Opciones

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Si ya no puedo ser cool, lo que me queda es ser excéntrico.

creciente poesía

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creciente poesía pérdida forma llegando fuga motivos verbo supone estado paciente edición fotografía poco nunca ahora sé existió espacio nombre y nos vamos haciendo viejos un nuevo método de añadir un comportamiento no sé si decir que raro ser un poco mas alto una mejor que la otra con las ganas de continuar entrar en el diccionario que no tiene nada de chiste para armar bloques de fragmentos basta con que selecciones alguno de estos experimentos uno de los templos budistas pondremos la foto completa cambian la inicial las parejas de baile con dificultad entre las trepadoras y los troncos partidos para andar pensando cierta concesión a la galería con los recursos propios del medio la derrotamos porque simplemente va evolucionando hasta un estado final de satisfacción

Prototipo de letra para canción

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Alguien improvisa palabras
como si existieran en el diccionario.
Pero no hay idioma infinito
—qué pocas mentiras quedan por decirse.
Yo te contaría un secreto
si me prometieras conservarlo,
pero se lo vas a decir a otros diez.

¿Cuántos verbos tiene la tarde
desde el mediodía hasta la hora oscura?
¿Cuántas letras tiene tu libro,
ese que guardaste para no leerlo?
Yo te contaría mi cuento
si me prometieras recordarlo,
pero te lo vas a olvidar otra vez.

Árbol

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“En cierta forma, escribir es parecido a crear un árbol: hay que procurar que el texto sea tan natural, tan atractivo e importante en sí mismo como para que el lector olvide que alguien lo hizo.” (Ana María Shua, en el suplemento Ñ de Clarín de hoy.)

Lista encontrada número 6

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  • Ciencias naturales
    Astronomía y astrofísica – Biología – Física – Geología – Matemáticas – Química
  • Ciencias sociales
    Antropología – Derecho – Economía – Educación – Filosofía – Geografía – Historia – Lingüística – Política – Psicología – Religión – Sociología
  • Ciencias aplicadas
    Explotación de los recursos naturales – Ciencias de la salud – Informática – Ingeniería – Telecomunicaciones – Transporte
  • Arte
    Arquitectura – Artesanía – Artes gráficas – Cine – Danza – Escultura – Fotografía – Historieta – Literatura – Música – Pintura – Teatro
  • Ocio
    Espectáculos – Deporte – Gastronomía

Lista encontrada número 5

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  • Juha by Juhani Aho
  • The Pleasures of a Single Life, or, The Miseries Of Matrimony by Anonymous
  • Juana by Honoré de Balzac
  • Mappo, the Merry Monkey by Richard Barnum
  • Ethel Hollister’s Second Summer as a Campfire Girl by Irene Elliott Benson
  • Nick of the Woods by Robert M. Bird
  • Les Roquevillard by Henry Bordeaux
  • The Heavenly Footman by John Bunyan
  • Buffalo Roost by F. H. Cheley
  • John Rutherford, the White Chief by George Lillie Craik
  • De l’origine des espéces by Charles Darwin
  • Studies in the Psychology of Sex, Volume 1 by Havelock Ellis
  • The Sign Of The Red Cross by Evelyn Everett-Green
  • Bouvard et Pécuchet by Gustave Flaubert
  • Dictionnaire des idées reçues by Gustave Flaubert
  • Madame Bovary by Gustave Flaubert
  • Kaksi by Theodolinda Hahnsson
  • The Romanization of Roman Britain by F. Haverfield
  • The Dweller on the Threshold by Robert Smythe Hichens
  • Beautiful Britain by Gordon Home
  • Ulysses by James Joyce
  • Koskenlaskijan morsian by Väinö Kataja
  • In het Balkanbergland van Bulgarije by Louis de Launay
  • Nonsense Books by Edward Lear

Lista encontrada número 4

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  • que los enemas de café curan el cáncer,
  • que el monstruo del Lago Ness existe,
  • que los grabados de los billetes de dólar explican conspiraciones secretas

Lista encontrada número 3

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  • 1981 Los Glaciares
  • 1984 Parque nacional de Iguazú
  • 1999 Cueva de las Manos, Río Pinturas
  • 1999 Península Valdés
  • 2000 Manzana y estancias jesuíticas de Córdoba
  • 2000 Parques naturales de Ischigualasto y Talampaya
  • 2003 Quebrada de Humahuaca

Lista encontrada número 2

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  • FORMACION PROFESIONAL
  • INFORMACION DE INTERES
  • SOLICITUDES
  • LEGALES Importante!
  • INFORMACION INSTITUCIONAL
  • CENTRO DE AVISOS DE CENIZAS VOLCANICAS
  • USUARIOS REGISTRADOS

Lista encontrada número 1

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  • maquinaria (fotocopiadoras o camiones grúa),
  • productos alimenticios (maíz dulce crudo o cocinado),
  • textiles (anoraks, pantalones, vestidos o zapatillas deportivas) y
  • papelería (álbumes, pañuelos de papel, agendas o bolígrafos)

Epifanía

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Foto por Eduardo Abel Gimenez

El afiche de la foto es una partitura que imita el aspecto de la catedral de Colonia (Alemania), obra de Geoffry Wharton. Lo tengo colgado de la pared, detrás de mí. El monitor reflejado muestra un aspecto de GMail, que tal vez sea el dios al que todo esto hace referencia.

La novela de mil páginas

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Ahora es cuando empiezo a escribir esa novela de mil páginas que tantas veces soñé, ahora que no tengo la menor idea del contenido, que no se me ocurre nada, que estoy cansado de los intentos que hice sin resultado. Ahora es cuando el primer capítulo toma forma, y usando técnicas que nunca me dieron resultado avanzo diez páginas diarias, veinte, y sin distraerme con nada soy como un rompehielos y antes de decir basta me encuentro poniendo el punto final, dejando que otros revisen los errores, las frases torpes, las repeticiones. Ahora es cuando de esa forma me quito un enorme peso de encima, un deber de la vida, y me dedico por fin a pensar en otra cosa.

Aquí abajo

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Aquí abajo está la segunda dosis de cuentos muy cortos. Pertenecen al primer año del weblog, a partir de febrero de 2002, y fueron apareciendo aquí a medida que los escribía. Como con el primer grupo, armé un solo post para que estén juntos y poder poner un link en la columna de la derecha.

Otros 20 cuentos muy cortos

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1

Sale el sol una vez cada veinticinco años. Brilla un minuto y se va. Medio enceguecidos, se quedan todos discutiendo sobre lo que vieron o lo que les quemó los ojos. La discusión declina (o crece en profundidad, según el punto de vista) durante los siguientes doce años y medio. Luego empieza la cuesta ascendente de otros doce años y medio, hacia el próximo destello: que las leyendas, que las teorías, que antes era distinto, que ahora será distinto, que alguien lo va a fotografiar, que alguien ya lo ha fotografiado, que todo es falso, que no me va a volver a pasar lo mismo.

* * *

2

El primer aviso decía: “Con calma que hay tiempo.”

El segundo aviso decía: “Ahora a paso normal.”

El último aviso decía: “Por tu culpa llegamos tarde.”

* * *

3

Camina sin pisar las rayas. Cruza las calles en línea recta. Se sienta con las manos en las rodillas. Se guarda la basura en los bolsillos. Pide perdón. Pide permiso. Da todos los vueltos. Habla en voz baja. Se acuesta temprano. Tiene documentos. Cierra la puerta cuando va al baño. Cae con gripe una vez por año. Usa edulcorante. Mira las chicas de reojo. Mira libros usados, pero compra nuevos. Usa zapatos. Usa medias. Se afeita. Dejó de fumar. Conoce los nombres de muchos vicios. Puede leer en inglés. Mira televisión. Viajó una vez. Se casó dos veces. Olvida los sueños. Olvidó los sueños. Cierra las cortinas antes de desnudarse. Lleva monedas para el colectivo. Guarda los boletos capicúas. Se ducha. Se corta las uñas. Usa desodorante en aerosol. Silba cuando nadie oye. Habla por teléfono con voz gruesa. Se ríe con todos los chistes. Lee el diario. Llora cuando va al cine. Le gusta el rock. Le gustan las milanesas a la napolitana. Le gusta la primavera. Tiene vergüenza. Va al gimnasio tres veces por semana, dos semanas por año. Le gusta que se acuerden de él. Tiene dos hijos. Los quiere. Tiene cinco dedos en cada mano. Tiene un ombligo que nadie más ve. Tiene poco pelo. Tiene dos peines, uno de ellos en el bolsillo. Tiene un manojo de llaves. Se muere.

* * *

4

Cada día acomoda las macetas del balcón en distinto orden. Desde la ventana de enfrente, sin ser visto, hago un croquis con cada nueva distribución.

Un día, furioso, la llamo por teléfono (ella no sabe que tengo su número, no me conoce).

—Te repetiste —digo con voz tensa.

Al otro lado hay un silencio largo. Finalmente, suspira.

—Idiota —responde—. Ahora tengo que cambiar el código.

* * *

5

Si tuviera que abrir esa puerta empezaría golpeando para saber si alguien responde, y ante el silencio seguiría apoyando la mano en el picaporte, girándolo con suavidad y empujando hasta que el barniz, que debe estar pegado luego de tanto tiempo, se desprenda y permita que el panel de madera barata, un poco arqueado por la humedad, empiece a revelar el aire estancado del interior, muy lentamente porque puede haber cosas que se despierten o, peor aún, que no se despierten, y cuando las bisagras hayan chirriando lo suficiente trataría de distinguir algo al otro lado, en la oscuridad, antes de que algo me distinga a mí en la luz. Pero nada de esto es necesario, porque me permiten seguir de largo.

* * *

6

Cada día hay montañas nuevas. Uno se levanta, abre la ventana y ahí están, relucientes, con un copo de nieve recién caída en la cima, siempre distintas de las montañas del día anterior.

Muy bonito.

El problema es de noche, cuando caen las montañas viejas, cuando se mueven las rocas y la construcción avanza a gran velocidad, justo a la hora en que uno trata de dormir, con todo ese ruido.

* * *

7

Como le dio frío, prendió la estufa. Como le dio calor, prendió el aire acondicionado. Como le dio frío, se puso un pulóver. Como le dio calor, abrió la ventana. Como le dio frío, se tomó un cognac. Como le dio calor, se mudó al otro hemisferio. Como le dio frío, corrió un rato. Como le dio calor, se dio una ducha helada. Como le dio frío, hibernó.

* * *

8

En ese país el gobierno anuncia cada madrugada qué día de la semana será. Uno se levanta si saber si empezará un lunes o un sábado, un viernes o un domingo. Están quienes piden semanas normales, y están quienes prefieren la espontaneidad. Están quienes apoyan la función del gobierno, y están quienes quieren que el pueblo tome las decisiones. Está quien pone siempre el despertador, por las dudas, y está quien no lo pone nunca.

* * *

9

La luna llena gira con rapidez y muestra su lado oculto a quienes tienen la suerte de estar observando. A mí me entra una basurita en el ojo: tengo que bajar la cabeza para frotármelo. Cuando vuelvo a mirar el fenómeno ha terminado, la luna es la que siempre fue y la que siempre seguirá siendo.

* * *

10

Había una sola luz, allá lejos, más o menos en la dirección de la que venía el viento. Lo demás era negro. Se oía el mar y también el golpeteo arrítmico de una puerta entreabierta. En el cielo, una capa espesa de nubes ocultaba las estrellas. Todo perfecto, salvo aquella luz neblinosa, aquella lamparita terca rodeada de halos, aquel punto blanco que quería ser el centro del universo, que obligaba a desviar la vista para mirarla, que impedía pensar, que era origen y final de todas las cosas.

* * *

11

La bruja vestida de negro, con sombrero en punta, nariz ganchuda y verruga llena de pelos, lechuza al hombro, espalda encorvada y diente solitario entre los labios de color violeta, echó algunas porquerías más en el caldero que ya olía a podrido, le pegó una patada al gato, miró el último huesito humano que quedaba en un rincón, se aseguró de que fuera bien de noche, agarró la escoba y pateando cucarachas salió a buscar algún otro chico para comerse en la cena.

Afuera la esperaba una comisión de la Asociación Pro Relatos Infantiles Políticamente Correctos, que con una orden del juez la llevó a un centro de rehabilitación.

* * *

12

—Zanahoria.
—Zapallo.
—Zanahoria, digo.
—Zapallo.

La humedad y el calor atraviesan las paredes. Una gota cae por el exterior del vaso de agua y otra por cada frente.

—No me escuchás.
—Sí te escucho.
—¿Qué dije?
—Sí te escucho.

La luz parpadea pero sobrevive. Afuera no hay luna, o si la hay quedó al otro lado de las nubes. Puede ser que llueva, pero hoy todavía queda techo. Mañana veremos. Todo el mundo está cansado, y más cuando las voces suben y se abren paso por el aire espeso.

—Es a las diez.
—Es a las once.
—No, es a las diez.
—No, es a las once.

Cambia un semáforo en la esquina: de rojo a verde, de verde a amarillo, de amarillo a rojo. No hay nadie en la calle para aplaudirlo. Tampoco se ve a nadie al otro lado de las ventanas encendidas, como si todos fueran fantasmas en el edificio de enfrente.

—Con azúcar.
—Sin azúcar.
—Te digo que con.
—Sin.

Tal vez no haya más que fantasmas, con la energía necesaria para encender una lamparita y mantener una discusión. Las lamparitas son difíciles, vienen de mala calidad. Las discusiones no.

—Después.
—Antes.
—Después.
—Antes.

* * *

13

Sacudía las manos como alas. Sacudía los ojos como garras. Sacudía los pies como granizo. Corría hacia arriba, hasta el último piso, y bajaba silbando entre las ramas de los árboles. Movía la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Hacía ruido de caballo con los labios. Enrollaba las sábanas en un brazo y atacaba las paredes evitando que lo mordieran. Encendía la luz, la apagaba, sacaba las lamparitas para romperlas en el baño. Abría las ventanas de par en par, de dos en dos, para cerrarlas con tres golpes. Fruncía la nariz, fruncía el frunce, se achicaba la cara hasta que dejaran de vérsela. Se agachaba poco a poco, grado a grado, para levantarse de un salto y morder el aire. Quería volar y no podía. Tenía pesadillas.

* * *

14

Los instrumentos muestran que estamos llegando a un planeta desconocido. El capitán tabletea con los dedos en el apoyabrazos de la silla. Estamos en tensión. Ni siquiera parpadeamos. Aquellos entre nosotros con menos experiencia empiezan a sudar. Nos acompaña una música en crescendo, violines espásticos que impedirían oír nuestras voces si se nos ocurriera hablar. Pero lo que nos pone de veras nerviosos es ese ruido, como de granizo y lluvia, al otro lado de la gran pantalla, donde aumenta descontroladamente la velocidad de consumo de pochoclo.

* * *

15

Se levanta el telón. El escenario está a oscuras, mientras la platea sigue iluminada. Todos esperan. No pasa nada. A los pocos minutos arrancan las protestas. A la media hora la gente se empieza a ir. Hay gritos, insultos, silbidos. Piden que les devuelvan la plata de la entrada, pero nadie responde: desaparecieron los acomodadores, los boleteros, los de seguridad. Llaman a la policía y viene un par de patrulleros para sumar algo de ruido. Intervienen un juez, que termina clausurando la sala, y varios periodistas, que hacen preguntas y toman fotos. Más tarde quedan algunos curiosos, pero ya no hay nada que hacer en el lugar. Cuando los últimos se van, los verdaderos espectadores aplauden sin entusiasmo.

* * *

16

Clara separó los dedos y dejó caer la arena en tres cascadas áridas.

—No iré —dijo María, paseando los ojos más allá del horizonte.

Adela se tapó la nariz y la boca con la mano, sin poder ahogar la risa que le hacía cosquillas desde adentro.

Clara pisó con rabia la arena caída y deseó volver a tenerla en su poder.

Marta decidió cooperar, pero nadie se fijó en ella.

—Pueden dejar de insistir —dijo María, cruzando los brazos bien apretados contra el pecho.

Adela se sentó en una piedra, todavía sacudida por fenómenos internos.

Marta decidió no cooperar, pero nadie se fijó en ella.

Mientras tanto, Nora caminaba por el borde, con los puños apretados, a un centímetro de caer para siempre.

* * *

17

El Gran Houdini se hundía rápidamente en un mar con mil metros de profundidad. Llevaba las manos atadas a los pies, los pies atados a la cintura, el cuello atado a las rodillas. Las sogas, a su vez, iban rodeadas por gruesas cadenas de las que tiraba una bola de acero, maciza, con un peso de dos toneladas. Todo, Houdini y las sogas y las cadenas y la bola de acero, bajaba rodeado por una jaula estrecha, un cubo de un metro de lado, hecha con barrotes gruesos y soldados entre sí por expertos insobornables.

—Por fin —pensó el Gran Houdini— una situación de la que no puedo salir.

Y se relajó para disfrutar de la nueva sensación.

* * *

18

Tres de los músicos estaban sentados en hilera, en sillas iguales a las nuestras y a la misma altura, muy cerca de nosotros, los espectadores. Tocaban instrumentos de viento. Detrás de ellos estaba el contrabajista. Unos metros a la izquierda, el pianista. No era la sala principal de un teatro, sino más bien el hall.

Detrás de lo que debía ser la entrada a la sala había otros dos músicos, un poco escondidos para disimular la estridencia de sus instrumentos. Uno de ellos tocaba una especie de trombón combinado con una tuba, pero negro. El otro, curiosamente, tocaba el cello, del que por supuesto no se oía nada.

Cuando la música terminó y los tres músicos de adelante se quitaron los instrumentos de la cara pude ver que eran muy viejos. Los aplausos entusiastas los tomaron por sorpresa y se pusieron a llorar, el de la izquierda con la cabeza apoyada en el del medio, el del medio con la cabeza apoyada en el de la derecha, el de la derecha mirando hacia un horizonte imaginario donde esos aplausos duraban para siempre.

“Qué raro que puedo recordar este sueño”, me decía yo todavía dormido. No suelo recordar los sueños, pero este parecía destinado a permanecer. Y seguramente ese pensamiento, esa idea de estar recordando el sueño cuando todavía no había terminado es lo que me permite recordarlo ahora que saltó hacia mí como uno de esos muñecos con resorte que acechan en las cajas de las películas de terror.

* * *

19

Tengo una idea para una película. El personaje principal, Jack, está obsesionado con un actor famoso, que podría ser Johnny Depp. El tema es que el propio Johnny Depp personifica a Jack, aunque al principio de la película está caracterizado de forma que es imposible reconocerlo.

Jack colecciona películas y fotos de Johnny Depp, y estudia cada pieza una y otra vez hasta saberla de memoria. Con esa documentación aprende a imitarlo: copia los gestos, la forma de caminar, la sonrisa. Ejercita la voz hasta conseguir que sea igual a la de Johnny Depp, en timbre y acento. También busca el parecido físico, que va logrando a medida que la película avanza: compra la misma ropa que el actor, se tiñe el pelo, se cambia los dientes, se opera la nariz. Así, Johnny Depp, el actor que hace de Jack, es cada vez más parecido a Johnny Depp.

Al final, cuando la copia alcanza la perfección, Jack asesina a Johnny Depp y ocupa su lugar.
Aquí termina la película, pero no es todo. El contrato de Johnny Depp debe estipular que durante el resto de su vida actuará de manera sutil y constante como si no fuera el verdadero Johnny Depp, sino Jack el impostor.

* * *

20

La niña corre alegre por el prado, tras una bella mariposa de colores brillantes. Salta la niña hacia aquí, salta hacia allá, atraviesa los altos pastos siguiendo las cabriolas de esa maravillosa criatura que la hipnotiza con su aleteo impredecible. De tan distraída, la niña no advierte que tras unos arbustos hay un profundo barranco. Antes de poder gritar “mamá”, la niña siente que se le resbalan los pies y allá va de cabeza hacia las piedras del fondo, diez metros más abajo.

Sin tomarse un descanso, la mariposa vuelve en busca de la siguiente víctima.

Lo que sigue

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Lo que sigue, “20 cuentos muy cortos”, es una selección de cosas que escribí en enero de este año, y que fui publicando sueltas en el weblog. Los junté en un solo post para poder agregar un único link allá a la derecha, en el rubro “Cuentos” (y espero repetir el truco con más textos por el estilo). Se suponía que iban a empezar un libro cuyo título provisorio era “Te veo el martes”.

20 cuentos muy cortos

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1

El libro cerrado está sobre la cama. No vale la pena contar las luces porque hay una sola. Pero las sombras, ah, las sombras.

El ruido del cañón distante hace vibrar la tapa. O tal vez no sea culpa del papel sino de la mano que se apoya y tiembla. Detrás hay un haz de músculos tensos.

–Te veo el martes –dice la voz que se va.

Sí, pero ¿cuánto falta? Todo sería más fácil si supieras qué día es hoy.

* * *

2

La pollera le llegaba hasta las rodillas. Cruzaba el puente de noche, sobre una plataforma rodante, con la mirada en la punta de los zapatos. Podía haber acelerado la huida caminando, pero no lo hizo.

Era un blanco perfecto.

Algunas estrellas cambiaron de sitio. La sirena de un barco fantasma llenó la ciudad de miedo. La plataforma rodante alcanzó el otro lado del puente mientras una bandada de palomas despertaba por algún motivo incomprensible.

Los relojes tenían que dar la hora, y sólo dieron un indicio de que todo había dejado de funcionar.

Ahora sí, caminó. El ruido de los zapatos en la calle de ladrillos obligó a los perros a ladrar. Algo oscurecía la luna. El tiempo se hizo lento, espeso. Todos vivíamos en el fondo del mar, donde apenas podíamos llegar a peces.

La noche acabaría en algún momento, pero ni siquiera eso garantizaba nada.

* * *

3

Voy a ver un espectáculo de sombras chinescas. No sé cuántos actores participan, pero en el público sólo somos doce, repartidos en tres hileras de butacas. Estoy en la hilera de atrás, en la segunda butaca contando desde la izquierda.

Se apagan las luces de la sala y un reflector potente pone blanca, incandescente, la pared del frente. Aparecen las primeras sombras.

Al principio resulta fácil adivinar los dedos y las manos que forman una cabeza de perro, una paloma, un árbol, una pareja que se besa. Pero poco a poco las construcciones se hacen más complejas, y ya no se sabe cómo crean la ilusión de una ardilla, un banco de plaza, un árbol, un auto, un semáforo, un edificio de oficinas, una biblioteca, un anciano que camina con bastón.

Al mismo tiempo, delante de nosotros se desarrolla una historia. Quisiera relatarla, pero es tan tenue, tan vaga y sutil, tan verdaderamente hecha de sombras que desafía las palabras. Ni siquiera hay banda de sonido. Sólo se oye la respiración de los espectadores, una tos, movimientos involuntarios en las butacas.

El relato empieza con cierto sentido del humor, que lleva a una mujer situada en la primera hilera a reír sin control durante un minuto entero. Luego, imprevistamente, se pone tétrico. Hay muertes, caídas, terror. Con el transcurso de las escenas siguientes la desolación nos invade a todos. Alguien solloza. Durante un largo rato buscamos esperanzados el hilo que permita suponer un final feliz.

Pero no hay un verdadero final. Los personajes empiezan a desmembrarse, a perder fluidez, a olvidar los respectivos roles. Los lugares se deshacen en huellas apenas visibles.

De pronto empezamos a distinguir otra vez los dedos y las manos que han estado fabricando todo. Lo hacen a propósito. Dejan de simular que son otra cosa. Pero un minuto más tarde esos dedos y esas manos también se deshacen, en dedos y manos más pequeños. Y los pequeños dedos y las pequeñas manos se deshacen también, en otros que resulta difícil contar.

El proceso se repite dos o tres veces más, hasta que la pared blanca queda cubierta por una especie de bosque puntillista de dedos infinitesimales. Entonces se apaga el reflector y quedamos a oscuras. Empezamos a aplaudir.

* * *

4

Hay mil seiscientas cajas de madera apiladas hasta el techo, en este depósito oscuro y húmedo donde hace años que nadie entra. Los lados de las cajas están hechos con listones como barrotes, y entre los listones hay ranuras por las que apenas se puede ver el interior.

Cada caja contiene algo distinto. Algunos contenidos se mueven, pero casi todos están quietos. No es fácil deducir qué hay en cada caja, ni siquiera cuando se mueve, cuando tiene olor o se derrama hacia afuera.

Algunas cajas han caído al suelo y se han roto. Quedan pocos rastros de lo que guardaban. Hay maderas mordidas, rasguñadas, cortadas, partidas. Hay manchas azuladas, grises, negras. Hay grumos marrones y verdes.

Las puertas del depósito están cerradas por fuera, trabadas, encajadas en las paredes de manera que nadie pueda abrirlas otra vez.

Una linterna serviría para averiguar más. Pero no tengo linterna. Dependo de la luz del día que entra por una grieta de la pared, y ahora empieza a caer la noche.

* * *

5

A bordo del submarino nuclear опасность los violines nunca dejan de sonar. El sistema de audio se extiende por las tripas del submarino hasta todos los rincones imaginables, incluyendo algunos donde la tripulación no puede entrar. El clima interno, así, se ve modificado de un modo intenso, a veces para bien, a veces para mal.

Cuando hay una emergencia, los violines suben una octava. Cuando el submarino llega a puerto, bajan una quinta. No tocan ninguna música reconocible, avanzan y retroceden por melodías y series armónicas siempre cambiantes, improvisadas por la inteligencia artificial que comandaría la nave si el capitán se lo permitiera.

Los domingos, además de violines se oye una flauta. Pero no es electrónica.

Muchos tripulantes, hartos de tanto violín, usan protectores para los oídos. Por eso a bordo del опасность sólo resulta fácil comunicarse con aparatos, a través de teclados, por ejemplo. Mucho más fácil que con la gente, que anda por ahí con los oídos tapados y de mal humor.

El опасность evita los grandes puertos, los mares más transitados. Es un secreto. Un experimento que, hasta el día de hoy, está fallando.

* * *

6

Si alguien supiera en qué piensa Naría cuando entrecierra los ojos, inclina un poco la cabeza hacia abajo, hace chasquear los dedos de la mano izquierda, deja que un mechón de pelo negro le cubra la cicatriz de la mejilla derecha, curva hacia arriba las cejas depiladas esta misma mañana, sonríe como para sí misma y aspira hondo, preparándose para algo que sólo ella sabe, juntando la fuerza necesaria para, en el momento siguiente, actuar.

* * *

7

Es de metal. O de plástico. De metal, pero parece plástico. Tiene punta. Se va cubriendo de sangre. Gotea. Está agarrado a una especie de cuerda, o cable, que cuelga de un aparato con forma de cubo, apoyado en tres patas.

Sobre el cubo hay un engranaje, y en uno de los lados un reloj que marca las cuatro y diez. Más atrás, en la silla, varios libros sostienen una pirámide hueca, en cuyo interior hay una lámpara encendida

La cuerda, o el cable, tiene dos ramales, uno amarillo y el otro gris, el gris un poco más corto. El amarillo se balancea en el aire.

El cubo es de aluminio, está manchado y tiene las esquinas abolladas. A veces el reloj se detiene, y unos segundos más tarde arranca otra vez. El engranaje gira media vuelta con cada gota de sangre, o tal vez sea la gota de sangre la que resulta de cada giro del engranaje.

Todo el conjunto huele a viejo, a moho, a haber estado bajo llave durante mucho tiempo.

El charco que las gotas de sangre han ido formando llega a los pies de la silla. Ahora se terminan los gritos.

* * *

8

Los dos hombres están de pie, frente a frente. El de la izquierda habla sin parar, mientras mueve las manos como para dar más sentido a lo que dice. El de la derecha escucha con atención, pero no mira las manos sino los ojos del que habla, y a veces la boca. De vez en cuando asiente con un movimiento débil de la cabeza.

Una serpiente muy larga y muy delgada, de color gris verdoso, asoma de la nariz del hombre que escucha y se estira por el aire hasta entrar en la oreja derecha del hombre que habla. Ninguno de los dos parece darse cuenta de esa cuerda viviente que cuelga entre ellos y los une, y que poco a poco sigue fluyendo dentro de la oreja del que habla hasta que la cola se suelta de la nariz del que escucha y se agita mientras sube y sube y sube.

A todo esto, el hombre que habla se ha ido poniendo pálido, y ha empezado a perder el control de las palabras. Cuando la cola de la serpiente desaparece dentro de la oreja, el hombre que habla baja las manos y se calla. Un segundo después cae el suelo. Su cadáver se deshace en una montaña de cenizas.

Pero ha quedado una silueta, un fantasma, un recuerdo del hombre que hablaba que aún sigue de pie, y que poco a poco levanta las manos otra vez y retoma el discurso. En tanto, mientras vuelve a asentir con la cabeza, el hombre que escucha saca un escobillón que tenía medio oculto a sus espaldas y barre las cenizas del piso.

* * *

9

Foster se arrastra por el laberinto de túneles subterráneos, con la única luz de su casco y el peso intolerable del tubo de oxígeno.

De vez en cuando le llega el ruido de otros exploradores, que se arrastran por túneles diferentes.

O tal vez sólo sea el eco de su propio arrastrarse, que va y vuelve rebotando en las paredes curvas.

O tal vez no sea el arrastrase de nadie, sino el movimiento inconsciente de las rocas, que crujen, se acercan y se separan según el calor o el frío que les llegue por las aberturas de la Tierra.

O ni siquiera eso, sino el debatirse de los oídos de Foster, ansiosos por percibir algo que no provenga del cuerpo que los incluye y los lleva consigo en una aventura de final imprevisible.

O apenas la imaginación de Foster, el intercambio de cantidades minúsculas de energía entre sus neuronas desesperadas, que sólo esperan con deseo el momento de acabar con tanta soledad.

* * *

10

La larva está comiendo el tomo VI del Diccionario Enciclopédico, palabra tras palabra, ejemplo tras ejemplo. Atraviesa un Ponerle como chupa de dómine y al otro lado del papel llega a Jugar con dos barajas. No se detiene en Dar con los huevos en la ceniza ni en Más viejo que la sarna. Está muy ocupada en huir de la digitalización.

* * *

11

En el centro de esa línea en espiral hay un punto anaranjado que no tiene explicación. Las huellas llevan a cualquier parte menos al culpable. Sabemos muy poco, cada vez menos, como si el punto anaranjado nos fuese absorbiendo los depósitos de memoria.

Alguien pulsa un botón, pero no hay respuesta. Quién nos dice que el botón esté conectado a algo. Puede ser una trampa, pero si es así ya caímos.

Nos movemos lentamente, buscando los puntos de menor resistencia, tratando de aparentar que estamos todos de acuerdo. Clara sonríe, pero nadie le hace preguntas.

* * *

12

Todo se va poniendo amarillo. Es una plaga, una catástrofe, un desafío a las leyes de la física.

El olor de las uvas se pone amarillo. Alguna gente empieza a preocuparse.

Sale en los diarios: “El tacto de la seda se puso amarillo.”

Sale en la televisión: “El sonido de las bocinas se puso amarillo.”

Hay quienes corren en busca de refugio, pero no tienen dónde ocultarse porque sus propias percepciones los persiguen.

* * *

13

El policía, de pie en la vereda, toca silbato cada vez que alguien estaciona donde está prohibido. Mucho más arriba, en el balcón del sexto piso, Di Biase saca un pelo de gato de la pierna izquierda del pantalón y lo arroja en dirección al policía. El pelo se va hacia cualquier otro lado, llevado por las corrientes de aire, pero a Di Biase no le importa porque su venganza es simbólica. ¿Qué probabilidades hay de que ese pelo, dentro de diez minutos o seis días o cuatro meses, acabe justo en la gorra del policía? El policía, de todos modos, estornuda. Como si presintiera algo.

* * *

14

La piedra de los acantilados es casi negra, igual que el agua del mar, igual que las nubes de tormenta que pasan más arriba. Pero el paisaje está decorado con manchas de color: las puntas irisadas de las olas con petróleo, los restos color ladrillo de la casa del guardaparque que cuelgan en lo alto, la luz intermitente de un avión que vuela bajo.

La alegría y la pena están separadas por una línea curva.

* * *

15

Está pegando un papel en la puerta, con dos tramos de cinta adhesiva. Pone uno en la esquina superior izquierda, y el otro en la esquina superior derecha. El papel queda un poco torcido. Trata de despegar el tramo de la derecha, pero con él empieza a salir la capa de pintura blanca que recubre la puerta. Abajo hay una capa de pintura verde, que hasta ahora le resultaba desconocida.

Corta otro tramo de cinta y la pega sobre el verde. Luego la arranca, y ve que abajo hay una capa de pintura roja. Podría seguir del mismo modo y llegar al fondo de la verdad, pero tendría que ir a comprar más cinta adhesiva.

Va a tirar el rollo vacío a la basura y regresa al papel, que dice: “Esta puerta es mía.” Saca una birome del bolsillo y empieza a corregir el texto para que diga: “Esta puerta, con todas sus capas de pintura, es mía.” Debido a la posición, la birome deja de escribir justo antes de la a de “pintura”. Queda así: “Esta puerta, con todas sus capas de pintur”, y más abajo, “es mía”.

No importa. A quién se le va a ocurrir disputársela. Así como van las cosas, bien podría ser el último hombre sobre la Tierra.

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16

A bordo del Barma Farma, en algún lugar del Océano Índico

Nick se mordió el lado derecho del bigote. Bajo sus pies, la cubierta se alzó lentamente y luego volvió a bajar. El mareo crecía con lentitud pero con firmeza. En unos minutos más llegaría al nivel máximo, y lo obligaría a inclinarse sobre la borda para vomitar otro poco de espuma,, indistinguible de la maravillosa espuma que adornaba las olas.

La música que llegaba del salón de fiestas era cada vez más insoportable. Trompetas dulces como caramelo, violines llorosos como chocolate, una cantante tierna como crema recién batida. Nick sintió que el estómago daba otra media vuelta, y a la vez percibió la mirada obtusa del capitán, borracho perdido durante dos décadas enteras, que lo contemplaba desde la claridad relativa de una escotilla a medio abrir.

–Mañana –dijo el capitán, estirando las vocales.

–¿Mañana? –preguntó Nick con un hilo de voz.

El capitán no respondió. Dio un paso atrás, y allá fue a reunirse con los violines y otro vaso de vodka.

Por encima de todos ellos, el sol iniciaba la última de sus tormentas.

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17

–No, eso no –dijo Carla, y puso los ojos en blanco.

El operador aumentó el volumen de las risas enlatadas. Los ojos en blanco de Carla eran el punto más alto del programa. Los ponía en blanco cada día, desde 1984. El rating no dejaba de aumentar. La grabación de las risas enlatadas era la misma desde 1991, año en que habían reemplazado al productor general.

Francis empuñó el control remoto y cambió de canal. Pero los ojos en blanco lo perseguían. En todos los canales creía ver lo mismo. Levantó los pies y los usó para tapar una parte de la pantalla. El sonido de las risas enlatadas se hizo más suave, hasta mezclarse con las olas de un mar que lentamente fue inundando la ciudad hasta ahogar a todos los habitantes.

* * *

18

Los gases se expandieron hasta ocupar todo el espacio disponible. Los líquidos adoptaron la forma de sus recipientes. Los sólidos, en cambio, conservaron sus formas. En la clase de física, esta vez, todo anduvo de acuerdo con lo esperado.

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19

Loriander Padla atravesó la habitación con tres pasos largos y abrió la ventana para que entraran los cuervos. El ruido de las alas fue un concierto de música étnica. El movimiento, un mar de cenizas levantado por el viento. Ojos, picos, garras: todo afilado.

El espejo giratorio se dio vuelta para enfrentar el espejo de la pared. La mirada de ambos se cruzó y así construyeron un pasillo infinito en el que los cuervos se metieron a buscar su propio reino.

Durante las horas siguientes, las luces se encendieron poco a poco. Alguien se asomó al borde del abismo y volvió para explicarlo a los demás. La nube roja avanzó con más rapidez que las otras, mientras el sol se quedaba en la cima de las torres. Nunca más volvió el invierno.

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20

El irlandés se agazapa tras una roca mientras el castillo pasa al trote. Nada de magia. Nada de hechizos en la luna. El infierno está hecho de colecciones incompletas.

Traemos un vaso de vino al borde del lago. Es de noche. No hay estrellas porque el cielo está de viaje. Si jugamos con fuego podemos terminar borrachos, pero es poco probable que alguien venga a pedir revancha. Queremos correr riesgos.

El caucho apenas resiste. Cae una gota de lluvia, y ya estamos todos enfermos. No quedan cables lo bastante tensos. Empezamos a mirar hacia abajo. Llegados a este punto ya no hay nada que nos detenga.

Los oídos están tapados por una capa de algodón. El árbol, como de costumbre, no hace nada. Apenas hay viento. Tragamos las pastillas más dulces sin sonreír, como si el horizonte se estuviera acercando.

El dolor es rojo.

(Enero de 2004)

El casino huele a billetes viejos

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El casino huele a billetes viejos. Los billetes estaban aquí antes que el edificio, y lo único que hicieron los constructores fue juntarlos para levantar las paredes. Luego los cubrieron con una capa delgada de yeso, pintura amarilla, luces, mesas y charla casual.

Suena paradójico, pero los billetes viejos valen menos que cualquier cosa que se pueda comprar con ellos.

Qué buena canción

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Qué buena canción: Clem Snide, “Your favorite music”.

Your favorite music, well, it just makes you sad.
But you like it ’cause you feel special that way.

Las risas del final, bueno, te ponen los pelos de punta.

¿Te comerías una cucaracha por un millón de dólares?

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¿Te comerías una cucaracha por un millón de dólares?

Desde chico estoy fascinado por esa pregunta. Vuelve y vuelve, periódicamente, como si de veras tuviera que tomar la decisión. Y cada vez me resulta más difícil responder, como si las barreras culturales que condicionan mi mente se hicieran más fuertes con el tiempo. (Aunque también es cierto que un millón de dólares, hoy, no es lo mismo que cuando yo era chico.)

En la carpeta "Deleted Items" de mi Outlook

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En la carpeta “Deleted Items” de mi Outlook hay 142 mensajes de las últimas 24 horas. Desde “BASE DE DATOS 2003 A SOLO $12 + GASTOS DE ENVIO” del jueves 3 a las 9:18 hasta “Find Houses from $10,000″ del viernes 4 a las 8:58. Ciento cuarenta y dos mensajes eliminados. No todo es spam: tal vez un quince por ciento se trate de virus o avisos de virus. También alguna gacetilla de prensa que me llega por triplicado. Así es todos los días.

Tengo el Spam Inspector. Lo compré después del período de prueba. Sí, en dólares, con tarjeta, por la Web. Hasta ese punto han llegado las cosas. Consigue eliminar la mayoría del spam, pero a un mes de haberlo instalado todavía tengo que revisar la basura porque a veces tira algún mensaje bueno.

Estoy harto. Sin embargo, cambiar las direcciones de email que uso sería un trastorno todavía mayor: no sólo están las mías, personales, incluida la que aparece al pie de esta página, sino también las de Imaginaria, que figuran en las libretas de direcciones de miles de personas e instituciones.

Si tuviera la certeza de que esto sigue así supongo que terminaría por conformarme. Pero empeora. Viene empeorando desde hace mucho, y va a seguir empeorando. Ya hay quienes dicen que los días del email tal como lo conocemos están por acabarse.

En La Nación del sábado pasado

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En La Nación del sábado pasado Nik publicó un chiste cuyo texto dice:

En la UCR, Cristian Caram se postula por la ciudad de Buenos Aires… y ya tenemos el slogan:

CARAM B.A.

Quien lo haya visto tal vez no sepa que el 11 de diciembre de 2002 anoté aquí:

Parece que uno de los candidatos (o pre, o algo) a Jefe de Gobierno de Buenos Aires para las próximas elecciones es Cristian Caram. A Susanne, mi mujer, ya se le ocurrió el slogan ideal para cuando haga campaña de afiches:

CARAM B.A.

Luisa Axpe me escribió este mensaje

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Luisa Axpe me escribió este mensaje:

Te envío una perlita que salió hoy en Clarín digital.

“Dos radios argentinas, finalistas del Festival de Medios de Nueva York”

“El Hambre, la Argentina en el tobogán”, el programa especial que condujo Marcelo Bonelli y emitió Radio Mitre, fue elegido finalista del prestigioso Festival de Nueva York, Estados Unidos, que premia “la excelencia en medios de comunicación”. El informe, que compite en la categoría “Asuntos Nacionales/Internacionales”, es un basto compilado sobre el flagelo del hambre que azota a nuestro país y fue realizado por el equipo periodístico de la emisora, que analizó el tema “desde una perspectiva netamente económica”.

Definición extraída de Diccionarios.com:
BASTO
1 adj. [cosa] Sin pulimentar, de calidad baja.
2 [pers. o acto humano] Grosero, rústico, tosco.

¿Será una crítica encubierta? ¿O habrán querido decir vasto?

Una vez más han demostrado su basta inteligencia.

Otra vez el lobo se ofrece a cuidar las gallinas

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Otra vez el lobo se ofrece a cuidar gallinas. Del spam de hoy:

ADV: RE: Get rid of junk email for good… Seriously.

We offer an anti-spam junk email program called AllSpamGone [dirección eliminada]. We’re sorry to spam you to tell you about it but how else would you know? Our goal is to help you avoid junk email. We would really appreciate it if you would try our new beta version and tell us if you find any bugs.

Contraste

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“En una histórica visita a la Argentina, el presidente cubano Fidel Castro (…) habló ante miles de personas.” Pagina12/WEB)

“La ciudad, virtualmente tomada por un interminable acto callejero.” (La Nación Line)