Sección: Diario
16/12/2003
En la playa, de noche, camino lentamente hacia la orilla del agua. No hay nadie más. El cielo está nublado y oscuro. La luz de las pocas casas que hay detrás ilumina la arena de manera rasante, como un sol lejano y débil. Las pisadas y las ondulaciones de la arena parecen cráteres y montañas.
Miro a la izquierda y abajo, como si viera el suelo a través de la ventanilla de un avión, o de una nave espacial. Porque siento que sobrevuelo otro planeta. Podría decir que un centímetro equivale a un metro, de manera que mi altitud es de algo menos de doscientos metros, y avanzo lentamente sobre un terreno accidentado. Si hubiera alguien allá abajo, en esa superficie castigada por los meteoritos y sin atmósfera, sería igual a un pequeño escarabajo que lucha por trepar en la arena de una playa.
Disminuyo la velocidad. Giro suavemente. ¿Dónde estoy? No es Marte, porque el sol sería mucho más brillante. Tampoco Plutón, porque está demasiado lejos. Seguramente es una luna de Urano, o de Neptuno. Eso, una luna de Neptuno cuyo nombre no recuerdo, en la que ahora veo un canal largo y estrecho, una hondonada monstruosa, un pico elevado, un sistema de cráteres que avanza en arco.
El ruido de los motores llega en oleadas. Me detengo y levanto la vista lentamente, hasta el punto exacto en que la ilusión está por romperse. Un poco más arriba debería estar el espacio profundo y estrellado, ahí donde todavía sé que quedan la orilla del mar, la espuma que brilla en la oscuridad, la Tierra en la que todo es posible.
Sección: Diario
7/12/2003
Soñé que me iba de viaje. Tenía dieciocho años y salía con una mochila al hombro. Estaba en algún lugar próximo, el Tigre o Ezeiza o algo así, esperando para la parte larga del trayecto, y me daba cuenta de que me había olvidado las cosas más importantes: plata, documentos, pasaje. Pensaba en hablar con mis padres por teléfono, pero aún dormían. Volvía a casa a buscar todo.
Mañana nos vamos de viaje por unos días y todavía no pensé ni un momento en qué debo llevar. Así que este es un sueño de advertencia. O de temor. O de culpa, quien sabe.
¿Por qué lo recuerdo, si casi nunca me quedan los sueños en la memoria?
No lo sé, pero siempre recuerdo los sueños de este estilo. Y pienso en dos sueños que vuelven con alguna frecuencia y que de un modo u otro tienen mucho que ver con el de anoche. En uno estoy fumando otra vez, cuando hace ocho años que dejé, y al despertar la culpa es tremenda. En el otro estoy en un escenario y tengo que tocar y cantar las canciones de veinte años atrás, que no he vuelto a ensayar y de las que no recuerdo nada.
Son, se podría decir, pesadillas suaves. Es que no hay monstruos, no hay peligro de vida. Lo que acecha es algo más profundo y más sutil. Y sin embargo igualmente invencible.
Sección: Diario
6/11/2003
Se puede calcular cuánto tiempo lleva un auto parado en el mismo sitio por la cantidad de papeles de propaganda que tiene enganchados en los limpiaparabrisas.
Sección: Diario
4/11/2003
La pantalla se nubla. Tengo sueño. Hay un relato en desarrollo atrás de ese vidrio curvo, pero pasa unos cinco centímetros por arriba de mi cabeza, errando el blanco. Hay una copa de vino aquí en el suelo, junto a mi pie izquierdo, que levanto y le regalo a mi mujer. Me despido del día y me voy a dormir.
Dejo la puerta entrecerrada, como siempre. Pero esta vez queda demasiado cerca del marco. Viene una corriente de aire, tal vez proveniente del relato que sigue allá dentro del televisor, y la golpea con suavidad. Nada grave. Apenas lo suficiente para que me dé vuelta en la cama y decida reaccionar, moverme, abrir la puerta un par de centímetros para que no vuelva a golpearse. Sin embargo, no lo hago: a esta hora, cuando trato de dormirme, es cuando tengo la cabeza más llena, cuando más cosas ocurren dentro de mí, y me olvido rápido de las decisiones.
La puerta se golpea otra vez, un ruido manso, delicado, muy irritante. Ahora sí, pongo un pie en el piso, giro la espalda con el dolor habitual en ese músculo cuyo nombre me gustaría saber, y un segundo más tarde estoy perfeccionando la distancia entre la puerta y el marco, midiéndola con los dedos de la mano derecha. Cuatro dedos, y la puerta no volverá a golpearse.
Ahora sí, me acuesto a pensar en muchas cosas frente a la luz apagada y, con suerte, dormir hasta mañana. Mañana es en realidad mi hijo Gabriel, que a las dos y cuarto viene a visitarme porque ha tenido una pesadilla. La vida es errática.
Sección: Diario
22/10/2003
Es de noche y estoy por dormirme. Una pareja se detiene en algún lugar de la calle y se pone a hablar fuerte. Tal vez discuten. Están a la distancia justa para que casi pueda entender lo que dicen. Pero no, ni una palabra toma forma, nada de sentido llega de esos medio gritos.
Tal vez es que sólo uso el oído izquierdo, que apunta hacia el techo. El otro, contra la almohada, no sirve de mucho. Pero tampoco sirve si giro la cabeza para oír mejor: da la impresión de que al repartirse entre dos oídos el ruido pierde intensidad, se dispersa. Es que a través de la ventana el mundo es monoaural, todo proviene de una línea recta que se extiende al otro lado del vidrio, y la gente y las cosas están en distintos puntos de esa línea, más lejos o más cerca, pero nunca a los lados. Y entonces el mejor modo de escuchar es apuntar un oído hacia allí, y no los dos oídos en dirección perpendicular.
Pasa siempre. La gente vive y habla allá afuera, cuando todo está en silencio, y entre la oscuridad y el sueño no hay nada más importante que entender lo que dicen, pero nunca entiendo, los significados se quedan atrapados en la persiana de mi habitación.
Este fenómeno, con variaciones, suele extenderse a otros aspectos de la vida.
Sección: Diario
20/10/2003
Supongo que es de obsesivo esto de masticar palabras. Masticar palabras es lo que uno hace cuando se queda prendado de una o de dos y las deja dar vueltas por la cabeza como una música pegadiza.
Hace unos días me pasó con al par estilista / elitista. Vi la primera en un letrero y creí leer la segunda. Me sorprendió, y fue suficiente para llevar esa melodía conmigo durante horas.
Sección: Diario
17/10/2003
Sentado, bajar la cabeza hasta ponerla entre las rodillas y, en esa posición incómoda, con la panza apretando los pulmones de manera que el aire no pueda entrar, hacer un esfuerzo por acordarme de que soy este cuerpo y no, por ejemplo, mi colección de música.
Sección: Diario
17/10/2003
Soñé que se me ocurría algo para un cuento con máquinas del tiempo. Pero no estaba aquí sino en la casa de mis padres, la de mi infancia en Ramos Mejía. Al despertarme, la idea para el cuento se había evaporado. Pero la casa no. Creo que todo fue una excusa para visitarla otra vez.
Sección: Diario
16/10/2003
Estoy haciendo cola en el Banco Nación para presentar un formulario, pagar un impuesto, una de esas arrugas burocráticas de la vida. Delante de mi hay unas treinta y cinco personas, aunque me lleva un rato llegar a contarlas.
En cuanto me pongo al final de la cola, el hombre que está delante, que tiene puesta una remera anaranjada, se da vuelta y me dice:
—Hay una chica atrás mío que fue a hacer algo y vuelve.
—Está bien.
Casi al mismo tiempo aparece un muchacho joven, de camisa blanca y corbata negra, que se para detrás de mí y me pide que le guarde el sitio mientras va al piso de arriba. Me siento el jamón del sandwich. Se me ocurre que debería ir a preguntar si de veras esta cola es la que me corresponde, pero ahora no me puedo mover de aquí: ¿a quién le voy a decir que me guarde el sitio? ¿Al hombre de la remera anaranjada, que ni siquiera vio al muchacho de la camisa blanca y no va a poder reconocerlo si vuelve? Tres ausentes en hilera es demasiado. Cuando venga alguien más a ponerse atrás de todo va a tener serias dudas antes de aceptar que nada menos que tres personas se han evaporado en el aire pero pueden volver en cualquier momento. Suena a trampa de gestor.
Para complicar las cosas, el hombre de remera anaranjada mira el reloj y decide que se le hizo tarde. Se va, sin una palabra, sin una mirada. Ahora la que ha quedado a la deriva es la chica que él mencionó. Doy un paso hacia adelante y me acerco al siguiente de la cola, un hombre de al menos setenta y cinco años, con campera de colores claros.
De las profundidades del banco surge una mujer que echa un vistazo a la cola, parece no encontrar lo que buscaba y se para detrás de mí. Seguro que es la chica ausente. Podría decirle:
—Si vos ya estuviste en la cola, y le pediste a un hombre de remera anaranjada que te guardara el sitio, yo estaba detrás de ese hombre, que se fue, y si querés podés ponerte en este lugar.
Pero es demasiado complicado, y de todos modos la chica está a mis espaldas, donde me resulta fácil no mirarla.
El anciano que está delante de mí tiene el pelo gris y corto, y las orejas muy abiertas y manchadas. Las veo en primer plano, a unos treinta centímetros de mi nariz en dirección horizontal y otros veinte en vertical (porque es más bajo que yo). Parece el cuero de un animal, de dos colores, uno como piel blanca, y el otro marrón oscuro. Trato de no mirarlas, pero me atraen de manera irresistible. Como si se diera cuenta, el hombre gira la cabeza hacia mí. Me apuro a girar la cabeza yo también, pero el hombre me habla:
—La culpa es del que está arriba —y señala con el índice hacia alguna región por sobre nuestras cabezas—, que no sabe organizar las cosas.
—Es verdad.
Vuelta a contemplar las orejas manchadas. La chica que está detrás de mí se aburre y se va. Pero ahora que me fijo ya hay otras dos personas en la cola, atrás de todo. Del muchacho de camisa blanca y corbata negra, ni noticias.
Los mostradores del banco forman una gran ele: lo que sería el trazo vertical es largo, el trazo horizontal corto, y hay una patita adicional al término del trazo horizontal, que en una ele de verdad quedaría apuntando hacia abajo. Las dos cajas a las que lleva esta cola, números 1 y 2, están en esa patita. La cola recorre todo el trazo horizontal de la ele a unos dos metros de distancia, tropieza con los vidrios de la puerta del banco, que están en diagonal con el vértice de la ele, y continúa varios metros más a lo largo del trazo vertical. Ahí estoy yo, con la ele a mi izquierda y la puerta al frente y a la derecha.
Por el momento no hay más deserciones. Me había ilusionado con que media cola desapareciera frente a mí y así ganar tiempo. Pero no. El problema principal, sin embargo, no es ése: al parecer nadie termina de ser atendido. La gente que está en las cajas es la misma que cuando llegué, hace unos diez minutos. Si me dejara llevar por la información disponible (cero atendidos en diez minutos) llegaría a la conclusión de que el tiempo de cola será infinito.
—Esta es una de esas colas que no se mueven —dice otro hombre, que está delante del que tiene las orejas manchadas, y que acaba de dar media vuelta. El de las orejas manchadas responde algo que no entiendo, y el otro decide irse.
Un paso más al frente.
Allá arriba, el primer piso parece el pullman de los teatros: una plataforma elevada que ocupa más o menos la mitad de la superficie del salón. Por el borde, que tiene una reja al estilo de los balcones antiguos, puedo ver una serie de espaldas de personas sentadas, que seguramente hacen otra cola aunque un poco más cómoda que esta. Alguien, un empleado del banco, está tirando de un hilo que cuelga hasta la planta baja. En la punta del hilo hay un broche grande y negro. Cuando el broche llega a sus manos le coloca una pequeña pila de papeles y, lentamente, vuelve a descolgarlo soltando el hilo de a poco. Los papeles cuelgan ahí abajo, a la espera de que otra persona los vaya a buscar.
Un poco más atrás cuelga otra cosa: las ramas larguísimas de un potus más saludable que la gente que lo rodea. Las ramas llegan casi tan abajo como el hilo. Si siguen así, pronto podrán reemplazarlo.
La cola se mueve. Mientras estaba distraído ha cambiado la gente atendida en las cajas. Es un acontecimiento. La excitación se propaga por la hilera de gente como un reguero de pólvora. Todos avanzamos dos pasos, alertas, despiertos, algunos incluso sacando formularios de adentro de los sobres o ajustándose el saco o la campera. Necesitamos ser optimistas.
Miro detrás de mí, y resulta que hay al menos diez personas nuevas.
(Continuará.)
Sección: Diario
9/10/2003
Frente a mi edificio está la escuela de cocina del Gato Dumas. Los alumnos suelen formar rondas en la vereda, tal vez entre clases, tal vez a la espera de que el horno haga su trabajo. Están vestidos de cocineros, el saco blanco cruzado con botones hasta el cuello. Son jóvenes, casi todos hombres. Fuman. Sólo con verlos uno se imagina platos elaborados, salsas aromáticas. Da hambre cruzarse con ellos, un hambre sofisticada, de restaurante de lujo. No sé qué pensarán los futuros chefs, cómo se verán a sí mismos, qué relación tendrán con la comida, con su comida. Ayer había dos de ellos en el kiosco de al lado, masticando superpanchos.
Sección: Diario
1/10/2003
Pienso en los ruidos que me llegan en este momento como si fueran música experimental.
Para empezar hay percusión. Viene de la ventana, que consiste en dos hojas corredizas de muy mala calidad. Las hojas tienen juego, no están bien ajustadas en su sitio, de manera que cada ráfaga de viento las mueve. Hay, con toda claridad, dos sonidos diferentes: uno más grave, toc, y uno más agudo, tac. Típicamente se repiten: toc toc, y unos momentos después tac tac, o al revés. Pero no siempre. Tampoco llevan ningún ritmo. Hay largos silencios entre una ocurrencia de cualquiera de esos dos ruidos y la siguiente. Sería fácil hacer samples de ambos y reproducir el efecto. Eso sí, el volumen varía: a veces son suaves, a veces más fuertes. Cada cinco o diez minutos puede llegar a haber un golpe que me sorprenda.
Más lejos, en este mismo instante, se oye un avión. Cuando me di cuenta el ruido ya estaba desde hacía un rato. La memoria auditiva tiene esas cosas: así como uno puede entender retrospectivamente lo que otro dijo, aún sin haber prestado atención, analizando lo que quedó almacenado en el “buffer de los oídos”, del mismo modo se da cuenta de que cierto ruido, como el del avión ahora, estaba presente desde antes, aunque uno no fuera consciente. Es un efecto difícil de lograr en una grabación, hay que introducir el sonido con suavidad, tal vez enmascararlo en otro. Se puede, sin embargo. Mucho trabajo para una sola aparición, pero enriquece el conjunto.
El ruido más constante es el de los niños de la escuela que queda a unos cincuenta metros. Seguramente están en un recreo. Algo difícil de describir. La capacidad de identificar ese ruido como proveniente de un grupo de humanos es algo adquirido: no se distingue ninguna voz en particular, menos aún palabras, y sin embargo no hay dudas de su procedencia. Me pregunto cuánto tiempo de sampling sería necesario para dar la ilusión de continuidad sin repetición. ¿Tanto como la duración de la pieza musical? ¿O se puede repetir? Tal vez fuera posible usar una muestra relativamente breve, siempre que se la pueda separar en partes de longitud arbitraria y luego combinar esas partes en una secuencia, disfrazando con cuidado las junturas.
También hay perros que ladran. No siempre. Y cuando aparecen, aparecen en racimos. Hay que samplear cada ladrido, una variedad de ladridos, y luego meterlos en la pieza musical usando algún algoritmo aleatorio que tienda a reunirlos en paquetes. Y no exagerar: son pocos los ladridos, bastante espaciados. Si hubiera más, se llevarían la experiencia sonora a su propio territorio.
Está el tránsito, que es bastante complicado. Para empezar, porque desde aquí se oye poco. A veces no se distingue nada en absoluto. Por lo general, hay algún zumbido de motor, normalmente de colectivo o motocicleta. Dos motocicletas y dos colectivos deberían ser suficientes, siempre que se varíe el volumen y la duración. Uno con aceleración intensa, el otro a un número constante de RPM pero con cierto efecto Doppler. Además, un zumbido más bien genérico, poco identificable, de bajo volumen, para usar el cincuenta o el sesenta por ciento del tiempo.
Casi olvido el otro zumbido, el de la computadora. Es porque lo oigo todo el día, y con frecuencia me olvido de que existe. La parte que corresponde al ventilador es lo más fácil de todo: una muestra muy breve, repetida indefinidamente, bastaría. Pero también habría que tomar en cuenta los chasquidos del disco rígido, la eventual búsqueda en el lector de CDs. Más samplings breves.
Y, por supuesto, el teclado. Pero pienso que habría que ignorarlo. El ruido del teclado es producto de estar escribiendo esto. Y más en general, aparece porque estoy aquí para percibir los otros ruidos. Junto al resto del ruido que yo mismo origino, lo mejor sería que quedara fuera de la experiencia sonora. El oyente debe convertirse en el nuevo sujeto de la experiencia, sin sentir que es testigo de una experiencia mía, ni (lo que sería aún peor) que está acompañado.
Sección: Diario
26/9/2003
Vuelvo a casa en el 151, de noche, después de charlar con mi amigo Douglas sobre esas cosas de la vida que tienen por precio, justamente, la vida. Hemos tomado un tinto pasable. Dos tintos pasables.
*
Las ruedas del colectivo hacen ruido de lija en la calle húmeda. Está nublado y lluvioso, tras un día de sol. Puedo quedarme dos horas sentado aquí junto a la ventanilla, siempre y cuando el tiempo afuera deje de transcurrir.
*
Empiezo a mirar ventanas. Me pasa a veces. Hay tantas ventanas, todas diferentes. Y detrás de cada una vive alguien, también diferente. El colectivo dobla bruscamente y un reguero de ventanas pasa frente a mis ojos fijos. Una de un primer piso se queda guardada aquí adentro: al otro lado está oscuro y vacío, y mientras la ventana pasa, por detrás veo pasar otra ventana, una ventana opuesta, contraria, luminosa.
*
Hay que moverse. Hay que bajar. Recuerdo la primera vez que me dolieron las rodillas al bajar del colectivo. Estoy llegando y eso también es bueno. De estos últimos minutos hay apenas un rastro vago, pensamientos que no termino de definir y que seguramente no llevan a ninguna parte.
Sección: Diario
18/9/2003
Voy a sacar entradas. En la boletería hay un hombre mayor que habla por teléfono. Espero a que corte. Entonces lo saludo y le pido tres entradas para ver a Carlos Núñez el 4 de octubre. Me mira a los ojos. Duda. Nos separa un vidrio con un agujero circular en el centro y una ranura abajo. Levanta el tubo del teléfono y habla otro poco. No oí que el teléfono sonara. Cuando corta me pregunta para qué día. Para el 4 de octubre. Se lo ve preocupado. Mira hacia el piso, elije una taquilla entre varias que andan apoyadas por ahí y la pone sobre el mostrador, a su derecha. La estudio, moviendo la cabeza de un lado a otro para esquivar los reflejos en el vidrio. No quedan entradas buenas, pero sí regulares. Estoy por decir algo, pero otra vez el hombre levanta el tubo del teléfono y habla. No oigo lo que dice más de lo que he oído el teléfono. Esta vez la conversación es más larga. Tengo tiempo de estudiar filas, números de asiento, y también los precios que están anotados en un papel pegado a la pared, por encima de donde el hombre puso la taquilla. El hombre tiene ojeras pronunciadas. Está despeinado. Corta. Pido las primeras tres entradas de la fila catorce, en el lateral derecho. Conozco bien la sala, no están mal. Las saca, las desenrolla, las dobla longitudinalmente. Paso un billete por la ranura. El hombre levanta el tubo una vez más. Mientras habla sin ruido, sostiene el tubo con la mano izquierda y usa la derecha para juguetear con las entradas. Frunce los labios. La vida no es lo que te han dicho. Corta pronto. Sin hablarme. Sin mirarme. Guarda el billete, me da las entradas y el vuelto. Creo que dice gracias, pero ya me estoy yendo.
Sección: Diario
8/9/2003
¿Qué se puede decir de una ciudad en la que casi todos los autos son grises o rojos?
*
Las chicas salen del colegio con ropa de gimnasia. Doblan la cintura de los pantalones hacia abajo, doblan la cintura de los buzos hacia arriba, y sacan a la luz ese centímetro de piel que brilla como si hubiera asomado el sol.
*
Una mujer rubia, de espalda bien recta, cruza la avenida Crámer a mitad de cuadra, atravesando con rapidez el tránsito y el frío, vestida con una camiseta musculosa y un pantalón de jogging. Todos la miramos.
*
Ellas se llaman Candelaria, Denisse, Jazmín, Nicole, Natasha. Ellos, Francisco, Matías y Joaquín.
*
Los hombres somos infinitamente aburridos.
Sección: Diario
3/9/2003
Cerraron el local de Havanna que estaba en Olazábal y Cabildo. Ahora hay un kiosco, donde tienen en oferta una montaña de alfajores Tita.
Sección: Diario
29/8/2003
Ayer tuve que ir a la AFIP (aviso que lo más probable es que esto resulte muy aburrido, ya que sólo intento relatar un trámite burocrático con sus mínimas idas y vueltas, trazar un recordatorio para mí mismo con vistas al día en que tenga que repetirlo y me haya olvidado miserablemente de los detalles. Y ahora mejor vuelvo al tema, antes de que mi amigo Mario Levrero crea que le estoy tomando el pelo a su gusto por ese recurso literario que consiste en iniciar una frase e interrumpirla de inmediato con largas aclaraciones, no siempre entre paréntesis, no siempre pertinentes, que lo obligan por último a reiniciar la frase disparadora).
Como decía, ayer fui a la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos, un ente gigantesco que absorbió a la DGI, o Dirección General Impositiva, y cuya forma es la de una multitud de sucursales con sus respectivas zonas de influencia, a la manera de los warlords afganos sobre quienes aprendimos el año pasado. Si bien son los contadores quienes más frecuentan esas sucursales, a veces un trámite es personal; es decir, hay que hacerlo uno mismo, ya sea porque lo dice la ley o para no pagar más honorarios).
Fui a la AFIP, entonces, a dar un cambio de domicilio (y no me vengan con que me mudé hace dos años y medio, que cómo puede ser que vaya recién ahora a dar el cambio. Ya lo sé. Suelo dejarme estar, y no va a ser justo la AFIP una excepción a la regla. Lo que me preocupa ahora no es ese dejarme estar, al que me he acostumbrado (y por el que ya me han dicho que mis tiempos son como los de la iglesia), lo que me preocupa, decía, es que admitir tal demora en dar un cambio de domicilio acabe constituyendo una falta (o incluso un delito), algo previsto en una ordenanza o una circular o una ley, tal vez la Consitución Argentina, de manera que en pocos momentos más, cuando termine de escribir esto, suenen los golpes en la puerta de mi casa y estén allí los inspectores dispuestsos a llevarme, blandiendo como arma definitiva mi confesión impresa).
Explicaba que fui a la AFIP a dar un cambio de domicilio (para lo cual, mucho antes, me había puesto en contacto con mi contadora, quien a cambio de unos honorarios razonables completó los formularios necesarios, agregó unas instrucciones muy precisas en un papelito verde unido a los formularios con un clip, y me explicó dónde tenía que ir, porque he de confesar también que yo, hasta ayer, no había pisado la AFIP. Tal vez deba aclarar que mi contadora fue siempre crítica del hecho de que no diera antes el cambio de domicilio. Le llevó más de un año conseguir que fuera a dar el cambio en el Registro Nacional de las Personas para que mi nuevo (o ya no tan nuevo) domicilio apareciera en mi documento de identidad, requisito previo a la tan mentada visita a la AFIP, para convencerme de la cual (”para convencerme de la cual” es sin duda una construcción curiosa, torpe por decir lo menos) necesitó otra vez más de un año).
Fui ayer a eso de las once de la mañana. Abren a las diez. Saqué número, el 71. Iban por el 34. Esperé un rato, hasta comprobar que llamaban a razón de un número cada cinco minutos. En cuanto calculé que me llevaría tres horas salir de allí (a menos que muchos otros hubieran renunciado antes, pero no lo creía posible porque había un montón de gente, no menos de treinta personas, en las sillas de plástico negro que la AFIP destina a los sufridos contribuyentes), en cuanto hice ese cálculo me di cuenta de que no podría completar el trámite porque tenía otros compromisos, y de que la situación era mucho peor que lo esperado. Tenía que volver hoy, entonces, ya que la contadora había fechado el formulario “agosto de 2003″, y hoy es el último día hábil del mes (por lo cual, hablando de hábil, debo rendirme ante la destreza superior de la contadora para hacerme cumplir lo imposible).
Me preparé como para un picnic: diario, libro, botella de agua, dos barritas de cereal, todo en un bolso negro que hace juego con las sillas. A sugerencia de mi mujer, fui un rato antes de las diez: llegué a las diez menos cuarto. Había cola en la puerta de esa AFIP tan puntual como poderosa, que abriría quince minutos después, pero no tanta como la gente del día anterior. Una buena señal. Y todavía mejor cuando la mayor parte de la cola se dispersó hacia otras secciones y sólo cuatro personas quedaron antes que yo. Tenía el número 23, y para mi gran satisfacción la mujer que atendía llamó al 19.
Digo la mujer que atendía porque en ese momento era una, aunque normalmente (y ya hablo como si fuera un experto en la AFIP, cuando he explicado que ayer fui por primera vez en mi vida y hoy por segunda. Aunque hay que decir que tras visitar dos veces seguidas un mismo espacio burocrático uno se siente con cierto derecho sobre él, como si hubiera atravesado ciertas fronteras, y hasta dan ganas de saludar a los otros clientes (o como se los llame), y hasta al personal de seguridad. Sin duda, si tuviera que volver una tercera vez, lo que por suerte no es el caso, me tomaría el trabajo de ir a saludar a la mujer que me atendió hoy, pero al decir eso creo que me estoy adelantando al transcurrir ordenado de la historia), aunque normalmente, trataba de decir, las que atienden son dos mujeres.
Un par de minutos más tarde llegó la segunda mujer y llamó al número 20. Un hombre vestido al estilo que Kirchner hizo popular (saco cruzado, es decir con doble hilera de botones, pero abierto, vestimenta que hoy en día se puede considerar una declaración de oficialismo) puso un bolso parecido al mío en la silla de adelante y se quedó de pie, mirando al resto de la gente que acababa de entrar o iba entrando (porque olvidé decir que, allá afuera, la cola había crecido bastante detrás de mí (otra expresión torpe, “la cola había crecido bastante detrás de mí”, con su doble sentido que me hace parecer un mono), y que ahora seguía llegando más y más gente, de manera que las sillas negras se cubrían rápidamente). El hombre del saco cruzado, decía, se quedó mirando a todos con un aire de superioridad cuyo único significado podía ser que él tenía el número 21. Y así era, como pudimos comprobar en cuanto la primera de las mujeres que atendían llamó a ese número, cosa que ocurrió con bastante rapidez ya que, al parecer, el trámite del número 19 quedó inconcluso por la falta de algún papel (y ahora veo que allá arriba escribí “la silla de adelante”, sin haber explicado antes que yo me había sentado en una de las sillas de plástico negro, para ser más preciso la primera de la segunda hilera, lo cual quiere decir que el hombre del saco cruzado ocupó con su bolso la primera silla de la primera hilera, en el rincón superior izquierdo del rectángulo que forman las sillas si se las mira desde arriba).
Yo ya había leído el diario afuera, mientras hacía cola (no muy profundamente, lo admito, y me refiero por supuesto a la lectura del diario). Pero no podía permitir que el resto del picnic quedara trunco, y estaba claro que me quedaba poco tiempo. Así que saqué una de las barritas de cereal, que resultó más dura de lo que imaginaba, y mastiqué con rapidez y estoicismo hasta que la mitad quedó en mi estómago y la otra mitad repartida en pequeños trozos incrustados entre los dientes. La segunda mujer llamó al 22, que estaba en poder de un muchacho humildemente sentado en la fila tres. Guardé el papel de la barrita en el bolso y me apuré a sacar la botella de agua. Tomé la mitad, de lo cual me siento bastante orgulloso porque no fue mucho el tiempo que tuve, ya que el número 21 también resultó un trámite inconcluso (a pesar del saco cruzado oficialista) y la primera mujer llamó al 23, mi número, con la voz aburrida de alguien a quien la vida le ha enseñado que todos los números son iguales.
La otra barrita de cereal quedó en mi bolso, junto al libro. Los dos están ahí todavía, y sin la ayuda de mi contadora tal vez nunca logre sacarlos.
Y ahora podría dar por terminado el relato, ya que a pesar de los malos indicios mi trámite fue plenamente exitoso, si no fuera por una última advertencia que quisiera hacerme a mí mismo para el día en que deba volver a la AFIP: necesitaba fotocopias del documento de identidad, y para eso la mujer que atendía me dijo que podía ir a un kiosco que estaba a dos casas de distancia, y que cuando las tuviera podía volver y dárselas sin hacer la cola otra vez. Pero no es esa la advertencia, no es sobre el documento de identidad y la necesidad de llevar fotocopias. La advertencia es que el kiosco en cuestión estaba cerrado (cuando ya eran casi las diez y media), por lo que tuve que seguir caminando un par de cuadras más, hacer las fotocopias en otro lugar y encontrar que, al regreso, pasadas las diez y media, el kiosco estaba abierto. Se lo comenté a la mujer de la AFIP, y su respuesta fue que “están locos, cierran a las cinco de la tarde, cualquier cosa”. No le dije que entonces podía haberme recomendado algún otro sitio, claro que no. Hay que ser amable, atento, decir gracias y desear los buenos días. De ese modo se puede lograr (y yo lo logré, y de todo corazón puedo decir que estoy contento, lo digo sin ningún cinismo, cosa que me sorprende tener que aclarar pero lo hago porque en este mundo en el que vivimos hoy en día no se puede decir algo así sin generar desconfianza), se puede lograr, decía, una sonrisa.
Sección: Diario
23/8/2003
Cuando me acuesto me pongo de costado, mirando a la izquierda, y leo un rato. Al dejar de leer, tras apagar la luz me tengo que dar vuelta, así que muchas veces me duermo mirando a la derecha. Pero si leo mucho me doy vuelta a la derecha a mitad de la lectura, y entonces tengo que darme vuelta a la izquierda para dormir. Y si tardo mucho en dormirme tengo también que darme vuelta en algún momento, así que todo es posible: que me duerma habiéndome dado vuelta una vez, dos veces o tres. Incluso más. Pero siempre mirando a la derecha o a la izquierda.
A veces me levanto a mitad de la noche para ir al baño. En esos casos mi cuerpo tiene una memoria perfecta: al volver a la cama siempre me doy cuenta de si estaba mirando a la izquierda, y en ese caso me acuesto mirando a la derecha; o si estaba mirando a la derecha, y en ese caso me acuesto mirando a la izquierda. Es que siempre tengo que acomodarme en la dirección contraria a la que miraba antes. El cuerpo me lo exige, por alguna necesidad de equilibrio, o simetría, o cansancio de los músculos, de los huesos o de la cabeza.
La situación se hace compleja cuando me despierto a las tres o las cuatro de la madrugada y empieza el insomnio. A los giros alternados hacia izquierda y derecha se suma una posición que es un poco hacia arriba, pero no del todo, con una inclinación hacia el costado y habitualmente con el brazo contrario doblado sobre la cara. Esa posición (que también tiene dos variantes, a la izquierda o a la derecha) suele indicar que estoy bastante concentrado pensando en algo, porque habitualmente no consigo recordar cuándo me moví, y en cambio tengo la cabeza llena de cosas que no corresponden a esas horas. Por otra parte, es una posición paradójica: si la inclinación es hacia la izquierda, cuando me pongo de costado también tengo que apuntar hacia la izquierda, y si es a la derecha, entonces tengo que apuntar a la derecha. Como si las leyes del equilibrio fueran otras.
Esa posición, hacia arriba pero no del todo, es terrible para mi espalda. Por eso nunca la adopto cuando soy consciente de mis movimientos. Funciona como una especie de castigo por distraerme, por dejar que las preocupaciones más estúpídas me lleven de la mano. Cuando me doy cuenta de que estoy en esa posición normalmente la espalda ya me está doliendo, y al ponerme otra vez de costado tengo que adoptar una postura fetal, con la espalda bien curva, especialmente por encima de los riñones (donde en realidad la espalda no se curva ni a golpes).
Si el insomnio se alarga mucho suelo levantarme y venir un rato a la computadora. A la vuelta, aunque haya pasado una hora, todavía actúan la memoria corporal y la necesidad de equilibrio, y tengo que acostarme en dirección contraria la que miraba antes de salir de la cama. Tiene que pasar todo un día para que la memoria se borre y todo empiece otra vez.
Boca abajo, jamás. Ni siquiera distraído. No entiendo cómo se puede estar acostado boca abajo.
Sección: Diario
14/8/2003
-Casi todo lo que creemos estar viendo -dice Douglas- en realidad lo tenemos en caché.
Sección: Diario
12/8/2003
Ante la computadora y el micrófono, relajado y feliz, cantaba con voz potente y afinada una canción recién compuesta que ya quisiera recordar ahora que estoy despierto.
Sección: Diario
10/8/2003
Tengo que hacer ejercicio.
Sección: Diario