Hay un espacio entre dos edificios

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Hay un espacio entre dos edificios en la dirección aproximada en que se pone el sol (considerando el universo tal como se ve desde mi ventana). Hay dos breves períodos al año en que el sol se asoma por ese hueco durante varios minutos, a eso de las seis y media de la tarde, luego de haber estado oculto tras uno de los edificios. Hoy empezó uno de esos períodos: lo hizo por primera vez desde el invierno pasado, iluminando los tomos del viejo Diccionario Enciclopédico Abreviado de Espasa-Calpe que se apilan sobre un parlante. Seguirá así por unas semanas, y luego volverá a ser tímido.

Cuando me viene a la cabeza

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Cuando me viene a la cabeza un recuerdo vergonzante lo tapo con música. De pronto me acuerdo de algo que hice o dije o pensé, generalmente muchos años atrás, de lo que me avergüenzo tanto que me resulta insoportable. Entonces aparece el DJ que tengo escondido y pone en mi interior música bien fuerte, bajo y batería, o mejor dicho percusión electrónica: algo intenso, monótono, a un volumen imaginario que impide por completo seguir pensando. La molestia se hace tan grande que a los pocos segundos me olvido de todo y ya estoy pensando en otra cosa.

El otro día

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El otro día le hablé a mi mujer del Movable Type. Por culpa del acento que tengo cuando pronuncio en inglés, primero entendió que el programa se llamaba Moo-bubble Type. Y luego, Moo-babble Type.

Qué feo

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Qué feo es tener instalado el PowerPoint sólo por la remota posibilidad de que alguien, alguna vez, me mande una presentación que valga la pena ver.

Me parece bien que el Word marque con rayitas rojas

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Me parece bien que el Word marque con rayitas rojas las palabras que escribo mal o que no tiene en su diccionario. El problema es que casi no uso el Word. Escribo en Outlook, en Dreamweaver, en TextPad y en Movable Type, el programa con que administro este weblog. Ninguno de ellos sabe cómo poner esas rayitas rojas, ni puede acceder al diccionario del Word. Por lo tanto, no me tomo el trabajo de enseñarle al Word las palabras que él no sabe y yo sí, y las rayitas rojas son un poco molestia y un poco deseo, pero casi nada realidad.

Lo ideal sería que el Word compartiera sus habilidades con otros programas. Que el módulo diccionario y el módulo rayitas rojas estuvieran a mi alcance en todo momento, para conectarlos donde yo quiera. Más todavía, ese diccionario que yo iría modificando a mi placer debería ser un archivo (o una colección de archivos) fácilmente accesible, en un formato estándar y abierto. Y no estar expuesto a que una nueva versión de un programa cambie todo y lo inutilice para siempre. Entonces sí valdría la pena ir agregando y quitando palabras mientras trabajo y juego, a lo largo de los años. E incluso intercambiar mejoras con gente que también use diccionarios. Y las rayitas rojas serían una parte más de los grandes servicios que, a pesar de todo, logra prestarme mi computadora.

Me gustaría que las carpetas de Windows

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Me gustaría que las carpetas de Windows fueran más expresivas. Por ejemplo, sería bueno que indicaran de algún modo si están vacías, llenas a medias o a punto de reventar. Estoy seguro de que sería fácil que los íconos fueran cambiando, mostrando papelitos que asoman, hinchazones y cosas así. Por supuesto, también sería bueno que adoptaran algo de la iconografía de la historieta y la caricatura, por ejemplo cambiando de color: la carpeta más llena, esa gorda, redondeada, de la que saltan papeles y está a punto de reventar podría ser de color rojo oscuro.

También me gustaría que las carpetas de Windows envejecieran. Tengo archivos que han cumplido quince o más años. Las carpetas que los contienen deberían estar ajadas, remendadas, mostrando la edad de distintas maneras. Esto en combinación con el grosor que dicte el volumen de su contenido.

Así, sería otro el aspecto del Windows Explorer, más humano y en realidad más útil, si a simple vista me informara todo eso de mis carpetas, como lo hace el viejo archivo de papel que tengo a un metro de mí, sobre una cajonera.

Y no estaría mal que las carpetas más usadas (o más queridas) tuvieran alguna preponderancia sobre el resto, se situaran más arriba, o adquirieran esa cualidad diferente de lo que ha sido tocado y vuelto a tocar por manos humanas. Y que otras carpetas simplemente desaparecieran de la vista hasta que sean necesarias o yo mismo exija verlas, como algunas monstruosidades llamadas “adobeapp”, “biling”, “corelcd”, “kpcms”, “mps”, “mpx”, “ncdtree”, “pm”, “psfonts”, cuya utilidad ignoro (o quiero ignorar) y no es asunto mío, que diversos programas se han tomado la libertad de crear en mi directorio raíz sin consultarme.

Hablo de una computadora que uso para trabajar y para jugar, donde escribo, leo, escucho música, gano mi dinero, y con la que en general paso una buena parte de mi vida. No es mucho pedir, sólo una cuestión de diseño, cosmética, para la que existe tecnología de sobra. Eso sí, sólo se trata de una punta entre muchas de un ovillo muy enredado, muy complejo, y en todo caso muy insatisfactorio.

Señas particulares

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Señas particulares: cicatriz en la sien izquierda, tres centímetros de largo, a dos centímetros del ojo, resultante de la herida provocada por un ventilador de techo, en un vagón de ferrocarril.

Tenía diecisiete años. Volvíamos de un campamento en el Parque Nacional Los Alerces. Después de unas cincuenta horas de tren llegábamos a Buenos Aires cansados y felices, pero más que nada sucios. Me trepé a un asiento para bajar la mochila del portaequipaje. Algo como una mariposa traída por el viento me tocó la sien. Aparté un poco la cabeza, terminé de sacar la mochila y la puse sobre el asiento. Entonces noté que algo me bajaba por el costado de la cara: sudor, seguramente. Me lo saqué con la mano y apareció roja.

No sé qué habré dicho, o tal vez gritado. Recuerdo poco, excepto una especie de foto fija en que estoy en otro asiento, en el fondo del vagón, y a mi alrededor hay un grupo de gente: tanta que se ve todo oscuro. Hablan, me hacen cosas en la cabeza, me preguntan cómo estoy. No sé cómo estoy. Alguien, creo que un estudiante de medicina, me limpia, detiene la hemorragia y me pone una venda que termina abarcando toda la cabeza.

A mis diecisiete años todavía me esperaban mis padres en Constitución. Se dieron un susto que nunca terminaron de describirme. Me llevaron a una sala de auxilios, o la guardia de un hospital, donde me cosieron la herida. Esta parte es más difusa que la anterior, como si ya no tuviera importancia. La herida cicatrizó. Todavía se ve.

No fue tanto el daño que sufrí en ese momento como el que vino después, el que todavía sufro a veces, cuando sin proponérmelo vuelvo a pensar en la escena y me veo acercando el ojo izquierdo, lentamente, silbando alguna canción de los Beatles, a un ventilador invisible.

Ando corto de aliento

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Ando corto de aliento. Me esfuerzo todo lo posible, busco energías donde casi no las hay, me concentro, trato de pensar en una cosa por vez, fijo la mirada en un punto vacío para que nada me distraiga, y no hay caso, no consigo escribir más de diez líneas.

Hilera tras hilera de lomos de libros

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Hilera tras hilera de lomos de libros, con distintos colores, intensidades de uso, alturas, anchos, pesos. Años de lectura, décadas de vida. Están ahí, algunos frente a mí, otros tras una puerta del placard, otros más dando un espectáculo parecido en la casa de mis padres. El paisaje en conjunto significa tan poco. Hay que acercarse, olvidar el bosque y mirar árbol por árbol (o, en este caso, resto de árbol) para encontrar viejas complicidades, diversiones, aburrimientos, hallazgos, fracasos, desconciertos, iluminaciones, fastidios. Y también, lomo por medio al menos, la pregunta fatal: ¿en qué rincón de la memoria tendré algún rastro de haber leído eso?

Un pasillo de hotel

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Un pasillo de hotel. Como el de los Coen en Barton Fink, o el de Kubrick en El resplandor. Decadente, tenebroso.

O como el de un dibujo animado, plano y colorido, donde los personajes se persiguen entrando y saliendo de las habitaciones, se cruzan, se pierden, se duplican, se triplican, cierran puertas para luego atravesarlas, gritan, bailan, nos divierten.

O como el de Iguazú, una noche de 1997, cuando saqué a un Gabriel de año y medio a pasear en el cochecito para que se durmiera. Allá íbamos, yo empujando y él farfullando palabras, de ida, de vuelta, de ida otra vez, por esa larguísima alfombra, tangentes a los universos de las otras habitaciones, durante media hora, cuarenta minutos, a la espera de que mi hijo encontrara todo tan aburrido que no tuviera nada mejor que cerrar los ojos y dormirse.

Qué aroma sentencioso

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Qué aroma sentencioso, aforístico, tiene el post de acá abajo. No es bueno ver las cosas de ese modo, pero mucho peor es escribirlas de ese modo. Algo me pasa, y creo que tengo una explicación: estoy trabajando demasiado.

Asusta un poco pensar

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Asusta un poco pensar en las cosas sorprendentes de que dependemos para sobrevivir: oxígeno, agua, alimento, en orden creciente de fragilidad. Pero lo más frágil de todo es esa capa delgadísima de civilización que nos recubre.

Estoy sentado en una caja de zapatos

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Estoy sentado en una caja de zapatos, dentro de un contenedor de cajas de zapatos. Las paredes de cartón dejan pasar ruidos accidentales, así que hay otra gente en cajas vecinas. Cuando sea de día voy a salir, porque nada lo impide, pero hasta donde sé es igual en todas partes.

Cae un aguacero de los que hay pocos

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Cae un aguacero de los que hay pocos, aquí en este rincón inundable de Belgrano, y a los cinco minutos empiezan a sonar las bocinas. Es una suerte que los automovilistas colaboren de ese modo, porque así el agua se escurre más rápido.

El martes pasado

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El martes pasado conté aquí que alguien está usando una foto que hice hace años, con un cubito de hielo que se derrite. Tendrá algo especial esa foto, porque ahora la encontré también en La Biblioteca de Babel. Ya no digo que pidan permiso ni que anoten el nombre del autor (me resigné a las malas costumbres), pero por favor, muchachos, traten al menos de poner el hielito en páginas donde no choque tanto con el diseño.

Empecé este weblog hace un año

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Empecé este weblog hace un año, el 11 de febrero de 2002. Entonces no le daba ni una semana de vida. Ahora, 794 posts más tarde, estoy feliz de haber elegido precisamente esta ola para dejarme llevar.

Nos quejamos de la falta de tiempo

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Nos quejamos de la falta de tiempo, pero ese no es el problema. El problema es la falta de espacio. Acá estamos a los codazos, luchando por un lugar, por un poco de atención, por la luz que apenas alcanza para iluminar a uno por vez, por la conciencia que se desplaza a velocidades pasmosas sin llegar a detenerse nunca en ninguna parte. Discutimos cada milímetro, negociamos los avances, los retrocesos y hasta los pasos al costado. Tropezamos unos contra otros. Coincidimos en un mismo punto para no coincidir en nada más. Apuntamos en distintas direcciones pero tenemos que aceptar siempre la misma. Y todos dentro de mí.

Las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas

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Las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas. Un cielo falsamente nublado se nos aparece justo por encima de los edificios más altos como otro techo para cubrir todos los techos, para refejar todas las luces. Como si nunca fuera de noche; pero siempre es de noche.

Cuando era chico creía que las avellanas eran las redondas

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Cuando era chico creía que las avellanas eran las redondas, y las almendras las alargadas. La confusión duró mucho tiempo. Aún hoy, cuando miro almendras, tengo que pensarlo dos veces para no decir avellanas.

También de chico recibí en clase de inglés una lista de pares de palabras opuestas. Entre ellas, black y white. Sabía que eran negro y blanco, pero no en qué orden. Por similitud, deduje que black debía ser blanco (las dos empiezan con “bla”). Me enteré del error al día siguiente, pero tardé años en terminar de creerlo.

Las cosas no deberían venir en pares. El cerebro es demasiado complejo para ocuparse con eficiencia de algo así.