(Parece que esa especie de voz “femenina” que me inventé sólo sirve para el drama. Habrá que enseñarle algún truco de comedia, porque no es justo que me deje solo cada vez que hay que salir a hacerse el payaso.)
(20 de marzo de 2007: mezcla nueva. Agrego la letra.)
Creo que llegamos.
Sí.
Qué hacemos ahora.
Esperamos.
Te cuento un chiste.
Dale.
En qué se parecen un zorro y un bigote.
No sé.
Qué le dijo la uña del pie al colibrí.
No sé.
Cuál es el colmo del tirabuzón.
No sé.
Cómo hace la luna para saber.
Para saber qué.
Para saber a secas.
No sé.
Vamos a casa.
Eso también es un chiste.
No.
En serio.
No.
Querés ir a casa.
Sí.
Pero tenemos que esperar.
Me cansé.
Te cuento un chiste.
Dale.
(24 de febrero: versión nueva, un poco más ajustada que la anterior.)
(21 de marzo: mezcla nueva. Agrego la letra cortada en “versos”.)
Son cinco,
de los que el mejor está en segundo lugar.
El primero es más pesado que el cuarto,
que a su vez tiene menos cola que el tercero.
El último nunca está solo,
cosa que no se puede decir del segundo.
Hay dos rojos,
dos con ranuras,
uno triste,
tres a los que les falta agua,
uno encendido,
dos con algo metálico.
El más desparejo está detrás del menos sabio.
El menos gordo está delante del más duro.
Uno de ellos tiene muchas ganas de irse
para no volver.
(19 de marzo de 1997: mezcla nueva. Agrego la letra acá abajo, cortada en “versos”.)
Pasa un auto gris,
pasa un auto rojo,
pasa un auto blanco,
pasa otro auto rojo pero más oscuro que el segundo,
pasa otro auto gris pero más claro que el primero,
pasa una camioneta celeste,
pasa un auto medio turquesa
(el color de los azulejos del baño en la casa de mi infancia),
pasa un taxi amarillo y negro,
pasa otro auto gris pero más oscuro que los anteriores,
pasa un auto bordó,
pasa un auto verdoso
(antiguo, de esos que tienen el techo revestido de algún plástico negro),
pasa otro auto gris medio oscuro aunque ya no lo puedo comparar con los de antes,
pasa un auto amarillento
(el color que mi madre suele llamar “marfil”),
pasa el auto violeta que suelo ver cuando vuelvo de llevar a mi hijo a la escuela,
pasa otro auto de un rojo más puro y claro que los anteriores,
pasa otro auto blanco,
pasa un auto negro o tal vez gris muy oscuro,
pasa un colectivo de varios colores entre los que domina el celeste,
pasa un auto gris como tantos otros,
pasa un auto azul recién salido del mar,
pasa otro auto bordó,
pasa otro auto bordó más,
pasa un auto gris claro con un parche más oscuro en el guardabarros delantero izquierdo,
pasa un auto verde,
y en cada auto hay alguien que sigue de largo.
Hace un tiempito que vengo preparando música para chicos junto con la cantante, escritora y dibujante Silvana Broqua, sobre poesías aparecidas en la Biblioteca Imaginaria.
De entrada nomás quise que sonara a Vangelis, y sobre la marcha se me ocurrió que no vendría mal un toque tipo Lito Vitale. Como es lógico, en cierto momento traté de romper todo con algo que no tuviera nada que ver, pero no me salió tan bien. Así que terminé retirándome, con el volumen bajando de a poquito.
(17 de marzo de 2007: mezcla nueva, más prolija. Agrego la letra, cortada en “versos”.)
Desde primera hora de la mañana
los clientes empezaron a olvidarse
los teléfonos celulares.
Si en una mesa había dos personas,
allí quedaban dos teléfonos.
Si había tres, tres teléfonos.
Pronto las camareras optaron por sugerir a los clientes
que pensaran en sus aparatos antes de irse,
pero nada cambió,
pero nada cambió,
nada cambió.
Hacia el mediodía había docenas
de celulares en una gran caja de cartón,
tras el mostrador.
El turno de la tarde siguió
recolectando más y más y más y más teléfonos.
Casi todo el tiempo sonaba alguno,
pero nadie era capaz de descubrir cuál.
El cielo se nubló,
y mientras caía la noche empezó a llover.
La caja se llenó de teléfonos,
y pusieron otra al lado.
Mucho más tarde, cuando estaban por cerrar,
entró un hombre de saco y corbata,
empapado por la lluvia,
y fue derecho al mostrador.
—Disculpe
—le dijo al encargado—,
¿por casualidad no me olvidé
un paraguas?
¿Un paraguas?
¿Un paraguas?
¿Un paraguas?
¿Un paraguas?
Cuento con la sombra
de este sol gastado.
El color es ocre.
La mañana se escapa.
No hay permiso para atravesar el bosque,
y sin embargo
los niños
huyen hacia el Norte.
Me inclino para adelante (Me inclino hacia adelante)
y me veo los pies. (para verme los pies.)
Es invierno.
Es triste.
Es moneda corriente.
El arroyo barato
se escurre al otro lado del pasto
como si fuera la primera vez.
Es posible que llegue al mar. (Tal vez llegue al mar.)
Hay mil seiscientas cajas de madera apiladas hasta el techo, en este depósito oscuro y húmedo donde hace años que nadie entra. Los lados de las cajas están hechos con listones como barrotes, y entre los listones hay ranuras por las que apenas se puede ver el interior.
Cada caja contiene algo distinto. Algunos contenidos se mueven, pero casi todos están quietos. No es fácil deducir qué hay en cada caja, ni siquiera cuando se mueve, cuando tiene olor o se derrama hacia afuera.
Algunas cajas han caído al suelo y se han roto. Quedan pocos rastros de lo que guardaban. Hay maderas mordidas, rasguñadas, cortadas, partidas. Hay manchas azuladas, grises, negras. Hay grumos marrones y verdes.
Las puertas del depósito están cerradas por fuera, trabadas, encajadas en las paredes de manera que nadie pueda abrirlas otra vez.
Una linterna serviría para averiguar más. Pero no tengo linterna. Dependo de la luz del día que entra por una grieta de la pared, y ahora empieza a caer la noche.
(Y sí, en medio del surrealismo desatado hay algún humilde homenaje a Les Luthiers.)
(23 de marzo: mezcla nueva. Agrego la letra.)
Ahora cantemos todos juntos.
“La la lá,
qué lugar
tan azul,
tan carmín…”
Percibimos la cadencia del árbol que hay en nosotros, la luz del bosque que nos ilumina. Estamos unidos en lo profundo de un arroyo de consciencia. Cantemos todos juntos.
“Sé sé sé
que en el mar
hay un pez
sin ojós.”
Así, amigos, así, querida concurrencia, nos elevamos en las nubes del dorado fulgor, del frenesí, de la ameba primordial que solloza en nuestras almas evaporadas cual cubos incólumes. Cantemos, cantemos, cantemos todos juntos.
“Mi mi mi
corazón
es rubí
y sabor.”
Amada muchedumbre, amados todos los que contemplan el barro de los pies y la tinta de las manos, amados estómagos del ingenio insomne, amadas cebras tricolores que suavizan el sábado, brincamos por sobre las tapias del conocimiento segregado por las cortinas, nos columpiamos de Norte a Sur, de Este a Oeste en los brazos de la madre calefactora que se mimetiza en primaveras. Ahora, ahora como en nuestra infancia, ahora como en nuestro futuro que está escrito en palabras invisibles, cantemos juntos.
(Para aliviar un poco el clima denso de los últimos posts, este es más bien humorístico, aunque de una manera torcida y críptica, como corresponde a este blog…)
(23 de marzo: nueva mezcla. Agrego la letra.)
Hay cosas curvas y cosas rectas.
A veces, las cosas rectas sirven para hacer curvas,
pero no a la inversa.
Algunas cosas rectas son en realidad curvas,
cuando se cambia la escala.
Algunas cosas curvas jamás llegarán a ser rectas.
No hay nada recto-curvo, ni curvo-recto,
es imposible.
Algunas cosas rectas lastiman.
Algunas cosas curvas sobran.
Hay cosas que lastiman y no son rectas,
así como cosas que sobran y no son curvas.
Hay cosas que lastiman que cambian de forma con el tiempo.
Hay cosas que cambian de forma, y así no lastiman.
Hay cosas que sobran pero no lastiman,
y cosas que lastiman y sobran a la vez.
Hay cosas que sólo lastiman a cosas rectas.
Hay cosas curvas que sólo sobran cuando están juntas.
Hay cosas que están juntas y lastiman.
Hay cosas que sobran, son rectas y están separadas.
Hay cosas que están juntas y nunca cambian de forma.
Hay cosas separadas que lastiman por no ser curvas.
Hay cosas que, siendo curvas,
cambian de lastimadoras a sobrantes
cuando tratan de convertirse en rectas.
Hay cosas que sobran cuando lastiman.
Hay cosas que pueden ser curvas o rectas,
estar juntas o separadas,
y lastiman cuando cambian de forma.
(No me gusta la palabra “sonorización”. Se parece a “sonarse la nariz”. Pero no se me ocurren palabras adecuadas. En este caso particular hay canto y recitado, más efectos especiales. ¿Se puede llamar “música”? ¿Habrá que decir “audio”? ¿”Sonido”? ¿”Versión audible”? Espero que un día de estos se me prenda la lamparita.)
Perder los estribos
perder impulso
perder el tiempo
perder el tren
perder el hilo
perder la cabeza
perder peso
perder ganas
perder la razón
perder la paciencia
perder la gracia
perder los detalles
perder conciencia
perder la conciencia
perder el sueño
perder la silla
perder la costumbre
perder el equilibrio
perder el ritmo
perder la oportunidad
perder la calma
perder la camisa
perder el pelo
perder las mañas
perder sustento
perder el rumbo
perder el respeto
perder el miedo
perder la batalla
perder dinero
perderse
perder el sentido
perder contacto
perder altura
perder el aliento
perder aire
perder todo
perder interés.
En mi lento pero seguro regreso a la música, estoy preparando una serie de “sonorizaciones” de textos cortos publicados aquí, en la Mágica Web. Esta es la primera, sobre un post del 13 de abril de 2004.
Ray siente la cabeza llena.
De pie junto a la puerta de servicio, embutido en el traje negro, con la mano en la pistola y la pistola apenas oculta bajo el saco, los lentes oscuros para disimular la mirada de reojo, el labio superior apenas torcido hacia arriba, Ray se da cuenta de que tiene el cerebro colmado.
Ray siente la cabeza llena.
Ha visto demasiado, ha oído demasiado, los recuerdos verdaderos y los recuerdos falsos han ido llenando cada rincón de memoria hasta no dejar más sitio.
En los últimos días Ray ha experimentado la pérdida de algún momento de su vida, especialmente de la infancia, pero ahora viene algo peor, algo enorme, definitivo, un colapso.
Ray piensa si debería sacar el celular del bolsillo, marcar unos números y despedirse de alguien, pero desiste.
No vale la pena.
Y tal vez ni siquiera tenga tiempo, porque ahora que se acerca ese niño en bicicleta, ahora mismo Ray sabe que otro golpe de pedal ya no encontrará lugar y así vendrá la catástrofe.
No bastará esta vez con eliminar años enteros de la escuela, o las caras de sus amantes, o las estadísticas de béisbol aprendidas a lo largo de toda la vida.
Ray siente la cabeza llena.
Ray necesita una solución, ahora mismo, pero tampoco le queda sitio para pensar en soluciones.
El dedo índice se enrosca al gatillo, la pistola asoma del saco y parece que fuera a apuntar sola.
Ray siente la cabeza llena.
Entonces se oye el primer disparo, pero no viene del arma de Ray sino de adentro del edificio, allá donde la explosión hiere las paredes cubiertas de graffiti.
Con precisión de cirujano, la bala elimina en un instante cada fragmento de escuela, cada rasgo de amante, cada partido de béisbol, cada niño que ha pedaleado ante los ojos de Ray, y así Ray tiene un momento, un solo momento del que casi no llega a darse cuenta, un momento brevísimo pero suficiente, valioso, inapreciable, de alivio.
Este es el segundo de los cassettes con música de sintetizador que publiqué en 1989 a través del sello Circe. Esta es la tapa (click para verla mucho más grande):
Y este el dorso del papel de la tapa (click para verlo mucho más grande):
El collage de la tapa es de Sonia Alé. Yo hice el diseño.
Hay un cambio fuerte con respecto al cassette anterior, Máquinas en tránsito. Para empezar, la mayoría de los temas están basados en improvisaciones, en dedos pasando por el teclado, y no en secuencias generadas nota por nota. Pero lo principal es que hay una línea argumental: el lado A, hasta “Construcción en la memoria”, es la feria, el parque de diversiones, el circo, todo lleno de campanitas, comida chatarra, entretenimiento y el toque obligado de melancolía. El lado B empieza con la desbandada general y la llegada de la tormenta, en el tema llamado como el cassette. Y lo que queda, esos cuatro temas desesperados y experimentales, son otra cosa, el resultado del desastre. (Pero no todo está perdido: hacia el final del último, “Buscando la tregua”, parece que volviera a salir el sol.)
Más abajo están los doce temas del cassette, en formato mp3, para escuchar desde el navegador o bajar.
En 1989 fui a grabar y mezclar esta música en el estudio que tenía Jorge Cumbo, y fue esa versión la que se publicó. Las versiones que ofrezco ahora son mezclas nuevas, hechas ahora en la compu, a partir de las secuencias y sonidos originales.
Para bajar cada tema, hacer click en el título con el botón secundario y elegir “Guardar como”. Para escuchar, hacer click en el símbolo de “play” correspondiente.
Esta es una grabación casera, que hice en un Portastudio a cassette de cuatro canales, en 1985. Además de un reloj despertador y flautas dulces, hay un montón de percusión: la mayor parte hecha en las piernas, la silla o con la boca. La idea (porque había una idea, caramba) era mostrar cómo, durante el insomnio, los ruidos más pequeños y las sensaciones más difusas terminan armando un todo enloquecedor.
Allá por 1987, el baterista y percusionista Roberto Núñez y yo trabajábamos en la misma oficina. Una sola vez nos juntamos para hacer música: vino a mi casa, con unos silbatos selváticos muy extraños, y grabamos esta improvisación en mi Portastudio a cassette de cuatro canales. Hicimos dos pasadas, tratando de simular que éramos cuatro personas (o algo así). Suenan diversos instrumentos de percusión, y en un momento, inesperadamente, la Commodore 64 con la que yo hacía música en esa época.