Azul cobalto. Liza acerca la copa a la nariz hasta tocar el borde, física de asteroides, asimetría íntima. Paul toma despacio y sin parar, lo que anuncia una catástrofe para esta misma noche. La luz se esconde tras el biombo. En la mesa quedan restos de un postre obligatorio, chocolate avergonzado, lirios de campo. Las encuestas no hablan de esto. La luna está en otra parte, pero igual es de noche. Liza se ríe con el lado izquierdo. Paul, en espejo, con el derecho. Están de acuerdo en algo que ni sospechan.
Faltan seiscientos kilómetros por este camino angosto, gris y sin curvas, con un cielo blanco y tan bajo que nos obliga a inclinar la cabeza. A ambos lados, junto al pavimento, hay alambres de púa y torres de vigilancia. Aceleramos, aceleramos, aceleramos, y todo lo que ocurre es que las gotas de lluvia nos lastiman más la cara. Entonces vemos, allá adelante, un camión enorme que viene en sentido contrario. Es ancho, ocupa todo el camino. Empezamos a frenar, hasta quedarnos quietos. Pero el camión, cada vez más grande, como un globo que al inflarse se convierte en hierro, no frena. Justo a nuestra derecha hay una entrada pequeña, un corte en el alambre de púa, a mitad de camino entre dos torres. La atravesamos, para entregarnos.