Pronóstico

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El sabio anciano se dedica a estudiar el clima. Huele el aire, observa la actitud de las ovejas, clasifica la nubosidad, mide el color de las hojas de los árboles, anota la dirección del viento, el comportamiento del río, el ruido del volcán, las figuras que forma la borra del café. Deja todo escrito en una tablilla, y un día más tarde agrega el comentario final: si ha llovido o no.

De esta manera desarrolla un método para predecir si el día siguiente será lluvioso o seco. Cuando el método parece estar a punto, hace su primera predicción.

—Mañana lloverá —anuncia para sí mismo, solo en las profundidades del valle donde vive.

Al otro día no cae ni una gota de agua.

El sabio revisa cálculos y estadísticas, ajusta las conclusiones, y dice:

—Mañana estará seco.

Al otro día llueve un poco. Apenas, pero llueve.

Nuevos ajustes, nuevas precisiones, día tras día. Y día tras día el pronóstico fracasa. Así, sin cambios, transcurren tres meses.

Entonces, a los cien días de predicciones fallidas, el sabio ve la luz: en una situación así, un cien por ciento de error equivale a un cien por ciento de éxito.

Alborozado, corre a la ciudad y pide audiencia al rey.

—Su Majestad —anuncia—, tengo un método infalible para predecir lluvias y sequías.

El rey, siempre interesado en cuanto pueda beneficiar la recaudación de impuestos, acepta que el sabio haga una demostración.

El sabio saca sus tablillas, hace los cálculos necesarios, agrega un poco de danza y ritual para los ojos presentes, y llega a la conclusión de que, según su método de predicción, al día siguiente estará seco.

—Mañana va a llover —anuncia entonces, con grandilocuencia.

Al otro día el cielo está despejado. No cae ni una gota.

El sabio se rasca la cabeza. Es la primera vez que el método falla. Vuelve a hacer ajustes, y cuando el rey lo llama, explica:

—Su Majestad, el error se debe al cambio de valle. He olvidado tomar en cuenta que ya no estoy en mi casa, sino en esta magnífica ciudad, donde las condiciones del tiempo son otras. Ahora haré una predicción correcta.

El rey, paciente, decide escucharlo otra vez.

—Mañana estará seco —dice el sabio.

Pero llueve.

El rey, temiendo alguna clase de complot, manda a sus espías a revisar las tablillas del sabio. Así se entera de que, por algún motivo para él incomprensible, el sabio le ha estado diciendo lo contrario de lo que su método anunciaba.

Tiene dos opciones: puede hacer decapitar al sabio, por engañarlo; o puede seguir escuchando sus pronósticos, aprovechando lo que al parecer es un notable logro científico, y actuar de acuerdo a lo contrario de lo que el sabio anuncie.

Sin duda, la segunda opción será mejor para la recaudación de impuestos que otra cabeza separada del tronco.

El sabio, que no se ha enterado de la presencia de espías en su casa, acude a ver al rey lleno de temor. Pero el rey sonríe y le anuncia clemencia. El sabio, entonces, repite sus cálculos, llega a la conclusión de que habrá sequía, y dice:

—Mañana va a llover.

De esta manera, el rey se convence de que al día siguiente estará seco, y prepara una excursión campestre para sus ocho mil setecientos cortesanos.

La lluvia intensa lo arruina todo.

Tras decapitar a los espías, pues con algo debe calmar su rabia, el rey envía nuevos emisarios a la casa del sabio. Un poco atemorizados, los emisarios confirman lo que se sabía hasta el momento. El sabio no ha cambiado de método.

Decidido a insistir cuanto sea necesario, el rey vuelve a llamar al sabio.

—Mañana estará seco —anuncia el sabio con un hilo de voz.

Si el sabio dice eso, piensa el rey, es que su método le indica que lloverá. Por lo tanto, yo debería creer que lloverá. Pero eso falló, de manera que sin duda estará seco.

Otra vez organiza el gigantesco día de campo. Y otra vez quedan todos pasados por agua.

Cada cosa tiene su límite. Durante la noche siguiente hay actividad en la plaza mayor, donde, al amanecer, una cabeza anciana y desprovista de cuerpo empieza a presidir lo que será una semana entera de sol radiante.

Cada vez que llueve

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Cada vez que llueve sale a recorrer los charcos, buscando lo que perdió.

Va de charco en charco, agachándose para mirar bien mientras sostiene el paraguas lo más vertical que puede. Se moja la espalda, los pies. Siente un poco de frío.

Sólo cuando llueve, porque si no no hay charcos, y si no hay charcos jamás podrá encontrar lo que perdió.

El Chango Reina

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—El Chango Reina. Ese era bueno.

—¿Quién?

—El Chango Reina.

—No lo conozco.

—Era el mejor. Tocaba con dos dedos.

—¿Tocaba con dos dedos y era el mejor?

—Lo escuchás y te querés morir.

—Eso no me parece bueno.

—¿Qué cosa?

—Que te quieras morir.

—Te querés morir cuando ya viviste todo lo que querías.

—Pero también cuando sabés que no podrás vivir todo lo que querías.

—No es el caso.

—O cuando ya no aguantás lo que estás viviendo.

—Yo soy feliz.

—¿Y te querés morir por ser feliz?

—No, por haber oído al Chango Reina.

—¿Ese también se murió?

—Hace cincuenta años.

—Porque quiso, me imagino.

Se puede calcular

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Se puede calcular cuánto tiempo lleva un auto parado en el mismo sitio por la cantidad de papeles de propaganda que tiene enganchados en los limpiaparabrisas.

La pantalla se nubla

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La pantalla se nubla. Tengo sueño. Hay un relato en desarrollo atrás de ese vidrio curvo, pero pasa unos cinco centímetros por arriba de mi cabeza, errando el blanco. Hay una copa de vino aquí en el suelo, junto a mi pie izquierdo, que levanto y le regalo a mi mujer. Me despido del día y me voy a dormir.

Dejo la puerta entrecerrada, como siempre. Pero esta vez queda demasiado cerca del marco. Viene una corriente de aire, tal vez proveniente del relato que sigue allá dentro del televisor, y la golpea con suavidad. Nada grave. Apenas lo suficiente para que me dé vuelta en la cama y decida reaccionar, moverme, abrir la puerta un par de centímetros para que no vuelva a golpearse. Sin embargo, no lo hago: a esta hora, cuando trato de dormirme, es cuando tengo la cabeza más llena, cuando más cosas ocurren dentro de mí, y me olvido rápido de las decisiones.

La puerta se golpea otra vez, un ruido manso, delicado, muy irritante. Ahora sí, pongo un pie en el piso, giro la espalda con el dolor habitual en ese músculo cuyo nombre me gustaría saber, y un segundo más tarde estoy perfeccionando la distancia entre la puerta y el marco, midiéndola con los dedos de la mano derecha. Cuatro dedos, y la puerta no volverá a golpearse.

Ahora sí, me acuesto a pensar en muchas cosas frente a la luz apagada y, con suerte, dormir hasta mañana. Mañana es en realidad mi hijo Gabriel, que a las dos y cuarto viene a visitarme porque ha tenido una pesadilla. La vida es errática.