El intento de Golett

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Al Norte y al Sur la ciudad no terminaba nunca, y al Este no iba nadie porque estaba el río. Al Oeste empezaban los barrios pobres y los días trisítes, dos inventos que en esa época tenían mucho éxito pero que Golett preífería evitar. Entre esas cuatro paredes que le ponía la ciudad, Golett miró primero hacia arriba y luego hacia abajo. Arriba pasaba un avión que venía de la base. Abajo estaba el jardín de su casa de El Palomar.

Tardó un minuto en decidirse. Para salir de la ciudad había un solo camiíno, y se puso a cavar.

El primer día consiguió hacer un pozo de dos metros, y después se fue a dormir. A la mañana siguiente tropezó con una roca y tuvo que recurrir al martillo. Al mediodía ya tenía llagas en las manos, así que se permitió una siesta.

Los vecinos se fueron enterando del intento, como sólo saben enterarse los vecinos, y la noticia corrió de cuadra en cuadra. Al tercer día, Golett fue a ver la obra y descubrió que se la habían invadido.

Eran tiempos en que mucha gente quería irse de la ciudad, y no todo el mundo tenía el ingenio de Golett. Muchos eran envidiosos, y a nadie le preocupaba aprovecharse del trabajo de otro. Por eso, los más madrugadoíres habían corrido al jardín de Golett y se habían zambullido de cabeza en el pozo. Los que vinieron después llegaron a tal velocidad que no pudieron frenar y terminaron cayendo sobre los primeros. Los últimos, que eran de esos que siempre dependen de la suerte y del prójimo, se encaramaron soíbre los otros, pensando que el peso de los cuerpos haría ceder el fondo del pozo y todos caerían en algún paraíso reservado a los inteligentes. Así que cuando Golett se asomó al jardín había una montaña humana más alta que el techo.

La policía también se enteró, y se llevó a Golett por sospechoso de algo que no estaba muy claro. Lo encerraron en un sótano, y esa fue la mayor profundidad que consiguió alcanzar en su intento.

Golett era capaz de reconocer sus errores. Esta vez había cometido dos: suponer que hacia abajo el camino estaba despejado, y creer que no había otra dirección que llevara fuera de la ciudad. Eran errores graves, porque abajo había tantos vecinos y policías como en cualquier parte, y además quedaba otra dirección para probar: hacia adentro.

Al principio, Golett se rio de sí mismo. Hacia adentro sólo se consigue enítrar, y eso a veces. Salir, se sale hacia afuera. Pero después cambió de idea.

Llevaba apenas unas horas encerrado cuando empezó a salir hacia adentro. Nadie se dio cuenta, porque se iba achicando tan despacio que diísimulaba bien.

—No sabía que era un enano —dijo el juez a la semana, cuando lo llevaíron a declarar.

Los policías se rascaban la cabeza.

A los veinte días era tan pequeño que pudo pasar entre dos barrotes y salir a la calle. Ya ni siquiera parecía un enano. Teniendo en cuenta que el mundo seguía lleno de policías y vecinos, tuvo que encontrar un modo de pasar inadvertido. Se puso a andar como un perro.

El perro Golett anduvo por las calles durante un mes, primero como doíberman, luego como cocker, finalmente como pekinés. Después se hizo gato, ratón, araña. Estaba cansado de comer porquerías, pero su intento teínía tanto éxito que siguió adelante, haciendo fuerza todo el tiempo para que sus partes y las partes de sus partes fueran saliendo de la ciudad, una a una y hacia adentro.

El último testigo de su desaparición fue un chico, que se quedó con la boca abierta ante el lugar vacío donde antes había un punto, y antes una mosca que se desinflaba.


(Este cuento apareció por primera vez en la revista El Péndulo N° 12 (Buenos Aires, 1986). Luego entró en la antología Fantasía y Ciencia Ficción, Cuentos hispanoamericanos (Buenos Aires, 1994), de Huemul. También está en un manual escolar, para satisfacción o sufrimiento de unos cuantos niños (ver comentarios 2, 9, 10), pero no tengo a mano el dato, y nunca vi el libro: si alguien sabe de qué manual se trata, por favor que lo anote en los comentarios. Hasta donde sé, es la primera vez que Golett aparece en la Web.)

Lo que dicen

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Dicen que tiene una amante en Las Catrinas, con la que pasa la noche de cada viernes. Que a su camino, cuando va a visitarla, los grillos se callan. Que en ese sitio, cada viernes, hay luna nueva.

Dicen que vuelve de Las Catrinas con un gato dormido en los brazos. Que vive en una cabaña incendiada hace medio siglo. Que a veces, en la oscuridad de la luna nueva, a escondidas, de la cabaña salen decenas de gatos bebés, y se dispersan por entre los yuyos como rayos de una rueda de bicicleta.

Dicen que tiene noventa y nueve años, que nadie le ha visto la cara, que nadie le ha visto los pies. Pero también dicen que murió en 1921, sin cara ni pies, y le llevará noventa y nueve años encontrar su propia tumba.

Dicen que tiene un billete de cien mil dólares cosido a un bolsillo del pantalón, y el pantalón escondido en el sótano de la cabaña. Que nunca se lo pone ni lo lava ni lo muestra, por temor a romper o perder el billete. También dicen que los billetes de cien mil dólares no existen.

Dicen que nadie vive en Las Catrinas, que en realidad el pueblo se llama Sauce Muerto, que todas las mujeres se han ido a la ciudad, que es zona mala para gatos.

Dicen que en el sistema de Sirio hay un planeta donde todo el mundo tiene noventa y nueve años, donde en cada casa hay un sótano y en el sótano una gata, donde los amantes llevan lunas nuevas en el bolsillo. Y donde un billete de cien mil dólares alcanza para comprar la inmortalidad.

Páginas de un catálogo

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Un día me desperté y tenía cuarenta años. Según mis cálculos, debía cumplir veinticuatro. Mientras bostezaba recordé que la noche anterior había pensado en mi cumpleaños y había tomado unos vasos de vino con Labra para despedir al número tres del primer puesto en mi edad. Así que no era algo tan inesperado como me pareció al principio. Después, al levantarme, caí en la cuenta de lo que había hecho durante el último año, y poco a poco fui recuperando los otros años perdidos, a razón de uno por minuto. Cuando terminé de tomar el café mi vida estaba completa. Habían pasado dieciséis minutos. Era injusto.

No me había ocurrido antes, y decidí que no debía ocurrir otra vez. Pero no bastaba con decidirlo. Me imaginé que podía llegar a ser algo habitual, encerrado en mi trabajo, pensando todo el día en cosas que no cambian con el tiempo. Había creído que podía contagiarme de esas cosas, ser inmortal yo también, pero esa mañana descubrí que no era así. Si quería volverme inmortal, el recurso sería cambiar el catálogo lo suficiente para que mis herederos me recordaran. Yo no podría vivir para siempre, pero mis aportes al catálogo sí.

De modo que empecé a trabajar convencido de que no iba a perder un segundo más. Ese arranque de optimismo duró casi todo el día. Después entendí que así mi vida sería recordable para los otros, pero no para mí. Volví al ritmo habitual, concentrándome más en mis propias emociones, mis impulsos, los latidos de mi corazón. La idea era cargar mi memoria con la mayor cantidad de datos de mí mismo, dejar marcas que me permitieran pensar siempre en ese día como en un día que viví de verdad.

A la mañana siguiente apagué el despertador con un golpe y le grité:

—Ya pasó otro día.

No lo pude remediar. Cuanto más me concentraba en hacer de mi vida algo significativo, más rápido pasaba el tiempo. Una semana después me olvidé del tema, y todo siguió su curso normal durante varios años.

Trabajar para el Centro trae estos problemas. Hasta el trabajo más rutinario se hace pensando en cuestiones filosóficas y significados ocultos. Uno barre el piso preguntándose por qué, para qué, y la respuesta se asoma y se esconde en medio de cálculos de probabilidades, coincidencias, intenciones, órdenes oscuras que nadie sabe de donde llegan, o si llegan realmente. La vida puede ser un medio para acercarse a la comprensión del Centro, y uno la deja pasar entre charlas metafísicas y movimientos repetidos hasta el cansancio.

El mismo transcurso del tiempo se hace confuso en el Centro. Por ejemplo, en la época de mis cuarenta años todavía no habíamos hecho el viaje, aunque juraría que en la de mis treinta sí. Recuerdo que poco después de mi cumpleaños vino a visitarme Kosong, para hablar de los preparativos. Cuando le abrí me saludó con un movimiento de cabeza, bajó la escalera y se instaló en el escritorio. Busqué una silla para sentarme frente a él.

—¿Alguna novedad? —le pregunté.

No contestó. Kosong tenía esas rachas, en las que se pasaba horas con la cabeza apoyada en una mano y el codo sobre el escritorio. El sombrero de plumas se le había corrido a un costado, y se lo quitó con rabia.

—Tendremos que llevar armas —dijo un rato más tarde.

—¿Para qué? —pregunté.

Sacó un lápiz del bolsillo y se puso a hacer garabatos en el papel donde yo había estado escribiendo.

—Dos fusiles y algunas granadas —dijo—. Preferiría un lanzallamas, pero no sé dónde conseguirlo. ¿Se te ocurre algo?

—Todavía no sé para qué nos serviría —insistí.

Kosong dejó el lápiz sobre el escritorio y se echó hacia atrás en la silla.

—Los árboles son peligrosos —dijo—. Habrá que pasar por un bosque —explicó después, al ver que yo no había entendido.

Me quedé un rato pensando de dónde sacar un lanzallamas, y no se me ocurrió nada.

—Las armas no me gustan —dije.

—A mí tampoco —dijo Kosong—, pero los árboles las respetan. Hay que apuntar bien abajo —simuló tener un arma en la mano—, y no retroceder. Lo malo —arrugó la nariz— es el olor.

—¿Sí? —pregunté.

—Es que esos árboles no son como los otros —siguió Kosong—. No sé qué tienen en vez de madera, que despide un gas verdoso al chamuscarse. Pero cuidado. —Se puso de pie. —Si el árbol está muy cerca es inútil tratar de pararlo. En ese caso hay que disparar bien arriba, entre las hojas. —Mientras hablaba, representaba lo que decía. —Después hay que saltar a un costado, porque el árbol estará ciego y no sabrá por dónde va. Cuando están ciegos, los árboles siguen siempre en línea recta, y lo único que puede pararlos es otro árbol. —Kosong resopló, como si la batalla lo hubiera cansado. —Pero eso no es problema nuestro. Nuestro problema es correr lo más rápido posible. —Se dejó caer otra vez en la silla. —Y además conseguir el lanzallamas.

—¿Y si no lo tenemos? —pregunté.

—Habrá que usar granadas —dijo—, y casco. Pero las granadas sólo sirven si el árbol está a más de diez metros. A esa distancia el casco basta para protegernos de las astillas. Pero con el árbol más cerca, hay que recurrir al fusil. —Kosong estaba preocupado. —Es muy difícil acertarle justo al núcleo del árbol.

—¿Qué es eso?

—Está más o menos a esta altura —se puso de pie otra vez, y movió una mano frente a sus ojos—, aunque depende del tamaño del árbol. En general, con una sola bala se rompe en pedazos. Pero se necesita una puntería a toda prueba. —Volvió a sentarse. —La única señal es un punto oscuro en el tronco. De noche no se ve.

—Qué problema.

—Los fusiles, los cascos y las granadas se consiguen en el Centro —dijo Kosong—. Estuve averiguando, y sé dónde hay.

Nos callamos los dos. Luego, como de costumbre, le propuse jugar al dominó. Kosong se quitó el abrigo de piel y lo tiró al suelo. Fui a buscar las piezas. Cuando volví se había dormido. Esperé unos minutos, aprovechando el tiempo para revisar mis últimas notas, y lo desperté. Estuvimos jugando hasta muy tarde. Kosong debía pensar en otra cosa, porque se rascaba la barba y le gané todos los partidos.

Labra no apareció. Le tenía rabia a Kosong, y daba la impresión de saber que él estaba conmigo sin necesidad de asomarse al sótano.

La verdad es que Labra le tenía rabia a muchas cosas, y Kosong apenas ocupaba un lugar menor en la lista. Los primeros puestos le correspondían al Centro, al catálogo, al sótano y a mi trabajo. Cosas tan próximas a mí, que solía confundirme con ellas.

* * *

Cuando tenía veinte años no sabía nada del Centro, ni siquiera que existiese. Hasta que un día leí en el diario que celebraba su diezmilésimo aniversario. La noticia ocupaba dos columnas al pie de una página interior. Si llegué a leerla fue porque era uno de esos días en que no tenía ganas de hacer otra cosa que leer el diario. Me llamó la atención que algo durara diez mil años, y quise deducir de la información a qué se dedicaba el Centro, pero no lo conseguí.

Un rato después volví a oír el nombre en la televisión.

—De interés general —dijo un locutor—. El Centro inaugura hoy una nueva sede en esta ciudad. —Y siguió con la sección deportiva.

Al otro día, mi vecino dijo que pensaba buscar trabajo en el Centro.

—¿Qué es el Centro? —le pregunté, con la misma inocencia que ahora suelo envidiar en otros.

—No estoy seguro —dijo—. De todo un poco.

Mi vecino estaba apurado, así que ese día tampoco conseguí más información. Tres menciones consecutivas de algo que nunca antes había conocido eran muchas, pero el asunto siguió así durante varios días más. De cien fuentes distintas me llegaron datos sueltos, informaciones sin sentido, la mayor parte de las cuales no había buscado. Aparentemente era cierto que el Centro se dedicaba a hacer todo lo que uno pudiera imaginarse. Pero seguía sin saber nada concreto, hasta que me llegó una carta: “Preséntese de inmediato. Centro.” Y más abajo una dirección.

No entendía nada, pero me presenté porque sentía curiosidad. El lugar era un rancho en las afueras de la ciudad. Pensé en volver a casa, pero en cambio golpeé a la puerta. Ya que había llegado hasta ahí, no me costaba nada preguntar. Abrió un viejo que tenía los ojos húmedos y una barba tan escasa que a primera vista no se notaba.

—Usted es Seroscavar —dijo. Como no era una pregunta, no le respondí—. Pase.

Dentro del rancho había una mesa torcida y dos sillas. El viejo me hizo sentar en una que estaba junto a la puerta, ocupó la otra y levantó un papel del suelo.

—Le vamos a dar la oportunidad de su vida —dijo, y se puso a toser. Yo sonreí—. ¿Quiere una misión especial? —agregó en cuanto pudo hablar otra vez.

—¿Yo? —pregunté—. ¿Por qué?

—No soy quién para explicárselo —contestó—. Tome.

Me dio el papel, que además de pisoteado y roto estaba lleno de firmas y sellos. Las firmas eran de esas muy grandes con vueltas y adornos, de gente importante. Los sellos me parecieron ilegibles, pero después, en casa, con buena luz, vi que uno de ellos decía “Director General”, y otro “Representante de Computación”.

—¿Qué hago con esto? —le pregunté al viejo.

—Léalo —dijo—, y si le interesa llévelo a la dirección que figura ahí. Suerte, Seroscavar.

El viejo se levantó y abrió la puerta, de modo que salí sin hacer más preguntas. Durante el viaje de vuelta a casa leí el papel, a la luz del atardecer. Decía:

“Pensar en lo que se va a transmitir a continuación es uno de los problemas principales del momento. Tal vez no sea claro, tal vez lleve a confusión en el preciso instante en que se necesita conocer el rumbo de los acontecimientos. Por eso, siempre es preferible utilizar una o dos frases cortas, simples, directas, que integren al receptor con el pensamiento de quien envía el mensaje, porque una de las principales funciones de ese mensaje es ser comprendido. Basándose en estas consideraciones es que quien esto escribe termina su tarea diciendo, con toda la sencillez de que se siente capaz: preséntese de inmediato. Centro.”

Más abajo estaban las firmas y los sellos, y más abajo todavía la nueva dirección.

Es una broma, pensé, y quise reírme, pero no pude. Cuandpo llegué a casa encontré otra carta, que habían pasado por debajo de la puerta:

“Quien envía un mensaje necesita, aunque lo niegue cien veces, tener una respuesta. Proporcionar esa respuesta es tarea exclusiva del receptor, que en el sencillo acto de responder se transforma a su vez en emisor. Lo evidente de esto obliga al autor del mensaje original a descartar cualquier intención de recordarle al receptor su obligación. Sin embargo, la duda lo carcome. Por ese motivo es capaz de olvidar todo recato, y construir un segundo mensaje, refuerzo del primero. Por sus propias características, este segundo mensaje debe recurrir a formas un poco más complejas, y por eso es que, en este caso, resulta como sigue: si desiste de presentarse, le rogamos que nos informe a la brevedad. Centro.”

Pasé el resto del día entre divertido y preocupado, dando vueltas de acá para allá, sin saber qué hacer. Me acosté tarde, y no dormí en toda la noche. A la mañana siguiente fui a la nueva dirección.

Era otro rancho, muy parecido al primero. Tal vez no habría llamado a la puerta, pero antes de que pudiese elegir apareció una mujer baja y gorda, que se secaba las manos en el delantal. Había olor a lavandina.

—Esto es para usted, Seroscavar —dijo la mujer, sacando un sobre del bolsillo del vestido. Estiró el brazo, sosteniendo el sobre por una punta, entre dos dedos. Lo agarré. La mujer siguió secándose las manos.

Dentro del sobre había dinero y un papel. El papel decía: “Liquidación de viáticos correspondiente al período…”, y seguían los días pasados desde que leyera aquella noticia en el diario.

—Pero… —empecé.

—Yo no sé nada —dijo la mujer, mirándose las manos, tal vez para decidir si ya estaban secas—. ¿Por qué no pregunta en la dirección que está en el sobre?

Miré el sobre y vi la nueva dirección. Antes de que pudiera decir algo más, la mujer dio media vuelta, se metió en el rancho y cerró la puerta. Estuve a punto de llamar, pero no me atreví. Guardé el dinero en un bolsillo, el papel en el otro, y llevando el sobre en la mano caminé hasta la estación del ferrocarril.

La tercera dirección era el último piso de un edificio de oficinas. Me atendió una chica de quince o dieciséis años.

—El señor P. —dijo— vendrá dentro de un rato. ¿Quiere esperar?

Me senté en un sillón, de espaldas a la ventana. La oficina estaba sucia, y tenía las paredes descascaradas como toda oficina del Centro. Me puse nervioso. Un rato después caminé hasta la puerta, volví atrás, me senté de nuevo. A cada minuto tenía más ganas de escaparme, pero no me gustaba la idea de cruzarme con el señor P. en el ascensor o en la puerta del edificio, y quedar como un tonto, o algo peor. Al final las ganas de escapar pudieron más, y salí de la oficina. No me crucé con nadie. Tuve que llegar a casa y encontrarme con otra carta para darme cuenta de que había hecho una estupidez.

“Toda forma de comportamiento”, decía, “es también un mensaje. Establecida la primera conexión en un par emisor-receptor, la comprensión de los mensajes no deliberados, de los mensajes no escritos, de los mensajes aparentemente no dirigidos, se hace más completa. Esto lleva a conclusiones que en un comienzo no habrían sido posibles, a conocimientos que en otro contexto serían inalcanzables. La expresión de esas conclusiones y esos conocimientos obliga a utilizar formas cuya complejidad antes no se había siquiera sospechado. Por este motivo, el mensaje que se hace necesario transmitir por escrito toma ahora esta apariencia: si bien la evaluación inicial de sus aptitudes dio un resultado satisfactorio, el examen de sus reacciones posteriores nos induce a someterlo a una nueva ronda de pruebas. Preséntese de inmediato. Centro.”

Esta vez no me presenté. Esperé varios días, y entonces vinieron a visitarme. Los representantes del Centro eran un hombre alto y joven y una mujer mayor, ambos bien vestidos y con pose de señores.

—Estimado Seroscavar —dijo la mujer, cuando abrí la puerta—, queremos mantener con usted una conversación confidencial.

No hizo falta que dijeran de dónde venían. Los dejé pasar, y se sentaron juntos en el sofá. Ocupé uno de los sillones y esperé que hablaran. La mujer sacó un fajo de papeles del bolso, los sostuvo por una punta y los hizo correr por la otra con el pulgar, mirando al hombre.

—Es inútil —dijo, pero no supe a qué se refería—. ¿Vive solo?

—Sí —contesté, cuando me dí cuenta de que me hablaba a mí.

—Bien. ¿Trabaja?

—Estoy desocupado.

—¿Qué edad tiene?

—Veinte.

La mujer le pasó uno de los papeles al hombre.

—Anote —dijo—. Alto, delgado. Piel blanca. ¿Hace mucho que no toma sol?

—Sí, pero no sé para qué…

—Falta de ejercicio físico. Cabello oscuro, ojos castaños, uñas largas. ¿No se afeitó hoy? —Una pausa. —Ropa gastada. ¿Qué número calza?

—¿Para qué necesita eso? —pregunté.

La mujer alzó los hombros y los dejó caer con un suspiro.

—Nunca se sabe. —Le hizo una señal al hombre. —Con esto alcanza, me parece.

Volvió a guardar los papeles. Yo los miraba a los dos, esperando que hicieran algo comprensible.

—Usted no sabe a qué se dedica el Centro —dijo el hombre.

—No.

—Es lógico. Hay pistas, señales. —Los dos se rieron, como si fuera un chiste viejo. —Todos tenemos teorías.

—¿Pero no trabajan en el Centro, ustedes? —pregunté.

Esta vez los dos alzaron los hombros.

—Nunca se sabe —repitió la mujer—. Nos pagan.

Yo creía que la escena no tenía sentido, pero no se me ocurría nada para remediarlo.

—Está desaprovechando una oportunidad —dijo el hombre—. El Centro lo necesita, y le puede pagar muy bien.

—¿Por hacer qué? —pregunté.

—Es difícil de explicar. —El hombre se miró la punta de los pies, y la mujer salió en su ayuda.

—Yo se lo voy a decir. ¿Nunca le pasó que las cosas apuntaban en una dirección, y no supo por qué?

—No entiendo —dije.

—Yo tampoco —dijo la mujer—, pero entre todos podemos encontrar una respuesta.

—¿Cómo conoció el Centro? —preguntó el hombre, que de golpe se había entusiasmado.

Le conté lo del diario, el programa de televisión, mi vecino y lo demás.

—¿Ve? —Pero no me hablaba a mí sino a la mujer. —Ese es un buen ejemplo.

—Tiene razón —dijo la mujer, y se volvió a mí—. Si necesitaba que el Centro se pusiera en contacto con usted, ¿cómo lo rechaza ahora?

—Un momento —dije. Las cosas ocurrían con demasiada rapidez. —¿Por qué no explican lo que quieren?

—Los porqués no existen en el Centro —dijeron al unísono, y se miraron sorprendidos.

—Qué coincidencia —uno.

—Hay que anotarlo —el otro.

La mujer sacó los papeles y garabateó algo en el primero.

—Empecemos por el principio —dijo después—. Yo le hice una pregunta, y usted mismo encontró la respuesta, sin darse cuenta. Durante varios días le ocurrieron cosas que apuntaban hacia el Centro, tantas que a la fuerza debía llegar a él.

—Pero fue al revés —dije—, ustedes llegaron a mí. ¿Cómo hicieron para encontrarme?

—Era inevitable —dijo el hombre—. Usted estaba creando una especie de…

—De fuerza —la mujer.

—Una especie de fuerza que tenía que atraer al Centro. El Centro siempre responde a esos requerimientos.

—Claro —exclamó la mujer, como si acabara de hacer un descubrimiento—. Fíjese, Seroscavar. El Centro se dedica a ese tipo de cosas. Cuando los hechos confluyen en una misma dirección, ahí está el Centro para encaminarlos, para darles lugar. ¿Entiende?

—No.

—Usted sabe lo que son las casualidades, ¿no es cierto? Todo el mundo les busca un motivo, una razón de ser. Cuando dos personas piensan lo mismo al mismo tiempo, o se encuentran después de muchos años en un país lejano, ¿qué ocurre realmente? ¿Qué hay detrás de las casualidades?

—Excelente —interrumpió el hombre—. Ahora puedo verlo. La gente se queda con la idea de que hay algo sobrenatural, algo extraño. Piensa que las casualidades no se dan porque sí.

—Pero eso no es cierto —la mujer, otra vez—. Las casualidades no tienen explicación posible. Por eso mismo, la mayor parte de las casualidades muere inmediatamente después de producida. Nadie las aprovecha, ni procura que ocurran más casualidades. ¿Es justo eso? Dígame, ¿es justo?

—No —respondí, con un hilo de voz. Entre los dos, que ahora estaban gritando, me tenían atrapado.

—Ahí es donde aparece el Centro —dijo el hombre—, para no desperdiciar tanta energía potencial. El Centro reúne esas casualidades, les da forma, utiliza esa energía antes de que se pierda. Piense en su propio caso. No sabía nada del Centro, y de pronto le llueven datos de todas partes. Ni se le ocurrió pensar en la cantidad de energía que se junta en una situación con la suya. ¿Y qué habría sucedido, si el Centro le hubiera dado la espalda? Nada. ¿Se imagina?

—Yo…

—Pero el Centro jamás deja escapar una oportunidad como ésta —dijo la mujer—. Claro que si su caso fuera único, el Centro tendría muy poco que hacer. Pero no es único. Más aún, debe haber muchos casos que se puedan ensamblar al suyo.

—¿Ensamblar? —el hombre—. Eso no lo entiendo.

—¿Cómo que no? —la mujer—. ¿Para qué lo querría el Centro si no tiene nada que hacer con él? Seguramente hay otras series de coincidencias para las cuales Seroscavar hace falta, otros proyectos…

—Ahora lo veo —el hombre—. Qué casualidad, Seroscavar. Tantos años en esto y justo venimos a descubrirlo aquí, en su casa.

—Eso demuestra la fuerza que tienen las casualidades —la mujer—. Si no lo hubiéramos descubierto, no podríamos convencerlo de que venga con nosotros. En cambio, ahora…

—¿Para qué voy a ir con ustedes? —dije, pero no como una negativa, sino con un poco de miedo, como si todo estuviera resuelto.

—Pregunta para qué —el hombre a la mujer—. ¿Se le ocurre algo?

—Ya se lo dijimos —la mujer al hombre—. Para ganar dinero.

—Es cierto —el hombre a la mujer—. El mejor argumento de todos.

—No cabe duda.

Quedaron en silencio durante unos segundos. Yo esperaba. Después me dí cuenta de que ellos también estaban esperando.

—¿Tengo que contestar ahora? —dije.

—Sería lo mejor —el hombre.

—Estoy de acuerdo —la mujer.

—Pero quiero saber algo más. ¿Es un trabajo de oficina?

—Sí. —Pero la mujer dudaba.

—Sí, sí. —El hombre estaba más seguro.

—¿Y el horario?

—Eso se puede arreglar. —Ahora dudaba el hombre.

—Se arregla, se arregla —la mujer.

—¿Y el pago?

—¿Cuánto quiere ganar? —preguntó la mujer. Me armé de coraje y dije una cantidad bastante alta. —Diez veces más.

—¿Cómo? —salté.

—Diez veces más de lo que dijo. —La mujer miró al hombre, y el hombre movió la cabeza de arriba abajo.

—Bueno —empecé a decir, pero no quería que pareciera una aceptación—, tendría que ver el lugar, y hablar con alguien que…

El hombre sacó una tarjeta del bolsillo y me la dio.

—Vaya a esa dirección —dijeron los dos, nuevamente al unísono, y después tomaron nota de la coincidencia.

La tarjeta decía: “Con la contundencia de las cosas simples: preséntese de inmediato. Centro.” Traía más firmas y otra dirección de las afueras.

Por supuesto, en cuanto salí del trance no les creí nada, pero después volví a convencerme. Si seguí peregrinando por toda la ciudad, de rancho en rancho, de oficina en oficina, fue porque en cada uno de esos lugares me esperaba un sobre con dinero. En una ocasión me asustó la posibilidad de que hubiera algo ilegal de por medio, pero el dinero era tanto que no tenía ganas de pensar en eso. Por otra parte, si lo había me iba a dar cuenta, y siempre me quedaría tiempo para echarme atrás.

Finalmente llegué a este edificio, donde me esperaba el Jefe de Personal, o alguien que se presentó como Jefe de Personal.

—Está tomado, Seroscavar —dijo, mientras me daba la mano—. Su trabajo…

—Espere —dije yo. La peregrinación me había acostumbrado a preguntar cada vez que tenía oportunidad de hacerlo—. ¿Cómo que estoy tomado? Nadie me explicó nada.

—Todo a su debido tiempo, Seroscavar —comentó—. ¿Para qué piensa que estoy acá?

Tres horas más tarde estaba convencido de todo lo que el Centro quería que me convenciera. Tal vez el Jefe de Personal fuera un maestro en el arte de las relaciones públicas, tal vez lo que dijo fuera sensato y si yo no lo había entendido antes era por imbécil. Lo más probable es una mezcla de ambas cosas.

En realidad, él tampoco me explicó nada, y apenas recuerdo lo que dijo durante esas tres horas. Lo único que sé es que nadie volvió a hablarme en ese tono, y luego de la entrevista el Centro siguió siendo lo más parecido a una nebulosa: años luz de materia dispersa, corrientes opuestas, catástrofes en medio de regiones tranquilas, y al fin y al cabo sólo un montón de polvo y gas.

Así fue como me hice cargo del catálogo.

* * *

Mi lugar de trabajo es grande, oscuro y frío. Justo lo opuesto de Labra. Hay una escalera de madera, muy antigua, que sube a la planta baja. Tiene cuarenta y tres escalones, cada uno con distintas marcas dejadas por mis antecesores en el puesto, y por los diferentes modelos de zapatos que usé en mi vida. El quinto, contando desde abajo, cruje si uno lo pisa muy al borde. Hay que tratar de pisar el décimo octavo bien a la izquierda, porque en el centro se hunde, y a la derecha la madera está agrietada. Una noche, con la cabeza apoyada en el pecho de Labra, me entretuve describiéndole escalón por escalón, de memoria. Descubrí que no tenía nada que decir del vigésimo cuarto. Fui a mirarlo. Justo en el borde encontré una mancha pequeña que no había visto nunca, como si alguna vez se me hubiera caído ahí una gota de café. Ahora la mancha no está: muchos años después de que Labra se fuera por última vez, el escalón se partió en dos y tuve que cambiar la tabla.

La escalera ocupa una parte de la pared del fondo, la más alejada de la calle. Está situada de tal modo que, al subir, la pared queda a la izquierda. Hay que evitar apoyarse en esa pared, porque está descascarada desde hace mucho tiempo, aunque la arreglaron poco después de mi ingreso. Por encima del escalón número treinta se consigue una perspectiva de todo el sótano, bajo la luz de los tubos fluorescentes.

—Qué paisaje —solía decir Labra, parada en el escalón treinta y dos, antes de irse.

Al pie de la escalera hay que dar un cuarto de vuelta para no toparse con la pared del costado, y allí comienzan los estantes con libros de registro. Son paralelos a la escalera. La A empieza junto a la pared y llega al pasillo que está contra la pared opuesta, a catorce metros y pocos centímetros de distancia. Donde termina la A hay que rodear el extremo de la estantería y observar su dorso para descubrir el comienzo de la B. Los estantes de la B tienen dos metros y medio menos que los de la A, de modo que la C se reparte entre el tramo que queda antes de llegar otra vez a la pared y un buen trecho de la estantería siguiente. Hay solamente otra letra, aparte de la A, que cubre un tramo entero de estantes: la S. La más corta es la H, aunque hice lo posible durante mi vida para agrandarla. Conseguí, sí, desplazar la I tres centímetros. Dudo que alguno de mis próximos diez sucesores vuelva a pensar en la H. Y si lo hace, dudo que tenga más perseverancia que yo: aburre anotar siempre nombres con la misma inicial. De mis anotaciones, no más de un nueve por ciento fue a parar a la H.

Entre la primera estantería, donde están la A, la B y los comienzos de la C, y la que se apoya en la pared del frente, donde conviven la Z y parte de la Y, hay otras nueve, con estantes a ambos lados. El sótano tiene veinte metros de largo, y doscientos noventa metros de estanterías. Cada estantería es un mueble de madera oscuro y gastado por la edad, con tres metros de altura y siete estantes. Si hubiera un solo estante, largo y recto, abarcaría algo más de dos kilómetros.

Luego del último libro de registro, el que va de Zywyz— a Zzyxx—, hay casi un metro y medio de estantería vacía. Cuando yo era nuevo, me preocupaba pensar que un día no habría más lugar para agregar registros. Entonces quedaba un metro ochenta de espacio libre. Ahora sé que el problema aparecerá dentro de unos cuatrocientos años, si es que mis sucesores escriben al mismo ritmo que yo, y ya no me preocupo. El motivo principal de este desinterés es que me duele no haber llegado yo mismo al final de los estantes. Habría sido una buena ocasión para pasar a la historia, sin tener que buscar otros métodos mucho más inseguros. Ahora suelo soñar que dentro de cuatrocientos años, cuando alguien consiga incorporar el último registro posible, todo el edificio se vendrá abajo.

La puerta que da a la planta baja y el conducto de ventilación son las únicas aberturas del sótano. Sin embargo, se junta tanto polvo entre las estanterías y sobre los libros que tengo que limpiar casi todos los días. Ese trabajo me lleva una hora y media. Calculo que si no hubiera tenido que hacerlo nunca, los registros habrían avanzado otros cinco centímetros. Si el catálogo hubiera crecido siempre a la misma velocidad, y si ninguno de mis antecesores hubiese tenido que perder tiempo limpiando, los estantes se habrían agotado hace más de cincuenta mil años.

Por supuesto, el catálogo debe tener unos cuantos miles de años menos, lo cual me hace pensar que no siempre se usó el mismo método de trabajo. No conozco la edad del catálogo.

Bajo los escalones quince al veinte hay una puerta de metal, que sólo se abre si uno le pega un golpe en la parte de arriba. Casi siempre la dejo abierta. Da a una habitación larga y angosta, que ocupa el hueco de la escalera y todo el fondo del sótano. En la habitación, justo frente a la puerta, hay un mural hecho a partir de una fotografía que me tomaron poco después de mi ingreso al Centro. Luego, en este orden, aparecen una mesita, una cocina, una cama y tres armarios. En la mesita hay un teléfono antiguo que nunca funcionó. La cama es angosta y bastante nueva: reemplaza a la otra, más ancha, que hace tanto compartí con Labra. Sobre ella cuelga una lámpara que se quema cada dos o tres años. De los armarios, el primero es bajo y largo: encima están el tocadiscos y el televisor, y adentro los discos y algunas películas. El segundo es alto, y lo uso para guardar la ropa. En el tercero, el más grande de los tres, están las cosas que me regalaba Labra, algunos objetos de mi vida anterior al Centro, los recuerdos del viaje que Kosong no quiso llevarse y muchos sobres de sueldo que nunca abrí. En el fondo de la habitación hay una heladera, que trato de no dejar nunca vacía del todo.

Durante un tiempo llegué a pensar que esa habitación era mi casa. Pero mi casa es todo el sótano, un espacio de trescientos cincuenta metros cuadrados. Creo que, hasta mi muerte, tengo algún derecho de posesión sobre él.

Una de las estanterías, la que contiene el final de la G, la H, la I y parte de la J, es más corta que las otras: mide sólo once metros sesenta. En los casi tres metros que quedan, del lado opuesto al pasillo, está el escritorio. Comparte el lugar con un armario enorme, donde guardo los elementos que necesito para trabajar: algunos libros de registro vacíos, hojas de papel sueltas, lápices, lapiceras, artículos de limpieza. El escritorio me sirve también como mesa para comer.

Hay un tubo ancho y torcido que baja del techo y termina a veinte centímetros por encima del escritorio. A través de él bajan algunas órdenes, en cápsulas de plástico transparente. A veces quise seguir la trayectoria del tubo más allá del sótano, para ver quién las envía, pero sin suerte. En la planta baja el tubo está empotrado en una pared. Sale del edificio por la parte de atrás, y a diez metros de la pared exterior gira noventa grados hacia abajo. A tres metros de la superficie, la mayor profundidad a que llegué con un pico, una pala y la ayuda de Kosong, el tubo sigue bajando.

De todos modos, los mensajes que trae el tubo son los menos interesantes. Mucho más me gustan los que traen otras personas, que golpean a la puerta y conversan conmigo.

* * *

El sótano me aísla de las idas y venidas del Centro. No es que haya dejado de pertenecer a él: el sobre con mi sueldo que cada mes alguien pasa por abajo de la puerta, las cápsulas que llegan a través del tubo, las personas que de vez en cuando me saludan lo demuestran. Las reglas del Centro siguen siendo mis reglas, pero son tan elásticas y cambiantes que casi podrían aplicarse a cualquier cosa. La diferencia está en que no participo de las discusiones, los proyectos y las teorías de mis compañeros de edificio. Y mucho menos de lo que hacen otros miembros del Centro, más lejanos.

En otras palabras, puedo salir a comprar el pan sin caer en la metafísica. Saco la bolsa de un rincón del segundo armario, subo la escalera, abro la puerta y camino hasta la calle sin pararme a ver qué hace la máquina nueva que instalaron, o qué tiene que decir el hombre que tras saludarme se queda mirándome la nariz. Una vez afuera voy hasta la esquina, doblo a la izquierda y entro a la panadería. Allí hay gente que no pertenece al Centro, y siento algo parecido a una brisa fresca: la inocencia de quienes no conocen nada del Centro, aparte de ser increíble, me recuerda la infancia. El panadero me llama por mi nombre, pero nadie se da vuelta para mirar, nadie olvida lo que está haciendo para darle un codazo a su acompañante y decir:

—Ahí está el del catálogo.

Me siento como el ermitaño que una vez al día sale de la cueva a mirar el cielo. Todavía me queda algo de cielo para ver: casi todos mis compañeros permiten que el Centro les cubra el suyo con una losa.

A la vuelta tal vez encuentre a alguien que me espera. No me importa, porque en cuanto bajamos al sótano son mis normas las que valen. Hoy, por ejemplo, está Nidin, el portero del edificio. Sé que pasa la mayor parte del tiempo discutiendo con Calibares sobre la existencia de otros Centros, paralelos al Centro: la idea metafísica por excelencia. Pero antes de bajar al sótano deja sus teorías en un rincón, junto con la escoba, y mientras me acompaña por la escalera dice:

—Se me ocurrió algo para el catálogo, pero no sé si sirve.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Porque no es un planeta, sino una isla —contesta.

—El catálogo incluye de todo —digo.

Dejo la bolsa del pan en la mesita de la habitación y lo invito a sentarse en la cama, mientras traigo la silla del escritorio. Hace tiempo descubrí que la gente explica mejor sus ideas cuando se sienta en la cama, y por eso no traigo dos sillas.

—Es un sueño que tuve anoche —dice Nidin, rascándose la cabeza—. Una isla sin principio ni fin.

—Entonces no puede ser una isla —digo.

—¿Por qué? —dice Nidin—. Está rodeada por un mar. Se puede recorrer toda la orilla en un día.

Me levanto y voy a buscar algo con qué tomar notas. Cuando vuelvo pregunto:

—¿Cómo se llama esa isla?

—No sé —dice Nidin—. ¿Es importante el nombre?

—Sí, pero ya le buscaremos uno. Siga.

—Me gustaría mucho que esa isla figurara en el catálogo. Sus habitantes me trataron muy bien durante el sueño.

—¿Ellos le dijeron que no tiene principio ni fin?

—Sí.

—¿Se lo demostraron?

—Creo que sí. Déjeme pensar.

Nidin hace una pausa, y yo aprovecho para inventar un nombre. Lurgan podría ser. Lo anoto.

—Cuando llegué a la isla —dice Nidin— un hombre me preguntó en qué dirección quería caminar. Hacia el Sur, le dije. ¿Cuánto?, preguntó. Diez kilómetros, le contesté. Desde el mar me había parecido que la isla no tenía más de cinco, de un extremo al otro.

—¿Y caminaron los diez kilómetros? —intervengo.

—Sí —dice Nidin—. Yo no podía creerlo. Le pregunté al hombre cómo era posible, y me pidió que mirara hacia atrás. A mi espalda había un acantilado, y más allá estaba el mar, igual que al empezar la caminata. —Nidin me mira a los ojos. —Quise volver, pero cuanto más caminaba hacia el mar, más se alejaba.

—Le creo —digo—. ¿Se enteró de alguna explicación al respecto?

—Sí, pero no la entiendo bien.

—Trate de repetirla.

—El hombre dijo que en esa isla las cosas cambian según la dirección en que avanza el observador.

—Muy interesante —comento, con toda sinceridad.

—Salvo en la orilla misma, que está fija para que la isla no invada otras regiones del planeta, uno puede caminar en línea recta todo lo que se le ocurra sin llegar nunca al mar. —Nidin empieza a sentirse cómodo con el relato. —Eso sí, como la isla es tan pequeña, resulta imposible alejarse del agua. Parece que el agua lo siguiera a uno: no importa cuánto camine, siempre tendrá a la espalda el ruido de las olas.

—Tengo una duda —digo—. Si uno encuentra siempre tierra por delante, ¿cómo puede volver a la orilla cuando quiere hacerlo?

Nidin sonríe, y se frota la cara con las manos.

—Despertándose, me parece.

Yo también sonrío.

—Me gusta su isla —digo—. La voy a llamar Lurgan. ¿Está de acuerdo?

Lo que Nidin no sabe es que antes de incorporarla al catálogo la voy a adaptar a mi estilo, le voy a quitar ambigüedades, le voy a agregar los elementos que me enseñaron tantos años en el oficio. El resultado de todo ese trabajo seguramente le sería irreconocible, pero nadie ve lo que pongo en el catálogo.

—Me gusta —dice Nidin—. Lurgan. ¿Sabe una cosa?

—¿Qué?

—Creo que el hombre de que le hablé dijo ese nombre. ¿Cómo lo supo?

Sonrío otra vez.

—Usted es el especialista en teorías —digo—, no yo. Gracias por la información.

Sin gente como Nidin, que es una fuente inagotable de ideas para el catálogo, hace tiempo que mi trabajo se habría convertido en un problema.

* * *

Escribo en el catálogo:

Lurgan: Prisión de máxima seguridad. Construida en una pequeña isla, tiene la ventaja de que los reos creen estar libres. Una ilusión inducida cuidadosamente les hace imaginar que la isla no tiene fin, que pueden internarse en ella tanto como quieran, y así alejarse de sus guardianes, de los otros reos y de todo lo que prefieran mantener a distancia. El único inconveniente es que si, por algún motivo, se hace necesario trasladar a alguien fuera de la isla, resulta imposible encontrarlo.

* * *

Labra y Kosong se vieron una sola vez. Kosong estaba en mi escritorio, mirando el techo mientras decía:

—Pienso llevar el martillo, por si nos topamos con los pigmeos. Dicen que no hay nada como romperles la cabeza de un martillazo. Tengo amigos que lo hicieron, y cuentan que el cráneo tiene la dureza necesaria como para no hundirse al primer golpe, y a la vez es lo bastante blando como para transmitir una sensación de poder a través de la herramienta. —Una pausa. —¿Nunca experimentaste el placer de romper cosas blandas, pero que no ceden de inmediato?

—Puede ser —dije—, alguna vez.

—No te creo —contestó—. Si lo hubieras experimentado no lo dirías con tanta indiferencia. Es como aspirar muy hondo, hasta sentir que los pulmones revientan, y después soltar el aire de golpe. —Entrecerró los ojos y puso las manos sobre el escritorio, con las palmas hacia arriba. —Pero no hay nada que se le parezca.

Entonces golpearon a la puerta. Subí a abrir, y era Labra. Cuando volvimos al escritorio, Kosong había cerrado los ojos del todo y se frotaba las manos suavemente.

Labra me miró intrigada. Kosong abrió los ojos.

—Él es Kosong —dije, mientras me acercaba al escritorio—. Te presento a Labra.

Kosong se paró de un salto, rodeó el escritorio y fue a darle un beso en la mejilla. Labra se apartó y le dio la mano.

—Kosong es un viejo amigo —expliqué.

—Y futuro compañero de viaje —dijo Kosong.

—¿De viaje? —Labra no sabía nada del asunto, porque yo no había encontrado el modo de contárselo.

—Estamos planeando una excursión —dije, alzando los hombros para quitarle importancia.

Kosong levantó un dedo y lo mantuvo en el aire, señalando algo que estaba más allá de las paredes. Esperó que los dos lo mirásemos, y lentamente volvió a mi silla, atrás del escritorio.

—Mucho más que una excursión —dijo después—. Necesitamos mochilas especiales, y un bote inflable para atravesar las cataratas.

—¿De qué habla? —me preguntó Labra en voz baja.

Le pedí silencio con un gesto.

—Es el único modo de pasar —siguió Kosong—. Algo más rígido que un bote inflable se va a romper contra las rocas. Algo más blando nos quitará el placer de desgarrarlo cuando ya no lo necesitemos. Y si no lo rompemos, tendremos luego la tentación de volver atrás cuando menos nos convenga.

—Muy interesante —dijo Labra—, pero yo tengo ganas de tomar un café.

Fui a calentarlo. Desde la habitación oí que Kosong seguía hablando. No podía entender las palabras, pero sí el tono. Estaba en uno de sus momentos de entusiasmo, cuando la perspectiva del viaje le impedía controlarse. A veces gritaba una o dos frases, y yo llegaba a captarlas:

—En el corazón —decía—. El único arco iris macizo. Corazas para los ojos.

La cocina tiene una llama pequeña, y el café tardaba en calentarse. Era uno de esos días en que prefería quedarme con Labra y no con Kosong. El viaje tal vez fuera lo más importante de mi futuro, pero yo no tenía la habilidad de Kosong para olvidarme del presente. Cerré los ojos un segundo, pensando en Labra y yo sentados en la cama, acariciándonos de a poco y con paciencia, al principio casi sin mover más que un dedo, luego con la mano entera, y más tarde con todo el cuerpo, a un ritmo tan lento que un solo latido nos llevara horas. De pronto la imagen de Labra se mezcló con la del martillo y los pigmeos, y abrí los ojos asustado. El café acababa de hervir. Le pegué un puntapié a la cocina, tiré el café por la rejilla y puse a calentar otro poco. Entonces oí un portazo y me dí vuelta.

Kosong apareció en la puerta de la habitación.

—Se fue —dijo.

—¿Labra? —pregunté.

—¿Quién, si no?

Dí un salto, lo esquivé con un movimiento de cintura y subí la escalera corriendo. Abrí la puerta y salí a la planta baja. Labra ya no estaba a la vista. Yo tenía un trapo de cocina en la mano: lo tiré al suelo, luego me incliné a levantarlo y me lo pasé por la frente. Volví al sótano.

* * *

Por entonces escribía estas cosas en el catálogo:

Coudini: Inspirador de la Reforma Retroactiva, no pudo evitar que sus ejecutores la aplicaran a él mismo. Pasó largos años huyendo de un lado a otro, para evitar que hicieran blanco en él. Escondió épocas enteras de su vida en cuadernos manuscritos que guardaba en una cripta subterránea. Al conocer profundamente los métodos de la Reforma, tuvo éxito en casi todas sus acciones, y los fracasos que soportó fueron mínimos. Sin embargo, llegó a perder meses enteros de su pasado, y hasta sufrió un cambio de nombre, porque había olvidado anotar el suyo en alguna parte. Cuando descubrían alguno de sus escondites, siempre tenía tiempo para llevarse su pasado con él. Sus perseguidores sólo encontraban recuerdos marginales, anécdotas sin valor, y atacaban esos restos con la furia que les daba la impotencia.

Tras su muerte, Coudini se transformó en una paradoja de la historia. Hay quienes preguntan si verdaderamente escapó de la Reforma, porque hoy en día es recordado casi únicamente por esa fuga. El resto de su vida, el pasado que guardó con tanto cuidado, se ha perdido, como se pierden todos los pasados sin necesidad de Reformas.

Péndulo corrector: Instrumento de uso común en Galnaip. Se mueve sólo cuando cambia el concepto de verticalidad. Los expertos de Galnaip jamás consiguieron explicar qué significa eso, y probablemente ellos tampoco lo sepan. De todos modos, la construcción, el arte de los equilibristas y los crucigramas son posibles en Galnaip exclusivamente por la existencia del péndulo corrector.

Sorinargo: En el país de Haf, dios de la corriente eléctrica. Según la leyenda, en el principio eran los electrones, que vagaban sin rumbo ni ley por los vacíos que no se pueden medir. Entonces, Sorinargo llegó al universo con su flauta mágica y tocó una melodía de la que hoy sólo se conservan ciertos gráficos en una máquina antiquísima. Al son de la flauta, los electrones iniciaron su marcha, siguiendo a Sorinargo por donde éste fuese. Cuando los electrones estuvieron bien orientados, Sorinargo entregó a los hombres versiones simbólicas de su flauta. Estos sustitutos, si bien no producían ninguna música exquisita, bastaban para encantar a toda partícula subatómica sensible a la belleza.

* * *

Me llevó treinta años comprender los misterios del catálogo, y no dudo que soy el único que los conoce. Ahora me doy cuenta de que el Jefe de Personal, cuando me explicó mis funciones, sólo sabía algo de la superficie.

Cuando bajamos por primera vez, el sótano estaba a oscuras. Se había cortado un cable en alguna parte, así que la luz no funcionaba. El Jefe buscó una linterna, y juntos descendimos por los escalones que crujían. La primera impresión fue desagradable: entre el pie de la escalera y la estantería de la A había una telaraña enorme y brillante. Los libros de registro estaban cubiertos de polvo. Se oía un ruido de goteo, que venía del otro lado del sótano.

El Jefe era alérgico al polvo, así que se puso a estornudar y tuvo que pasarme la linterna. Caminamos entre los libros, mientras las cucarachas y las arañas corrían a esconderse. El suelo estaba oculto bajo una capa de barro resbaladizo. Yo iluminaba los estantes, en parte para no saber qué estaba pisando, en parte pensando cuándo me iba a atrever a sacar alguno de esos libros oscuros y pesados, que parecían tener miles de años de edad.

—Por aquí está su escritorio —dijo el Jefe, cuando los estornudos le dejaron unos segundos de tranquilidad.

El escritorio estaba cubierto de cápsulas que habían salido del tubo. Formaban una montaña. Muchas habían caído al suelo y se desparramaban entre las estanterías. El Jefe pisó una, que se rompió con un estallido, y los dos pegamos un salto.

—Ordenes atrasadas —dijo el Jefe—. Hace años que nadie se ocupa de ellas.

Buscó en la montaña una cápsula un poco más limpia que el promedio y me enseñó a abrirla.

—Fíjese bien —dijo, mientras sacaba el papel del interior—. En este papel está la descripción de algún elemento que debe ser incorporado al catálogo.

—Entiendo.

—Su trabajo es copiarlo textualmente en el libro correspondiente. —Estornudó varias veces y siguió: —Los libros están distribuidos por orden alfabético, así que eso no le va a causar problemas.

—Me gustaría hacer una prueba —dije—, para estar seguro de aprenderlo bien.

—De acuerdo. Veamos qué dice este papel.

Leímos:

Gormin: Palacio del planeta Hamirabar, construido en un solo diamante. Se dice que la disposición de sus habitaciones reproduce la distribución de las estrellas de una galaxia distante. Afirmación que se puede apoyar en dos hechos indiscutibles: su constructor llegó de una galaxia distante; y habiendo tantas galaxias y siendo tantas las habitaciones del palacio, sería extraño que éstas no reprodujeran alguna de aquellas. Cada habitación dio origen a una leyenda, y se cree que todas las leyendas que existen o que existirán algún día tienen su fundamento en las leyendas del palacio Gormin.

A la luz de la linterna vi que el Jefe se rascaba la cabeza.

—Bien —dijo—. Hay que buscar la G.

Los lomos de los libros de registro no tienen ninguna indicación de su contenido, así que la búsqueda nos llevó un buen rato. Cuando encontramos el libro indicado empezamos a hojearlo, para ver dónde se debía intercalar la información sobre Gormin.

Ya estaba, escrita exactamente del mismo modo.

—Qué raro —dijo el Jefe—. Se supone que las cápsulas traen información nueva, seleccionada entre los últimos descubrimientos.

—¿Está seguro?

—Eso me dijeron. En cuanto llegan las primeras noticias de algo desconocido, se hace un resumen de los datos y se mete el resumen en una cápsula de éstas.

—Podríamos preguntarle al que hace ese trabajo.

—Nadie sabe quién es.

—En ese caso… —empecé, y no supe cómo seguir.

—Me imagino que esto ocurrirá a veces —dijo el Jefe—. No se puede pedir que todo sea perfecto, y menos en el Centro.

Los dos teníamos ganas de irnos del sótano, así que dejamos la cápsula donde estaba y volvimos a la superficie. Mientras nos sacudíamos la ropa, el Jefe trató de convencerme de que, una vez limpio y con luz, el sótano resultaría un lugar agradable. No le creí, y diría que él tampoco se creyó a sí mismo. Pero tenía razón. Con su ayuda arreglé la instalación eléctrica, y junto a otros voluntarios del edificio puse el catálogo en condiciones de funcionar. Después conseguí sentirme cómodo.

Cuando empecé a trabajar, ya estaba seguro de que no había nada raro en mi nuevo empleo. Tenía un horario fijo, dos días libres por semana, una credencial que me identificaba como agente del Centro, un número de jubilación, la promesa de vacaciones pagas, un contrato y todo lo que podía pedir. Al poco tiempo disponía de dinero para salir, divertirme, mejorar mi casa, comprar lo que quisiera y a la vez ahorrar para cuando el trabajo terminase.

Diez horas diarias encerrado en el sótano del catálogo no significaban un trabajo pesado, pero al principio me aburría. Tardé dos días en verificar que, de los cientos de cápsulas acumuladas, ninguna traía información nueva: todos los datos parecían copiados cuidadosamente de los libros. Después descubrí que la frecuencia con que aparecían nuevas cápsulas era realmente baja, no más de dos o tres por semana. Así que tenía poco que hacer. Empleaba dos minutos en abrir la cápsula y comprobar que no decía nada nuevo. Al poco tiempo empecé a pensar en no abrirlas, pero por suerte me arrepentí: si hubiera dejado de interesarme en ellas jamás habría comprendido cuál era mi verdadero trabajo. Un trabajo que nadie en el Centro podría explicar.

Pasaba una buena parte del tiempo leyendo, o durmiendo, o curioseando los registros. Cada diez minutos miraba la hora. El mejor momento del día era cuando terminaba el horario de trabajo y salía al mundo exterior. Mi mayor preocupación, que alguien descubriera la inutilidad de pagarme por no hacer nada.

La situación empezó a cambiar cuando me dí cuenta de que nadie me vigilaba, ni me pedía que hiciera algo en especial. Sintiéndome más libre, probé cosas nuevas: pinté cuadros, instalé un laboratorio de fotografía en la habitación que más tarde sería mi dormitorio, me puse a escribir poemas. Pero todo esto duró poco tiempo, porque cualquier nueva instalación me molestaba, dado el poco espacio que dejan las estanterías. Y cuando no hacían falta instalaciones, como en el caso de la poesía, lo que hacía falta era ingenio o ganas, y tarde o temprano me daba cuenta de que no tenía ninguna de las dos cosas.

Pero siempre encontraba algo con que pasar el tiempo. En parte por eso, y en parte porque me estaba acostumbrando a la situación, cada día me aburría menos, y pensaba más en la suerte que había tenido al encontrar un trabajo tan liviano.

No me hacían preguntas, ni pruebas de ninguna clase. Yo evitaba hablar de mis actividades, pero cada vez tenía más curiosidad por saber qué pasaba.

—¿No les importa cómo anda el catálogo? —pregunté una vez—. Les podría decir unas cuantas cosas.

—No nos interesa —contestó el Jefe de Personal.

—Pero no preguntan nada, no se fijan en lo que hago —insistí—. ¿Qué clase de trabajo es éste?

—Es un trabajo. Y ahora contésteme a mí: ¿está cumpliendo las órdenes, sí o no?

—Por supuesto —me defendí.

—Suficiente.

—Pero nadie se entera —dije.

—¿Nadie? —preguntó.

—Me entero yo.

—Suficiente.

En otra ocasión la charla fue más desconcertante, por lo menos para mí, que recién empezaba.

—Algún día tendrá que contarme cómo llegó hasta acá —dijo el Jefe—. ¿Fue un proceso largo?

—Bastante —dije—. Yo estaba en…

—No, ahora no. —Miró hacia el techo, con la misma expresión que años más tarde adoptaría Kosong. —Todos los procesos son largos. ¿Nunca se le ocurrió pensar cómo vino a parar el catálogo a este edificio?

—Sí —dije. Es un edificio viejo, de dos pisos, que seguramente fue un hotel hace mucho tiempo.

—Casualidad, como siempre —dijo el Jefe—. Creo que había algo en el aire que nos obligaba a unirlos, a usted y al catálogo.

—¿Algo en el aire?

—Es nuestra especialidad. Así como todo apuntaba a que el catálogo estuviera en este sátano, también apuntaba a que usted trabajara en él. No tengo la menor idea de la utilidad de este asunto. Tenía tanta energía que podría decir que se hizo solo.

—¿Por eso no me pregunta nada?

El Jefe cerró los ojos y se echó hacia atrás en la silla, con una expresión de felicidad. Estas también serían costumbres de Kosong.

—Es una buena explicación —dijo—. ¿Cómo se le ocurrió?

Lo sigo llamando Jefe, pero no lo era. O tal vez sí, no importa. En el Centro los jefes no existen, pero suele haberlos. Si uno se pone a pensar, no hay nada en el Centro que sea la misma cosa todo el tiempo, ni a todos los fines. Es posible que el Jefe fuera Jefe sólo para mí.

La segunda vez que bajamos al sótano, luego de arreglar la instalación eléctrica y antes de hacer la limpieza, se me ocurrió preguntarle si la escritura a mano de los datos en enormes libros de registro no era un método antiguo.

—Sí —contestó.

—Si el Centro es tan grande como parece —dije— debería tener un catálogo hecho por computadora.

—Lo tiene —dijo el Jefe—. Por eso este no se usa nunca.

Saqué un libro de su estante y lo abrí al azar.

—¿Para qué lo quieren, entonces? —pregunté.

El Jefe alzó los hombros, el mismo gesto de la mujer que había ido a entrevistarme a casa.

—Nunca se sabe —dijo—. Tal vez sea tradición, tener este catálogo. Tal vez estemos honrando la memoria de algún prócer que dio la vida por ponerlo en marcha cuando no se conocían métodos mejores.

Me quitó el libro amablemente y se puso a leer las páginas en que yo lo había abierto. Estaban escritas con una letra apretada y llena de palos que subían y bajaban. Mientras leía, el Jefe movía los labios. En cierto momento se rio a carcajadas, después inclinó la cabeza hacia adelante como si no entendiera algo, y al final volvió a guardar el libro. Yo lo seguía mirando. Sacudió la cabeza y dijo:

—Todo encuentra su sentido, tarde o temprano.

* * *

El Jefe murió hace muchos años. Con la edad se había vuelto sordo, y pasó un día entero en su oficina del segundo piso sin oír la cuadrilla de obreros que trabajaban junto a la puerta. Con picos y taladros, la cuadrilla se dedicó a hacer un agujero en el suelo, a través del cual se podía ver otra cuadrilla, que hacía el mismo trabajo en el primer piso. Terminados los agujeros, ambas cuadrillas se ocuparon de alisar los bordes y cubrirlos de azulejos color turquesa. Después juntaron los escombros, los cargaron en un camión y se los llevaron con las herramientas y todo otro rastro de su presencia. A las ocho de la noche, el Jefe abrió la puerta y dio un paso. Llegó a la planta baja dos segundos más tarde.

Sé que Kosong también murió hace tiempo, aunque no volví a verlo después del viaje. Se le había caído una moneda en una boca de tormenta. Metió el brazo para rescatarla, y oyó un extraño zumbido que venía de las profundidades. A partir de entonces empleó cada minuto de su tiempo en tratar de describirle el zumbido a todo aquel que se le cruzaba en el camino. Escribió un libro en cuatro días, sobre el zumbido. Gastó hasta el último centavo comprando abejas, ventiladores, radios, tocadiscos, taladros y todo lo que de un modo u otro fuera capaz de zumbar, sin encontrar nada parecido a lo que buscaba. Empezó a tratar de imitar el sonido con la boca y otras partes del cuerpo, haciendo raras contorsiones y enormes esfuerzos. Una semana después se le ocurrió que el zumbido debía tener un timbre acuático, por venir de donde venía, y se zambulló en un lago, donde terminó ahogándose.

De Labra no sé nada. Es probable que aún viva, de modo que no puedo decir si su muerte estará de acuerdo con su vida, o será una muerte vulgar, de esas que no informan nada sobre su propietario.

* * *

El baño está en la planta baja. Tengo que subir los cuarenta y tres escalones, abrir la puerta y salir de mi reino para llegar a él. En una época inicié los trámites para que instalaran uno en la habitación que está bajo la escalera, pero el resultado de esos trámites dependía tanto del azar que desistí. Al fin y al cabo, me convenía esperar que un día instalaran el baño sin mi intervención, y no perder el tiempo en idas y vueltas por las oficinas del Centro. Ahora el baño no me interesa: sería una invasión en el espacio conocido del sótano.

Estoy sentado frente a mi escritorio, con la lámpara extensible que compré hace muchos años apuntando al papel. La madera del escritorio tiene las marcas de todos mis lápices, y de los lápices de mis antecesores. Todavía se distinguen las quemaduras producidas por los cigarrillos que Kosong se olvidaba encendidos al dormirse. Varias veces pensé en comprar otro escritorio, pero no me atreví: cuando algo está tan estructurado, tan trabajosamente moldeado como los elementos relacionados con el catálogo, cualquier cambio puede provocar un desastre. La lámpara fue mi innovación más audaz, y estuve nervioso durante meses luego de instalarla.

Con la habitación me tomo otras libertades. De todo el sótano, es lo menos conectado con el católogo. Cambié los muebles tantas veces que perdí la cuenta, y hasta terminé sacando todas las cosas que había encontrado en su interior a mi ingreso.

—Tendrías que modernizar esto —recuerdo que decía Labra—. Es un lugar tétrico.

—Será que yo soy tétrico —contestaba.

—No, el problema viene de antes. —Labra recorría el sótano palpando los libros, los estantes y las paredes, y poniendo cara de asco. —¿Quién te dijo que la decoración no sea culpa de tu antecesor?

—Son cosas muy viejas —decía yo—. Tienen siglos.

—Podrías venderlas muy bien en un negocio de antigüedades.

—No son mías.

—¿De quién son, entonces?

Nunca pude explicarle mis sensaciones con el catálogo. Si ahora ella entrara al sótano, muchísimo más vieja, muchísimo más viejos los dos, tal vez nos entendiéramos mejor. Seguramente ella habrá acumulado sus propias antigüedades, mientras yo acumulaba más conocimientos sobre el Centro y sobre lo que nos ocurre a quienes trabajamos para él. En particular, podría decirle que trabajar para el Centro es como tocar un instrumento musical: hay tres etapas. Durante la primera uno ni se imagina cómo se lo hace sonar. Tampoco se preocupa por eso. Durante la segunda aprende muy rápidamente a sacar algunas notas, las suficientes para comprenderlo y para sentir una especie de complicidad con él. La tercera no termina nunca, y consiste en la tarea de acercarse poco a poco al virtuosismo.

A los pocos meses de mi ingreso ya creía estar en la segunda etapa. Tenía una idea vaga del funcionamiento del Centro, aunque no supiera cómo manejarlo. No es que hubiera encontrado una fuente de información directa, sino precisamente lo contrario: el Centro funciona a partir de intenciones, coincidencias, descuidos. La pareja que me visitó en casa y me convenció de entrar al Centro decía la verdad, salvo que no se trataba de un descubrimiento nuevo, porque todos sabían lo de las casualidades.

En esos meses conocí a varios empleados del Centro, no muchos. Algunos trabajaban en este edificio, otros venían a veces, otros aparecían y desaparecían sin motivos visibles. Podría pensar que me mentían cuando decían no saber más que yo, pero creo que decían la verdad. En todo caso, mentían cuando decían ignorar más que yo: para muchos, el modo de obtener prestigio es demostrar que comparten lo suficiente el espíritu del Centro como para actuar puramente al azar. Esta es su idea principal: la perfección está en reconocer estructuras en lo accidental.

Un ejemplo: en medio de una fiesta organizada casualmente me encontré con un matemático empleado por el Centro, cuya especialidad era los números aleatorios.

—Son maravillosos —decía—. Fíjese en esta secuencia.

Me mostró páginas y más páginas de números que aparentemente no seguían ningún orden, y me preguntó:

—A primera vista, ¿encuentra alguna ley en la distribución de estos números?

Yo estaba un poco aburrido y bostecé. Pero el matemático no se dio por aludido.

—Pues bien —se respondió a sí mismo—, en esta serie hay cinco veces cinco cincos seguidos. Casualidad, claro. También hay siete veces siete sietes seguidos, y si mira bien encontrará que el nueve aparece nueve a la nueve veces.

—Así es imposible que no haya leyes —dije.

—Es mi trabajo —dijo el matemático, y los ojos le brillaban de orgullo.

Sin embargo, hay mucho más que casualidades en el Centro. Si tardé tanto en descubrirlo fue, de todos modos, por casualidad: de haber trabajado en otro lugar que no fuera el sótano, de haber estado menos tiempo encerrado con el catálogo, de haberme cruzado antes con alguno de los que niegan le existencia de las casualidades, mi comprensión del Centro habría sido mejor, y más rápida. En cambio, tuve que esperar a la fiesta en que conocí al matemático: ahí me enteré de todo lo que necesitaba.

La fiesta se había armado sin que nadie se diera cuenta, en la planta baja. Me enteré cuando terminó mi horario de trabajo. Al salir del sótano encontré un montón de personas que comían y brindaban por cosas como la simetría, la asimetría, la suerte y la desgracia. Los muebles, las molduras del techo y las ventanas estaban cubiertos de guirnaldas que subían, bajaban y se perdían en el humo de los cigarrillos. Por momentos se oía la música que salía de unos parlantes, a pesar del estruendo de conversaciones, botellas que caían, risas, cantos improvisados y aplausos sin motivo.

Al parecer, un camión había descargado los comestibles por error, y la gente se había reunido accidentalmente. De ahí a inventar una fiesta no faltaba más que un paso, y lo dio alguien que traía un mensaje: “Festejen.”

Mi primera idea fue escaparme. Pero para llegar a la puerta de salida tenía que atravesar una multitud, y ni pensé en volver al sótano: en ese entonces vivía afuera. Me resultó más fácil integrarme a un grupo que estaba cerca, donde enseguida me invitaron con una copa de algo que tenía burbujas.

En el grupo estaba la pareja que había ido a casa. La mujer seguía llevando el mismo bolso, con el mismo fajo de papeles que sobresalía por un costado.

—Hola, Seroscavar —dijo la mujer—. Me alegro de verlo. Gracias a usted no quedan misterios para nosotros.

—Hicimos otro descubrimiento —dijo el hombre—, superior al primero.

Yo no estaba de buen humor, y tuve ganas de lastimarlos, tal vez porque no me habían tratado muy correctamente durante nuestro primer encuentro.

—Supongo que sabrán —dije— que el descubrimiento que hicieron en casa no fue nada original.

El hombre tosió y dio vuelta la cabeza. La mujer se miró la punta de los zapatos y contestó:

—Es que hacía poco que estábamos en el Centro.

—Antes dijeron que hacía años…

—Sí —la mujer trató de sonreír—, pero la visita a su casa fue nuestro primer trabajo.

El hombre hizo un esfuerzo para alejar la vergüenza, y atacó otra vez:

—Tiene que escucharnos —dijo—. Ni se imagina lo que descubrimos ahora.

—¿Recuerda que nos preguntó cómo hizo el Centro para encontrarlo? —empezó la mujer—. Nosotros le explicamos que usted había creado una fuerza, un campo, que atrajo al Centro.

—Lo recuerdo.

—Estábamos equivocados —el hombre—. Fue al revés.

—¿Al revés?

—Escuche bien —la mujer—. En primer lugar, el Centro tuvo la intención de encontrarlo, y las casualidades fueron la consecuencia de esa intención, no la causa.

Hice un gesto que significaba tanto que no entendía como que no me importaba entender. Se pusieron nerviosos.

—Si usted no nos presta atención —el hombre—, no sé quién podrá hacerlo.

—Por favor —la mujer—, déjenos explicarle.

Me gustó pensar que los papeles se habían invertido desde nuestro primer encuentro, y opté por escucharlos, sobre todo para disfrutar de esa sensación de poder, que era nueva.

—Está bien —dije.

—Vamos por partes —le dijo la mujer al hombre—. Esta vez tenemos que ser claros.

—Y convincentes —le dijo el hombre a la mujer.

—Hicimos averiguaciones —la mujer—. El que le enviaba las notas a su casa no sabía la dirección. Despachaba los sobres en blanco.

—Se da cuenta —el hombre— de que tanto podían llegar a destino como no.

—Pero llegaban —la mujer—. Es la fuerza que hubo siempre alrededor de usted. No sabe cuántas cartas del Centro jamás llegan a destino.

—No —intervine—, pero me lo puedo imaginar.

—Entonces nos preguntamos —el hombre—, ¿por qué llegan las cartas? Y nos contestamos, como antes: por casualidad. Pero esa respuesta no era suficiente. ¿A qué obedecía la casualidad?

—Si no me equivoco —dije—, ustedes me aseguraron que las casualidades no obedecen a nada.

Se rieron.

—Una ingenuidad —la mujer—. El Centro tuvo la intención de llegar a usted antes, mucho antes de que las casualidades empezaran a producirse. Lo cual nos llevó a la conclusión de que las intenciones, a veces, tienen tanta fuerza que provocan casualidades.

—Claro que entonces —el hombre— ya no son casualidades propiamente dichas.

—Tenemos que buscarles otro nombre —la mujer—, pero es lo de menos.

—Todavía no sé qué quieren decir —aclaré.

—A eso vamos —el hombre—. Las casualidades no son más que un medio, que permite llegar a un fin. ¿Y cuál es el fin? El cumplimiento de una intención. Esa es la auténtica ocupación del Centro: tener intenciones. ¿Qué le parece?

Los dos me miraron sonrientes.

—¿Qué quieren que me parezca? —contesté—. No me dice nada.

Las sonrisas desaparecieron.

—¿No? —preguntaron a dúo.

—No —insistí.

—Hay que convencerlo —la mujer.

—De cualquier manera —el hombre.

—Vea lo que ocurre cuando la intención falta —la mujer—. ¿Qué pensó de los ranchos y la gente que los recibía en ellos?

—Me dieron la impresión de que el Centro no era una organización poderosa —dije.

—Pero ahora sabe que es poderosísima —el hombre—. ¿Tampoco eso le dice nada?

—No.

—El Centro no tiene la intención de ocultar su verdadera importancia —la mujer—, pero tampoco la de darla a conocer. Lo deja librado al azar. En un caso así, cuando la intención falta, el resultado es imprevisible.

—Tengo otro ejemplo —el hombre—. Al Centro no le importaba que usted llegara directamente a este lugar —señaló la puerta que da al sótano—; pero tampoco le importaba que diera un rodeo. Si la dirección correcta le hubiese llegado al principio, usted se habría evitado tantas vueltas. Del mismo modo, podría haber seguido peregrinando por los ranchos eternamente.

—Lo que quieren decir —arriesgué— es que cuando algo sale bien es porque alguien quiere que salga bien. —En realidad no estaba seguro de nada.

—Más que eso —la mujer—. Ni siquiera se puede hablar de bien y de mal. Las cosas son. Cómo son, no importa. El mismo Centro existe, pero podría no existir. La única diferencia está en que hay una intención de que exista, y entonces existe.

—Pero eso se puede aplicar a cualquier cosa —protesté.

—No —el hombre—, hay una diferencia. Las intenciones del Centro se cumplen siempre, pero por casualidad.

—Eso es una contradicción —los atajé—. Si algo se cumple siempre, deja de ser casual.

—¿Por qué? —la mujer—. Si las casualidades no existieran, las intenciones no se cumplirían. ¿Le parece que no fue casual que los mensajes llegaran a su casa?

—Tal vez, pero…

—Podrían no haber llegado —el hombre—, y en ese caso la casualidad se habría producido en otra parte, de otro modo. Lo único seguro, lo único no casual, era que de alguna manera el Centro lo iba a encontrar.

—¿Ve? —la mujer—. El Centro persigue fines, y muchas veces ni siquiera sabe por qué medios llega a ellos. La sola necesidad de alcanzar esos fines produce los medios necesarios.

—Y los medios —el hombre sonreía otra vez— son las casualidades.

Pero yo no tenía más ganas de oírlos. Inventé una excusa y traté de acercarme otro poco a la salida. Luego me dí cuenta de que la excusa no había sido necesaria: ni se habían fijado en que yo me iba, y seguían charlando entre ellos.

A los pocos pasos me interceptó otro grupo, formado por cuatro hombres con barba.

—El Centro debería tener un edificio que unificara todos los departamentos —decía uno—, y donde todos pudiéramos estar cerca de la Computadora.

—¿Qué departamentos? —decía otro—. La Computadora no habla de departamentos.

—No olviden que nuestra tarea es identificar a la Computadora —decía el tercero—. Eso es más importante que todos los edificios del mundo juntos.

—Estoy de acuerdo —decía el último—. No podemos hacer nada mientras no encontremos la Computadora.

Yo jamás había oúdo hablar de una Computadora en relación con el Centro, así que interrumpí la conversación para preguntar de qué se trataba.

—¿No sabe? —dijeron dos o tres al mismo tiempo, y uno siguió—. La Computadora es quien ordena este caos. ¿Dónde iríamos a parar sin su guía?

—¿Acaso usted se opone a que le obedezcamos? —dijo otro.

—No, en absoluto —aclaré, por las dudas—. Pero quisiera saber algo más. Parece importante.

—No parece —me corrigió uno—: es. —Todos asintieron. —Lo que lamento es que no la conozcamos personalmente.

Debo haber puesto una expresión muy notable, porque uno de los barbudos hizo un gesto para pedir calma a los demás y dijo:

—Usted debe ser nuevo, o uno de esos que piensan que todo está librado al azar.

—¿No es así? —pregunté, asombrado.

—Para ellos sí —señaló a nuestro alrededor—, pero no para nosotros.

De haber podido conversar con uno solo de los barbudos, habría comprendido enseguida de qué hablaban, pero como eran cuatro, y los cuatro insistían en complicar las cosas, tardé más de una hora, y luego tuve que pasar por muchos grupos similares para hacerme una idea elemental de lo que ocurría en torno a mí.

Las cosas no eran tan simples como había pensado. En el Centro hay varias facciones, cada una de las cuales interpreta de un modo diferente las funciones y los procedimientos del mismo Centro. Además de los aleatorios están los computadoristas, que aseguran que el corazón del Centro es la Computadora, un nombre aplicado a algo o a alguien que produce órdenes. Estas órdenes son recibidas tarde o temprano por todos los empleados del Centro. Entre los computadoristas, aquellos que las reciben con mayor frecuencia se consideran a sí mismos elegidos, y pretenden obediencia de parte de los demás. Independientemente de que tengan razón o no, la Computadora existe, aunque nadie sabe dónde está ni cómo es.

Hay más facciones. Unos son partidarios del ordenamiento absoluto: según ellos, lo que aparentemente es aleatorio sigue en realidad un orden superior, que nosotros los mortales no podemos percibir. Para demostrarlo me enseñaron un objeto tallado en madera, muy complejo, con entrantes y salientes por todas partes.

—Este objeto —dijo uno— tiene miles de ángulos. Aquí donde lo ve, un modelo matemático que lo representara con exactitud ocuparía varios libros. De todos modos, su estructura cumple una propiedad muy simple: si lo iluminamos desde cierta distancia y en cierto ángulo con una vela, y proyectamos su sombra sobre una pantalla blanca dispuesta de cierta manera, la sombra es un cuadrado perfecto. Sin embargo, hasta ahora nadie encontró la combinación de distancias y ángulos necesarios para producir ese simple cuadrado. El Centro es como este objeto: una vez que consigamos iluminarlo como corresponde, su silueta quedará libre de irregularidades y todos comprenderán que el azar no existe.

—Tengo una duda —dije—. ¿Cómo saben que se puede obtener esa sombra cuadrada, si hasta ahora nadie lo consiguió?

—Partimos de la base —dijeron— de que todo es posible mientras no se demuestre lo contrario.

Otros niegan totalmente la existencia del Centro, dicen que es un espejismo. Su demostración me pareció poco elegante, porque se puede aplicar a otras cosas: la vida, por ejemplo, o la consciencia.

Hay también quienes aseguran que lo que llamamos Centro es el universo entero, que no hay nada fuera del Centro. Lo más extraño de esta facción es que consiguió desarrollar dos supuestas demostraciones: una para el caso de que el universo sea infinito, y otra para el caso de que no lo sea.

Por supuesto, hay algunos escépticos que no creen en nada. Para ellos, todas las explicaciones están en la teoría de las probabilidades. Llevan estadísticas, hacen gráficos. Demuestran que si una curva sube pronto tendrá que bajar. Son los más desprestigiados, porque a ellos nunca les sucede nada extraordinario.

Yo creo que todos tienen algo de razón. Por lo menos es una posición cómoda. Siento un poco de simpatía por los aleatorios, tal vez por ser la primera corriente que conocí, y también por los computadoristas, a pesar de lo mal que me cayeron los cuatro barbudos cuando supe que creían ser elegidos de la Computadora. Pensándolo bien, es algo más que simpatía; estas dos corrientes son las únicas que pueden responder a una pregunta esencial: ¿de dónde sale el dinero que utiliza el Centro? Los aleatorios dicen que el dinero llega por casualidad. Los computadoristas, que lo fabrica la Computadora. Mejores respuestas no se pueden pedir. Los otros, en cambio, hablan de cosas tan absurdas como que el dinero no existe, o que aparece porque así debe ser, o que es una anomalía aún no explicada, o que todo es dinero.

Más tarde me enteré de que la pareja que había ido a casa quería fundar una nueva corriente, la de los intencionalistas, nombrándome jefe e inspirador. Me negué, lo cual sirvió para que me dejaran tranquilo, pero también para que no volvieran a saludarme. Que yo sepa, no consiguieron alcanzar su objetivo, a pesar de que la teoría merecía ser tenida en cuenta: ¿qué puede hacer el Centro, o cualquiera, con tantas casualidades, sino explicarlas? ¿Y qué mejor explicación que la de suponer que las casualidades responden a la intención de que las casualidades existan?

Alguien me dijo, años después, que luego del fracaso se unieron a un sector de los computadoristas, con el cual compartían la idea de que todas las intenciones provienen de la Computadora. Por otra parte, algunos teorizadores del orden absoluto arrastraron consigo a muchos aleatorios, con un argumento que, en versión libre, se parece a éste: toda casualidad es causalidad con error tipográfico. De este modo fundaron la facción del ordenamiento aleatorio, la cual terminó siendo parte del grupo que considera que el Centro no existe, con una justificación que apareció en uno de sus panfletos: “Si todo está ordenado, y todo orden es aleatorio, entonces no puede existir algo que no tenga sentido de por sí, y se sabe que el Centro no lo tiene.”

Creo que ni siquiera ellos entienden lo que quieren decir. Este grupo de enemistó seriamente con el de los computadoristas, sobre todo porque nadie se dio cuenta de que el problema está en la nomenclatura: si los computadoristas hubieran aceptado hablar sólo de la Computadora y no confundirla con el conjunto del Centro, los partidarios de la no existencia del Centro podrían haber visto a la Computadora como un ordenamiento aleatorio especialmente eficaz.

Todo esto sucede en el ambiente más próximo a mí. No quiero ni pensar en lo que debe ser que a uno lo trasladen a otro sector del Centro: seguramente en cada sector hay ideologías diferentes, nuevas combinaciones, y cualquier idea que altere el equilibrio que uno consiguió a fuerza de paciencia puede desembocar en un desastre.

El Jefe, por ejemplo, me contó que en el puerto donde estuvo trabajando hace decenas y decenas de años hay una teoría muy arraigada, que pretende demostrar que todos y cada uno de nosotros, los empleados y agentes del Centro, tenemos en nuestro interior todos los elementos que forman el Centro. Dicho de otro modo, que cada uno de nosotros es, por sí mismo, el Centro. Por lo tanto, el otro Centro, el que está afuera y nos incluye, es pura fantasía: un espejo en el que podemos vernos a nosotros mismos. Las contradicciones, las casualidades, el caos que normalmente existe en todas las secciones del Centro, se explican como resultado de las diferencias que hay entre las imágenes que cada uno produce en ese espejo.

No es raro que el Jefe se haya caído por el agujero que hicieron frente a su puerta.

En cuanto llegó a este edificio, el Jefe se convirtió al aleatorismo. Lo convencieron de que fuera cual fuera la explicación que quisiera darles, las casualidades seguían siendo casualidades, y seguían siendo imprevisibles.

Cuando me enteré de la existencia de tantas teorías diferentes hice una pregunta tonta:

—¿Cuál es la posición oficial del Centro?

—¿Qué cosa? —dijeron varios que me habían oído.

Debía haberlo pensado antes: no hay posiciones oficiales. El Centro no es una institución orgánica, en la cual haya una cúspide que emita documentos y reglas. Lo más parecido a una reunión de directivos es la fiesta que hubo en la planta baja, porque nadie es directivo, y todos lo somos. Los sellos que había en algunos de los mensajes que había recibido antes de ingresar, los que decían “Director General”, “Representante de Computación” y esas cosas, podían ser una broma o significar que había personas que creían sinceramente ser Directores Generales y Representantes de Computación, así como el Jefe creía ser Jefe de Personal.

Los únicos que tienen una opinión diferente son los computadoristas, y en esto no estoy de acuerdo con ellos. Su idea es que la Computadora es la única voz autorizada del Centro, y que la posición oficial es la posición sustentada por la Computadora. Dado que ellos se consideran sus intérpretes, entonces su propia ideología debe ser la ideología oficial del Centro.

Si no estoy de acuerdo es por un motivo muy simple. La Computadora no ofrece jamás, que yo sepa, un conjunto ordenado de reglas, ni siquiera de orientaciones. Si uno profundiza por este camino, termina llegando a la ideología de los aleatorios, y puede pensar que en realidad ni siquiera existe la Computadora, sino una serie de accidentes, casuales o intencionales, que producen la ilusión de que hay una Computadora.

Otro tema espinoso es el origen del Centro. Nadie conoce documentos auténticos que prueben que haya sido fundado por alguien, o que describan cómo se inició. Los aleatorios opinan que surgió por casualidad. Los intencionalistas, junto a los computadoristas, que en el principio existía la Computadora, y que ella armó a su alrededor lo que ahora se conoce como Centro. Los partidarios de la no existencia del Centro no se preocupan por el asunto, y los partidarios de que el Centro es todo lo que hay son incapaces de aportar algo interesante. Por su parte, los partidarios del ordenamiento aleatorio sostienen una teoría muy especial: no se puede afirmar que el Centro tenga un origen determinado, desde el momento en que nada surge del vacío; por lo tanto, lo que todos llaman origen debió ser la simple reunión de ciertos precedentes, que en sí mismos llevaban todas las características de lo que luego sería el Centro; estos precedentes, a su vez, debieron reconocer la existencia de otros precedentes, y así hasta el infinito.

La cifra de diez mil años que vi en el diario la primera vez que tropecé con el Centro había sido elegida por los escépticos, promediando las opiniones de los demás.

En el catálogo no encontré nada al respecto. Lo primero que busqué fue la palabra “Centro”, y encontré esta anotación:

Centro: Este catálogo forma parte del Centro, por lo que describir al Centro llevaría a un problema sin solución. Una descripción completa debería describir también al catálogo, y a la descripción misma, que incluiría una descripción de la descripción, y así hasta el infinito.

Estoy seguro de que bajo otros títulos hay datos fundamentales sobre el Centro, pero renuncié a buscarlos hace muchos años. Leer todo el catálogo es imposible, y no hay otro modo de saber qué contiene.

La verdad es que yo también quise elaborar mi propia teoría, pero a causa de un problema concreto y privado: el sentido del catálogo. Tenía que encontrar una explicación para los miles de libros de registro y descubrir de qué manera se relacionaban con el mundo de las cosas reales. Hasta que la vejez me hizo más sabio y más crédulo, mi mejor conclusión fue ésta: es muy difícil decidir cuál es el mundo de las cosas reales, cuando uno habla del Centro.

* * *

Hace sesenta años escribí en el catálogo:

Computadora: Organismo de control que envía a este catálogo, en cápsulas transparentes, descripciones de entes cuya existencia se ha comprobado experimentalmente.

Sabía que era una hipótesis arriesgada, porque en el otro extremo del tubo puede haber cualquier bromista con una colección de cápsulas y nada mejor que hacer. Pero valía la pena ponerla en el catálogo. Con ese sencillo acto me aseguré de que la suposición fuera correcta.

* * *

Los sueños empezaron pocos días después de la fiesta. Fuera del Centro no habrían tenido importancia, pero yo estaba sumergido en las casualidades, las intenciones y los ordenamientos invisibles del Centro, y con los sueños cambió mi vida.

El primero fue así. Había llegado a un lugar vacío, tan vacío que flotaba en él como si no existiera otra cosa que yo y la falta de sensaciones. Pero estaba buscando algo, sabía que tenía que encontrar señales de alguna clase en ese lugar, que no estaba tan vacío como parecía.

Después de un tiempo distinguí un movimiento borroso, a mi derecha, donde apenas podía verlo, y una especie de cuchicheo en el que se mezclaban varias voces.

—Ahí está —decía una.

—¿Es ese? —decía otra.

No podía ver quiénes hablaban, pero me dí cuenta de que me señalaban a mí.

—Sí, soy yo —contesté.

—Qué desilusión —dijo una parte del cuchicheo, mientras el movimiento se hacía más intenso.

—Yo esperaba algo mejor —insistió otra.

—Pero es lo único que tenemos —dijo otra más.

—Con razón el catálogo está detenido —terminó otra.

—¿Qué quieren? —pregunté.

—Te vamos a mostrar algo —contestaron; el movimiento abarcó todo mi campo visual—. Aquí está.

Se abrió una especie de telón, y vi el paisaje. Era una llanura por la que se movían cosas que apenas llegaba a ver como puntos o manchas. La escena vibraba, como si hubiera columnas de aire caliente o estuviera mal sintonizada. En el Centro de la llanura, dentro de una especie de burbuja, había un animal enorme y feroz que cambiaba de color a cada momento.

—Esto es Liminaz —informó una de las voces.

—¿Y qué es Liminaz? —pregunté.

—Un planeta.

Miré con más interés, pero la llanura desapareció, y en cambio vi el interior de mi casa. El comedor estaba lleno de gente que me miraba.

—¿Ya volvimos? —pregunté.

—La verdad es que no fuímos a ninguna parte —dijeron—. Era un simulacro.

—¿Liminaz no existe?

—Está a punto de existir. Falta un pequeño detalle.

—¿Cuál?

En vez de responder, se rieron. Me dí cuenta de que no necesitaba que respondieran, porque yo ya sabía qué faltaba. Pero lo supe durante un segundo, y después lo olvidé.

Al despertarme, recordaba tan bien el sueño que pasé un rato echado en la cama, sin poder reaccionar. Después me levanté, y el día resultó igual a todos los otros días.

Por entonces ya pasaba mucho tiempo en el sótano, más de las diez horas reglamentarias, y a veces dormía aquí. Esto se debía a muchas razones, sobre todo a cambios en mis costumbres, de los que apenas me había dado cuenta. Al principio, los cambios habían sido lógicos: ahora que tenía dinero podía comer siempre en un restaurante, y no necesitaba cocinar ni lavar los platos; luego empecé a llevar la ropa a una lavandería, y más tarde contraté a una persona para que limpiara la casa.

Pero hubo otros cambios, que de haberlos notado antes me habrían llamado la atención: leía en el sótano, y luego tenía los ojos demasiado cansados para seguir leyendo en casa; me acostumbré a levantarme justo a horario para llegar al trabajo, y a traer el diario y el desayuno al escritorio; dejé de ducharme en casa, y empecé a hacerlo en el baño del edificio, porque la ducha me resultaba más cómoda. Con el tiempo fui trasladando mis cosas al sótano: los libros, el televisor, el cepillo de dientes; era más práctico tener la ropa aquí que en casa, y si compraba algo, ¿dónde lo iba a poner, sino en la habitación que está bajo la escalera?

El resultado, y ahí el cambio más importante, era que cada vez tenía menos cosas que hacer cuando terminaba el horario de trabajo, y éste se me hacía más corto. Llegué a confundir los viajes de ida y de vuelta: cuando salía del trabajo y viajaba a casa, ¿iba o volvía? Tenía tantas razones para llamar casa al sótano, o más, que a mi propia casa.

Cuando se organizó la fiesta ya había probado nuevas actividades afuera, ajedrez, mujeres, cursos, amigos, pero sin llegar a interesarme o a sentirme cómodo con ninguna: en parte porque los ajedrecistas, las mujeres, los compañeros de curso y los amigos preguntaban cuál era mi trabajo y, tarde o temprano, cuánto ganaba, y ambas cosas eran difíciles de explicar a quien no perteneciera al Centro.

Después de esa fiesta participé en algunas otras, organizadas por gente del Centro, porque daba la impresión de que era la única gente con la cual podía entenderme. Pero la charla continua sobre los orígenes, las modalidades, los objetivos del Centro me cansaba. Llegaba además el momento en que debía optar por una corriente, decidir cuál de las teorías o ideologías o metafísicas me convencía más, y no podía hacerlo, o no tenía ganas. Mi actitud de discutir con todos y dar la razón a todos empezaba a molestar, y las presiones se hacían cada vez menos disimuladas. Al final descubrí que, después de haber abandonado el mundo exterior, el mundo interior del Centro tampoco me gustaba.

De modo que cuando me rendí a la evidencia, la rendición fue placentera: el sótano era mi hogar, me pagaban por habitarlo, y dentro de él no tenía que dar explicaciones.

Fue entonces que empecé a dormir en la habitación que está bajo la escalera, y casi al mismo tiempo a soñar. Le pregunté al Jefe si había algún problema en que viviera aquí, y contestó:

—Qué notable, yo me hacía la misma pregunta.

Después los sueños empezaron a repetirse. Aparecía un hombre con cuatro brazos, que manejaba una máquina complicada, y las voces decían:

—Ese es Carmacon, el inventor de la Máquina de Mirar.

—Uno se sentaba en la Máquina, y podía ver lo que quisiera, sin que importara la distancia en el espacio o el tiempo.

—El problema era que Carmacon la había diseñado para su propio uso, y nadie que no tuviera cuatro brazos podía manejarla.

—Trataron de hacerla funcionar entre dos, pero requería tal coordinación de movimientos que no pudieron mirar ni siquiera sus propias narices.

—Carmacon había destruido los planos, y murió un día en que estaba mirando las ruinas de Fi.

—Ningún ingeniero consiguió entender el mecanismo que permitía mirar, así que la Máquina se fue deteriorando con el tiempo sin que pudieran sustituirla por otra.

Otro día se veía un punto brillante en medio del cielo. Las voces explicaban:

—Estamos viendo el planeta Bardalinok, donde se descubrió la mayor fuente de energía del universo.

—Una vez puesta en marcha, nadie pudo detenerla.

—Desde entonces, el planeta brilla más que cualquier estrella.

Cada tanto se oía un ruido extraño. Las voces decían:

—El canto de los violetas.

—Recorre el tiempo en sentido inverso, aunque nadie haya podido definir semejante cualidad.

—Si uno está lejos y lo oye, sabe que los violetas aún no han empezado a cantar, y tiene tiempo de acercarse lentamente para presenciar el espectáculo.

—Los violetas depositan sus cabezas en lo alto de las montañas y las conectan con varias centrales hidroeléctricas.

—Tras años de preparativos, el canto está a punto de comenzar. Falta un segundo, medio segundo, un cuarto de segundo.

—Un octavo de segundo.

—Y apenas llega el momento, el canto ya ha terminado.

A veces los sueños eran diferentes, y se referían a sí mismos.

—Seroscavar piensa que es casual que sueñe —decía una voz.

—También piensa que es casual que pase más tiempo en el sótano —decía otra.

—No se da cuenta de que todo tiene relación —decía otra más.

—¿Cómo? —preguntaba yo—. No entiendo.

—Nos alegra que cooperes —contestaban—. Así nuestro trabajo es más fácil.

—Pero sigue faltando algo —decían, y el sueño terminaba.

Todavía no había empezado a hacer mis propias anotaciones en el catálogo.

* * *

Labra y yo estábamos desnudos, en la habitación, acariciándonos. Hacía frío, pero no lo sentíamos. De pronto, Labra se puso a reír, y salió corriendo. La perseguí entre las estanterías, riéndome yo también, jugando a que había algo divertido en el mundo. Hacíamos cada vez más ruido, y no me importaba nada. Hubo un momento en que estuve a punto de atraparla. Para distraerme, Labra sacó un libro de registro de su estante, lo sacudió delante de mi cara, y sin dejar de reírse, sin que yo dejara de reírme, lo lanzó hacia arriba. El libro golpeó el techo, se abrió, saltaron las hojas y empezaron a planear lentamente, mostrando sus garabatos vacíos y solemnes. Labra se quedó quieta, mirándome. Por lo menos me imagino que hizo eso, porque yo estaba hipnotizado, contemplando el vuelo de las hojas, que parecía no terminar nunca. Entonces Labra corrió a la habitación, se vistió, subió la escalera y dio el último portazo.

Al día sigiente Kosong llegó temprano. Reunimos los elementos necesarios y empezamos el viaje.

* * *

Nota:

Escribí este cuento (¿esta novela corta?) en 1983. Cuatro años después apareció en Fase uno, una colección de relatos de varios autores publicada por Sergio Haut vel Hartman.

Primera página del episodio uno de la historietaHacia 1986, Douglas Wright y yo empezamos una serie de historietas sobre la temática general de “Páginas de un catálogo”. Hicimos dos episodios, de diez páginas cada uno (a la derecha, en miniatura, la página uno del primer episodio). Nunca salieron en papel, pero hace tiempo que están publicados en la Mágica Web, para ver en pantalla y también en PDF, para imprimir. El episodio 1 se titula “Kosong quiere ir de viaje”, el Episodio 2 se titula “Labra”.

Galgalabaram

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1. Caverna

—¿Dónde estoy? —creo que pregunté. Acababa de abrir los ojos y miraíba alrededor tratando de orientarme. El lugar era nuevo, húmedo, y más que nada inesperado.

Estaba boca arriba, así que lo primero que vi fue el techo, a diez metros de altura. Era como uno se imagina el techo de una caverna. Tenía manchas oscuras, grietas que iban de una punta a la otra, telarañas y una gotera que hacía contrapunto con los latidos de mi corazón. En cualquier momento se me iba a caer encima.

Bajé los ojos. Las paredes estaban hechas de piedras desiguales, apoyaídas unas sobre otras de manera que no quedaba un resquicio. Por la que estaba frente a mí corría un hilo de agua, y atravesando el agua había una inscripción, hecha con letras grandes y desprolijas en tiza blanca:

ESTA FRASE ES UNA LISTA
DE LAS PALABRAS QUE FIGURAN EN ELLA

Más arriba, escrito por otra mano, se leía:

ESTA FRASE NO LLEGA MAS ALTO
PORQUE MI ESCALERA ES CORTA

Me había despertado en una cama de madera, sin colchón, y tenía la caíbeza apoyada en algo duro: una de mis valijas, la de los papeles. Estaba desnudo. Sentía un poco de frío. Muy por encima de mis pies había una ventana, la única fuente de luz de la habitación. No tenía barrotes, pero era carcelaria. Más allá de la ventana, a pesar del grosor de la pared, se veía un retazo de cielo azul. Mientras miíraba pasó un pájaro.

La puerta era una abertura sin marco, a unos diez o doce metros a mi izíquierda, al otro lado de la gotera. Daba a un pasillo oscuro y angosto.

Tratando de cataílogar el lugar pensé en catacumbas, criptas, monasterios, pirámides, mausoíleos, pero lo único que deduje fue que no era un sitio conocido, y no tenía la menor idea de cómo había llegado ahí.

Todo esto alcanzaba para entretenerme un buen rato. Pero le presté poca atención, porque más interesantes eran quienes me acompañaban.

* * *

2. Monjes

Conté cuatro, los cuatro iguales. Llevaban capucha, y más abajo una túniíca gris que llegaba al suelo, anudada a la cintura con una soga. Como moníjes. Se movían de acá para allá, de manera que a veces parecía que buscaíban algo, a veces que esperaban, a veces que hacían ejercicio. A cada paso asomaban por debajo de las túnicas unos pies deformes, calzados con sanídalias. Cuando quedaban frente a la ventana me mostraban la mitad de la cara: todas las caras que vi tenían barba y una nariz larga. No estoy seguro de haber visto las caras de los cuatro, ni siquiera de que no se tratara de la misma cara repetida varias veces. Los cuatro tenían los brazos cruzados, cada mano metida en la manga contraria. De vez en cuando se oía un suspiíro, ahogado por las piedras, el aburrimiento y las telarañas.

Les podía haber preguntado dónde estaba el baño, y la pregunta me haíbría sonado lógica. Pero en cambio volví a preguntar:

—¿Dónde estoy?

Los monjes, si eran monjes, siguieron moviéndose y caminando como si no me hubieran oído. Uno de ellos habló:

—No es cualquier pregunta la suya.

La voz resonaba en la habitación como debió resonar la voz de los faraoínes. Miré el techo, preocupado por la estabilidad de tanta roca, y esperé. Un minuto más tarde el que había hablado continuó:

—Es una pregunta especial. Dónde estoy. Fue el tema central de nuestro congreso número doce mil ciento cuarenta y tres. El orador conmovió a toídos hablando de los infinitos planos de la existencia. Estoy aquí, dijo, y en medio de los aplausos preguntó: ¿qué es aquí?; ¿dónde es aquí?

Otro silencio. No estaba seguro de que fuera un solo monje el que hablaba. Era posible que se turnaran y yo no me diera cuenta. Todavía giraban como moscas, y de pronto había tanto eco que la voz parecía venir de las paredes.

—Se puede decir que aquí es la sede del congreso, el lugar donde estamos reunidos, dijo el orador. ¿Y dónde está la sede del congreso? En la isla, que a su vez está en el mar. Pero esto no define las cualidades que quisiéramos atribuir al aquí. Esta isla está en el mar, pero toda isla lo está. Esta sede está en la isla, pero toda sede lo está. El problema consiste en atribuir una localización a la sede o a la isla, sin recurrir a otras sedes o islas como puntos de referencia.

El discurso era bastante raro, pero acababa de darme algo en qué pensar: ¿yo en una isla? En ese momento debía estar en la ciudad que visitaba, a punto de levantarme para ir a desayunar con el amigo que me había invitado.

* * *

3. Nombres

Los monjes seguían hablando:

—Hay otros problemas a resolver, dijo el orador. La física nos enseña que el dónde es inseparable del cuándo. Así como me atrevo a decir “estoy aquí”, debería decir “estoy en el presente”. Pero esa última frase, que al ser pronunciada era verdadera, ahora no lo es, porque el preísente se movió hacia un nuevo instante y la relegó al pasado. No puedo deícir “estaba en el presente”, sino “estaba en el pasado”. Y en realidad eso tampoco lo puedo decir, porque en aquel momento estaba en el presente; pero el presente es ahora. He caído en una paradoja, lo cual resulta una ubicación bastante incómoda.

Silencio, y después:

—No, no es cualquier pregunta la suya.

La charla había terminado. Un monje, durante una de sus vueltas, pasó por la puerta y se perdió de vista. Me dio la impresión de que su salida había sido casual, como si una mosca hubiera encontrado un agujero en un vidrio. Quedaban tres.

A esa altura yo debía hacer algo. No podía quedarme indefinidamente en la cama, desnudo, con frío, esperando que el espejismo desapareciera de una vez. Tampoco podía levantarme de un salto y salir por el pasillo como si no ocurriera nada.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.

El revoloteo siguió. No hubo respuesta hasta que el monje que había saliído volvió a entrar. Esta vez llevaba un libro bajo el brazo, un enorme voíluímen encuadernado, con las esquinas dobladas y las tapas rotas. Se paró frente a la ventana, donde había más luz, y abrió el libro.

—Somos quienes escribieron este libro —leyó, o hizo que leía—, somos quienes lo encuadernaron, lo estudiaron, pasaron sus hojas una por una gastando el papel, aclarando la tinta.

La broma era simpática, y tomé nota mentalmente. Pero no debía perder tiempo en divertirme. Dije:

—Ese no era el sentido de mi pregunta.

Los monjes se detuvieron, todos al mismo tiempo, y no movieron un músículo. El que había leído cerró el libro.

—Notable —dijo uno. Estuve de acuerdo, porque todo era notable.

—Esto plantea una cuestión relevante —dijo otro. Ahora descubrí el camíbio de voz.

—¿Cuál era el sentido de su pregunta? —dijo el que había leído, mientras se daba vuelta. Pude verle los ojos durante una décima de segundo, cuando la luz de la ventana se reflejó en la humedad que los cubría. Tenía la cara de un viejo, con esa clase de vejez que suelen mostrar los mineros y algunos campesinos muy pobres: su edad podía estar entre los cuarenta años y los cien, y no me habría sorprendido si tenía veinticinco.

No se me ocurría cómo hacer la pregunta con otras palabras. Levanté las manos y me froté los ojos, todavía medio pegados por el sueño, mientras pensaba algo. En tanto, los monjes se mantenían quietos. Ahora eran ellos los que esperaban, y parecían capaces de esperar años.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—Ang —contestó uno.

—Eng —contestó otro.

—Ing —dijo el que había leído.

—Ong —dijo uno más.

—Ung —dijo el último.

Cinco nombres. Parpadeé varias veces y volví a contarlos, pero seguían siendo cuatro.

* * *

4. Nervios

Esta pequeña mentira me hizo pensar con más seriedad en que todo poídía tratarse de un engaño. Aumentaron las esperanzas, no sé de qué. Seguí disparándoles, aunque fuera para no dejarlos tranquilos:

—¿Qué hacen aquí?

Empezaron a caminar de nuevo.

—Según el ordenamiento de actividades dispuesto por nuestro congreso número catorce mil setecientos doce —dijo uno—, estamos meditando.

—Sin embargo —dijo otro, pero tal vez fuera el mismo—, el congreso núímero once mil seiscientos noventa indicó que la interrupción de las actividaídes programadas a causa de acontecimientos imprevistos determina un nuevo ordenamiento. Eso significa que nuestra meditación, que sin duda ha sido interrumpida por acontecimientos imprevistos, carece de sustento.

Durante un momento el revoloteo se hizo más intenso, como si se hubieíran puesto nerviosos: uno de los monjes se golpeó contra una pared, y otro tropezó con mi cama. Sentí una ráfaga de mal aliento, olor a sudor y polvo. Después se tranquilizaron.

—Estamos contestando sus preguntas.

Evidentemente habían resuelto su problema, fuera el que fuese. Cosa que a mí no me convenía, como me hizo notar la intuición, aunque no comprenídiera el motivo. Insistí:

—¿Por qué?

Me dieron el gusto: se pusieron más nerviosos que antes. Uno de ellos separó los brazos y se golpeó las piernas con las manos. Para mí era un triunfo.

—Porque usted las hace —contestaron, y hubo una especie de suspiro general.

Se quedaron quietos, como si hubieran alcanzado un punto de equilibrio. Pasé a un tema más concreto:

—¿Ustedes me trajeron acá?

Esta sí que era una buena pregunta, pero la respuesta no hizo juego con ella:

—Nada nos lleva a pensar que fuimos nosotros.

—¿Quiénes fueron, entonces?

A caminar otra vez. Pero habían perdido coordinación: chocaban unos contra otros. El que llevaba el libro lo dejó caer, se inclinó a levantarlo, fue empujado por otro, cayó él también al suelo y se puso de pie con esfuerzo. De pronto, yo disfrutaba al verlos; sentía la misma satisfacción que el especítador de una película cuando ve que está ganando el bueno. No resolvía mis dificultades, no me acercaba ni un milímetro a la comprensión de lo que haíbía ocurrido ni de lo que iba a ocurrir, pero de alguna manera se hacía justiícia.

—Este tema no ha sido tratado en los congresos —oí que decían luego de varios choques más—. Ni siquiera en las sesiones de debate informales. Es imposible responder.

—¿Dónde…? —empecé, y lo pensé mejor—. En un sentido geográfico, estrictamente geográfico, ¿dónde está localizada esta habitación?

La forma en que hice la pregunta me pareció una delicia por lo absurda, pero la respuesta que recibí me indicó que era apropiada:

—En la isla de Galgalabaram.

Repasé mis recuerdos de geografía. En mi país, que yo supiera, no había nada que se llamara así. Por lo tanto, debía dar un salto mayor que lo plaíneado. El nombre podía ser, digamos, caribeño o asiático. Sin contar Oceaínía. Hay demasiadas islas en el mundo, y mis conocimientos no eran sufiícientes para identificarlas a todas. Me dí por vencido enseguida.

—¿En qué mar está la isla de Galgalabaram? —pregunté.

—En el único mar, el que es todo y todos, el que nos rodea por izquierda, derecha, pasado y futuro.

—Un momento —dije—. Todos los mares tienen un nombre. ¿Cómo se llama éste?

El silencio duró apenas cinco segundos.

—Ya lo dijimos.

Un monje pasó junto a mi cama. Noté que cerraba los ojos y tenía el cuerípo tenso, como haciendo fuerza hacia adentro. Fruncí la nariz y me corrí hacia el otro lado.

—¿Estamos en Asia?

—“Estar en” es un concepto tratado con éxito en nuestro congreso númeíro…

Me pareció que se aflojaban, y la intuición me seguía indicando que no debía permitirlo, así que interrumpí:

—¿Estamos en Oceanía?

—Nosotros no…

—¿Estamos en el Caribe?

—Nosotros no…

El que llevaba el libro volvió a caerse, y otro lo pisó. Se levantó con más trabajo que antes y empezó a caminar doblado por la mitad, como si se huíbiera olvidado de enderezarse. Dos de los otros tropezaron entre sí, y creí ver que se empujaban, como si cada uno ignorara la presencia del otro. No perdí un segundo.

—¿En qué parte del mundo queda el único mar, o como lo llamen?

—El único mar no está en el mundo. El mundo está en el único mar.

La voz sonaba aguda y entrecortada. Me apoyé sobre los codos, para verlos desde una posición más ventajosa.

—Díganme la latitud y la longitud de esta isla.

—No sabemos de qué habla.

Un monje se apoyó de cara en la pared y empezó a sacudir los hombros.

—¿Cómo que no saben? ¿Es una broma?

—Basta —gritó otro, agarrándose la cabeza con las manos—. Así no se puede pensar.

* * *

5. Optimismo

Me senté en la cama, con los pies sobre el piso de tierra, y recordé que estaba desnudo. En el calor de la discusión me había olvidado. Me puse enérgico:

—Quiero mi ropa.

No contestaron, pero me convencí de que ese tono era el adecuado para tratar con ellos. El que había gritado seguía agarrándose la cabeza. El de la pared seguía llorando. El que llevaba el libro parecía a punto de caerse otra vez. Uno estaba bajo la ventana, y miraba al techo. Al final, el otro que queídaba salió de la habitación.

Pegué un salto. Acababa de contar cinco.

El que había salido volvió a entrar, trayendo otra túnica igual a las que usaban ellos.

—No es mi ropa —dije.

—Sí —contestó, mientras estiraba el brazo para dármela. —Es suya. No tiene otro dueño.

A la luz de la ventana pude ver que él también estaba llorando. O tal vez fuera la gotera, que estaba justo sobre su cabeza y le regaba la capucha y la cara.

—Está bien.

Agarré la túnica con un gesto brusco, me puse de pie y me vestí con ella. Por lo menos estaba limpia. Más tarde podría exigir que me dieran la valija donde estaba mi ropa. Por el momento pedí sandalias. El monje salió otra vez, chorreando agua, y me dí cuenta de que en la habitación quedaban tres: una cantidad lo bastante pequeña como para no tener que contarlos conscientemente.

El que se había ido volvió con las sandalias. Me las puse. Después abrí la valija, comprobé que todos los papeles estaban en orden, la cerré y me la coloqué bajo el brazo. Los monjes no daban señales de haber visto que me movía. No se pusieron en guardia, ni sacaron revólveres de las túnicas, ni aparecieron hombres con cicatrices por la puerta. Esas cosas ocurren cuando uno tiene miedo, y yo seguía sin poder asustarme.

El del libro terminó cayéndose, como esperaba, y no trató de levantarse. Tuve un ataque de optimismo. Aunque no sabía dónde estaba, ni quiénes eran los monjes, no tenían apariencia de secuestradores profesionales: eran bastante más bajos de lo que había creído desde la cama; apenas me llegaíban a los hombros. También resultaban proporcionalmente flacos y desnutriídos.

Me dirigí al que había traído la túnica y las sandalias, que me seguía miírando.

—Quiero salir —le dije—. Necesito aire libre.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Lo seguí, esquivando a los otros, y nos metimos en el pasillo.

* * *

6. Laberinto

El constructor del edificio estaba loco: si la habitación tenía diez metros de altura, el techo del pasillo quedaba a pocos centímetros de mi cabeza, y tendía a bajar. Mi guía caminaba inclinado hacia adelante y lo imité, para no golpearme.

Igual que la habitación, el pasillo tenía paredes desiguales y un techo monstruoso por encima. Cada pocos metros giraba a la izquierda o a la deírecha, y de vez en cuando había escalones que subían o bajaban. Estaba muy oscuro, porque la única iluminación era la que llegaba de las otras habiítaciones: en todas había una ventana de prisión. A veces conté treinta o cuarenta pasos entre una habitación y la siguiente, y en el medio la oscuriídad era completa; me apoyaba en la pared y disimuladamente tocaba la túínica de mi guía para asegurarme de no perderlo.

Todo estaba húmedo, y una vez me cayó un chorro de agua en la cabeza. Las paredes goteaban. Cada tanto el piso se ponía resbaladizo, especialímente cuando había escalones. La piedra del techo estaba cubierta con algo gomoso, y colgaban filamentos de un material que parecía mejor no identifiícar. Apreté la valija contra mi costado y respiré lo menos posible, para no sentir el olor que llenaba el ambiente.

No era un solo pasillo, sino un laberinto de pasillos, cada uno con la proípiedad de aumentar mi impaciencia. Mi guía elegía uno u otro sin cambiar el paso, pero a mí me parecía que andábamos al azar. Más de una vez creí que pasábamos por un lugar ya visitado, pero no estaba seguro: las habitaíciones eran todas iguales, y los pasillos no se diferenciaban mucho; por otra parte, que un monje estuviera recostado en la misma posición que otro, en una cama igual, dentro de una habitación idéntica, podía no significar nada.

—¿A dónde me lleva? —pregunté después de un rato.

—A un sitio donde su deseo de salir se vea satisfecho —dijo mi guía, sin dejar de caminar y sin mirarme.

Seguimos andando.

—¿Falta mucho? —pregunté más tarde.

—El concepto de “mucho” fue considerado junto a otros conceptos afines en nuestro…

—No importa.

A veces un pasillo se iluminaba de golpe y salíamos a un patio interior descubierto. Los patios estaban llenos de inscripciones, algunas ilegibles, otras demasiado apretadas o largas para poder descifrarlas mientras pasáíbamos junto a ellas. Pero había una que decía:

ESTA FRASE ES SORPRENDENTE

Y otra:

LA ÚLTIMA Y LA ANTEANTEPENÚLTIMA
PALABRAS DE ESTA FRASE SON ESTA

El tamaño de los patios variaba, pero la altura de las paredes que los roídeaban me pareció siempre la misma: quince o veinte metros. No eran del todo verticales, ni rectas. A cierta altura aparecían las ventanitas, y allá arriíba se veía el cielo. Una vez creí ver que por el borde de una pared se asoímaba una oveja.

El paseo duró entre treinta minutos y dos horas, y durante ese tiempo nos cruzamos con muchos monjes, todos vestidos del mismo modo. Ninguno de ellos se detuvo a mirarme, a pesar de mi altura y de que no llevaba la capuícha puesta, como si supieran de antemano que yo estaba en su isla y que podían encontrarme en determinado recoveco de determinado pasillo, siíguiendo a determinado guía. En cambio, todos saludaban a mi guía, dándole una palmada en el hombro, que él respondía con un movimiento de cabeza lo bastante amplio como para que yo lo notara en la oscuridad y a través de la capucha.

Mi primera conclusión fue que había demasiados monjes. A menos que estuviera ante otro intento de engañarme, y que viera simpre los mismos, que corrían por otros pasillos para aparecer una y otra vez. Pero más que nada me preocupaba la posibilidad de que los pasillos no terminaran nunca, y ya me estaba cansando de resbalar, ensuciarme las manos, leer inscripíciones absurdas y estar pegado a mi guía.

* * *

7. Terraza

Los pasillos terminaron de pronto en una terraza que daba al mar. El sol, que veía por primera vez, me encegueció, pero peor fue el golpe de calor: la temperatura de afuera debía ser veinte grados mayor que la de adentro.

—¿Considera que hemos salido? —preguntó mi guía—. ¿O desea rectifiícar nuestra interpretación?

No respondí. La terraza era bastante amplia, tenía doscientos o trescienítos metros de ancho, y estaba sembrada de asientos de piedra en los que había monjes leyendo, o tomando sol, o durmiendo, o haciendo quién sabe qué.

Apreté un poco más las valija, hasta que me dolió el riñón. Cerré los puíños. El disparate se hacía demasiado largo, y demasiado complicado. Pero ni siquiera así pude conseguir que el miedo saliera de donde se había agaízapado.

Rodeando la terraza había una baranda de piedra, que debía llegarme a la cintura. Quería acercarme a ella, para mirar más allá, pero no sabía si mi guía iba a ir conmigo, y no tenía ganas de perderlo. Dí un par de pasos en la dirección en que la baranda quedaba más cerca, y miré hacia atrás: el guía se movió junto a mí. Entonces caminé un trecho más largo y volví a mirar. Evidentemente, el guía estaba dispuesto a seguirme.

Era hora de retomar la conversación. Pregunté:

—¿Usted es Eng, o Ing?

—Ang —dijo.

—Es cierto —simulé reconocerlo. Sonreí y seguí caminando hacia el borde de la terraza. —Así que este es el único mar.

—No hay otro.

Nadie se fijaba en mí. Llegamos a la baranda y me apoyé en ella. Al otro lado había una pendiente de muchos metros, que bajaba hasta el mar y teríminaba en un grupo de rocas donde rompían las olas. El olor del mar era fuerte, y corrían ráfagas de viento que me golpeaban el pelo contra la cara. Por lo menos el aire se notaba limpio.

A ambos lados también se veía el mar, lo que me hizo pensar que realímente estábamos en una isla. Más allá había otras islas, demasiado lejanas para que pudiese distinguir algo que no fuese una mancha gris. La más próíxima quedaba justo frente a mí: una masa alargada con un par de columnas en el centro. Habría pensado que era un barco, pero parecía demasiado grande. Calculé que las columnas no podían tener menos de un kilómetro de altura, si los puntos confusos que veía más abajo eran casas.

—¿Qué son esas columnas? —le pregunté a mi guía.

—Planeamos celebrar un congreso al respecto —contestó después de pensar durante un rato—. Mientras tanto, sólo podemos manejarnos en torno a hipótesis, ninguna de las cuales es lo bastante sensata como para conforímar una respuesta.

—Así que no sabe.

—El conocimiento, tal como fue definido brillantemente en nuestro conígreso número ocho mil novecientos uno, consiste en extraer del ser interior lo aplicable al ser exterior, de manera que ambos estados de lo existente confluyan en uno solo.

—¿Cómo no van a saber nada, si son vecinos? —protesté.

—No hay tráfico entre las islas.

Con esto, el triunfo que venía preparando cuidadosamente recibió un golpe serio, y no porque no pudiera enterarme de qué eran las columnas. Si el guía decía la verdad, tal vez me fuera difícil salir de ese lugar; y si mentía, el solo hecho de negarme la posibilidad de viajar a otra isla significaba que no querían soltarme. Era el momento de liberar el miedo, pero alguien me lo seguía impidiendo. Entonces hice la pregunta decisiva:

—¿Cuándo me van a dejar libre?

* * *

8. Libertad

—Nunca —contestó—, porque usted ya es libre.

—¿Sí? —me dí vuelta para observarlo. El monje miraba hacia el mar, con la vista fija en un punto vacío—. ¿Así que me puedo ir cuando quiera?

—Nuestro penúltimo congreso definió la libertad como la capacidad de disponer de uno mismo sin otras trabas que las que imponga el orden natuíral. En su intervención final, Ung preconizó una…

—Me voy, entonces —interrumpí—. ¿Qué tengo que hacer?

El monje levantó la cabeza. Me dio la impresión de que sonreía.

—Una ambigüedad curiosa, digna de ser planteada en un congreso.

—¿Cuál es la ambigüedad?

—El sentido que usted da a la palabra “irse”.

Había trampa, después de todo.

—¿Qué sentido le puedo dar? —protesté—. Me quiero ir, salir de aquí, ¿no me entiende?

Gritaba. El monje se tomó su tiempo antes de volver a hablar. Otros dos monjes pasaron junto a nosotros cargando uno de los bancos de piedra. Vaírios metros más allá se les cayó al suelo y se partió en varios pedazos. Los monjes siguieron de largo.

—Usted se puede ir de muchos modos —dijo mi guía—. Se puede ir de la vida, de la terraza, de la conversación. Esto tiene relación con la dificultad que se presenta al definir el “aquí”. Recordemos nuestro último congreso, cuando…

—Está bien —interrumpí—. Me quiero ir de la isla. Quiero volver a casa. ¿Le parece bastante claro, o tengo que repetirlo?

—La claridad es un concepto que no hemos tratado con usted hasta ahora. Me agradará inmensamente discutirlo, pero prefiero que antes de enítrar en él agotemos nuestra conversación presente.

Me distrajo un monje que pretendía sentarse en el banco roto. El asiento había quedado inclinado, de modo que el monje se apoyaba, resbalaba y terminaba en el piso. Sin embargo volvía a intentarlo una y otra vez. Mi guía esperó a que me cansara de mirar sus vueltas antes de seguir hablando:

—Acaba de mencionar dos opciones diferentes. ¿Qué quiere? ¿Irse de la isla o volver a su casa?

—¿Acaso las dos se excluyen?

—Es probable, aunque no dispongo de una respuesta definitiva.

El que trataba de sentarse en el banco roto se cansó, y empezó a arrasítrar los pedazos hacia la baranda, con la intención de tirarlos al mar. Pudo hacerlo con los más pequeños, pero el grande se resistía. El monje hacía fuerza, y no conseguía levantarlo.

—Muy bien —dije—. Quiero volver a casa. ¿Me quiere decir cómo puedo hacerlo sin salir de la isla?

—No puede.

—Estamos de acuerdo, entonces. Para volver a casa tengo que salir de la isla. Ahora…

—Eso no es cierto.

La rapidez con que el guía me interrumpió fue asombrosa: ya había supeírado antes el ritmo de tortuga propio de los monjes, pero ahora se mantenía en un nivel parejo con el mío.

—Tampoco saliendo de la isla podrá volver a su casa.

* * *

9. Casa

—Entonces me tienen preso —grité—. ¿Por qué no lo reconoce de una buena vez?

—Nadie lo tiene preso. —El monje me miró a los ojos asombrado. —Su lógica es muy especial. Podría escribir un tratado.

—No se haga el tonto.

De pronto me dí cuenta de que mi guía estaba a punto de ponerse a llorar otra vez. Su ímpetu era una ilusión.

—Es una lógica diferente —dijo, ahora con lentitud—. Tal vez resulte proívechoso que esa sabiduría pase a integrar la nuestra.

—Como quiera —dije—. Si usted habla en serio, yo también. Le voy a esícribir el tratado y lo que se le ocurra, pero primero explíqueme por qué no puedo volver a mi casa.
Se apoyó en la baranda, frunció los labios y se dedicó a pensar. El que quería tirar el banco al mar dejó de hacer fuerza, sacó una tiza de alguna parte de la túnica y se puso a escribir en el suelo:

HAY DADIVAS QUE EL MAR NO ACEPTA

Guardó la tiza y se fue a sentar a otro banco. Mi guía dijo:

—No puede volver a su casa porque no hay nada que pueda ser llamado su casa.

Ahora fui yo quien quedó mudo. Varias veces abrí la boca para decir algo, pero no había palabras adecuadas. Al ver que yo no hablaba, el monje siíguió:

—A partir de nuestro congreso número mil ochocientos doce, llamamos casa, u hogar, que es el sentido que usted le da a la palabra, al sitio que se habita durante cierto tiempo, al lugar que es propiedad de uno, o sobre el cual uno tiene algún derecho de posesión, natural o adquirido. Esta es mi casa, por ejemplo —señaló todo lo que nos rodeaba, excepto el mar—. Usíted no tiene casa.

—¿Cómo está tan seguro? —pregunté.

—Todo lo que le diga a partir de ahora es a cuenta de mejores conclusioínes, a obtener en nuestro próximo congreso —dijo—. Con esta salvedad, puedo afirmar que usted no habitó en ningún lugar durante ningún tiempo, salvo aquí. Y Galgalabaram todavía no es su casa, porque usted no tiene ninguna propiedad sobre ella, ni ha permanecido en ella durante el tiempo necesario.

Aspiré hondo.

—Escuche —dije, conteniendo la furia para que se me entendieran las palabras—. Hace dos noches yo estaba en mi casa, donde viví muchos años. A menos que la hayan echado abajo, ahí es donde quiero ir. Y si la echaron abajo también. Y si eso no es posible, entonces quiero volver al hotel donde estaba anoche mismo, para exigirle explicaciones al encargado.

No era un discurso de los mejores, pero a mí me convenció. El monje emípezó a mover la cabeza lentamente, de arriba abajo.

—Entiendo —dijo.

—Entonces lléveme, o déjeme ir por mi cuenta.

—Imposible.

Pegué un puñetazo en la baranda, con tanta fueza que creí que la mano se me rompía en pedazos.

—A mí no me va a ganar —amenacé—. Si me tienen preso…

El monje abrió los ojos muy grandes, y no pudo evitar que se le escapara una lágrima.

—Increíble —dijo—. Es necesario que escriba un tratado, absolutamente necesario. No podemos permitirnos el ignorar una lógica tan particular.

—Basta de vueltas. Vaya al grano, y hable claro.

Había dado la historia del banco roto por terminada, pero tres monjes roídearon el pedazo grande, leyeron la inscripción que había hecho el otro, se asomaron por encima de la baranda para mirar los restos pequeños, y emípezaron a discutir entre ellos. Mi guía habló con lentitud, midiendo cada palabra:

—Usted dice haber vivido cierto tiempo en cierto lugar, al cual, por lo tanto, llama su casa. Es libre de creer que eso es verdad, aunque no lo sea. ¿Esto es lo que usted llama claridad?

—Está loco —dije.

Iba a seguir protestando, pero el guía se echó a mis pies, llorando a griítos. Los que discutían sobre el banco roto no le hicieron caso. Se nos acercó otro monje, que había estado sentado muy cerca de nosotros, pero en vez de ayudar a su colega se dirigió a mí:

—Le ruego que me disculpe. Oí accidentalmente la conversación, por llaímarla así, y creo que tengo un elemento de interés para aportar.

* * *

10. Multitud

Mi guía levantó la cabeza del suelo y dijo entre lágrimas:

—Lo mejor sería esperar a nuestro próximo congreso para tratar el tema.

—Estoy profundamente de acuerdo —dijo el recién venido—, pero sugiero que abramos ahora mismo una sesión de debate informal, para…

—No tanta charla —dije. Había apoyado la valija en el suelo, entre las piernas, me había cruzado de brazos y adoptaba una imagen de dictador. —¿A dónde quiere llegar?

—Estimado Ang —volvió a intervenir mi guía—, quisiera advertirle que…

—¿Cómo? —le dije—. ¿Ang no es usted?

—Yo soy Ong —contestó.

Ignorándolo todo, el recién llegado empezó con su teoría:

—Usted dice que tiene casa, y está convencido de ello. Pues bien, yo también lo estoy.

—Pero no es cierto —dijo Ong, mi guía.

—No es cierto en cualquier plano de la existencia —dijo Ang, el recién llegado—, pero ¿por qué no puede ser cierto en algún plano de la inexisítencia?

—Hermosas palabras —dijo mi guía, sonándose la nariz en una manga de la túnica—. Tiene razón, querido amigo.

—Hablen de modo que yo entienda —dije.

—Hasta hace muy poco tiempo —dijo Ang— usted pertenecía a cierto plano de la inexistencia. Si lo que usted llama su casa pertenece al mismo plano de la inexistencia…

—¿Qué significa eso?

Ang quedó mudo. Ong se puso de pie y habló en su lugar.

—La existencia es todo lo que es —dijo—. Lo que no es, en cambio, es la inexistencia. Cito las conclusiones de nuestro…

—No importa —interrumpí.

—Lo que no es forma un conjunto —dijo otro monje, que se unió al grupo—, o muchos conjuntos que no tienen por qué ser diferentes del coníjunto de la existencia, pero sí separados de este.

—¿Y usted quién es? —pregunté.

—Ung.

—Lo que Ung sugiere —seÑaló mi guía, aunque tal vez fuera Ang—, es que cuando usted no existía, su casa tampoco existía, lo cual es un buen arígumento para suponer que usted tenía una casa, del mismo modo en que nosotros la tenemos.

—Gracias a la excelente interpretación que acaba de hacer Ing —dijo otro, que había salido de quién sabe dónde—, puedo darle un ejemplo. Como ve, ahora no hay ninguna tormenta. Si suponemos que la tormenta que no hay ahora es de la clase de tormentas que tienen rayos y truenos, no incurrimos en ningún error lógico. Entonces…

—No diga tonterías —interrumpí.

Pero no bastaba con interrumpirlo. Alrededor de nosotros, la densidad de monjes por metro cuadrado había aumentado notablemente, y enseguida se nos unió otro que siguió el hilo de la conversación:

—Entonces, tanto los rayos y los truenos como la tormenta pertenecen a la misma categoría, no se contradicen entre sí.

Sin duda los monjes habían vuelto a tomar la iniciativa, y se las ingeniaíban para envolverme con sus palabras. Además habían encontrado un méítodo para contrarrestar mis ataques: cuando uno quedaba fuera de combate, otro lo reemplazaba, sin darme tiempo para atacar otra vez. Siendo tantos, calculé, jamás conseguiría vencerlos.

—Ahora su situación está clara —decía uno, y le daba igual que yo no estuviera de acuerdo.

—Cuando usted no existía tenía una casa, la cual tampoco existía. Pero ahora que usted existe su casa sigue sin existir, de tal modo que le es imposible volver a ella, a menos que usted recupere su ineíxistencia.

De pronto mi posición ya no era como para andar con sutilezas: estaba atrapado contra la baranda, inclinado sobre el precipicio, sin espacio para moverme. Los monjes empezaban a hablar de a dos por vez, o de a tres, y en la marea de cabezas encapuchadas se formaban varios grupos que disícutían por su cuenta. Junto a mí había tres o cuatro Ang, varios Eng, un núímero impreciso de Ing y Ong, y no menos de ocho Ung. La presión de tanta gente se hacía cada vez más fuerte, y tuve que agarrarme de la baranda para no caer.

Grité algo, rescaté mi valija del bosque de piernas, dí un par de puntapiés y algunos empujones, me abrí paso entre la multitud y salí corriendo.

Nadie me siguió. Llegué a un extremo de la terraza y me detuve. ¿Qué podía hacer? Una huída no es huída sin perseguidores, ni tampoco si no hay dónde ir. Me apoyé en una roca enorme que habían dejado en la terraza, como si la hubieran olvidado ahí, y traté de pensar de un modo diferente. No sé si lo conseguí, pero volví al grupo de monjes, que seguían discutiendo como si yo no me hubiera ido, y dije:

—Me cansé.

Dos o tres se dieron vuelta. Seguí hablando.

—Ahora quiero que me den un barco, o algo para salir de la isla. También necesito comer.

La mayoría de los monjes me ignoró, tal vez porque no llegaba a oírme, o porque en la “sesión de debate informal” ya no había lugar para mí. Sin emíbargo mi guía, o algún otro, me hizo una seña con la mano, y los dos entraímos de nuevo al laberinto de pasillos.

* * *

11. Ovillo

Mi guía, que dijo llamarse Eng, me llevó a una habitación en la que había una mesa, y junto a la mesa un monje de cuclillas en el suelo, contra la paíred, tejiendo con dos agujas grandes. Un enorme ovillo de lana daba vueltas a su alrededor a medida que tiraba de él. Otro monje apareció de la nada con algo de comer, lo puso frente a mí y se fue. Sentado ante un tazón de leche y unas galletas dulces y crocantes, descubrí que las novedades no me habían quitado el apetito.

Había apoyado la valija sobre la mesa, cerca del tazón, y miraba el cielo por la obligada ventanita mientras masticaba. Sentado al otro lado de la mesa, mi guía me observaba en silencio; él no tenía tazón ni galletas, y esítaba demasiado tranquilo para mi gusto.

—¿Cuánto hace que me secuestraron? —le pregunté con la boca llena.

—No entiendo lo que dice —contestó.

—Vamos —dije—. Me sacaron de donde estaba y me trajeron aquí. ¿Cuándo fue?

El monje metió la mano trabajosamente por debajo de la capucha y se rascó la cabeza.

—Un rato antes de que se despertara.

—Así está mejor —admití—. ¿Cómo hicieron? ¿Me drogaron?

El que tejía pegó un tirón demasiado fuerte del ovillo, que salió rodando a través de la habitación. Dejó su tejido en el suelo y fue a buscarlo, gateando.

—Me es imposible responder, desde el momento en que no hemos sido nosotros quienes lo trajeron a la existencia.

—¿Cómo vine, entonces? ¿Volando? ¿Caminando dormido?

—No sabemos. En un momento dado no existía, y en el siguiente sí. Empezó a existir echado en la misma cama en que se despertó. Siguiendo el ordenamiento de actividades apropiado fuimos inmediatamente a meditar sobre el asunto.

Lo miré.

—¿Espera que le crea?

—No. Se le ha informado que es libre. Si yo esperara algo de usted, su liíbertad se resentiría.

Inútil insistir. Terminé el desayuno y volví a mirar por la ventana. Cada vez era más urgente salir de ese lugar absurdo. Mi amigo ya habría pregunítado por mí en el hotel, y a esa altura estaría empezando a preocuparse. Pronto llamaría a mi casa, asustaría a todos, haría intervenir a la policía, y las cosas llegarían a un punto en que no fuera fácil volver atrás.

—Recuerde que quiero un medio de transporte para salir de la isla —dije.

El monje cerró los ojos y pensó durante un rato. Hubo un momento en que se tambaleó y tuvo que apoyarse en la mesa para mantener el equilibrio. En tanto, el tejedor seguía con su trabajo. Era muy rápido. Entre sus manos se iba formando una túnica, a tanta velocidad que me costaba creerlo. El ovillo giraba y giraba: ahora lo sostenía entre los pies, para que no volviera a esícaparse.

—Tendremos que fabricarlo —dijo finalmente mi guía.

—¿Cómo? —pregunté—. ¿No tienen ni siquiera una lancha?

—No. Ya sabe que no hay tráfico entre las islas.

Una imagen me pasó por la cabeza: el mar, sin un solo buque a la vista. En la terraza no le había dado importancia a ese dato. Ahora me preocuípaba.

—Está mintiendo —dije, porque no podía decir otra cosa—. De algún modo me trajeron, y del mismo modo puedo volver.

—Es curioso que piense así —dijo mi guía—. Si no sabemos cómo pasó de la inexistencia a la existencia, por lo tanto desconocemos cómo devolíverlo a la inexistencia.

Apoyé los codos en la mesa y la cara en las manos. El tejedor tenía en sus manos una túnica completa, y actuaba como si realmente hubiera podido tejerla en tan poco tiempo: no llegué a percibir el truco que había usado para engañarme. Se quitó la túnica que llevaba puesta y se puso la nueva.

* * *

12. Muelle

—¿Cuánto tardarán en hacer un barco? —pregunté, al borde de sentirme derrotado.

—Un día o dos —dijo el monje—. Tenemos poca experiencia.

Más engaños. ¿Era poca la experiencia necesaria para construir un barco en uno o dos días? Pero no pregunté cómo iban a hacerlo:

—Háganlo —ordené.

El monje se puso de pie, inclinó la cabeza y salió de la habitación. Me apuré a seguirlo, valija en mano. Así atravesamos nuevamente los pasillos, un camino que empezaba a resultarme familiar, y volvimos a la terraza, donde todavía quedaban algunos monjes discutiendo. Caminamos hacia un extremo y bajamos a la orilla del mar por una escalera angosta y empinada, la más empinada que recuerdo de toda mi vida. Entre las rocas había un muelle de piedra, muy gastado por las olas. El agua me salpicaba la cara.

—¿Cómo es que tienen un muelle, si no navegan nunca? —pregunté.

—Es muy antiguo —dijo mi guía—. Nuestro congreso número once mil doscientos tres introdujo la hipótesis de que en tiempos remotos había barícos y navegantes. Fue Ung quien, con su gran poder de convicción, razonó acerca de la variabilidad de las leyes físicas.
Junto al muelle había un grupo de monjes, que caminaban en ronda denítro de un círculo de cinco o seis metros. Mi guía se acercó a ellos y les habló en voz baja. No oí lo que decía, pero vi que hacía gestos amplios, como si quisiera darle forma a algo en el aire. Me dí cuenta de que les explicaba qué era esa cosa rara que yo quería. Los otros repitieron los gestos, movieron las cabezas, y subieron por la misma escalera por la que nosotros habíamos bajado.

—Son ingenieros —explicó mi guía—. Se van a encargar de cumplir con su pedido.
Después bajó la cabeza y se ruborizó.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté.

—Yo —dijo—, nosotros… —Hablaba en un susurro, tan bajo que apenas se oía.

—¿Qué?

—Pedimos disculpas —dijo en el mismo tono—, porque sabemos que es una intromisión en su libertad, pero…

Me puse en guardia. El monje recobró parte de su serenidad, y agregó:

—Se le habló de un posible tratado de lógica que usted estaría en condiíciones de escribir, sin medir las consecuencias. Eso significa que esperamos algo de usted, lo cual condiciona su libre albedrío, pero…

—¿De veras quieren que lo escriba? —Estaba sorprendido.

El monje se ofendió.

—No dije eso. Jamás vamos a pretender que usted haga algo. Tal vez, sólo tal vez, podríamos sugerir la posibilidad de que si a usted se le ocuírriera espontáneamente escribir ese tratado, yo…, nosotros… podríamos enítregarle papel y lápiz para hacerlo.

* * *

13. Tratado

Se calló, por si le daba alguna respuesta. Yo empezaba a comprender que la construcción del barco, aún dentro del imposible plazo prometido, significaría una demora importante. A pesar del miedo ausente, mis pensaímientos me provocaban angustia: la idea de pasar una noche en ese sitio, o dos noches; la perspectiva de seguir oyendo los discursos de los monjes, entrando poco a poco en sus círculos viciosos; la seguridad de que mi amigo no dejaría pasar tanto tiempo antes de avisar a todo el mundo sobre mi deísaparición. Necesitaba algo a qué aferrarme, algo que ocupara los engranaíjes de mi cerebro que ahora tendían a girar en vacío, construyendo nuevas demoras, nuevos imprevistos, nuevos engaños de los monjes.

Le dije que sí, y me sentí mejor. Era bueno responder al absurdo con más absurdo. El monje demostró su alegría batiendo palmas. Hasta es posible que haya sonreído, pero movió la cabeza de tal modo que la capucha le cuíbrió la boca y no pude verlo bien. Luego subimos a la terraza, entramos a los pasillos, y me condujo a una habitación donde había un escritorio bajo la ventanita de cárcel. Encima del escritorio estaban los elementos necesarios para que hiciera mi trabajo. Me senté, y el guía empezó a alejarse.

—No se vaya —le grité. No tenía intención de estar solo en ese sitio. El monje se quedó donde estaba, mirando hacia el pasillo. No volvió a moíverse.

Un tratado de lógica. Sin duda, debía tomar el encargo de modo figurado. En todo caso, sería la excusa para pensar en cuestiones divertidas mientras dejaba pasar el tiempo. Repasé mentalmente lo poco que había aprendido de lógica en el colegio, lo deseché por aburrido, y empecé a escribir: la actiívidad más natural en mí, un descanso, un recreo.

Al principio traté de mantenerme dentro del sentido común, o por lo meínos en sus proximidades, pero pronto recordé que los monjes no se caracteírizaban precisamente por su sentido común, y anoté cosas como esta:

Una afirmación puede ser verdadera por omisión o por comisión. Si bien ambas posibilidades riman entre sí, y también con conceptos como ablución, caparazón o erupción, hay profundas diferencias entre una y otra. La verdad por omisión se caracteriza por la ausencia de falsedad, mientras que la verdad por comisión puede incluir cierto porícentaje, a condición de que sea necesario para el entendimiento real y pleno de la verdad. Un método adecuado para distinguir entre ambas clases de verdad consiste en lo siguiente: según los últimos trabajos en la materia, la c de comisión ha sido agregada recientemente; en su origen, entonces, ambas verdades eran llamadas verdades por omiísión; por lo tanto, basta con precisar la antiguedad de la c en cualquier pretendida verdad por comisión para distinguir las auténticas de las falsas (es sabido que en las verdades por comisión falsas, la c tiene siempre la misma antiguedad que el resto de la palabra).

No tardé mucho en descubrir que el ánimo para armar cadenas de razoínamiento como esa, donde aún quedaban rasgos de coherencia, se agotaba pronto, y opté por otro camino:

Si p es verdadero y q es falso, entonces las cucharas crecen en el interior de las flores. Si p es falso y q es verdadero, las que crecen son las flores (en el interior de las cucharas). ¿Cómo determinar el valor de verdad de p y q, sin viviseccionar flores ni cucharas? En primer luígar, se elige un edificio de proporciones adecuadas, y se mira en diírección a la ventana central del segundo piso con intenciones homiciídas. Si alguien se asoma a la ventana, se arroja el cuchillo. En caso contrario, se mide con una vara de mimbre la longitud de la nube más alta que corra por el cielo, utilizando como unidad el deseo de crecer. Hecho esto, la veracidad de p y la veracidad de q habrán pasado al teírreno de lo indiferente.

Pero también me cansé de eso. Durante un rato estuve haciendo una lista de palabras de cinco letras con tres vocales, después anoté treinta palabras que empiezan con zeta, y más tarde una lista de seres mitológicos.

Por supuesto, me dediqué a hacer un trabajo prolijo y lo más amplio posiíble. Sólo así podía contener las corrientes oscuras que había en el sótano de mi imaginación. De modo que escribí muchas hojas, lo cual me llevó vaírias horas, y después volví a sentir hambre.

* * *

14. Antorchas

Mientras caminaba hacia el comedor detrás de mi guía vi que en una paíred habían hecho esta inscripción:

SI P ES CIERTO Y Q ES FALSO,
ENTONCES LAS CUCHARAS CRECEN
EN EL INTERIOR DE LAS FLORES

—¿De dónde salió esto? —le pregunté a mi guía.

—Fue hecho en los últimos minutos —contestó—. Lo consideramos un concepto particularmente interesante.

Comimos en silencio, mi guía y yo, cada uno con su propio tazón y sus galletas. No había tejedores, ni gente luchando con bancos rotos. Mi guía no decía nada, y yo no tenía ganas de discutir sobre existencias e inexistencias. Sólo hice un descubrimiento menor: en Galgalabaram los baños pertenecían al terreno de lo inexistente; después de comer le pregunté a mi guía por un baño, y me señaló las paredes. Comprendí, por lo menos, de dónde proveínía la humedad del suelo.

Más tarde seguí escribiendo, agregando al tratado un resumen de las reíglas del ajedrez en términos astronómicos, una lista de verbos irregulares, la descripción de mi escritorio, un método para desarrollar calendarios a partir de los ciclos de la mosca de la fruta. De este modo el resto del día pasó tan rápido que apenas me dí cuenta. Volví a comer, y ya era de noche. Un corteíjo de monjes recorría las habitaciones colgando antorchas encendidas de las paredes.

El laberinto de pasillos no era peor de noche que de día: sólo cambiaba la disposición de las sombras. Mi guía me llevó al lugar donde me había desípertado esa mañana, o a otro muy parecido, y me acosté sin quitarme la túínica. El aire estaba espeso por el humo de las antorchas. Di vueltas y vuelítas antes de dormirme.

* * *

15. Idea

A la mañana siguiente me ardían los ojos, tenía sed y estaba de mal huímor. Cuando me desperté tuve que ver a mi guía junto a la puerta para darme cuenta de que Galgalabaram no era un sueño. La ventana seguía en su sitio, dejando pasar los rayos del mismo sol del día anterior. Esta vez no había pájaros, pero a modo de compensación el hilo de agua que surcaba la pared parecía más caudaloso. Mi guía conservaba la cara de viejo, las maínos metidas en las mangas de la túnica, los pies deformes. Las inscripciones de las paredes me hacían burla. Me senté en la cama, estiré los brazos y dije:

—¿Todavía estoy acá?

El monje empezó a pensar una respuesta, pero no le di tiempo. Pedí agua, y me trajo una cazuela llena de un líquido en el que nadaban cosas oscuras. Lo tiré, me puse la valija bajo el brazo y salimos hacia el comedor.

No pensé en lavarme, ni en buscar un baño, ni en mirar al otro extremo del pasillo esperando ver una alfombra, un equipo de aire acondicionado, un vidrio que me separara de la calle. Tampoco recordé a mi amigo que espeíraba. Lo conocido empezaba a resultar lejano no sólo en el espacio sino también en el pensamiento. El haber pasado una noche en la isla me hacía sentir parte de ese otro mundo, donde me pedían tratados de lógica y consítruían un barco para mí. Las paredes eran reales. Los pies del monje que me guiaba se apoyaban en la tierra y los míos seguían sus huellas. No había otro suelo que pisar, ni otro techo que el que me rozaba la cabeza. Tal vez había aprendido a tener paciencia, ya que no miedo. El miedo seguía oculto.

Después del desayuno me dejé guiar a la habitación del escritorio. No me quedaban ganas de escribir, y decidí resolver el problema de otra manera. Apoyé la valija en el escritorio, la abrí, busqué unos borradores descartados de mi última novela y los agregué al supuesto tratado de lógica. Tal vez los monjes los apreciaran más que cualquier editor. Junté todo, lo alisé, le quité el polvo que no tenía y se lo di a mi guía con una reverencia. No dijo nada, pero lo guardó entre los pliegues de la túnica.

—¿Y ahora qué? —dije.

—No comprendo —contestó.

—Qué hacemos.

—Mis actividades consisten en cumplir con sus requerimientos y aprender la nueva lógica. No sé en qué consisten las suyas, ni tengo el derecho de saberlo por anticipado.

—¿Falta mucho para que terminen el barco?

—La respuesta depende de cuál sea para usted el límite entre mucho y poco. En nuestro congreso número doce mil ciento catorce, el tema central giró en torno a…

Me senté y eché la cabeza hacia atrás. El día prometía ser un desastre. Ya no había nada que me llamara la atención en Galgalabaram, y, para colmo, ni siquiera dependía de mí el momento de la partida.

¿O sí?

Tuve una idea:

—Quiero recorrer la isla.

Me puse de pie, otra vez ansioso por hacer algo. Si el sector conocido de Galgalabaram ofrecía pocas oportunidades, era posible que en otros sectoíres ocurriera lo contrario. Tal vez en alguna parte hubiera una ciudad como la mía, otra clase de habitantes menos divertidos pero más razonables que los monjes. Tal vez Galgalabaram ni siquiera fuese una isla.
Pero mi guía, como de costumbre, estaba poco dispuesto a facilitar las cosas.

—La acción de recorrer una isla —dijo—, según qué acepción del término se adopte, puede ofrecer serios problemas.

—¿Qué problemas?

—Si recorrer significa caminar por cada uno de sus puntos, inspeccionar cada rincón, la tarea…

—Eso no es una respuesta. ¿Por qué no puedo conocer la isla? ¿Qué tienen que ocultar?

Aspiró hondo, y estuvo a punto de caer de espaldas.

—Desearía que fuera tan amable como para hacer sólo una observación por vez. No es que pretenda entrometerme con su libertad, pero si usted esípera que le responda con cierta solvencia…

—Está bien, olvídese de lo que dije y continúe.

—Lo lamento muchísimo, pero soy incapaz de olvidar algo.

Me correspondió a mí aspirar hondo, y decidí que lo mejor era empezar otra vez.

—Oiga bien, y no me interrumpa. Quiero conocer algunos lugares de la isla. En lo posible, me gustaría ir hasta el otro extremo, o por lo menos camiínar hasta donde haya algo que pueda interesarme. Por eso necesito que usted me guíe, y espero, por su propio bien, que no tenga inconvenientes para hacerlo. ¿Entendió?

—¿Terminó de hablar? —dijo con timidez—. Si le contesto, ¿considerará que lo interrumpo?

* * *

16. Excursión

Con bastante paciencia conseguí que la discusión sólo durara unos minuítos más. Finalmente resultó que no tenía objeciones para guiarme.

—¿Prefiere ir por los pasillos o por el exterior? —preguntó.

Casi ni pensé la respuesta, y así fuimos por tercera vez a la terraza, donde el monje me llevó hasta un sitio donde la pared tenía muescas en las que se podían apoyar pies y manos. Subí con trabajo, por culpa de la valija, mientras el monje saltaba de muesca en muesca como un gato. La pared debía tener treinta metros de altura: cuando llegamos arriba me eché al suelo para recuperar el aire.

El paisaje que vi no tenía relación con lo que esperaba. Si a un lado estíaíba la pared, cayendo a pico, al otro había un bosquecillo de tilos. Junto a mí corría un arroyo de agua clara que se acercaba al borde, volvía a alejarse y se perdía entre los árboles. Metí la cabeza en el agua, tomé un poco y me lavé la cara y las manos. Mi guía cruzó la corriente de un salto, y lo seguí.

Recién entonces entendí cuál era el sistema de construcción de los moníjes: hacían agujeros bajo tierra, y levantaban paredes en su interior. Los pasillos y habitaciones que había visto eran parte de una caverna artificial. El verdadero suelo de la isla, que ahora pisaba, se había transformado en techo, y estaba sostenido por las sólidas paredes de los monjes.

Cada veinte o treinta metros había un agujero en el terreno. Eran los paítios que ya conocía. Allí abajo estaban las ventanas, y al fondo andaban los monjes, algunos escribiendo en la pared. Parecían animales caídos en una trampa.

Tras el bosquecillo aparecieron plantaciones de cereales, campos cercaídos en los que pastaba el ganado, otros arroyos, fuentes y manantiales. El toque de irrealidad lo daban los monjes que brotaban de la tierra: había vaírias salidas, pozos angostos y oscuros en los que a duras penas se llegaba a ver una escalera o unas muescas como las que habíamos usado para suíbir desde la terraza.

Me atrajo una puerta situada en medio de un prado, y me acerqué a ella. Era la primera puerta que venía en Galgalabaram, y no daba a ninguna parte. Un grupo de ovejas pastaba a su alrededor. El picaporte estaba aseígurado con un candado.

—¿Para qué sirve? —le pregunté a mi guía.

—Para recordar que hay cosas prohibidas.

—¿Cómo?

—Es imposible abrir esta puerta. Quienes lo intentaron terminaron reconociendo su fracaso.

—¿Y para qué querían abrirla?

—Para demostrar la relatividad de los dogmas.

Más adelante apareció un monolito, que según mi guía señalaba el centro de la isla. Sin embargo, estaba bastante cerca de la costa, y se lo dije.

—¿Acaso usted no toma en cuenta el estado emocional como elemento geométrico? —respondió—. Nuestro corazón siente profundamente que el centro de la isla está aquí, como lo determinó nuestro congreso número tres mil cuatrocientos treinta y uno, y no creemos que haya argumentos válidos en contra.

No volví a hacer preguntas.

A medida que avanzábamos me fui haciendo una idea mejor de la distriíbución de Galgalabaram. No sólo era una isla, como decían los monjes, sino que se trataba de una isla pequeña. Casi siempre se veía el mar a ambos lados, y a poco de caminar lo vi también al frente. La ciudad ocupaba todo el subsuelo, sin interrupción.

El paseo de un extremo al otro de la isla nos llevó sólo una hora. Más allá había otras islas sin señales de vida, a varios kilómetros de distancia, y un islote más pequeño a cien o ciento cincuenta metros. El islote era una montaña escarpada, sin vegetación, que salía del mar como una pared.

Mi guía notó que lo observaba, y me preguntó si también quería visitarlo.

—¿Nadando? —dije.

—No —contestó—. Forma parte de Galgalabaram. Tenemos habitaciones bajo la superficie del mar. Caminando por ellas llegaríamos enseguida.

No acepté. Tras el fracaso de la excursión sólo me interesaba volver a la terraza y al muelle, a esperar mi barco. El guía protestó por el error que constituía semejante empleo restrictivo del término recorrer. Levanté una piedra, pesada y dura como la cabeza de un monje, y la tiré al agua con toídas mis fuerzas. Apenas hubo un chapoteo en el único mar. Empezamos el camino de regreso.

* * *

17. Barco

El barco estaba terminado.

Más que barco era una lancha grande, con motor. Bajamos al muelle y la miré con ojo crítico. Estaba hecha con maderas sin pulir, y tenía el casco reícubierto de brea. Mientras la observaba la echaron al agua. Flotó, lo que no era un mal indicio. Los constructores parecían orgullosos de su obra, porque se señalaban detalles mutuamente y comentaban en voz alta el ingenio desplegado en la solución de tal o cual problema.

Yo también tenía una sensación de triunfo, pero los monjes aún podían tenderme una trampa, y decidí mantenerme en guardia.

Para empezar, era dudoso que hubieran fabricado la lancha en las últimas horas.

—¿De dónde obtuvieron el motor? —pregunté. Era un aparato grande, viejo y oxidado.

—Del esfuerzo creador de Ung —contestó un ingeniero.

—¿Y cómo funciona el esfuerzo creador de Ung? —insistí.

—Elevo mis aspiraciones —dijo otro, sin duda el propio Ung—, hasta que alcanzan el grado de realidades. En general, es necesario que Ong adapte esas realidades a los usos específicos a que están destinadas.

—Pero esa es una tarea sencilla —intervino uno más, probablemente Ong—. Me basta con aplicar una dosis de selección natural. Las creaciones no prácticas, en general, duran poco tiempo.

Mientras, yo seguía estudiando la lancha.

—¿Tiene combustible, por lo menos?

—Hay un tanque, bajo la línea de flotación, con ciento cincuenta libros.

—Litros, querrá decir.

—Libros. El generador de energía por plegado de papel fue uno de nuesítros mayores éxitos en la construcción de este vehículo marítimo.

No tenía mayores motivos para confiar en ellos, pero tampoco ganaba nada con echarme atrás y negarme a usar la lancha. En todo caso ya tenía un plan para asegurarme de que la lancha funcionaba bien. Sin embargo, antes de aplicar mi plan debía resolver otro detalle, y me dirigí a mi guía:

—Ahora deme la valija con mi ropa.

—No sé de qué habla —contestó.

—Es una valija como ésta —señalé la que llevaba bajo el brazo—, que en vez de papeles tiene ropa. La necesito.

—No conozco la existencia de ningún objeto que responda a esa desícripción.

—Pregúntele a los demás —propuse.

—Nadie conoce un objeto así —dijo mi guía, muy seguro de sí mismo—. Debe haber quedado en el terreno de lo inexistente, junto a su casa y el resto de su entorno.

Me dio rabia, porque estaba convencido de que mentían.

—Recurra al esfuerzo creador de Ung, entonces —dije.

El que debía ser Ung me había oído. Se puso rígido y cerró los ojos. Estuívo así durante unos segundos, y volvió a relajarse.

—No puedo hacer nada —dijo después—. Ese objeto no forma parte de mis aspiraciones —sonrió—. Mucho menos puede llegar a ser una realidad.

* * *

18. Rehén

Opté por no insistir. Considerando la situación, perder un par de camisas era el menor de los males. Lo importante era escapar de Galgalabaram, acercarme a casa, explicar a todos lo que había ocurrido para compartir el asombro. Miré el mar, sintiendo cómo el viento me despeinaba. Las olas saícudían la lancha con cariño, como si se dieran cuenta de lo frágil que era.

—Me voy, entonces —dije, poniendo mi plan en marcha: en vez de subir a la lancha me acerqué al que había sido mi guía y lo agarré del brazo—. Pero usted viene conmigo.

El monje dio un salto hacia atrás, y estuvimos a punto de caer al agua.

—No puedo —gritó.

—¿Por qué? ¿Quién se lo prohíbe?

—El orden natural de las cosas —intervino un ingeniero. Mi rehén estaba demasiado nervioso para hablar. —No podemos salir de la isla. Es una imíposibilidad tan cierta como que las cosas caigan hacia arriba.

—¿No será que esta lancha es pura utilería? —pregunté.

—De ninguna manera, cualquiera sea el sentido que usted dé a la palabra utilería.

—Si es así, vamos —le dije a mi rehén, arrastrándolo hacia la lancha.

—Si lo desea haré un intento —respondió dejándose llevar—, para deímostrarle lo que no necesita ser demostrado.

Subió a bordo sin necesidad de que lo empujara, y lo seguí. El se sentó a popa y yo a proa, donde estaba el mecanismo que permitía maniobrar con la lancha. Ordené que soltaran las amarras, pero en ese momento vi que otro monje bajaba la escalera, agitando algo que traía en la mano.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté.

—Esto es para usted —dijo el monje cuando llegó al muelle. Se acercó a la lancha y me arrojó lo que traía: una carpeta de cuero. La tapa decía, en letras doradas:

NUEVO TRATADO DE LOGICA

Era una copia de mi trabajo.

—Pero… —empecé a decir, y la frase terminó en esa sola palabra. Estaba seguro de que el tratado seguía dentro de la túnica de mi rehén. ¿Cómo haíbían hecho para copiarlo?

Pensé en preguntarles, pero no era la curiosidad lo que me movía con más fuerza. Guardé el regalo en la valija, sin pensar más en el asunto, y volví a ordenar que soltaran las amarras. Encendí el motor siguiendo las instrucciones de un ingeniero y crucé los dedos: si la lancha era poco conífiable, yo, como navegante, lo era menos. Además, el mecanismo que tenía ante mí era un tanto arbitrario: una palanca, que según me explicó otro inígeniero estaba conectada al motor; empujándola a la derecha, la lancha avanzaba en línea recta; moviéndola hacia la izquierda, viraba a la derecha; y llevándola hacia adelante viraba a la izquierda. Parecía que el esfuerzo creador de Ung hubiera descubierto el concepto de timón mientras construía la lancha, y la selección natural de Ong lo hubiese interpretado de una maínera retorcida y estúpida.

Cuando partimos levanté un brazo para saludar, pero los monjes no miraíban: subían por la escalera, dándonos la espalda, como si no ocurriera nada. Mi guía estaba encogido en su asiento, inmóvil, con la cabeza baja y las manos entre las piernas.

Ya sabía a dónde ir: a la isla de las dos columnas gigantescas. Era el sitio más cercano, y las columnas el único objeto artificial que se veía en los alreídedores de Galgalabaram. Donde había algo artificial podía haber gente, y la gente seguramente iba a ayudarme. De modo que puse proa en esa diírección, y pronto nos alejamos lo suficiente de Galgalabaram como para abarcarla con una sola mirada.

Mantenía la vista al frente, para no perder el rumbo, y con el ruido del motor apenas oí el chapoteo. Cuando me dí vuelta vi que mi rehén ya no estaba a bordo.

Se había echado al agua, y nadaba a toda velocidad hacia Galgalabaram.

* * *

Nota:

Escribí la primera versión de este cuento en 1981, y por entonces era el primer capítulo de una novela que se iba a llamar Juegos imposibles. En años siguientes hice muchos cambios, agregué, quité, y de a poco se fue convirtiendo en una entidad autónoma. Mientras tanto, Juegos imposibles pasó a ser el título de un cassette de música mayormente instrumental que se puede escuchar (y bajar) acá. En 1989, la revista Cuasar publicó una versión de “Galgalabaram” bastante parecida a la que ahora reproduzco acá. No recuerdo cuándo hice las últimas correcciones, pero calculo que habrá sido hace unos diez años.

El choque

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La mujer salía del kiosco mirando la botellita de Coca Light, de manera que se llevó por delante al viejo que venía del otro lado. El viejo usaba anteojos de esos que traen doble juego de vidrios: un juego para la miopía y, encima, otro juego para el sol. Los vidrios oscuros, para el sol, estaban levantados como aletas, o como rasgos de una caricatura, salidos de Cartoon Network una tarde aburrida. El viejo, que de algún modo llegó a prever el choque pero no a evitarlo, emitió un quejido suave, que oí porque justo en ese momento me acercaba desde el otro lado y no había ningún auto haciendo ruido en las proximidades. Luego se llevó la mano al pecho, donde lo había golpeado el codo de la mujer.

La mujer, en cambio, se asustó mucho: gritó, soltó la botellita de Coca Light y se llevó no una sino las dos manos al pecho. La botellita rebotó sin romperse, pero como estaba abierta empezó a sangrar ese líquido oscuro como barro. El viejo empezó a inclinarse para agarrarla, pero yo fui más rápido, con esos reflejos estúpidos que uno adquiere tras varias décadas de vida urbana.

Levanté la botellita, enderecé la pajita con dos dedos sin darme cuenta de que tal vez no fuera un gesto del todo correcto, y ofrecí lo que quedaba del líquido a la mujer. La mujer había cerrado los ojos, de manera que no me vio, y estaba completamente inmóvil. Mientras tanto, el viejo se volvió a incorporar lentamente, se alisó el saco, se acomodó los bolsillos que de todos modos no habían sufrido ningún daño, y bajó los lentes oscuros como si así pudiera ver mejor. Los dos, el viejo y yo, nos quedamos estudiando la reacción de la mujer.

Podía tener cuarenta años. En otras palabras, cualquier edad entre treinta y dos y cincuenta. Llevaba el pelo color cereza, largo hasta el cuello, partido al medio. Vestía una blusa verde, bastante suelta, y pantalones negros. La posición de la cabeza hacia que la nariz corta apuntara hacia arriba, en ese gesto universal de pedir ayuda a los dioses. Se había pintado las uñas de color violeta, con un círculo blanco en el centro de cada una. La boca abierta dejaba ver los dientes de abajo, desparejos pero completos. Mientras mirábamos empezó a sacar la lengua, lentamente, acariciando el labio superior.

Noté que el viejo desviaba la vista en mi dirección, tal vez sorprendido, tal vez pensando que no era correcto contemplar esa exhibición, y luego volvía a concentrarla en la cara de la mujer. La lengua terminó de salir, larga, roja como carne fresca, con bordes brillantes por la humedad. La mujer levantó la mano derecha y, como quien busca el interruptor de la luz en mitad de la noche, tanteó hasta dar con el dedo índice en la punta de la lengua.

Se quedó así unos segundos, y luego extendió el brazo hacia adelante, mientras guardaba la lengua. Siempre con los ojos cerrados y el índice extendido, trazó un dibujo imaginario en el aire, algo como un círculo partido al medio, seguido de dos patas, y por último el pausado lanzamiento de un cohete, que casi pudimos ver partiendo hacia la luna mientras la mano de la mujer trazaba un arco que terminó justo encima de su cabeza.

Yo seguía con la botellita en la mano, sin saber qué hacer, esperando. Ponerla en el suelo me pareció poco cortés. Dársela al viejo, una solución improbable porque dependía de que él la aceptara. En tanto, el viejo estaba cautivado por esa lengua expuesta, y hasta se inclinó un poco hacia adelante para ver qué había adentro de la boca de la mujer.

La mujer bajó el brazo hasta dejarlo en reposo junto al cuerpo, y luego bajó también el otro brazo. La cabeza, en cambio, se echó aún más atrás. La lengua se retrajo poco a poco, pasando apenas entre los dientes que se iban cerrando. La boca quedó convertida en una mueca que podía ser risa o rabia o miedo o algo para lo que sólo un psiquiatra tuviera nombre. Así se quedó mientras alguien, cualquiera, pasaba a nuestro lado, miraba y seguía su camino. Había una línea casi recta desde el mentón hasta el vértice del cuello de la blusa. Entonces la mujer aspiró hondo, dejó que los labios se relajaran y bajó la cabeza mientras soltaba el aire con fuerza.

Con el mentón en el pecho abrió los ojos, se miró la punta de los pies, y luego giró la cabeza en dirección al viejo. Lo miró por primera vez, directamente a la nariz. Me habría gustado verle la expresión, pero ahora tenía su nuca, y un fragmento de oreja rodeado de pelo cereza, por todo espectáculo. Este era el momento de devolverle la botella. O de irme, simulando que no había visto nada, escondiendo la botella de su vista para tirarla en el próximo tacho de basura. También el viejo podría haberse ido, o dicho algo en ese mismo instante.

No ocurrió nada de eso. Yo me quedé quieto. El viejo levantó otra vez los vidrios oscuros y devolvió la mirada, intrigado. Pasaron segundos muy largos. Sonó un bocinazo en la esquina. Oí el chirrido de los frenos de un colectivo viejo. La mujer abrió la boca otra vez, movió la cabeza de izquierda a derecha hasta que el pelo se balanceó al mismo ritmo, y pronunciando cada letra con cuidado, concentradamente, dijo:

—Viejo de mierda.

La llamada

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—¿Hola? ¿Hola? ¿Me oye?

Es casi todo ruido, pero estoy seguro de que hay una voz al otro lado. No le entiendo ni una palabra. Sigo hablando:

—Mire. Llamo por… Lo que necesito… Llamo desde un celular. Tengo poca batería.

El ruido parece tomar forma de “escucho”, de “siga”, de “hable”. Me alcanza. Tal vez debí ensayar lo que diría, antes de hacer la llamada. Pero no se me ocurrió. Improviso:

—El tema es que me acabo de despertar y no sé dónde estoy. Parece un campo. Mucho no veo porque estoy acostado en el suelo, panza abajo, con la cabeza de costado. El sol me da en la nuca.

En el teléfono, el ruido disminuye por un momento y luego vuelve a crecer. Al otro lado hay una mujer, lo sé por el tono agudo de la voz, pero sigo sin estar seguro de que me entienda.

—Lo primero que veo es pasto. Lo tengo casi pegado a la cara. Un poco más allá hay un balde azul, de plástico. Sobre el balde hay una canilla oxidada, que sale de un caño que a su vez sale del piso. Oigo el viento en los árboles, pero árboles no veo. Pájaros tampoco. El pasto no se mueve. La canilla goteó una sola vez, pero no oí el ruido de la gota. Hace mucho calor.

Tengo el teléfono apretado contra el lado derecho de la cara, el que apunta hacia arriba. La posición es incómoda, y la mano que sostiene el teléfono me tapa una parte del poco panorama que hay desde aquí. La mujer que está al otro lado de las ondas podría estar hablando en otro idioma, o ser un perro pequeño, de esos que ladran como pájaros.

—No me puedo levantar, ni dar vuelta. No siento el cuerpo, de la cintura para abajo. No sé qué pasa. ¿Me entiende?

Ruido, ruido, ruido. Trato de aspirar hondo, pero me lo impide algo que se me clava en el pecho, tal vez una piedra. El celular está húmedo, resbaladizo, seguramente por la forma en que transpiro.

—Más allá del balde hay una casa con techo a dos aguas. Estará a veinte metros. O quince. La veo más chica que el balde. Tiene techo de chapa, pintado de verde aunque bastante descascarado. Hay dos ventanas, una a cada lado de una puerta. Seguro que esto les va a servir para encontrarme, ¿no es cierto? Las ventanas están cerradas, con la persiana baja. También la puerta está cerrada. Las paredes son blancas. Las persianas y la puerta son verde azuladas.

No, no es un perro pequeño. La mujer ahora suena como uñas en un pizarrón. Hay un momento que se parece a “entiendo”, hay un momento que se parece a “más”.

—Hay un hierro apoyado en la pared, junto a la puerta. Trato de darle todos los detalles, porque no sé qué puede ser más útil. No hay cerco. Aunque ahora que lo pienso puede ser que el cerco esté atrás de mi nuca. No puedo dar vuelta la cabeza para mirar, aunque me gustaría porque me está doliendo el cuello.

La voz del teléfono imita esas muñecas que chillan al apretarlas. Una vez, tres veces. Podría decir “qué”, o “ya”. O “ajá”. El calor del sol en la nuca se ha convertido en un dolor intenso, profundo. Me imagino un taladro lento y silencioso que penetra por el centro exacto de ese hueco que está bajo el hueso. Quisiera desconectarlo.

—Mire, no sé qué más decirle. Esto es bastante difícil para mí, ¿se da cuenta? No se me ocurre nada, me cuesta pensar. Sería más fácil si usted me hiciera preguntas.

Recuerdo que tengo otro brazo, el izquierdo, allá lejos, y me esfuerzo por llegar a él. Recorro mentalmente el hombro, tenso apenas los músculos, arrastro un poco la piel por el suelo y llego a la mano. El dorso de la mano está apoyado en el piso. Muevo los dedos en el aire. Es como haber encontrado un tesoro.

—Ah, mi nombre. Me gustaría saberlo. Mi edad. Mi domicilio. No sé nada. También sería bueno recordar qué hice anoche.

No sólo tengo calor, además tengo sueño. Son muchas cosas, así que estoy obligado a abandonar la mano recién encontrada. Entrecierro los ojos, juego a que mis pestañas son el pasto, o el pasto mis pestañas. Luego me cuesta abrirlos. El ruido del teléfono me hace pensar en un caracol gigante que tuve de chico, de esos que reproducen el mar. Detrás de las olas, la mujer que me escucha es el llamado de una gaviota.

—Mande a alguien, por favor. No, claro, no sabe dónde estoy. ¿No me pueden encontrar a través del teléfono? ¿No pueden seguir mi voz? Está bien, ya sé que no. Claro que no. Pero debe haber otra cosa que sea posible. Por favor, haga algo.

Una luz pequeña se abre paso entre el sueño y el calor, hasta llegar al foco de la consciencia: no recuerdo a qué número llamé. No recuerdo siquiera el momento en que apreté el celular contra la oreja, o cuándo pulsé las teclas para hacer la llamada, o cuándo saqué el celular de su soporte en el cinturón. Quisiera saber quién es esa mujer a la que no entiendo, que tal vez no me entienda. Mientras, el teléfono suena a tormentas en otro país, a gente abandonada en un edificio en llamas, a un bebé que empieza a tener ganas de llorar durante la noche.

—Mire, no tengo más fuerzas. No puedo seguir hablando. Voy a dejar el celular abierto, para ayudar a que me encuentren.

Pero antes de hacerlo todavía espero una respuesta. La mujer podría estar diciendo “sí”, “no”, “bueno”. Algo en el ruido suena a “ya estamos en camino”, aunque tal vez lo esté soñando.

—Los espero. La espero.

Ahora sí. Empiezo por cerrar los ojos. Luego dejo salir el aire. Entonces, sin soltar el teléfono, separo la mano de la mejilla y la dejo caer al suelo. En mi oído, el ruido sigue igual que antes.

Leyendo un libro

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Estoy sentado en el lado derecho del sofá, leyendo un libro. Me pica el lóbulo de la oreja izquierda. Cambio el libro de mano para rascarme, y descubro que detrás del lóbulo acostumbrado tengo otro igual, que es el que me pica.

Dejo el libro abierto, boca abajo, en el brazo del sofá, con la idea de levantarme e ir a verme en un espejo, pero me distraigo al notar que del nuevo lóbulo sale un pelo largo y grueso. Empiezo a seguir el pelo, apretándolo entre los dedos índice y pulgar. A unos treinta centímetros de la oreja el pelo pega un tirón: algo lo retiene desde abajo, al otro lado de mis dedos. Giro la cabeza mientras sigo la trayectoria del pelo, hasta comprobar que sale del almohadón que corresponde al asiento de la mitad izquierda del sofá. Trato de arrancar el pelo del almohadón, pero está demasiado firme. Suelto el pelo y levanto el almohadón con ambas manos.

Bajo el almohadón se abre un pozo ancho y profundo, del que sale olor a podrido. Una serie de huecos en la pared del pozo indican la posibilidad de bajar. Adentro del pozo está oscuro y húmedo. Alcanzo a ver un bicho que se escurre por debajo del otro almohadón, el que corresponde al respaldo de la mitad izquierda del sofá.

Me pongo de pie de una manera brusca. Con el movimiento, sin querer, tiro el libro al piso. Voy a la cocina, con el primer almohadón bajo el brazo y el pelo colgando de mi segundo lóbulo izquierdo. Con la mano que ahora tengo libre abro el cajón de los cubiertos y saco un cuchillo, de los que tienen serrucho. Apoyo el almohadón en la mesada, busco el pelo, lo mantengo bien tirante entre la mano y la tela, y me pongo a serrucharlo. Se corta enseguida. Sin soltarlo, devuelvo al cuchillo al cajón y camino en dirección al baño.

A mis espaldas, desde el living, se oye algo parecido al aire que escapa de un globo inflado, pero distante, como transmitido por un caño muy largo. Sin darme vuelta recorro el pasillo y entro al baño. Me miro al espejo. A primera vista no noto otros cambios en mí, más que el lóbulo extra. Abro el botiquín y saco una tijerita para uñas. Aprieto el pelo otra vez entre los dedos, lo más cerca posible de la oreja, acerco la tijerita y corto.

El dolor me indica rápidamente que tuve mala puntería. Cierro los ojos. Dejo caer la tijerita. Me agarro la oreja con ambas manos. Cuando vuelvo a abrir los ojos, la sangre ya me llega a los codos y gotea sobre la pileta. Agarro la toalla de baño, la más grande, y la aprieto con fuerza contra la oreja.

El ruido de globo que se desinfla se interrumpe, reemplazado por ruido de pisadas: un deslizarse seguido del crujido de un zapato, otro deslizarse, otro crujido, como de alguien que tiene problemas para caminar. Cierro la puerta del baño, la trabo, y vuelvo a mirarme al espejo. La toalla está roja y empapada de sangre. La separo de mi cabeza, y la oreja aparece limpia y seca. Tiro la toalla a la bañadera y me miro con más atención. El segundo lóbulo tiene un par de centímetros más que antes.

Levanto la tijerita del piso, vuelvo a agarrar el pelo y ensayo otro corte, esta vez con éxito. Apoyo la tijerita en el borde de la pileta y abro la canilla con la idea de lavarme la sangre. Al mismo tiempo, afuera del baño, las pisadas se detienen. Cierro la canilla. La sangre que me cubre los brazos ya empieza a secarse.

Hay un momento de silencio. Otro. Otro más. Por debajo de la puerta se desliza una hoja de papel. Parece estar en blanco. El papel toca los dedos de mi pie derecho y se detiene. De nuevo silencio. Todavía tengo una punta del pelo entre los dedos. La otra punta se pierde en algún lugar sobre el fondo de baldosas negras. Empiezo a inclinarme para recoger el papel. Un movimiento en el borde de la visión me hace detener antes de alcanzar el suelo.

Giro la cabeza a la izquierda, todavía inclinado, la mano derecha extendida hacia abajo. El bicho que escapó del agujero del sofá, u otro de su misma especie, camina por el espejo. Le calculo unos cinco centímetros de largo. Mayormente negro, tiene rayas transversales de un verde muy vivo, desde la cabeza hasta la cola. No es un insecto: más bien parece un ciempiés, delgado y flexible. La cabeza es esférica, desproporcionadamente grande, y oscila de un lado a otro como buscando algo. Tras recorrer una buena parte del espejo, el bicho se detiene y empieza a hundirse en la superficie que lo refleja. No está cavando, no está rompiendo: se hunde. Desaparece la cabeza, luego las rayas verdes, una por una, y finalmente la cola.

Abro el botiquín, para ver del lado de adentro, y no encuentro rastros del bicho. Lo cierro con un chasquido, justo antes de recordar que estaba tratando de no hacer ruido. Entonces sí, termino el movimiento que había empezado y levanto el papel.

Del lado inferior hay un dibujo infantil, que recuerda vagamente el bicho que acabo de ver. Junto al bicho hay una tijera abierta, rodeada por las rayas de movimiento que usan los dibujantes de historietas. El dibujo sugiere la idea de cortar el bicho por el medio. Dejo el papel sobre la tapa del inodoro, y al mismo tiempo me doy cuenta de que solté el pelo sin querer. Estiro la mano hacia la puerta, hasta recordar que afuera hay alguien, y vuelvo a retraerla.

En ese mismo instante oigo el ruido de algo metálico, como una herramienta, que cae al piso al otro lado, y de inmediato la puerta se abre sola. Retrocedo hasta chocar con la bañadera. Echado hacia atrás, me apoyo con una mano en la pared del fondo del baño.

Sin motivo aparente pienso en el libro que estaba leyendo, y en que al caer seguramente se perdió la página por la que iba.

La isla

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Desde el momento en que abre la puerta, el hombre no me deja hablar.

—Me alegra que haya venido —dice—. Venga por aquí.

Señala a un lado de la casa, un sendero de lajas que avanza entre la pared y el ligustro, y empieza a caminar. Aparenta unos treinta años. Está quemado por el sol, doblado por los vientos, envejecido por la ropa. Arriba, el cielo acumula capa tras capa de nubes, en preparación de algo que nadie, y mucho menos los meteorólogos, puede predecir.

—No esperaba que llegara tan pronto —sigue diciendo el hombre—. Llamé ayer, y me dijeron que tardarían más de una semana.

Quiero protestar: partí hace dos días, no sé de ninguna llamada. Pero el hombre, al que ahora sigo por el sendero de lajas, está decidido a seguir hablando.

—Pasé aquí toda mi vida, pero recién a los diez años empecé a hacer marcas. Acá está el patio, vea.

De pronto, el viento marino nos golpea. Todo cambia, especialmente el ruido y los olores. Me levanto el cuello del saco, aunque no haga frío. Acabamos de llegar a una superficie cuadrada cubierta de baldosas rojas, y ahí nos detenemos. No es grande: tal vez tenga tres metros de lado. Las baldosas son viejas, desparejas, y están sucias.

Unos pasos más allá está el acantilado, la caída, y finalmente el mar. Desde donde estamos no se ve dónde rompen las olas, sólo se las oye, como seres mitológicos que trataran de alcanzarnos con sus garras. El viento nos empuja hacia atrás.

—Es esa —señala el hombre, ahora casi a los gritos. Apunta con una mano al horizonte.

—¿Esa qué? —pregunto.

—La isla, ¿qué va a ser? La isla que se mueve.

Miro en la dirección que acaba de señalar, y encuentro a lo lejos algo que parece un barco distante, un dragón marino, la sombra de una nube de las muchas que se acercan. Sí, tiene que ser una isla, una roca en medio del agua, un nido de gaviotas. Pero no he venido a ver ninguna isla. Me ajusto la corbata, estiro el labio inferior hacia adelante, carraspeo, pienso en cómo llegar al tema que me trae por aquí. El hombre no me da tiempo.

—Aquí están las marcas —dice, mientras se pone de cuclillas junto al borde exterior del patio. Me acerco, y veo en la última línea de baldosas una serie de rayas imprecisas, grabadas con un objeto punzante, más o menos perpendiculares al borde del patio, que apuntan en dirección al agua—. Como le dije, empecé de chico. ¿Ve?, aquí —el hombre toca la primera raya de la izquierda—. Y seguí marcando la posición de la isla cada vez que cumplí años.

La mano del hombre avanza línea por línea, hacia la derecha. Algunas marcas son gruesas, otras largas, algunas más profundas, otras superficiales. Entre una raya y la siguiente hay dos o tres centímetros, a veces cinco, en un caso más de diez. Abarcan algo más de cinco baldosas. No llego a contarlas, pero un cálculo rápido me permite estimar que son unas cuarenta. El hombre es mayor de lo que creí.

Tengo otras cosas de qué hablar. Son importantes. He recorrido una distancia considerable, me he ensuciado los zapatos con barro, he preguntado en varias aldeas antes de encontrar la casa. Arreglo otra vez el cuello del saco, busco una lapicera en el bolsillo interior, miro a los lados, busco palabras, y sin embargo las palabras no aparecen.

—¿Qué son? —pregunto, señalando las rayas con la lapicera.

El hombre levanta la cabeza y me mira como si hubiera dicho una estupidez inmensa. Decepcionado, hace un gesto con ambas manos hacia afuera, hacia las olas.

—¿Qué van a ser? —exclama—. Son las marcas.

Me mira otra vez. Muevo la cabeza con rapidez de lado a lado, los labios arrugados, para indicar que no entiendo. El hombre aspira hondo y suelta el aire por la boca, en competencia con el viento que viene del mar. Cuando habla otra vez lo hace lentamente, a la manera de quien se dirige a un niño pequeño.

—Las marcas que hice para indicar por dónde iba la isla cada año —explica—. La isla que se mueve —alarga el índice de la mano derecha hacia la mancha que espera en mitad del océano—. Esa, ¿ve?

Me acerco al hombre y me inclino hasta apoyar las manos en las rodillas. El viento me echa el pelo sobre la frente. Miro una de las rayas y luego levanto la vista lentamente, con los ojos entrecerrados, hasta llegar a ese fantasma de la tierra que se parece a una nube.

—Cuando yo tenía diez años —dice el hombre—, la isla llegaba hasta acá —y señala otra vez la primera marca—. Con el tiempo se fue moviendo. El día de mi último cumpleaños llegó hasta ahí —y se inclina hacia mí, estirando el brazo derecho para señalar la última marca. Ahora ya está un poco más a la derecha. Apenas, claro. La diferencia casi no se ve.

Me pongo de cuclillas y busco mirar desde el mismo ángulo que el hombre, de una marca a la isla, de la isla a otra marca. Por delante de nosotros pasa al vuelo una gaviota: yo quisiera conservar el momento fugaz, inatrapable, en que oculta la isla por completo.

—¿No trajo cámara de fotos? —pregunta el hombre. No me da tiempo de responder—. Bueno, no importa. —Señala la lapicera que todavía tengo en la mano y agrega: —La cuestión es que escriba todo como es.

El hombre se incorpora, y yo también. Me aliso los pantalones, que el viento vuelve a arrugar. Me acomodo el pelo, que el viento vuelve a despeinar. Detrás de nosotros, la casa está en silencio. Las nubes se siguen apilando en lo alto. Hay menos luz que a mi llegada.

—El patio no va a durar para siempre, ¿se da cuenta? —dice el hombre tras una larga pausa—. ¿Cuántas baldosas quedan? Seis. Seis y dos tercios. ¿Cuánto tardará la isla en recorrer esa distancia? La cuestión es que un día el patio se va a terminar, y después ya no se sabe.

Nos miramos. Tengo la impresión de que ahora sí es mi turno, de que ahora debo decir algo. Pero no tengo la menor idea de qué.

Familia de aventureros

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Antes de iniciar la narración de mi vida debo decir que provengo de una familia de aventureros. Mis antepasados han sido exploradores y pioneros, corsarios y almirantes, astronautas y montañistas, científicos locos y artistas ambulantes.

Alguien con mi apellido participó en la expedición de Amundsen al Polo Sur. Se lo ve en una vieja foto, el segundo de una hilera de cuatro hombres, casi irreconocible por los gruesos abrigos y el granulado de la imagen.

Alguien que aún no tenía mi apellido pero aparece en mi árbol genealógico acompañó a Colón en el primero de sus viajes. Trepó a los mástiles muchas veces, convencido de que iba a ver el fin de un mundo, hasta el día en que descubrió el comienzo de otro.

Alguien de una rama paralela fue a la Luna, instaló una pequeña bandera y se dejó ver a la distancia por millones de terrestres asombrados. Otro incorporó elementos esenciales a una sonda que nos trajo imágenes de mundos aún más remotos.

Un bisabuelo se adelantó a Edison en la invención del gramófono, y renunció a la gloria por la mujer que amaba. Una tatarabuela sugirió a Jules Verne dos o tres de sus novelas, basada en experiencias personales. Un tío lejano participó en el robo más grande de la historia de Inglaterra, y nadie lo supo, jamás, fuera de nuestra familia.

Algunos de mis ancestros avanzaron con Roca hacia un desierto habitado, y otros de mis ancestros lo vieron llegar y lucharon contra él. La fiebre del oro alcanzó a distintas generaciones, desde la búsqueda de Eldorado hasta los fríos de Alaska. Las historias de Marco Polo no habrían llegado a nosotros sin el sacrificio personal de un miembro de mi familia. Stanley y el doctor Livingstone jamás se habrían encontrado de no ser por el milagroso sentido de la orientación de uno de los nuestros.

Un tío acompañó a Gandhi. Otro a Mao. Otro a Stalin. Otro a De Gaulle. Mis parientes estuvieron a bordo de los barcos cargados de esclavos, capitanes y también involuntarios pasajeros. Algunos se dedicaron a extrañas actividades en Transilvania. Algunos construyeron ferrocarriles en sitios inhóspitos. Algunos fueron secuestrados por extraterrestres y regresaron para contarlo.

Mi padre vivió en Groenlandia, en Sudán, en Indonesia. Mi madre acompañó a Hillary y a Norgay en las alturas del Himalaya. Mi padre inventó un sistema para sobrevivir a un cardumen de pirañas. Mi madre descubrió once especies de arañas venenosas, todas las cuales llevan su nombre. Mi padre tenía siempre un arma bajo el brazo, incluso mientras dormía. Mi madre no quería separarse de su botella de vodka, que sólo usaba con fines medicinales.

Y aquí, querido lector, es donde entro en el relato.

Desde pequeño aprendí que se debe avanzar antes que retroceder, luchar antes que rendirse, correr riesgos, apostar fuerte, ser más que valiente, temerario. El día de mi nacimiento mi padre partió a dar la vuelta al mundo en globo. Cuando cumplí un año, mi madre descubrió cavernas en lo profundo del África que se extendían por mil quinientos kilómetros.

Cuando tuve dos años mis padres me entregaron a una tía para proseguir sus aventuras, y a partir de entonces jamás olvidaron enviarme una tarjeta anual para que supiera dónde estaban, qué nueva empresa acometían, qué límite dejaban atrás.

Durante mi educación primaria en una escuela de pueblo hubo parientes que lucharon en guerras injustas, volaron al interior de un tornado, construyeron máquinas esquizofrénicas. Luego pasé cinco años en un colegio secundario, descubriendo a cada momento que alguien con mi apellido exploraba el fondo del mar, salvaba a los gorilas de la extinción, descubría curas para enfermedades misteriosas.

Decidido a estudiar abogacía, encontré dificultades por la necesidad de trabajar mientras cursaba: los múltiples intereses de mis padres y el hecho de que rara vez estuvieran a menos de diez mil kilómetros de distancia les impedían enviarme dinero. Abandoné la carrera y empecé a trabajar en el mostrador de un banco. Allí permanecería treinta y dos años llenos de emoción, ya que periódicamente oiría noticias de mis primos, desde los trapecios más altos, los laboratorios más secretos, las fronteras más inestables.

Me casé con la secretaria del gerente, una mujer bonita y tranquila que comprendió intensamente el valor de la historia familiar. Con el tiempo compramos una casa y tuvimos dos hijos, a quienes instruí personalmente en los elevados estándares de nuestra familia. Ya de bebés tuvieron acceso a los archivos de fotos, las enciclopedias, los libros de viaje en que se mencionaba a quienes nos habían antecedido en la tarea de dejar huella en este mundo. Adopté el hábito de reunir los recortes de diario que hablaban de la parentela, y durante décadas nos sentamos cada sábado, por la tarde, a leerlos juntos.

Los dos se recibieron de contadores, tienen novia y trabajan de ayudantes en estudios del ramo.

Ahora que las décadas han ido quedando atrás, las canas cubren mi frente de nieve y los ojos ya no ven con la nitidez de otros tiempos. Pensar se ha convertido en un dificultoso laberinto. Las noticias del mundo exterior se fueron espaciando de a poco, hasta cesar por completo. No sé cuánto tiempo he vivido en una habitación sombría, cama, ventana y silla descoloridas, porque a partir de cierto día cada uno me ha parecido el primero.

Es en este punto, entonces, que ha llegado el momento de decir adiós. Por eso, a primera hora de la madrugada me levanté sin hacer ruido, me lavé la cara, me puse un sobretodo que alguien olvidó sobre mi silla, busqué la crema para el sol y una botella de agua y escapé de quienes se opondrían sin duda a mis designios.

A pesar de las dificultades para andar he llegado donde quería y he puesto rumbo al último destino. Ahora el sol brilla en un cielo despejado, la brisa me sacude el cabello, el ruido del agua me acaricia los oídos, y escribo esta línea final a bordo de una balsa a la deriva en el mar de las Antillas.

Vidas paralelas

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A M. le gustaba escuchar los aviones, sobre todo al amanecer, cuando los otros ruidos de la ciudad les dejaban libre el aire y también la imaginación. Todavía en la cama, giraba la cabeza hasta tener el mejor ángulo para los oídos y disfrutaba de la aparición de las turbinas, el crescendo apenas perceptible, la ilusión de poder distinguir cuándo el avión despegaba y, un momento después, daba un giro a la izquierda para apuntar al río.

Había distintas clases de turbinas, aunque no podría precisar cuántas, ni qué las diferenciaba: cada madrugada parecían diferentes, compuestas por un conjunto nuevo de subruidos, distorsionadas por un conjunto nuevo de vientos y presiones atmosféricas, interpretadas por un conjunto nuevo de emociones y expectativas.

M. no sabía nada de aviones, salvo que a esa hora del día, antes de que todo lo demás empezara, practicaban su ejercicio especial para ella, el ballet monótono, el encanto sin razón.

Cada vez que se ponía a escuchar tenía la misma fantasía, o deseo, o terror: que el ruido de las turbinas se interrumpiera con un ruido de catástrofe, un choque, una explosión. No tenía idea de cómo sería ese otro ruido, cuán fuerte en relación con las turbinas, cuán largo, y ese desconocimiento era un obstáculo para perfeccionar la ilusión. “Tal vez”, pensaba M., “la catástrofe acaba de ocurrir, y simplemente no llegué a oírla”.

En la ventana de enfrente, a T. le gustaba crear ruidos de la nada, sintetizando sonidos en las tripas de la computadora, manejando con el mouse y el teclado un universo arbitrario que sin embargo solía mostrar inidicios del mundo de afuera. Los aviones eran su tema favorito: grandes jets, con turbinas mayores que un departamento sonando a lo lejos como un trueno constante.

Había logrado la imitación perfecta de ese ruido neblinoso en la distancia, y podía manipularlo para que se acercara o se alejara en la ilusión. Entonces jugaba a variarlo, a agregarle pequeños detalles que iban creando marcas y modelos de aviones de distintas épocas, distintas civilizaciones, distintos mundos. A veces eran aviones imposibles, aviones imaginarios, y otras eran aviones tan reales que casi saltaba a ver por la ventana el paso lento de una forma gris. T. no se documentaba, no buscaba el ruido verdadero, porque sabía que lo tenía en su interior, que podía extraerlo de las teclas y el mouse con la precisión de un sueño.

Pero T. quería ir más allá de ese poder creativo: esperaba tener los elementos suficientes para un día crear también la destrucción. Era difícil. Debía imaginar el ruido exacto de un choque, de una explosión, y su relación precisa con las turbinas. No necesariamente imitando la realidad, sino en sintonía exacta con esa fibra interna que parecía capaz de juzgar tales asuntos. El emprendimiento era tan complejo que aún no se atrevía a encararlo. Estaba claro que un fracaso inicial arruinaría las cosas para siempre, le quitaría ese carácter de espejismo que aún a él, el creador, lo envolvía. De manera que se armaba de paciencia y seguía explorando.

Sobre todo al amanecer.

Pronóstico

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El sabio anciano se dedica a estudiar el clima. Huele el aire, observa la actitud de las ovejas, clasifica la nubosidad, mide el color de las hojas de los árboles, anota la dirección del viento, el comportamiento del río, el ruido del volcán, las figuras que forma la borra del café. Deja todo escrito en una tablilla, y un día más tarde agrega el comentario final: si ha llovido o no.

De esta manera desarrolla un método para predecir si el día siguiente será lluvioso o seco. Cuando el método parece estar a punto, hace su primera predicción.

—Mañana lloverá —anuncia para sí mismo, solo en las profundidades del valle donde vive.

Al otro día no cae ni una gota de agua.

El sabio revisa cálculos y estadísticas, ajusta las conclusiones, y dice:

—Mañana estará seco.

Al otro día llueve un poco. Apenas, pero llueve.

Nuevos ajustes, nuevas precisiones, día tras día. Y día tras día el pronóstico fracasa. Así, sin cambios, transcurren tres meses.

Entonces, a los cien días de predicciones fallidas, el sabio ve la luz: en una situación así, un cien por ciento de error equivale a un cien por ciento de éxito.

Alborozado, corre a la ciudad y pide audiencia al rey.

—Su Majestad —anuncia—, tengo un método infalible para predecir lluvias y sequías.

El rey, siempre interesado en cuanto pueda beneficiar la recaudación de impuestos, acepta que el sabio haga una demostración.

El sabio saca sus tablillas, hace los cálculos necesarios, agrega un poco de danza y ritual para los ojos presentes, y llega a la conclusión de que, según su método de predicción, al día siguiente estará seco.

—Mañana va a llover —anuncia entonces, con grandilocuencia.

Al otro día el cielo está despejado. No cae ni una gota.

El sabio se rasca la cabeza. Es la primera vez que el método falla. Vuelve a hacer ajustes, y cuando el rey lo llama, explica:

—Su Majestad, el error se debe al cambio de valle. He olvidado tomar en cuenta que ya no estoy en mi casa, sino en esta magnífica ciudad, donde las condiciones del tiempo son otras. Ahora haré una predicción correcta.

El rey, paciente, decide escucharlo otra vez.

—Mañana estará seco —dice el sabio.

Pero llueve.

El rey, temiendo alguna clase de complot, manda a sus espías a revisar las tablillas del sabio. Así se entera de que, por algún motivo para él incomprensible, el sabio le ha estado diciendo lo contrario de lo que su método anunciaba.

Tiene dos opciones: puede hacer decapitar al sabio, por engañarlo; o puede seguir escuchando sus pronósticos, aprovechando lo que al parecer es un notable logro científico, y actuar de acuerdo a lo contrario de lo que el sabio anuncie.

Sin duda, la segunda opción será mejor para la recaudación de impuestos que otra cabeza separada del tronco.

El sabio, que no se ha enterado de la presencia de espías en su casa, acude a ver al rey lleno de temor. Pero el rey sonríe y le anuncia clemencia. El sabio, entonces, repite sus cálculos, llega a la conclusión de que habrá sequía, y dice:

—Mañana va a llover.

De esta manera, el rey se convence de que al día siguiente estará seco, y prepara una excursión campestre para sus ocho mil setecientos cortesanos.

La lluvia intensa lo arruina todo.

Tras decapitar a los espías, pues con algo debe calmar su rabia, el rey envía nuevos emisarios a la casa del sabio. Un poco atemorizados, los emisarios confirman lo que se sabía hasta el momento. El sabio no ha cambiado de método.

Decidido a insistir cuanto sea necesario, el rey vuelve a llamar al sabio.

—Mañana estará seco —anuncia el sabio con un hilo de voz.

Si el sabio dice eso, piensa el rey, es que su método le indica que lloverá. Por lo tanto, yo debería creer que lloverá. Pero eso falló, de manera que sin duda estará seco.

Otra vez organiza el gigantesco día de campo. Y otra vez quedan todos pasados por agua.

Cada cosa tiene su límite. Durante la noche siguiente hay actividad en la plaza mayor, donde, al amanecer, una cabeza anciana y desprovista de cuerpo empieza a presidir lo que será una semana entera de sol radiante.

Empezó la noche de un viernes

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Empezó la noche de un viernes, sin darse cuenta, cuando cruzó la calle delante de un Fiat Uno blanco que venía a toda velocidad. La conductora del Fiat pegó un volantazo de último momento, empezó a frenar unos metros después de haberlo pasado, gritó algo por la ventanilla abierta y acabó yéndose como había venido, sin perdonar a los neumáticos.

Cuando llegó a la otra vereda supo que había descubierto algo.

A la mañana siguiente cruzó frente a un Volkswagen Polo de color más rojo que la sangre. No venía tan rápido, pero pasó más cerca. El conductor ni siquiera reaccionó.

Se quedó unos instantes en la vereda de enfrente, y en cuanto vio venir una camioneta Isuzu negra se preparó. Midió los tiempos, y a último momento saltó hacia adelante. Pasó justo. Nadie habría podido medir la distancia entre el paragolpes y su rodilla izquierda. A bordo de la camioneta iba una mujer con dos chicos. Tocó un bocinazo tardío, giró en dirección contraria, estuvo a punto de llevarse un árbol por delante y paró a media cuadra de distancia.

Hasta ese momento, la mejor experiencia.

Durante los días siguientes corrió frente a varios modelos de Renault, Ford, Chevrolet. Apenas esquivó un Honda. Estuvo a punto de caer bajo un viejo Opel. Ensayó, con poca emoción, una Harley Davidson que casi terminó estrellándose. Cuando ya todo parecía hecho, se le ocurrió empezar con las avenidas de doble mano.

Eligió otro Fiat Uno, también blanco, que venía a bastante velocidad por el carril de la izquierda. Corrió, pasó justo, y se detuvo en seco medio metro después, midiendo las distancias con toda exactitud porque por la mano contraria venía una manada de metal con ganas de sangre.

Un éxito. Varios conductores gritaron. Hubo bocinazos que rivalizaron con las frenadas a ver cuál hacía el ruido más fuerte. Y todo mientras él respiraba agitado en las líneas amarillas.

Lo siguiente fue un colectivo. El 113, que venía pidiendo espacios libres desde un par de cuadras más allá, pasando semáforos casi rojos. Fue fácil. El colectivero ni siquiera cambió el rumbo, ni pisó el freno, ni tocó la bocina.

Ahora tenía por delante un universo nuevo. No sólo cada línea de colectivos, sino toda clase de combinaciones entre colectivos y calles y avenidas de diversos anchos. Y luego de a pares: un colectivo y una camioneta. Y tríos: una moto entre un auto y un colectivo.

Las promesas de una larga y provechosa carrera le dieron vértigo.

Terminó de poner la primera hilera de azulejos

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Terminó de poner la primera hilera de azulejos y empezó con la segunda. Once azulejos por hilera en la pared desnuda, unos dos metros de largo. A su espalda, el lavatorio y el espejo. A la derecha, el inodoro. Sobre su cabeza, ahora que estaba agachado junto al lado izquierdo de la pared, cerca de la puerta, una barra blanca para colgar toallas.

Dio tres golpecitos en un azulejo para fijarlo. El ritmo involuntario le recordó una canción de los años setenta, a la manera extraña en que la música suele irrumpir en la conciencia de las personas, y sin querer se puso a silbarla. La canción se asociaba a una novia que había tenido, a una noche conmovedora en que ambos habían aprendido varias cosas. De manera que convirtió el silbido en tarareo, el tarareo en palabras entrecortadas, y llegó a cerrar los ojos por un momento.

Ése fue el error. Demasiada distracción. Cuando volvió a abrir los ojos la pared se había alargado al menos medio metro.

Mientras la canción se perdía en el aire, dejó la cuchara de albañil en el piso y cerró los puños con fuerza. Miró a un extremo de la pared y luego al otro, tratando de contenerlos. La expansión se detuvo, pero ahora había tres azulejos más en la primera hilera, la terminada. Aspiró hondo, parpadeó una sola vez y golpeó los puños cerrados uno contra otro.

Le pasaba cada vez con más frecuencia, esto de distraerse y dejar que las cosas se salieran de carril. Por ejemplo el día anterior, cuando iba manejando y el acelerador cambió de lugar con el freno. También poco antes, cuando las ventanas de la casa empezaron a desplazarse por las paredes siguiendo al sol. Y cuando los ravioles con salsa de tomate se convirtieron en cucarachas ensangrentadas, cuando los vecinos empezaron a hacer ruido a cualquier hora, cuando las estrellas se realinearon en un gran triángulo, cuando la gente empezó a tirar la basura en la calle, cuando los troncos de los árboles se inclinaron veinte grados hacia el sur. Cuando hizo frío en primavera, cuando un avión voló hacia atrás, cuando los bomberos pasaron tres noches seguidas. Cuando el diario trajo la foto equivocada, cuando los pantalones le quedaron cortos, cuando los chicos de la escuela dejaron de gritar. Cuando el repartidor de pizza rechazó la propina, cuando las baldosas se hundieron bajo sus pies, cuando llovió sin nubes. Cuando el tren llegó tarde, cuando el televisor se dio vuelta para enfrentar la pared, cuando los perros de al lado ladraron toda la mañana. Cuando dejó de necesitar anteojos, cuando el teléfono sonó y no era nadie, cuando el ascensor anduvo hacia el costado. Cuando aparecieron los semáforos, cuando los libros se hicieron caros, cuando la harina se puso blanca.

Había podido controlar muchos de estos eventos. Pero otros se le habían ido de las manos, hasta extenderse por el mundo y, de alguna manera, convencer a los demás de que eran normales. Ahora, sin ir más lejos, si no se concentraba al límite de su capacidad, no sólo podía seguir el ensanchamiento de la pared sino que había riesgos de que se propagara a otras paredes, otros edificios, a la ciudad entera.

Abrió los puños, apoyó las palmas en el cemento e hizo algunos movimientos que sólo él conocía. No estaba seguro de que fueran útiles, pero se había acostumbrado a repetirlos, necesitaba el ritual para mantenerse en foco. Así, lentamente, redujo la pared en el ancho exacto de un azulejo, luego dos, y por último los tres que se habían sumado. Entonces bajó los brazos y se relajó. Le dolía el cuello por el esfuerzo. Inició un movimiento circular de la cabeza, primero hacia abajo, luego hacia la derecha, hacia arriba y atrás. Y ahí, cuando los ojos apuntaron a lo alto, se quedó quieto, mientras el sudor frío le llenaba la frente.

El techo se había ido a siete metros de altura.

Pelea

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Están los dos de pie en el living de su casa, quietos, él cerca de la ventana y ella cerca de la puerta. Sólo mueven la boca. Por momentos se los ve desde arriba, como si el departamento tuviera diez metros de alto, y por momentos desde el piso o las paredes.

A espaldas de ella aparece un flash amarillo y rojo. Ella grita:

—¡Ataque mega cliché!

Entre ambos se forma una columna de humo, y de la columna surge un letrero gigantesco, que avanza y le golpea a él la cabeza. El letrero dice “Todos los hombres son iguales”. Doblegado por el dolor, él esconde la cabeza bajo ondas de cabello verde.

—Aahhhh —grita—. Eeeehhhhh. Aaaaahhhhhhh…

Cuando el humo se acaba, el cartel desaparece en el aire.

—Eso ha sido traicionero —dice él, agitado. Se lo ve de cerca: dos ríos de lágrimas le recorren las mejillas—. No tenía mis armas preparadas. Pero ahora…

Hace una pausa. Las lágrimas dejan de fluir. Levanta la cabeza, parece mucho más alto que antes. Un fondo parecido a una cascada de estrellas se desliza detrás de él, donde estaba la ventana. Levanta el brazo derecho y grita:

—¡Ataque hiper lógico definitivo!

Ella lanza un prolongado alarido:

—Oooooooohhhhhh…

Ha quedado sumergida en una especie de pantano gris, del que surgen dedos delgados y largos en actitud acusadora. Del fondo del pantano surgen voces cavernosas. “Lo que dije fue que”, empieza una. “No malinterpretes mi”, sigue otra. “Si lo piensas bien”, dice una tercera. Son muchas Se interrumpen entre sí. Ella se tapa los oídos y aúlla hasta que el pantano desaparece.

—Esto no es verdad —repite mientras tanto para sí misma, como si estuviera leyendo un libreto—. Es una ilusión creada por poderes que quieren librarse de mí. Debo mantener mi cordura y responder con el mayor ataque que las Bestias Familiares han puesto a mi disposición.

Ahora es su turno. Las cejas se le han convertido en dos líneas rectas que bajan oblicuamente hacia la nariz. El cabello escarlata gira alrededor de su cabeza respondiendo a vientos impredecibles. Una luminosidad creciente va creando contraluces en su ropa. Alza el brazo izquierdo, y de pronto tiene un rayo en la mano. Grita con toda la potencia de su voz:

—¡Ataque golpe bajo atómico!

El rayo parte hacia el techo y allí explota como un mundo de fuegos artificiales. De inmediato aparece el retrato tridimensional de una mujer mayor, inmensamente grande, una montaña. Ambos miran hacia arriba, ella con expresión de triunfo. Él, aterrado.

—Aaaaaaaahhhhhhhhh… —grita él, cerrando los ojos y tratando de cubrirse la cabeza. Pero es inútil, porque todos sabemos que el retrato tiene el poder de aparecérsele dentro de los párpados.

El retrato sonríe con colmillos afilados. Tiene los ojos rojos.

—Mírate en ese espejo —dice ella, mientras tanto, culminando el ataque vencedor—. ¡Eres igual a tu madre!

Diario íntimo

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Día 1

Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 2

Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 3

Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 4

Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 5

Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 6

Sábado.

Día 7

Domingo.

Día 8

Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 9

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 10

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 11

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 12

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 13

Sábado.

Día 14

Domingo.

Día 15

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día tormentoso. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia con fiebre. Corte de luz. A dormir.

Día 16

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Caminata por huelga de transporte. Imposible entrar al centro. Regreso. Familia en cama. Corte de luz. Poco sueño.

Día 17

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Familia evacuada gracias a vecinos que huyen. Corte de luz. De noche, fuegos.

Día 18

Estoy muy cansado, con dolor de cabeza y los pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Hay pocas explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 19

Duermo casi todo el día. Apenas puedo abrir los ojos. Dolor de cabeza y pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Alguien me habla de las barricadas. Sin explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 20

Sábado.

La máquina

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Escrito en colaboración con Luisa Axpe.

Había que meter un dedo en la máquina, esperar la luz verde, sacar el dedo y pasar un molinete. El encargado de seguridad, medio escondido tras los bigotes y los anteojos oscuros, se ocupaba de que nadie hiciera trampa. La identificación era necesaria, decían, por la seguridad de todos.

La cola iba despacio. Algunos dudaban antes de someter un dedo al escrutinio de los mecanismos internos de la máquina. Así como había quienes metían el índice de la mano derecha, otros, seguramente menos seguros de sí mismos, sólo confiaban al aparato el meñique de la izquierda.

Se contaban feas historias de ese sistema de identificación, pero nadie podía estar seguro de la verdad, porque nadie había visto gente rechazada.

El hombre del sobretodo gris, tercero en la fila, sacó por fin la mano del bolsillo. El puño cerrado, aunque no tanto como para suponerlo vacío, escondía algo. Ocultando sus movimientos de la vista del encargado, abrió el minúsculo paquete y reprimió un gesto de asco. El pulgar seccionado empezaba a ponerse gris, pero todavía tenía un aspecto casi normal.

Lo había ensayado muchas veces: esconder su propio pulgar dentro de la mano cerrada sobre sí misma y dejar asomar el pulgar ajeno, sin vida, como si fuera propio. Casi un truco de niños.

La mujer que estaba delante de él en la fila temblaba. Era el turno de ella. El encargado le habló con voz áspera:

-¿Otra vez acá? ¿Qué le dije ayer?

Ella trataba de responder pero los nervios se lo impedían. Alzó los brazos como pidiendo perdón, o tal vez para protegerse, pero no sirvió de nada. El encargado la empujó hacia un lado con la mano izquierda, mientras levantaba la derecha. Aparecieron dos policías armados y se llevaron a la mujer a rastras.

El hombre del sobretodo gris miró ese hueco inesperado donde había estado la mujer y pensó en dar media vuelta. Fue un momento, justo antes de que un joven que estaba tras él, distraído por los policías y la mujer que todavía no terminaban de irse, se lo llevó por delante y le hizo perder el equilibrio. Ahogando un insulto, el hombre del sobretodo gris cayó sobre el costado derecho. Abrió instintivamente la mano para frenar la caída, y el artilugio con el que pensaba engañar a la máquina salió rodando.

-¿Qué es eso? -preguntó el encargado. Otro policía se agachó velozmente y recogió el objeto-. ¡Guardias, a él!

Cuatro hombres con cara de simio llegaron dando grandes zancadas y lo levantaron en el aire, sujetándolo de ambos brazos y piernas. Al mismo tiempo, mientras lo transportaban en la dirección hacia la que habían llevado a la mujer, un hombre de guardapolvo blanco le cubrió la nariz y la boca con una gasa empapada en algún líquido de mal olor. La porción de mundo que veía desde esa posición -un techo abovedado a diez metros de altura, salpicado de claraboyas mugrientas, con un dibujo geométrico que no olvidaría jamás en su vida- se volvió negro y adquirió una cualidad aterciopelada, como mullida, hasta que ya no supo si estaba viendo el techo o el interior de sus propios ojos.

Despertó echado en el piso de una habitación desnuda, de paredes blancas. El techo era igualmente alto pero no tenía claraboyas, aunque sí una repetición exacta del dibujo geométrico. Trató de ponerse de pie y descubrió que todavía no era capaz de hacerlo. Se sentó, con la espalda apoyada en la pared.

Del lado opuesto había una única salida. La abertura estaba completamente ocupada por una máquina identificadora como la que había intentado engañar. En lugar del molinete había una puerta metálica, pero ahí estaban la luz roja y la luz verde, y sobre todo el hueco oscuro cuya única finalidad era recibir un dedo.

Se arropó con el sobretodo gris y pasó un largo rato mirando la máquina. No ocurrió nada. En la habitación no había agua, alimentos ni otro objeto que su propio cuerpo adormecido. El mensaje era claro.

La pared contra la que tenía apoyada la espalda era de un material fuerte pero no macizo. La golpeó suavemente con los nudillos y se quedó escuchando el sonido hueco. Parecía estar hecha con esos paneles que se usan en la construcción de casas prefabricadas. Era evidente que la habitación había sido agregada mucho después de la construcción del edificio. Una caja en todo el sentido de la palabra. Lo extraño era que pudiera verse el techo de mampostería con el dibujo original. Entrecerró los ojos para enfocar mejor, y descubrió un techo transparente, de vidrio o alguna materia plástica, que permitía ver lo que había más arriba.

Apenas hecho ese descubrimiento, todavía un poco embotado, alcanzó a oír un sonido rítmico que provenía de la pared. Un golpe, una pausa, un golpe. Una pausa más larga, otro golpe. Alguien, del otro lado, había oído sus primeros golpes y trataba de comunicarse.

Esperó a que la secuencia se repitiese, golpe, pausa, golpe, doble pausa, golpe, y entonces la imitó. Hubo unos segundos de silencio antes de que los golpes del otro lado reaparecieran, y cuando lo hicieron sonaban un poco más apagados. Tardó apenas un momento en darse cuenta de que ahora estaban un metro más allá, a la derecha. Se arrastró por el piso hasta donde parecía haber llegado la señal, y la imitó otra vez. Ahora casi no hubo demora: los golpes y pausas surgieron otro metro a la derecha, y un poco más tarde en el rincón donde la pared terminaba.

En ese rincón había un agujero muy estrecho, a diez centímetros del suelo, y en cuanto hubo dado los golpes correspondientes por el agujero apareció un tubo de plástico negro, del tamaño de los que vienen con un rollo fotográfico. No pudo ver qué lo empujaba del otro lado, porque en cuanto agarró el tubo el agujero quedó tapado con algo.

Sostuvo el tubo en la mano, lo sopesó, lo agitó junto al oído. Había algo adentro, algo blando, ni liviano ni pesado. Volvió a mirar en dirección a la máquina identificadora y sintió que ya sabía de qué se trataba.

Dudó antes de abrir el envase. Algo, en el orden del terror, le impedía satisfacer la curiosidad. Sin embargo, supo enseguida que no tenía opción. Tironeada por su pulgar, la tapa saltó con un ruido de botella descorchada. Pensó en los efectos especiales con que tratan de imitar en la radio los sonidos de la vida real, y que terminan por reemplazar a los verdaderos en la memoria colectiva.

El contenido del tubo estaba enrollado en algo que podía ser una servilleta de papel o uno de esos rectángulos de papel higiénico de los baños públicos, con una inscripción hecha a mano. No tenía alternativa: aunque no quisiera enterarse de qué clase de objeto se trataba, no podía dejar de leer el mensaje. Lo desenvolvió, y se encontró con lo que esperaba.

Leyó el mensaje, escrito con nerviosismo: “Soy la mujer que estaba delante de usted en la fila. Como se imaginará, no puedo usar esto; ya es tarde. Pero usted quizás tenga una oportunidad de hacerlo”. Por lo visto, no había sido el único en tratar de sortear la máquina con un dedo cadavérico.

Se puso de pie. Tenía una sensación eléctrica en la espalda y en los dedos de las manos, la corriente de una esperanza. Miró hacia los costados, hacia arriba, hacia adelante. Aspiró hondo. Avanzó hacia la máquina identificadora. Tomó el dedo mutilado entre el pulgar y el índice y lo acercó al agujero.

Entonces se detuvo, porque un pensamiento molesto acababa de crear un cortocircuito en su interior. ¿Cómo sabía esa mujer que él estaba allí? ¿Sería ella, realmente, quien le había pasado el tubo de plástico a través de la pared?

Con un movimiento rápido guardó el dedo en el tubo, el tubo en un bolsillo del sobretodo, y se echó en un rincón alejado de la máquina. Primero escondió la cara entre las manos, luego la alzó hacia el techo. Le habían tendido una trampa. Hasta ese momento no tenían otra cosa para acusarlo que la posesión de un dedo de cadáver. No era suficiente. Querían un delito mayor, querían que intentara pasar la máquina para tener con qué atraparlo para siempre.

Sacó el tubo del bolsillo y, gateando, lo llevó al hueco de donde lo había sacado. Cabía perfectamente, era como si hubieran hecho el agujero con una matriz del tubo. Ya no tenía ninguna duda: la escena había sido preparada de antemano. Lo introdujo hasta que la base redonda formó un solo plano con la pared. Después, lentamente, lo empujó hasta el otro lado.

Ésa era la actitud. Una provocación abierta. Nada tenía ya que ocultar, y nada de lo que hiciera cambiaría su destino. Animado por una energía repentina, se puso de pie. En dos pasos largos y rápidos estuvo frente a la máquina, y sin titubear introdujo donde correspondía su propio dedo índice. El de la mano derecha.

La puerta se abrió de par en par. Al otro lado había una luz enceguecedora. Imposible distinguir nada. Retiró el dedo, que no había sufrido ningún daño. Dio un paso y se apoyó en el marco de la puerta, tratando de acostumbrarse a la claridad. Luego, con mucha precaución, dio otro paso.

Fue gracias a esa prudencia que consiguió esquivar el primer disparo. Pero los siguientes dieron en el blanco.

La nave espacial

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La nave espacial tiene el aspecto de un Fiat 600 viejo y destartalado. Pero me han avisado sobre ese detalle de la misión, así que no pierdo la confianza. Saco las llaves del bolsillo y con una de ellas abro la puerta del conductor. Adentro la similitud sigue siendo notable: asientos de algún material indefinido con colores también indefinidos, mandos que a primera vista parecen inadecuados. Polvo, papeles de caramelos, una mancha de café.

Me siento frente al volante, con las piernas plegadas en ángulo agudo, y cierro la puerta. Por debajo de estos controles antiguos y sencillos se ocultan maravillas de la tecnología más avanzada. La ilusión se mantiene incluso cuando meto la llave en su sitio y hago contacto: lo que se oye es un antiguo motor de combustión interna, seguramente grabado digitalmente, mientras los verdaderos propulsores, sin duda ocultos bajo el piso, son silenciosos. Hasta la vibración de la carrocería imita la de un auto maltrecho. No puedo imaginar la cantidad de microchips y nanocomponentes necesarios para lograr ese efecto.

De tres pedales que hay en el piso aprieto el de la izquierda, y usando lo que parece una palanca de cambios pongo primera marcha. Suelto de a poco el pedal de la izquierda, mientras con el otro pie empujo el de la derecha. La vibración aumenta. Siento un momento de temor por lo que vendrá, pero la nave espacial se pone en movimiento sin otro efecto que apretarme un poco la espalda contra el asiento.

Empiezo así el largo e incómodo viaje a Marte, mientras el mundo exterior sólo percibe una cáscara de Fiat 600 que se mueve lentamente por la calle Olazábal.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Estoy en la sala de espera del médico

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Estoy en la sala de espera del médico, sentado frente a una mujer muy mayor. No hay nadie más. Las sillas están puestas de manera que la distancia entre mis rodillas y las de la mujer sea exactamente un centímetro menos que la necesaria para estar cómodos. No es que nos rocemos, nada de eso. Es que mis rodillas y las de ella deberían estar al menos un centímetro más separadas. Por culpa de ese centímetro de diferencia es que tengo los pies echados hacia atrás, cruzados el derecho sobre el izquierdo, a punto de dormirse los dos. También por culpa de ese maldito centímetro es que mis ojos, como los de la mujer, están desviados hacia la ventana que tenemos al lado, a mi izquierda (su derecha). Así es que apenas sé algo de su aspecto, excepto por la ropa gris, la piel de la cara llena de arrugas, las manos correosas y el pelo cubierto por una especie de gorra negra, chata.

Al otro lado de la ventana hay una calle estrecha, y más allá un edificio en el que el piso correspondiente al nuestro es el último, de manera que justo por encima se ve el borde de una azotea. Allí, casi en el límite de mi visión, asoma la cabeza de una mujer, luego los hombros. Está trepando a la pared que separa la azotea del vacío de cuatro pisos. Cuando lo logra veo que está vestida con remera y shorts, algo muy poco apropiado para el frío de este agosto. Hace equilibro en el borde, y luego se lanza hacia su derecha, es decir en la dirección en que ya no puedo verla.

Miro de reojo a mi compañera de sala y compruebo que está mirando a la mujer de enfrente. Pero su expresión no dice nada, no me cuenta ni un detalle de lo que está ocurriendo con la aparición. Ella está situada mucho mejor que yo para ver, y sin embargo parece que no le interesara.

Vuelvo la vista a la pared de la azotea. Durante los pocos segundos de mi distracción ha llegado un policía de uniforme, se ha trepado también a la pared, y ahora eleva su pistola al aire y dispara en la dirección en que se fue la mujer. Por algún motivo el disparo suena apagado, lejano. Seguramente la ventana del médico tiene vidrios dobles.

La anciana que casi me toca las rodillas sigue sin dar signos de que esté ocurriendo nada, ni siquiera cuando el policía se lanza hacia donde pronto no lo podré ver más y justo antes de desaparecer resbala y está a punto de caer. Lo único que hace la anciana, y no estoy seguro de que no lo estuviera haciendo antes, es golpetear el dorso de una mano con el dedo mayor de la otra, toc, toc, toc, pero sin ruido, toc, toc, toc, siguiendo el ritmo de algo que tal vez haya ocurrido medio siglo atrás.

Pasan dos o tres minutos, algún tabú me impide mirar el reloj para estar seguro, y la azotea de enfrente permanece tranquila. Entonces alguien que está fuera de la vista levanta por el borde de la pared un bulto negro, largo, una especie de bolsa pesada. Veo dos manos que dan un último empujón y el bulto cae, lento como una pluma, hasta perderse de vista por debajo del límite de nuestra ventana. No puedo evitar el inclinarme un poco, apenas, para ver más, pero ya no quedan rastros del bulto ni de las manos que lo empujaron. Mi vecina no se mueve.

Me aclaro la garganta con un sonido mínimo, dos sonidos mínimos en rápida sucesión. Pero no digo palabra. La mujer del toc, toc, toc tampoco. Pasa un tiempo difícil de medir, tenso. Entonces se oye el ruido de una puerta que se abre a mi derecha, su izquierda. Giramos la cabeza al mismo tiempo, en dirección contraria a la ventana. Es la secretaria del médico, que llama a la mujer.

Muevo los pies un poco más hacia atrás, aparto las rodillas como si hiciera falta. La anciana se pone en pie con cierta dificultad, levanta un par de paquetes que tenía depositados en el asiento vecino, y se aleja sin echarme una mirada, sin saludar, sin decir nada.

En cuanto ella se va, ocupo su asiento para ver mejor.

Controles remotos

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Estoy aburrido frente a la tele, con el control remoto en la mano. Un presentador lee las noticias.

-El mercado de valores ha tenido un día tranquilo, en el que… -está diciendo, pero no le dejo terminar la frase. Con la rapidez que da la práctica, pulso un botón del control remoto. De inmediato, el presentador salta sobre su escritorio y se arranca la corbata-. ¡Pero esto no va a quedar así! -grita. Le crecen las cejas, se le amarillean los dientes. Bajo el saco que ya se está quitando a jirones tiene una camisa sucia de explorador.

Pulso otro botón. La decoración en tonos cálidos y apagados se disuelve en un río de llamas, o lava, algo rojo y amarillo que fluye de izquierda a derecha. Hay gritos distantes. El explorador, que ahora cuelga de una rama, hace un esfuerzo sobrehumano y salta sobre una roca. Rueda sobre sí mismo. Cae al otro lado, donde no hay llamas, y se pone en pie de inmediato.

Frente a él hay una mujer. Está atada al tronco de un árbol. Pulso un botón más, y el pecho de la mujer crece, se hace más alto, mientras la pollera se le rasga estratégicamente hasta la parte más interna y más secreta del muslo.

En este momento llega mi esposa del trabajo. El ruido de la llave en la cerradura me obliga a pulsar otro botón, de manera que el pecho de la mujer retrocede al nivel anterior y la pollera se convierte en pantalones anchos.

-No creo en ti -dice el explorador-, me estás tendiendo una trampa.

Mi esposa se acerca al sofá, nos damos un beso corto. Ella trae su propio control remoto en la mano, y mientras se sienta ya está pulsando botones. Por detrás de mis protagonistas, un joven abogado de traje negro desciende por unas escaleras de mármol y sonríe a cámara.

-Le ruego que se calme, amigo -pide al explorador, que ya está amenazándolo con un cuchillo que ha conocido sangre-. Tengo cobertura policial, así que le convendrá cambiar de actitud.

Mi hijo, que ha oído la entrada de su madre, viene corriendo por el pasillo. Él también enarbola un control remoto, y apenas saluda con dos palabras cuando pone en marcha el pulgar. Nadie es más rápido que mi hijo. La cámara se eleva, y resulta que a la distancia aparece un personaje dibujado, con los pelos largos en un extraño arabesco que le envuelve la cara, que eleva su puño derecho hacia el cielo. Grita:

-¡Invoco el poder de Krun-ka-món! -o algo así.

Todos, el explorador, el abogado y la mujer, que ya no está atada, se dan vuelta. La pantalla se pone azul. El cielo es un remolino. Hay una lluvia de rayos, y los tres personajes corren a protegerse bajo el toldo de una tienda cercana. Ahora todos están dibujados.

-¿Qué comemos? -pregunta mi mujer, mientras pulsa otro botón. El abogado saca un celular y lo abre. Los rayos siguen cayendo.

-No sé -digo, mientras muevo el pulgar sobre el teclado. Un rayo arranca el celular de las manos del abogado-. ¿Por qué me preguntás?

-Es tu turno de cocinar -dice mi mujer. El abogado, que no ha dejado de sonreír y además acaba de recuperar su composición de carne y hueso, saca un arma y apunta a la cabeza del explorador.

Mi hijo, que se cansa pronto de las cosas, tira el control remoto a un rincón del sofá y se va otra vez a su computadora, donde es dueño de todos los destinos. Los rayos se acaban de inmediato. Yo hago cálculos rápidos y me doy cuenta de que mi mujer tiene razón. También dejo el control remoto y me pongo de pie.

-Voy a ver qué hay -digo.

Mientras camino hacia la cocina, el abogado de ojos celestes y traje negro se acomoda tras un escritorio de color marfil y empieza a leer las noticias.

Lo más difícil fue conseguir el primero

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Lo más difícil fue conseguir el primero. La gente pasaba de largo, pensando en otras cosas, mirando vidrieras o mirando a otras personas, porque no hay nada que les guste tanto como mirarse a sí mismos en los demás. Hasta que alguien, un hombre joven de saco y corbata, se dejó atraer por la luz plateada que salía del pozo y se detuvo junto a la valla protectora, estirando el cuello y alzando las cejas para ver mejor.

En segundo lugar cayó un hombre mayor, que venía caminando lentamente y vio la oportunidad de descansar un poco. Se paró junto al primero, lo miró a los ojos en busca de una explicación que no llegó, y luego se inclinó también hacia el pozo, que ahora mostraba una luz verdosa.

El pozo era igual a esas bocas redondas que suele haber en las calles, esas entradas a cloacas y otros mundos subterráneos. Lo habíamos rodeado con una valla de metal, porque no queríamos que nadie se cayera: podía estropear el acto. Desde un segundo piso al otro lado de la calle, medio oculto tras una cortina opaca, yo podía verlo todo con precisión y medir los tiempos de cada paso.

Una mujer delgada y bien vestida, que traía varias bolsas de plástico de las que dan en los shoppings, fue la tercera. Se acercó al hombre joven, le preguntó algo, y luego se asomó ella también al pozo. De la fuente de luz, ahora rojiza, subía una especie de antena con pelos, como una pata de araña amplificada, que asomó cosa de medio metro, se curvó en dirección contraria a los curiosos y se quedó quieta.

Para entonces era lógico que los curiosos aumentaran rápidamente en número. A la luz ahora amarilla, frente a la segunda pata de araña que ya estaba apareciendo, un chico de colegio secundario y un cartonero se pusieron codo con codo dándome la espalda. Los siguieron dos mujeres mayores, que venían juntas, y una nena que traía un perrito. Las patas de araña se trenzaron en una pelea, mientras la luz se hacía más intensa. Vinieron una mujer joven, otro hombre mayor, una pareja que se abrazaba, un empleado de McDonalds, alguien en bicicleta que tuvo que quedarse un poco más lejos.

Junto a las patas de araña surgió un globo rojo con luz propia, que palpitaba como un corazón, en la cima de una vara dorada. El globo se alzó hasta la altura de los ojos de los curiosos.

Ahí empezó el ruido, o la música, como lo quieran llamar. Ni una cosa ni la otra, en realidad. Algo que impulsó a la gente a mirar hacia abajo, y que atrajo una segunda ronda de curiosos, que trataban de abrirse paso entre los hombros de los primeros.

Era mediodía, por eso había tanta gente en la calle. Los que iban a comer, los que venían a comer, los que buscaban comida tropezaban unos con otros, y todos tropezaban con esa pequeña multitud que rodeaba el pozo y trataban de unirse a ella como hace cualquiera cuando encuentra algo novedoso.

El globo rojo subió otros dos metros, de manera que todos pudieran verlo, y empezó a expandirse. El ruido, la música, subió de volumen: rugidos con mucho eco, tambores lentos, lluvia. La gente que se quedaba a ver llenó la calle de lado a lado.

Alcé la vista hacia una ventana del edificio que estaba frente al mío, también en el segundo piso. Allí había una persona, que hizo una señal con la cabeza, a la que respondí con otra señal.

Entonces volví a mirar mi control remoto, alejé los pulgares de los botones verdes que había estado pulsando hasta ese momento, y mientras sostenía el aparato en la mano izquierda usé el índice de la derecha para apretar, con fuerza, con rabia, por fin tras tantos preparativos, el botón rojo.

Un cable eléctrico sale del techo

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Un cable eléctrico sale del techo encima de la puerta del baño y baja junto al marco hasta el zócalo, asegurado prolijamente con grampas. Ahí gira en ángulo recto y sigue sobre el zócalo hasta el otro extremo del pasillo, dobla con la pared para adentrarse en el living, y desaparece en un agujero junto a la puerta de entrada.

-¿De dónde salió esto? -le pregunto a mi mujer.

-No sé -dice ella-. ¿Estás seguro de que no estaba antes?

El tema queda así hasta dos días después. Estoy escribiendo un email, y mientras trato de redondear en la mente una frase complicada, los movimientos aleatorios que mis ojos suelen hacer en esos momentos me llevan a mirar la línea que separa la pared del techo, en la habitación donde trabajo, por sobre el placard. Hay otro cable, que sale del ángulo izquierdo y se pierde en el ángulo derecho. Me levanto y voy a mirar la habitación de al lado, pero allá no hay ningún cable.

Esta vez no le digo nada a mi mujer.

Una semana más tarde me estoy duchando cuando noto un tercer cable, que aparece junto al respiradero del baño, se curva varias veces para esquivar el botiquín, y se hunde detrás del inodoro. Estiro la mano para tocarlo, la retiro asustado por el riesgo, termino de ducharme, me seco, y entonces sí, palpo el cable de un extremo al otro. Está firmemente agarrado. Buenas grampas, buen trabajo.

Nos vamos unos días de vacaciones. Me olvido del tema hasta que volvemos y encuentro el cuarto cable. Pasa junto a la cama, recorre tres paredes del dormitorio y sube hasta la ventana para partir rumbo al abismo del aire y luz.

No es posible explicar por qué algunas cosas se dicen y otras no en un matrimonio. La complejidad de una convivencia de diez años es como el flujo caótico de un líquido, que nada salvo el flujo mismo puede describir. Por motivos así de complejos el tema de los cables es tabú entre nosotros, lo siento con la precisión y a la vez la absoluta falta de comprensión con que nuestro cerebro puede percibir cosas como una cara o una relación de pareja.

Tras varios días sin palabras llega el domingo. Mi mujer y mi hijo salen a un pelotero, mientras yo me quedo durmiendo la siesta. Ahora acabo de levantarme y estoy en el baño, sentado, frotándome los ojos. Desde hace uno o dos minutos se oye un ruido rítmico, suave, como el de una almohada que golpea un colchón. Poco a poco el ruido va ganando espacio en mi consciencia, hasta que siento la necesidad de investigar.

Me pongo de pie, me acomodo la ropa, y sin tirar de la cadena salgo al pasillo en puntas de pie. El ruido suave viene del living. Abandono las zapatillas para mejorar mi silencio y recorro el pasillo lentamente. Justo antes de llegar al living me aprieto contra la pared. Asomo apenas la cabeza.

Es sólo un segundo. Vuelvo a esconderme. En el living hay un hombre. Está de espaldas a mí, agachado. Ha movido el sofá, separándolo de la pared, y trabaja allí en medio de todo, instalando otro cable. El ruido de almohada contra colchón es el que provoca el martillo con el que fija las grampas. No sé por qué suena tan amortiguado, pero tampoco me sorprende. Es como en un sueño, o como si estuviéramos bajo el agua.

Tengo que llamar a la policía, pero no sé el número. Voy en silencio hasta mi oficina y enciendo el monitor de la computadora. La computadora en sí siempre está encendida. Abro el Internet Explorer y busco “policía federal argentina”, tratando de tocar las teclas lo más suavemente posible. Google da el sitio de la policía como primer resultado. En el living, los golpes de almohada se detienen. Click. Aparece un escudo enorme y la frase “Al servicio de la comunidad”. Los golpes de almohada empiezan de nuevo, un poco más cerca. Click. Otra vez el escudo, ahora acompañado por unas veinte opciones. Yo sólo quiero un número, cuanto más corto mejor. Pero no, lo que hay es una dirección de email. Por el ruido me doy cuenta de que el hombre del living ha llegado al pasillo, y ahora empieza a poner grampas en la misma pared que lleva a mi oficina. Click, click: vuelvo a Google. Agrego a la búsqueda la palabra “emergencias”. Click. Los resultados no son alentadores. Cambio “emergencias” por “teléfono”. Click. El hombre avanza, los golpes se acercan. El primer resultado dice “LEVANTÁ EL TELEFONO, MARCA 101, TE CONTESTARA UN ADULTO, QUE ES EL OPERADOR”. Siento un nudo en el pecho y me muevo en la silla giratoria para alcanzar el teléfono. La silla hace un chirrido, y por un momento los golpes de almohada se detienen. Me paralizo. ¿Cómo haré para llamar por teléfono si el hombre de los cables me puede oír? Con la mano izquierda en el aire, a diez centímetros del teléfono, espero hasta que los golpes arrancan otra vez.

Levanto el tubo. Incluso el tono me parece demasiado fuerte. Marco un uno, luego un cero. No, no voy a poder hablar. Calculo que el hombre del cable está a dos metros de mi puerta. Cuelgo con el dedo índice.

Dejo el tubo junto al teléfono con un movimiento muy lento y me vuelvo al monitor, esta vez evitando el chirrido de la silla. Como si ese resultado de Google pudiera darme otra solución, hago click para ir a la página. Hay mucho texto, todo en mayúsculas. El sitio se llama “missingkids.com”. Es para chicos. “División Investigación de Delitos contra Menores”, dice. Sin poder evitarlo, aspiro hondo y suelto el aire en un chorro huracanado. La nariz hace un ruido espantoso.

En ese momento una cara asoma por la puerta.

Nos miramos, ojo izquierdo al ojo de la izquierda, ojo derecho al ojo de la derecha, como en un espejo. Hay un momento en que todo se detiene y a la vez gira a gran velocidad, con las contradicciones de que sólo la consciencia es capaz. El universo deja de expandirse y se achica, se achica hasta que sólo caben en él la habitación y el extremo del pasillo, una mirada y otra mirada. Con la reducción del espacio, el tiempo se estira proporcionalmente y tiende al infinito. La luz hace trucos lentos en las paredes, entre los libros, sobre la alfombra. De pronto estoy perdido, lo ignoro todo, me parece que la vida está hecha para este momento, no sólo mi vida sino toda la vida, la existencia completa. Pero lo que más ignoro es qué hace ese hombre ahí sentado, medio rostro a la luz azulada del monitor, medio rostro a la luz amarillenta del miedo. La sorpresa me hace soltar el martillo, mientras caigo de espaldas sin sentir el golpe y sin dejar de mirarle los ojos familiares. Él también me mira, y creo que gritamos al mismo tiempo.

Las bases del concurso

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Vino una mujer que quería las bases del concurso. Entró a la oficina, se paró frente a la recepcionista y dijo:

-Vengo a buscar las bases del concurso.

La recepcionista le puso cara de haber estado mirando una planilla de Excel. Es una chica que no puede mirar una planilla de Excel y pensar al mismo tiempo. Dice que se marea.

-¿Qué cosa? -preguntó.

-Según la propaganda no hay obligación de compra -dijo la mujer-, así que ustedes me tienen que dar las bases para que yo participe sin comprar.

-Un momento, por favor -respondió la recepcionista. Se acomodó el headset para que el micrófono le quedara junto a la boca, apretó un botón en un aparato medio oculto junto al monitor y agregó, como hablando al aire pero en realidad dirigiéndose a su supervisor inmediato: -Tengo una señora que viene a buscar las bases -silencio-. Del concurso -más silencio-. Bueno.

Ahora la recepcionista se volvió hacia la mujer, que todavía estaba de pie al otro lado del escritorio.

-Siéntese, por favor -le dijo, señalando unos sillones que había en el rincón-. Están averiguando.

La mujer eligió el sillón del medio. Acomodó la espalda, acomodó las piernas, alisó una bolsa de plástico que traía y la puso en el sillón vecino, como si la bolsa también tuviera categoría de persona. Junto a la pared había un cenicero, y más arriba un cartel que pedía no fumar. La mujer, que no era fumadora pero disfrutaba de participar en concursos, cruzó los brazos.

Al otro lado de cables y aparatos, el supervisor de la recepcionista llamó a un chico de marketing, que a su vez llamó a su supervisor, quien llamó a la secretaria del gerente. La cadena de llamados avanzó como la cuerda de una horca en torno a la mujer de la bolsa de plástico, sin que ella lo supiera.

Pasaron los minutos. La recepcionista cerró una planilla de Excel y abrió otra, volvió a dejar de pensar, atendió una llamada telefónica, la pasó a alguien que seguramente estaría mirando otra planilla de Excel. Después se encendió la luz roja.

La luz roja estaba junto a un cajón del escritorio, invisible para cualquier otra persona que estuviera en la recepción. La chica todavía recordaba los ejercicios que había hecho en el curso de formación, el mes anterior, donde la luz roja había sido el elemento principal. Así que se quitó el headset, se puso de pie sin dar muestras de pánico, sonrió a la mujer y le dijo:

-Ahora vuelvo.

Tras lo cual salió por una puerta interior, que cerró detrás de sí. Un mecanismo automático trabó esa puerta y también la que llevaba al exterior. Otro mecanismo movió una plancha protectora por el interior de cada pared, por abajo del piso, por encima del techo. Con un chasquido que la mujer oyó pero atribuyó a algún ascensor distante, la habitación quedó aislada del resto del mundo.

Entonces, por el conducto de ventilación, empezó a salir el gas.

Comienzo

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No sé si viví mi vida
o la soñé.

Alguien lo había robado. Antes ocupaba un rincón del mantel, tapando una mancha vieja que no salía con los lavados. Ahora la mancha me recordaba su ausencia, y no podía dejar de mirarla.

La mesa de siempre, en el bar. Afuera los autos pasaban con lentitud, luchando contra el semáforo como San Jorge ante el dragón. Adentro Juan traía primero la taza, después el agua, después las medialunas, y paso a paso el café, la leche, un platito con los sobres de azúcar, un vaso de jugo de naranja artificial, una servilleta de papel, caminando kilómetros para la pequeña tarea de servirme el café con leche con medialunas por tres pesos contando la propina.
Lo de siempre, como el diario abierto y extendido en diagonal a mi izquierda en las páginas de las críticas de cine. Como el bolso en el asiento de al lado y su contenido ya añejo y nunca clasificado. Como el trío de hombres, uno de ellos el hijo tonto que hacía ruidos, y la música melódica en los parlantes ocultos del fondo. Como la silla al otro lado de la mesa, que yo empujaba con los pies para hacerme espacio.

Pero el cenicero no estaba.

Yo había escrito sobre este mismo bar antes de que pusieran aire acondicionado, cuando el techo se caía a pedazos a la hora en que nadie miraba. Entonces el cenicero ocupaba su lugar. También lo ocupaba el mozo gordo que luego se perdió de vista entre los millones de habitantes de la ciudad, al otro lado de algún oscuro escape de colectivo. Y las cortinas, un grado de gris más oscuras cada día. Y no había una corriente de gente moviéndose en dirección al shopping, ni sentía con tanta claridad la vibración del subte pasando bajo mis pies. Otras épocas, siete u ocho años antes.

Un poco frío, el café con leche hacía juego con las medialunas. A continuación, terminar el desayuno y meter el diario en el bolso y salir a tomar el subte al trabajo. El cigarrillo: apagado en el piso, entre sus propias cenizas.

(…)

Están haciendo un concurso. Hay que poner la marca de auto favorita y anotar dos números de catorce cifras. El buzón para echar los cupones está en una calle oscura y vacía, donde fui una vez que buscaba la casa de una mujer con la que no tuve más que un beso breve.

Dicen que el que va con su cupón lleno no vuelve a aparecer. Tal vez le dan el auto y se escapa a recorrer los lagos del sur. Pero también dicen que hay colas de gente esperando poder entrar a esa calle, y que los dueños de unos balcones antiguos con rejas y flores están haciendo juicio a los inventores del concurso porque perdieron la tranquilidad. Aunque ganaron un nuevo paisaje de cabezas ansiosas.

(…)

Cuando suena el teléfono todos piensan si alguien va a atender. Ninguno de nosotros quiere ser el primero. Hay un ring, luego otro y otro, y cuando pierdo la cuenta ya son más de ocho. Después uno se decide, casi siempre en la otra oficina, donde no puedo ver quién es: levanta el tubo y aprieta el botón. En ese momento ya son cuatro o cinco las manos que se acercaban a hacer lo mismo. El desafortunado que llegó primero dice unas palabras de circunstancias y cuelga otra vez. Así nadie logra comunicarse con nosotros.

Estamos aislados. Los ascensores nunca funcionan, el portero no deja entrar a nadie desde el asalto del año pasado. Bajamos las persianas de plástico hasta el punto en que apenas distinguimos el exterior y el exterior no puede distinguirnos a nosotros. Pagamos mucho por estos privilegios, pero los miércoles, cuando empiezan las marchas en la avenida, no hay dinero que alcance para detenerlas. Las oímos. Oímos la banda militar mal grabada y peor reproducida. Oímos el flamear de las pancartas y las consignas indescifrables. A veces me dan ganas de ir a ver de qué se trata: nunca sé quiénes marchan cada vez. Pero no puedo. No me dejan hasta la hora en que todos salimos disimulando el apuro.

Hace años filmé las oficinas. Traje mi nueva cámara de video y me quedé unos minutos más. Cuando nadie podía ver, me paseé como un director de cine experimental por entre las oficinas con vidrios y los baños y el pasillo de sillones que lleva a la dirección. Hice ejercicio con las piernas y con los brazos. La última escena fue tomada desde la oficina de adelante, abriendo la ventana y asomándome a la calle. Hice un zoom hasta que la pantalla quedó llena con una flecha de las que están dibujadas en la calle para indicar la dirección de tránsito. Algunos autos y colectivos pasaban por encima de la flecha, a toda velocidad. Después vi el video en casa, una sola vez.

(…)

Un día me crucé con Juan, el mozo del café con leche en cuotas, en la calle. Llevaba zapatos con plataforma para parecer más alto, una campera de cuero y el pelo largo y engominado. No me miró. Creo que él manejaba uno de los autos que cruzó la flecha durante la filmación, y por eso no volví a verla. A esa hora Juan debía estar en el bar, no recorriendo la calle de mi oficina detrás de quienes habían marchado con su banda grabada.

Si no me miró fue porque iba contando algo mentalmente. Llevaba las manos delante de la cara, mientras caminaba, y extendía un dedo tras otro hasta que las manos se acababan y entonces volvía a empezar. También movía los labios con un “uno, dos, tres…” silencioso. Tal vez contaba autos ganados en concursos. Tal vez ceniceros robados.

(…)

Siete veces me tocó a mí atender el teléfono este año.

La segunda, la tercera y la sexta eran la misma voz que preguntaba por la calle del concurso. Mi respuesta fue, primero, que no sabía nada. Luego, que el concurso había terminado. Y por último, que ya estábamos todos muertos.

La segunda y la séptima no habló nadie. Dije “hola” dos veces, “chau” una. También dije que habían robado el cenicero, por la remota posibilidad de que al llamador anónimo y silencioso el hecho le interesara.

La primera era la mujer del beso breve, que me reconoció y dijo que se había mudado a una casa donde era posible encontrar mejores besos, pero no le contesté.

La cuarta y la quinta, el mismo día, era alguien que suspiraba y nombraba a Marcela. Podía haber sido yo, al otro lado de la línea, y decidí tomar la idea para usarla en el futuro: llamar a algún número desconocido, suspirar y nombrar a Marcela.

(…)

Por la época del beso breve, la mujer que vivía cerca de la calle del concurso tenía un hijo, un Nahuel. Había engordado un poco, ella, pero seguía teniendo esa cara asombrosa, los ojos azules. Estudiaba algo de a ratos, seguía fumando y robando ceniceros en los bares. Tenía una colección: de vidrio, de bronce, de lata, de plástico, grandes y chicos, con o sin los nombres de los bares de origen. Nahuel jugaba con algunos, especialmente con los que podía romper, mientras su madre usaba los otros para apagar una colilla, una sola, y después tirarlos a la basura.

Me miró de frente, la madre de Nahuel, con sus ojos azules, y me dijo algo que ahora no recuerdo, pero que parecía muy importante. La brasa de su cigarrillo se reflejaba en la pupila izquierda, creando un efecto de película de Spielberg: el gran paisaje azul con un elemento marrón, el sitio enorme donde perderse y tener grandes aventuras. Parpadeó dos veces, y estuvo un largo rato sin parpadear. Movió el cigarrillo a los labios, sin ceder a la tentación de mirarlo mientras lo hacía, y por último volvió a parpadear. Nahuel rompió otro cenicero. Por lo demás, era de noche y la casa estaba en silencio.

(…)

Quien me habló de los juicios iniciados por propietarios de balcones contra participantes de concursos es un viejo compañero del colegio, ahora abogado, que una vez cada cinco años encuentro en el subte. Siempre tiene algo para contarme, aunque cinco años son demasiado tiempo para saber qué contar sobre ellos. La última vez, por algún motivo, eligió el tema del concurso. Él no sabe que lo organizó la empresa donde trabajo. La empresa prefiere que nadie lo sepa, excepto quienes nos resistimos a atender sus teléfonos durante el día y nos mantenemos lo más lejos posible durante la noche, preferiblemente dando besos breves.

Recuerdo el primer día de clases, en primer año, recién llegado al nuevo colegio cuyo edificio acabaría por derrumbarse unos meses más tarde. El futuro abogado y yo estábamos de pie frente a la puerta del aula, durante el recreo. Nos veo con nuestra imagen de adultos, no puedo retroceder al hecho de que éramos niños. Serios, con las manos en los bolsillos del pantalón, saco y corbata, recién abandonado el guardapolvo de la escuela primaria. Tratábamos de reponernos del dictado con que nos había recibido el profesor de castellano. Y del hecho de que fuera un profesor, no una maestra. Y de que las chicas de nuestra división fueran mujeres, atractivas, con las que debíamos hablar pero no sabíamos como.

Había otro concurso en ese entonces, uno de dibujo y poesía, en la plaza de la ciudad donde vivía. El ganador del concurso de dibujo obtuvo una gran pelota de fútbol. Yo gané el de poesía, y me dieron una lapicera para que siguiera escribiendo. Nunca jugué al fútbol a partir de entonces, pero para escribir esperé a que mis padres me compraran una máquina Olivetti. Más adelante, yo mismo me compré mis sucesivas computadoras y no volví a participar en ningún concurso.

También compré yo mismo el cenicero que tengo en mi oficina. Es diferente, y a la vez parecido a todos los demás ceniceros de la empresa: un poco más alto pero también de vidrio, con el fondo cuadriculado en vez de rayado, incómodo como casi todos. Cuando un cigarrillo se consume solo, acaba cayendo sobre el escritorio para dejar una mancha marrón de nicotina, que luego debo frotar durante un rato. También, si el cenicero está cerca del borde del escritorio, el cigarrillo cae sobre la alfombra. Hay un agujero en la alfombra, recuerdo de una caída desafortunada. También hay restos de ceniza en el fondo de mi bolso, de una vez en que el cigarrillo cayó en su interior. La quemadura leve en un papel que produjo ese mismo cigarrillo está archivada en algún rincón de mi casa: ese papel contiene la única carta de Marcela, donde se daba a conocer y a la vez se despedía para siempre.

(…)

El premio del concurso es algo que todavía está sin decidir. Muchos creen que es un auto, y además el auto favorito del ganador. Pero no es cierto. Hay poco dinero para el premio: casi todo se fue en publicidad y en organizar lo del buzón en la calle oscura. Sé, aunque no lo digo, que se habla de un teléfono celular para que alguien pueda relatar las marchas callejeras a sus amigos más cobardes que no se atreven a concurrir.

También está la cuestión de elegir al ganador. La marca y el modelo del auto favorito deberían tener algo que ver con la elección, pero no necesariamente. También se podría tomar en cuenta la hora en que haya depositado su cupón. O la cantidad de cupones que haya llenado con su nombre: aquella vieja idea de una revista norteamericana de premiar a quien haya elegido el número más bajo que nadie más haya elegido.

No sé, no es mi tarea decidir, aunque me pregunten qué opino. Yo llamaría a Juan y sus zapatos con plataforma, para que él elija un cupón con la letra de Marcela, y a ella la premiaría con un balcón antiguo lleno de geranios, frente a una calle empedrada y oscura, y una consulta al abogado.

(…)

A veces pienso que Marcela y la mujer del beso breve podrían ser la misma persona. No lo son, desde luego, aunque nada lo impide. Nunca vi a Marcela, sólo me tocó leer su carta de saludo y despedida que ni siquiera estaba dirigida a mí, y contestar dos llamadas de alguien que suspiraba por ella.

(…)

Cada diez años empiezo una novela que va a tener mil páginas. La primera partía de una cita de Lewis Carroll, tomada de “Silvia and Bruno concluded”. Según Carroll, hay tres niveles de conciencia. En el primero, llamado “a”, uno no percibe la existencia de las hadas. En el segundo, el “b”, aún percibiendo la conciencia de las hadas, no se pierde contacto con el mundo real. En el tercero, el “c”, sólo se percibe el mundo de las hadas. Lo estoy explicando de memoria, tal vez las palabras no fueran estas, pero estoy seguro del sentido.

En la novela había unos personajes, habitantes de un mundo distante, que sin darse cuenta podían trasladarse de un nivel de conciencia a otro, y con ellos llevarse todo lo que los rodeaba. El protagonista, un piloto de nave espacial, empezaba en el nivel “a”, sin conciencia de la existencia de hadas. Y durante el viaje experimentaba la invasión de otras personalidades en su interior: la “Necesidad de una Respuesta” era una de las personalidades, alguien que lo explicaba todo de manera que fuera incomprensible. La “Parte de Mí” era otra, alguien que se quejaba de todo y todo lo ponía en duda. Ambas estaban señalando el pasaje al estado “b”, el de percepción mixta.

Pero eso era sólo el comienzo, y se debía apenas a la proximidad de los Torellis, los habitantes de ese mundo. Las cosas se pondrían más complicadas con el acceso al nivel “c”, el de la percepción exclusiva del mundo de las hadas.

Los Torellis eran unos seres exóticos, cuyas habilidades dependían de cuántos estaban juntos al mismo tiempo. Uno solo era apenas capaz de vagabundear sin rumbo fijo. Si eran dos, intercambiaban alguna clase de información tocándose los dedos. Si eran tres, lograban alimentarse del aire. Si eran cuatro, se reproducían. Y así sucesivamente. Al llegar a siete, producían un pasaje al nivel “b”. De ocho a trece repetían las mismas habilidades que de uno a seis, pero en un plano intermedio entre el mundo real y el mundo de las hadas. Si eran catorce, producían un pasaje al nivel “c”. Y así sucesivamente. Los niveles no eran sólo tres, sino potencialmente infinitos, con la única limitación del número de Torellis existentes, un número que nadie había logrado determinar, y que tal vez fuera indeterminable.

La cuestión era que al personaje central le iban apareciendo nuevas personalidades interiores, y entre todas lograban repetir los mismos fenómenos que los Torellis. De este modo, cuando las personalidades eran siete, el protagonista, por sí sólo, lograba trasladarse al plano intermedio “b”, ya sin ayuda de los Torellis. Esto ocurría hacia la página doscientos cincuenta, y entonces todo se puso tan complejo que ya no pude seguir adelante.

(…)

Me pregunto si Juan o mi amigo el abogado conocen el estado de conciencia “b”. De Juan estoy casi seguro, por la forma en que esquiva las mesas mientras trae primero la cafetera y luego la lechera, como si algo invisible a otros le impidiera tomar el camino recto y tener las manos llenas. Y el auto que manejaba, ese auto que pasó por la flecha de la avenida mientras yo estaba filmando, que sólo fue visible durante el tiempo que tardan los electrones en renovar dos veces las líneas del televisor. Ese auto tenía algo que no puedo definir, algo como la ausencia del cenicero en mi mesa del bar, los suspiros en el teléfono o el recuerdo de un beso breve.

Del abogado pienso que no tiene idea de ese estado. Su profesión se lo prohíbe.

(…)

Alguien que no conozco se ocupa del buzón en la calle oscura. De madrugada, cuando los camiones de la basura ya han pasado y duermen tanto los trasnochadores como los que viven de día, esa persona saca de su bolsillo esa llave que he visto una vez, abre la caja y mete los cupones en una bolsa. La bolsa es transportada en varias etapas, por diversos medios, hasta un sótano en el mismo edificio donde están las oficinas. Nadie puede rastrear su camino, ni siquiera quienes diseñaron el concurso, de manera que es imposible interferir.

La llave: es dorada, pero no de oro; es grande, pero cabría en la mano del Nahuel que rompe los ceniceros; es antigua, pero tiene dos palas. Cualquiera podría falsificarla; el problema es que alguien se atreva.

Las bolsas: se acumulan en el sótano, donde creo que nadie tiene la intención de abrirlas. Terminado su viaje, instaladas en su pila sin forma, ya no tienen vida propia. Los cupones en su interior son una masa uniforme, de color amarillento, con letras que se diluyen. No interesan más.

(…)

De las siete llamadas telefónicas que contesté, la tercera fue la más larga. Tras preguntar por la calle del concurso y recibir mi respuesta de que el concurso había terminado, la persona que llamaba dijo que eso mismo había soñado la noche anterior.

–Soñé que llegaba tarde al concurso –me dijo–. Terrible.

–¿Usted recuerda los sueños? –le pregunté, asombrado porque yo no los recuerdo.

–Siempre –me dijo–. Tengo una lista de dos mil sueños recordados en el último año. Uno tuvo que ver con un auto, y por eso quería participar en el concurso. Era un auto amarillo, sin ceniceros, que pasaba corriendo frente a una flecha.

–Lo lamento –interrumpí–, pero llegó tarde.

Colgué, y la llamada siguiente fue atendida por algún otro.

(…)

El mejor momento de una novela de intriga llega cuando el detective ya lo sabe todo, y está empezando a contarlo. Uno ha ido acumulando tensión a lo largo de doscientas páginas, y disfruta inmensamente del momento en que comienza la liberación. Es lo más parecido a hacer pis. Cuando la vejiga se ha vaciado el placer es mucho menor. Y con el tiempo, lo que uno recuerda es, en todo caso, la urgencia de ir al baño, pero no la solución de esa urgencia.

Nunca recuerdo la explicación del detective. No me importa. Es la peor parte de la novela.

En la novela sobre los Torellis, la “Necesidad de Una Respuesta” actuaba constantemente como el detective que explica la solución del caso. Pero de un caso que todavía no estaba planteado, de un caso que nadie comprendía.

(…)

Cuando llueve, todo cuesta un veinticinco por ciento más. Todo, desde un paraguas hasta caminar otra cuadra, desde levantarse por la mañana hasta poner cara de bueno ante el espejo.

Ayer, por ejemplo, descubrí que llovía cuando el espejo me mostró arrugas más profundas y un azul más denso bajo los ojos: un veinticinco por ciento más. Todavía no había corrido las cortinas para ver el exterior, y no las corrí: salí a la calle preparado, sabiendo que, a un veinticinco por ciento más, ese día yo iba a producir un veinte por ciento menos.

Hasta Nahuel, el Nahuel de la mujer del beso breve, rompía un veinte por ciento menos de ceniceros durante los días de lluvia. Y un veinte por ciento menos de autos pasaba por la flecha de la calle. Y Juan, allá en el reino de las medialunas y el café con leche, se tomaba un veinticinco por ciento más de tiempo para caminar desde el fondo del salón hasta la mesa con otra cuota del pedido en la bandeja.

Un veinte por ciento menos de sobres, que por la humedad pesan un veinticinco por ciento más, aparece en el buzón del concurso tras un día de lluvia, en la calle veinticinco por ciento más oscura. Todo es tan denso que dan ganas de escribir llluvia, y aun lllluvia, o llllluvia. Nada sería exagerado.

Se dice que no llueve en el reino de las hadas. No se paga allí este impuesto a la lluvia.

(…)

Tengo tres fotos interesantes de mi sofá.

En una está mi hijo, a los tres meses, sentado en un rincón. El sofá, por contraste, parece un transatlántico.

En otra el sofá está solo, a oscuras: foto sin flash tomada casi de noche. Se intuyen sombras, pero no las había al momento de disparar.

En la tercera foto, entre espirales de humo, hay una cara. No es nadie que yo conozca. Encontré la foto en una revista y la recorté porque sin duda el sofá que aparecía era el mío. No puede haber otro sofá igual, con la misma mancha de café y el mismo agujero producido por un cigarrillo. No sé quién tomó la tercera foto, aunque hice una lista de amigos y conocidos fotógrafos que pudieron, o no, ser los culpables.

(…)

No me gusta el papel de Watson. Prefiero el de Sherlock, aunque claramente es el único falso. Hace falta un Watson para crear un Sherlock de la nada, y por eso está el mundo lleno de Watsons, todos somos Watsons de algún ente imaginario que jamás logramos sacar de nuestras cabezas para que huela los malos olores, los hábitos putrefactos, las inexactitudes de la lógica del mundo exterior.

Sherlock existe en el estado de conciencia “c”. Por lo tanto, cuando uno actúa de Watson se encuentra en el estado de conciencia “b”, a mitad de camino del mundo de las hadas, con un pie aquí y el otro quién sabe dónde.

(…)

Está L., por ejemplo, fotógrafa de arte. La foto del sofá podría ser su idea de lo que es vengarse. La cara de la foto, entonces, sería su hijo, ya crecido, que echa su mirada de odio sobre mí, sólo porque soy alguien que no tuvo relación con él y no quiso seguir teniéndola con su madre.

Está también S., que trabajaba como fotógrafo de niños en las plazas, cuando las cámaras no eran tan baratas y la filosofía del self made no estaba tan difundida. La cara de la foto, entonces, sería alguien de la familia del nuevo marido de su ex esposa. Un enemigo, en cualquier caso. Pero todo suena demasiado complicado para ser cierto, así que puedo descartar esta posibilidad.

(…)

Un día de lluvia, S., que había dejado la fotografía mucho tiempo atrás, me contó bajo una sombrilla gigante la historia de su ex esposa y cómo habían llegado a separarse. Otra sucesión de fotos (pareja que discute en la escalera, hijo que parte levantando la mano para saludar, nuevo padre que sonríe, y así hasta provocar pena), pero yo no estaba con ánimo para apreciarla. Por entonces luchaba para obtener otro beso breve, sin resultados.

Ex esposa: exposa.

(…)

¿Se juntan todas las piezas? ¿Cómo distinguir lo que es ambientación de lo que es nudo del tema? La realidad es confusa, mucho más si uno toma en cuenta el reino de las hadas. No sé qué pensar de las señales del mundo exterior, combinadas para colmo con las señales del mundo interior.

Otra vez suena el teléfono. ¿Es real? No me refiero al sonido, que lo es. Me refiero al mensaje oculto que habrá en las palabras de quien llama, cuando lo atienda. Porque sé que otra vez es mi turno de atender, la octava. Y no tengo idea de lo que voy a oír, pero ya empiezo a imaginar las intenciones que habrá detrás.

–Este es otro servicio de la Asociación de Agoreros Anónimos –dice una voz grabada al otro lado, justo antes de que mi mano, autónoma, sin ganas, vuelva a poner el tubo en su lugar.

(Escribí una parte de lo anterior el 25/8/95, quince días antes de dejar de fumar, y otra parte el 8/7/96, cuando mi hijo tenía seis meses. Iba a ser el comienzo de otra novela de mil páginas, pero por suerte sólo fue otro fracaso en los sucesivos intentos de escribir novelas de mil páginas.)

Los dragones del circo

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Los dragones del circo están quietos durante toda la función, uno a cada lado de la entrada principal. Parecen de piedra, una piedra verdosa, gris, marrón, gastada por el tiempo y las manos de los niños que los tocan al entrar. Son grandes, tal vez tengan cuatro o cinco metros de altura, diez o doce de largo. Nadie cree que puedan volar, porque las alas son pequeñas y se las ve pegadas al cuerpo, parte de la misma piedra agotada por los gritos de los payasos y la música plagada de redoblantes y bronces.

Tienen los ojos cerrados. Ni siquiera respiran. Al principio de la función los niños todavía los miran de vez en cuando, pero cuando entran los leones ya nadie los recuerda. Cualquiera pensaría que han estado ahí desde siempre, pero llegaron la semana pasada a bordo de grandes camiones, como el resto del material del circo. Los pusieron en su sitio con una grúa alquilada, a la luz del sol, envueltos en grandes lonas que quitaron de noche, cuando ya la carpa los cubría de las miradas curiosas. Después salieron los avisos en el diario local: “El Circo de los Dragones”, decían, y ahí iban los chicos a ver la nueva maravilla.

Al final de la función, cuando la mayoría de las risas y los aplausos se han agotado, cuando los más chicos quieren otra cosa pero no saben qué, se apagan todas las luces menos el foco que ilumina al maestro de ceremonias.

-Ahora, querido público, los dragones -dice el hombre del traje rojo con cola de golondrina, sin alzar la voz, casi sin ganas. Y el único foco se apaga.

En la oscuridad todos miran hacia los dragones, mejor dicho hacia los ojos de los dragones, que se han abierto y brillan como linternas verdes. Uno de los ojos titila dos o tres veces, y al final se apaga, pero los otros parecen agrandarse, crecer en intensidad, y la carpa entera queda iluminada por esa luz parecida a la de la luna.

Se oye el ruido de un latigazo en el otro extremo de la carpa, y allí ha aparecido, bajo un foco rojo, una mujer que lleva en la cabeza un extraño tocado, un sombrero negro con una punta larguísima que sube en el aire un par de metros y termina en una especie de pelota de trapo. La mujer vuelve a dar un latigazo, como para llamar la atención de los que están medio dormidos, y grita:

-Preparen -latigazo-, apunten -latigazo-, ¡fuego!

Durante dos o tres segundos no hay nada nuevo. La gente mira a un lado, al otro, preguntándose qué debería estar ocurriendo. Entonces sale de cada dragón una larga llamarada, estrecha y veloz, rumbo a la pelota de trapo que se bambolea en el aire. Los seguidores de Pokemon y ese tipo de series han visto ataques mejores, pero no está mal. La dos llamaradas atraviesan la carpa en un instante e incendian la pelota en un chisporroteo de fuegos artificiales. Dos ayudantes se apuran a arrojar baldes de agua para apagar el fuego, y entonces, de a poco, se encienden las luces.

La mujer deja el látigo, se quita el tocado de la cabeza y camina al centro de la arena, para recibir los aplausos. Parte del público se ha puesto de pie, pero no para aplaudir sino para salir antes e ir al baño, o comprar Coca-Cola, o tomar aire. El maestro de ceremonias espía desde atrás de una cortina. Los dragones no hacen nada: de nuevo con los ojos cerrados, empiezan a disfrutar otro segmento efímero de su eterno descanso.

La Jefatura

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El comedor era una habitación pequeña con una mesa servida para cinco en el centro. En medio de la mesa, sobre el mantel blanco, había un vaso de vidrio con dos flores artificiales. La ventana daba a un jardín, el jardín a un sendero de cemento, el sendero a una extensión de pasto verde y bien cortado, y el pasto a la alambrada. Más allá de la alambrada estaba ese mundo irreal en que la gente era libre.

La habitación recibía el pomposo nombre de casino de oficiales.

La puerta se abría a un pasillo, y justo enfrente había otro cuarto. Ahí pasaba yo largas horas luchando con la primera novela que leí en inglés, We can build you, de Philip K. Dick. La novela venía después de encerar los pisos de la Jefatura de esa minúscula, ignorada, inútil unidad militar. Ponía litros de cera, y la distribuía por medio de una enceradora que también esperaba la baja. Con ese olor daba lo mismo que las flores del casino no fueran de verdad.

Yo era uno de los seis soldados asignados a la Jefatura del lugar. Otro era un muchacho alto, rubio, con mucha calle y experiencia de mozo en lugares finos, al que el Jefe había rescatado para su servicio porque lo hacía quedar bien con los otros oficiales y algún invitado esporádico.

Se llamaba Víctor, o tal vez Jorge, no estoy seguro. Había traído su propia ropa de mozo, saco y camisa blancos, pantalón y moño negros, y se la ponía exclusivamente para el almuerzo. Llegaba la comida de la cocina, llegaban de a poco los cinco oficiales, y allí estaba Víctor o Jorge para dar jerarquía a la ocasión. Sabía plegar las servilletas de una manera especial, como un origami de tela. Sabía colocar los cubiertos a la manera de un restaurante de lujo. Sabía acomodar en los platos la comida militar para que pareciera comida civil. Y sabía pelar parcialmente las naranjas, cortando la cáscara en gajos o pétalos que luego curvaba sobre sí mismos y enganchaba en la base, con lo que se formaba una especie de flor que a los oficiales les encantaba.

También, y sobre todas las cosas, era el encargado de escupirles el café.

Es que estábamos condenados a las venganzas pequeñas, y, peor todavía, a sólo fantasearlas. Imaginar venganzas era un ejercicio más importante que el orden cerrado de las mañanas y el orden cerrado de las tardes, casi tan importante como el de pasar inadvertidos. Había que ser creativos, discretos, audaces, y luego saber disfrutar de cada idea aunque nadie, nunca, jamás la hubiera llevado a cabo.

Por eso tengo tan presente a Víctor o Jorge, y la ropa de mozo, y los rituales del almuerzo, por esa solitaria venganza exitosa: el café espumoso que nos aliviaba, nos redimía, nos devolvía algo de humanidad. El mejor momento del día.