Jorge Varlotta

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Entre 2002 y 2003, Jorge Varlotta apareció muchas veces en este weblog. Más de las que recordaba, en realidad. Busqué su nombre (usando el buscador que aparece arriba a la derecha), y me encontré con todo esto.

Los invito a pasar, y también a ver el relato “Un bicho peludo”, firmado por Mario Levrero y publicado aquí por primera vez (en julio de 2002).

(Aclaraciones: hay un par de posts en los que Jorge sólo aparece nombrado al pasar, pero la mayoría lo tienen por autor o protagonista. El post más reciente y único de este año, lamentablemente, es el anuncio de su muerte el 30 de agosto pasado. Recordar ahora algunos de sus aspectos más lúdicos, con los que solía iluminar esta página, va como un homenaje muy pequeño.)

Jorge

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Esta mañana se murió mi amigo del alma Jorge Varlotta.

Jorge Varlotta

Aquí informan algo.

Tomé la foto en Colonia del Sacramento en 1991. Hacer click para verla más grande (y si alguien la quiere reproducir, por favor que lo haga sin pedir permiso).

Email de Jorge Varlotta (alias Mario Levrero)

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Copio textualmente, con el debido permiso, un email de Jorge Varlotta (alias Mario Levrero):

Hay una peligrosa gimenización de mis insomnios. Cuando cierro el libro e intento dormir, desde unos días se me ocurren cosas interesantes o divertidas. Por ejemplo, apareció el:

incrustáceo (obviamente, animalito que tiene la virtud de incrustarse en variedad de objetos).

Y también apareció una serie, que iba escribiendo mentalmente en lugar de entregarme al descanso reparador. La copio más abajo, consciente de que tal vez no sea demasiado original.

Y en las madrugadas siguientes me dediqué a escribir, siempre mentalmente, algunos episodios de mi vida sucedidos en 1972.

Creo que sos una mala influencia.

Desesperado, Jorge Varlotta

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Desesperado, Jorge Varlotta me pide que ponga aquí esta pregunta, por si algún visitante sabe la respuesta:

¿Será posible que algún juego del Free Cell (“Carta blanca”) no tenga solución? Por ejemplo, no he conseguido resolver el juego Nº 1941.

Qué amigos tan raros tengo.

Cualquiera tendría grandes dificultades

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Cualquiera tendría grandes dificultades para descubrir a qué me dedico a partir de lo que hay sobre mi escritorio:

  • Un tarjetero con forma de arroba, sin tarjetas.

  • Un ejemplar de Travelogue, de Joni Mitchell.
  • Un dinosaurio rosa de peluche, al que llamamos Rodin (Rosado Dinosaurio), sentado sobre el monitor.
  • Un Snoopy muñeco que escribe a máquina, también sentado sobre el monitor.
  • Bajo el vidrio, una foto de Gabriel bebé, acostado en una sillita para auto que a su vez está apoyada en este mismo escritorio.
  • También bajo el vidrio, una foto donde estamos mi mujer y yo, durante la fiesta de fin de año de 1993, en Solís (Uruguay), tomada por Jorge Varlotta o por Alicia Hoppe (no me acuerdo).
  • También bajo el vidrio, siete boletos capicúas de los que salen de las máquinas en los colectivos (para considerar que son capicúas tenemos que ignorar los ceros de la izquierda).
  • Un folleto de Ediciones Abran Cancha.
  • Un mouse-pad en el que Mickey Mouse se ríe por las cosquillas.
  • Una traducción al hebreo de un libro de Graciela Montes.
  • Un broche desprendido de una campera de jean.
  • Una quena que estoy tratando de hacer sonar (un minuto por día).
  • El más pequeño de los tres charizards que tiene Gabriel.
  • Una linterna roja con una franja negra.
  • Una riñonera donde tengo los documentos, las llaves, el celular apagado y otras cosas, como por ejemplo un paquete de Beldent de frutilla.
  • Tres broches para la ropa.
  • Un marcador grueso, marca Edding, ideal para escribir sobre CDs.
  • Otro marcador grueso, marca Faber-Castell, también ideal para escribir sobre CDs, que me regaló Marcial.
  • Una pinturita verde, heredada de la cartuchera de Gabriel.
  • Un termómetro que no funciona.
  • Un papel celeste donde anoté la dirección y el teléfono de “Un Gallo para Esculapio”.
  • Un paquete de pañuelos de papel, en el que queda uno.
  • Un ejemplar del Diccionario de Uso del Español de María Moliner, Edición en CD-ROM.
  • Dos CDs grabables marca Emation.
  • El control remoto del acondicionador de aire.
  • Un papel blanco con los datos de un electricista.
  • Un ejemplar de El Hábito, de Liliana Felipe (prestado).
  • Una hoja de papel A4 con sumas de Gabriel.
  • La póliza del seguro del departamento correspondiente al segundo cuatrimestre del año.
  • Un CD grabable marca Mitsui.
  • Un CD grabable sin marca.
  • Una moneda de cinco centavos.
  • Dos tornillos grandes.
  • El CD de Nero que vino con la grabadora de CDs.
  • Un papel verde con información de contacto de la revista Veintitrés.
  • La carpeta color salmón donde están los originales de Correo de Imaginaria, la sección que escribí hace veinticinco años en Expreso Imaginario.
  • Una factura aún impaga de ElServer S.R.L.
  • Una foto del cumpleaños de Gabriel de diciembre pasado.
  • Un folleto de Temaikén.
  • Una carta de Network Solutions.
  • Un ejemplar de La vida y otros síntomas, de Rudy y Luis María Pescetti.
  • Un ejemplar del cuaderno Ramos Mejía. Apuntes sobre la plaza principal de la ciudad, de mi viejo.
  • Una bolsa de nylon azul que dice “Tesira”
  • Una carta del banco en la que me tratan de “Estimado Cliente”.
  • Un enorme sobre rojo de Ediciones SM.
  • Un papel amarillo con los datos de un sitio donde enseñan alemán.
  • La tarjeta de un abogado.
  • Una moneda de diez centavos.
  • Un lápiz Staedtler amarillo y negro, muy mordido.
  • Una birome PaperMate Pop, negra.
  • Dos clips, uno plateado y el otro dorado.
  • Una bellota que me regaló Gabriel.
  • Un diskette con Sidekick for Windows, Limited 30-Day Trial Edition, reciclado hace años.
  • Una tarjeta de fin de año de mi contadora.
  • Una pila de papeles en la que no tengo ganas de escarbar.
  • Tres dibujos de Gabriel, muy pequeños, que tal vez pase por el escáner en los próximos días.
  • Un viejo aro con forma de perla que Gabriel le quitó a mi madre hace tiempo.

Yo también suelo tener dificultades para saber a qué me dedico.

nov smov kapop

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nov smov kapop

Me escribe Jorge Varlotta:

La frase del título, que cito de memoria y está sujeta a error, aparecía en una historieta llamada Sansón, que publicaba Billiken allá por la década del 30 o quizás del 40. Concretamente era la leyenda de un cartel que enarbolaba un extraño personaje que nada tenía que ver con la historia; aparecía de tanto en tanto en el fondo. Una vez vi a este personaje, con ese cartel, en el fondo de una historieta de Mad.

No pude encontrar nada en google, y quisiera saber quién es el creador de la historieta y cuál era el título original. Tengo la teoría de que es el mismo dibujante de otra historieta que se publicó hace años en un diario uruguayo con el título de Cuarto y comida. Era totalmente incomprensible, disparatada, existencial, genial. Encontré títulos parecidos, en inglés, pero no eran ésa.

Tal vez alguien de tu red sepa algo al respecto. O vos mismo, sin ir más lejos.

Yo no sé. ¿Y los lectores de esta página?

Actualización: Javier, de Maldita sea, contestó la pregunta en los comentarios de este post. Pero luego encontró más información y la puso en su weblog.

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Novela Gráfica o El caso de la florista estrangulada. Una aventura del inspector Collins”, con guión de Mario Levrero y diseño gráfico de Jorge Varlotta. Aquí, en magicaweb.com. Hay que verla.

Actualización: por decisión de los autores, la Novela Gráfica ha sido levantada, y la página ya no existe.

Me escribe Jorge Varlotta

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Me escribe Jorge Varlotta:

Soñé que mi vecino se había mudado. “Con razón”, pensé en el sueño, “hace días que ya no oigo maullar al gato”. Me despertó el insistente maullido del gato del vecino.

Estoy bajando en un ascensor

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Estoy bajando en un ascensor, parado en las puntas de los pies y apoyándome precariamente en una pared para evitar un charco de pis que hay en el piso. Voy con Jorge Varlotta y con una chica rellenita, vestida de verde, que dice llamarse Moisés pero no se cambia el nombre porque es artista. El lugar, una especie de hotel donde se aloja alguien que ahora quedó fuera de cuadro y ya no sé quién es. Llegamos a una planta baja de shopping. Quiero tomar una cerveza pero nadie me querrá acompañar. Y entonces… Ah, no, era un sueño.

Hace unos días presenté dos frases

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Hace unos días presenté dos frases donde aparecía cuatro veces consecutivas un mismo par de letras: “Así sí, Sísifo”, y “El pionono no nos gustó”. Pero con algunas observaciones: en el primer caso, tres veces la sílaba repetida tiene acento, y una no; en el segundo caso, las letras “no” tres veces forman sílaba, y una no.

Jorge Varlotta resolvió el problema con dos hallazgos:

“En Caracas cascas castañas.”

“Yo estoy encantado, y Chacho chocho, Cholita.”

Más todavía, aumentó la apuesta con una joya en que la misma sílaba aparece cinco veces consecutivas:

“Esto, Toto, totora es y no espadaña.”

La otra vez no conté la historia de esto, Toto. Empezó con una frase de la vida real, que dijo Gabriel con respecto a alguna prenda: “La abuela la lavó.” Susanne, mi mujer, detectó las tres sílabas iguales. Poco después, Gabriel agregó otro caso, usando un lenguaje incomparablemente típico de él y todos los chicos de su edad: “Mi culo lo logró.” (Con perdón.) Estuve a punto de anotar eso aquí cuando se me aparecieron, de ese lugar donde se esconden cosas así, las frases con Sísifo y el pionono, y el juego con optimistas y pesimistas que me ayudó a decorarlas.

(Sigo, como entonces, creyendo que esto no es nuevo. Pero nadie salió con el dato de que se haya hecho antes. Aunque Markelo, en uno de los comentarios del post anterior, hizo notar un antecedente con palabras completas y ejemplos en más de un idioma, en la revista El Acertijo N° 11, donde el mejor caso en castellano, incluyendo cinco apariciones consecutivas de la palabra “como”, lo había escrito… yo.)

Actualización del lunes:

Jorge sigue disparando y subiendo la apuesta. Seis apariciones consecutivas de una misma sílaba:

“Poco coco, Coco, comiste ayer.”

También Markelo logró seis apariciones en los comentarios de este post, con la deliciosa frase:

“En la cama, mamá mama maravillosamente bien.”

Pero Jorge se lleva las palmas con lo que parece un record muy difícil de batir; nada menos que nueve apariciones:

“El Papa papa papa, papá Pablo.”

Actualización del martes:

Y sigue Jorge Varlotta con otros descubrimientos muy graciosos. Nada como el record de nueve apariciones de una misma sílaba, pero sí una lectura apasionante:

“Bailas, muchacha, chachachá chapuceramente.”

“Quiero el panqueque que queda.”

“Dame una banana, nana, nada más.”

“Que eso no te envenene, nene necio.”

Jorge también mejoró mis dos frases iniciales, llevándolas de cuatro apariciones de un mismo par de letras a cinco y siete:

“Así sí, si Sísifo lo permite.”

“Pionono no, nono, no nos gusta.”

Actualización del miércoles:

Hay novedades, aunque no nos deje mucho que decir el comentario de Juan Terranova a este mismo post (“Perdón Señores, lamento discrepar, pero hasta ahora lo mejor de todo fue ‘Mi culo lo logró’ de Gabriel. ‘Mi culo lo logró’ es tan enigmático y trascendental como un haiku. Lo demás, Varlotta incluido, son apenas virtuosismos técnicos, cuando no oraciones sin un sentido real. Por todo eso, hasta ahora, los únicos que lograron algo fueron Gabriel y su culo”).

Para empezar, Jorge defiende unas frases suyas que hasta ahora no incluí aquí (“Deje…, ¡je, je, je!, ¡jejenes a mí!” y “Vieja, ¡ja, ja, ja!, jaboname la espalda”). Su argumento: “Quebrando una lanza por los jas y los jes: recién me di cuenta de que omitiste las frases con ja ja ja y je je je, pero mirá que esas expresiones están en el DRAE. Quiero decir que no es una repetición caprichosa, sino que los tres ja y los tres je, con signos de admiración y comas incluídos, son las únicas formas aceptadas por la Academia para ja y je. Pueden no gustarte las frases, pero quiero destacar que el procedimiento es válido.”

Por otra parte, Markelo, comentando este post y elaborando sobre una frase de Jorge, superó el record de nueve apariciones de un mismo par de letras, llegando a diez con:

“Cuántas cosas están pasando: el Papa papa papa, papá papando moscas y yo escribiendo esto.”

Lo cual me dio pie, parado en los hombros de gigantes, para pensar en algo que tal vez acabe zanjando la cuestión:

“Mientras el Papa papa papa, papá papa papaya.”

¡Que tiene nada menos que doce apariciones de “pa”!

Segunda actualización del miércoles:

Siguiendo la línea del último record, acabo de alcanzar las catorce apariciones consecutivas de una misma sílaba:

“El Papa papa papa, papá papa papa, ¡papanatas!”

Por último, un comentario de Jorge Varlotta:

“Notable la historia de la cosa, a partir de Gabriel (no sabía que estaba compitiendo con Gabriel y con Markelo). Los ejemplos a partir de Gabriel me hacen pensar que en este juego hay algo esencialmente infantil; fijate que la mayoría de las frases tienen un notorio clima infantil; y aparece la sospecha de que en lo que se dice, en realidad se está diciendo otra cosa. Había un francés, citado si mal no recuerdo en la antología de humor negro de Breton, que había creado toda una teoría delirante partiendo de juegos parecidos (y la teoría concluía con que el hombre desciende de la rana).

“Este juego cacofónico podría llamarse ‘cacafonías’.”

Cacafonías, entonces. Le voy a contar a Gabriel.

Tercera actualización del miércoles:

Escribe Jorge Varlotta:

“Si nos permitimos una expresión lunfarda, tanguera, podemos llevar el récord al delirio (“papa”, adjetivo, es algo así como “lindo”, “bueno”, “confiable” —o al menos eso creo):

“El Papa papa papa papa, papá papa papa papa, ¡papanatas!

“También es de hacer notar que el DRAE permite ‘papa’ como ‘papá’, de modo
que hasta se le puede quitar el tilde a papá y dejar satisfechos a los puristas del juego.”

En tanto, Markelo comenta en este mismo post:

“Llegué a las 15 PA con un adjetivo delante de Papa a saber: ‘Pio XXI, el opa Papa, papa papa, papá papa papa, ¡papanatas!’ Según el DRAE: opa. (Del quechua upa, bobo, sordo). 1. adj. despect. coloq. Arg., Bol., Par. y Ur. Tonto, idiota. U. t. c. s. (Si a alguno le parece un adjetivo poco adecuado… lo desafío a que encuentre otro adjetivo, masculino… terminado en PA (que no sea Okupa ni Jeropa).)”

Si aceptamos y sumamos todo lo que dicen, entonces llegamos a:

“El opa Papa papa papa papa, papa papa papa papa, ¡papanatas!”

Con lo que el número de “pa” consecutivos llega a diecinueve, todos formando sílaba y sin acentos. ¿Es posible que esto termine justo antes de llegar a veinte? ¿Quién da más?

Actualización del jueves:

No podía ser de otro modo. Jorge Varlotta llegó a las veinte apariciones consecutivas de “pa”:

“Pio XXI, el diríamos antipapa Papa, papa papa papa; papa papa papa papa: ¡papanatas!”

Actualización del viernes:

Markelo, comentando, este post, dice:

“Para la colección (ya no para el record), alguna frase más. Conversación entre Jorge y yo:

“Jorge: Yo prefiero el trompo ¿y vos? Yo: ¿Yo? Yo yo-yo, yorugua.

“Que serían 5 o 6 yos. Y una variante para ir pensando:

“La frase quedaría así: si sí, sí, si no, no ¿no nono? -No se- me contestó el abuelo.

“Que sería algo así como (5+6) cacafonías. ¿Y sílabas de tres letras (como el de las castañas de Jorge)?

“El edecán, can-can canta y baila.

“¿Solo cuatro repeticiones? No creo…”

A lo que Jorge Varlotta responde:

“Gran tipo, ese Markelo.

“Esto suena como un refrán y sería muy irritante para Juan Terranova, pero,
en fin, es lo que hay:

“Quienes educan can, cancán cantan y bailan.

“Se puede empeorar todavía más apelando a la acepción 2 (m. Murc. Molestia,
fastidio):

“Quienes educan can -¡cancán!-, cancán cantan y bailan.

“Y con la acepción 3, (m. C. Rica. Especie de loro que no aprende a hablar)
empeoramos todo definitivamente:

“Quienes educan cancán —¡cancán!—, cancán cantan y bailan.

“Por más que todavía podemos adjetivar can:

“Quienes educan cancán can -¡cancán!-, cancán cantan y bailan.

“(Bueno, lo importante no es competir, sino ganar.)”

Dos imágenes creadas por Jorge Mario Varlotta Levrero:

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Dos imágenes creadas por Jorge Mario Varlotta Levrero:

Imagen por Jorge Mario Varlotta Levrero
Oscuro objeto del deseo

Imagen por Jorge Mario Varlotta Levrero
Rastros

Antes de ponerlas aquí le pregunté si me daba permiso, y si debía atribuirlas a Jorge Varlotta o a Mario Levrero. Esta fue la respuesta:

“Claro que podés publicarlas en tu blog. Por favor aclará que no son de un artista plástico. El nombre, a tu elección —siempre que conste la aclaración anterior.”

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Questa cosa is making the round en das Web. Jorge Varlotta hat it enviado a mí:

Que would happen if, wenn Du open your computero, finde eine message in esta lingua? No est Englando, no est Germano, no est Espano, no est Franzo, no est keine known lingua aber Du understande! Wat happen zo! Habe your computero eine virus catched? No, Du esse lezendo la neue europese lingua: de Europanto! Europanto ist uno melangio van de meer importantes Europese linguas mit also eine poquito van andere europese linguas, sommige Latinus, sommige old Grec.

Was esse better esse que alles can undertsande this nova lingua und, supra tutto, that alles can schriebe in Europanto sensa studiare und sensa effort. The important esse usare words that alles, sensa import que lingua nativa spreche, can understand. This esse the unica norma. Europanto esse eine lingua franca que want substitute Anglese (o Englando) und so, que the parlantes nativos of Anglese haben nicht advantage in international communication.

Want du try?

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Misterio resuelto

Hace un par de semanas escribí aquí lo siguiente:

Index of /~nhz/dualimages/. Son seis imágenes. Tal vez sea mejor verlas de abajo hacia arriba. No creo que sean de Hao Zhang: diría que él sólo las puso en su sitio. (Gracias a Jorge Varlotta.)

Ahora Andrea Zablotsky viene al rescate (¡gracias, Andrea!). Me escribe:

“La familia del general” es de Octavio Ocampo. “Leonardo pintando su autorretrato”, “La calavera” y “La ventana de enfrente” pertenecen a Sandro del Prete. Del resto no estoy segura, pero sospecho que deben ser también de Del Prete, que jugó mucho con estas imágenes. En Internet hay varias de sus obras en este lugar.

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“Hay agentes que merecen un ascenso”, me escribe Jorge Varlotta.

“La tapa corresponde al libro Marcados por la muerte, novela policial de Brett Halliday; editorial Zig-Zag, Serie El Sabueso, Chile, sin fecha (probable principios de la década del 50). Portada de Charles Burlacov.”

Tapa del libro Marcados por la muerte

Y ahora el detalle. “Obsérvese al policía”, dice Jorge, “tranquilamente parado sobre un charco de sangre, iluminando el culo de una mujer que se aleja.”

Detalle de la tapa del libro Marcados por la muerte

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La semana pasada escribí una lista de frases que empezaban “Camina como“. Jorge Varlotta la continúa con una serie de hallazgos:

Camina como cruzando un arroyo por las piedras.

Camina como publicitando un shampú.

Camina como si fuera cuesta abajo.

Camina como si fuera cuesta arriba.

Camina como si fuera contra el viento.

Camina como por un piso recién lavado.

Camina como una mujer embarazada.

Camina como tratando de no mojarse el pelo en la ducha.

Camina como si tratara de limpiarse la suela de los zapatos.

Camina como en un desfile militar.

Camina como si llevara una valija en cada mano.

Camina como si buscara un taxi libre.

Camina como si usara un traje de buzo.

Camina como si tuviera que atajar un penal.

Camina como si tuviera una piedrita en los zapatos.

Camina como por un camino embarrado.

Camina como si no recordara bien adónde va.

Camina como por entre unos rieles de ferrocarril.

Este es un poco anticuado: Camina como si llevara un diploma de la Pitman.

El bicho peludo

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Interrumpimos nuestra programación habitual para dar espacio a un relato de Mario Levrero, que el autor me envió por email con la autorización explícita para publicarlo aquí, y la aclaración de que todavía es un borrador.

El bicho peludo
por Mario Levrero

Abrí la puerta del apartamento para salir, y se metió rápidamente un bicho negro, peludo; demasiado grande para araña, pensé. Tenía que ser un perro chico, un cachorrito. Cerré la puerta y empecé a buscarlo; se había escondido. Durante un rato no hubo forma de encontrarlo. Al fin, al mover un sillón, salió de atrás a toda velocidad y volvió a esconderse. Me armé de paciencia y seguí buscando, pero me cansé sin haberlo encontrado. Como tenía que salir, salí. Al volver, dos horas más tarde, el bicho seguía escondido. En la cocina puse un plato en el piso y le eché un poco de leche. Me senté en un sillón del living y me quedé quieto, esperando. Desde ahí podía ver la puerta de la cocina, abierta, y el plato en el suelo. En algún momento tendría que aparecer, pensaba yo.

Y apareció, mucho más tarde, moviéndose con cautela; venía desde el corredor que da al dormitorio. Se metió en la cocina pero no le prestó atención al plato con leche. Se movía con rapidez y con gran liviandad, casi como si flotara, explorando la cocina, que sin duda no había podido explorar en mi ausencia porque la puerta había quedado cerrada. Después salió de la cocina y se quedó mirándome cerca de la puerta. Digo que me miraba, pero no sé con qué, tenía tanto pelo que no se le veían los ojos. Hasta me pareció que no tenía ojos. Tampoco llegué a verle patas; parecía que fuese sólo una masa de pelos negros.

Cuando me fui a acostar, cerré la puerta del dormitorio para que no se metiera. Nunca cierro esa puerta porque me gusta que circule bastante aire, y con la puerta cerrada me parece que me asfixio, por más que siempre se cuela alguna corriente de aire entre las junturas de las ventanas. Cuando desperté al otro día, el bicho estaba en la cama, a los pies de la cama, como enrollado sobre sí mismo sobre la frazada. Pensé que lo iba a agarrar dormido, y me pregunté que haría con él cuando lo agarrara. Pero apenas me moví, se movió, y se filtró rápidamente por abajo de la puerta. Es una puerta de madera, y no de metal como la de la cocina, y hay como un dedo de luz entre la parte inferior de la hoja y el piso. Entendí entonces que no era un perro. Era sólo pelo. Después lo pude comprobar, mirándolo al trasluz cuando se paseaba por el alféizar de alguna ventana; no había propiamente un cuerpo, ni patas, ni ojos, ni nada. Tampoco comía ni bebía nada. Y no sé si dormía, o si de noche simplemente se acomodaba a los pies de la cama buscando compañía. Ni siquiera buscaba calor, porque se ponía lejos de mi cuerpo.

Nunca me picó, ni me mordió, ni me hizo daño alguno; pero tampoco hicimos amistad. Siempre que trataba de acercarme, se movía muy rápido para ponerse fuera de mi alcance. Después de algunos intentos, no volví a insistir. Ya vendrá solo, pensé, pero nunca vino.

Mientras estuvo en mi casa, durante un par de años, nadie alcanzó a verlo; ni siquiera la empleada, que venía dos veces por semana, en alguna de sus limpiezas a fondo. No sé dónde se escondería. Mis visitas nunca sospecharon su existencia, ni siquiera las mujeres que ocasionalmente se quedaban a dormir; esas noches el bicho no aparecía en el dormitorio. Y al día siguiente no se mostraba resentido ni variaba en lo más mínimo su conducta de siempre.

Una tarde de verano estaba apoyado en el alféizar de la ventana más grande del living, su lugar favorito. Las otras ventanas estaban también abiertas, por el calor. Hubo un soplo de viento que formó una fuerte corriente de aire en el apartamento y se lo llevó; lo vi alejarse con la ráfaga y después ir descendiendo lentamente hasta que otra ráfaga lo levantaba y lo hacía cambiar de dirección. Yo lo seguí con la vista hasta que dejé de verlo.

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Una de Salinger:

… the most singular differente between happiness and joy is that happiness is a solid and joy a liquid. Mine started to seep through its container as early as the next morning… (“De Daumier-Smith’s Blue Period”)

Otra:

“What I need is a cocker spaniel or something”, she said. “Somebody that looks like me.” (“Uncle Wiggily in Connecticut”)

Jorge Varlotta opina que Nine Stories es el mejor libro de cuentos que existe. Me parece que se queda corto.

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Hace unos días conté que cuando tenía trece años me compraron mi primera máquina de escribir. Ahora escribe Jorge Varlotta:

También a los 13 yo tuve mi primera máquina, pero no me bastó con pedirla como regalo, sino que tuve que hacer una verdadera campaña, con carteles (que ponían nerviosos a mis padres porque venían alumnos suyos de inglés a casa) y no recuerdo que otras acciones subversivas. Les parecía un gasto innecesario. Apenas conseguí la máquina me compré un libro para aprender a escribir al tacto. “tu potro torpe”, “puerto europeo” y “quiero pupitre” me deslumbraron porque se escribían con una sola línea de teclas. Y más adelante había sanos consejos, como “No prepares para tu enemigo un horno tan caliente que te abrase a tí mismo”.

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Avisos aparecidos en El Gallito Luis, suplemento de clasificados del diario El País de Montevideo:

  • ESCRITOR necesita Ayudante hasta 30 años, 6to. Liceo, óptima caligrafía, trabajo nocturno. Tel. 708****
  • DESCONECTESE del bajón: CANTE !! edad de 10 a 80 años. Tel. 508****
  • BETTY p/pedidos solicita Encuestadoras Verborajicas c/exper. T. 0900**** ($12.90 x min iva inc.)
  • CADETA 16 a 25 años, hábil c/público, coser y planchar a mano. Curriculum a Sr. Director. Rivera ****

(Me lo envió Jorge Varlotta, a quien se lo mandó su amiga Vanessa.)

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Me escribe Jorge Varlotta:

“George Giles was born in the ladies’ toilets in Afghanistan. He spent his childhood watching Nude Twister matches, but joined oil prospectors at an early age. He became famous for playing a character in a cheap The Tony Blair Show spin off before dying of the black death. (Generated by Regnus 32 – http://transband.co.uk/RJBS/)”

Este es uno de los muchísimos textos que genera este programa de sólo 28 K. También hay frases insultantes, cartas de invitación a extraños acontecimientos y otros esquemas fijos.

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Hace unos días conté sobre un par de carteles mal escritos. Ahora, Jorge Varlotta me escribe:

Habría que hacer un relevamiento de este tipo de carteles. Son deliciosos. Si es posible, fotografiarlos.

Hace unos años, en la cantina de un sanatorio mutual, me fascinó un cartel muy prolijo pegado a una columna junto al mostrador (y más me fascinó cuando entró al local una atractiva enfermera fortachona, creándome expectativas que fueron decepcionadas) (cito de memoria, pero lo esencial del texto es totalmente correcto):

“EL PERSONAL DEBE EXHIBIR SU CARNE”

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Hace un par de semanas escribí una compleja lista de preguntas que, entre otras sentidos posibles, apuntaban a “¿Qué hago con las cosas pendientes?”

Luisa Axpe respondió con una receta positiva, que también está por allá abajo, y empezaba así: “Hace ya un tiempo descubrí, no sin ayuda, que a mí me dan más trabajo las cosas que no hago que las que hago.”

Ahora, Jorge Varlotta le responde a Luisa:

Mi experiencia es totalmente opuesta a la de Luisa. Mi sistema consiste en hacer una lista, y dejarla por ahí. Cuando vuelvo a mirarla después de un tiempo, veo que muchísimas cosas, la mayoria, no tenían la importancia que yo les atribuí en el momento, o se habían resuelto solas, por simple devenir cósmico. Y después están las cosas que hago sin necesidad de mirar la lista. De un modo u otro, todos los ítems terminan tachados.

Cuando me vuelvo obsesivo en mi afán de cumplir con las tareas apuntadas, a menudo debo reconocer que los resultados no son los que esperaba. Caso del oculista. A fines de diciembre me regalaron 90 títulos de El Séptimo Círculo, casi todos con letra chica. Había como 70 que no conocía. Empecé a leer a un ritmo aproximado de uno por día, y a fines de enero tenía los ojos a la miseria. El oculista me dio hora para un mes después, y arrastré un largo sufrimiento. Finalmente llegó el día, el tipo me recetó los nuevos anteojos, pero no tenía plata para mandarlos a hacer. Mientras tanto, las novelas se terminaron, y además empezó el otoño. El cambio de temperatura y el relativo descanso (no dejé de leer, pero la letra ya era más grande) le quitaron toda urgencia al asunto; los ojos volvieron a su estado anterior a enero. Todavía tengo ahí las recetas, en espera de una nueva crisis.

Lo que Luisa no tiene en cuenta, me parece, es que un exceso de actividad genera listas de tareas demasiado nutridas. Cuando resolvés algo, ese algo resuelto crea nuevas tareas. Son muchísimas más las veces que me arrepiento de haber hecho, que de no haber hecho algo. Creo que los dioses aprueban la no acción.

Jorge Varlotta se tomó el

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Jorge Varlotta se tomó el trabajo de despejar todas mis dudas, contestar todas las preguntas en cadena que hice el martes pasado:

>¿Qué hago con tanta irrelevancia? ¿Qué hago con la ansiedad?

Yoga.

> ¿Qué hago con el trabajo pendiente que no quiero hacer?

No lo hagas.

> ¿Qué hago con los recuerdos, los desacuerdos, los terremotos que no llegan a la superficie?

Haceles espacio-tiempo.

> ¿Qué hago con el ruido de martillazos?

Depende de dónde venga.

> ¿Qué hago con las lamparitas quemadas?

Tiralas. Tratá de conseguir unas alemanas, sobrevoltadas, que duran mucho.

> ¿Qué hago con el polvo de los libros?

¿Por qué tendrías que hacer algo?

> ¿Qué hago con la campera que perdió mi hijo en la escuela?

Un sopapo al nene.

> ¿Qué hago con la necesidad de ir a la peluquería?

Si es una necesidad psíquica, andá a la peluquería. Si es por el pelo largo, que te lo corte tu mujer. A mí me lo cortan las visitas.

> ¿Qué hago con la vieja colección de Investigación y Ciencia?

A la basura.

> ¿Qué hago con la novela que quiero y no quiero publicar en la Web?

Mandala primero a todas las editoriales.

> ¿Qué hago con la pileta tapada?

Llamar al destapador de piletas.

> ¿Qué hago con las fotos que están en álbumes demasiado viejos?

Escanealas.

> ¿Qué hago con las fotos?

¿Por qué tendrías que hacer algo con las fotos?

> ¿Qué hago con los papeles que se amontonan en el escritorio hasta caer sobre el mouse como un alud de reproches?

Poné una papelera al lado del escritorio y andá tirándolos.

> ¿Qué hago con este destornillador que está aquí desde hace una semana?

Ponelo en el lugar donde se guardan los destornilladores.

> ¿Qué hago con los anteojos de leer que se rompieron?

¿Dónde se rompieron? Si son los cristales, tendrás que cambiarlos. Si no, se arreglan con alambre o cinta.

> ¿Qué hago con el reloj que se rompió?

Tiralo.

> ¿Qué hago con el cargador de celular que no aparece?

Si no aparece, no podés hacer nada. Y mientras podés ir pensando en no usar celulares -esa forma aberrante de esclavitud.

> ¿Qué hago con el texto que me encargaron mis viejos compañeros de colegio?

Deciles que no estás para escribir pavadas.

> ¿Qué hago con las dudas?

Mantenelas vigentes a toda costa.

>¿Qué hago con la falta de energía?

Yoga.

> ¿Qué hago esperando?

¿Esperando qué?

> ¿Qué hago escribiendo?

Comunicás tu alma con otras almas; es importante.

> ¿Qué hago que no haya hecho antes?

Eso, no lo puedo determinar. Necesitaría un currículum exhaustivo.