Tal vez

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Es posible que, después de todo, salvando las innumerables objeciones que se han hecho a lo largo de los últimos días y en relación a la mayoría de los temas considerados, sin por eso obviar los apoyos críticos, los consejos bienintencionados, el continuo fluir de ideas que enriquecieron el debate, aunque debamos también consignar el acoso de ciertos sectores poco constructivos, que si bien no han hecho mella en las convicciones sí han contribuido a drenar energías, tras momentos de zozobra cuando creíamos que todo se iría por la borda, así como de felicidad cuando comprendimos que finalmente llegaríamos a buen puerto, a pesar de los contratiempos que llegaron mucho más allá de lo previsto y pusieron a prueba el temple de cada participante, contratiempos que sin embargo sólo tuvieron el efecto de confirmar nuestro rumbo, de alentarnos a seguir adelante, de proseguir la senda trazada, no obstante, indubitativamente.

creciente poesía

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creciente poesía pérdida forma llegando fuga motivos verbo supone estado paciente edición fotografía poco nunca ahora sé existió espacio nombre y nos vamos haciendo viejos un nuevo método de añadir un comportamiento no sé si decir que raro ser un poco mas alto una mejor que la otra con las ganas de continuar entrar en el diccionario que no tiene nada de chiste para armar bloques de fragmentos basta con que selecciones alguno de estos experimentos uno de los templos budistas pondremos la foto completa cambian la inicial las parejas de baile con dificultad entre las trepadoras y los troncos partidos para andar pensando cierta concesión a la galería con los recursos propios del medio la derrotamos porque simplemente va evolucionando hasta un estado final de satisfacción

Baldosas deducibles

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El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, haciendo un hábil uso de las características de las baldosas que adornan nuestras veredas, ha diseñado un nuevo mecanismo por el cual los vecinos de esta ciudad pueden deducir de las tasas municipales el periódico gasto en baldosas nuevas en que deben incurrir.

Las baldosas de Buenos Aires tienen una cualidad que comparten con las huellas digitales: no hay dos que sean idénticas. Es el resultado de largas décadas de romper y arreglar, romper y arreglar, romper y arreglar. Cada empresa de servicios públicos, cada compañía de televisión por cable, cada entidad con caños que tender ha venido rompiendo y arreglando, rompiendo y arreglando sin prisa y sin pausa. Tras romper algunas baldosas en cada vereda las han reemplazado (y las siguen reemplazando) con baldosas nuevas, parecidas a las anteriores. Parecidas, que no iguales. El entramado de sucesivas sustituciones le ha dado a la ciudad ese original aspecto de rompecabezas, aún no debidamente documentado por quienes se interesan en el paisaje urbano, ni académica ni artísticamente.

Ahora, el Gobierno de la Ciudad ofrece una oportunidad única en el mundo, con la apertura del Registro Urbano de Baldosas. Cada propietario frentista deberá tomar una foto de cada una de sus baldosas (de acuerdo a especificaciones técnicas que se pueden retirar en los Centros de Gestión y Participación de 8 a 12), y depositar una copia de esas fotos en el Registro. Se le dará un número por cada baldosa, y se le sellará el dorso de otra copia de cada foto. El trámite será gratuito.

Y ahora lo verdaderamente interesante. Cuando una empresa de servicios cave una zanja en su vereda, entregará al propietario un fragmento de cada baldosa destruida en el proceso. Ese fragmento, no menor al 51% (cincuenta y uno por ciento) de la superficie original de la baldosa, será depositado por el propietario en las oficinas del Registro junto con la foto correspondiente. El Departamento de Verificaciones del Registro de Baldosas tendrá treinta días hábiles para expedirse sobre la exacta correspondencia entre fragmento y foto.

En tanto, la empresa responsable de la zanja volverá a cubrirla, como siempre, con baldosas nuevas, parecidas pero no iguales a las anteriores. Además, hará entrega al propietario de un Certificado de Costo de las baldosas adquiridas y colocadas. Tras tomar nuevas fotos, el propietario se presentará ante el Registro para dar de alta las nuevas baldosas, acompañadas por su respectivo Certificado de Costo.

En caso de que el Departamento de Verificaciones del Registro de Baldosas acuerde la baja definitiva de las baldosas cuyos fragmentos fueron presentados, el propietario podrá tramitar la deducción de un 33% (treinta y tres por ciento) del monto estipulado en el Certificado de Costo de la tasa por Alumbrado, Barrido y Limpieza que le corresponda, en el año inmediatamente siguiente.

Con este nuevo emprendimiento, el Gobierno de la Ciudad se enorgullece de aunar en un solo proyecto las características que hacen que nuestra urbe sea única en el mundo, con el afán participativo de los ciudadanos, y el deseo de hacer justicia en el tema de la distribución de las tasas a pagar.

Se da por descontado un amplísimo apoyo popular a la iniciativa.

En la esquina superior derecha

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En la esquina superior derecha de la foto hay una mancha apenas más oscura que el cielo que la rodea, alargada en sentido horizontal, con una especie de punta roma que sale hacia abajo. Podría ser el resultado de una mancha en el lente de la cámara, pero no lo creo porque no se reproduce en otras fotos. También podría ser un pájaro en movimiento, o el fragmento de una rama de árbol muy fuera de foco. O, ya que estamos, una nube. Sin embargo, ninguna de esas explicaciones es convincente.

Por debajo de la mancha hay una gran extensión de cielo azul, un horizonte apenas inclinado y una tierra llana, de color verde oscuro, salpicada de animales negros que si parecen vacas es porque no hay otra opción razonable.

En el centro, a unos veinte metros de distancia, está L. Mira en la dirección general de la mancha, pero lo más probable es que sólo sea una ilusión el que parezca que la estaba mirando. No dijo nada de manchas, pájaro, rama, nube, lo que fuera. Es verdad, sin embargo, que no tuvo tiempo para mencionarlo.

En la foto siguiente, que saqué un momento después, ni la mancha ni L son visibles.

Los edificios se van espaciando

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Los edificios se van espaciando. Cuanto más lejos del centro, más oscuros. La influencia de la ciudad se diluye a medida que la dejamos atrás. El auto avanza por un camino antiguo, poco transitado. Las piedras que formaron un pavimento están apiladas en la cuneta. Saltamos sin decir palabra.

La única voz está en la radio, donde alguien habla un idioma que no reconozco. Las consonantes corresponden a un sitio con montañas, las vocales a una isla tropical. La radio parece ciega a esta llanura que nos rodea.

El hombre calvo va en el asiento vecino al conductor, delante de mí. Mira por la ventanilla sin mover la cabeza, y según veo en el espejo lateral, sin mover los ojos. Probablemente no sepa que lo observo de ese modo indirecto. Yo mismo llevo un largo rato observándolo sin darme cuenta, hasta ahora.

Si la voz de la radio perteneciera al hombre calvo, la historia reciente sería otra.

Cierro los ojos para salir de la obsesión del espejo lateral, giro la cabeza hacia la izquierda, abro los ojos. Los hombros anchos del conductor sobresalen del asiento. Tiene la espalda encorvada, la cabeza hacia adelante. Las manos vibran con el volante, se sacuden a cada golpe de las ruedas en el camino destrozado.

No sé a dónde vamos. Dudo que hubiera alguna diferencia en caso de saberlo. Aunque estoy aquí encerrado, a los tumbos en esta suave prisión con ruedas, de algún modo quedé abandonado allá atrás, en la ciudad que caía lentamente, donde me encontraron.

A esta hora del año

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A esta hora del año, en esta cuadra del país, el sol tiene algo personal conmigo y entra por la ventana como si el lugar fuera suficiente, para golpearme directamente en los ojos.

Me acosté a dormir la siesta

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Me acosté a dormir la siesta y soñé que escribía lo que ocurrió esta mañana. No había pensado escribir lo que ocurrió esta mañana, ni lo pienso ahora. Sólo soñé que lo hacía, y en el sueño valía la pena escribirlo, había un ritmo en los acontecimientos que no les venía de sus propios méritos sino de la ilusión nebulosa del sueño. Y ojalá pudiera alguna vez escribir lo que ocurre y no, como siempre, apenas, acerca de.

Palabras

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Vapor. Montaña. Recuadro. Aviso. Según. Espacio. Fotogramas. Ventana. Llave. Encuentro. Arbitrario. Inconmensurabilidad. Taza. Papel. Cornisa. Flujo. La manía de abrir la puerta. Cortante. Cargando baterías. Calculadora. Pasos. Algo expresado con gestos. No hay palabras para todo, así que a veces hay que usar frases. Botón. Pared. Esdrújula. Encender. Libro a medio leer. Gorro un poco chico. Control. Mi hijo juega con la computadora. La marea es un ejército de hombrecitos que persigue a la luna. Imán. Cuchara. Hojas amarillas, de árbol.

El hombre vestido de amarillo

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El hombre vestido de amarillo está repartiendo flores. Nadie las acepta, aunque aclara que son gratis. Será que sólo tiene dos, y entonces todos desconfían. Ante un ramo grande alargarían la mano, sonreirían un poco, y caminarían unos metros, una cuadra, antes de tirar la flor a un tacho de basura. Pero hay dos flores nada más, y recibir la penúltima sería aceptar una complicidad extraña, un modo de ser pares, un igualarse con ese hombre de amarillo que entonces pasaría a tener una sola flor y así ya no habría reparto sino, tal vez, entrega. Y si no entrega, obligación.

Supongamos que Google Maps

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Supongamos que la versión satelital de Google Maps alcanza un grado de definición uno a uno. Supongamos que la actualización de las imágenes se da en tiempo real. Supongamos que estoy mirando en la pantalla mi barrio, mi cuadra, mi edificio, mi techo transparente, mi escritorio. Si no es ya mucho suponer, supongamos que la pantalla de mi computadora apunta hacia arriba. ¿Qué veo?

Van volcando

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Van volcando el contenido de los cajones en una pila inmensa. Cada grupo de cosas conserva su unidad, de manera que es posible ver miles de formas de cajón desprovistas de contenedor, unas sobre otras, de aquí al cielo.

Son cinco

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Son cinco, de los que el mejor está en segundo lugar. El primero es más pesado que el cuarto, que a su vez tiene menos cola que el tercero. El último nunca está solo, cosa que no se puede decir del segundo. Hay dos rojos, dos con ranuras, uno triste, tres a los que les falta agua, uno encendido, dos con algo metálico. El más desparejo está detrás del menos sabio. El menos gordo está delante del más duro. Uno de ellos tiene muchas ganas de irse para no volver.

El aire de los pulmones

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Hay que expulsar de golpe el aire de los pulmones, y ver cómo esa pequeña nube que por ahora es casi nada se aleja de uno, se une a un grupo de nubes equivalentes, y sale a conocer el mundo.

Hay que pasarse el tiempo

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Hay que pasarse el tiempo acomodando todo. Esto arriba, lo otro a la derecha, una cosa al norte, otra cosa abajo, otra a la izquierda, otra al oeste, que en diagonal, que en curva, que recto, torcido, junto, separado, allá, acá, adelante. Todo hay que acomodar, y no sólo una vez sino muchas, todo el tiempo, hora tras día tras semana tras mes. Y si algo queda acomodado, entonces viene alguien y lo empuja, lo patea, lo ignora, le dice cosas, lo cambia de lugar queriendo o sin querer, y a empezar de nuevo. Y es inútil, lo peor es que uno sabe que es inútil. Y terminan llamando a esto entropía.

Las fotos que salen mal (2)

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Ayer saqué algunas fotos. Salieron casi todas mal, pero esta me gusta:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Hilera tras hilera de hebras de lana, colgadas del techo. Algunas dan la impresión de tener luz propia, como si contuvieran un fragmento de cielo. Un sitio extraño, una atmósfera cambiante. El sueño de un decorador demente, o el resultado del trabajo de alguien cuyo oficio sería difícil de describir.

Bueno, no. Me avergüenza mentir. Lo de arriba es un fragmento de una foto movida. Quise sacar un árbol, y lo que apareció fue esto:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

El fragmento en cuestión está por arriba a la izquierda, aunque hay muchas “lanas” en otras partes. En esta medida tal vez cueste creerlo, pero en la imagen original (click para verla; abre en otra ventana) aparecen con toda claridad.

Ahora que vuelvo a ver las fotos, me encuentro con que hay una de adoquines que zafa, así como está, iluminada por el sol de la tarde:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Pero ¿para qué zafa? ¿Qué tienen estos adoquines que no hayan tenido millones de adoquines antes? ¿Las diagonales? ¿El ángulo de la luz? ¿La ausencia de un foco preciso? No, nada. No vale la pena ocuparse de esta foto. Así, en general, son las cosas de la vida.

Lo que no sabe

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Lo que no sabe la persona que llama por teléfono, sólo por esta vez, sólo en este preciso momento, y esto no volverá a ocurrir, lo prometo, es que no soy una máquina.

Frases célebres

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A veces pienso que debería ponerme a escribir frases que, en la intención al menos, tengan destino de célebres.

“La soledad es un arma que apunta hacia adentro.”

¿Qué tal, eh?

“El mejor amigo es aquel que habla menos que uno.”

Bueno, ahí se me coló algo de cinismo. Es difícil de evitar.

“El amor es al vino como la luciérnaga a la esperanza.”

¿Qué? ¿Acaso se tienen que entender, además?

“No dejes de trabajar porque el invierno no acabe nunca.”

Sí, conformismo también. Y cuanto más rastrero, mejor. Es parte de la receta, ¿no?

“Quien calla primero podrá agarrar otra porción de pizza.”

Pero siempre acabo reconociendo que, después de todo, tal vez esto no sea para mí.

Del lugar más alto

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Del lugar más alto cae una hebra de lana blanca. No hay viento, así que se mueve en una línea recta que apunta directamente a tu pelo. A último momento se oye algún ruido, detrás de nosotros, que te hace dar vuelta. La hebra, ya lejos de vos, sigue hacia el suelo y se pierde la única oportunidad de trascender.

Árboles

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Árboles. Cielo azul. Gente de a dos. Sólo el agua del lago se mueve.

Recetas para resolver los problemas del mundo (parte I)

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¿Por qué no acuñar monedas con el valor de un boleto de colectivo? No sé cuánto hace que los colectivos de Buenos Aires cobran 80 centavos por los viajes más frecuentes. Si desde entonces existiera una moneda de 80 centavos, el beneficio para pasajeros y empresas habría sido enorme. Y el día que los colectivos aumentan, se dejarían de acuñar esas monedas (que no por eso dejarían de circular, al menos por un tiempo) para empezar a acuñar otras con el nuevo valor. Desde ya, nada impediría que las monedas de 80 se usaran para cualquier otra transacción, en cualquier parte del país.

Sí, también podría haber una moneda de 70 para los viajes en subte. Pero en el subte se vende las tarjetas antes de que uno viaje, y en la cantidad que uno pida. Por lo tanto, la moneda de 70 no es una necesidad tan grande.

Borrador

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Hay partes del cerebro, o tal vez de la personalidad de uno, que quedan para siempre en borrador.

Narcisa Bella

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Caminando por esta calle hacia Cabildo paso por un “salón de belleza” que se llama Narcisa Bella. Buen nombre. Los otros comercios deberían tomar el ejemplo.

El banco, sin ir más lejos, podría llamarse Marcos Mosca.

La verdulería, Juliana de Lechuga.

A la panadería le iría bien Magdalena Milonguita.

La agencia de servicios fúnebres se arreglaría mejor con Dolores Martirio Corona.

El taller de chapa y pintura, tal vez forzando las cosas, podría ser Tito Caron.

El barrio tendría otro status si la ferretería fuera Miguelito Fierro.

La joyería está casi obligada a llamarse Perla Cuello.

Pero no hay caso, ya sé. La gente no tiene imaginación.

Personaje

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Para mi próxima novela estoy pensando en comprar un personaje verdadero. Ya empecé a ahorrar, pero no sé si llego. Están tan caros.

Conozco una agencia que entrega un primer personaje gratis, pero esos personajes nunca se arreglan solos: después hay que comprar otro, y otro más, y esa agencia termina siendo la más cara de todas.

También están los que alquilan personajes. Mientras uno pague el alquiler, el personaje se queda. El problema es cuando uno ya no puede pagar, o se olvida. Lo vi en novelas de otros: de pronto parece que se desinflan. Hacen puf, echan un polvito gris, y la novela no sirve más.

No, la cuestión es comprar un personaje de primera, uno solo, pero bien comprado. Y tratar de arreglarse así. Para el resto venden unos cartones pintados que no están mal, siempre que queden de fondo.