Cuánto le faltará a ese chico

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Cuánto le faltará a ese chico que reparte tarjetas en el subte, de la misma altura que mi hijo pero seguramente un par de años mayor, el de la mirada en diagonal, el que da la mano a cada pasajero sentado tal como alguien le habrá dicho que hiciera, y a cada mujer que acepta la mano le agrega un beso en la mejilla, ese chico flaco y un poco apagado que va moviendo los labios como si mantuviera un diálogo interno, pero más que diálogo una lucha, el que al final del pasillo se detiene a pedir con voz de jardín de infantes “una ayuda para mis cuatro hermanitos que no tengo nada para darles de comer”, a ese chico, digo, cuánto le faltará para que empiece él también a fabricar armas de destrucción masiva.

El hombre está de pie junto a una mesa en Güerrin

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El hombre está de pie junto a una mesa en Güerrin. Tiene la cabeza erguida, la espalda recta, el pelo gris peinado hacia atrás, una mano en una silla y la otra aferrada al celular junto a la oreja derecha, mientras habla con voz potente para que todos sepamos lo importante que es.

-Eso lo tenemos que… -dice de pronto, un poco más fuerte que las frases anteriores, y deja oír uno por uno los puntos suspensivos. Ahora sí, ahora mira hacia un horizonte inexistente más allá de los azulejos de colores de la pizzería, más allá de los edificios de la avenida Corrientes, más allá de nuestras simples expectativas de mortales, y con voz de Alfredo Alcón haciendo de San Martín, da el golpe final: -Eso lo tenemos que evaluar.

Venía una chica andando en bicicleta

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Venía una chica andando en bicicleta con una pollera más bien corta. Cada vez que una pierna subía y bajaba, la pollera subía pero no bajaba. La ciclista sostenía el manubrio con la mano derecha, mientras con la izquierda trataba de poner la pollera donde había estado un segundo antes. Y al mismo tiempo sonreía luminosamente, con toda la cara. La sonrisa más ancha que se haya visto en un largo tiempo.

Ayer a la tarde había dos malabaristas

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Ayer a la tarde había dos malabaristas en un semáforo de Figueroa Alcorta. Salían corriendo al centro de la avenida en el momento justo en que los autos se detenían sin ganas, o tal vez un poco antes, y empezaban a revolear tres pelotas cada uno. Se reían mucho, se hacían bromas entre ellos, se tiraban una pelota de vez en cuando. A último momento se acercaban a los autos a pedir monedas, pero esa era la parte menos divertida, la que hacían por obligación. Luego, cuando los autos detenidos se ponían en marcha otra vez y los otros autos, los que venían del semáforo anterior, se acercaban a setenta por hora con un odio inhumano, corrían hacia la vereda en un final hollywoodense. Pero todavía les quedaba tiempo para dirigirse un grito, una risa, otro pelotazo.

Ninguno de los dos tendría más de ocho años.

Gente en el subte

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Gente en el subte

Ese hombre alto y gordo, de bigotes, medio calvo, con remera blanca y pantalones de gimnasia, pasa silbando el arrorró.

(…)

Es una chica linda, salvo por esa horrible cicatriz en el cuello, esa cosa sin forma por debajo y un poco por detrás de la oreja. Hasta que mueve la cabeza y resulta ser un aro, un pendiente que termina en una piedra color salmón.

(…)

Ella (otra) tiene una cicatriz que le parte el labio superior. Él la besa exactamente ahí.

(…)

Viene por el andén corriendo bajito: la espalda bien derecha, los brazos quietos a los costados, sólo corre la mitad de abajo de las piernas, arrastrando los pies.

(…)

Hay un sargento de la policía en el siguiente grupo de asientos. Mejor dicho, hay unas jinetas de sargento, tres segmentos amarillos, en una prenda color azul oscuro. Mejor dicho, hay un chico de pelo largo que lleva una remera con tres rayas amarillas en las mangas.

Gente en el subte

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Gente en el subte

Pone el bolso en el suelo, entre los pies con las uñas pintadas. Bolso y uñas tienen el mismo color.

(…)

Lleva la cartera colgada del hombro izquierdo, pero la aprieta contra el estómago con la mano derecha. Le duele el monedero.

(…)

Tiene dos bolsas de plástico, una en cada mano. La izquierda es rosa. La derecha, celeste. Seguro que vienen mellizos.

(…)

Se colgó la mochila de ambos hombros, pero la lleva adelante, sobre el pecho. El pelo largo impide verle los ojos que sin duda tiene en la nuca.

(…)

Se sienta, pone el bolso sobre las rodillas y cruza los brazos. El bolso rueda hacia adelante. Para evitar que llegue al piso levanta los dos pies, con las puntas bien para arriba. Descruza los brazos, levanta el bolso de los empeines donde quedó atrapado, lo pone sobre las rodillas, y vuelta a empezar.

(…)

¿Quien usa dos riñoneras tiene necesariamente doble personalidad?

Gente en el subte

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Gente en el subte

¿Qué habrá estado haciendo de rodillas en el piso, durante un largo rato, la chica que está tan prolijamente sentada frente a mí leyendo un apunte con la cara seria, un palito atravesado en el cabello, la espalda bien recta, y esas dos manchas casi redondas, casi perfectas, en las piernas de sus jeans, cinco centímetros por debajo de las rótulas?

(…)

Destinos diversos para las tarjetas con que se viaja en el subte: el de shorts tiró la suya bajo el asiento; el de barba prematura la pliega en forma de acordeón y vuelve a desplegarla; el del medio se ríe y hace un origami, una especie de flor, vida artificial.

(…)

Bonita, rubia, algunos kilos de más según la moda. El pelo tirante hacia atrás, atrapado en una cola. Se mete el pulgar en la boca para obtener otro poco de proteína de esa pielcita que no acaba de salir o esa cutícula en desintegración. Si fuera un hombre y estuviera en el casting de una película, su cara daría el perfil justo de un psicópata.

Repartidos en el asiento de subte

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Repartidos en el asiento de subte que tengo frente a mí, tres muchachos que no viajan juntos miran en forma sincronizada a la derecha, luego a la izquierda, de nuevo a la derecha. Hay que seguir esas miradas: apuntan cada vez a la chica más linda de ese cuarto de minuto.

(…)

Él tiene unos treinta años más que ella. Ella lo trata de usted. Él tiene unas ojeras de colección, hechas por un diseñador que cobra en dólares, de esas que vienen con varios degradés entrecruzados, rosa a violeta, verde a celeste, gris a negro. Ella no. Él, en voz alta, explica alguna cosa que salió en el suplemento de arquitectura de Clarín. Ella bosteza sin parar.

(…)

Muy viejo, con bastón. Tarda un rato en poder entrar al subte. Una chica le cede el asiento, pero le cuesta tanto sentarse que casi parece que no vale la pena. A medida que pasamos las estaciones va diciendo los nombres, uno por uno, pero de memoria, sin mirar los carteles. Se empieza a poner de pie mucho antes de la estación Palermo. Llega a tiempo.

(…)

En medio del rostro cuidadosamente esculpido, enmarcado en ese pelo rubio de química radioactiva, justo a la derecha de la boca que huele a dentista caro, tiene un lunar. Si uno pudiera acercarse lo suficiente y mirar con una buena lupa, tal vez llegaría a distinguir el signo de copyright de un consorcio internacional de empresas de cosmética y centros de cirugía plástica.

(…)

Tiene los rasgos de una nena de doce años, pero habrá cumplido los treinta. Viste de amarillo, tostado claro, tostado oscuro y negro. Tal vez no sea tan linda como para una película de Indiana Jones, pero los colores permitirían situarla en la mitad derecha de un cuadro de “El templo de la perdición”, como si fuera el reflejo de un desierto, acompañada por una intensa luz azul, reflejo del mar, en la mitad izquierda.

Hablan

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Hablan. El bebé llora. Él y ella hablan. Y el bebé llora. Siguen hablando, los dos, frente a frente en la mesa del bar, mientras el bebé llora con suavidad en el cochecito, un poco más cerca de ella que de él pero lejos de ambos. No dejan de hablar, ni él ni ella. No deja de llorar, el bebé. Hablan un poco más, otro poco más. Llora un poco más, otro poco más. Qué otra cosa tienen por delante más que hablar. Qué otra cosa tiene por delante más que llorar. Ya casi estamos en setiembre.

Dos viejas en la vereda

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Dos viejas en la vereda. Una, del lado de la calle, mira de reojo cómo me acerco. La otra, del lado de la pared, gesticula ampliamente y dice:

-Mientras hablaba se inflaba, se inflaba, se inflaba.

(…)

Los dos están en la entrada de un edificio de departamentos. El muchacho mira a los ojos de la chica como si los suyos fueran rayos láser. O, mejor, ametralladoras. Ella mira un poco al costado, tratando de encontrar otra cosa a la que prestar atención. Él dice:

-No querés darte cuenta, eh. No querés darte cuenta, eh. No querés darte cuenta, eh.

(…)

Me cruzo con ellas por la vereda. La mujer más joven lleva de paseo una cosa ratonesca con una de esas correas que se alargan, a varios metros de distancia. Viene hablando, la mujer más joven. Señala en dirección al bicho con pelos:

-…y estaba atacando. Mi perro se quedó mirándolo, mirándolo, mirándolo…

Mirando gente en el "tenedor libre"

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Mirando gente en el “tenedor libre”

• El nene tiene ojos grandes y hoyuelos en las mejillas. El padre, de cara pequeña, parece que podría compartir algo de la buena predisposición de su hijo, aunque desentonan los labios color de necrosis. La madre está amargada, pasa un mal día, o simplemente es así. En vez de hablarle al chico le ladra. Lleva un corte de pelo brujeril. Tiene unas arrugas o protuberancias, no veo bien, a ambos lados de la boca, ahí donde las comisuras de los labios le caen vertiginosamente en desprecio al mundo.

• Es alta, delgada, lleva uniforme negro y seguramente estudió alguna de esas carreras fascinantes donde les enseñan a hacer hoteles más confortables, restaurantes más tentadores, cosas así. Alguien, al pasar, la llama Pilar. Con semejante nombre, debe ser un verdadero soporte en este sitio. Siguiendo con el estúpido juego de palabras, me pregunto si usará sostén.

• Durante el noventa y nueve coma nueve por ciento de la historia de la humanidad, con la cara que lleva y las caderas que mueve al caminar, esa chica habría sido el ideal de belleza femenina. Le tocó la mala suerte de nacer hace veinte años, así que tiene fácil ocho kilos de más.

• Vino con su mujer, sus dos hijas prepúberes y su hijo de seis o siete años. Come, come, come. De pronto, levanta la mano derecha para interponerla entre él y la más hiperactiva de sus hijas, como quien intenta detener una bala, como quien quiere protegerse del camión que está por atropellarlo, como quien se defiende de la lluvia sin paraguas.

Mide menos de un metro cincuenta

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Mide menos de un metro cincuenta. Tacos incluidos. Rulos teñidos de rubio también incluidos. Pasa junto a mí, sin veme parado en la calle a un paso de la vereda, preparado para hacerle señas al colectivo que viene. Está muy ocupada consigo misma, le lleva mucho tiempo y mucha energía mantenerse de una pieza. Recorre por el lado de afuera la hilera de autos estacionados, mientras busca y sacude unas llaves en la cartera.

El auto de ella es el más alto, una 4×4 roja, imponente, de escultor, para seis osos gordos. Cuando se sienta al volante, apenas se le ve la cabeza a través del parabrisas.