Las dos quinceañeras, de pie junto a la puerta, chupan sus chupetines como si nunca hubiesen oído hablar de pornografía.
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—Señoras y señores pasajeros, colaboren comprando estas lapiceras —dice el vendedor. Y olvida agregar: —Así tengo para hacerme otro tatuaje.
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La pelirroja que está sentada junto a mí es muy flaca y muy bonita. Va a bajar en la próxima estación, así que se pone de pie. Se envuelve en un tapado negro, enorme, y luego envuelve el tapado en una especie de chal, también negro, también enorme, y se cuelga al hombro un bolso enorme y negro. Por fin se va por el pasillo, convertida en gorila.
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Mujeres en el subte
Uñas largas, pintadas de marrón oscuro. Lee Vida de una geisha.
Uñas cortas, mordidas, en dedos nudosos. Lee Convenio bilateral.
Uñas redondas y rosadas. Se las pasa por el labio inferior, una y otra vez, ida y vuelta, ida y vuelta. No lee nada.
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Está en medio de la gente, en plaza Francia, el sábado a la tarde. Como todos, escucha al músico de la guitarra, el micrófono, el amplificador y los parlantes que termina de cantar “Muchacha (ojos de papel)”. El músico, mientras prepara la siguiente canción, se pone a bromear:
-Pobre flaco -dice-, escribió la canción a los catorce años y no sabía cómo era una mina.
Plink, plonk, hace la guitarra. El músico se ríe y sigue:
-”Ojos de papel”, “corazón de tiza”, “pechos de miel”, “voz de gorrión”. ¡Una verdadera cagada! Catorce años debía tener el flaco, y ni idea de cómo era una mina.
Casi nadie se ríe, y menos la chica de la foto, que está guardando algún secreto.
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En una mesa del tenedor libre que está un poco adelante y un poco a la izquierda de mí hay una chica más bien gordita, linda, con un escote rojo completamente abrumador, y sobre la prenda roja un saquito negro abierto. Está con su novio. Cuando él se levanta a buscar algo de comida, ella se cierra el saquito como una monja. Cuando el novio vuelve, asoma otra vez el abismo bordeado de rojo.
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El Barracuda, Belgrano y Corrientes, Mar del Plata

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¿Leíste alguna mochila interesante últimamente?

(Descubierta al paso en la esquina de Juramento y Crámer.)
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El bar está en silencio hasta que se oyen unos pasos terribles desde el piso de arriba. Es una mujer de pantalón y saco marrones, que empieza a bajar la escalera de madera calzada con unos zuecos estruendosos. Suena como el carcelero que te viene a buscar para la silla eléctrica.
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