En la playa, de noche

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En la playa, de noche, camino lentamente hacia la orilla del agua. No hay nadie más. El cielo está nublado y oscuro. La luz de las pocas casas que hay detrás ilumina la arena de manera rasante, como un sol lejano y débil. Las pisadas y las ondulaciones de la arena parecen cráteres y montañas.

Miro a la izquierda y abajo, como si viera el suelo a través de la ventanilla de un avión, o de una nave espacial. Porque siento que sobrevuelo otro planeta. Podría decir que un centímetro equivale a un metro, de manera que mi altitud es de algo menos de doscientos metros, y avanzo lentamente sobre un terreno accidentado. Si hubiera alguien allá abajo, en esa superficie castigada por los meteoritos y sin atmósfera, sería igual a un pequeño escarabajo que lucha por trepar en la arena de una playa.

Disminuyo la velocidad. Giro suavemente. ¿Dónde estoy? No es Marte, porque el sol sería mucho más brillante. Tampoco Plutón, porque está demasiado lejos. Seguramente es una luna de Urano, o de Neptuno. Eso, una luna de Neptuno cuyo nombre no recuerdo, en la que ahora veo un canal largo y estrecho, una hondonada monstruosa, un pico elevado, un sistema de cráteres que avanza en arco.

El ruido de los motores llega en oleadas. Me detengo y levanto la vista lentamente, hasta el punto exacto en que la ilusión está por romperse. Un poco más arriba debería estar el espacio profundo y estrellado, ahí donde todavía sé que quedan la orilla del mar, la espuma que brilla en la oscuridad, la Tierra en la que todo es posible.