Siempre pienso que hago mal en dejar la música ahí solita, en vez de rodearla de explicaciones. Pero la duda se me pasa y abandono la música a su suerte, en parte porque si la tengo que defender entonces mejor que no sea escuchada, y en parte porque no sé cómo defenderla.
Pero esta vez la duda es más grande que de costumbre, y supongo que entre las causas hay que considerar que esta vez también la música es más grande: sesenta y nueve minutos.
Así que algo voy a decir, pero poquito.
Al comienzo hay poca variedad tímbrica, pero eso cambia después. Lleva unos siete minutos llegar al primer cambio importante en cuanto a timbres, y luego hay novedades cada pocos minutos. Las variaciones rítmicas son muchas, pero andan siempre alrededor de unas pocos modelos básicos. Eso sí, todo el tiempo aparecen “microclimas” (distintas combinaciones de ritmos, timbres, alturas, volumen, intensidad) que modifican lo que se percibe. ¿Armonía? Mucho do mayor, y mucha atonalidad. No soy quién para hacer progresiones armónicas. Así que paciencia: esto es largo, pero diría que quien entre con confianza irá recibiendo premios.
Claro que nada de eso era lo que quería decir. Quería contar algo sobre por qué, de dónde, hacia dónde. En fin.
Otra vez será. La duda sigue igual. Pensé que podía quitarme un peso de encima, pero no. Se ve que el peso viene de algún otro lado.
No lo agites. No dejes que se caiga. No lo mires tanto. No lo aprietes, no lo acaricies, no lo sueltes nunca. No le hables, no le grites, no lo mojes, no lo seques, no lo alises, no lo arrugues. No lo apures, no lo esperes, no lo tientes, no lo ignores. Ahora que está en tus manos, le pertenecés.
Dicen que tiene una amante en Las Catrinas, con la que pasa la noche de cada viernes. Que a su camino, cuando va a visitarla, los grillos se callan. Que en ese sitio, cada viernes, hay luna nueva.
Dicen que vuelve de Las Catrinas con un gato dormido en los brazos. Que vive en una cabaña incendiada hace medio siglo. Que a veces, en la oscuridad de la luna nueva, a escondidas, de la cabaña salen decenas de gatos bebés, y se dispersan por entre los yuyos como rayos de una rueda de bicicleta.
Dicen que tiene noventa y nueve años, que nadie le ha visto la cara, que nadie le ha visto los pies. Pero también dicen que murió en 1921, sin cara ni pies, y le llevará noventa y nueve años encontrar su propia tumba.
Dicen que tiene un billete de cien mil dólares cosido a un bolsillo del pantalón, y el pantalón escondido en el sótano de la cabaña. Que nunca se lo pone ni lo lava ni lo muestra, por temor a romper o perder el billete. También dicen que los billetes de cien mil dólares no existen.
Dicen que nadie vive en Las Catrinas, que en realidad el pueblo se llama Sauce Muerto, que todas las mujeres se han ido a la ciudad, que es zona mala para gatos.
Dicen que en el sistema de Sirio hay un planeta donde todo el mundo tiene noventa y nueve años, donde en cada casa hay un sótano y en el sótano una gata, donde los amantes llevan lunas nuevas en el bolsillo. Y donde un billete de cien mil dólares alcanza para comprar la inmortalidad.