El intento de Golett

Al Norte y al Sur la ciudad no terminaba nunca, y al Este no iba nadie porque estaba el río. Al Oeste empezaban los barrios pobres y los días trisítes, dos inventos que en esa época tenían mucho éxito pero que Golett preífería evitar. Entre esas cuatro paredes que le ponía la ciudad, Golett miró primero hacia arriba y luego hacia abajo. Arriba pasaba un avión que venía de la base. Abajo estaba el jardín de su casa de El Palomar.

Tardó un minuto en decidirse. Para salir de la ciudad había un solo camiíno, y se puso a cavar.

El primer día consiguió hacer un pozo de dos metros, y después se fue a dormir. A la mañana siguiente tropezó con una roca y tuvo que recurrir al martillo. Al mediodía ya tenía llagas en las manos, así que se permitió una siesta.

Los vecinos se fueron enterando del intento, como sólo saben enterarse los vecinos, y la noticia corrió de cuadra en cuadra. Al tercer día, Golett fue a ver la obra y descubrió que se la habían invadido.

Eran tiempos en que mucha gente quería irse de la ciudad, y no todo el mundo tenía el ingenio de Golett. Muchos eran envidiosos, y a nadie le preocupaba aprovecharse del trabajo de otro. Por eso, los más madrugadoíres habían corrido al jardín de Golett y se habían zambullido de cabeza en el pozo. Los que vinieron después llegaron a tal velocidad que no pudieron frenar y terminaron cayendo sobre los primeros. Los últimos, que eran de esos que siempre dependen de la suerte y del prójimo, se encaramaron soíbre los otros, pensando que el peso de los cuerpos haría ceder el fondo del pozo y todos caerían en algún paraíso reservado a los inteligentes. Así que cuando Golett se asomó al jardín había una montaña humana más alta que el techo.

La policía también se enteró, y se llevó a Golett por sospechoso de algo que no estaba muy claro. Lo encerraron en un sótano, y esa fue la mayor profundidad que consiguió alcanzar en su intento.

Golett era capaz de reconocer sus errores. Esta vez había cometido dos: suponer que hacia abajo el camino estaba despejado, y creer que no había otra dirección que llevara fuera de la ciudad. Eran errores graves, porque abajo había tantos vecinos y policías como en cualquier parte, y además quedaba otra dirección para probar: hacia adentro.

Al principio, Golett se rio de sí mismo. Hacia adentro sólo se consigue enítrar, y eso a veces. Salir, se sale hacia afuera. Pero después cambió de idea.

Llevaba apenas unas horas encerrado cuando empezó a salir hacia adentro. Nadie se dio cuenta, porque se iba achicando tan despacio que diísimulaba bien.

—No sabía que era un enano —dijo el juez a la semana, cuando lo llevaíron a declarar.

Los policías se rascaban la cabeza.

A los veinte días era tan pequeño que pudo pasar entre dos barrotes y salir a la calle. Ya ni siquiera parecía un enano. Teniendo en cuenta que el mundo seguía lleno de policías y vecinos, tuvo que encontrar un modo de pasar inadvertido. Se puso a andar como un perro.

El perro Golett anduvo por las calles durante un mes, primero como doíberman, luego como cocker, finalmente como pekinés. Después se hizo gato, ratón, araña. Estaba cansado de comer porquerías, pero su intento teínía tanto éxito que siguió adelante, haciendo fuerza todo el tiempo para que sus partes y las partes de sus partes fueran saliendo de la ciudad, una a una y hacia adentro.

El último testigo de su desaparición fue un chico, que se quedó con la boca abierta ante el lugar vacío donde antes había un punto, y antes una mosca que se desinflaba.


(Este cuento apareció por primera vez en la revista El Péndulo N° 12 (Buenos Aires, 1986). Luego entró en la antología Fantasía y Ciencia Ficción, Cuentos hispanoamericanos (Buenos Aires, 1994), de Huemul. También está en un manual escolar, para satisfacción o sufrimiento de unos cuantos niños (ver comentarios 2, 9, 10), pero no tengo a mano el dato, y nunca vi el libro: si alguien sabe de qué manual se trata, por favor que lo anote en los comentarios. Hasta donde sé, es la primera vez que Golett aparece en la Web.)

Lo que dicen

Dicen que tiene una amante en Las Catrinas, con la que pasa la noche de cada viernes. Que a su camino, cuando va a visitarla, los grillos se callan. Que en ese sitio, cada viernes, hay luna nueva.

Dicen que vuelve de Las Catrinas con un gato dormido en los brazos. Que vive en una cabaña incendiada hace medio siglo. Que a veces, en la oscuridad de la luna nueva, a escondidas, de la cabaña salen decenas de gatos bebés, y se dispersan por entre los yuyos como rayos de una rueda de bicicleta.

Dicen que tiene noventa y nueve años, que nadie le ha visto la cara, que nadie le ha visto los pies. Pero también dicen que murió en 1921, sin cara ni pies, y le llevará noventa y nueve años encontrar su propia tumba.

Dicen que tiene un billete de cien mil dólares cosido a un bolsillo del pantalón, y el pantalón escondido en el sótano de la cabaña. Que nunca se lo pone ni lo lava ni lo muestra, por temor a romper o perder el billete. También dicen que los billetes de cien mil dólares no existen.

Dicen que nadie vive en Las Catrinas, que en realidad el pueblo se llama Sauce Muerto, que todas las mujeres se han ido a la ciudad, que es zona mala para gatos.

Dicen que en el sistema de Sirio hay un planeta donde todo el mundo tiene noventa y nueve años, donde en cada casa hay un sótano y en el sótano una gata, donde los amantes llevan lunas nuevas en el bolsillo. Y donde un billete de cien mil dólares alcanza para comprar la inmortalidad.

Páginas de un catálogo

Un día me desperté y tenía cuarenta años. Según mis cálculos, debía cumplir veinticuatro. Mientras bostezaba recordé que la noche anterior había pensado en mi cumpleaños y había tomado unos vasos de vino con Labra para despedir al número tres del primer puesto en mi edad. Así que no era algo tan inesperado como me pareció al principio. Después, al levantarme, caí en la cuenta de lo que había hecho durante el último año, y poco a poco fui recuperando los otros años perdidos, a razón de uno por minuto. Cuando terminé de tomar el café mi vida estaba completa. Habían pasado dieciséis minutos. Era injusto.

No me había ocurrido antes, y decidí que no debía ocurrir otra vez. Pero no bastaba con decidirlo. Me imaginé que podía llegar a ser algo habitual, encerrado en mi trabajo, pensando todo el día en cosas que no cambian con el tiempo. Había creído que podía contagiarme de esas cosas, ser inmortal yo también, pero esa mañana descubrí que no era así. Si quería volverme inmortal, el recurso sería cambiar el catálogo lo suficiente para que mis herederos me recordaran. Yo no podría vivir para siempre, pero mis aportes al catálogo sí.

De modo que empecé a trabajar convencido de que no iba a perder un segundo más. Ese arranque de optimismo duró casi todo el día. Después entendí que así mi vida sería recordable para los otros, pero no para mí. Volví al ritmo habitual, concentrándome más en mis propias emociones, mis impulsos, los latidos de mi corazón. La idea era cargar mi memoria con la mayor cantidad de datos de mí mismo, dejar marcas que me permitieran pensar siempre en ese día como en un día que viví de verdad.

A la mañana siguiente apagué el despertador con un golpe y le grité:

—Ya pasó otro día.

No lo pude remediar. Cuanto más me concentraba en hacer de mi vida algo significativo, más rápido pasaba el tiempo. Una semana después me olvidé del tema, y todo siguió su curso normal durante varios años.

Trabajar para el Centro trae estos problemas. Hasta el trabajo más rutinario se hace pensando en cuestiones filosóficas y significados ocultos. Uno barre el piso preguntándose por qué, para qué, y la respuesta se asoma y se esconde en medio de cálculos de probabilidades, coincidencias, intenciones, órdenes oscuras que nadie sabe de donde llegan, o si llegan realmente. La vida puede ser un medio para acercarse a la comprensión del Centro, y uno la deja pasar entre charlas metafísicas y movimientos repetidos hasta el cansancio.

El mismo transcurso del tiempo se hace confuso en el Centro. Por ejemplo, en la época de mis cuarenta años todavía no habíamos hecho el viaje, aunque juraría que en la de mis treinta sí. Recuerdo que poco después de mi cumpleaños vino a visitarme Kosong, para hablar de los preparativos. Cuando le abrí me saludó con un movimiento de cabeza, bajó la escalera y se instaló en el escritorio. Busqué una silla para sentarme frente a él.

—¿Alguna novedad? —le pregunté.

No contestó. Kosong tenía esas rachas, en las que se pasaba horas con la cabeza apoyada en una mano y el codo sobre el escritorio. El sombrero de plumas se le había corrido a un costado, y se lo quitó con rabia.

—Tendremos que llevar armas —dijo un rato más tarde.

—¿Para qué? —pregunté.

Sacó un lápiz del bolsillo y se puso a hacer garabatos en el papel donde yo había estado escribiendo.

—Dos fusiles y algunas granadas —dijo—. Preferiría un lanzallamas, pero no sé dónde conseguirlo. ¿Se te ocurre algo?

—Todavía no sé para qué nos serviría —insistí.

Kosong dejó el lápiz sobre el escritorio y se echó hacia atrás en la silla.

—Los árboles son peligrosos —dijo—. Habrá que pasar por un bosque —explicó después, al ver que yo no había entendido.

Me quedé un rato pensando de dónde sacar un lanzallamas, y no se me ocurrió nada.

—Las armas no me gustan —dije.

—A mí tampoco —dijo Kosong—, pero los árboles las respetan. Hay que apuntar bien abajo —simuló tener un arma en la mano—, y no retroceder. Lo malo —arrugó la nariz— es el olor.

—¿Sí? —pregunté.

—Es que esos árboles no son como los otros —siguió Kosong—. No sé qué tienen en vez de madera, que despide un gas verdoso al chamuscarse. Pero cuidado. —Se puso de pie. —Si el árbol está muy cerca es inútil tratar de pararlo. En ese caso hay que disparar bien arriba, entre las hojas. —Mientras hablaba, representaba lo que decía. —Después hay que saltar a un costado, porque el árbol estará ciego y no sabrá por dónde va. Cuando están ciegos, los árboles siguen siempre en línea recta, y lo único que puede pararlos es otro árbol. —Kosong resopló, como si la batalla lo hubiera cansado. —Pero eso no es problema nuestro. Nuestro problema es correr lo más rápido posible. —Se dejó caer otra vez en la silla. —Y además conseguir el lanzallamas.

—¿Y si no lo tenemos? —pregunté.

—Habrá que usar granadas —dijo—, y casco. Pero las granadas sólo sirven si el árbol está a más de diez metros. A esa distancia el casco basta para protegernos de las astillas. Pero con el árbol más cerca, hay que recurrir al fusil. —Kosong estaba preocupado. —Es muy difícil acertarle justo al núcleo del árbol.

—¿Qué es eso?

—Está más o menos a esta altura —se puso de pie otra vez, y movió una mano frente a sus ojos—, aunque depende del tamaño del árbol. En general, con una sola bala se rompe en pedazos. Pero se necesita una puntería a toda prueba. —Volvió a sentarse. —La única señal es un punto oscuro en el tronco. De noche no se ve.

—Qué problema.

—Los fusiles, los cascos y las granadas se consiguen en el Centro —dijo Kosong—. Estuve averiguando, y sé dónde hay.

Nos callamos los dos. Luego, como de costumbre, le propuse jugar al dominó. Kosong se quitó el abrigo de piel y lo tiró al suelo. Fui a buscar las piezas. Cuando volví se había dormido. Esperé unos minutos, aprovechando el tiempo para revisar mis últimas notas, y lo desperté. Estuvimos jugando hasta muy tarde. Kosong debía pensar en otra cosa, porque se rascaba la barba y le gané todos los partidos.

Labra no apareció. Le tenía rabia a Kosong, y daba la impresión de saber que él estaba conmigo sin necesidad de asomarse al sótano.

La verdad es que Labra le tenía rabia a muchas cosas, y Kosong apenas ocupaba un lugar menor en la lista. Los primeros puestos le correspondían al Centro, al catálogo, al sótano y a mi trabajo. Cosas tan próximas a mí, que solía confundirme con ellas.

* * *

Cuando tenía veinte años no sabía nada del Centro, ni siquiera que existiese. Hasta que un día leí en el diario que celebraba su diezmilésimo aniversario. La noticia ocupaba dos columnas al pie de una página interior. Si llegué a leerla fue porque era uno de esos días en que no tenía ganas de hacer otra cosa que leer el diario. Me llamó la atención que algo durara diez mil años, y quise deducir de la información a qué se dedicaba el Centro, pero no lo conseguí.

Un rato después volví a oír el nombre en la televisión.

—De interés general —dijo un locutor—. El Centro inaugura hoy una nueva sede en esta ciudad. —Y siguió con la sección deportiva.

Al otro día, mi vecino dijo que pensaba buscar trabajo en el Centro.

—¿Qué es el Centro? —le pregunté, con la misma inocencia que ahora suelo envidiar en otros.

—No estoy seguro —dijo—. De todo un poco.

Mi vecino estaba apurado, así que ese día tampoco conseguí más información. Tres menciones consecutivas de algo que nunca antes había conocido eran muchas, pero el asunto siguió así durante varios días más. De cien fuentes distintas me llegaron datos sueltos, informaciones sin sentido, la mayor parte de las cuales no había buscado. Aparentemente era cierto que el Centro se dedicaba a hacer todo lo que uno pudiera imaginarse. Pero seguía sin saber nada concreto, hasta que me llegó una carta: “Preséntese de inmediato. Centro.” Y más abajo una dirección.

No entendía nada, pero me presenté porque sentía curiosidad. El lugar era un rancho en las afueras de la ciudad. Pensé en volver a casa, pero en cambio golpeé a la puerta. Ya que había llegado hasta ahí, no me costaba nada preguntar. Abrió un viejo que tenía los ojos húmedos y una barba tan escasa que a primera vista no se notaba.

—Usted es Seroscavar —dijo. Como no era una pregunta, no le respondí—. Pase.

Dentro del rancho había una mesa torcida y dos sillas. El viejo me hizo sentar en una que estaba junto a la puerta, ocupó la otra y levantó un papel del suelo.

—Le vamos a dar la oportunidad de su vida —dijo, y se puso a toser. Yo sonreí—. ¿Quiere una misión especial? —agregó en cuanto pudo hablar otra vez.

—¿Yo? —pregunté—. ¿Por qué?

—No soy quién para explicárselo —contestó—. Tome.

Me dio el papel, que además de pisoteado y roto estaba lleno de firmas y sellos. Las firmas eran de esas muy grandes con vueltas y adornos, de gente importante. Los sellos me parecieron ilegibles, pero después, en casa, con buena luz, vi que uno de ellos decía “Director General”, y otro “Representante de Computación”.

—¿Qué hago con esto? —le pregunté al viejo.

—Léalo —dijo—, y si le interesa llévelo a la dirección que figura ahí. Suerte, Seroscavar.

El viejo se levantó y abrió la puerta, de modo que salí sin hacer más preguntas. Durante el viaje de vuelta a casa leí el papel, a la luz del atardecer. Decía:

“Pensar en lo que se va a transmitir a continuación es uno de los problemas principales del momento. Tal vez no sea claro, tal vez lleve a confusión en el preciso instante en que se necesita conocer el rumbo de los acontecimientos. Por eso, siempre es preferible utilizar una o dos frases cortas, simples, directas, que integren al receptor con el pensamiento de quien envía el mensaje, porque una de las principales funciones de ese mensaje es ser comprendido. Basándose en estas consideraciones es que quien esto escribe termina su tarea diciendo, con toda la sencillez de que se siente capaz: preséntese de inmediato. Centro.”

Más abajo estaban las firmas y los sellos, y más abajo todavía la nueva dirección.

Es una broma, pensé, y quise reírme, pero no pude. Cuandpo llegué a casa encontré otra carta, que habían pasado por debajo de la puerta:

“Quien envía un mensaje necesita, aunque lo niegue cien veces, tener una respuesta. Proporcionar esa respuesta es tarea exclusiva del receptor, que en el sencillo acto de responder se transforma a su vez en emisor. Lo evidente de esto obliga al autor del mensaje original a descartar cualquier intención de recordarle al receptor su obligación. Sin embargo, la duda lo carcome. Por ese motivo es capaz de olvidar todo recato, y construir un segundo mensaje, refuerzo del primero. Por sus propias características, este segundo mensaje debe recurrir a formas un poco más complejas, y por eso es que, en este caso, resulta como sigue: si desiste de presentarse, le rogamos que nos informe a la brevedad. Centro.”

Pasé el resto del día entre divertido y preocupado, dando vueltas de acá para allá, sin saber qué hacer. Me acosté tarde, y no dormí en toda la noche. A la mañana siguiente fui a la nueva dirección.

Era otro rancho, muy parecido al primero. Tal vez no habría llamado a la puerta, pero antes de que pudiese elegir apareció una mujer baja y gorda, que se secaba las manos en el delantal. Había olor a lavandina.

—Esto es para usted, Seroscavar —dijo la mujer, sacando un sobre del bolsillo del vestido. Estiró el brazo, sosteniendo el sobre por una punta, entre dos dedos. Lo agarré. La mujer siguió secándose las manos.

Dentro del sobre había dinero y un papel. El papel decía: “Liquidación de viáticos correspondiente al período…”, y seguían los días pasados desde que leyera aquella noticia en el diario.

—Pero… —empecé.

—Yo no sé nada —dijo la mujer, mirándose las manos, tal vez para decidir si ya estaban secas—. ¿Por qué no pregunta en la dirección que está en el sobre?

Miré el sobre y vi la nueva dirección. Antes de que pudiera decir algo más, la mujer dio media vuelta, se metió en el rancho y cerró la puerta. Estuve a punto de llamar, pero no me atreví. Guardé el dinero en un bolsillo, el papel en el otro, y llevando el sobre en la mano caminé hasta la estación del ferrocarril.

La tercera dirección era el último piso de un edificio de oficinas. Me atendió una chica de quince o dieciséis años.

—El señor P. —dijo— vendrá dentro de un rato. ¿Quiere esperar?

Me senté en un sillón, de espaldas a la ventana. La oficina estaba sucia, y tenía las paredes descascaradas como toda oficina del Centro. Me puse nervioso. Un rato después caminé hasta la puerta, volví atrás, me senté de nuevo. A cada minuto tenía más ganas de escaparme, pero no me gustaba la idea de cruzarme con el señor P. en el ascensor o en la puerta del edificio, y quedar como un tonto, o algo peor. Al final las ganas de escapar pudieron más, y salí de la oficina. No me crucé con nadie. Tuve que llegar a casa y encontrarme con otra carta para darme cuenta de que había hecho una estupidez.

“Toda forma de comportamiento”, decía, “es también un mensaje. Establecida la primera conexión en un par emisor-receptor, la comprensión de los mensajes no deliberados, de los mensajes no escritos, de los mensajes aparentemente no dirigidos, se hace más completa. Esto lleva a conclusiones que en un comienzo no habrían sido posibles, a conocimientos que en otro contexto serían inalcanzables. La expresión de esas conclusiones y esos conocimientos obliga a utilizar formas cuya complejidad antes no se había siquiera sospechado. Por este motivo, el mensaje que se hace necesario transmitir por escrito toma ahora esta apariencia: si bien la evaluación inicial de sus aptitudes dio un resultado satisfactorio, el examen de sus reacciones posteriores nos induce a someterlo a una nueva ronda de pruebas. Preséntese de inmediato. Centro.”

Esta vez no me presenté. Esperé varios días, y entonces vinieron a visitarme. Los representantes del Centro eran un hombre alto y joven y una mujer mayor, ambos bien vestidos y con pose de señores.

—Estimado Seroscavar —dijo la mujer, cuando abrí la puerta—, queremos mantener con usted una conversación confidencial.

No hizo falta que dijeran de dónde venían. Los dejé pasar, y se sentaron juntos en el sofá. Ocupé uno de los sillones y esperé que hablaran. La mujer sacó un fajo de papeles del bolso, los sostuvo por una punta y los hizo correr por la otra con el pulgar, mirando al hombre.

—Es inútil —dijo, pero no supe a qué se refería—. ¿Vive solo?

—Sí —contesté, cuando me dí cuenta de que me hablaba a mí.

—Bien. ¿Trabaja?

—Estoy desocupado.

—¿Qué edad tiene?

—Veinte.

La mujer le pasó uno de los papeles al hombre.

—Anote —dijo—. Alto, delgado. Piel blanca. ¿Hace mucho que no toma sol?

—Sí, pero no sé para qué…

—Falta de ejercicio físico. Cabello oscuro, ojos castaños, uñas largas. ¿No se afeitó hoy? —Una pausa. —Ropa gastada. ¿Qué número calza?

—¿Para qué necesita eso? —pregunté.

La mujer alzó los hombros y los dejó caer con un suspiro.

—Nunca se sabe. —Le hizo una señal al hombre. —Con esto alcanza, me parece.

Volvió a guardar los papeles. Yo los miraba a los dos, esperando que hicieran algo comprensible.

—Usted no sabe a qué se dedica el Centro —dijo el hombre.

—No.

—Es lógico. Hay pistas, señales. —Los dos se rieron, como si fuera un chiste viejo. —Todos tenemos teorías.

—¿Pero no trabajan en el Centro, ustedes? —pregunté.

Esta vez los dos alzaron los hombros.

—Nunca se sabe —repitió la mujer—. Nos pagan.

Yo creía que la escena no tenía sentido, pero no se me ocurría nada para remediarlo.

—Está desaprovechando una oportunidad —dijo el hombre—. El Centro lo necesita, y le puede pagar muy bien.

—¿Por hacer qué? —pregunté.

—Es difícil de explicar. —El hombre se miró la punta de los pies, y la mujer salió en su ayuda.

—Yo se lo voy a decir. ¿Nunca le pasó que las cosas apuntaban en una dirección, y no supo por qué?

—No entiendo —dije.

—Yo tampoco —dijo la mujer—, pero entre todos podemos encontrar una respuesta.

—¿Cómo conoció el Centro? —preguntó el hombre, que de golpe se había entusiasmado.

Le conté lo del diario, el programa de televisión, mi vecino y lo demás.

—¿Ve? —Pero no me hablaba a mí sino a la mujer. —Ese es un buen ejemplo.

—Tiene razón —dijo la mujer, y se volvió a mí—. Si necesitaba que el Centro se pusiera en contacto con usted, ¿cómo lo rechaza ahora?

—Un momento —dije. Las cosas ocurrían con demasiada rapidez. —¿Por qué no explican lo que quieren?

—Los porqués no existen en el Centro —dijeron al unísono, y se miraron sorprendidos.

—Qué coincidencia —uno.

—Hay que anotarlo —el otro.

La mujer sacó los papeles y garabateó algo en el primero.

—Empecemos por el principio —dijo después—. Yo le hice una pregunta, y usted mismo encontró la respuesta, sin darse cuenta. Durante varios días le ocurrieron cosas que apuntaban hacia el Centro, tantas que a la fuerza debía llegar a él.

—Pero fue al revés —dije—, ustedes llegaron a mí. ¿Cómo hicieron para encontrarme?

—Era inevitable —dijo el hombre—. Usted estaba creando una especie de…

—De fuerza —la mujer.

—Una especie de fuerza que tenía que atraer al Centro. El Centro siempre responde a esos requerimientos.

—Claro —exclamó la mujer, como si acabara de hacer un descubrimiento—. Fíjese, Seroscavar. El Centro se dedica a ese tipo de cosas. Cuando los hechos confluyen en una misma dirección, ahí está el Centro para encaminarlos, para darles lugar. ¿Entiende?

—No.

—Usted sabe lo que son las casualidades, ¿no es cierto? Todo el mundo les busca un motivo, una razón de ser. Cuando dos personas piensan lo mismo al mismo tiempo, o se encuentran después de muchos años en un país lejano, ¿qué ocurre realmente? ¿Qué hay detrás de las casualidades?

—Excelente —interrumpió el hombre—. Ahora puedo verlo. La gente se queda con la idea de que hay algo sobrenatural, algo extraño. Piensa que las casualidades no se dan porque sí.

—Pero eso no es cierto —la mujer, otra vez—. Las casualidades no tienen explicación posible. Por eso mismo, la mayor parte de las casualidades muere inmediatamente después de producida. Nadie las aprovecha, ni procura que ocurran más casualidades. ¿Es justo eso? Dígame, ¿es justo?

—No —respondí, con un hilo de voz. Entre los dos, que ahora estaban gritando, me tenían atrapado.

—Ahí es donde aparece el Centro —dijo el hombre—, para no desperdiciar tanta energía potencial. El Centro reúne esas casualidades, les da forma, utiliza esa energía antes de que se pierda. Piense en su propio caso. No sabía nada del Centro, y de pronto le llueven datos de todas partes. Ni se le ocurrió pensar en la cantidad de energía que se junta en una situación con la suya. ¿Y qué habría sucedido, si el Centro le hubiera dado la espalda? Nada. ¿Se imagina?

—Yo…

—Pero el Centro jamás deja escapar una oportunidad como ésta —dijo la mujer—. Claro que si su caso fuera único, el Centro tendría muy poco que hacer. Pero no es único. Más aún, debe haber muchos casos que se puedan ensamblar al suyo.

—¿Ensamblar? —el hombre—. Eso no lo entiendo.

—¿Cómo que no? —la mujer—. ¿Para qué lo querría el Centro si no tiene nada que hacer con él? Seguramente hay otras series de coincidencias para las cuales Seroscavar hace falta, otros proyectos…

—Ahora lo veo —el hombre—. Qué casualidad, Seroscavar. Tantos años en esto y justo venimos a descubrirlo aquí, en su casa.

—Eso demuestra la fuerza que tienen las casualidades —la mujer—. Si no lo hubiéramos descubierto, no podríamos convencerlo de que venga con nosotros. En cambio, ahora…

—¿Para qué voy a ir con ustedes? —dije, pero no como una negativa, sino con un poco de miedo, como si todo estuviera resuelto.

—Pregunta para qué —el hombre a la mujer—. ¿Se le ocurre algo?

—Ya se lo dijimos —la mujer al hombre—. Para ganar dinero.

—Es cierto —el hombre a la mujer—. El mejor argumento de todos.

—No cabe duda.

Quedaron en silencio durante unos segundos. Yo esperaba. Después me dí cuenta de que ellos también estaban esperando.

—¿Tengo que contestar ahora? —dije.

—Sería lo mejor —el hombre.

—Estoy de acuerdo —la mujer.

—Pero quiero saber algo más. ¿Es un trabajo de oficina?

—Sí. —Pero la mujer dudaba.

—Sí, sí. —El hombre estaba más seguro.

—¿Y el horario?

—Eso se puede arreglar. —Ahora dudaba el hombre.

—Se arregla, se arregla —la mujer.

—¿Y el pago?

—¿Cuánto quiere ganar? —preguntó la mujer. Me armé de coraje y dije una cantidad bastante alta. —Diez veces más.

—¿Cómo? —salté.

—Diez veces más de lo que dijo. —La mujer miró al hombre, y el hombre movió la cabeza de arriba abajo.

—Bueno —empecé a decir, pero no quería que pareciera una aceptación—, tendría que ver el lugar, y hablar con alguien que…

El hombre sacó una tarjeta del bolsillo y me la dio.

—Vaya a esa dirección —dijeron los dos, nuevamente al unísono, y después tomaron nota de la coincidencia.

La tarjeta decía: “Con la contundencia de las cosas simples: preséntese de inmediato. Centro.” Traía más firmas y otra dirección de las afueras.

Por supuesto, en cuanto salí del trance no les creí nada, pero después volví a convencerme. Si seguí peregrinando por toda la ciudad, de rancho en rancho, de oficina en oficina, fue porque en cada uno de esos lugares me esperaba un sobre con dinero. En una ocasión me asustó la posibilidad de que hubiera algo ilegal de por medio, pero el dinero era tanto que no tenía ganas de pensar en eso. Por otra parte, si lo había me iba a dar cuenta, y siempre me quedaría tiempo para echarme atrás.

Finalmente llegué a este edificio, donde me esperaba el Jefe de Personal, o alguien que se presentó como Jefe de Personal.

—Está tomado, Seroscavar —dijo, mientras me daba la mano—. Su trabajo…

—Espere —dije yo. La peregrinación me había acostumbrado a preguntar cada vez que tenía oportunidad de hacerlo—. ¿Cómo que estoy tomado? Nadie me explicó nada.

—Todo a su debido tiempo, Seroscavar —comentó—. ¿Para qué piensa que estoy acá?

Tres horas más tarde estaba convencido de todo lo que el Centro quería que me convenciera. Tal vez el Jefe de Personal fuera un maestro en el arte de las relaciones públicas, tal vez lo que dijo fuera sensato y si yo no lo había entendido antes era por imbécil. Lo más probable es una mezcla de ambas cosas.

En realidad, él tampoco me explicó nada, y apenas recuerdo lo que dijo durante esas tres horas. Lo único que sé es que nadie volvió a hablarme en ese tono, y luego de la entrevista el Centro siguió siendo lo más parecido a una nebulosa: años luz de materia dispersa, corrientes opuestas, catástrofes en medio de regiones tranquilas, y al fin y al cabo sólo un montón de polvo y gas.

Así fue como me hice cargo del catálogo.

* * *

Mi lugar de trabajo es grande, oscuro y frío. Justo lo opuesto de Labra. Hay una escalera de madera, muy antigua, que sube a la planta baja. Tiene cuarenta y tres escalones, cada uno con distintas marcas dejadas por mis antecesores en el puesto, y por los diferentes modelos de zapatos que usé en mi vida. El quinto, contando desde abajo, cruje si uno lo pisa muy al borde. Hay que tratar de pisar el décimo octavo bien a la izquierda, porque en el centro se hunde, y a la derecha la madera está agrietada. Una noche, con la cabeza apoyada en el pecho de Labra, me entretuve describiéndole escalón por escalón, de memoria. Descubrí que no tenía nada que decir del vigésimo cuarto. Fui a mirarlo. Justo en el borde encontré una mancha pequeña que no había visto nunca, como si alguna vez se me hubiera caído ahí una gota de café. Ahora la mancha no está: muchos años después de que Labra se fuera por última vez, el escalón se partió en dos y tuve que cambiar la tabla.

La escalera ocupa una parte de la pared del fondo, la más alejada de la calle. Está situada de tal modo que, al subir, la pared queda a la izquierda. Hay que evitar apoyarse en esa pared, porque está descascarada desde hace mucho tiempo, aunque la arreglaron poco después de mi ingreso. Por encima del escalón número treinta se consigue una perspectiva de todo el sótano, bajo la luz de los tubos fluorescentes.

—Qué paisaje —solía decir Labra, parada en el escalón treinta y dos, antes de irse.

Al pie de la escalera hay que dar un cuarto de vuelta para no toparse con la pared del costado, y allí comienzan los estantes con libros de registro. Son paralelos a la escalera. La A empieza junto a la pared y llega al pasillo que está contra la pared opuesta, a catorce metros y pocos centímetros de distancia. Donde termina la A hay que rodear el extremo de la estantería y observar su dorso para descubrir el comienzo de la B. Los estantes de la B tienen dos metros y medio menos que los de la A, de modo que la C se reparte entre el tramo que queda antes de llegar otra vez a la pared y un buen trecho de la estantería siguiente. Hay solamente otra letra, aparte de la A, que cubre un tramo entero de estantes: la S. La más corta es la H, aunque hice lo posible durante mi vida para agrandarla. Conseguí, sí, desplazar la I tres centímetros. Dudo que alguno de mis próximos diez sucesores vuelva a pensar en la H. Y si lo hace, dudo que tenga más perseverancia que yo: aburre anotar siempre nombres con la misma inicial. De mis anotaciones, no más de un nueve por ciento fue a parar a la H.

Entre la primera estantería, donde están la A, la B y los comienzos de la C, y la que se apoya en la pared del frente, donde conviven la Z y parte de la Y, hay otras nueve, con estantes a ambos lados. El sótano tiene veinte metros de largo, y doscientos noventa metros de estanterías. Cada estantería es un mueble de madera oscuro y gastado por la edad, con tres metros de altura y siete estantes. Si hubiera un solo estante, largo y recto, abarcaría algo más de dos kilómetros.

Luego del último libro de registro, el que va de Zywyz— a Zzyxx—, hay casi un metro y medio de estantería vacía. Cuando yo era nuevo, me preocupaba pensar que un día no habría más lugar para agregar registros. Entonces quedaba un metro ochenta de espacio libre. Ahora sé que el problema aparecerá dentro de unos cuatrocientos años, si es que mis sucesores escriben al mismo ritmo que yo, y ya no me preocupo. El motivo principal de este desinterés es que me duele no haber llegado yo mismo al final de los estantes. Habría sido una buena ocasión para pasar a la historia, sin tener que buscar otros métodos mucho más inseguros. Ahora suelo soñar que dentro de cuatrocientos años, cuando alguien consiga incorporar el último registro posible, todo el edificio se vendrá abajo.

La puerta que da a la planta baja y el conducto de ventilación son las únicas aberturas del sótano. Sin embargo, se junta tanto polvo entre las estanterías y sobre los libros que tengo que limpiar casi todos los días. Ese trabajo me lleva una hora y media. Calculo que si no hubiera tenido que hacerlo nunca, los registros habrían avanzado otros cinco centímetros. Si el catálogo hubiera crecido siempre a la misma velocidad, y si ninguno de mis antecesores hubiese tenido que perder tiempo limpiando, los estantes se habrían agotado hace más de cincuenta mil años.

Por supuesto, el catálogo debe tener unos cuantos miles de años menos, lo cual me hace pensar que no siempre se usó el mismo método de trabajo. No conozco la edad del catálogo.

Bajo los escalones quince al veinte hay una puerta de metal, que sólo se abre si uno le pega un golpe en la parte de arriba. Casi siempre la dejo abierta. Da a una habitación larga y angosta, que ocupa el hueco de la escalera y todo el fondo del sótano. En la habitación, justo frente a la puerta, hay un mural hecho a partir de una fotografía que me tomaron poco después de mi ingreso al Centro. Luego, en este orden, aparecen una mesita, una cocina, una cama y tres armarios. En la mesita hay un teléfono antiguo que nunca funcionó. La cama es angosta y bastante nueva: reemplaza a la otra, más ancha, que hace tanto compartí con Labra. Sobre ella cuelga una lámpara que se quema cada dos o tres años. De los armarios, el primero es bajo y largo: encima están el tocadiscos y el televisor, y adentro los discos y algunas películas. El segundo es alto, y lo uso para guardar la ropa. En el tercero, el más grande de los tres, están las cosas que me regalaba Labra, algunos objetos de mi vida anterior al Centro, los recuerdos del viaje que Kosong no quiso llevarse y muchos sobres de sueldo que nunca abrí. En el fondo de la habitación hay una heladera, que trato de no dejar nunca vacía del todo.

Durante un tiempo llegué a pensar que esa habitación era mi casa. Pero mi casa es todo el sótano, un espacio de trescientos cincuenta metros cuadrados. Creo que, hasta mi muerte, tengo algún derecho de posesión sobre él.

Una de las estanterías, la que contiene el final de la G, la H, la I y parte de la J, es más corta que las otras: mide sólo once metros sesenta. En los casi tres metros que quedan, del lado opuesto al pasillo, está el escritorio. Comparte el lugar con un armario enorme, donde guardo los elementos que necesito para trabajar: algunos libros de registro vacíos, hojas de papel sueltas, lápices, lapiceras, artículos de limpieza. El escritorio me sirve también como mesa para comer.

Hay un tubo ancho y torcido que baja del techo y termina a veinte centímetros por encima del escritorio. A través de él bajan algunas órdenes, en cápsulas de plástico transparente. A veces quise