El crítico de palabras. Hoy: amar, temer, partir

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¡Oh, dioses de la conjugación! He descubierto en las permutaciones el origen de vuestro poder:

Te amo. Temo que partas.
Te amo. Parto porque me temes.
Te temo. Amo que partas.
Te temo. Parto porque me amas.
Parto. Amo que me temas.
Parto. Temo que me ames.

El crítico de palabras. Hoy: peyorativo

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Tengo una relación pésima con la palabra peyorativo.

Se me mezcla con epopeya.

Me pasa que quiero decir que algo es peyorativo, y la palabra no me sale, y lucho pero no hay caso, me viene a la cabeza la palabra epopeya, que se le parece tanto en la rareza, y la cosa no cierra. Epopeya es un tapón, un corcho que me impide ver más allá, y tengo que renunciar a la frase, a veces a la conversación entera.

—Lo dijo en sentido epopeya.

—¡Pero eso es muy epopeya!

Ya sé que no es culpa de peyorativo, sino de mi cerebro. Pero que nadie diga que se trata de una palabra amable con las personas.

(P.D.: ¿Popeya es la epopeya de Popeye? ¿O este es un comentario popeyorativo?)

El crítico de palabras. Hoy: buscando opuestos

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Tres palabras terribles andan sueltas por el idioma, con la única oposición de una palabra breve, tierna, desprotegida. Grave, crónico, obtuso. ¿Quién no se tropezó con alguna de ellas, o con todas, una noche oscura, en el callejón más remoto de un texto? ¿Quién no las teme cuando andan a sus anchas, sembrando miedo, incertidumbre y dudas? Grave, crónico, obtuso… Si al menos tuvieran su contrapartida. Pero no:

¿Qué es lo opuesto de grave? Agudo.

¿Qué es lo opuesto de crónico? Agudo.

¿Qué es lo opuesto de obtuso? ¡Agudo!

Hay quienes ven signos de derrota. “Los agudos problemas de la economía”, por ejemplo, vienen a ser lo mismo que “los graves problemas de la economía”.

Con tanto desgaste, agudo va a quedar roma.

Es peliagudo.

Así nos va.

El crítico de palabras. Hoy: conminar

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Si quisiera conminar no me saldría.

La impresión que tengo es que cada palabra requiere un músculo. Y ejercitar el idioma es como llevar a cabo esas acciones complicadas en las que ni tenemos que pensar: reírnos de un sarcasmo, bajar una escalera caracol, lavar los platos con dolor de espalda. Montones de músculos en acción, y nosotros como si nada.

De vez en cuando tropezamos con algo que requiere un esfuerzo especial, y entonces, por ejemplo, se nos ocurre preestablecer, o conmiserarnos, y hasta entablillar. Son músculos pequeños, indetectables, que se ponen en marcha tras varias protestas, pero al menos existen, están ahí a la espera de que una señal lo bastante intensa los despierte.

En cambio, conminar… No creo tener un músculo para eso.

(Es cierto, esta no es una verdadera crítica de la palabra conminar. A quien esté en condiciones de hacerla, lo conmino a… Epa.)

El crítico de palabras. Hoy: buscando reglas

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molestar > molestia
protestar > protestia

prestar > préstamo
aprestar > apréstamo
restar > réstamo

perseguir > persecución
conseguir > consecución (¡uy, sí, este funciona!)

morder > mordedura
perder > perdedura

freír > frito
reír > rito

escribir > escritura
prescribir > prescritura

Así estamos.

El crítico de palabras. Hoy: aguantar

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Qué porquería de palabra. Qué asco. Como un caracol vivo en medio de la ensalada.

Los labios se fruncen, la lengua se encoge, y no pasa nada. No suena un beso, no se tocan los dientes. Hay que decirla en voz alta sintiendo los músculos de la boca para descubrir la frustración que se esconde en esta palabra.

Aguantar. ¿Echar agua? ¿Quitar o poner un guante? El origen apunta a la segunda, pero el baldazo de agua fría es lo que más se siente.

Dice la Real Academia, en uno de sus arrebatos cómicos: “6. tr. Taurom. Dicho de un diestro: Adelantar el pie izquierdo, en la suerte de matar, para citar al toro conservando esta postura hasta dar la estocada, y resistiendo cuanto le es posible la embestida, de la cual se libra con el movimiento de la muleta y del cuerpo.”

Dice la hinchada: apoyar a un equipo de fútbol, a una banda de rock, no importa lo que haga, de manera acrítica, aun sabiendo que se cae en lo más bajo de la escala (de cualquier escala que venga al caso), porque es lo que hay que hacer, porque es la única manera de demostrar algún valor, algún coraje, porque es el camino para alcanzar la pertenencia a algo, no importa a qué.

Aguantame: esperame sin salpicar, sin tirarme un guante.

Me aguanto: acepto maltrato, falta de baños públicos, hambre.

En palabras de la Real Academia, “en la suerte de matar”.

Basta, se acabó. No hay que aguantar nada. Y si hay que aguantar algo, por lo menos que sea con otra palabra.

El crítico de palabras. Hoy: perplejo

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La palabra “perplejo” se pega a la lengua como chicle. Con “perple” nos enroscamos, nos enredamos, nos tropezamos, y no alcanza el escupitajo final de ese “jo” para liberarnos.

Así y todo, es una palabra bellísima, a los ojos, al oído, al tacto.

¿Y el significado? Si apareciera en un idioma que conocemos poco, jamás lo deduciríamos del contexto. En nuestro propio idioma es como una isla, un fragmento separado del resto, donde no encontramos raíces ni asociaciones. (Basta, no me vengan con el latín. No sé latín. Muchos no sabemos latín.)

Ese carácter de isla queda acentuado por la falta de palabras derivadas. Sólo hay un sustantivo, encima feúcho: “perplejidad”. Si al menos fuera “perplejía”, o “perplejancia”: suenan mejor, traen otra ideas. O si también hubiera un verbo: “perplejar”, “perplejarse”. ¿De qué otra manera se describe la transición del no-perplejo al perplejo? “Quedé perplejo”, se lee por ahí, como si fuera un salto cuántico, algo que no se puede dividir. ¿De qué manera quedé perplejo? ¿Qué ocurrió durante el proceso? “Fue entonces que me empecé a perplejar…”

Palabra isla, palabra paria. Maltratada. Al definirla, el Diccionario de la Real Academia da muestras de una torpeza insuperable: “1. adj. Dudoso, incierto, irresoluto, confuso.” ¡Parece que se refiriera a un objeto! “Era un asunto perplejo.” “Me hizo una propuesta perpleja.”

Sin embargo, para cada palabra hay lugar en el mundo, hay riqueza, hay historia, folklore, arte. En medio de la batalla, Google sale a demostrarlo.

El crítico de palabras. Hoy: cabriola

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“Cabriola” es una de las tantas palabras hermosas del castellano.

Cabra y ola.

La cabra que hace olas.

La ola de cabras.

Pensamiento surrealista. Disparate y descripción precisa.

Boca que se cierra y vuelve a abrirse y termina en sorpresa. Cosquillas en la lengua.

A pesar de tanta palabra “a” y tanta palabra “de”, es un placer escribir en este idioma.

Rododendro y edredón

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Rodondendro y edredón son dos palabras tan afines que deberían nombrar cosas semejantes. Parecen parte de un idioma diferente, sonoro, estentóreo (“Rodondendro, edredón. ¿Dónde? ¡En derredor!”). Sin embargo, no sólo sus significados son divergentes: también las asociaciones que me despiertan, esas que probablemente vienen de cuando era chico y todavía andaba adivinando qué era qué. Edredón siempre me sonó a química, a efedrina. Rododendro, en cambio, podría ser un roedor exótico, un animal de largos dientes que hace agujeros en el desierto de un libro ilustrado de la década del 60.