La línea curva

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La alegría y la pena
están separadas
por una línea curva.

En enero de este año volví a hacer música, después de mucho tiempo. El camino fue extraño: me puse a musicalizar posts de la Mágica Web. Los primeros intentos sonaban como una especie de radio exótica, pero la tendencia fue cada vez más hacia la canción, o la canción recitada, o cosas que no tienen nombres precisos pero son, a su manera, musicales. Dos de las grabaciones acabaron siendo instrumentales, sin letra.

Durante la semana pasada el blog estuvo en silencio. Me dediqué a remezclar esas grabaciones, las veinticinco. Fui subiendo las mezclas nuevas, y además agregué la “letra” de muchas a los posts correspondientes.

Por último, me decidí a reordenar los temas y a armar con ellos una especie de álbum. Les hace bien mezclarse de otra manera. A quien haya desistido de escuchar los posts originales (tal vez por encontrarlos un tanto áridos) lo invito a probar esta versión nueva porque creo que se percibe de otra manera.

El título, “La línea curva”, viene de la frase que encabeza este post, que a su vez forma parte de “La roca de los acantilados”, uno de los textos que musicalicé. Como escribí aquí mismo hace unos días: “La música (el audio, lo que sea) que vengo posteando desde hace casi dos meses va de lo chistoso a lo serio, de la alegría a la pena sin previo aviso. Es más: me doy cuenta de que, igual que los posts de donde toman la letra, esas grabaciones pueden confundir a casi todos, empezando por mí mismo. Lo que parece serio puede estar hecho en broma, lo feliz puede ser en realidad triste. Un post que podía parecer chistoso (o al menos sarcástico) adquiere solemnidad. Otro que era mortalmente serio se convierte en un chiste de la más baja calaña.”

Aquí va todo, entonces. Casi ochenta minutos de audio, que entran justo en un CD. Hay dos opciones:

Las grabaciones:

  1. Imaginemos una persona acostada

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    Imaginemos una persona acostada
    sobre una superficie de vidrio lisa,
    sin nada de donde agarrarse,
    y que esa superficie, al principio horizontal,
    se inclina lentamente.
    ¿A cuántos grados empieza la persona a resbalar?
    ¿Qué inclinación es necesaria para que la persona caiga?
    ¿Y si el vidrio está mojado?
    ¿Si está frío?
    ¿O caliente?
    ¿Si la persona se quita los zapatos,
    si se quita las medias?
    ¿Y si está desnuda,
    o abrigada para la Antártida,
    o si tiene guantes?
    ¿Y si es un hombre viejo,
    o un niño,
    o una mujer embarazada?
    ¿Si es alguien que no tiene nada que perder en la vida?
    ¿Si es alguien que todo lo espera del futuro?
    ¿Si es alguien que duerme,
    o dormita,
    o está bajo los efectos de un sedante?
    ¿Si es un deportista sudoroso,
    o si sólo le sudan las palmas de las manos?
    ¿Si tiene todos los dientes,
    o ninguno?
    ¿Y si por debajo del vidrio
    sólo hay un precipicio de quinientos metros?

    (25/8/2003)

  2. Celulares

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    Desde primera hora de la mañana
    los clientes empezaron a olvidarse
    los teléfonos celulares.
    Si en una mesa había dos personas,
    allí quedaban dos teléfonos.
    Si había tres, tres teléfonos.
    Pronto las camareras optaron por sugerir a los clientes
    que pensaran en sus aparatos antes de irse,
    pero nada cambió,
    pero nada cambió,
    nada cambió.

    Hacia el mediodía había docenas
    de celulares en una gran caja de cartón,
    tras el mostrador.

    El turno de la tarde siguió
    recolectando más y más y más y más teléfonos.
    Casi todo el tiempo sonaba alguno,
    pero nadie era capaz de descubrir cuál.

    El cielo se nubló,
    y mientras caía la noche empezó a llover.
    La caja se llenó de teléfonos,
    y pusieron otra al lado.

    Mucho más tarde, cuando estaban por cerrar,
    entró un hombre de saco y corbata,
    empapado por la lluvia,
    y fue derecho al mostrador.

    —Disculpe
    —le dijo al encargado—,
    ¿por casualidad no me olvidé
    un paraguas?
    ¿Un paraguas?
    ¿Un paraguas?
    ¿Un paraguas?
    ¿Un paraguas?

    (9/5/2004)

  3. Pasan autos

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    Pasa un auto gris,
    pasa un auto rojo,
    pasa un auto blanco,
    pasa otro auto rojo pero más oscuro que el segundo,
    pasa otro auto gris pero más claro que el primero,
    pasa una camioneta celeste,
    pasa un auto medio turquesa
    (el color de los azulejos del baño en la casa de mi infancia),
    pasa un taxi amarillo y negro,
    pasa otro auto gris pero más oscuro que los anteriores,
    pasa un auto bordó,
    pasa un auto verdoso
    (antiguo, de esos que tienen el techo revestido de algún plástico negro),
    pasa otro auto gris medio oscuro aunque ya no lo puedo comparar con los de antes,
    pasa un auto amarillento
    (el color que mi madre suele llamar “marfil”),
    pasa el auto violeta que suelo ver cuando vuelvo de llevar a mi hijo a la escuela,
    pasa otro auto de un rojo más puro y claro que los anteriores,
    pasa otro auto blanco,
    pasa un auto negro o tal vez gris muy oscuro,
    pasa un colectivo de varios colores entre los que domina el celeste,
    pasa un auto gris como tantos otros,
    pasa un auto azul recién salido del mar,
    pasa otro auto bordó,
    pasa otro auto bordó más,
    pasa un auto gris claro con un parche más oscuro en el guardabarros delantero izquierdo,
    pasa un auto verde,
    y en cada auto hay alguien que sigue de largo.

    (12/5/2005)

  4. La serpiente

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    Los dos hombres están de pie, frente a frente.
    El de la izquierda habla sin parar,
    mientras mueve las manos como para dar más sentido a lo que dice.
    El de la derecha escucha con atención,
    pero no mira las manos sino los ojos del que habla,
    y a veces la boca.
    De vez en cuando asiente con un movimiento débil de la cabeza.

    Una serpiente muy larga y muy delgada,
    de color gris verdoso,
    asoma de la nariz del hombre que escucha y se estira por el aire
    hasta entrar en la oreja derecha del hombre que habla.
    Ninguno de los dos parece darse cuenta de esa cuerda viviente
    que cuelga entre ellos y los une,
    y que poco a poco sigue fluyendo dentro de la oreja del que habla
    hasta que la cola se suelta de la nariz del que escucha
    y se agita mientras sube y sube y sube.

    A todo esto, el hombre que habla se ha ido poniendo pálido,
    y ha empezado a perder el control de las palabras.
    Cuando la cola de la serpiente desaparece dentro de la oreja,
    el hombre que habla baja las manos y se calla.
    Un segundo después cae el suelo.
    Su cadáver se deshace en una montaña de cenizas.

    Pero ha quedado una silueta,
    un fantasma,
    un recuerdo del hombre que hablaba
    que aún sigue de pie,
    y que poco a poco levanta las manos otra vez y retoma el discurso.
    En tanto, mientras vuelve a asentir con la cabeza,
    el hombre que escucha saca un escobillón
    que tenía medio oculto a sus espaldas
    y barre las cenizas del piso.

    (20/1/2004)

  5. Creo que llegamos

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    Creo que llegamos.
    Sí.
    Qué hacemos ahora.
    Esperamos.
    Te cuento un chiste.
    Dale.
    En qué se parecen un zorro y un bigote.
    No sé.
    Qué le dijo la uña del pie al colibrí.
    No sé.
    Cuál es el colmo del tirabuzón.
    No sé.
    Cómo hace la luna para saber.
    Para saber qué.
    Para saber a secas.
    No sé.
    Vamos a casa.
    Eso también es un chiste.
    No.
    En serio.
    No.
    Querés ir a casa.
    Sí.
    Pero tenemos que esperar.
    Me cansé.
    Te cuento un chiste.
    Dale.

    (24/2/2004)

  6. Beso

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    Pasó la lengua
    con suavidad
    por los labios de ella,
    y como ella sonreía
    el placer duró
    un centímetro más
    a cada lado.

    (7/5/2002)

  7. Son cinco

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    Son cinco,
    de los que el mejor está en segundo lugar.
    El primero es más pesado que el cuarto,
    que a su vez tiene menos cola que el tercero.
    El último nunca está solo,
    cosa que no se puede decir del segundo.
    Hay dos rojos,
    dos con ranuras,
    uno triste,
    tres a los que les falta agua,
    uno encendido,
    dos con algo metálico.
    El más desparejo está detrás del menos sabio.
    El menos gordo está delante del más duro.
    Uno de ellos tiene muchas ganas de irse
    para no volver.

    (23/5/2005)

  8. Sol gastado

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    Cuento con la sombra
    de este sol gastado.
    El color es ocre.
    La mañana se escapa.
    No hay permiso para atravesar el bosque,
    y sin embargo
    los niños
    huyen hacia el Norte.
    Me inclino para adelante (Me inclino hacia adelante)
    y me veo los pies. (para verme los pies.)
    Es invierno.
    Es triste.
    Es moneda corriente.
    El arroyo barato
    se escurre al otro lado del pasto
    como si fuera la primera vez.
    Es posible que llegue al mar. (Tal vez llegue al mar.)

    (5/1/2007)

  9. Hay cosas curvas y cosas rectas

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    Hay cosas curvas y cosas rectas.
    A veces, las cosas rectas sirven para hacer curvas,
    pero no a la inversa.
    Algunas cosas rectas son en realidad curvas,
    cuando se cambia la escala.
    Algunas cosas curvas jamás llegarán a ser rectas.
    No hay nada recto-curvo, ni curvo-recto,
    es imposible.
    Algunas cosas rectas lastiman.
    Algunas cosas curvas sobran.
    Hay cosas que lastiman y no son rectas,
    así como cosas que sobran y no son curvas.
    Hay cosas que lastiman que cambian de forma con el tiempo.
    Hay cosas que cambian de forma, y así no lastiman.
    Hay cosas que sobran pero no lastiman,
    y cosas que lastiman y sobran a la vez.
    Hay cosas que sólo lastiman a cosas rectas.
    Hay cosas curvas que sólo sobran cuando están juntas.
    Hay cosas que están juntas y lastiman.
    Hay cosas que sobran, son rectas y están separadas.
    Hay cosas que están juntas y nunca cambian de forma.
    Hay cosas separadas que lastiman por no ser curvas.
    Hay cosas que, siendo curvas,
    cambian de lastimadoras a sobrantes
    cuando tratan de convertirse en rectas.
    Hay cosas que sobran cuando lastiman.
    Hay cosas que pueden ser curvas o rectas,
    estar juntas o separadas,
    y lastiman cuando cambian de forma.

    (13/5/2005)

  10. Cae una roca

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    Cae una roca sobre un vidrio
    que está en el suelo.
    Lo hace pedazos.
    El ruido me asusta,
    sobre todo porque estoy acostado,
    dormido y soñando.
    Por debajo de la roca
    asoman vidrios azulados,
    que terminan en punta.
    Siento una presión en el pecho.

    (14/1/2005)

  11. Hueco en las nubes

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    Había un hueco en las nubes
    y por ahí se cayó.

    (¿Fecha?)

  12. Palabras

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    Vapor.
    Montaña.
    Recuadro.
    Aviso.
    Según.
    Espacio.
    Fotogramas.
    Ventana.
    Llave.
    Encuentro.
    Arbitrario.
    Inconmensurabilidad.
    Taza.
    Papel.
    Cornisa.
    Flujo.
    La manía de abrir la puerta.
    Cortante.
    Cargando baterías.
    Calculadora.

    Pasos.
    Algo expresado con gestos.
    No hay palabras para todo, así que a veces hay que usar frases.
    Botón.
    Pared.
    Esdrújula.
    Encender.
    Libro a medio leer.
    Gorro un poco chico.
    Control.
    Mi hijo juega con la computadora.
    La marea es un ejército de hombrecitos que persigue a la luna.
    Imán.
    Cuchara.
    Hojas amarillas, de árbol.

    (25/5/2005)

  13. Chacarera cacharrera (instrumental)

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  14. Perder

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    Voces: Cecilia Gauna

    Perder los estribos
    perder impulso
    perder el tiempo
    perder el tren
    perder el hilo
    perder la cabeza
    perder peso
    perder ganas
    perder la razón
    perder la paciencia
    perder la gracia
    perder los detalles
    perder conciencia
    perder la conciencia
    perder el sueño
    perder la silla
    perder la costumbre
    perder el equilibrio
    perder el ritmo
    perder la oportunidad
    perder la calma
    perder la camisa
    perder el pelo
    perder las mañas
    perder sustento
    perder el rumbo
    perder el respeto
    perder el miedo
    perder la batalla
    perder dinero
    perderse
    perder el sentido
    perder contacto
    perder altura
    perder el aliento
    perder aire
    perder todo
    perder interés.

    (17/10/2002)

  15. Obediencia

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    Señaló con el dedo
    un punto vacío del horizonte
    y empezó a caminar.
    Obediente,
    la soledad lo acompañó.

    (15/1/2003)

  16. Mil seiscientas cajas de madera

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    Hay mil seiscientas cajas de madera apiladas hasta el techo, en este depósito oscuro y húmedo donde hace años que nadie entra. Los lados de las cajas están hechos con listones como barrotes, y entre los listones hay ranuras por las que apenas se puede ver el interior.

    Cada caja contiene algo distinto. Algunos contenidos se mueven, pero casi todos están quietos. No es fácil deducir qué hay en cada caja, ni siquiera cuando se mueve, cuando tiene olor o se derrama hacia afuera.

    Algunas cajas han caído al suelo y se han roto. Quedan pocos rastros de lo que guardaban. Hay maderas mordidas, rasguñadas, cortadas, partidas. Hay manchas azuladas, grises, negras. Hay grumos marrones y verdes.

    Las puertas del depósito están cerradas por fuera, trabadas, encajadas en las paredes de manera que nadie pueda abrirlas otra vez.

    Una linterna serviría para averiguar más. Pero no tengo linterna. Dependo de la luz del día que entra por una grieta de la pared, y ahora empieza a caer la noche.

    (22/1/2004)

  17. La piedra de los acantilados

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    La piedra de los acantilados es casi negra,
    igual que el agua del mar,
    igual que las nubes de tormenta que pasan más arriba.
    Pero el paisaje está decorado con manchas de color:
    las puntas irisadas de las olas con petróleo,
    los restos color ladrillo de la casa del guardaparque que cuelgan en lo alto,
    la luz intermitente de un avión que vuela bajo.

    La alegría y la pena están separadas por una línea curva.

    (19/1/2004)

  18. Ahora cantemos todos juntos

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    Ahora cantemos todos juntos.

    “La la lá,
    qué lugar
    tan azul,
    tan carmín…”

    Percibimos la cadencia del árbol que hay en nosotros, la luz del bosque que nos ilumina. Estamos unidos en lo profundo de un arroyo de consciencia. Cantemos todos juntos.

    “Sé sé sé
    que en el mar
    hay un pez
    sin ojós.”

    Así, amigos, así, querida concurrencia, nos elevamos en las nubes del dorado fulgor, del frenesí, de la ameba primordial que solloza en nuestras almas evaporadas cual cubos incólumes. Cantemos, cantemos, cantemos todos juntos.

    “Mi mi mi
    corazón
    es rubí
    y sabor.”

    Amada muchedumbre, amados todos los que contemplan el barro de los pies y la tinta de las manos, amados estómagos del ingenio insomne, amadas cebras tricolores que suavizan el sábado, brincamos por sobre las tapias del conocimiento segregado por las cortinas, nos columpiamos de Norte a Sur, de Este a Oeste en los brazos de la madre calefactora que se mimetiza en primaveras. Ahora, ahora como en nuestra infancia, ahora como en nuestro futuro que está escrito en palabras invisibles, cantemos juntos.

    “Po po pó,
    nubarrón
    de metal
    y algodón…”

    (14/5/2005)

  19. Ray siente la cabeza llena

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    Ray siente la cabeza llena.
    De pie junto a la puerta de servicio, embutido en el traje negro, con la mano en la pistola y la pistola apenas oculta bajo el saco, los lentes oscuros para disimular la mirada de reojo, el labio superior apenas torcido hacia arriba, Ray se da cuenta de que tiene el cerebro colmado.
    Ray siente la cabeza llena.
    Ha visto demasiado, ha oído demasiado, los recuerdos verdaderos y los recuerdos falsos han ido llenando cada rincón de memoria hasta no dejar más sitio.
    En los últimos días Ray ha experimentado la pérdida de algún momento de su vida, especialmente de la infancia, pero ahora viene algo peor, algo enorme, definitivo, un colapso.

    Ray piensa si debería sacar el celular del bolsillo, marcar unos números y despedirse de alguien, pero desiste.
    No vale la pena.
    Y tal vez ni siquiera tenga tiempo, porque ahora que se acerca ese niño en bicicleta, ahora mismo Ray sabe que otro golpe de pedal ya no encontrará lugar y así vendrá la catástrofe.
    No bastará esta vez con eliminar años enteros de la escuela, o las caras de sus amantes, o las estadísticas de béisbol aprendidas a lo largo de toda la vida.
    Ray siente la cabeza llena.
    Ray necesita una solución, ahora mismo, pero tampoco le queda sitio para pensar en soluciones.
    El dedo índice se enrosca al gatillo, la pistola asoma del saco y parece que fuera a apuntar sola.
    Ray siente la cabeza llena.
    Entonces se oye el primer disparo, pero no viene del arma de Ray sino de adentro del edificio, allá donde la explosión hiere las paredes cubiertas de graffiti.
    Con precisión de cirujano, la bala elimina en un instante cada fragmento de escuela, cada rasgo de amante, cada partido de béisbol, cada niño que ha pedaleado ante los ojos de Ray, y así Ray tiene un momento, un solo momento del que casi no llega a darse cuenta, un momento brevísimo pero suficiente, valioso, inapreciable, de alivio.

    (13/4/2004)

  20. La pollera le llegaba hasta las rodillas

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    Música y voz: Cecilia Gauna

    La pollera le llegaba hasta las rodillas.
    Cruzaba el puente de noche,
    sobre una plataforma rodante,
    con la mirada en la punta de los zapatos.
    Podía haber acelerado la huida caminando,
    pero no lo hizo.
    Era un blanco perfecto.

    Algunas estrellas cambiaron de sitio.
    La sirena de un barco fantasma
    llenó la ciudad de miedo.
    La plataforma rodante alcanzó el otro lado del puente
    mientras una bandada de palomas
    despertaba por algún motivo incomprensible.
    Los relojes debieron dar la hora,
    y sólo dieron un indicio
    de que todo había dejado de funcionar.

    Ahora sí, caminó.
    El ruido de los zapatos en la calle de ladrillos
    obligó a los perros a ladrar.
    Algo oscurecía la luna.
    El tiempo se hizo lento, espeso.
    Todos vivíamos en el fondo del mar,
    donde apenas podíamos llegar a peces.

    La noche acabaría en algún momento,
    pero ni siquiera eso garantizaba nada.

    (23/1/2004)

  21. Los gases se expandieron

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    Los gases se expandieron hasta ocupar todo el espacio disponible.
    Los líquidos adoptaron la forma de sus recipientes.
    Los sólidos, en cambio, conservaron sus formas.
    En la clase de física, esta vez, todo anduvo de acuerdo con lo esperado.

    (18/1/2004)

  22. Es de metal

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    Voces: Cecilia Gauna y yo

    Es de metal.
    O de plástico.
    De metal, pero parece plástico.
    Tiene punta.
    Se va cubriendo de sangre.
    Gotea.
    Está agarrado a una especie de cuerda,
    o cable,
    que cuelga de un aparato con forma de cubo,
    apoyado en tres patas.

    Sobre el cubo hay un engranaje,
    y en uno de los lados un reloj que marca las cuatro y diez.
    Más atrás, en la silla, varios libros sostienen una pirámide hueca,
    en cuyo interior hay una lámpara encendida
    La cuerda,
    o el cable,
    tiene dos ramales,
    uno amarillo y el otro gris,
    el gris un poco más corto.
    El amarillo se balancea en el aire.
    El cubo es de aluminio,
    está manchado y tiene las esquinas abolladas.

    A veces el reloj se detiene, y unos segundos más tarde arranca otra vez.
    El engranaje gira media vuelta con cada gota de sangre,
    o tal vez sea la gota de sangre la que resulta de cada giro del engranaje.
    Todo el conjunto huele a viejo,
    a moho,
    a haber estado bajo llave durante mucho tiempo.
    El charco que las gotas de sangre han ido formando
    llega a los pies de la silla.
    Ahora se terminan los gritos.

    (21/1/2004)

  23. El irlandés

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    El irlandés se agazapa tras una roca mientras el castillo pasa al trote. Nada de magia. Nada de hechizos en la luna. El infierno está hecho de colecciones incompletas.

    Traemos un vaso de vino al borde del lago. Es de noche. No hay estrellas porque el cielo está de viaje. Si jugamos con fuego podemos terminar borrachos, pero es poco probable que alguien venga a pedir revancha. Queremos correr riesgos.

    El caucho apenas resiste. Cae una gota de lluvia, y ya estamos todos enfermos. No quedan cables lo bastante tensos. Empezamos a mirar hacia abajo. Llegados a este punto ya no hay nada que nos detenga.

    Los oídos están tapados por una capa de algodón. El árbol, como de costumbre, no hace nada. Apenas hay viento. Tragamos las pastillas más dulces sin sonreír, como si el horizonte se estuviera acercando.

    El dolor es rojo.

    (17/1/2004)

  24. Camino de montaña (instrumental)

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  25. Mostacillas

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    Estaba con Mabel en el teatro, hace treinta años. Era la primera vez que salíamos solos. Después de mucho insistirle, había logrado que Mabel me prestara su colgante de mostacillas, y ahora lo tenía puesto en la oscuridad, y lo usaba para mantener los dedos distraídos entre la cercanía palpitante de mi amiga y la distancia atroz de la obra, irremediablemente aburrida.

    El colgante era una obra maestra venida de El Bolsón, un tejido de hilo y mostacillas rojas y blancas que formaban complicados dibujos en un rectángulo vertical, que se colgaba del cuello con una cinta de más mostacillas en trenza. Lo había estudiado en un bar, bajo la mirada de Mabel, y me había parecido indispensable usarlo por un rato. Sería como tener a Mabel colgada del cuello, era sin duda mi impresión, el verdadero objetivo que me tenía hipnotizado y que sin duda llevaría mucho más tiempo y esfuerzo.

    Ahora, en la sala, mientras actores y actrices desplegaban inútilmente sus habilidades, yo sólo pensaba en el contacto de índice y pulgar con una mostacilla, la siguiente, otra más, probando el movimiento casi líquido con que se separaban y se unían, el carácter elástico del conjunto, la tensión casi muscular de ese objeto que seguramente no era más que un pálido reflejo de las características equivalentes de su dueña.

    Entonces algo salió mal. No sé si hice más fuerza de la necesaria, o si intervino una uña donde no debía, o si una lesión subyacente alcanzó la superficie. Me di cuenta de que una de las mostacillas, en el borde derecho del colgante, estaba suelta. Eso signficaba un hilo roto. La sala se empezó a calentar. El aire, con esa adaptabilidad a las circunstancias de que es capaz la atmósfera terrestre, se hizo escaso. A mi izquierda, Mabel miraba hacia adelante y por ahora no se había dado cuenta de nada. Moviéndome lo menos posible sujeté con fuerza la mostacilla errante y palpé con la otra mano sus alrededores. Imposible saber la extensión del daño, y mucho menos si era reparable.

    Me quedé quieto, duro. Pasó una escena, luego otra. Respiraba lo menos posible, un poco por culpa del aire pero más para no mover el pecho y dañar más el colgante. Mabel tampoco se movía, excepto una vez, para reírse, cuando alguien del escenario dijo un chiste que no entendí porque no estaba oyendo. Esto no podía seguir así. Carraspeé, casi sin ruido, para probar las condiciones de la garganta, me incliné apenas hacia Mabel y le dije:

    —Tengo que ir al baño.

    Se sobresaltó: tal vez se había olvidado de mí. Me miró la cara, luego bajó la vista hacia mis manos, pero todavía sin sospechar.

    —¿Cómo? —creo que preguntó, o tal vez sólo puso la expresión correspondiente. Me acerqué un poco más a su oído.

    —Tengo que ir al baño.

    Hizo un gesto de asentimiento y volvió a mirar al frente, como una alumna aplicada. Sin sacar las manos del colgante me deslicé fuera de la butaca. Estaba justo al lado de un pasillo, así que pude salir rápidamente, con la espalda curvada, en silencio.

    Atravesé la cortina que separaba la sala del hall, aspiré hondo ese aire un poco más fresco que esperaba afuera, crucé la línea de visión de un acomodador y me fui derecho a las escaleras que bajaban al baño. Un sonido apagado de risas indicó que la obra estaba aún en el territorio de los chistes. Sostenía el colgante como un corazón enfermo, con los dedos agarrotados, tratando de no mover nada.

    La puerta del baño era batiente, hacia adentro y hacia afuera, así que pude empujarla con el hombro derecho y entrar manteniéndola abierta con la espalda. El baño estaba vacío. Me acerqué al espejo enorme que había sobre las piletas, me incliné hacia adelante y empecé a retirar los dedos del colgante. La mostacilla suelta estuvo a punto de caerse, y con ese sobresalto me di cuenta de que en realidad no necesitaba el espejo. Miré hacia abajo. Ahí a la luz estaban el hilo roto y la mostacilla descarriada, una de las rojas, y también toda otra hilera de mostacillas que se habían desacomodado. El daño parecía propagarse por la trama delicada, como en un efecto dominó sin dominós. El mismo acto de inspeccionar hizo que una mostacilla blanca se saliera, y enseguida me di cuenta de que cada mostacilla suelta significaba que otras dos quedaban al borde del desastre.

    No podía reparar el colgante. Era imposible volver a enhebrar las mostacillas, y mucho más anudar el hilo roto. Necesitaba por lo menos algún pegamento, no sé si por entonces ya existía la gotita pero pensé en una cosa por el estilo. Eso significaba salir corriendo del teatro, encontrar una ferretería abierta, volver a este mismo baño, mientras Mabel esperaba allá en la sala.

    Otra vez el aire se raleó. Atmósfera marciana. Calor de las lámparas que se reflejaban en el espejo. Con mucho cuidado me saqué el colgante del cuello y lo puse en un bolsillo de la campera. Era lo más prudente. Apreté el bolsillo con la mano, desde afuera, y cerré los ojos por un momento. Cuando los abrí otra vez la luz parecía más remota. Entonces salí del baño y empecé a subir las escaleras.

    Sería el miedo, supongo, lo que me hacía sentir mal. No tenía fuerzas para más que otro escalón, o dos. Las conexiones con el mundo exterior se cortaban una tras otra, la frente estaba fría. Las luces del hall cambiaban de lugar. Me senté en la escalera y metí la cabeza entre las rodillas. Después la levanté, medio asfixiado, y estiré las piernas. Apoyé el hombro izquierdo en la pared.

    El malestar era profundo, seguramente presión baja, como no me ocurría desde la escuela primaria. Lo único que parecía seguro era el piso: por lo menos ya no podía seguir cayendo. Y en el mismo momento una rara sensación de alivio recorrió ese otro sector de mi cerebro, el que se dedica a barajar las culpas. Tendría que decirle a Mabel sobre el colgante, pero al menos podría mostrarle cuán mal me sentía por haberlo roto.

    *

    Al final di vuelta el argumento: primero me había sentido mal, y en el casi desmayarme había roto el colgante.

    Le prometí a Mabel que iba a arreglarlo. No volvimos a salir solos. Tampoco cumplí la promesa. El colgante estará todavía en alguna caja, seguramente en casa de mis viejos. Una cosa envuelta en sí misma, deshecha, ahora opaca, no el colgante mismo sino su fósil.

    (6/2/2003)