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Pronóstico

El sabio anciano se dedica a estudiar el clima. Huele el aire, observa la actitud de las ovejas, clasifica la nubosidad, mide el color de las hojas de los árboles, anota la dirección del viento, el comportamiento del río, el ruido del volcán, las figuras que forma la borra del café. Deja todo escrito en una tablilla, y un día más tarde agrega el comentario final: si ha llovido o no.

De esta manera desarrolla un método para predecir si el día siguiente será lluvioso o seco. Cuando el método parece estar a punto, hace su primera predicción.

—Mañana lloverá —anuncia para sí mismo, solo en las profundidades del valle donde vive.

Al otro día no cae ni una gota de agua.

El sabio revisa cálculos y estadísticas, ajusta las conclusiones, y dice:

—Mañana estará seco.

Al otro día llueve un poco. Apenas, pero llueve.

Nuevos ajustes, nuevas precisiones, día tras día. Y día tras día el pronóstico fracasa. Así, sin cambios, transcurren tres meses.

Entonces, a los cien días de predicciones fallidas, el sabio ve la luz: en una situación así, un cien por ciento de error equivale a un cien por ciento de éxito.

Alborozado, corre a la ciudad y pide audiencia al rey.

—Su Majestad —anuncia—, tengo un método infalible para predecir lluvias y sequías.

El rey, siempre interesado en cuanto pueda beneficiar la recaudación de impuestos, acepta que el sabio haga una demostración.

El sabio saca sus tablillas, hace los cálculos necesarios, agrega un poco de danza y ritual para los ojos presentes, y llega a la conclusión de que, según su método de predicción, al día siguiente estará seco.

—Mañana va a llover —anuncia entonces, con grandilocuencia.

Al otro día el cielo está despejado. No cae ni una gota.

El sabio se rasca la cabeza. Es la primera vez que el método falla. Vuelve a hacer ajustes, y cuando el rey lo llama, explica:

—Su Majestad, el error se debe al cambio de valle. He olvidado tomar en cuenta que ya no estoy en mi casa, sino en esta magnífica ciudad, donde las condiciones del tiempo son otras. Ahora haré una predicción correcta.

El rey, paciente, decide escucharlo otra vez.

—Mañana estará seco —dice el sabio.

Pero llueve.

El rey, temiendo alguna clase de complot, manda a sus espías a revisar las tablillas del sabio. Así se entera de que, por algún motivo para él incomprensible, el sabio le ha estado diciendo lo contrario de lo que su método anunciaba.

Tiene dos opciones: puede hacer decapitar al sabio, por engañarlo; o puede seguir escuchando sus pronósticos, aprovechando lo que al parecer es un notable logro científico, y actuar de acuerdo a lo contrario de lo que el sabio anuncie.

Sin duda, la segunda opción será mejor para la recaudación de impuestos que otra cabeza separada del tronco.

El sabio, que no se ha enterado de la presencia de espías en su casa, acude a ver al rey lleno de temor. Pero el rey sonríe y le anuncia clemencia. El sabio, entonces, repite sus cálculos, llega a la conclusión de que habrá sequía, y dice:

—Mañana va a llover.

De esta manera, el rey se convence de que al día siguiente estará seco, y prepara una excursión campestre para sus ocho mil setecientos cortesanos.

La lluvia intensa lo arruina todo.

Tras decapitar a los espías, pues con algo debe calmar su rabia, el rey envía nuevos emisarios a la casa del sabio. Un poco atemorizados, los emisarios confirman lo que se sabía hasta el momento. El sabio no ha cambiado de método.

Decidido a insistir cuanto sea necesario, el rey vuelve a llamar al sabio.

—Mañana estará seco —anuncia el sabio con un hilo de voz.

Si el sabio dice eso, piensa el rey, es que su método le indica que lloverá. Por lo tanto, yo debería creer que lloverá. Pero eso falló, de manera que sin duda estará seco.

Otra vez organiza el gigantesco día de campo. Y otra vez quedan todos pasados por agua.

Cada cosa tiene su límite. Durante la noche siguiente hay actividad en la plaza mayor, donde, al amanecer, una cabeza anciana y desprovista de cuerpo empieza a presidir lo que será una semana entera de sol radiante.

Empezó la noche de un viernes

Empezó la noche de un viernes, sin darse cuenta, cuando cruzó la calle delante de un Fiat Uno blanco que venía a toda velocidad. La conductora del Fiat pegó un volantazo de último momento, empezó a frenar unos metros después de haberlo pasado, gritó algo por la ventanilla abierta y acabó yéndose como había venido, sin perdonar a los neumáticos.

Cuando llegó a la otra vereda supo que había descubierto algo.

A la mañana siguiente cruzó frente a un Volkswagen Polo de color más rojo que la sangre. No venía tan rápido, pero pasó más cerca. El conductor ni siquiera reaccionó.

Se quedó unos instantes en la vereda de enfrente, y en cuanto vio venir una camioneta Isuzu negra se preparó. Midió los tiempos, y a último momento saltó hacia adelante. Pasó justo. Nadie habría podido medir la distancia entre el paragolpes y su rodilla izquierda. A bordo de la camioneta iba una mujer con dos chicos. Tocó un bocinazo tardío, giró en dirección contraria, estuvo a punto de llevarse un árbol por delante y paró a media cuadra de distancia.

Hasta ese momento, la mejor experiencia.

Durante los días siguientes corrió frente a varios modelos de Renault, Ford, Chevrolet. Apenas esquivó un Honda. Estuvo a punto de caer bajo un viejo Opel. Ensayó, con poca emoción, una Harley Davidson que casi terminó estrellándose. Cuando ya todo parecía hecho, se le ocurrió empezar con las avenidas de doble mano.

Eligió otro Fiat Uno, también blanco, que venía a bastante velocidad por el carril de la izquierda. Corrió, pasó justo, y se detuvo en seco medio metro después, midiendo las distancias con toda exactitud porque por la mano contraria venía una manada de metal con ganas de sangre.

Un éxito. Varios conductores gritaron. Hubo bocinazos que rivalizaron con las frenadas a ver cuál hacía el ruido más fuerte. Y todo mientras él respiraba agitado en las líneas amarillas.

Lo siguiente fue un colectivo. El 113, que venía pidiendo espacios libres desde un par de cuadras más allá, pasando semáforos casi rojos. Fue fácil. El colectivero ni siquiera cambió el rumbo, ni pisó el freno, ni tocó la bocina.

Ahora tenía por delante un universo nuevo. No sólo cada línea de colectivos, sino toda clase de combinaciones entre colectivos y calles y avenidas de diversos anchos. Y luego de a pares: un colectivo y una camioneta. Y tríos: una moto entre un auto y un colectivo.

Las promesas de una larga y provechosa carrera le dieron vértigo.

Terminó de poner la primera hilera de azulejos

Terminó de poner la primera hilera de azulejos y empezó con la segunda. Once azulejos por hilera en la pared desnuda, unos dos metros de largo. A su espalda, el lavatorio y el espejo. A la derecha, el inodoro. Sobre su cabeza, ahora que estaba agachado junto al lado izquierdo de la pared, cerca de la puerta, una barra blanca para colgar toallas.

Dio tres golpecitos en un azulejo para fijarlo. El ritmo involuntario le recordó una canción de los años setenta, a la manera extraña en que la música suele irrumpir en la conciencia de las personas, y sin querer se puso a silbarla. La canción se asociaba a una novia que había tenido, a una noche conmovedora en que ambos habían aprendido varias cosas. De manera que convirtió el silbido en tarareo, el tarareo en palabras entrecortadas, y llegó a cerrar los ojos por un momento.

Ése fue el error. Demasiada distracción. Cuando volvió a abrir los ojos la pared se había alargado al menos medio metro.

Mientras la canción se perdía en el aire, dejó la cuchara de albañil en el piso y cerró los puños con fuerza. Miró a un extremo de la pared y luego al otro, tratando de contenerlos. La expansión se detuvo, pero ahora había tres azulejos más en la primera hilera, la terminada. Aspiró hondo, parpadeó una sola vez y golpeó los puños cerrados uno contra otro.

Le pasaba cada vez con más frecuencia, esto de distraerse y dejar que las cosas se salieran de carril. Por ejemplo el día anterior, cuando iba manejando y el acelerador cambió de lugar con el freno. También poco antes, cuando las ventanas de la casa empezaron a desplazarse por las paredes siguiendo al sol. Y cuando los ravioles con salsa de tomate se convirtieron en cucarachas ensangrentadas, cuando los vecinos empezaron a hacer ruido a cualquier hora, cuando las estrellas se realinearon en un gran triángulo, cuando la gente empezó a tirar la basura en la calle, cuando los troncos de los árboles se inclinaron veinte grados hacia el sur. Cuando hizo frío en primavera, cuando un avión voló hacia atrás, cuando los bomberos pasaron tres noches seguidas. Cuando el diario trajo la foto equivocada, cuando los pantalones le quedaron cortos, cuando los chicos de la escuela dejaron de gritar. Cuando el repartidor de pizza rechazó la propina, cuando las baldosas se hundieron bajo sus pies, cuando llovió sin nubes. Cuando el tren llegó tarde, cuando el televisor se dio vuelta para enfrentar la pared, cuando los perros de al lado ladraron toda la mañana. Cuando dejó de necesitar anteojos, cuando el teléfono sonó y no era nadie, cuando el ascensor anduvo hacia el costado. Cuando aparecieron los semáforos, cuando los libros se hicieron caros, cuando la harina se puso blanca.

Había podido controlar muchos de estos eventos. Pero otros se le habían ido de las manos, hasta extenderse por el mundo y, de alguna manera, convencer a los demás de que eran normales. Ahora, sin ir más lejos, si no se concentraba al límite de su capacidad, no sólo podía seguir el ensanchamiento de la pared sino que había riesgos de que se propagara a otras paredes, otros edificios, a la ciudad entera.

Abrió los puños, apoyó las palmas en el cemento e hizo algunos movimientos que sólo él conocía. No estaba seguro de que fueran útiles, pero se había acostumbrado a repetirlos, necesitaba el ritual para mantenerse en foco. Así, lentamente, redujo la pared en el ancho exacto de un azulejo, luego dos, y por último los tres que se habían sumado. Entonces bajó los brazos y se relajó. Le dolía el cuello por el esfuerzo. Inició un movimiento circular de la cabeza, primero hacia abajo, luego hacia la derecha, hacia arriba y atrás. Y ahí, cuando los ojos apuntaron a lo alto, se quedó quieto, mientras el sudor frío le llenaba la frente.

El techo se había ido a siete metros de altura.

Pelea

Están los dos de pie en el living de su casa, quietos, él cerca de la ventana y ella cerca de la puerta. Sólo mueven la boca. Por momentos se los ve desde arriba, como si el departamento tuviera diez metros de alto, y por momentos desde el piso o las paredes.

A espaldas de ella aparece un flash amarillo y rojo. Ella grita:

—¡Ataque mega cliché!

Entre ambos se forma una columna de humo, y de la columna surge un letrero gigantesco, que avanza y le golpea a él la cabeza. El letrero dice “Todos los hombres son iguales”. Doblegado por el dolor, él esconde la cabeza bajo ondas de cabello verde.

—Aahhhh —grita—. Eeeehhhhh. Aaaaahhhhhhh…

Cuando el humo se acaba, el cartel desaparece en el aire.

—Eso ha sido traicionero —dice él, agitado. Se lo ve de cerca: dos ríos de lágrimas le recorren las mejillas—. No tenía mis armas preparadas. Pero ahora…

Hace una pausa. Las lágrimas dejan de fluir. Levanta la cabeza, parece mucho más alto que antes. Un fondo parecido a una cascada de estrellas se desliza detrás de él, donde estaba la ventana. Levanta el brazo derecho y grita:

—¡Ataque hiper lógico definitivo!

Ella lanza un prolongado alarido:

—Oooooooohhhhhh…

Ha quedado sumergida en una especie de pantano gris, del que surgen dedos delgados y largos en actitud acusadora. Del fondo del pantano surgen voces cavernosas. “Lo que dije fue que”, empieza una. “No malinterpretes mi”, sigue otra. “Si lo piensas bien”, dice una tercera. Son muchas Se interrumpen entre sí. Ella se tapa los oídos y aúlla hasta que el pantano desaparece.

—Esto no es verdad —repite mientras tanto para sí misma, como si estuviera leyendo un libreto—. Es una ilusión creada por poderes que quieren librarse de mí. Debo mantener mi cordura y responder con el mayor ataque que las Bestias Familiares han puesto a mi disposición.

Ahora es su turno. Las cejas se le han convertido en dos líneas rectas que bajan oblicuamente hacia la nariz. El cabello escarlata gira alrededor de su cabeza respondiendo a vientos impredecibles. Una luminosidad creciente va creando contraluces en su ropa. Alza el brazo izquierdo, y de pronto tiene un rayo en la mano. Grita con toda la potencia de su voz:

—¡Ataque golpe bajo atómico!

El rayo parte hacia el techo y allí explota como un mundo de fuegos artificiales. De inmediato aparece el retrato tridimensional de una mujer mayor, inmensamente grande, una montaña. Ambos miran hacia arriba, ella con expresión de triunfo. Él, aterrado.

—Aaaaaaaahhhhhhhhh… —grita él, cerrando los ojos y tratando de cubrirse la cabeza. Pero es inútil, porque todos sabemos que el retrato tiene el poder de aparecérsele dentro de los párpados.

El retrato sonríe con colmillos afilados. Tiene los ojos rojos.

—Mírate en ese espejo —dice ella, mientras tanto, culminando el ataque vencedor—. ¡Eres igual a tu madre!

Diario íntimo

Día 1

Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 2

Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 3

Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 4

Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 5

Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 6

Sábado.

Día 7

Domingo.

Día 8

Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 9

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 10

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 11

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 12

Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 13

Sábado.

Día 14

Domingo.

Día 15

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día tormentoso. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia con fiebre. Corte de luz. A dormir.

Día 16

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Caminata por huelga de transporte. Imposible entrar al centro. Regreso. Familia en cama. Corte de luz. Poco sueño.

Día 17

Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Familia evacuada gracias a vecinos que huyen. Corte de luz. De noche, fuegos.

Día 18

Estoy muy cansado, con dolor de cabeza y los pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Hay pocas explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 19

Duermo casi todo el día. Apenas puedo abrir los ojos. Dolor de cabeza y pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Alguien me habla de las barricadas. Sin explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 20

Sábado.

Nombres

Hay una gotera lenta, en alguna parte, allá arriba, por encima de la oscuridad que me rodea. Estoy contando las gotas que caen. Voy por la diecisiete, aunque no recuerdo las anteriores. No sé cuándo empecé a contar, así que no puedo confiar en el cálculo. No sé nada, en realidad, y por lo tanto no puedo confiar en nada. Excepto que estoy en la oscuridad y hay una gotera lenta, y la gota que acaba de caer es la número dieciocho.

Estoy sentado. No hay respaldo, por lo menos hasta donde me atrevo a probar. Algo me retiene las manos a la espalda, probablemente esposas. Nunca tuve las manos esposadas. Es de una violencia imposible esto de tener las manos retenidas por un objeto físico. Que me prohíban moverlas si quieren, que me pongan una barrera psicológica o moral, pero que no me las esposen. Me dan ganas de llorar pero las lágrimas no salen, y entonces pienso otra vez en la gotera, y esta gota es la número veintitrés, aunque no soy consciente de haber pasado por las cuatro anteriores.

Delante de mí se abre una puerta, con un chillido de animal. Se forma un rectángulo blanco brillante, tan luminoso que, finalmente, me saltan las lágrimas. Entrecierro los ojos, miro a un lado, vuelvo a mirar al frente. Veinticuatro gotas. En medio de la luz se forma la figura de una persona, que avanza y cierra la puerta tras de sí con otro chillido. Oscuridad otra vez, pero breve, porque la persona enciende una linterna y me apunta a los ojos. Es hora de cerrarlos del todo.

—Tu nombre es —dice esa persona con voz de mujer, y pronuncia mi nombre.

—Sí —contesto—. Por favor, apague la linterna.

La apaga. Hay un silencio largo, excepto por la gota veintiséis. La veinticinco cayó entre el momento en que se cerró la puerta y el momento en que se encendió la linterna.

—No —dice la mujer—. No es ese. Tu nombre es —y ahora sí pronuncia mi nombre.

Digo que ahora sí porque me doy cuenta de que el otro no era mi nombre, aunque yo lo creyera. Mi nombre real es este otro, este que la mujer me ha devuelto. Debería sentirme agradecido, pero no. Odio a esa mujer, la odio con todas mis fuerzas y quisiera decírselo.

La gotera se está acelerando. Ahora han caído las gotas veintisiete y veintiocho. No sé por qué las sigo contando, pero no lo puedo evitar. También muevo los pies, sin ruido, tratando de encontrar un ritmo que acierte con la próxima caída de una gota. Lo hago desde el comienzo, desde aquel diecisiete del principio de los tiempos, hasta ahora sin lograrlo.

La mujer camina hacia mi izquierda. Muevo la cabeza para acompañar los pasos, tratando de imaginar su forma. Anda con total seguridad, como si pudiera ver sin luz, o conociera el sitio de memoria. Sube dos escalones, me doy cuenta porque el ruido de los zapatos es diferente, y da tres pasos más, hacia mis espaldas. Hay dos chasquidos consecutivos, el de la gota treinta y el de un interruptor.

Me duele la cabeza. Es algo nuevo, un dolor repentino que parte de la base de la nuca y en un segundo se divide en dos ramas, me recorre los parietales y se une a sí mismo en el centro de la frente. Inclino la cara hacia adelante, inclino también el cuerpo, escondo la cabeza entre las rodillas durante un segundo, y luego la vuelvo a levantar porque necesito aire. Miro hacia arriba, y entre la gota treinta y uno y el dolor queda espacio para temer que algo caiga desde allá arriba, desde la oscuridad donde no sé qué hay, y me entre en los ojos. Así que abajo otra vez, otra vez hacia las rodillas, con los ojos cerrados. El dolor se va.

Antes dije el principio de los tiempos, pero sigo sin saber nada de ese momento. Primero habrá existido la gotera, y luego los números necesarios para contar las gotas. Sin embargo, las gotas no se cuentan a sí mismas, hace falta alguien que las cuente, y ha de ser por eso que estoy aquí.

Treinta y dos. Por el ruido, parece que las gotas cayeran sobre mi cabeza. Están ahí, exactamente en mi cenit, próximas. Pero no siento nada.

Aparece un resplandor rojizo, de manera que vuelvo a abrir los ojos. Se han encendido luces a mi derecha. Estoy en un espacio enorme, una especie de depósito. Primero hay una serie de bultos negros, iluminados a contraluz, que no puedo identificar. Luego veo varias cámaras de filmación, algo que parece una grúa pequeña, gente de espaldas, también a contraluz, que maneja aparatos. Por detrás de todo está el living de una casa, al que le falta la pared del frente. Dentro del living hay gente. Actores. Son los más iluminados, y los únicos a quienes la luz les da en la cara. Están hablando, pero no entiendo lo que dicen. Cae la gota treinta y tres.

—Mm —digo, probando si aún tengo voz.

Nadie me oye. Espero a que haya caído la gota treinta y tres antes de hacerlo un poco más fuerte.

—Mmm.

Algo me raspa en la garganta y me da tos. Uno de los que manejan aparatos, el más próximo, se vuelve hacia mí y hace un gesto con las manos. Quiere que me calle.

Empiezo con un susurro:

—Socorro.

No es suficiente. Subo apenas el volumen:

—Socorro.

Tampoco. Cae la gota treinta y cuatro. Los actores siguen su rutina. Mis manos siguen esposadas. Aspiro hondo y digo con voz plena, sin gritar:

—Socorro.

El hombre que antes se había dado vuelta camina hacia mí con paso rápido.

—No puede estar acá —dice en voz muy baja—. ¿Quién lo dejó entrar?

—No sé —contesto.

Saca un aparato de la cintura y pulsa un botón.

—Hay un intruso —le dice al aparato, sin alzar la voz, y lo vuelve a poner en su sitio. Me mira otra vez—. Van a venir a buscarlo —dice—. No haga ruido.

Regresa a su puesto. Han caído algunas gotas más, porque la cuenta interior ya va por el treinta y nueve, pero no las conté conscientemente. Entonces recuerdo a la mujer que vino antes y miro a mi alrededor. Ya no está. A la luz crepuscular de las lamparitas distantes puedo ver los escalones que subió, puedo ver el interruptor. Pero no hay rastros de la mujer. Cuarenta gotas.

Se abre la puerta, entra la ráfaga de luz y con la luz dos personas apuradas. Una de ellas me cubre la cabeza con una capucha, la otra se asegura de que mis manos sigan esposadas. Susurran entre ellos: son dos hombres. Pero hablan en un idioma que no entiendo. Sacuden un poco el banco en que estoy sentado, me levantan, me vuelven a sentar. Hay mucho movimiento y casi ningún ruido, pero no parece que vayamos a ninguna parte, porque la gotera sigue sobre mí, persistente entre los susurros y las sacudidas.

Cuarenta y ocho gotas, y entonces me sacan la capucha. Estoy en un cuarto gris de paredes descascaradas, iluminado por tubos fluorescentes. Frente a mí hay un escritorio de fórmica. Al otro lado del escritorio, un policía de bigotes, calvo, me mira con las manos cruzadas frente a él. Ha puesto la gorra a un lado, sobre una pila de papeles. Una corriente de aire mueve el papel de arriba, que se iría volando si la gorra no lo mantuviera en su sitio. Cae la gota cuarenta y nueve, allá en el techo. Cae la gota cincuenta. Todos tenemos mucha paciencia.

—Su nombre es —empieza por último el policía, y dice otro nombre, diferente de los que usó antes la mujer. Pero él es quien tiene la razón: lo que dice es mi nombre, y no entiendo cómo lo sabe.

—Sí —respondo.

Cincuenta y una gotas. La gotera se sigue acelerando. Si al principio era un tac … … … tac … … … tac, ahora es un tac … tac … tac. El policía agarra el papel que se movía bajo la gorra y lo pone frente a su propia barriga, que ahora veo que sobresale como una sandía. Mientras sujeta el papel con una mano, con la otra abre un cajón, busca una lapicera, y empieza a tomar notas. Parece que estuviera describiendo mis rasgos, porque de vez en cuando me mira y luego vuelve a escribir: observa mi pelo y escribe, observa mi oreja izquierda y escribe, observa mi cuello y escribe. No hace preguntas, lo cual parece bastante apropiado porque no creo que tenga respuestas para darle.

Yo trato de hacer coincidir mis meñiques, uno contra el otro, tarea mucho más difícil de lo que parece. Con las manos aún esposadas a la espalda y los dedos apuntando hacia abajo, toco índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y cuando quiero tocar meñique con meñique el de la mano derecha queda más atrás que el de la izquierda. Empiezo otra vez, índice contra índice y así, hasta que los meñiques fallan de nuevo. Esto se repite intento tras intento, gota tras gota, mientras el policía hace su trabajo.

Pasa un largo rato. La cuenta va por ochenta y siete, y no estoy nada seguro de cómo llegué a ese número, cuando el policía se incorpora, mira a alguien que está detrás de mí, y la capucha vuelve a taparlo todo.

Me ponen de pie entre dos, cada uno alzándome de un brazo. Sin soltarme, me hacen caminar. Damos unos pasos, giramos, damos unos pasos más, volvemos a girar, y así sucesivamente. Me doy cuenta de que estamos andando en círculos, pero no veo razones para protestar. La gota número cien llega como si fuera un alivio. Siento un modesto renacer mientras cuento ciento uno, ciento dos, ciento tres.

Cuando se cansan de dar vueltas me acuestan en una camilla, boca abajo. Oigo un chasquido y noto que tengo las manos libres. Oigo el ruido de las esposas, también ellas liberadas, que caen al suelo. Pero dejo los brazos a ambos lados del cuerpo, para no abusar de la suerte.

—Va a sentir un pinchazo —dice una voz femenina con tono neutro.

La profecía se cumple en un punto del antebrazo derecho, del lado de adentro, a unos centímetros por encima de la muñeca. Me clavan algo y lo dejan ahí, y luego ponen una cinta adhesiva para que permanezca en su sitio. Pero sigo sin ver nada. Ciento seis. Oigo pasos que se alejan. Me parece que estoy solo, pero entonces alguien me quita la capucha. No hay diferencia: el sitio está a oscuras. Y, salvo la gotera, en silencio. Quien me quitó la capucha se aleja sin hacer ruido. Ciento siete gotas, siempre en el cenit.

Tengo ganas de orinar.

Doy vuelta la cabeza y me doy cuenta de que no todo es oscuridad. Hay una línea de luz pálida, a la altura del suelo. Es la parte inferior de una puerta.

Tengo que ir con cuidado. Primero me pongo boca arriba y espero. Ciento ocho gotas. Ciento nueve. Luego me siento. Las piernas me cuelgan por el borde de la camilla. Ciento diez, ciento once gotas. Es un gusto tener las manos apoyadas en las rodillas. Tableteo un poco con los dedos. Ciento doce gotas.

De pronto recuerdo algo que ha quedado sin resolver. Levanto las manos y las pongo a la altura de los ojos, palma contra palma, con los dedos separados. No puedo verlas, pero la posición es más cómoda que a la espalda, con las esposas puestas. Junto índice con índice, mayor con mayor, anular con anular, y casi sin darme cuenta también meñique con meñique. Al primer intento.

Ciento quince gotas. Me deslizo hasta el suelo y levanto los brazos. Siento un tirón del antebrazo derecho, y un momento después oigo el estrépito de algo metálico que cae. Me había olvidado del pinchazo y sus significados. Ahora tengo que esperar por si viene alguien.

Ciento dieciséis gotas. No viene nadie. Debo esperar más. Ciento diecisiete gotas. Ciento dieciocho. Qué números tan largos.

Con mucho cuidado me quito la cinta adhesiva y la aguja, vuelvo a alzar los brazos y empiezo a andar hacia la puerta. No hay nada que se interponga en el camino. Acaricio la puerta del centro hacia los bordes, y luego hacia abajo, hasta que mi mano izquierda da con el picaporte. Sin mover esa mano, acerco la otra y la uso para girar el picaporte con lentitud. La puerta se abre lo suficiente para yo que asome un ojo al mundo exterior.

Hay un pasillo de paredes blancas, poco iluminado. Está vacío. Parece parte de un hospital. Enfrente hay otra puerta, con el número 123, justo la cantidad de gotas que he contado hasta ahora, en caracteres metálicos. A la derecha de esa puerta hay un matafuegos colgado de la pared, y un poco más allá empieza una hilera de asientos negros, de plástico, unidos entre sí por tubos de metal.

Ciento veinticuatro gotas, y las ganas de orinar me hacen mover involuntariamente.

Abro la puerta del todo, asomo la cabeza fuera de la habitación y miro en ambas direcciones. Ahora estoy seguro de que estoy en un hospital. El pasillo sigue pocos metros hacia la izquierda, muchos metros hacia la derecha, y en ambos extremos termina en otro pasillo transversal. No hay más ruidos que el de la gotera y los míos.

Me miro a mí mismo. Estoy cubierto con una bata blanca de mangas cortas que me cubre hasta los pies, sin bolsillos. En los pies, un par de pantuflas blandas. Sin necesidad de ver, me doy cuenta de que no tengo ropa interior. Tampoco tengo reloj, pero no siento que me haga falta. Lo que me hace falta es un sitio donde orinar.

Ciento veintisiete gotas. La gotera ahora hace tac tac tac, y sigue su marcha a velocidad creciente. Salgo hacia la izquierda, por donde el pasillo termina pronto, y camino hasta el pasillo siguiente, que sigue en ambas direcciones. La gotera, por algún motivo, me acompaña. Allí tampoco hay nadie. Giro a la derecha y camino rápido hasta una puerta doble, de vaivén, que da a unas escaleras.

No se ve ninguna indicación de que haya baños cerca. Atravieso la puerta, dejo que se cierre y me asomo por el hueco de las escaleras. Aquí la luz es aún más tenue que en los pasillos. Sigo solo. Me sitúo frente a un rincón, detrás de la puerta, levanto la bata con ambas manos por encima de la cintura, echo los hombros hacia atrás, las caderas hacia adelante y aflojo los músculos. El chorro de orina oscurece un triángulo isósceles de pared blanca, y enmascara las gotas ciento cuarenta y cinco a ciento cincuenta y dos. Pero las cuento sin necesidad de oírlas, porque ahora la velocidad de la gotera me permite seguir el ritmo con bastante fidelidad.

Suelto el borde de la bata y bajo las escaleras. La gotera ahora hace tatatatata. Empieza a ser difícil contar número por número, y entonces me decido a contar sólo las gotas pares, ciento cincuenta y ocho, ciento sesenta, ciento sesenta y dos.

La planta baja está tan desierta como el piso de arriba. Hay mostradores, sillones, espejos, ascensores, y nadie que los use o los atienda. Frente a las escaleras se ve una pared de vidrio, y al otro lado la oscuridad. Seguro que es el exterior, y seguro que es de noche.

Me acerco a un mostrador para mirar al otro lado. Hay unos papeles, una lapicera, un teléfono. Estiro el brazo para levantar el tubo, pero no llego a hacerlo. ¿A quién puedo llamar? No recuerdo el número de nadie.

Giro hacia la pared de vidrio y camino. Ciento noventa y cuatro, noventa y seis, noventa y ocho, doscientos. Hay un movimiento a mi derecha, y me doy cuenta de que acabo de pasar frente a un espejo. Me detengo. Ahora podría volver un paso atrás y mirarme, reconocerme, saber algo más de mí. Pero es más importante la pared de vidrio, la negrura de la noche que está al otro lado. Es más importante la gotera que ya hace tttttttttt.

Me rindo. No tengo más remedio que estimar el número de gotas, porque están cayendo demasiado rápido para contar una por una. Voy de cinco en cinco omitiendo los centenares. Treinta, treinta y cinco, cuarenta.

En medio de la pared de vidrio hay una puerta. Lo único que la identifica es un pequeño letrero que dice EMPUJE. Antes de abrirla miro hacia afuera, pero sólo veo el cemento del primer metro de suelo. Más allá está todo negro. Empujo y me asomo al exterior.

En cuanto saco la cabeza ocurren dos cosas. Un golpe de aire frío me hace parpadear y cerrar la boca. Y la gotera se termina. Vuelvo a meter la cabeza adentro. La gotera continúa. Ochenta, noventa, trescientos, diez, veinte. Ahora suena a rrrrrrrrrrr. Esto no puede seguir así por mucho tiempo. Saco la cabeza al silencio, la meto otra vez, cincuenta, sesenta, y entonces abro la puerta del todo, salto al exterior y la cierro detrás de mí.

Sin la gotera el mundo es más solitario, y también más grande. Se oye el viento en los árboles, pero todo es invisible. Doy un paso al frente y me paro en el borde del mundo. Más allá no hay luz.

Estiro los brazos al frente y doy otro paso. Estoy en un camino de polvo de ladrillo. Es inconfundible, por el tamaño de las piedritas que se me clavan en las pantuflas blandas. Duele.

Sigo andando, con mucho cuidado, arrastrando un poco los pies, tanteando al frente con las manos. Noto que llevo la cabeza echada hacia atrás, la mirada fija en un punto alto, y me obligo a bajarla, como si así pudiera ver algo. Tras un rato me detengo otra vez y me doy vuelta para mirar atrás. A lo lejos está la pared de vidrio, pequeña, muy luminosa, y tras ella la planta baja del hospital. Vuelvo a mirar al frente.

Me encuentro con la luz de una linterna, a varios metros de distancia, que me ilumina la cara. Cierro los ojos, alzo un poco más las manos.

—Tu nombre es —dice una voz cascada, la de un anciano. Y pronuncia mi nombre, el cuarto, el verdadero.

La máquina

Escrito en colaboración con Luisa Axpe.

Había que meter un dedo en la máquina, esperar la luz verde, sacar el dedo y pasar un molinete. El encargado de seguridad, medio escondido tras los bigotes y los anteojos oscuros, se ocupaba de que nadie hiciera trampa. La identificación era necesaria, decían, por la seguridad de todos.

La cola iba despacio. Algunos dudaban antes de someter un dedo al escrutinio de los mecanismos internos de la máquina. Así como había quienes metían el índice de la mano derecha, otros, seguramente menos seguros de sí mismos, sólo confiaban al aparato el meñique de la izquierda.

Se contaban feas historias de ese sistema de identificación, pero nadie podía estar seguro de la verdad, porque nadie había visto gente rechazada.

El hombre del sobretodo gris, tercero en la fila, sacó por fin la mano del bolsillo. El puño cerrado, aunque no tanto como para suponerlo vacío, escondía algo. Ocultando sus movimientos de la vista del encargado, abrió el minúsculo paquete y reprimió un gesto de asco. El pulgar seccionado empezaba a ponerse gris, pero todavía tenía un aspecto casi normal.

Lo había ensayado muchas veces: esconder su propio pulgar dentro de la mano cerrada sobre sí misma y dejar asomar el pulgar ajeno, sin vida, como si fuera propio. Casi un truco de niños.

La mujer que estaba delante de él en la fila temblaba. Era el turno de ella. El encargado le habló con voz áspera:

-¿Otra vez acá? ¿Qué le dije ayer?

Ella trataba de responder pero los nervios se lo impedían. Alzó los brazos como pidiendo perdón, o tal vez para protegerse, pero no sirvió de nada. El encargado la empujó hacia un lado con la mano izquierda, mientras levantaba la derecha. Aparecieron dos policías armados y se llevaron a la mujer a rastras.

El hombre del sobretodo gris miró ese hueco inesperado donde había estado la mujer y pensó en dar media vuelta. Fue un momento, justo antes de que un joven que estaba tras él, distraído por los policías y la mujer que todavía no terminaban de irse, se lo llevó por delante y le hizo perder el equilibrio. Ahogando un insulto, el hombre del sobretodo gris cayó sobre el costado derecho. Abrió instintivamente la mano para frenar la caída, y el artilugio con el que pensaba engañar a la máquina salió rodando.

-¿Qué es eso? -preguntó el encargado. Otro policía se agachó velozmente y recogió el objeto-. ¡Guardias, a él!

Cuatro hombres con cara de simio llegaron dando grandes zancadas y lo levantaron en el aire, sujetándolo de ambos brazos y piernas. Al mismo tiempo, mientras lo transportaban en la dirección hacia la que habían llevado a la mujer, un hombre de guardapolvo blanco le cubrió la nariz y la boca con una gasa empapada en algún líquido de mal olor. La porción de mundo que veía desde esa posición -un techo abovedado a diez metros de altura, salpicado de claraboyas mugrientas, con un dibujo geométrico que no olvidaría jamás en su vida- se volvió negro y adquirió una cualidad aterciopelada, como mullida, hasta que ya no supo si estaba viendo el techo o el interior de sus propios ojos.

Despertó echado en el piso de una habitación desnuda, de paredes blancas. El techo era igualmente alto pero no tenía claraboyas, aunque sí una repetición exacta del dibujo geométrico. Trató de ponerse de pie y descubrió que todavía no era capaz de hacerlo. Se sentó, con la espalda apoyada en la pared.

Del lado opuesto había una única salida. La abertura estaba completamente ocupada por una máquina identificadora como la que había intentado engañar. En lugar del molinete había una puerta metálica, pero ahí estaban la luz roja y la luz verde, y sobre todo el hueco oscuro cuya única finalidad era recibir un dedo.

Se arropó con el sobretodo gris y pasó un largo rato mirando la máquina. No ocurrió nada. En la habitación no había agua, alimentos ni otro objeto que su propio cuerpo adormecido. El mensaje era claro.

La pared contra la que tenía apoyada la espalda era de un material fuerte pero no macizo. La golpeó suavemente con los nudillos y se quedó escuchando el sonido hueco. Parecía estar hecha con esos paneles que se usan en la construcción de casas prefabricadas. Era evidente que la habitación había sido agregada mucho después de la construcción del edificio. Una caja en todo el sentido de la palabra. Lo extraño era que pudiera verse el techo de mampostería con el dibujo original. Entrecerró los ojos para enfocar mejor, y descubrió un techo transparente, de vidrio o alguna materia plástica, que permitía ver lo que había más arriba.

Apenas hecho ese descubrimiento, todavía un poco embotado, alcanzó a oír un sonido rítmico que provenía de la pared. Un golpe, una pausa, un golpe. Una pausa más larga, otro golpe. Alguien, del otro lado, había oído sus primeros golpes y trataba de comunicarse.

Esperó a que la secuencia se repitiese, golpe, pausa, golpe, doble pausa, golpe, y entonces la imitó. Hubo unos segundos de silencio antes de que los golpes del otro lado reaparecieran, y cuando lo hicieron sonaban un poco más apagados. Tardó apenas un momento en darse cuenta de que ahora estaban un metro más allá, a la derecha. Se arrastró por el piso hasta donde parecía haber llegado la señal, y la imitó otra vez. Ahora casi no hubo demora: los golpes y pausas surgieron otro metro a la derecha, y un poco más tarde en el rincón donde la pared terminaba.

En ese rincón había un agujero muy estrecho, a diez centímetros del suelo, y en cuanto hubo dado los golpes correspondientes por el agujero apareció un tubo de plástico negro, del tamaño de los que vienen con un rollo fotográfico. No pudo ver qué lo empujaba del otro lado, porque en cuanto agarró el tubo el agujero quedó tapado con algo.

Sostuvo el tubo en la mano, lo sopesó, lo agitó junto al oído. Había algo adentro, algo blando, ni liviano ni pesado. Volvió a mirar en dirección a la máquina identificadora y sintió que ya sabía de qué se trataba.

Dudó antes de abrir el envase. Algo, en el orden del terror, le impedía satisfacer la curiosidad. Sin embargo, supo enseguida que no tenía opción. Tironeada por su pulgar, la tapa saltó con un ruido de botella descorchada. Pensó en los efectos especiales con que tratan de imitar en la radio los sonidos de la vida real, y que terminan por reemplazar a los verdaderos en la memoria colectiva.

El contenido del tubo estaba enrollado en algo que podía ser una servilleta de papel o uno de esos rectángulos de papel higiénico de los baños públicos, con una inscripción hecha a mano. No tenía alternativa: aunque no quisiera enterarse de qué clase de objeto se trataba, no podía dejar de leer el mensaje. Lo desenvolvió, y se encontró con lo que esperaba.

Leyó el mensaje, escrito con nerviosismo: “Soy la mujer que estaba delante de usted en la fila. Como se imaginará, no puedo usar esto; ya es tarde. Pero usted quizás tenga una oportunidad de hacerlo”. Por lo visto, no había sido el único en tratar de sortear la máquina con un dedo cadavérico.

Se puso de pie. Tenía una sensación eléctrica en la espalda y en los dedos de las manos, la corriente de una esperanza. Miró hacia los costados, hacia arriba, hacia adelante. Aspiró hondo. Avanzó hacia la máquina identificadora. Tomó el dedo mutilado entre el pulgar y el índice y lo acercó al agujero.

Entonces se detuvo, porque un pensamiento molesto acababa de crear un cortocircuito en su interior. ¿Cómo sabía esa mujer que él estaba allí? ¿Sería ella, realmente, quien le había pasado el tubo de plástico a través de la pared?

Con un movimiento rápido guardó el dedo en el tubo, el tubo en un bolsillo del sobretodo, y se echó en un rincón alejado de la máquina. Primero escondió la cara entre las manos, luego la alzó hacia el techo. Le habían tendido una trampa. Hasta ese momento no tenían otra cosa para acusarlo que la posesión de un dedo de cadáver. No era suficiente. Querían un delito mayor, querían que intentara pasar la máquina para tener con qué atraparlo para siempre.

Sacó el tubo del bolsillo y, gateando, lo llevó al hueco de donde lo había sacado. Cabía perfectamente, era como si hubieran hecho el agujero con una matriz del tubo. Ya no tenía ninguna duda: la escena había sido preparada de antemano. Lo introdujo hasta que la base redonda formó un solo plano con la pared. Después, lentamente, lo empujó hasta el otro lado.

Ésa era la actitud. Una provocación abierta. Nada tenía ya que ocultar, y nada de lo que hiciera cambiaría su destino. Animado por una energía repentina, se puso de pie. En dos pasos largos y rápidos estuvo frente a la máquina, y sin titubear introdujo donde correspondía su propio dedo índice. El de la mano derecha.

La puerta se abrió de par en par. Al otro lado había una luz enceguecedora. Imposible distinguir nada. Retiró el dedo, que no había sufrido ningún daño. Dio un paso y se apoyó en el marco de la puerta, tratando de acostumbrarse a la claridad. Luego, con mucha precaución, dio otro paso.

Fue gracias a esa prudencia que consiguió esquivar el primer disparo. Pero los siguientes dieron en el blanco.

La nave espacial

La nave espacial tiene el aspecto de un Fiat 600 viejo y destartalado. Pero me han avisado sobre ese detalle de la misión, así que no pierdo la confianza. Saco las llaves del bolsillo y con una de ellas abro la puerta del conductor. Adentro la similitud sigue siendo notable: asientos de algún material indefinido con colores también indefinidos, mandos que a primera vista parecen inadecuados. Polvo, papeles de caramelos, una mancha de café.

Me siento frente al volante, con las piernas plegadas en ángulo agudo, y cierro la puerta. Por debajo de estos controles antiguos y sencillos se ocultan maravillas de la tecnología más avanzada. La ilusión se mantiene incluso cuando meto la llave en su sitio y hago contacto: lo que se oye es un antiguo motor de combustión interna, seguramente grabado digitalmente, mientras los verdaderos propulsores, sin duda ocultos bajo el piso, son silenciosos. Hasta la vibración de la carrocería imita la de un auto maltrecho. No puedo imaginar la cantidad de microchips y nanocomponentes necesarios para lograr ese efecto.

De tres pedales que hay en el piso aprieto el de la izquierda, y usando lo que parece una palanca de cambios pongo primera marcha. Suelto de a poco el pedal de la izquierda, mientras con el otro pie empujo el de la derecha. La vibración aumenta. Siento un momento de temor por lo que vendrá, pero la nave espacial se pone en movimiento sin otro efecto que apretarme un poco la espalda contra el asiento.

Empiezo así el largo e incómodo viaje a Marte, mientras el mundo exterior sólo percibe una cáscara de Fiat 600 que se mueve lentamente por la calle Olazábal.

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Estoy en la sala de espera del médico

Estoy en la sala de espera del médico, sentado frente a una mujer muy mayor. No hay nadie más. Las sillas están puestas de manera que la distancia entre mis rodillas y las de la mujer sea exactamente un centímetro menos que la necesaria para estar cómodos. No es que nos rocemos, nada de eso. Es que mis rodillas y las de ella deberían estar al menos un centímetro más separadas. Por culpa de ese centímetro de diferencia es que tengo los pies echados hacia atrás, cruzados el derecho sobre el izquierdo, a punto de dormirse los dos. También por culpa de ese maldito centímetro es que mis ojos, como los de la mujer, están desviados hacia la ventana que tenemos al lado, a mi izquierda (su derecha). Así es que apenas sé algo de su aspecto, excepto por la ropa gris, la piel de la cara llena de arrugas, las manos correosas y el pelo cubierto por una especie de gorra negra, chata.

Al otro lado de la ventana hay una calle estrecha, y más allá un edificio en el que el piso correspondiente al nuestro es el último, de manera que justo por encima se ve el borde de una azotea. Allí, casi en el límite de mi visión, asoma la cabeza de una mujer, luego los hombros. Está trepando a la pared que separa la azotea del vacío de cuatro pisos. Cuando lo logra veo que está vestida con remera y shorts, algo muy poco apropiado para el frío de este agosto. Hace equilibro en el borde, y luego se lanza hacia su derecha, es decir en la dirección en que ya no puedo verla.

Miro de reojo a mi compañera de sala y compruebo que está mirando a la mujer de enfrente. Pero su expresión no dice nada, no me cuenta ni un detalle de lo que está ocurriendo con la aparición. Ella está situada mucho mejor que yo para ver, y sin embargo parece que no le interesara.

Vuelvo la vista a la pared de la azotea. Durante los pocos segundos de mi distracción ha llegado un policía de uniforme, se ha trepado también a la pared, y ahora eleva su pistola al aire y dispara en la dirección en que se fue la mujer. Por algún motivo el disparo suena apagado, lejano. Seguramente la ventana del médico tiene vidrios dobles.

La anciana que casi me toca las rodillas sigue sin dar signos de que esté ocurriendo nada, ni siquiera cuando el policía se lanza hacia donde pronto no lo podré ver más y justo antes de desaparecer resbala y está a punto de caer. Lo único que hace la anciana, y no estoy seguro de que no lo estuviera haciendo antes, es golpetear el dorso de una mano con el dedo mayor de la otra, toc, toc, toc, pero sin ruido, toc, toc, toc, siguiendo el ritmo de algo que tal vez haya ocurrido medio siglo atrás.

Pasan dos o tres minutos, algún tabú me impide mirar el reloj para estar seguro, y la azotea de enfrente permanece tranquila. Entonces alguien que está fuera de la vista levanta por el borde de la pared un bulto negro, largo, una especie de bolsa pesada. Veo dos manos que dan un último empujón y el bulto cae, lento como una pluma, hasta perderse de vista por debajo del límite de nuestra ventana. No puedo evitar el inclinarme un poco, apenas, para ver más, pero ya no quedan rastros del bulto ni de las manos que lo empujaron. Mi vecina no se mueve.

Me aclaro la garganta con un sonido mínimo, dos sonidos mínimos en rápida sucesión. Pero no digo palabra. La mujer del toc, toc, toc tampoco. Pasa un tiempo difícil de medir, tenso. Entonces se oye el ruido de una puerta que se abre a mi derecha, su izquierda. Giramos la cabeza al mismo tiempo, en dirección contraria a la ventana. Es la secretaria del médico, que llama a la mujer.

Muevo los pies un poco más hacia atrás, aparto las rodillas como si hiciera falta. La anciana se pone en pie con cierta dificultad, levanta un par de paquetes que tenía depositados en el asiento vecino, y se aleja sin echarme una mirada, sin saludar, sin decir nada.

En cuanto ella se va, ocupo su asiento para ver mejor.

Controles remotos

Estoy aburrido frente a la tele, con el control remoto en la mano. Un presentador lee las noticias.

-El mercado de valores ha tenido un día tranquilo, en el que… -está diciendo, pero no le dejo terminar la frase. Con la rapidez que da la práctica, pulso un botón del control remoto. De inmediato, el presentador salta sobre su escritorio y se arranca la corbata-. ¡Pero esto no va a quedar así! -grita. Le crecen las cejas, se le amarillean los dientes. Bajo el saco que ya se está quitando a jirones tiene una camisa sucia de explorador.

Pulso otro botón. La decoración en tonos cálidos y apagados se disuelve en un río de llamas, o lava, algo rojo y amarillo que fluye de izquierda a derecha. Hay gritos distantes. El explorador, que ahora cuelga de una rama, hace un esfuerzo sobrehumano y salta sobre una roca. Rueda sobre sí mismo. Cae al otro lado, donde no hay llamas, y se pone en pie de inmediato.

Frente a él hay una mujer. Está atada al tronco de un árbol. Pulso un botón más, y el pecho de la mujer crece, se hace más alto, mientras la pollera se le rasga estratégicamente hasta la parte más interna y más secreta del muslo.

En este momento llega mi esposa del trabajo. El ruido de la llave en la cerradura me obliga a pulsar otro botón, de manera que el pecho de la mujer retrocede al nivel anterior y la pollera se convierte en pantalones anchos.

-No creo en ti -dice el explorador-, me estás tendiendo una trampa.

Mi esposa se acerca al sofá, nos damos un beso corto. Ella trae su propio control remoto en la mano, y mientras se sienta ya está pulsando botones. Por detrás de mis protagonistas, un joven abogado de traje negro desciende por unas escaleras de mármol y sonríe a cámara.

-Le ruego que se calme, amigo -pide al explorador, que ya está amenazándolo con un cuchillo que ha conocido sangre-. Tengo cobertura policial, así que le convendrá cambiar de actitud.

Mi hijo, que ha oído la entrada de su madre, viene corriendo por el pasillo. Él también enarbola un control remoto, y apenas saluda con dos palabras cuando pone en marcha el pulgar. Nadie es más rápido que mi hijo. La cámara se eleva, y resulta que a la distancia aparece un personaje dibujado, con los pelos largos en un extraño arabesco que le envuelve la cara, que eleva su puño derecho hacia el cielo. Grita:

-¡Invoco el poder de Krun-ka-món! -o algo así.

Todos, el explorador, el abogado y la mujer, que ya no está atada, se dan vuelta. La pantalla se pone azul. El cielo es un remolino. Hay una lluvia de rayos, y los tres personajes corren a protegerse bajo el toldo de una tienda cercana. Ahora todos están dibujados.

-¿Qué comemos? -pregunta mi mujer, mientras pulsa otro botón. El abogado saca un celular y lo abre. Los rayos siguen cayendo.

-No sé -digo, mientras muevo el pulgar sobre el teclado. Un rayo arranca el celular de las manos del abogado-. ¿Por qué me preguntás?

-Es tu turno de cocinar -dice mi mujer. El abogado, que no ha dejado de sonreír y además acaba de recuperar su composición de carne y hueso, saca un arma y apunta a la cabeza del explorador.

Mi hijo, que se cansa pronto de las cosas, tira el control remoto a un rincón del sofá y se va otra vez a su computadora, donde es dueño de todos los destinos. Los rayos se acaban de inmediato. Yo hago cálculos rápidos y me doy cuenta de que mi mujer tiene razón. También dejo el control remoto y me pongo de pie.

-Voy a ver qué hay -digo.

Mientras camino hacia la cocina, el abogado de ojos celestes y traje negro se acomoda tras un escritorio de color marfil y empieza a leer las noticias.