Empezó la noche de un viernes

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Empezó la noche de un viernes, sin darse cuenta, cuando cruzó la calle delante de un Fiat Uno blanco que venía a toda velocidad. La conductora del Fiat pegó un volantazo de último momento, empezó a frenar unos metros después de haberlo pasado, gritó algo por la ventanilla abierta y acabó yéndose como había venido, sin perdonar a los neumáticos.

Cuando llegó a la otra vereda supo que había descubierto algo.

A la mañana siguiente cruzó frente a un Volkswagen Polo de color más rojo que la sangre. No venía tan rápido, pero pasó más cerca. El conductor ni siquiera reaccionó.

Se quedó unos instantes en la vereda de enfrente, y en cuanto vio venir una camioneta Isuzu negra se preparó. Midió los tiempos, y a último momento saltó hacia adelante. Pasó justo. Nadie habría podido medir la distancia entre el paragolpes y su rodilla izquierda. A bordo de la camioneta iba una mujer con dos chicos. Tocó un bocinazo tardío, giró en dirección contraria, estuvo a punto de llevarse un árbol por delante y paró a media cuadra de distancia.

Hasta ese momento, la mejor experiencia.

Durante los días siguientes corrió frente a varios modelos de Renault, Ford, Chevrolet. Apenas esquivó un Honda. Estuvo a punto de caer bajo un viejo Opel. Ensayó, con poca emoción, una Harley Davidson que casi terminó estrellándose. Cuando ya todo parecía hecho, se le ocurrió empezar con las avenidas de doble mano.

Eligió otro Fiat Uno, también blanco, que venía a bastante velocidad por el carril de la izquierda. Corrió, pasó justo, y se detuvo en seco medio metro después, midiendo las distancias con toda exactitud porque por la mano contraria venía una manada de metal con ganas de sangre.

Un éxito. Varios conductores gritaron. Hubo bocinazos que rivalizaron con las frenadas a ver cuál hacía el ruido más fuerte. Y todo mientras él respiraba agitado en las líneas amarillas.

Lo siguiente fue un colectivo. El 113, que venía pidiendo espacios libres desde un par de cuadras más allá, pasando semáforos casi rojos. Fue fácil. El colectivero ni siquiera cambió el rumbo, ni pisó el freno, ni tocó la bocina.

Ahora tenía por delante un universo nuevo. No sólo cada línea de colectivos, sino toda clase de combinaciones entre colectivos y calles y avenidas de diversos anchos. Y luego de a pares: un colectivo y una camioneta. Y tríos: una moto entre un auto y un colectivo.

Las promesas de una larga y provechosa carrera le dieron vértigo.

Es de noche y estoy por dormirme

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Es de noche y estoy por dormirme. Una pareja se detiene en algún lugar de la calle y se pone a hablar fuerte. Tal vez discuten. Están a la distancia justa para que casi pueda entender lo que dicen. Pero no, ni una palabra toma forma, nada de sentido llega de esos medio gritos.

Tal vez es que sólo uso el oído izquierdo, que apunta hacia el techo. El otro, contra la almohada, no sirve de mucho. Pero tampoco sirve si giro la cabeza para oír mejor: da la impresión de que al repartirse entre dos oídos el ruido pierde intensidad, se dispersa. Es que a través de la ventana el mundo es monoaural, todo proviene de una línea recta que se extiende al otro lado del vidrio, y la gente y las cosas están en distintos puntos de esa línea, más lejos o más cerca, pero nunca a los lados. Y entonces el mejor modo de escuchar es apuntar un oído hacia allí, y no los dos oídos en dirección perpendicular.

Pasa siempre. La gente vive y habla allá afuera, cuando todo está en silencio, y entre la oscuridad y el sueño no hay nada más importante que entender lo que dicen, pero nunca entiendo, los significados se quedan atrapados en la persiana de mi habitación.

Este fenómeno, con variaciones, suele extenderse a otros aspectos de la vida.

Masticar palabras

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Supongo que es de obsesivo esto de masticar palabras. Masticar palabras es lo que uno hace cuando se queda prendado de una o de dos y las deja dar vueltas por la cabeza como una música pegadiza.

Hace unos días me pasó con al par estilista / elitista. Vi la primera en un letrero y creí leer la segunda. Me sorprendió, y fue suficiente para llevar esa melodía conmigo durante horas.

El borde del papel engomado

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El borde del papel engomado de un sobre puede cortar la lengua.

Una gota de vino arruina para siempre una camisa blanca.

Si la venganza es un invento humano, hemos logrado transmitir muy bien la idea a nuestras cosas.

Tarea para hoy

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Sentado, bajar la cabeza hasta ponerla entre las rodillas y, en esa posición incómoda, con la panza apretando los pulmones de manera que el aire no pueda entrar, hacer un esfuerzo por acordarme de que soy este cuerpo y no, por ejemplo, mi colección de música.

Este es un weblog poco comentado

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Este es un weblog poco comentado, a diferencia de otros que reciben diez, veinte o cincuenta comentarios por post. Sin embargo, con el tiempo la cuenta crece.

El comentario que hizo Norya (Sikanda) en el post de aquí abajo fue el número 2.000, según la cuenta que lleva el Movable Type, programa con que administro este sitio. Dice así:

Si yo te contara la de cosas que se me ocurren con el tiempo, con el tiempo me enviarías a un psiquiatrico, con la expresa indicación de no tenerme cerca de relojes, a fin de evitar que me encadene a ellos, o me corte las venas con sus agujas…

Soñé que se me ocurría algo

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Soñé que se me ocurría algo para un cuento con máquinas del tiempo. Pero no estaba aquí sino en la casa de mis padres, la de mi infancia en Ramos Mejía. Al despertarme, la idea para el cuento se había evaporado. Pero la casa no. Creo que todo fue una excusa para visitarla otra vez.

Estoy haciendo cola en el Banco Nación

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Estoy haciendo cola en el Banco Nación para presentar un formulario, pagar un impuesto, una de esas arrugas burocráticas de la vida. Delante de mi hay unas treinta y cinco personas, aunque me lleva un rato llegar a contarlas.

En cuanto me pongo al final de la cola, el hombre que está delante, que tiene puesta una remera anaranjada, se da vuelta y me dice:

—Hay una chica atrás mío que fue a hacer algo y vuelve.

—Está bien.

Casi al mismo tiempo aparece un muchacho joven, de camisa blanca y corbata negra, que se para detrás de mí y me pide que le guarde el sitio mientras va al piso de arriba. Me siento el jamón del sandwich. Se me ocurre que debería ir a preguntar si de veras esta cola es la que me corresponde, pero ahora no me puedo mover de aquí: ¿a quién le voy a decir que me guarde el sitio? ¿Al hombre de la remera anaranjada, que ni siquiera vio al muchacho de la camisa blanca y no va a poder reconocerlo si vuelve? Tres ausentes en hilera es demasiado. Cuando venga alguien más a ponerse atrás de todo va a tener serias dudas antes de aceptar que nada menos que tres personas se han evaporado en el aire pero pueden volver en cualquier momento. Suena a trampa de gestor.

Para complicar las cosas, el hombre de remera anaranjada mira el reloj y decide que se le hizo tarde. Se va, sin una palabra, sin una mirada. Ahora la que ha quedado a la deriva es la chica que él mencionó. Doy un paso hacia adelante y me acerco al siguiente de la cola, un hombre de al menos setenta y cinco años, con campera de colores claros.

De las profundidades del banco surge una mujer que echa un vistazo a la cola, parece no encontrar lo que buscaba y se para detrás de mí. Seguro que es la chica ausente. Podría decirle:

—Si vos ya estuviste en la cola, y le pediste a un hombre de remera anaranjada que te guardara el sitio, yo estaba detrás de ese hombre, que se fue, y si querés podés ponerte en este lugar.

Pero es demasiado complicado, y de todos modos la chica está a mis espaldas, donde me resulta fácil no mirarla.

El anciano que está delante de mí tiene el pelo gris y corto, y las orejas muy abiertas y manchadas. Las veo en primer plano, a unos treinta centímetros de mi nariz en dirección horizontal y otros veinte en vertical (porque es más bajo que yo). Parece el cuero de un animal, de dos colores, uno como piel blanca, y el otro marrón oscuro. Trato de no mirarlas, pero me atraen de manera irresistible. Como si se diera cuenta, el hombre gira la cabeza hacia mí. Me apuro a girar la cabeza yo también, pero el hombre me habla:

—La culpa es del que está arriba —y señala con el índice hacia alguna región por sobre nuestras cabezas—, que no sabe organizar las cosas.

—Es verdad.

Vuelta a contemplar las orejas manchadas. La chica que está detrás de mí se aburre y se va. Pero ahora que me fijo ya hay otras dos personas en la cola, atrás de todo. Del muchacho de camisa blanca y corbata negra, ni noticias.

Los mostradores del banco forman una gran ele: lo que sería el trazo vertical es largo, el trazo horizontal corto, y hay una patita adicional al término del trazo horizontal, que en una ele de verdad quedaría apuntando hacia abajo. Las dos cajas a las que lleva esta cola, números 1 y 2, están en esa patita. La cola recorre todo el trazo horizontal de la ele a unos dos metros de distancia, tropieza con los vidrios de la puerta del banco, que están en diagonal con el vértice de la ele, y continúa varios metros más a lo largo del trazo vertical. Ahí estoy yo, con la ele a mi izquierda y la puerta al frente y a la derecha.

Por el momento no hay más deserciones. Me había ilusionado con que media cola desapareciera frente a mí y así ganar tiempo. Pero no. El problema principal, sin embargo, no es ése: al parecer nadie termina de ser atendido. La gente que está en las cajas es la misma que cuando llegué, hace unos diez minutos. Si me dejara llevar por la información disponible (cero atendidos en diez minutos) llegaría a la conclusión de que el tiempo de cola será infinito.

—Esta es una de esas colas que no se mueven —dice otro hombre, que está delante del que tiene las orejas manchadas, y que acaba de dar media vuelta. El de las orejas manchadas responde algo que no entiendo, y el otro decide irse.

Un paso más al frente.

Allá arriba, el primer piso parece el pullman de los teatros: una plataforma elevada que ocupa más o menos la mitad de la superficie del salón. Por el borde, que tiene una reja al estilo de los balcones antiguos, puedo ver una serie de espaldas de personas sentadas, que seguramente hacen otra cola aunque un poco más cómoda que esta. Alguien, un empleado del banco, está tirando de un hilo que cuelga hasta la planta baja. En la punta del hilo hay un broche grande y negro. Cuando el broche llega a sus manos le coloca una pequeña pila de papeles y, lentamente, vuelve a descolgarlo soltando el hilo de a poco. Los papeles cuelgan ahí abajo, a la espera de que otra persona los vaya a buscar.

Un poco más atrás cuelga otra cosa: las ramas larguísimas de un potus más saludable que la gente que lo rodea. Las ramas llegan casi tan abajo como el hilo. Si siguen así, pronto podrán reemplazarlo.

La cola se mueve. Mientras estaba distraído ha cambiado la gente atendida en las cajas. Es un acontecimiento. La excitación se propaga por la hilera de gente como un reguero de pólvora. Todos avanzamos dos pasos, alertas, despiertos, algunos incluso sacando formularios de adentro de los sobres o ajustándose el saco o la campera. Necesitamos ser optimistas.

Miro detrás de mí, y resulta que hay al menos diez personas nuevas.

(Continuará.)