Son cinco

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Son cinco, de los que el mejor está en segundo lugar. El primero es más pesado que el cuarto, que a su vez tiene menos cola que el tercero. El último nunca está solo, cosa que no se puede decir del segundo. Hay dos rojos, dos con ranuras, uno triste, tres a los que les falta agua, uno encendido, dos con algo metálico. El más desparejo está detrás del menos sabio. El menos gordo está delante del más duro. Uno de ellos tiene muchas ganas de irse para no volver.

Hay que pasarse el tiempo

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Hay que pasarse el tiempo acomodando todo. Esto arriba, lo otro a la derecha, una cosa al norte, otra cosa abajo, otra a la izquierda, otra al oeste, que en diagonal, que en curva, que recto, torcido, junto, separado, allá, acá, adelante. Todo hay que acomodar, y no sólo una vez sino muchas, todo el tiempo, hora tras día tras semana tras mes. Y si algo queda acomodado, entonces viene alguien y lo empuja, lo patea, lo ignora, le dice cosas, lo cambia de lugar queriendo o sin querer, y a empezar de nuevo. Y es inútil, lo peor es que uno sabe que es inútil. Y terminan llamando a esto entropía.

Lo que no sabe

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Lo que no sabe la persona que llama por teléfono, sólo por esta vez, sólo en este preciso momento, y esto no volverá a ocurrir, lo prometo, es que no soy una máquina.

Del lugar más alto

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Del lugar más alto cae una hebra de lana blanca. No hay viento, así que se mueve en una línea recta que apunta directamente a tu pelo. A último momento se oye algún ruido, detrás de nosotros, que te hace dar vuelta. La hebra, ya lejos de vos, sigue hacia el suelo y se pierde la única oportunidad de trascender.

Árboles

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Árboles. Cielo azul. Gente de a dos. Sólo el agua del lago se mueve.

Borrador

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Hay partes del cerebro, o tal vez de la personalidad de uno, que quedan para siempre en borrador.

Personaje

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Para mi próxima novela estoy pensando en comprar un personaje verdadero. Ya empecé a ahorrar, pero no sé si llego. Están tan caros.

Conozco una agencia que entrega un primer personaje gratis, pero esos personajes nunca se arreglan solos: después hay que comprar otro, y otro más, y esa agencia termina siendo la más cara de todas.

También están los que alquilan personajes. Mientras uno pague el alquiler, el personaje se queda. El problema es cuando uno ya no puede pagar, o se olvida. Lo vi en novelas de otros: de pronto parece que se desinflan. Hacen puf, echan un polvito gris, y la novela no sirve más.

No, la cuestión es comprar un personaje de primera, uno solo, pero bien comprado. Y tratar de arreglarse así. Para el resto venden unos cartones pintados que no están mal, siempre que queden de fondo.

El teléfono suena

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El teléfono suena siempre cuando estoy durmiendo. Entonces sueño que atiendo, sueño una conversación, sueño una despedida. Llevo una intensa vida social gracias a la tecnología.

La empresa hará esfuerzos

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La empresa hará esfuerzos para adecuarse a los nuevos requerimientos, pero los perros ladran cada vez más fuerte, allá en las jaulas del fondo, y no tenemos puertas que den al oeste. He de ser honesto, entonces: las utilidades crecerán el día en que cada escritorio tenga raíces firmes, en que las marcas de las paredes tracen patrones reconocibles, en que los huecos entre los listones de cada persiana dejen ver la salida del sol. Es verdad que hay signos promisorios. Nuestro servicio de atención al cliente ha encontrado el camino en una combinación creativa de música sacra y fotos de Marte. El departamento de ventas se encuentra inundado hasta las rodillas, mientras el sótano se expande hasta abarcar la mitad de la playa de estacionamiento. Investigación y Desarrollo tiene más niños que Recursos Humanos. Así es, señores. Nuestro modelo corporativo permite animales y plantas, pero no minerales. Nada de minerales, y esta es mi última palabra.

Faltan cuarenta y seis palabras

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Faltan cuarenta y seis palabras para el fin del mundo, y transcurren sin temor como si quien las pronuncia no supiera contarlas, o no conociera el desenlace, o pensara que en realidad nada va a ocurrir, que de todas maneras la existencia es ilusión, espejismo, palabrerío.

En el bar cerrado

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En el bar cerrado las sillas están sobre las mesas, los platos sobre las tazas, y el mozo practica yoga.

Un solo Shakespeare

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Un solo Shakespeare con pluma, tinta y papel jamás igualará la producción de infinitos monos con infinitos procesadores de texto.

¿Qué hacemos?

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¿Qué hacemos si en el momento de mayor suspenso, cuando el protagonista pende de una soga atada a un helicóptero sin piloto que vuela a gran velocidad hacia una montaña de roca pura, hay una alarma de incendio, se interrumpe la proyección y nos evacúan a todos, mientras mueren el director de la película y el autor del libro original, siniestros accidentes ocurren a técnicos, actores y hasta ejecutivos de la empresa productora, una repentina enfermedad neurológica cuyo principal resultado es la amnesia más profunda ataca a todos los que vieron la película antes que nosotros, y nunca más, pero nunca nunca llegamos a enterarnos de lo que pasa a continuación?

El lugar está lleno de gente

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El lugar está lleno de gente. Todos de pie. Conversamos. De vez en cuando suena una risa por encima del murmullo. Dos camareras pasan con bandejas de canapés. Con cierta frecuencia alguien se desprende de un grupo y va a la deriva hasta que otro grupo lo absorbe. En ambos extremos del salón hay ventanas por las que nadie mira. La gente se divide entre quienes se meten la servilleta usada en el bolsillo y quienes la dejan en una de las mesas repartidas por el lugar. Junto a la puerta por donde entran y salen las camareras hay un ascensor, pero hace tiempo que no funciona. Algunos, los más antiguos, recordamos el sonido de la campanilla que anunciaba su llegada. Sin embargo, el ascensor ya no es tema de conversación. Ahora lo que nos preocupa es que un día dejen de llegar los canapés.

Tres cuadritos

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La tira está en blanco y negro y tiene tres cuadritos. En el primero se ve un personaje, no está claro si hombre o mujer, que viste una túnica oscura. La cámara está en el piso y apunta hacia arriba, de manera que casi todo es túnica, y allá a lo lejos hay una cabeza recortada contra el cielo. Mira hacia abajo, con seriedad. Lleva un gorro cónico, también oscuro. El pelo se abre hacia los lados en varios tirabuzones que sobrepasan los hombros. En el cielo hay una variedad de nubes, rechonchas, con bordes rizados. Una de las nubes tiene patas, y parece una oveja.

En el segundo cuadrito la cámara se ha movido a la altura de los ojos del personaje, que sigue mirando al lector y de pronto sonríe. El personaje tiene los ojos estrechos y anchos. La túnica es más clara que en el primer cuadrito: ahora la cubre una trama apretada de líneas cortas, horizontales y verticales, que en algunos sectores se entrecruzan y en otros no. A espaldas del personaje, más bien lejos, asoma una ciudad de rascacielos, todos terminados en punta, con una forma que recuerda al gorro. En uno de los rascacielos las ventanas son redondas. En otro, triangulares. Por una de las muchas ventanas cuadradas que adornan los demás asoma alguien con los brazos extendidos. Apenas se lo ve, es casi una ilusión allá en el fondo, muy pequeño, y también podría ser un error del dibujante, un trazo descarriado, una falla en el papel. Pero de verdad parecen brazos extendidos, como los de alguien que pide auxilio, y está muy alto, en uno de los últimos pisos, y es posible que otro trazo, otra falla del papel que aparece a su lado sea una voluta de humo, el comienzo de un incendio.

En el tercer cuadrito la cámara ha seguido subiendo, y ahora muestra al personaje desde arriba. El personaje no deja de mirar al lector, mientras la sonrisa se ha convertido en una carcajada de dientes oscuros y desparejos. La túnica, ahora blanca, forma un círculo casi perfecto alrededor de la cabeza que ríe. El resto del cuadrito muestra el suelo cubierto de cráteres pequeños, redondos, de bordes quebrados. La tierra es negra, y los detalles están dibujados en blanco. En uno de los cráteres brilla algo, como si a través de un agujero estuviéramos viendo una luz subterránea. En otro hay un animal casi microscópico: el lector debe acercarse mucho al papel para descubrir que tiene muchas patas y parece asustado. Junto al animal se repite, ahora en negativo, la voluta de humo del cuadro anterior. Y ahora que uno está tan cerca del papel, tan atento a los detalles, puede ver que en cada cráter hay un ojo, y que en cada ojo habita un gusano, y que cada gusano tiene dos brazos largos que extiende hacia el lector como pidiendo algo, siempre pidiendo.

Los muñecos de peluche

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Los muñecos de peluche están amontonados en la caja, en cualquier posición, a oscuras, torcidos, codo con ojo, pata con cabeza, apretados, no vistos por nadie, no tocados, sin haber despertado el deseo de un solo abrazo. Aún no lo saben, pero tienen por delante un largo proceso de antropomorfización.

Lo venden en latas

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Lo venden en latas. No se puede creer. Tanta historia, tanto esfuerzo que llevó a las generaciones anteriores, tan simbólico de los usos y costumbres. Tan particular, tan idiosincrático. Tanto prestigio, tanta vergüenza. Tan preciso en cuanto a requerimientos y resultados. Tanto que se habló, tanto que se discutió. Tanta sangre derramada. Tan cálido en las manos, tan frío a distancia. Tanto que se exigió, tanto que se retaceó. Tan sólido a la manera en que eran sólidas las enciclopedias. Y ahora lo venden en latas.

Ahora cantemos todos juntos

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Ahora cantemos todos juntos. “La la lá,/ qué lugar/ tan azul,/ tan carmín…” Percibimos la cadencia del árbol que hay en nosotros, la luz del bosque que nos ilumina. Estamos unidos en lo profundo de un arroyo de consciencia. Cantemos todos juntos. “Sé sé sé/que en el mar/ hay un pez/ sin ojós.” Así, amigos, así, querida concurrencia, nos elevamos en las nubes del dorado fulgor, del frenesí, de la ameba primordial que solloza en nuestras almas evaporadas cual cubos incólumes. Cantemos, cantemos, cantemos todos juntos. “Mi mi mi/ corazón/ es rubí/ y sabor.” Amada muchedumbre, amados todos los que contemplan el barro de los pies y la tinta de las manos, amados estómagos del ingenio insomne, amadas cebras tricolores que suavizan el sábado, brincamos por sobre las tapias del conocimiento segregado por las cortinas, nos columpiamos de Norte a Sur, de Este a Oeste en los brazos de la madre calefactora que se mimetiza en primaveras. Ahora, ahora como en nuestra infancia, ahora como en nuestro futuro que está escrito en palabras invisibles, cantemos juntos. “Po po pó,/ nubarrón/ de metal/ y algodón…”

Yo

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—Hola. Soy yo.

—Sí. Yo también soy yo.

—Pero yo soy más yo que vos.

—Eso es posible.

—Yo soy de verdad yo, mientras que vos no.

—Ah. No sabía. Entonces…

—Entonces vos tendrías que decir “yo hago como que soy yo”.

—Yo hago como que soy yo.

—Eso es. Aunque un poco todos hacemos como. Claro que yo no.

—Vos no. Vos sí que sos yo.

—Exacto.

Hay cosas curvas y cosas rectas

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Hay cosas curvas y cosas rectas. A veces, las cosas rectas sirven para hacer curvas, pero no a la inversa. Algunas cosas rectas son en realidad curvas, cuando se cambia la escala. Algunas cosas curvas jamás llegarán a ser rectas. No hay nada recto-curvo, ni curvo-recto, es imposible. Algunas cosas rectas lastiman. Algunas cosas curvas sobran. Hay cosas que lastiman y no son rectas, así como cosas que sobran y no son curvas. Hay cosas que lastiman que cambian de forma con el tiempo. Hay cosas que cambian de forma, y así no lastiman. Hay cosas que sobran pero no lastiman, y cosas que lastiman y sobran a la vez. Hay cosas que sólo lastiman a cosas rectas. Hay cosas curvas que sólo sobran cuando están juntas. Hay cosas que están juntas y lastiman. Hay cosas que sobran, son rectas y están separadas. Hay cosas que están juntas y nunca cambian de forma. Hay cosas separadas que lastiman por no ser curvas. Hay cosas que, siendo curvas, cambian de lastimadoras a sobrantes cuando tratan de convertirse en rectas. Hay cosas que sobran cuando lastiman. Hay cosas que pueden ser curvas o rectas, estar juntas o separadas, y lastiman cuando cambian de forma.

Uno cuenta un chiste

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Uno cuenta un chiste. Dos se ríe. Pero el chiste tenía una alusión a cierto aspecto del pasado de dos, cosa que dos comprende unas horas más tarde, mientras viaja en el colectivo de regreso a su casa, aunque está convencido de que uno jamás pudo enterarse de aquello. Al día siguiente hay una extraña conversación telefónica, en la que dos explica a tres que nunca quiso decir lo que dijo entonces. Tres se queda pensando, sin entender, hasta que se encuentra con uno para tomar una cerveza y se olvida de todo. Uno le cuenta un chiste.