Desde Titán

Standard

Desde Titán, la sonda Huygens envía imágenes exclusivas a La mágica Web.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Todos los años

Standard

Todos los años hay algunos feriados que caen en domingo. La vida es así. Pero nada como el año pasado.

Para empezar, toda Semana Santa cayó en domingo. Estábamos desesperados. Y en una seguidilla tremenda fueron domingos el 2 de abril, el 25 de mayo, el 20 de junio y el 9 de julio. El gobierno, para compensar, eliminó dos lunes del calendario, pero por culpa de ese cambio también fueron domingos el 17 de agosto y el 12 de octubre.

La situación me hizo acordar cuando era chico y los días de carnaval eran feriados: una vez, el lunes y el martes de carnaval fueron domingos. Nos queríamos morir. Pero ni siquiera eso se puede comparar con lo del año pasado.

El gobierno, pensando en el año electoral que venía después, instauró el Día Nacional del Feriado. Con tan mala suerte (o tan mala intención) que cayó también en domingo.

Ya nadie se sorprendía de que incluso el 21 de septiembre fuera domingo. Pero lo que nos sacudió a todos, especialmente a los no católicos y no religiosos, fue que el Vaticano decidiera mover el 8 de diciembre, que era un viernes, al 10 de diciembre: como todos saben, un domingo. La Navidad quedó donde estaba, en domingo por supuesto.

Mi cumpleaños no, no hubo caso. Fue miércoles nomás.

Cada vez que se inunda el barrio

Standard

Cada vez que se inunda el barrio ese tipo de la otra cuadra saca un bote que nadie sabe dónde tiene escondido, y se pone a remar mientras grita “¡Inundación!”, “¡Inundación!”. Rema y grita, rema y grita, sin mirar más que al frente, avanzando por el medio de la calle hecha un río hasta perderse de vista. Y después de que ese tipo se pierde de vista aparece la ayuda, vienen otros botes, se oye el helicóptero, nos van sacando de a poco.

Hoy se inundó el barrio pero ese tipo no apareció. Se habrá quedado dormido, o encerrado en la casa, o se le rompió el bote. El tema es que nadie salió gritando “¡Inundación!”, “¡Inundación!”. Nos trepamos a los techos de las casas hechas islas, mirando hacia los árboles hechos matorrales, curiosos por lo que traería flotando el agua durante el próximo minuto, y sobre todo esperando. Y nada. Ese tipo cambió de idea, o está cansado, o se ahogó. Ya no llueve, incluso parece que está por salir el sol. Y sin hablarnos, los habitantes de los techos de las casas tenemos la mala intuición de que esta vez la ayuda no va a llegar.

Cae una roca

Standard

Cae una roca sobre un vidrio que está en el suelo. Lo hace pedazos. El ruido me asusta, sobre todo porque estoy acostado, dormido y soñando. Por debajo de la roca asoman vidrios azulados, que terminan en punta. Siento una presión en el pecho.

Si supiera correr estaría corriendo

Standard

Si supiera correr estaría corriendo, pero son muchas las fallas de la educación que recibí, y el movimiento coordinado de las piernas es una. Ahora, por ejemplo, sopla el viento y trae indicios de ataque. Me haría bien, o le haría bien a mi futuro, y tal vez al tuyo, salir con rapidez de esta habitación, cruzar las calles sin mirar atrás, y llegar al refugio antes de las ocho. Sin embargo debo quedarme aquí, frente a la pantalla, ignorando las señales de todos los sentidos que no sean la vista. Y la razón es la maestra de cuarto grado, la del pelo teñido, la que se reía tanto, la que no tuvo clemencia a la hora de condenarme.

La persiana

Standard

La persiana, a medio bajar, muestra dieciséis rayas de luz entre las tablas de madera.

Cerca de cada extremo, y también en el centro, atraviesan las rayas cuatro alambres negros, parecidos a comillas, o a patitas. Cuenta mental: cuatro por tres por dieciséis.

Todas las rayas son distintas: más anchas, más angostas, crecientes de izquierda a derecha, decrecientes de izquierda a derecha, rectas, curvas. Una se interrumpe en el centro, donde la madera de arriba y la de abajo se pegan.

Cuando subo o bajo la cabeza, estirándome o inclinándome en la silla, los edificios del fondo parecen cambiar a los saltos: atraviesan una raya y ahí saltan hacia arriba, atraviesan otra y ahí se hunden.

Un edificio de color ladrillo tiene una línea blanca en cada piso. Cuando me pongo a cierta altura, las líneas blancas ocupan exactamente cinco rayas de luz, y el edificio parece completamente blanco.

Hay dos maneras de mirar el mundo: una es como rompecabezas incompleto, tratando de rellenar los huecos entre rayas de luz. La otra es lineal: cada raya un universo de una sola dimensión.

El cielo está azul, sin nubes, lo cual es una pena porque seguramente me estoy perdiendo algo.

Las frases palindrómicas

Standard

Las frases palindrómicas han recibido una enorme atención de mentes brillantes, hábiles con el idioma, capaces de prodigios de ingenio. Sin embargo, basta un breve repaso de las más conocidas para descubrir una calidad sorprendentemente baja. Pareciera que esas mentes únicas hubiesen dejado de lado lo que las distingue para dedicarse a este género. La torpeza que exhiben las frases palindrómicas más conocidas es un insulto a la inteligencia.

Como ejemplo, trataremos la frase palindrómica tal vez más conocida:

Dábale arroz a la zorra el abad.

A la primera mirada se percibe el arcaicismo de la forma, el carácter falsamente “poético” de la construcción, la pedantería de ese “dábale” que, una vez superado el siglo XIX, sólo es posible encontrar en el peor periodismo.

Es patético que nosotros, sin mayor experiencia previa en el tema, podamos mejorar ese palíndromo con tanta facilidad:

El abad le daba arroz a la zorra.

Pero aún no es suficiente. La palabra “zorra” tiene connotaciones que el contexto no exige, por lo que encontramos preferible sustituirla por “zorro”. Y “abad” es un término que en nuestra sociedad, crecientemente secular, dista de ser fácilmente comprensible (¿quién ha visto una abadía? ¿Quién sabe qué es un abad?). De manera que sugerimos la siguiente versión:

El cura le daba arroz al zorro.

Somos conscientes de que aún quedan problemas: ¿por qué un cura se dedica a alimentar a un zorro? ¿A quién se le ocurre que el zorro se interese en el arroz? Sin embargo, reconociendo la libertad que se debe otorgar al arte, aceptaremos que la celebérrima frase quede expresada de ese modo. Es indiscutible que la hemos mejorado en mucho.

Otra cuestión que hemos encontrado por ahí es la pretendida imposibilidad de traducir una frase palindrómica. A nosotros no nos parece tal. Sin ir más lejos, y al correr de la pluma:

The priest gave rice to the fox.

Y si queremos mayor elegancia, incluso sutileza:

The priest used to feed the fox with rice.

En fin. Con sólo un ejemplo, y en pocos minutos, hemos logrado demostrar que un género tan respetado, admirado, reverenciado como el de las frases palindrómicas, sometido a un análisis sencillo y de sentido común, puede acabar cayendo como un castillo de naipes.

Jugaba con las manos a la espalda

Standard

Jugaba con las manos a la espalda, de manera que al poco rato todos pensamos que ocultaba algo. Nadie se atrevió a preguntar. Quienes dimos la vuelta con disimulo no encontramos nada. El misterio continuó durante horas, y después días. Farly me dijo, en voz baja, que el mundo llegaría a convertirlo en leyenda, si no fuera que todo lo que hacemos queda encerrado entre estas cuatro paredes.

El pedazo de uña

Standard

El pedazo de uña cortado ayer todavía está a la vista sobre la baldosa del baño. No quiere actuar de cucaracha, ir a esconderse a la primera luz o la primera sombra, ni tampoco hacer de basura que se mimetiza con el fondo, ocultarse en las grietas, desaparecer. Quiere ser uña cortada, y como tal espera en la baldosa que le tocó, paciente, intensa en su quietud, aprovechando lo único que todavía da sentido a lo que le resta de existencia.

Esa hormiga

Standard

Esa hormiga que se mueve pegada al zócalo acaba de cambiar su lugar con el picaporte. Sigue pareciendo hormiga, sigue avanzando y deteniéndose, girando el cuerpo hacia aquí y hacia allá, sigue teniendo seis patas, sigue siendo un poco roja y un poco negra, sólo se la distingue porque se mueve, nada en su aspecto o su comportamiento hace sospechar el cambio. Pero ya no es más hormiga, ahora hay algo en ella que no tiene nada que ver con las hormigas, porque, muy lejos de ser hormiga, es picaporte.

El imán de heladera

Standard

El imán de heladera se arrastra por el suelo, ignorante de las leyes de la física, con la lentitud de las cosas sin poder, con el rumbo fijo de las cosas poderosas, a un centímetro de la línea oscura que separa las baldosas, portando el estandarte de pizzería, orgulloso a su manera, sin timidez, como si hubiera encontrado el amor de su vida.

Son tres

Standard

Son tres los zumbidos, a distintas alturas, con distinta intención, no todos humanos, no todos mecánicos, no todos involuntarios, no todos nuevos, algunos continuos, algunos intermitentes, algunos subterráneos, algunos a ras del piso, algunos aéreos, varios muy fuertes, varios casi inaudibles, unos pocos agradables, pero feos la mayoría, muy feos casi todos, horribles, muchos de los tres.

La línea

Standard

La línea empieza en un punto de la pared situado a medio camino entre la ventana y el piso, y sigue hacia la derecha en un sube y baja que esquiva rugosidades, manchas y graffiti. No tendría nada de especial, si no fuera que continúa en la pared siguiente, y en otra más, y da vuelta la esquina, y pasa al pavimento para encaramarse en una columna de alumbrado en la vereda de enfrente, y baja otra vez para recorrer baldosas rotas, y sobrevive al tránsito de la avenida hasta tomar velocidad al otro lado, donde uno corre y corre pero la línea es más rápida, y así como anda no va a terminarse ni siquiera en el río.