
Foto por Susanne Franz.

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Foto de turista en Rosario. (Abajo, un fragmento de la misma foto.)


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En una plaza de Arequito (Santa Fe), su pueblo natal, frente a la ruta provincial 92, está el monumento a la Sole. Sí, a la Sole.

Sí, a la Sole.
(La foto es de mi mujer, Susanne.)
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Junto al Monumento a la Bandera, en Rosario, hay un cañón imponente, amenazador, color verde oscuro, que apunta al río. Con la falta de respeto que uno ha ido aprendiendo a tener, me asomo a la boca para ver qué hay adentro. Está oscuro. Entonces se me ocurre sacar una foto con flash. Así, compruebo que el cañón todavía sirve para algo:

Y hablando de cañones, resulta que en Los Cocos, Córdoba, un lugar lleno de juegos y diversión, hay otro ejemplar, si no idéntico al de Rosario al menos muy parecido. El detalle: a alguien se le ocurrió la brillante idea de apuntarlo a un sitio de juegos infantiles. De esta manera, estoy seguro, los niños crecerán con una mayor conciencia de las condiciones que les depara el futuro:

(Los responsables del lugar no se hacen cargo de los accidentes. En cierto sentido, nada es accidente.)
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(Sobre una ruta cordobesa. La foto es de mi mujer, Susanne.)
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En la ruta 9, saliendo de Córdoba hacia Villa María, hay una estación de peaje. Desde la cabina, un hombre cierra el paso, cobra, abre el paso, cierra el paso, cobra, abre el paso, cierra, cobra, abre. La placa que queda frente a mis ojos tiene escrito su nombre: DIEGO BARRERA.
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Notas de Mar del Plata
Sí, vinimos otra vez. A un hotel más caro que el anterior, pero peor. Las alfombras conocieron buenas épocas, tal vez en otro edificio. Los mismos clientes de la década del 60 vuelven siempre, y no se dan cuenta del deterioro (del hotel, así como el de ellos).
En la habitación faltaba el control remoto de la tele. Lo pedimos en conserjería, y nos dijeron que era normal, que la gente se los lleva. Igual nos dieron uno. Susanne estaba asombrada: ¿por qué se lleva la gente un control remoto? Después de darme una ducha descubrí la respuesta: porque en este hotel no vale la pena llevarse las toallas.
Llegamos ayer viernes, al mediodía. Al mediodía de Ferrobaires, que empieza hacia la una y media de la tarde. Llovía. Dos hombres trataban de ganarse unas monedas a cambio de simular que organizaban la cola de los taxis. Tenían bastante éxito, en lo que hace a las monedas.
Estuvimos en un cibercafé, donde Gabriel pudo jugar un rato con Orisinal, que le encanta. Y también con un juego de Garfield que estaba en la computadora. Había que manejarlo con el teclado, mientras una música tecno (ajena al juego y a la computadora, pero impregnada en las paredes del local) hacía lo posible por impedirlo. La impaciencia de Gabriel no me dejó leer las instrucciones, así que estuvimos un rato haciendo que jugábamos a algo que hacía de divertido, mientras Susanne tomaba una verdadera cerveza.
En este momento llueve muchísimo. Hace un minuto me llamó la atención un ruido, y pensé: “La lluvia.” Levanté la vista y no, era la máquina de hacer café. Entonces me di vuelta para ver la calle, y a la vez la máquina se detuvo. Vi la lluvia y oí su ruido auténtico. ¿Cómo puede una falsa alarma ser verdadera a pesar de todo?
Esta mañana, durante las dos horas en que no llovió, fuimos a la playa. Gabriel saltó y corrió lo suficiente para justificar todo el viaje. El guardavidas pasaba el tiempo tocando silbato a quienes se aventuraban a caminar por la escollera, exactamente por debajo del nivel de las peores olas. El sol echó un vistazo, se dio cuenta de que no valía la pena y desapareció otra vez. Gabriel hizo montañitas de arena húmeda, ahí donde las olas iban y venían, y disfrutó de la destrucción consiguiente. Juntó plumas y caracoles. También se mojó la ropa y luego la ropa de repuesto, después de lo cual volvimos al hotel.
No está mal, en realidad. Comemos cosas ricas. Vamos a ir al Museo del Mar a ver a Juan Falú (¿en una pecera?). Tengo esta hora de tranquilidad mientras es el turno de Susanne de ir a Sacoa.
El tren de regreso sale mañana, domingo, a las seis y pico de la tarde.
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Volvemos a casa en tren. Gabriel (6), mi hijo, me hace caer en un truco que habrá aprendido de un amigo:
-Mirá, mirá. Una gaviota.
-¿Dónde?
-Te la perdiste por idiota.
Tenemos horas que perder, así que empiezan las variantes, cada vez más surrealistas:
“Mirá, una codorniz.” “¿Dónde?” “Te la perdiste por infeliz.”
“Mirá, un pez.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste otra vez.”
“Mirá, un chorizo.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por petiso.”
“Mirá, elefantes.” “¿Dónde?” “Ya te los perdiste antes.”
“Mirá, un delfín.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por salamín.”
“Mirá, un lobo.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por bobo.”
“Mirá, un tordo.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por gordo.”
“Mirá, un renacuajo.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por comer ajo.”
“Mirá, serpientes.” “¿Dónde?” “Se te escaparon entre los dientes.”
“Mirá, un reno.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por bueno.”
“Mirá, un pastel.” “¿Dónde?” “Te lo perdiste por Gabriel.”
Y el último, ya sin rima pero con un no se qué:
-Mirá, un árbol.
-¿Dónde?
-Te lo perdiste por tronco.
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En Mar del Plata, con luna llena no hay hombres lobo, hay hombres lobo marino.
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Estoy en Mar del Plata, con mi mujer y mi hijo. Vinimos en tren. En el camino vi un poste de los que sostienen cables que, además, sostenía un nido de hornero. Sorpresa. Creí que todos los nidos de hornero habían sido secuestrados por las escuelas.
Venía a Mar del Plata, con cierta frecuencia, cuando era chico. Mis tíos aún viven aquí. En el hotel de ellos, a los cinco años, corría persiguiendo a mis primos algo mayores, subiendo y bajando la escalera exterior, circunvalando el enorme cantero central. Hoy estuve en el Misiones otra vez, justo frente a la estación del ferrocarril. Todo tiene la mitad del tamaño de entonces. Nada original, ya lo sabemos: el pasado es enorme, y sus cosas también.
Tengo algo más que contar sobre el viaje desde Buenos Aires. Durante un par de minutos me entretuve buscando en el paisaje alguna evidencia concluyente de que no estaba en, digamos, 1959. A la izquierda del tren, la ruta es el doble de ancha: dos carriles de ida, dos de vuelta, separados por varios metros de verde, ocupados con autos de cola más alta y colores metalizados. A la derecha del tren, nada. Los yuyos parecen los mismos. Los bosques, por su parte, también. Las casas viejas probablemente están más viejas que entonces. Hay una nueva serie de postes, más altos, más espaciados, con idénticas catenarias de cables eléctricos, pero qué diferencia es esa.
Si hay alguna conclusión que sacar al respecto, todavía la estoy esperando.
[Integrado al hotel en que paramos hay un bar, y en el bar cuatro computadoras conectadas a Internet con un buen servicio de banda ancha. Cobran $1,50 por hora de uso, y cincuenta centavos más si uno agrega un café. (está rico). Más arriba, en el entrepiso, mientras escribo esto, Los Javis (no se cobra derecho al espectáculo) cantan "My way", pero en castellano.]
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(Imagen capturada de la cinta de video que grabé el 18 de mayo de 1991. Estoy digitalizando los videos de mi primera visita a España.)
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(En avión, llegando a Madrid, mayo de 1991. Imagen capturada de video.)
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