La Mágica Web

por Eduardo Abel Gimenez

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Sección: Bolsa (sin clasificar)

Habla como si

6/3/2003

Habla como si estuviera distraído.

Habla como si le faltaran palabras.

Habla como si alguien lo estuviese escuchando.

Habla como si nadie lo estuviese escuchando.

Habla como si lo hubiese pensado antes.

Habla como si fuera espontáneo.

Habla como para sí mismo.

Habla como si estuviera escribiendo.

Habla como si dijera algo nuevo.

Habla como si todos supieran de qué.

Habla como si estuviera discutiendo.

Habla como si fuera sordo.

Habla como si tuviera una ampolla en la lengua.

Habla como si fuera su última oportunidad.

Habla como si fuera urgente.

Habla como si le quedara tiempo.

Habla como si supiera el idioma.

Habla como si fuese extranjero.

Habla como si alguien pudiera creerle.

Habla como si nadie le creyera.

Habla como si fuese verdad.

Habla como si fuese mentira.

Habla como si contara un secreto.

Habla como si acabara de aprender.

Habla como si tuviera algo que decir.

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De las noticias del día

6/3/2003

De las noticias del día:

puso
seguirán
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crimen
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Seguramente alguien pule algo

4/3/2003

Seguramente alguien pule algo, allá en el edificio de enfrente. Pero suena como el torno de un dentista a dos metros de distancia. Está ahí desde hace unos diez minutos. Frenadas y aceleraciones, gritos, ladridos de perros, sirenas de ambulancias y policía, ruidos que en general odio, ahora resultan un descanso y los agradezco.

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No puede ser

4/3/2003

No puede ser que ese tipo haga una cosa así.

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Los universos paralelos existen

4/3/2003

Los universos paralelos existen, y están todos en una cuadra de la avenida Cabildo. Cada uno consiste en un grupo de personas distribuidas en esa cuadra, que pueden conocerse entre sí o no, pero tienen en común intereses de alguna clase. Uno cualquiera de esos universos sólo interactúa con los demás en caso de accidente o extrema necesidad. Si bien hay elementos que pueden pasarse de un universo a otro, cuando algo así sucede se trata siempre de una transición difícil, hasta traumática, para la persona involucrada y a veces para otras.

Por ejemplo, la gente que va en vehículos forma tres universos que se relacionan pero no al punto de perder su paralelitud:

1. Los taxistas van atentos a su marcha en fila india y a las reglas complicadas que los atan entre sí. Algunos bordean un colectivo detenido igual que un camino de hormigas bordea una piedra.

2. Los colectiveros mueven sus ballenas con ruedas en arcos extensos, del cordón al carril central y vuelta al cordón, intercambiando posiciones unos con otros en una especie de trenza, cuidándose de los demás colectiveros pero manejando como si no hubiera nadie más en la calle. En cada colectivo, varias personas tratan de ignorarse mutuamente, pero como todas pertenecen al mismo universo, no lo logran.

3. Cada automovilista dedica algo de su energía al odio de taxistas y colectiveros, pero sabe que nada puede hacer contra ellos. Entonces se dedica con pasión a despreciar a los otros automovilistas, esos inútiles que no saben manejar.

La gente que está en las veredas y en los negocios forma muchos universos, más complejos y difíciles de describir que los del asfalto. A modo de ejemplo:

1. Las chicas de cierto segmento de edades sólo miran a los chicos de cierto segmento de edades, y viceversa. También hay subdivisiones relativas al nivel social, al aspecto físico y al estilo, todo con un nivel de especificidad que no se encuentra en otros animales.

2. Los kiosqueros perciben el movimiento de gente como ruido, a la manera de esos estímulos que de tan repetidos ya no provocan reacción. Sólo están atentos a quienes se acercan, para dividirlos en dos grandes categorías: los clientes y los que buscan la parada del colectivo.

3. Quienes venden artesanías, ropa interior o discos piratas se miran entre sí, hablan con sus amigos, esperan la señal de levantar todo en cuanto se acerca un peligro.

4. La gente mayor camina del brazo mirando las baldosas que han quedado cubiertas de cicatrices de accidentes pasados.

5. Los chicos, que perciben la cuadra como un parador de lobos marinos entre los que sólo ellos pueden moverse con velocidad, van pendientes de otros chicos, de los kioscos de golosinas y de sus padres.

Hay muchos más, pero detengámonos aquí para considerar lo siguiente: todos estos universos forman una densa red de información, pero a la manera de las frecuencias de radio, cada uno consigue que su propia información atraviese las otras sin ser modificada. Sus integrantes están sintonizados con la frecuencia que les importa, y todo lo demás resulta, a lo sumo, una carga de estática.

(Estoy yendo a la farmacia a comprar un líquido para lentes de contacto. Llevo en la mano un frasquito vacío, de otro líquido para lentes de contacto, por el cual me van a hacer un descuento debido a que hay promoción especial. Por el momento, creo que para todos soy ruido.)

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Nos gustaba escuchar música en inglés

3/3/2003

Nos gustaba escuchar música en inglés, pero no teníamos las letras. Era difícil conseguirlas a fines de los sesenta y principios de los setenta. Había que descifrarlas a puro oído, con el problema de que los cantantes tenían acentos más extraños que nuestras profesoras, decían cosas más raras, y en nuestro inglés había lagunas del tamaño de un océano. Así, era inevitable que las inclinaciones de cada uno influyeran en lo que decían nuestros héroes musicales.

Mi amiga era bondadosa. Sabía más inglés que yo, con lo que tenía la última palabra, y esa última palabra solía ser más benigna, más piadosa que la oficial.

Recuerdo dos ejemplos de canciones “malentendidas”, que por muchos años fueron increíblemente diferentes de la versión que el resto del mundo llamaba auténtica.

Una era Mean Mr. Mustard, de los Beatles, la misma que quien traducía los títulos de las canciones para la edición local había bautizado tan creativamente “Significa Señor Mostaza”. Según mi amiga, una parte decía: “His sister Pam works in a club. She never stops, she’s a good girl, oh!” Me llevó diez o quince años descubrir que el resto del mundo entendía otra cosa: “she’s a go-getter.”

La otra canción fue Just like a woman, de Bob Dylan. Mi amiga me explicó, porque yo a él no le entendía nada, que en el estribillo cantaba: “She takes just like a woman,/ She makes love just like a woman,/ She aches just like a woman/ But she prays just like a little girl.” Era conmovedor. Sólo el año pasado supe que ese mundo cruel que está allá afuera, empezando por el autor de la canción, no entiende “but she prays”. Entiende “but she breaks”.

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Qué molesto resulta

3/3/2003

Qué molesto resulta que cada treinta o cuarenta piezas de spam se esconda algún mensaje de un amigo, o laboral, o que por una razón u otra debo leer. Por culpa de esos pocos mensajes me veo obligado a recorrerlos todos, mirando con lupa, en vez de borrarlos de un solo teclazo.

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Después de seis meses

1/3/2003

Después de seis meses sin pisar la peluquería, acabo de hacerme cortar el pelo. Para qué. Ahora, en la calle, todos me tratan otra vez de “usted”.

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Acabo de pasar por un momento de pánico

27/2/2003

Acabo de pasar por un momento de pánico. Actualicé el Movable Type (el programa con que hago este weblog) de la versión 2.0 a la versión 2.63. En el proceso cometí un error, y no andaba nada. Fui al Support Forum del MT, hice mi consulta, y a los pocos minutos una persona me indicó que verificara un par de cosas. De ese par de cosas, una estaba mal. La arreglé, anduvo, agradecí mucho y respiré cuando ya casi estaba asfixiado. Qué placer cuando una comunidad así funciona de esa manera.

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Tengo una idea para una película

26/2/2003

Tengo una idea para una película. El personaje principal, Jack, está obsesionado con un actor famoso, que podría ser Johnny Depp. El tema es que el propio Johnny Depp personifica a Jack, aunque al principio de la película está caracterizado de forma que es imposible reconocerlo.

Jack colecciona películas y fotos de Johnny Depp, y estudia cada pieza una y otra vez hasta saberla de memoria. Con esa documentación aprende a imitarlo: copia los gestos, la forma de caminar, la sonrisa. Ejercita la voz hasta conseguir que sea igual a la de Johnny Depp, en timbre y acento. También busca el parecido físico, que va logrando a medida que la película avanza: compra la misma ropa que el actor, se tiñe el pelo, se cambia los dientes, se opera la nariz. Así, Johnny Depp, el actor que hace de Jack, es cada vez más parecido a Johnny Depp.

Al final, cuando la copia alcanza la perfección, Jack asesina a Johnny Depp y ocupa su lugar.

Aquí termina la película, pero no es todo. El contrato de Johnny Depp debe estipular que durante el resto de su vida actuará de manera sutil y constante como si no fuera el verdadero Johnny Depp, sino Jack el impostor.

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Teoría conspirativa

26/2/2003

Teoría conspirativa: el repelente Off no espanta a los mosquitos sino que los atrae. De esta manera el usuario cree que los mosquitos lo pican porque no se ha puesto suficiente Off, y se pone más, y los mosquitos lo atacan el doble, y entonces se pone mucho más, y así hasta ir a comprar otro frasco. Las ventas crecen infinitamente.

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Hay un espacio entre dos edificios

25/2/2003

Hay un espacio entre dos edificios en la dirección aproximada en que se pone el sol (considerando el universo tal como se ve desde mi ventana). Y hay dos breves períodos al año en que el sol se asoma por ese hueco durante varios minutos, a eso de las seis y media de la tarde, luego de haber estado oculto tras uno de los edificios. Hoy empezó uno de esos períodos: lo hizo por primera vez desde el invierno pasado, iluminando los tomos del viejo Diccionario Enciclopédico Abreviado de Espasa-Calpe que se apilan sobre un parlante. Seguirá así por unas semanas, y luego volverá a ser tímido.

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Hay un espacio entre dos edificios

25/2/2003

Hay un espacio entre dos edificios en la dirección aproximada en que se pone el sol (considerando el universo tal como se ve desde mi ventana). Hay dos breves períodos al año en que el sol se asoma por ese hueco durante varios minutos, a eso de las seis y media de la tarde, luego de haber estado oculto tras uno de los edificios. Hoy empezó uno de esos períodos: lo hizo por primera vez desde el invierno pasado, iluminando los tomos del viejo Diccionario Enciclopédico Abreviado de Espasa-Calpe que se apilan sobre un parlante. Seguirá así por unas semanas, y luego volverá a ser tímido.

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Cuando uno maneja un auto

25/2/2003

Cuando uno maneja un auto deja de percibir la realidad. Las cosas se dividen en pistas y obstáculos, y la vida consiste en competir por esas pistas con otros espermatozoides idiotas que ya no piensan a dónde van sino cómo y a qué velocidad.

A ambos lados, la gente de a pie se convierte en fotos de personas, fotos borrosas de entidades ajenas al mundo de uno. No hay tiempo para mirar a nadie, para notar la expresión de una cara, el gesto de una mano, la intensidad de ese par de ojos que si no fuéramos conductores podrían cautivarnos.

Hay segmentos de universo que van de esquina a esquina, de semáforo a semáforo, de primera a segunda a tercera. Y el cuerpo de uno se ha convertido en un objeto rígido, la atención de uno está centrada en la patente del auto que va adelante, los nervios de uno están reunidos en el contacto con volante y pedales.

Es una simbiosis, un líquen furioso de humano y máquina en la que cuesta reconocer dónde termina uno y empieza la otra. Un líquen fácil de aborrecer, porque no tiene los mismos derechos que una persona aislada, ni cumple sus deberes. Imposible perdonar al líquen. Imposible aceptarlo. No es un semejante, porque en él la simbiosis es completa, mientras que uno, en el fondo, todavía tiene algo de persona aunque los demás estén en desacuerdo.

De vez en cuando se produce la transformación más inconcebible: un conductor, ahí adelante, por algún motivo abre la puerta y se separa de su auto para convertirse en persona. Pero no lo logra de inmediato. Hay un momento de horror, cuando todavía no ha terminado la metamorfosis, en que impresiona como un gusano que sale de una manzana, como pus que surge de la herida, como una tripa que se escapa del abdomen.

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A veces se me juntan muchas cosas para hacer

24/2/2003

A veces se me juntan muchas cosas por hacer. Como ahora. Entonces las pongo en una lista. Es algo que me pasa muy cada tanto, eso de preparar una lista. Y es una experiencia rara. A medida que agrego cosas aumenta la sensación de que no hay manera de cumplir con todo. Hay items que se van a resolver solos, o que van a desaparecer de una forma o de otra. Y hay items que jamás voy a cumplir, por lo menos durante la vida útil de esta lista. Es que la misma lista, en algún momento no muy lejano, se va a hundir en el pantano de otros asuntos pendientes, un pantano muy profundo que existe en mi cabeza, jamás por escrito, y en el que figuran, entre infinitos de cosas, listas incumplidas del pasado.

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Hay países

23/2/2003

Hay países que tienen armas de destrucción más IVA.

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En alguna página de Vivir para contarla

22/2/2003

En alguna página de Vivir para contarla, García Márquez escribió que acababa de morir su madre, a una edad muy avanzada, casi al mismo tiempo que él terminaba ese tomo de sus memorias.

Muchas páginas después se cuenta de unos muebles que Gabito regaló a sus padres, y que alrededor de medio siglo más tarde todavía están en uso. Sin que lo diga directamente, se entiende que es su madre quien todavía usa los muebles.

Al llegar a este segundo momento tengo la sensación imparable de que el libro está vivo. No sólo eso: ha dado un coletazo de serpiente. Es el efecto, que por algún motivo se me hace temible, de descubrir el paso del tiempo en la vida del narrador.

Quien escribió sobre los muebles “en uso” no sabía nada del momento en que, un tiempo más tarde, pero al corregir una página anterior, escribiría sobre la muerte de su madre. Ese narrador tenía menos conocimientos que yo, el lector. Ignoraba cosas que sólo un narrador más tardío llegaría a anotar. Y no era su intención que yo me diera cuenta.

Estamos acostumbrados a que el narrador exista en un tiempo nulo. Es como si hubiera escrito su libro (cualquier libro) en un día, un minuto, un segundo. En el libro el tiempo pasa, pero no así en la voz del narrador. Más todavía, si algún revisor final del libro de García Márquez hubiera encontrado ese detalle de los muebles, esa ignorancia impensable, seguramente habría buscado el modo de corregirla.

Hay formas literarias en las que el tiempo en el presente del autor es esencial, como los diarios personales. Pero se trata de una excepción. Lo usual es que el narrador hable de otros tiempos, incluso si se trata de su propia existencia.

Hay entonces, en la literatura, una dimensión a la que no tenemos acceso. La puerta tiene un cartel que dice “Prohibida la entrada”, y la han cerrado con todas las llaves del mundo. Asusta un poco que de pronto aparezca entreabierta.

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En el baño

21/2/2003

En el baño las cosas suenan tan exageradas como en las películas.

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Con esta especie de otoño

19/2/2003

Con esta especie de otoño que febrero nos trajo es fácil olvidar que todavía tendremos semanas y semanas de calor insoportable antes de la llegada de un otoño de verdad.

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Cuando me viene a la cabeza

19/2/2003

Cuando me viene a la cabeza un recuerdo vergonzante lo tapo con música. De pronto me acuerdo de algo que hice o dije o pensé, generalmente muchos años atrás, de lo que me avergüenzo tanto que me resulta insoportable. Entonces aparece el DJ que tengo escondido y pone en mi interior música bien fuerte, bajo y batería, o mejor dicho percusión electrónica: algo intenso, monótono, a un volumen imaginario que impide por completo seguir pensando. La molestia se hace tan grande que a los pocos segundos me olvido de todo y ya estoy pensando en otra cosa.

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