama a la mujer.

Muevo los pies un poco más hacia atrás, aparto las rodillas como si hiciera falta. La anciana se pone en pie con cierta dificultad, levanta un par de paquetes que tenía depositados en el asiento vecino, y se aleja sin echarme una mirada, sin saludar, sin decir nada.

En cuanto ella se va, ocupo su asiento para ver mejor.

Acabo de decidir

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Acabo de decidir que no volveré a revisar la carpeta donde mi filtro de spam manda todo lo que juzga que es basura. Se juntan demasiados mensajes, y algunos son demasiado molestos (empiezan a pedir que baje agregados especiales, me congelan la computadora durante varios segundos, me engañan con subjects tramposos, etc.). Así que ya saben: si alguien me manda un email con (por ejemplo) la palabra “teta”, lo más probable es que, lamentablemente, no llegue a enterarme.

Cuando me acuesto me pongo de costado

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Cuando me acuesto me pongo de costado, mirando a la izquierda, y leo un rato. Al dejar de leer, tras apagar la luz me tengo que dar vuelta, así que muchas veces me duermo mirando a la derecha. Pero si leo mucho me doy vuelta a la derecha a mitad de la lectura, y entonces tengo que darme vuelta a la izquierda para dormir. Y si tardo mucho en dormirme tengo también que darme vuelta en algún momento, así que todo es posible: que me duerma habiéndome dado vuelta una vez, dos veces o tres. Incluso más. Pero siempre mirando a la derecha o a la izquierda.

A veces me levanto a mitad de la noche para ir al baño. En esos casos mi cuerpo tiene una memoria perfecta: al volver a la cama siempre me doy cuenta de si estaba mirando a la izquierda, y en ese caso me acuesto mirando a la derecha; o si estaba mirando a la derecha, y en ese caso me acuesto mirando a la izquierda. Es que siempre tengo que acomodarme en la dirección contraria a la que miraba antes. El cuerpo me lo exige, por alguna necesidad de equilibrio, o simetría, o cansancio de los músculos, de los huesos o de la cabeza.

La situación se hace compleja cuando me despierto a las tres o las cuatro de la madrugada y empieza el insomnio. A los giros alternados hacia izquierda y derecha se suma una posición que es un poco hacia arriba, pero no del todo, con una inclinación hacia el costado y habitualmente con el brazo contrario doblado sobre la cara. Esa posición (que también tiene dos variantes, a la izquierda o a la derecha) suele indicar que estoy bastante concentrado pensando en algo, porque habitualmente no consigo recordar cuándo me moví, y en cambio tengo la cabeza llena de cosas que no corresponden a esas horas. Por otra parte, es una posición paradójica: si la inclinación es hacia la izquierda, cuando me pongo de costado también tengo que apuntar hacia la izquierda, y si es a la derecha, entonces tengo que apuntar a la derecha. Como si las leyes del equilibrio fueran otras.

Esa posición, hacia arriba pero no del todo, es terrible para mi espalda. Por eso nunca la adopto cuando soy consciente de mis movimientos. Funciona como una especie de castigo por distraerme, por dejar que las preocupaciones más estúpídas me lleven de la mano. Cuando me doy cuenta de que estoy en esa posición normalmente la espalda ya me está doliendo, y al ponerme otra vez de costado tengo que adoptar una postura fetal, con la espalda bien curva, especialmente por encima de los riñones (donde en realidad la espalda no se curva ni a golpes).

Si el insomnio se alarga mucho suelo levantarme y venir un rato a la computadora. A la vuelta, aunque haya pasado una hora, todavía actúan la memoria corporal y la necesidad de equilibrio, y tengo que acostarme en dirección contraria la que miraba antes de salir de la cama. Tiene que pasar todo un día para que la memoria se borre y todo empiece otra vez.

Boca abajo, jamás. Ni siquiera distraído. No entiendo cómo se puede estar acostado boca abajo.

Gabriel dibujó estos monstruos

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Gabriel dibujó estos monstruos con el proyecto de hacer un juego de video usando el Game Maker, un programa maravilloso con el que podríamos divertirnos mucho si yo tuviera más tiempo y energía para dedicarle.

El primero de los monstruos está bastante ampliado, así que se puede ver la textura del lápiz. En los demás, la textura tendrá que ser imaginada. Cada monstruo tiene su propio nombre. Aparecen en orden alfabético.

Cuirnung:
Dibujo de Gabriel

Forg:
Dibujo de Gabriel

Mark:
Dibujo de Gabriel

Megatrak:
Dibujo de Gabriel

Noning:
Dibujo de Gabriel

Raiga:
Dibujo de Gabriel

Tropic:
Dibujo de Gabriel

Algo empezamos a hacer en el Game Maker. Gabriel dibujó un fondo usando el Photoshop, y yo seguí sus instrucciones para que el Game Maker produjera algunos movimientos e interacciones simples. Aquí va una captura de pantalla del juego en su estado actual, tras una hora de trabajo:

Captura de pantalla

No sé si esto seguirá. Pero la vida sí.

Un asunto controversial

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Un asunto controversial es el modo en que el inglés poluciona nuestro lenguaje. Yo gusto del inglés y del español también, cada uno en su propio estilo. Nosotros deberíamos saber mejor que trasladar literalmente de un lenguaje al otro.

Controles remotos

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Estoy aburrido frente a la tele, con el control remoto en la mano. Un presentador lee las noticias.

-El mercado de valores ha tenido un día tranquilo, en el que… -está diciendo, pero no le dejo terminar la frase. Con la rapidez que da la práctica, pulso un botón del control remoto. De inmediato, el presentador salta sobre su escritorio y se arranca la corbata-. ¡Pero esto no va a quedar así! -grita. Le crecen las cejas, se le amarillean los dientes. Bajo el saco que ya se está quitando a jirones tiene una camisa sucia de explorador.

Pulso otro botón. La decoración en tonos cálidos y apagados se disuelve en un río de llamas, o lava, algo rojo y amarillo que fluye de izquierda a derecha. Hay gritos distantes. El explorador, que ahora cuelga de una rama, hace un esfuerzo sobrehumano y salta sobre una roca. Rueda sobre sí mismo. Cae al otro lado, donde no hay llamas, y se pone en pie de inmediato.

Frente a él hay una mujer. Está atada al tronco de un árbol. Pulso un botón más, y el pecho de la mujer crece, se hace más alto, mientras la pollera se le rasga estratégicamente hasta la parte más interna y más secreta del muslo.

En este momento llega mi esposa del trabajo. El ruido de la llave en la cerradura me obliga a pulsar otro botón, de manera que el pecho de la mujer retrocede al nivel anterior y la pollera se convierte en pantalones anchos.

-No creo en ti -dice el explorador-, me estás tendiendo una trampa.

Mi esposa se acerca al sofá, nos damos un beso corto. Ella trae su propio control remoto en la mano, y mientras se sienta ya está pulsando botones. Por detrás de mis protagonistas, un joven abogado de traje negro desciende por unas escaleras de mármol y sonríe a cámara.

-Le ruego que se calme, amigo -pide al explorador, que ya está amenazándolo con un cuchillo que ha conocido sangre-. Tengo cobertura policial, así que le convendrá cambiar de actitud.

Mi hijo, que ha oído la entrada de su madre, viene corriendo por el pasillo. Él también enarbola un control remoto, y apenas saluda con dos palabras cuando pone en marcha el pulgar. Nadie es más rápido que mi hijo. La cámara se eleva, y resulta que a la distancia aparece un personaje dibujado, con los pelos largos en un extraño arabesco que le envuelve la cara, que eleva su puño derecho hacia el cielo. Grita:

-¡Invoco el poder de Krun-ka-món! -o algo así.

Todos, el explorador, el abogado y la mujer, que ya no está atada, se dan vuelta. La pantalla se pone azul. El cielo es un remolino. Hay una lluvia de rayos, y los tres personajes corren a protegerse bajo el toldo de una tienda cercana. Ahora todos están dibujados.

-¿Qué comemos? -pregunta mi mujer, mientras pulsa otro botón. El abogado saca un celular y lo abre. Los rayos siguen cayendo.

-No sé -digo, mientras muevo el pulgar sobre el teclado. Un rayo arranca el celular de las manos del abogado-. ¿Por qué me preguntás?

-Es tu turno de cocinar -dice mi mujer. El abogado, que no ha dejado de sonreír y además acaba de recuperar su composición de carne y hueso, saca un arma y apunta a la cabeza del explorador.

Mi hijo, que se cansa pronto de las cosas, tira el control remoto a un rincón del sofá y se va otra vez a su computadora, donde es dueño de todos los destinos. Los rayos se acaban de inmediato. Yo hago cálculos rápidos y me doy cuenta de que mi mujer tiene razón. También dejo el control remoto y me pongo de pie.

-Voy a ver qué hay -digo.

Mientras camino hacia la cocina, el abogado de ojos celestes y traje negro se acomoda tras un escritorio de color marfil y empieza a leer las noticias.

¿Cómo sigue la secuencia?

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¿Cómo sigue la secuencia?

III, VII, XII, XVI, XXI, XXV, …

(La gracia está en que tengo una única solución a la que se llega con dos criterios muy diferentes. Se puede agregar un solo miembro más a la secuencia manteniendo ambos criterios, y luego divergen.)

Lo más difícil fue conseguir el primero

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Lo más difícil fue conseguir el primero. La gente pasaba de largo, pensando en otras cosas, mirando vidrieras o mirando a otras personas, porque no hay nada que les guste tanto como mirarse a sí mismos en los demás. Hasta que alguien, un hombre joven de saco y corbata, se dejó atraer por la luz plateada que salía del pozo y se detuvo junto a la valla protectora, estirando el cuello y alzando las cejas para ver mejor.

En segundo lugar cayó un hombre mayor, que venía caminando lentamente y vio la oportunidad de descansar un poco. Se paró junto al primero, lo miró a los ojos en busca de una explicación que no llegó, y luego se inclinó también hacia el pozo, que ahora mostraba una luz verdosa.

El pozo era igual a esas bocas redondas que suele haber en las calles, esas entradas a cloacas y otros mundos subterráneos. Lo habíamos rodeado con una valla de metal, porque no queríamos que nadie se cayera: podía estropear el acto. Desde un segundo piso al otro lado de la calle, medio oculto tras una cortina opaca, yo podía verlo todo con precisión y medir los tiempos de cada paso.

Una mujer delgada y bien vestida, que traía varias bolsas de plástico de las que dan en los shoppings, fue la tercera. Se acercó al hombre joven, le preguntó algo, y luego se asomó ella también al pozo. De la fuente de luz, ahora rojiza, subía una especie de antena con pelos, como una pata de araña amplificada, que asomó cosa de medio metro, se curvó en dirección contraria a los curiosos y se quedó quieta.

Para entonces era lógico que los curiosos aumentaran rápidamente en número. A la luz ahora amarilla, frente a la segunda pata de araña que ya estaba apareciendo, un chico de colegio secundario y un cartonero se pusieron codo con codo dándome la espalda. Los siguieron dos mujeres mayores, que venían juntas, y una nena que traía un perrito. Las patas de araña se trenzaron en una pelea, mientras la luz se hacía más intensa. Vinieron una mujer joven, otro hombre mayor, una pareja que se abrazaba, un empleado de McDonalds, alguien en bicicleta que tuvo que quedarse un poco más lejos.

Junto a las patas de araña surgió un globo rojo con luz propia, que palpitaba como un corazón, en la cima de una vara dorada. El globo se alzó hasta la altura de los ojos de los curiosos.

Ahí empezó el ruido, o la música, como lo quieran llamar. Ni una cosa ni la otra, en realidad. Algo que impulsó a la gente a mirar hacia abajo, y que atrajo una segunda ronda de curiosos, que trataban de abrirse paso entre los hombros de los primeros.

Era mediodía, por eso había tanta gente en la calle. Los que iban a comer, los que venían a comer, los que buscaban comida tropezaban unos con otros, y todos tropezaban con esa pequeña multitud que rodeaba el pozo y trataban de unirse a ella como hace cualquiera cuando encuentra algo novedoso.

El globo rojo subió otros dos metros, de manera que todos pudieran verlo, y empezó a expandirse. El ruido, la música, subió de volumen: rugidos con mucho eco, tambores lentos, lluvia. La gente que se quedaba a ver llenó la calle de lado a lado.

Alcé la vista hacia una ventana del edificio que estaba frente al mío, también en el segundo piso. Allí había una persona, que hizo una señal con la cabeza, a la que respondí con otra señal.

Entonces volví a mirar mi control remoto, alejé los pulgares de los botones verdes que había estado pulsando hasta ese momento, y mientras sostenía el aparato en la mano izquierda usé el índice de la derecha para apretar, con fuerza, con rabia, por fin tras tantos preparativos, el botón rojo.

Esperan algo

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Esperan algo, camuflados en la oscuridad, casi invisibles, como hacemos todos.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Tal vez queden tres segundos

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Tal vez queden tres segundos, pero todavía no lo sé. Está nublado. El portero dijo que va a llover. Sin embargo, hace un rato vi un retazo de azul hacia el sur. Puede ser que venga algo de viento y barra las nubes y el calor. Camino junto a la pared, esquivando las baldosas flojas. Unos metros más adelante, dos policías aburridos charlan. La pared es gris, rugosa. Está cubierta de inscripciones, firmas, nombres, un ecosistema de aerosoles que lucha por un fragmento de superficie. Un poco por encima de mi cabeza está la primera hilera de ventanas, todas opacas, altas, vacías. La vereda es angosta. No hay árboles.

Dos segundos. Una chica en uniforme de colegio viene en dirección contraria. Camina rápido, imitando los movimientos de FTV. Los policías vuelven la mirada hacia ella, sin interrumpir la frase que están diciendo. Se oye el ruido del motor, fuerte, agresivo, pero todavía no nos damos cuenta. Llevo las manos en los bolsillos. La derecha rodea la cámara, la izquierda el celular. La campera está pesada, con tanta electrónica en su interior, y eso sin contar los documentos, las llaves, los papeles inútiles.

Un segundo. Ahora es cuando empezamos a sospechar. El motor se impone sobre todo lo demás, acompañado por un aullido de neumáticos. La chica de uniforme mira hacia su derecha, yo miro hacia mi izquierda, los policías se callan. La pared no hace nada. Sigue nublado, la lentitud de los cielos no llega a resultados con la rapidez de los humanos. Alguien grita, fuera de este reducido grupo de personajes en los que he venido pensando. Cada corazón late una vez más.

Cero segundos. El ruido no ha tenido tiempo de llegar cuando la luz nos atraviesa.