El fondo del pozo

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El fondo del pozo es una novela que escribí entre la segunda mitad de 1983 y los primeros meses de 1984. Con unas 62.000 palabras, fue mi primera novela “larga”.

Tapa de El fondo del pozo, Minotauro, Buenos Aires, 1985En 1985, Marcial Souto la publicó en Minotauro. A la derecha está la tapa del libro. El dibujo, que Oscar Chichoni hizo para esa edición, reapareció luego en España, como cubierta de la primera edición en castellano de El juego de Ender, de Orson Scott Card.

La nota de contratapa decía: “En esta novela fascinante tres exploradores deberán encontrar las puertas que llevan al fondo del pozo. Cumplen órdenes del Centro, un ente universal surgido por azar que cuenta con dos eficaces instrumentos de dominación: el Consejero para guiar los actos, y el sistema del karma para premiarlos o castigarlos. La aventura se extiende por el espacio y también por la memoria, a través de leyendas, espejismos y sorpresas.”

No hubo reediciones de El fondo del pozo, y al poco tiempo el libro fue liquidado. Parece que todavía se lo puede encontrar en alguna librería de viejo, pero diría que en los últimos quince años la tarea de hacerse con un ejemplar ha sido más bien complicada.

Recuperé los derechos en 1990. Desde entonces la novela está en un cajón. Hasta ahora que decidí mostrarla otra vez, a la nueva manera, en el weblog.

Siguen los 17 capítulos de El fondo del pozo, un capítulo por post. Están escaneados del libro, pasados por un programa de OCR, y corregidos a mano. Pido a quienes encuentren errores que avisen.

El link permanente a la novela completa es este:

El fondo del pozo
por Eduardo Abel Gimenez

Índice por capítulos:

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Que lo disfruten.

El fondo del pozo – 1

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El fondo del pozo

“La prisión da a una prisión,
el pasillo abre otro pasillo.”
Henri Michaux

1

“El que abriga esperanzas pasa frío. Desabríguelas. Cubra su propio cuerpo. Cuando las esperanzas mueran congeladas, quien escriba el espectáculo será usted mismo.”
(Consejero, 10:34:21)

—El ciclo de las gotas vivas es sencillo —dice el loco—. Salen de los huevos en algún lugar profundo y se alimentan con la humedad de su madre, que ha muerto luego de la puesta. En pocas horas, las pequeñas gotas triplican su tamaño y empiezan a trepar.

A la luz de los fuegos las cosas se ven diferentes, pero después de tanto tiempo aprendimos a interpretarlas. El loco está vestido de buzo, y hace gestos de pie sobre una piedra caída entre dos escalones. Nos da la espalda. El humo le pasa por delante y por detrás, formando estrías y vetas que a cada movimiento de sus brazos se agitan y cambian de dirección, construyendo su propio juego de símbolos: banderas, espadas y fantasmas. Alrededor de la piedra hay un grupo de espectadores sentados, que escuchan como si el cuento de las gotas vivas les interesara. La posición de las cabezas y la actitud de las manos indican que la tensión viene de otra parte: la manta del loco está a sus espaldas, frente a nosotros, apoyada a medias en la piedra y a medias en un escalón. Parece que el loco la hubiera olvidado, y, por eso hay tanto público para su espectáculo. Algunos la miran más pendientes de ella que de su dueño.

A nosotros no nos importa. Nos tomamos un rato de descanso y contemplamos la escena sentados varios escalones más arriba, donde no llamamos la atención. Sabrasú sonríe, seguramente pensando en otro lugar y en otra época; debe estar en alguna de sus fantasías, porque se desconectó y ahora no nos permite pensar con él. Calibares le pone un remiendo a su manta, rota en alguna lucha. Gadma escucha al loco, que sigue con el discurso.

—Las gotas suben con entusiasmo —dice el loco—, aunque los kilómetros de roca que las separan de la superficie son un obstáculo casi insuperable.

Hace calor, pero nadie más que el loco se separa de su manta. En cualquier momento volverá a entrar el viento frío por alguna abertura, se apagarán los fuegos y habrá que abrigarse y dormir esperando el próximo verano de un día. Las horas de calor son un recreo: podemos levantarnos, estirar los brazos, pasear en medio de la multitud, hacer planes, o echarnos a descansar como ahora y distraernos con cualquier tontería. Pero las horas de calor también terminan y olvidar lo que viene después es un error que casi nadie comete. Cada prisionero llega con una sola manta, y no hay repuestos.

Otra ventaja de las horas de calor es que entonces nos dan la comida. Unos minutos antes de que el loco se subiera a su piedra oímos el zumbido que anuncia el almuerzo, y la boca se nos llenó de saliva. Nos pusimos de pie al mismo tiempo que nuestros vecinos y los vecinos de nuestros vecinos. El humo saltó con nosotros. Los fuegos respondieron con chispas. Estiramos los brazos hacia arriba y contamos hasta diez.

Las cápsulas empezaron a caer enseguida, y todos bailamos de acá para allá tratando de atajarlas. El que conseguía atrapar una se la metía eh la boca, y saltando y masticando pasamos varios minutos, hasta que terminó la lluvia. Después vino la tarea de recoger las que habían llegado al suelo, juntando y tragando primero las más próximas, luego peleando por las que estaban a mitad de camino entre dos personas, y finalmente raspando el piso de piedra para aprovechar los restos de las que se habían roto.

A nadie le preocupaba si allá arriba, en el techo, al otro lado de las nubes, alguien se divertía mirándonos. En este lugar es difícil responder a más de una consigna por vez, y en ese momento la cuestión era mover las mandíbulas, echándoles la mayor cantidad posible de material para que trabajaran.

Como siempre, el almuerzo completo llevó media hora. Nos quedamos con hambre; una prueba de que los carceleros saben hacer sus cálculos. Sabrasú, que pasa el tiempo estudiando esas cosas, piensa que un veinte por ciento de aumento en el número de cápsulas dejaría a todos conformes y evitaría peleas. Pero Calibares no está de acuerdo: a él le gusta pelear, sobre todo si se trata de pequeñas escaramuzas, un solo round, diez segundos, como ocurre en general por las cápsulas. Gadma no opina: mientras discutimos termina de raspar el suelo y se tiende boca arriba a mirar las alturas, como si esperara el postre.

Si ahora el loco consigue hacerse oír es porque después de la comida hay poco ruido. Casi todo el mundo está quieto, ocupado en su digestión, sus pensamientos o la vigilancia de sus vecinos. Los pocos que se mueven andan en silencio, apoyando los pies descalzos en el suelo erosionado por sus propias idas y vueltas. Apenas se conversa, porque aquí no se encuentran nuevos amigos, y con los viejos queda poco de qué hablar. Dentro de unos minutos volveremos a la normalidad: estómagos ejercitados, nueva energía, ganas de descargar en los demás la frustración del encierro, tres elementos que sólo requieren una excusa para pasar a la acción.
—La mayoría de las gotas —dice el loco— se irá disgregando hasta desaparecer, y las más rezagadas se alimentarán con su humedad. De este modo, una gota de cada mil tendrá la energía necesaria para emerger. Las gotas elegidas se asomarán a la superficie a fines de la primavera, tras dos meses de viaje.

Nuestra atmósfera se compone por partes iguales de humo, olor a excrementos y murmullos. De vez en cuando se oye un grito, un golpe o un disparo, o cualquier ruido extraño que parte de algún lugar ubicado más allá de nuestro horizonte de fuegos, atraviesa el aire cargado de chispas, cruza las barreras de humo y nos sobresalta. Después se ven movimientos confusos al otro lado de la fosa central, donde los escalones vuelven a subir y las hogueras forman una constelación titilante. Ocupamos una buena parte de nuestro tiempo estudiando esos fenómenos, tratando de entenderlos, elaborando teorías que algún día puedan servirnos para escapar, pero los resultados de tanto esfuerzo son pobres. Si algo sabemos de la cárcel, nos lo enseñaron nuestras exploraciones. Tal vez deberíamos prestar más atención a nuestros vecinos, a las camisas sueltas, los pantalones anchos, las barbas, las desgarraduras de la piel que se ven a través de los agujeros de la ropa, los ojos enrojecidos por el contacto irritante del aire, las miradas de reojo, la transpiración, las tácticas de ataque y defensa, las diferencias en el acento, la postura y la respiración, los preparativos para hacer el amor, las precauciones para bañarse en las corrientes de agua que bajan de los escalones superiores, los ruidos y el silencio. Pero hasta donde sabemos son demasiado parecidos a nosotros mismos para que puedan enseñarnos algo. Preferimos detenernos ante los fenómenos nuevos: el loco, por ejemplo.

—En los días siguientes —dice el loco—, las gotas exitosas se evaporarán para formar pequeñas nubes. Muchas tormentas de verano se deberán a sus hábitos sexuales. Producida la fecundación a gran altura, las gotas hembra caerán otra vez a tierra, como una lluvia fina, mientras las gotas macho se dejan llevar por el viento hasta la estratosfera.

La voz del loco tiene los armónicos y el vibrato estudiados de un locutor del Centro. Tal vez lo haya sido antes de caer en este lugar, y la Computadora Central le haya bajado un punto el karma, hasta transformarlo en candidato para cualquier castigo que el azar quisiera imponerle. Las notas más graves retumban a nuestro alrededor, golpean los escalones y saltan con la energía suficiente para llegar al techo.

Gadma nos toca un brazo para que prestemos atención, y señala algo que ocurre junto al relator. Una mujer acaba de ingeniárselas para que el borde de su manta cubra el borde de la manta del loco. Desde su puesto, Sabrasú alcanza a ver cómo la mujer estira un brazo por debajo hasta tocar su presa. Es la señal de que algo importante va a ocurrir. Mentalmente intentamos una apuesta, pero resulta un fracaso: estamos de acuerdo en que no conseguirá robar la manta. Hay demasiados interesados a su alrededor para que se lo permitan.

Dentro del traje de buzo, el loco sigue hablando.

—Las gotas fecundadas se reunirán en charcos, lagunas y ríos con el agua común, y serán arrastradas poco a poco al subsuelo o al mar. Allí comenzarán una nueva travesía, esta vez hacia abajo, hasta alguno de los sitios que la especie eligió hace millones de años para desovar, e iniciarán un nuevo ciclo.

La temperatura es importante. Unos pocos grados más y nadie querría encender un fuego. Estaríamos a oscuras. Sería difícil moverse, atacar, defenderse de atacantes más resistentes que nosotros. En cambio, unos pocos grados menos y cada fuego sería el centro de una batalla; en cuanto alguien encendiera un trozo de leña, estaría rodeado de otros prisioneros, decididos a ganarse un lugar junto a las llamas sin fijarse en el precio. Los carceleros son inteligentes: nos dan motivos para pelear, pero no para que pasemos todo el tiempo peleando; nos someten a torturas continuas, pero no hasta el punto en que nos resignemos a morir. Les interesa que conservemos algo de iniciativa, para destruirnos de un modo más doloroso.

Es lo que ocurre con la mujer y su intento de robo: empieza a tirar de la manta del loco, mientras simula escuchar su relato. Pero un hombre que está a su lado saca un hacha del bolso y le corta el brazo con un golpe preciso y profesional. La sangre brota del interior de las mantas. Los alaridos tapan la voz del loco, que sigue hablando como si no se diera cuenta de nada. Nos alegramos de no haber apostado.

Calibares deja su trabajo de costura y aprieta los puños.

—Hacía falta un poco de acción —dice.

Sabrasú comprende la tensión del momento y acepta que pensemos juntos. Ahora las mantas en disputa son varias. Todo el grupo que rodeaba al loco se ha puesto de pie, y unos luchan contra otros mientras la mujer se arrastra en círculos. Cuatro o cinco personas se enfrentan al del hacha, que salta hacia atrás, pierde pie y rueda escalones abajo. Algunos habitantes de los alrededores se acercan a ver qué ocurre, y parecen dispuestos a hacer un poco de ejercicio. Juntamos nuestras posesiones y nos alejamos varios metros, para observar la batalla con tranquilidad.

En medio del resplandor de los fuegos, los luchadores no parecen mucho más reales que las espadas y las cuerdas que forma el humo a su alrededor. Alguien abraza el cuello de su oponente, y el humo abraza el suyo. Alguien salta sobre un cuerpo caído, y el humo lo acompaña en sus subidas y bajadas. Mientras dos mujeres se sujetan mutuamente por las muñecas y se patean las rodillas, varias cintas de humo se enroscan entre ellas como si quisieran separarlas. El reflejo de un cuchillo se confunde con las chispas que saltan de los fuegos, y todas esas luces intermitentes parecen estrellas contra el fondo de una nebulosa oscura.

La lucha se extiende como si fuera otro fuego. A cada metro que avanza, lo que encuentra en su camino empieza a retorcerse. Al espectador tocado se le enciende la cara, se le sacuden los brazos, y entra en acción como un trozo de leña.

En nuestra posición, escalones arriba, estamos bastante seguros. Es más probable que la batalla crezca hacia abajo, según la ley de gravedad. Y no es que nos neguemos a pelear. Cuando es necesario sacamos nuestras propias armas y atacamos y nos defendemos como cualquiera; mejor, porque nosotros podemos pensar juntos y los demás no, una ventaja que aprendimos a valorar luego de entrar a la prisión. Pero conviene evitar lo que sólo puede dar pérdidas: nuestras pertenencias son más que las del promedio y queremos conservarlas; tanto interés en ellas tal vez se deba a que nos recuerdan épocas mejores, pero además sentimos que perderlas sería perder la esperanza de escapar.

Aunque no luchemos, nos gusta mirar. Cada uno lo hace a su modo: como diría Dindir, así conservamos el nivel de entropía lo más bajo posible. Calibares se agita y sacude los brazos, y necesita nuestro control para no tentarse y salir a dar golpes. Gadma tensa los músculos, pero se queda quieta y solamente los ojos se le mueven de acá para allá. Sabrasú disfruta con la mezcla entre realidad y fantasía, porque le recuerda la época en que la realidad y la fantasía se entretejían de tal modo que ninguna de las dos lo amenazaba, y él se dedicaba a estudiarlas como si fueran lo mismo. No importa que después ambas cosas hayan cambiado de rumbo, complicando todo como si hubieran construido un laberinto de espejos. En cierto modo, esa complicación favoreció a Sabrasú, porque le dio mucha más fantasía y mucha más realidad para estudiar.

La batalla, mientras tanto, se va haciendo difícil. Al principio los luchadores trataban de esquivar los excrementos acumulados desde el último invierno, pero las sucesivas pisadas y caídas los fueron convirtiendo en una película que recubre todo y donde es fácil resbalar. Algunos sacaron palos encendidos de los fuegos para usarlos como armas, y a medida que se apagan la oscuridad aumenta. Otros caen en las corrientes de agua más próximas, y escapan con la ropa mojada para tratar de secarla antes que llegue el invierno.

De pronto hay un cambio. Se produce un claro alrededor del loco, que sigue de pie sobre su piedra, y vemos que la mujer del brazo cortado, el hombre del hacha y la manta del loco han desaparecido. Los demás tienen sus propias mantas bien protegidas, arrolladas en un brazo o atadas alrededor de la cintura, y no queda nada importante por lo cual luchar. Los que trataban de entrar en la batalla ahora tratan de salir. Varios combatientes se alejan doloridos, y no hay nadie que los detenga. Otros continúan sus duelos personales cada vez más dispersos, sobre todo porque no saben cómo separarse. Unos pocos hacen esfuerzos por no dejar de respirar. Los últimos golpes ya no van dirigidos a ganar una manta, ni a herir al adversario. Las rápidas miradas hacia arriba, hacia las nubes que brillan con luz propia lo demuestran. Esos golpes simulan caer sobre los carceleros, sobre los que observan desde el techo.

De este modo la batalla termina por desgaste. El mismo humo se aquieta: intenta un último paso y termina su ballet, inclinándose para el saludo final ante un público que no lo tiene en cuenta. Cuando termine el próximo invierno, gracias a la medicina milagrosa de los carceleros, no quedarán restos de la lucha, ni en el escenario ni en sus protagonistas. Sabrasú se tapa la cara con las manos, como hace cada vez que descubre de qué modo terminan las fantasías, y se vuelve a desconectar. Calibares recuerda su manta y trata de seguir cosiendo, pero las manos le tiemblan: tendrá que esperar un rato. Gadma sigue observando, porque para ella todo tiene interés; sea lo que sea, terminará ocupando una página más en sus carpetas. Los tres, por separado, pensamos lo mismo: hubo un momento, un instante clave en que pudimos evitar todo esto, una última oportunidad que no supimos reconocer. Estábamos atados por el contrato y por nuestra vida en el Centro, pero con un poco de intuición, en ese segundo especial, habríamos hecho lo correcto: dar media vuelta, justo antes de empezar a descender por el pozo de Guirnalda.

La mayoría de los espectadores vuelve a sus puestos alrededor de la piedra, y la voz del loco se oye otra vez con claridad.

—Algo que la ciencia no ha logrado comprender —dice el loco—, es cómo consiguen las gotas vivas pasar inadvertidas luego de caer a tierra. Es imposible diferenciarlas del agua común, y no olviden que se trata de gotas adultas, que están gestando millones de huevos en su interior. Un verdadero misterio.

El fondo del pozo – 2

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El fondo del pozo

2

“La cuerda, si se rompe, se convierte en dos cuerdas. Usted es una cuerda. No resista cuando no puede. Rómpase. Disminuya su tamaño. Es una estrategia: multiplíquese hasta llegar a proporciones subatómicas, y cada vez será más fuerte.”
(Consejero, 75:117:91)

—Qué buena idea —dijo Calibares.

—Tuvo el Centro —siguió Sabrasú.

—Al darnos vacaciones —terminó Gadma.

Esto fue hace mucho tiempo, antes de que nos enviaran a este lugar donde la gente lucha por una manta y el verano dura diez horas. Éramos exploradores del Centro, principiantes pero con un contrato que nos daba derechos y obligaciones, y creíamos en todo lo que nos habían dicho, pero más en lo que queríamos creer. Acabábamos de llegar a Guirnalda, y ahora andábamos á lomo de burro, dando vueltas y vueltas por las laderas de la montaña, asomándonos a los precipicios más famosos del planeta por el solo hecho de tener algo que informar después.

Todavía pensábamos que el pozo no era más que una colección de leyendas. Nadie nos había dicho que pensáramos otra cosa. Por lo tanto, nos asombraba la atención que le prestaban el Centro y la Computadora Central, suficiente para incluir a Guirnalda en el Sorteo y enviarnos a explorar. Tampoco entendíamos por qué nos habían elegido a nosotros: sabíamos lo que se cuenta en las reuniones sobre los auténticos exploradores, y habíamos tenido la experiencia de conocer a D
indir; nos parecía que jamás igualaríamos sus hazañas. Aunque el Centro los eligiera al azar, ese azar debía estar bien dirigido.

Como siempre, cumplíamos las órdenes sin discutir, pero nada nos impedía tener nuestras propias teorías. Y teníamos dos para explicar la situación: o el Centro se había equivocado, o había usado el pozo como excusa para otorgarnos un descanso. Fuera como fuese, razonábamos sobre el tema como razona cualquiera: prestando más atención a las alternativas favorables y olvidando en lo posible las otras. Y así habíamos elegido la mejor de todas, porque la ilusión de tener las primeras vacaciones de nuestras vidas nos ponía contentos. Entonces dejábamos que los burros nos llevaran a su gusto por el camino retorcido de la montaña, mientras cantábamos canciones del Centro e inventábamos nuevas leyendas sobre el pozo, todavía más disparatadas que las viejas. Habíamos comprado algo de equipo, pero no el que íbamos a necesitar. Nos quedaba alimento para una sola comida. Habíamos olvidado las copias del contrato en la nave, y sólo nos importaba una cláusula: la que nos permitía volver sin hacer nada, en caso de que no encontráramos el objetivo de la expedición.

La aldea apareció en un recoveco del camino, cerca de la cima, cuando nos reíamos de una leyenda particularmente ridícula que Sabrasú acababa de contar. No sabíamos que la montaña estaba habitada. Tardamos bastante en descubrir que era una aldea, y no otro montón de rocas. Había ocho o diez casas de piedra que apenas se distinguían del terreno, dos corrales con burros y llamas parecidos en color y textura a sus dueños, un depósito hecho con bloques de hormigón, y un mirador que se inclinaba sobre el abismo de tres mil metros. Era como las otras aldeas de Guirnalda, excepto por la altura a que la habían construido, y por sus habitantes: en vez de la mirada triste y más bien rencorosa de los otros, mostraban los ojos brillantes y sonreían.

Cuando entramos en la aldea los pobladores estaban encerrados en sus casas, salvo uno que parecía de guardia.

—Necesitan buena soga —dijo en cuanto nos vio.

Gadma preparó su cámara y empezó a sacarle fotos.

—Buenas tardes —respondió Calibares—. ¿Usted es de aquí?

—Sí —dijo el poblador, que se había acercado a nosotros—, y tengo la soga ideal para lo que quieren.

—¿Cómo sabe lo que queremos? —dijo Sabrasú.

El poblador ensanchó la sonrisa.

—Un buen chiste —dijo.

Nos pareció simpático, así que bajamos de los burros y lo seguimos hasta que entró a su casa, ubicada junto al depósito. Salió un minuto después, con una llave más grande que su mano, tallada en madera. Caminó hasta el depósito, abrió la puerta con la llave y nos gritó desde adentro que esperáramos.

—Una forma curiosa —dijo Sabrasú.

—De recibir —siguió Gadma.

—A las visitas —terminó Calibares.

Había algo raro en el poblador, más allá de su recibimiento, y más allá de que nuestra información no incluyera a los habitantes de la cima. Pero no sabíamos qué, y de todos modos esa sensación de extrañeza que nos producía no bastaba para inquietarnos. Sumergidos en nuestra seguridad cuidadosamente edificada a lo largo del viaje, sin la ayuda del Consejero y sin una idea precisa de la situación en que estábamos, los tres metimos las manos en los bolsillos, aspiramos hondo y disfrutamos del paisaje de postal que teníamos delante.

El sol de Guirnalda bajaba con rapidez, pero todavía estaba alto. Nos alegramos de haber hecho la mayor parte del trayecto el día anterior, desde la ciudad hasta bien arriba de la montaña; ese día habíamos tenido tiempo de desayunar, almorzar, detenernos para que Gadma sacara sus fotos, y así y todo estábamos en la cima a una hora ideal, con un largo rato por delante para apreciar el panorama.

El suelo de Guirnalda es un cuadriculado de sembradíos, de modo que ahora nos parecía un tablero. Algo lógico, porque creíamos estar jugando. A la derecha, medio oculta por una roca, estaba la ciudad en la que habíamos descendido. Tiene el mayor puerto de Guirnalda, compuesto por un edificio chato y angosto, y una plataforma de tierra apisonada y un almacén de ramos generales donde habíamos comprado nuestro escaso equipo. Gadma desistió de fotografiarla, porque ya lo había hecho centenares de veces desde todos los puntos de la montaña, y empezaba a parecerle una escena repetida. En cambio, fotografió las piedras, el mirador, un burro con Sabrasú detrás, a Calibares con dos burros detrás, la cima de la montaña a pocos metros por arriba nuestro, el cielo y las nubes que pasaban por debajo.

En Guirnalda se cuenta que los dioses construyeron la montaña sólo para tener dónde instalar el pozo, porque no se atrevían a invadir el reino subterráneo de otros dioses, tal vez más poderosos. También hay quien dice que al principio la montaña no existía, y el pozo empezaba al nivel de la llanura; pero los dioses del subsuelo, molestos por ese agujero que atravesaba sus dominios, lo extirparon con montaña y todo, como quien extirpa un tumor.

A nosotros se nos había ocurrido una alternativa, inspirados por la cerveza amarga de a bordo, durante las horas interminables del viaje por el espacio:

—Al principio existía el pozo —empezó Gadma.

—Sostenido en el aire por el esfuerzo de los dioses —siguió Calibares.

—Un vacío dentro de otro —dijo Sabrasú.

—Luego de un tiempo, los dioses se cansaron —Gadma.

—Y construyeron la montaña a su alrededor —Calibares.

—Para que hiciera el trabajo por ellos —Sabrasú.

Pero lo que más nos divertía era pensar en dos grupos de dioses, unos aéreos y otros subterráneos, empujando y empujando para quitar espacio a sus adversarios, retorciendo y abollando la superficie que los separaba. Los aéreos acreditarían una victoria en cada valle y cada túnel, mientras que los subterráneos ganarían batallas con montañas y erupciones. En ese caso, el destino de nuestra expedición era un ejemplo de empate: los dioses subterráneos habían conseguido elevar la montaña más alta y más perfecta de Guirnalda, pero los dioses aéreos la habían perforado de arriba abajo con el pozo más profundo y más notable del universo.

En un terreno diferente del de las leyendas, y tal vez a causa de ellas, en todas partes de la galaxia hay gente que quiere conocer Guirnalda. Sin embargo, no existen empresas de turismo que organicen excursiones a la montaña, ni hoteles colgados de las laderas. Los visitantes, que son pocos porque Guirnalda está apartado de las rutas y los viajes espaciales resultan demasiado caros, se conforman con que los trasladen a algunos de los lujosos albergues construidos en torno a la montaña, a dos o tres kilómetros de la base, y con pasar una semana o dos meses en ese paraíso artificial diseñado para ellos. Según el informe que nos había dado el Centro, del que obtuvimos nuestros conocimientos sobre Guirnalda, esto se debe a que los turistas prefieren evitar el peligro, y la cima de la montaña es un lugar poco confortable, suspendida sobre laderas verticales y golpeada por los vientos más fuertes del planeta. Pero nosotros habíamos encontrado una senda fácil que llevaba hacia arriba, y ahora, casi en la cima, no sentíamos ni una señal de los vientos anunciados, de modo que a cada minuto que pasaba más nos convencíamos de que ahí no había nada extraordinario. Lo más probable, pensábamos, era que los peligros fueran un invento de los guirnaldeses, que los usaban para proteger su principal secreto: la inexistencia del pozo, la falsedad de las leyendas y, por lo tanto, la falta de atractivos de su planeta, salvo algunos paisajes de ésos que siempre salen mejor en las postales.

No sólo el viento estaba ausente sin aviso. Según las leyendas, se suponía que debíamos notar la presencia de poderes ocultos, de dioses terribles, capaces de sacudir el universo con un estornudo, sin que importara a qué mitología pertenecían. Pero no había nada, excepto el ruido del aldeano que revolvía algo en el depósito, la aldea acurrucada entre las piedras y la mirada tonta de los burros de Guirnalda, cuya única habilidad, diseñada por ingenieros genéticos, es la de soportar una atmósfera con poco oxígeno. Si los dioses existían, debían estar muy lejos.

—La verdad —pensamos— es que los dioses no parecen necesarios.

En ese momento recibimos la primera sorpresa importante. Tal vez nuestra herejía había ofendido a algún habitante de las leyendas, porque oímos un trueno que nos hizo vibrar todo el cuerpo. El susto nos desconectó. Los burros perdieron la calma para la que estaban adiestrados y se pusieron a dar saltos, arrojando partes de nuestro equipo por los cuatro costados. No había nubes de tormenta, ni en el cielo ni entre nosotros y los sembradíos de abajo.

—Calibares avisó —dijo Calibares—. Debimos subir en helicóptero.

—En Guirnalda no hay helicópteros que puedan llegar tan alto —contestó Sabrasú.

—De todos modos ya es tarde —dijo Gadma, tironeando de los burros.

Gadma era especialista en hacer que los burros le obedecieran, probablemente porque les gustaba su voz de contralto. Pero ahora le llevó un par de minutos conseguir que se quedaran quietos, y justo entonces el segundo trueno terminó de agotar su paciencia: fue tan fuerte como el primero, y tuvo el mismo efecto sobre los burros.

—Basta —gritó—. Esto no figura en el contrato.

—¿Qué cosa? —preguntó Sabrasú, desorientado por nuestra desconexión—. ¿Los truenos?

—No —dijo Gadma—, los burros. Que haya que calmarlos a cada ruido que oyen.

—Tal vez es por esto que no hay helicópteros —supuso Calibares—. La Sociedad Protectora de Animales de Guirnalda…

—¿Tan segura está Gadma de que no figura en el contrato? —dijo Sabrasú—. El Centro no suele olvidar ningún detalle.

—Gadma no vio nada sobre burros —dijo Gadma.

—Pero hay una cláusula que se puede aplicar —dijo Sabrasú—. Escuchen —empezó a recitar—: “Los firmantes se comprometen a cumplir la Ordenanza General Sobre Animales de Paseo, de Carga y de Tiro.”

—¿Y qué dice esa Ordenanza? —preguntó Gadma, mientras sujetaba las riendas de un burro que quería saltar al abismo.

Sabrasú se rascó atrás de una oreja, haciendo memoria.

—En los territorios no pertenecientes al Centro —dijo después—, le da prioridad a la reglamentación local.

—Gadma no conoce la reglamentación local —protestó Gadma.

—Preguntemos a los pobladores —propuso Calibares.

Los pobladores no tenían ganas de ayudar. Seguían encerrados en sus casas y ni siquiera se asomaron. No había otro remedio que seguir luchando con los animales, aunque no supiéramos si teníamos la obligación de hacerlo. Sabrasú no era muy hábil con los burros, así que se dedicó a juntar los bultos desparramados. Calibares gritó tanto como Gadma, pero su voz aguda tenía el privilegio de poner a los burros mas nerviosos de lo que estaban.

Cuando la situación quedó bajo control, el vendedor salió del depósito arrastrando un rollo gigantesco de soga gruesa y, por lo que podíamos ver, bien construida.

—¿Qué fueron esos truenos? —preguntamos los tres al unísono.

El hombre hizo un gesto de indiferencia.

—El pozo —dijo—. Le gusta llamar la atención.

—¿El pozo? —dijo Calibares, poco convencido.

No hubo tiempo para hacer más comentarios. El poblador había dejado la soga frente a nosotros, y se dedicaba a exaltar sus virtudes. Tenía algo en la voz, en su modo de hablar, en los gestos que hacía, tan convincente que no podíamos cambiar de tema.

—Muy barata —terminó—, no pierdan la oportunidad. De pronto conseguimos conectarnos otra vez. Pensando juntos nos era más fácil contrarrestar las habilidades de vendedor del aldeano.

—Todavía no sabemos —observó Calibares.

—Si la vamos a necesitar —siguió Gadma.

—Así que no compraremos —terminó Sabrasú.

El poblador nos miró intrigado, y luego volvió a sonreír. Pensamos que debía quedarle todavía otro argumento de venta. La sonrisa se convirtió en una carcajada Un argumento muy bueno, nos dijimos. Cuando dejó de reírse levantó un brazo y señaló hacia el otro lado del depósito.

—Si quieren saber —dijo—, vean allá.

Dimos la vuelta al edificio, y ahí estaba la boca del pozo. A primera vista no era nada impresionante, pero bastó para quitarnos el buen humor que conservábamos a pesar de los burros. Estaba en lo que parecía el patio trasero de la aldea, tenía unos diez metros de diámetro y la habían rodeado con una valla para que los chicos y los animales no se cayeran. De adentro venía un aire caliente, con ese olor un poco metálico que sale de algunas estufas.

En cuanto la vimos, lo primero que se nos ocurrió fue retroceder.

—No se asusten —dijo el aldeano, amenazando con otra carcajada—. Hay truenos muy de vez en cuando. Gadma apuntó su cámara y sacó varias fotos en cualquier dirección antes de poder enfocar el pozo. Las manos le temblaban, y terminó sentándose en una piedra, con la excusa de que se le había acabado la película y tenía que cambiarla. Sabrasú se puso a hablar sobre la costumbre que tiene la realidad de no parecerse a las leyendas, y sin embargo darles vida a cada momento. Finalmente, Calibares se acercó al borde, apoyó una mano en la valla y se inclinó hacia adelante para mirar dentro del pozo.

—No se ve nada —dijo—. Habrá que bajar.

—Habrá que bajar —repitió Gadma, todavía luchando por abrir su cámara.

—Lo dice el contrato —aseguró Sabrasú.

Así nos despedimos de las vacaciones que habíamos imaginado, del merecido descanso en el ambiente agrícola de Guirnalda, de la ilusión de tener un buen karma que nos cambiara las esperanzas. Como dice el Consejero, a las esperanzas hay que desabrigarlas para cubrirse uno mismo; y las sogas se deben romper cuando es necesario.

El fondo del pozo – 3

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El fondo del pozo

3

“Todo se mueve. Si usted se queda quieto, verá pasar su propio cadáver. Elija. Seguir la corriente no es lo mismo que dejarse llevar.”
(Consejero, 0:23:57)

Con más experiencia hubiéramos tenido otra actitud, pero era nuestra primera expedición, y había que aprender sobre la marcha. Hasta entonces habíamos llevado una vida tranquila de empleados administrativos, copiando números a mano porque las computadoras estaban ocupadas en otra cosa, barriendo pisos porque el personal de maestranza no tenía tiempo, manejando planillas según procedimientos establecidos siglos atrás, sin conocer su sentido ni importancia. Algo muy diferente de lo que enfrentábamos ahora, con otra clase de riesgos y otra clase de respuestas posibles.

En aquella época ingenua lo único que pedíamos era que todo siguiera igual. La mayor parte del tiempo la oficina era un lugar suficiente para contenernos, un rincón protegido para que Sabrasú edificara sus teorías, Calibares planeara excursiones que nunca llevaría a cabo, y Gadma registrara todo en su memoria de papel. Consultábamos cada día al Consejero, meditábamos sobre sus recomendaciones, y volvíamos a zambullirnos en la marea de formularios a medio llenar.

Cuando la oficina no bastaba salíamos a los pasillos del edificio, un universo tan grande como lo que se puede esperar de cualquier universo, a reunirnos con habitantes de otros rincones iguales al nuestro. Todos aparecíamos con un paquete de planillas bajo el brazo y la cabeza llena de ideas. Nos encontrábamos por casualidad en un salón del Centro o en un bar del Centro y discutíamos sobre el azar y la Computadora Central, sobre nuestros trabajos y sobre los trabajos desconocidos que estarían haciendo otras personas en otras sucursales del Centro. Esas discusiones eran tan capaces de ponernos a prueba como la más audaz de las expediciones que diseñaba Calibares y que jamás llevábamos a la práctica, o por lo menos eso creíamos. Cuando surgía una teoría realmente nueva sobre el funcionamiento del Centro, que se oponía a todas las conocidas, el revuelo sacudía hasta los cimientos del edificio, y salíamos disparados en todas las direcciones a buscar pruebas para confirmarla o refutarla. Nunca encontrábamos nada definitivo, porque el Centro sabe guardar sus secretos, pero el simple deporte de buscar era suficiente. No nos preocupaba si la nueva teoría seguía el camino de las viejas, perdiendo brillo y consistencia con el paso de los días, hasta que otra teoría venía a reemplazarla, del mismo modo en que no nos preocupaba dejar de lado cada proyecto de Calibares. Era parte de las reglas del juego, y en esa época, antes de convertirnos en exploradores, mucho antes de caer en este lugar donde un loco se pone a hablar de las gotas vivas, creíamos que ese juego era el único posible.

No sabíamos para qué servía nuestro trabajo, pero si lo hacíamos estaba claro que el Centro lo necesitaba. El Centro no suele dar explicaciones. Es inútil buscar un sentido a las pequeñas acciones, los deberes cotidianos; en el organismo del Centro cualquier agente es una enzima ciega que sólo sabe catalizar la conversión de algo en otro algo apenas distinto, sin enterarse jamás de que esa transformación tenga consecuencias. Como dice el Consejero, 9:44:85: “El tamaño es el mensaje. Lo pequeño habla de cosas pequeñas. Lo grande de cosas grandes. Mídase. Los centímetros que cuente en su cuerpo son lo que usted comunicará durante toda su vida.” Pero confiábamos en que nuestro papel ayudaba al Centro a mover las estrellas y los planetas. En todo caso, ahora, en Guirnalda, no estábamos mejor, porque tampoco comprendíamos la utilidad de sumergirnos en el pozo, y sin embargo íbamos a hacerlo.

Por encima de todo, en la oficina nos sentíamos seguros. Teníamos techo, nos daban de comer, había lugar para nuestros pensamientos de enzima. Y de pronto nos había llegado una orden para presentarnos en el puerto más próximo. Ese día, por primera vez en muchos años, dejarnos el trabajo sin terminar, cambiamos la rutina establecida, salimos del edificio aunque era lunes y subimos al tren que lleva al puerto haciendo cálculos e hipótesis distintas de las que nos habían ocupado hasta entonces. Conociendo algo del Centro como creíamos conocer, lo más liviano que debíamos esperar era un traslado imprevisto. Quedaba por saber qué clase de traslado, y si se debía a un alza de nuestro karma o a una baja. Por de pronto, y como medida de precaución, supusimos lo peor. Si las mutaciones biológicas son casi siempre desfavorables, es muy probable que una mutación en el Centro resulte fatal.

—La culpa es de Sabrasú —dijo Gadma en el tren—, que anda siempre haciendo preguntas, buscando explicaciones, como si el Centro tuviera que justificarse, o una hormiga reclamara el derecho de cuestionar al hormiguero.

—No —dijo Sabrasú—. La culpa es de Calibares, que pasa el tiempo pensando en pasillos que no le pertenecen, metiendo la nariz en los rincones, planeando excursiones a lugares a los que nadie lo invitó.

—No —dijo Calibares—, la culpa es de Gadma, que no sabe hacer nada mejor que poner por escrito nuestros pensamientos y nuestros descubrimientos, para que nada se pierda, sin darse cuenta de que todo se transforma y sus papeles nos pueden comprometer.

En realidad, la culpa podía ser de Dindir, que también se las había ingeniado para apartarnos de la rutina, entrando en nuestro mundo como un elefante enloquecido y saliendo de nuevo sin dejarnos siquiera la posibilidad de descubrir qué se había roto. O tal vez no hubiera culpa, sino un fluir de acontecimientos que no sólo no podíamos prever sino que pertenecían a un nivel de existencia inalcanzable para nosotros.

Así llegamos al puerto, sin ponernos de acuerdo, y una vez allí nuestra comprensión de lo que ocurría no mejoró. En cuanto nos vieron llegar, nos hicieron firmar el contrato sin darnos tiempo para leerlo, nos metieron en la nave y nos lanzaron a un universo desconocido, mayor y al mismo tiempo más pobre que el otro.

Sabíamos que ése es uno de los métodos favoritos del Centro, si se puede hablar de métodos, pero no habíamos imaginado que nos pudiera tocar a nosotros. Durante los primeros días a bordo sólo fuimos capaces de mirarnos las caras y rogar para que la broma terminara pronto. Ni siquiera pudimos consultar al Consejero, porque en el apuro lo habíamos olvidado: un error grave, que nos privaba del apoyo más importante.

Mientras tanto, la nave seguía su curso a toda velocidad. No podíamos influir en ella, porque estaba programada de antemano, y en todo caso no hubiéramos sabido cómo hacerlo. Era nuestro primer viaje fuera de Varanira. Más todavía, era la primera vez que veíamos una nave espacial. Nos amontonábamos ante la consola de mando, donde se encendían y se apagaban luces pequeñas y alarmantes, oíamos los suspiros y los crujidos que cada tanto delataban el funcionamiento de la maquinaria, mirábamos las estrellas en la superficie de la pantalla y las estrellas no nos decían nada.

Después empezamos a leer y releer el contrato, lleno de cosas nuevas y sorprendentes, y a revisar la biblioteca de la nave, de donde surgían datos que nunca habíamos soñado. Y así fuimos descubriendo que el Centro nos había cambiado de categoría. Éramos auténticos exploradores, incluidos en el Sorteo, y un planeta llamado Guirnalda con un pozo lleno de leyendas nos esperaba al final del viaje.

—Lo que no dicen en ninguna parte —observó Sabrasú—, es si se trata de un premio o de un castigo.

—Para el Centro ambas cosas pueden ser lo mismo —dijo Gadma.

—Entonces pensemos que es un premio —dijo Calibares.

A partir de ese momento la travesía se dividió en dos etapas: durante la primera pasamos el tiempo estudiando el material de la biblioteca, aprendiendo de memoria las leyendas sobre el pozo de Guirnalda y nuestros nuevos deberes; durante la segunda terminamos de convencernos de que habíamos tenido suerte, de que una situación tan absurda no podía responder sólo a lo que decían los pápeles. Y así habíamos llegado a Guirnalda creyendo que el Centro nos había favorecido graciosamente, como si eso pudiera ocurrir alguna vez. Tras un aterrizaje automático y perfecto, habíamos comprado el equipo más inadecuado que existía: ropa de verano, anteojos de sol, crema para las manos; y habíamos pasado los mejores momentos que podíamos recordar, hasta que el mismo pozo nos hizo ver quién se había equivocado en realidad. Nuestra única excusa era que no teníamos al Consejero para que nos ayudara a ver mejor.

Ahora estábamos junto a la boca del pozo, y teníamos que poner en práctica nuestra supuesta habilidad de exploradores.

—Pero es un pozo como cualquier otro -dijo Calibares, alejándose de la valla—. Tal vez lo exploremos en un par de horas.

Sabrasú puso una mano sobre el hombro del poblador.

—¿A cuánto dijo, la soga?

Volvimos a la puerta del depósito, decididos a comprar el equipo necesario, y esperando que los pobladores nos asesoraran. Pero no tuvimos que decir nada, porque estaban ansiosos por vender. Además, daba la impresión de que se turnaban, porque en cuanto pagamos la soga y el vendedor se encerró en su casa, salió una mujer con otra llave de madera y un cuenco en la mano.

—Prueben —dijo, acercándonos el cuenco.

—Buenas tardes —dijo Calibares, que a pesar de todo no dejaba de saludar—. ¿Qué es?

—Mi especialidad —dijo la mujer—. Prueben.

El cuenco estaba lleno de un líquido gomoso, parecido a la savia. Al ver que dudábamos, la mujer se lo llevó a la boca y tragó una parte del líquido. Primero vimos dos dientes amarillos, y luego una lengua roja que lamía los labios con placer.

Calibares era nuestro guía y tenía que mostrarse decidido, así que antes de pensarlo dos veces agarró el cuenco y probó su contenido.

—Muy bueno —dijo después, poniendo una cara a la que había que creerle.

—Cinco tragos por día bastan —dijo la mujer—. Lo más liviano en alimentos —volvió a mostrar sus dientes amarillos—. Diez kilos les alcanzarán para treinta días, y los van a necesitar. Muy barato, además.

La amenaza de pasar un mes dentro del pozo no nos gustó, pero la mujer tenía la misma habilidad del hombre para convencernos, y compramos. La mujer trajo del depósito un par de odres, cada uno con cinco kilos del líquido, y se fue corriendo con el dinero. Apareció un chico, sin llave, con la cara sucia y los ojos entrecerrados, como si hubiera estado mucho tiempo en la oscuridad.

—Tengo el plano —dijo.

—Buenas tardes —dijo Calibares, mientras Gadma se empezaba a reír—. ¿El plano de qué?

—Del pozo —el chico estaba sorprendido de nuestra ignorancia—. ¿De qué otra cosa se puede tener un plano?

Gadma había cambiado la película de su cámara, y estaba otra vez sacando fotos. Sabrasú se inclinó junto al chico y le pidió que nos mostrara su plano.

—Lo tengo que dibujar —dijo el chico—. Le vendí el último ejemplar a la expedición de ayer.

Nos miramos.

—No sabíamos —dijo Sabrasú.

—Que ayer hubo otra expedición —siguió Gadma.

—¿De dónde venía? —preguntó Calibares.

—Todos los días hay expediciones —dijo el chico—. A veces tres juntas. Yo qué sé de dónde vienen —hizo una pausa para pensar—. Supongo que del Centro.

La información era importante, seguramente más de lo que el chico podía imaginar. Sabíamos, por Dindir y por relatos dispersos que nos habían ido llegando, que el Centro jamás envía dos expediciones al mismo lugar. De algún modo, las distintas sucursales parecen ponerse de acuerdo para no encimar sus regiones de influencia: sin duda, es una tarea de la Computadora Central, aunque Dindir preferiría hablar de la ley del mínimo esfuerzo, y hacer algún paralelo con la biología. Tal vez el chico estaba equivocado. Si no, debía haber algo en el pozo que justificara ese interés extraordinario. En todo caso, nos sentíamos un poco molestos por la noticia.

—El Centro —dijo Gadma.

—Debió informarnos —siguió Calibares.

—Que no somos los únicos —terminó Sabrasú.

—¿Y ustedes por qué hablan así? —dijo el chico.

No era momento para ponernos a explicarle. Finalmente, fue Calibares quien nos sacó del dilema, con un pensamiento suyo, no compartido por los tres.

—Está bien —dijo—. Tampoco sabíamos que la montaña estuviera habitada —alzó los hombros—. Si el Centro no lo puso en el contrato ni en la biblioteca es porque no debía ponerlo. Ya veremos a qué se debe todo esto.

—Bien dicho —aseguró el chico, alzando los hombros como Calibares—. Y por lo que veo, no siempre hablan así.

Hacía un rato que Gadma había dejado de reírse.

—¿Dónde está la expedición de ayer? —le preguntó al chico.

El chico volvió a alzar los hombros.

—Ahí abajo, me imagino. Donde están todas.

—¿En el pozo? —preguntó Sabrasú.

Antes que el chico pudiera contestar se oyó un silbido que venía de las casas.

—Esperen un segundo —dijo el chico, y se metió corriendo en una construcción pequeña y sin ventanas. Nos llegó el ruido de un golpe y un grito. Después el chico volvió a salir, agarrándose la cabeza con las manos. Había cambiado de actitud. Cuando llegó donde estábamos nosotros parecía a punto de llorar—. ¿Quieren el plano o no? —dijo.

—Primero queremos que contestes nuestras preguntas —insistimos.

—Lo único que sé es vender planos —dijo el chico—. ¿Me voy, o piensan comprar?

—Compramos —aceptó Calibares en nuestro nombre.

El chico levantó una ramita del suelo y nos la mostró.

—Con esto puedo dibujar en la tierra —dijo—. Pero ustedes tienen que pagar primero.

Un rato más tarde nos habían convencido de dejar los burros en el interior de un corral, y teníamos cantimploras compradas a los pobladores, una linterna comprada a los pobladores, y un hueso muy raro en forma de X, enhebrado con cuentas de colores en un collar que Gadma se colgó del cuello, comprado a los pobladores con la promesa de que lo íbamos a usar en el momento menos pensado. El plano había sido el único gasto inútil, porque no habíamos entendido nada, y el chico había desaparecido de la vista antes de que pudiéramos pedirle más explicaciones. El collar, por lo menos, le gustaba a Gadma.

Cuando terminaron de vendernos todo lo que quisieron, salieron uno tras otro de sus casas y se reunieron alrededor de la boca del pozo. Tuvimos la impresión, al verlos juntos por primera vez, de que habíamos sido víctimas de un operativo comercial planeado cuidadosamente. Algunos todavía estaban contando el dinero que habíamos pagado por sus artículos.

—Menos mal que el Centro cubre los gastos —dijimos.

En realidad, aunque nuestro nuevo equipo iba a servirnos, no era lo que habíamos imaginado. Ante la posibilidad de un descenso largo y difícil nuestra fantasía galopaba, y nos hubiera gustado tener mochilas autopropulsadas, cinturones antigravitatorios, cabinas inflables, computadoras, radar, cascos de entretenimiento, trajes monomoleculares, y un montón de otros artefactos que no sabíamos si existían o no, pero que seguramente resultarían útiles. De todos modos no podíamos quejarnos, porque las condiciones de nuestro trabajo anterior habían sido las mismas: rodeados por la tecnología más moderna, estábamos condenados a usar elementos prehistóricos. Y la costumbre nos había hecho creer en la justificación del Centro para ese estado de cosas: cuanto más complejo es el instrumental que se usa, más componentes pueden fallar: un lápiz es más confiable que una máquina de escribir electrónica.

Junto al pozo, las madres trataban de alejar a sus hijos de la valla, mientras los hombres nos miraban y un par de viejas hacían gestos complicados con las manos, que debían tener algún significado religioso, como todo acto incomprensible de una cultura primitiva. Todos llevaban puesta la misma sonrisa, hasta los chicos, como si los hubieran entrenado en algún curso de ventas.

Era evidente que esperaban que empezáramos ya mismo a descender por el pozo. Nos acercamos a un viejo con cara de sabio y una cicatriz en la frente.

—Bajaremos mañana al amanecer —le dijimos—. ¿Dónde podemos pasar la noche?

El viejo sacudió la cabeza y movió las manos en un gesto de pesadumbre.

—Lo lamento —dijo—, pero no podemos hospedarlos. Deberán partir ahora mismo, antes que oscurezca.

—No tenemos por qué apurarnos —contestamos—. Preferimos dormir entre las rocas, si es necesario, con tal de empezar la tarea bien descansados.

—Encontrarán mejores comodidades en el pozo —dijo el viejo. Al ver nuestras caras de asombro, agregó: —Hay lugares ideales para dormir, protegidos de las inclemencias del tiempo.

Nos tocó a nosotros sacudir la cabeza.

—Mañana —insistimos.

El viejo con cara de sabio nos miró uno por uno, y no pudimos dar media vuelta para juntar nuestras cosas y ver dónde pasaríamos el resto de la tarde. Con su mirada y su sonrisa a medias, le bastaba para obligarnos a escucharlo un poco más.

—Un momento para cada cosa, y cada cosa en su momento —dijo—. Si hay algo que todos debemos respetar, es la correspondencia precisa entre el transcurso del tiempo y el transcurso de nuestras acciones —dejó de sonreír y miró hacia el pozo—. El pozo está abierto, dispuesto a recibirlos. Nos ha dado señales, y pronto llegará la señal decisiva. Ustedes mismos la presenciarán. No osen desafiar al orden universal ni al espíritu del pozo rechazando su invitación.

Nos quedamos unos segundos en silencio. El viejo volvió a mirarnos, y el pozo seguía eructando su olor metálico y caliente.

—Hay algo parecido en el Consejero —dijo luego Sabrasú—. 29:18:43: “Un reloj bien ajustado está en armonía con el universo. Se mueve al compás del equilibrio cósmico. No actúa de más ni de menos. Sea un reloj bien ajustado. Actúe en el momento exacto. Ni antes, ni después.”

Silencio, otra vez. La acción correcta en ese momento preciso hubiera sido dar media vuelta, correr montaña abajo, atravesar los sembradíos hasta la ciudad, aprender el modo de poner en marcha la nave y escapar de Guirnalda para siempre. Pero no podíamos saberlo. El Consejero no lo prohibía, pero, como siempre, se podía interpretar de distintos modos. Y el viejo de la cicatriz en la frente nos tenía bajo su control.

Juntamos nuestros bultos y los arrastramos hasta la valla.

—Lo mejor es que se vayan de a uno —dijo el viejo—. El primero se ata a la soga y…

—Y los demás lo bajan de a poco —siguió Calibares, que parecía ofendido por la repentina intromisión del viejo en su papel de guía—. Después se recupera la soga, y le toca a otro.

El viejo movía la cabeza de arriba abajo, sin dejar de sonreír. La cicatriz se le puso roja. Pero la tensión de un momento antes había desaparecido: ahora teníamos una tarea precisa por delante, y todo lo que importaba era dar los pasos necesarios para llevarla a cabo.

—Los bultos van al final —agregó el viejo, y esta vez Calibares optó por ignorarlo—. Luego soltamos la soga, para que puedan usarla de nuevo.

Calibares dijo algo que nadie llegó a oír, y ató una punta de la soga a la valla.

—Como guía —dijo, pronunciando con cuidado la palabra “guía” y señalándose a sí mismo—, el primero será Calibares.

Armó una especie de arnés con la otra punta de la soga, según la técnica aprendida en la biblioteca de la nave, se lo calzó alrededor de los hombros y la cintura, y se asomó al borde.

—Cuando llegue —dijo—. Calibares les avisa con un grito.

Gadma no tenía apuro, y Sabrasú tampoco, así que no dijimos nada. Nos pusimos los guantes que también habíamos comprado a los pobladores, agarramos la soga y nos preparamos para descolgar a Calibares.

—No, todavía no —gritó una de las viejas que habían estado haciendo gestos.

—Escuchen —dijo el viejo de la cicatriz—. La señal anunciada.

Nos quedamos todos quietos, los aldeanos también, y prestamos atención. Se oía la brisa entre las rocas, y a nuestros burros que no conseguían habituarse al corral. . Gadma estaba tensa, esperando otro trueno. Sabrasú, que de golpe tenía cara de estar muy preocupado, abrió la boca para decir algo, pero el viejo de la cicatriz le pidió silencio. Pensábamos juntos, pero lo que preocupaba a Sabrasú no pertenecía a nuestro pensamiento común: debía depender de su memoria personal, o tal vez fuera algo que los otros dos rechazábamos en algún nivel por debajo de la conciencia.

Nuestro pensamiento común estaba ocupado en otra cosa. De pronto comprendimos qué era ese elemento extraño que habíamos encontrado en el poblador que nos vendió la soga, y que luego habíamos visto repetido una y otra vez en el resto, incluidos el chico del plano y el viejo de la cicatriz. Era algo que estaba aparte de su capacidad como vendedores, e incluso del control que el viejo parecía ejercer sobre nosotros. Se trataba de una contradicción, que nuestros nuevos conocimientos, adquiridos en la biblioteca de la nave, nos permitían detectar. Por un lado, los aldeanos daban la impresión de estar aislados de toda cultura que no fuera la suya; sus productos tenían un sello distintivo, algo que los diferenciaba de otros productos, incluso los que provenían de otras aldeas de Guirnalda; sus caras, sus cuerpos y sus ropas también eran característicos: rostros de piedra y madera, brazos macizos, polleras largas de cuerda trenzada. No se habían mezclado ni siquiera con sus vecinos más próximos, desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, por otro lado, hablaban el Idioma sin ningún acento, sin deformaciones. O, mejor dicho, con el acento y las deformaciones propias de Varanira, nuestro propio planeta. El Idioma, gracias al Centro, es de uso corriente en todos los mundos conocidos, o por lo menos eso se suele creer. Pero cada pueblo, cada rama de cada pueblo, le da su toque particular, su pronunciación, sus palabras especiales. Que los aldeanos hablaran exactamente igual que nosotros era una casualidad inconcebible hasta para las normas del Centro, o el indicio de alguna otra cosa, tal vez igualmente inconcebible.

Tratábamos de pensar una explicación razonable, con poca colaboración de Sabrasú, que seguía preocupado por sus propias razones, cuando empezaron a sonar los violines: la señal prevista por el viejo.

Aparentemente estaban en algún lugar del pozo, tal vez a miles de metros de profundidad, y tocaban una música solemne, excepto por algún acorde grotesco que de vez en cuando jugaba entre las notas. La brisa dejó de soplar, y los burros de dar coces. Los violines eran lo único que se oía, y fueron ganando nitidez hasta que nos pareció que estábamos en la pantalla de un cine: el único lugar donde la música reemplaza a los ruidos habituales. El paisaje inmóvil, la boca del pozo abierta en medio de la escena, la ronda de aldeanos, todo tomó un color rojizo. La situación hubiera sido más lógica si en vez de estar dentro del cuadro nos hubiéramos encontrado de pronto en las butacas de alguna platea guirnaldesa.

Esto no figuraba entre las leyendas que conocíamos. Los pobladores habían cerrado los ojos, y se balanceaban al compás de la música. La tentación de imitarlos se hizo cada vez más fuerte, pero nos resistimos: había algo indigno en que un grupo expedicionario del Centro, por poca que fuera su experiencia, se balanceara al compás de unos violines en la cima de la montaña mas famosa de Guirnalda.

Un rato después los violines empezaron a alejarse, como si alguien moviese el control del volumen, y a los dos minutos ya era imposible oírlos. Las cosas recobraron su color normal, y la ilusión terminó. No había ningún cine, ni plateas, ni pantalla, ni empleados esperando el intervalo para vender golosinas. Aspiramos hondo, mientras el viento empezaba a soplar, más suave que en las leyendas pero más fuerte que la brisa anterior. Los burros tardarían un poco más en salir del hechizo.

Los pobladores abrieron los ojos y aplaudieron.

—El pozo les da la bienvenida —explicó el viejo de la cicatriz, inclinando la cabeza—. Ahora pueden continuar. El espectáculo nos había sorprendido, pero podía haber sido de mejor calidad. Los pobladores también debían tener su tecnología escondida, y se complacían en engañar a los visitantes simulando fenómenos mágicos. Nos imaginamos al sonidista y al iluminador escondidos en alguna de las casas de ventanas cerradas, los parlantes ocultos dentro del pozo, las luces disimuladas entre las piedras. En el Centro habíamos visto audiovisuales parecidos. Seguramente los pobladores querían justificar los precios altos de sus productos dando algún servicio adicional.

Lo que habían conseguido, en realidad, era tranquilizarnos. Se nos ocurrió que el aparente aislamiento de su cultura era una pantalla, un disfraz de los que se suelen usar para atraer a los turistas. En ese caso era más comprensible que hablaran el Idioma, y en una versión similar a la nuestra. Quedaban algunos detalles por justificar, pero la explicación nos bastaba por el momento. Tal vez, si hubiéramos profundizado un poco más, nos hubiésemos dado cuenta del error. Es probable que aún entonces nos quedara una última oportunidad para escapar.

Empezamos a movernos, pero Sabrasú se quedó donde estaba, rascándose atrás de una oreja. Nuestra preocupación conjunta había desaparecido, pero todavía quedaba la suya, la privada, que no conocíamos. Lo miramos para que nos dijera qué le pasaba. Los aldeanos también lo miraron.

—Sabrasú tiene una pregunta —dijo al final—, y no sabe la respuesta —se rascó un poco más—. La soga nos permitirá descender, pero ¿cómo vamos a subir otra vez?

Los pobladores sonrieron y se aflojaron, como si algo los hubiese aliviado.

—Más abajo encontrarán otras salidas —dijo una mujer.

—Es cierto —dijo el viejo de la cicatriz—. No necesitarán subir.

Pero Sabrasú no estaba conforme.

—Lo que piensa Sabrasú —dijo— es por qué no entramos al pozo más abajo, si hay otras entradas. Por qué debimos venir hasta la cima.

—Lo dice el contrato —aseguró un chico, que no era el del plano.

—Sí, pero… —empezó Sabrasú, y se detuvo—. ¿Cómo lo saben?

Los aldeanos se movieron inquietos, y algunos tosieron. El viejo de la cicatriz miró enojado al chico que había hablado. Luego se dirigió a nosotros y volvió a sonreír.

—Ustedes son muy desconfiados —dijo—. Todos los contratos dicen lo mismo. El de ustedes no puede ser una excepción.

—Tiene razón —dijo Calibares, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Todos los contratos se parecen en algo.

—Y además debemos obedecer al nuestro —intervino Gadma—, aunque no nos guste.

El viejo aplaudió.

—Una sabia reflexión —dijo.

Sabrasú dejó de rascarse, sonrió, y los tres, plenamente conectados, nos palmeamos mutuamente los hombros.

—No ganamos nada —nos dijimos a nosotros mismos— cuestionando lo que el Centro sabe hacer mejor que nosotros.

—Bien dicho —confirmó el viejo con cara de sabio.

—Sin embargo —agregamos, ahora menos alegres—, debimos haber traído una copia de nuestro contrato.

—No la necesitarán —dijo el viejo, impaciente—. Y ahora sigan con su tarea, que todos tenemos mucho que hacer y el pozo se cansa de esperar.

—Una sola pregunta más —pidió Sabrasú—, que no molestará a nadie. ¿Cuánto tiempo nos llevará explorar el pozo?

El viejo de la cicatriz pensó un momento antes de responder.

—No son buenos exploradores —dijo después—, si antes de empezar se preocupan por el final.

Le dimos la razón una vez más, y así terminamos de caer en la trampa. Gadma le sacó una foto a Calibares, que posaba con el arnés recién construido, y empezamos la maniobra de bajarlo.

El fondo del pozo – 4

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El fondo del pozo

4

“Detrás de cada acontecimiento hay un truco de espejos. Nada es, todo parece. Escóndase, si quiere. Espíe por las ranuras. Alguien estará preparando otra ilusión. Las diferencias entre personas son las diferencias entre las ilusiones que perciben.”
(Consejero, 121:6:33)

—El Centro es un montón de sucursales —decía Dindir—. Se extiende uniformemente en todas direcciones. Vaya uno donde vaya, no podrá llegar más adentro ni más afuera de lo que ya está. Para entenderlo, piensen en la superficie de una esfera; infinitos puntos, todos con las mismas propiedades.

—¿Y los exploradores? —preguntábamos—. ¿No salen del Centro, acaso?

—Los exploradores llevamos el Centro con nosotros.

Dindir venía de otro planeta, y tenía ideas diferentes de las nuestras. Era difícil discutir con ella, porque no hablaba como la gente que conocíamos. En Coracor, la sucursal del Centro donde había nacido, no sabían nada de la Computadora Central. Ni siquiera tenían al Consejero. Y sin embargo Dindir era agente del Centro, enviada por los caprichos del Sorteo a explorar Varanira, nuestro planeta. Dindir llegó con sus compañeras de expedición, Balibar y Hecher, un día que el Consejero nos había augurado dudas y contradicciones. Dejaron la nave en el puerto más próximo, entraron al edificio, y una semana más tarde todavía no podían creer lo que veían. Nadie les había dicho que en Varanira hubiera una sucursal del Centro. Tenían un contrato que las obligaba a inspeccionar lo que encontraran, de modo que no hubo obstáculos para que recorrieran nuestras oficinas, nuestros salones y nuestros pasillos.

Todos estábamos ansiosos por saber cómo era el Centro en Coracor, porque así podríamos aprender algo más de nosotros mismos, pero eran pocos los que tenían la suerte de conocer personalmente a las visitantes, y los demás debíamos conformarnos con información de segunda o tercera mano. Ya nos habíamos resignado a esa situación, cuando Dindir se nos acercó por su propia voluntad.

Estábamos caminando por la costanera, como solíamos hacer los domingos, en perfecto cumplimiento de las normas. Se suponía que un poco de ejercicio y aire libre favorecía la salud de los agentes, de modo que una vez por semana abandonábamos nuestro reino de cuatro paredes y salíamos por una puerta lateral del edificio. Todavía andábamos con los ojos entrecerrados para defendernos de la luz del sol, cuando oímos una voz detrás de nosotros.

—Buenos días ——dijo—. Soy Dindir.

Nos dimos vuelta, sorprendidos. No había duda de que era ella: respondía a la descripción que nos habían hecho. Tenía la apariencia típica de los exploradores, con su cuerpo alto y musculoso, el mameluco azul manchado de sustancias de otros mundos, la tira de plástico que decía “Coracor” en el pecho, la piel oscurecida y cuarteada, el acento extranjero. Decían que en su historia había más de veinte expediciones, y al verla no era difícil creerlo: estaban detalladas en sus cicatrices, sus marcas y su modo de caminar. Dindir era la demostración de que, si el azar domina el Sorteo, ese azar está bien dirigido: en principio, cualquiera puede salir sorteado e ir a parar al planeta cuya bolilla haya salido con la suya; pero así como jamás sale el mismo planeta en dos Sorteos diferentes, los exploradores más hábiles son elegidos una y otra vez. Teóricamente, Dindir no tenía más posibilidades que nosotros de que volvieran a elegirla, pero, hasta donde sabíamos en ese entonces, ella seguramente haría otras veinte expediciones, y nosotros seguiríamos llenando formularios dentro del edificio y saliendo a caminar por la costanera cada domingo.

—No se asusten —dijo, al ver nuestras caras—. Pasaba por acá, tropecé con ustedes y me dieron ganas de charlar un rato.

La excusa era débil, pero en ese momento le creímos. Estábamos demasiado asombrados de tenerla para nosotros solos, y nuestra experiencia todavía no nos había enseñado a desconfiar.

—Para nosotros es un honor —dijo Gadma.

—Tener la compañía —siguió Calibares.

—De alguien tan importante —terminó Sabrasú.

—Me siento halagada —dijo—, pero no es para tanto.

Era común que quienes nos oían por primera vez hablar a nuestro modo peculiar hicieran algún comentario al respecto, y estábamos hartos de dar explicaciones. Sin embargo, Dindir no dijo nada. Debimos deducir que ya sabía algo de nosotros, pero el entusiasmo nos lo impidió.

—¿Cómo va la exploración? —preguntamos, un tanto formalmente.

Dindir alzó los hombros.

—Es un trabajo lento —dijo—. Todavía nos falta mucho para comprender ese edificio de ustedes, y además nos queda el resto del planeta. Ni siquiera sabemos si vale la pena tanto esfuerzo.

—¿Por qué?

—La exploración de un planeta sirve para abrir el camino a una nueva sucursal del Centro. Pero en Varanira ya tienen su sucursal.

—Si salió en el Sorteo por algo será.

Dindir nos miró fijo durante un segundo, y tardó en contestar.

—Sin duda —dijo después, distraída.

No sabíamos qué más decir, y anduvimos varios minutos en silencio, mirando a Dindir con disimulo. A Dindir le faltaba el ojo izquierdo: uno de los tantos rastros que le había dejado en el cuerpo su vida de exploradora. Cuando pensaba ponía la cabeza de modo que nos apuntaba con la órbita vacía. No era una situación cómoda. De algún modo, esa ausencia de mirada nos hacía sentir desnudos. A través de ese agujero nos contemplaba la sabiduría de otros mundos.

Caminábamos hacia el sur, con el río a la izquierda. Al otro lado del río, la ciudad se veía gris y chata, empezando por unos ranchos de chapas distribuidos al azar en medio del barro, y siguiendo por las casas iguales y ordenadas en hileras interminables. A la derecha, en cambio, estaba el edificio: dos kilómetros de hormigón, de cien metros de altura, sin una sola ventana. El edificio representaba lo que conocíamos, el mundo en que habíamos aprendido a vivir. Enfrente, la ciudad era territorio extranjero, regido por otras normas, habitado por otra gente, alejado del Centro por mucho más que un río de aguas turbias, que hubiéramos podido vadear en diez segundos.

—Dicen que Coracor es muy diferente de Varanira —comentamos luego, buscando el modo de sacarle información a Dindir.

—No tanto —dijo Dindir—. Todos los mundos se parecen. Hay ciudades, ríos, montañas, mares.

—Nos referimos al Centro. La sucursal de Coracor…

—Las diferencias están en la superficie—nos interrumpió—. Ustedes tienen su edificio, nosotros tenemos algo como eso —señaló la ciudad—. Ustedes tienen su anarquía, nosotros tenemos autoridades, pero en los dos casos las que gobiernan son las normas establecidas. En el fondo, Varanira y Coracor son lo mismo.

Miramos la ciudad, sin entender el criterio de Dindir. Por las calles se arrastraba gente sucia y debilitada por la mala comida. Había unos pocos vehículos con motor, que cabeceaban y rugían esquivándose en las esquinas, arrastrando con ellos a unos pasajeros apurados por hacer sus cosas sin importancia. Los gritos de los vendedores ambulantes cruzaban, incluso los domingos, el sector de ranchos y el río, acompañados por el olor a podrido que despedía la ciudad en conjunto. De nuestro lado, en cambio, el edificio daba una impresión de limpieza, solidez y eficacia que se correspondía con la imagen que teníamos del Centro. Aunque en el edificio no hubiera jefes reconocibles, la anarquía no estaba ahí sino enfrente, al otro lado del río.

De todos modos, había asuntos más importantes que discutir, diferencias más profundas que a nuestro modo de ver hacían a Coracor incomparable con Varanira.

—Ustedes no conocen a la Computadora Central —dijimos.

—No la necesitamos —dijo Dindir.

—Tampoco tienen al Consejero.

—No nos serviría de nada.

—Y no usan el sistema del karma.

—Sabemos cómo reemplazarlo.

De pronto la charla se había convertido en una especie de acusación de nuestra parte, y no queríamos seguir en ese tono, de modo que nos callamos. Pero Dindir no parecía ofendida: siguió hablando de un modo indiferente, como si el tema no le interesara o estuviera aburrida de repetir lo mismo ante cada varanir que se le cruzaba en el camino.

—No hace falta que creamos en esas cosas —dijo— para ser como ustedes. Trabajamos en lo mismo, del mismo modo. Tenemos normas, algoritmos, Sorteo, y algún tipo de soporte físico para que todo eso se mantenga unido. Es lógico que haya pequeñas diferencias, porque son necesarias. Si no las hubiera, el Centro no podría hacer nada. La entropía ya es bastante alta en el Centro: queda poca energía que se pueda transformar en trabajo. Por eso a veces se necesita tanta gente y tanto esfuerzo para llevar a cabo una pequeña acción. Si las diferencias desaparecieran, la entropía sería máxima, y ya no habría trabajo posible.

—Sí, pero —empezamos, y dejamos la frase sin terminar. ¿Qué debíamos hacer? Si queríamos reunir nueva información sobre Coracor, entonces lo mejor era cambiar de tema. Pero no nos gustaba la idea de ver atacados de ese modo los principales componentes de nuestro mundo. Los elementos que Dindir llamaba “pequeñas diferencias” tal vez no significaran nada para los habitantes de la ciudad, al otro lado del río, pero nosotros no concebíamos la vida sin ellas. Estábamos obligados a defenderlos de la incredulidad de Dindir—. Aunque Dindir no esté de acuerdo —dijimos finalmente—, el Centro no sería lo que es sin la Computadora Central. Ni podría conservarse a sí mismo sin el Consejero. Ni tendría la lealtad de sus agentes sin el sistema del karma.

Dindir se rió. Su risa era oscura y nerviosa, y parecía salir de la órbita vacía.

—¿Pueden demostrar todo eso? —preguntó.

—No hay que demostrarlo —dijimos—. Es evidente por sí mismo.

—Para mí no.

De vez en cuando nos cruzábamos con otros habitantes del edificio que habían salido a tomar sol. Todos miraban a Dindir con curiosidad, y algunos hasta trataban de unirse a nuestro grupo para participar en la discusión. Pero Dindir parecía tener ganas de hablar sólo con nosotros, porque no les prestaba atención, o, si insistían, los espantaba con un gesto especial del lado izquierdo de la cara.

—Muy bien —dijimos—. Lo vamos a demostrar.

Éramos ingenuos. No se nos ocurrió pensar que en la última semana Dindir ya había discutido el tema con otras cien personas. En realidad, Dindir no daba señales de haber oído antes las mismas palabras que usábamos nosotros. Era buena actriz, y tenía paciencia para llegar a su verdadero objetivo.

A nuestro modo de ver, había un solo camino para convencerla, y decidimos empezar por donde correspondía.

—Al principio —dijimos—, cuando el Centro no existía, la Computadora Central comprendió que tenía un papel que cumplir en el universo: dar forma a lo informe. Entonces…

—¿Y quién dio forma a la Computadora Central? —interrumpió Dindir.

—Eso no interesa.

—Primera falla —dijo. Volvió a reírse, y nos atravesó con la mirada de su ojo sano—. Sigan.

—Entonces trabajó con lo que había a su alcance, planetas, pueblos, leyes físicas y matemáticas, construyendo una estructura que ordenara lo existente —nos entusiasmamos, a pesar de las barreras de Dindir: había pocas oportunidades para probar nuestros conocimientos de la historia—. Así fue surgiendo el Centro, entre…

—¿Y el azar, dónde queda?—volvió a interrumpir Dindir.

—Ése es el toque de genio de la Computadora Central —contestamos—. Su intención era que el Centro perdurase, pero ¿cómo podía conseguirlo, enfrentando los imprevistos que pudieran surgir en los siguientes millones de años? Ninguna estructura resiste tanto, a menos que incorpore los imprevistos a su propio funcionamiento. Pero esa tarea sólo es posible para una gran inteligencia, dueña del mayor de los poderes.

—Supongo que la Computadora Central cumplía esos requisitos —Dindir torció la boca, para mostrarnos que la historia le resultaba inverosímil.

—Y los sigue cumpliendo —dijimos—. La Computadora Central construyó el Centro de manera que el azar no pudiera destruirlo, y para eso usó el mismo azar como principal materia prima. Dicho de otro modo, puso las semillas y dejó que germinaran según las leyes que la estadística determinara. El resultado fue un organismo inmune a los accidentes, precisamente porque está formado por accidentes.

—Todavía no encuentro la evidencia de lo que dicen. ¿Dónde están esas semillas que puso la Computadora Central? Muéstrenme una, y aceptaré todo lo demás.

Sabrasú alzó el portafolios que siempre llevaba consigo, y lo entreabrió para que Dindir viera el contenido: dos tomos grandes, forrados en cuero, con miles v miles de hojas de un papel finísimo.

—El Consejero es una de las semillas más importantes —dijimos, mientras Sabrasú volvía a cerrar el portafolios—, y sigue germinando día a día, consulta a consulta. La Computadora Central lo escribió para orientarnos, para que tuviéramos en todo momento su pensamiento con nosotros. Y también es un ejemplo de cómo usó el azar para alcanzar su objetivo —hicimos una pausa, disfrutando de antemano con lo que seguramente iba a ser nuestro primer triunfo—. Cada vez que lo consultamos, el azar determina qué consejo, entre los más de dos millones de consejos diferentes, es el que debemos aplicar. Tiramos la moneda hasta obtener la sección, el capítulo y el versículo que corresponden, y leyendo y meditando sobre la respuesta recibimos la lección apropiada para el momento, directamente de la Computadora Central.

—Es curioso —dijo Dindir, simulando interés—. Por supuesto, no creo ni una palabra. Pero me gustaría ver al Consejero en acción. ¿Cómo hacen para consultarlo? ¿Hay que preguntarle algo?

—Depende —contestamos—. Hay dos tipos de consulta. Cuando se trata de la consulta diaria, no hay que hacer preguntas. El Consejero nos habla de lo que él quiere, refiriéndose a la cuestión que más le interese a la Computadora Central. Si queremos que responda a un tema en particular, entonces debemos formularlo claramente, para que ni él ni nosotros tengamos dudas, y así se refiere exclusivamente a ese tema.

—Yo quiero hacerle una pregunta —dijo Dindir—. ¿Me lo permiten?

—Es él quien debe permitirlo.

—Bien —Dindir nos enfrentó con su ojo ausente durante un minuto entero—. La pregunta es ésta: ¿es verdad lo que dicen ustedes?

Nos pusimos nerviosos. No sabíamos cómo podía actuar el Consejero ante una consulta que ponía en duda su propia autenticidad. Tal vez se negara a responder.

—¿Qué pasa? —dijo Dindir, al ver que no reaccionábamos.

—La pregunta no está clara ——dijimos, más que nada por ganar algo de tiempo para pensar.

—Lo diré de otro modo. No creo en la Computadora Central. No creo en el Consejero. No creo en el sistema del karma. Querido Consejero, ¿quién tiene razón? ¿Ellos o yo? ——el tono burlón de Dindir nos molestaba, pero no se lo reprochamos—. Díganme qué tengo que hacer para que conteste.

A nuestro alrededor se juntaba cada vez más gente. Ahora estábamos rodeados de curiosos, que no se atrevían a acercarse demasiado por respeto a Dindir, o por miedo, pero cuya presión sentíamos. No estábamos dispuestos a someter al Consejero a las dudas de Dindir ante tantos testigos: si algo salía mal, la culpa caería sobre nosotros.

—Mejor vamos a otro lugar —le propusimos a Dindir, improvisando sobre la marcha—. El Consejero funciona mejor en un ambiente resguardado.

—¿A dónde quieren ir? —preguntó Dindir. El ojo sano se le encendió de alegría, como si hubiera estado esperando este momento.

—Donde Dindir prefiera, siempre que estemos solos.

—Vamos a su oficina, entonces —dijo, y empezó a caminar hacia la puerta más próxima.

No pudimos responder. Nos parecía increíble que una de las exploradoras de Coracor quisiera entrar a nuestra oficina y discutir allí con nosotros, como si fuéramos personajes dignos de atención. La situación incómoda en que Dindir nos había puesto con el Consejero pasó a segundo plano, y atravesamos la muralla de curiosos tras ella. Entramos al edificio, y nos permitió que la guiáramos por pasillos y salones hasta nuestro nicho privado, ubicado en una de las regiones más apartadas y descuidadas de todo el edificio. Hicimos el recorrido en silencio, y tuvo el buen gusto de no comentar las manchas de las paredes ni los desniveles del piso, que aumentaban a medida que nos acercábamos a nuestro lugar de trabajo.

La oficina también era dormitorio. Vivíamos allí, y sólo salíamos a la hora de comer, o para encontrarnos con otros agentes y mantener esas reuniones que eran la sal de nuestra vida. Como todos los domingos, habíamos dejado las camas a la vista, y cuando entramos seguidos por Dindir nos apuramos a meterlas en las paredes. Un minuto mas tarde ya habíamos extraído los escritorios y las sillas, y el lugar había recobrado su apariencia característica de los días de semana. Cada uno de nosotros se acomodó tras su propio escritorio, y ofrecimos a Dindir uno de los dos asientos que quedaban, que habíamos colocado en un lugar donde los tres podíamos verla de frente. A pesar del equipo de refrigeración central, hacía calor. Quedaba muy poco espacio libre.

Sabrasú abrió el portafolios otra vez, sacó los dos tomos del Consejero y los puso delante de Dindir.

—Lo único que hay que hacer es tirar la moneda —dijimos. La moneda estaba en un sobre, bajo la tapa del primer tomo del Consejero. Calibares la buscó y se la dio a Dindir—. De un lado tiene un uno, y del otro un cero. Se tira siete veces, y se anotan los resultados de derecha a izquierda. Así se forma un número binario de siete cifras, con un valor entre cero y ciento veintisiete. Ese valor indica en qué sección del Consejero está la respuesta pedida. Luego se tira la moneda otras siete veces, para obtener del mismo modo el capítulo que corresponde. Y después otras siete veces, para llegar al versículo, el consejo propiamente dicho, que será uno determinado entre los ciento veintiocho que hay en cada uno de los ciento veintiocho capítulos de cada una de las ciento veintiocho secciones.

—¿Ya puedo empezar? —dijo Dindir. No parecía impresionada.

—Cuando Dindir quiera.

Ahora ya no podíamos echarnos atrás. Quedaba por ver qué hacía el Consejero con nuestra culpa.

Dindir eligió un papel en blanco y un lápiz de nuestros escritorios, y empezó a tirar la moneda. No tuvo necesidad de volver a preguntar sobre el mecanismo de la consulta. Anotó el resultado de cada tiro hasta obtener la sección, luego el capítulo y finalmente el versículo. Sabrasú se inclinó sobre ella para ver qué había salido.

—Consejero, 87:93:51 —anunció. El número no nos decía nada: era uno de los tantos versículos que jamás habíamos visto. Pasamos las páginas del segundo tomo hasta encontrarlo, y lo leímos rápidamente para nosotros mismos antes de mostrárselo a Dindir. No supimos si sentir alivio o no. El versículo decía: “La taza se rompe. Para eso son las tazas. No hay otro sentido. Ponga su ladrillo en la obra. Invente un dormitorio. Terminará siendo escombros. Lo real es efímero, y es real mientras no se demuestra lo contrario.”

Cuando Dindir lo leyó se puso a reír más fuerte que antes, hasta que empezó a toser. Su ojo sano echó una lágrima, que trazó una línea retorcida sobre la cara llena de cicatrices.

—Está muy claro —dijo cuando se aclaró la garganta, mientras nosotros seguíamos mudos—. Lo que se rompe, lo que se hace escombros, es esa creencia de ustedes. ¿Se dan cuenta? El Consejero no sirve para nada. La Computadora Central no existe. Y se acabó.

—Dindir se equivoca —dijimos, tratando de improvisar una respuesta. Estábamos acostumbrados a meditar largamente sobre los versículos del Consejero antes de llegar a una conclusión, pero ahora no había tiempo. Teníamos que responder ya mismo—. El versículo se refiere a las dudas de Dindir, que se hacen pedazos ante la fortaleza del Consejero —sabíamos que nuestro argumento no era del todo sólido, pero tal vez bastara para salvarnos del peligro—. Dindir olvidó interpretar las últimas frases. Significan que la prueba destroza la conjetura. La conjetura permanece en pie mientras no aparece la prueba que la refuta.

—Esto es absurdo —dijo Dindir—. Se puede interpretar cualquier cosa.

—No es cierto —dijimos, cada vez más seguros de nosotros mismos—. La interpretación de Dindir se contradice consigo misma. Dindir desconfía del Consejero, y no le cree nada, excepto cuando dice de sí mismo que miente. ¿Cómo entender semejante selectividad? ¿Cuál es el criterio para diferenciar lo verdadero de lo falso?

—Muy ingenioso —dijo Dindir—. Así que el Consejero no puede decir de sí mismo que es un fraude. Para eso, ni siquiera me hubiera molestado en consultarlo.

—El Consejero no puede decir eso. Para empezar, porque no es ningún fraude. Y luego, porque caería en la paradoja de “Esta frase miente”: si miente dice la verdad; si dice la verdad, miente.

Dindir cerró el Consejero de un golpe y nos devolvió la moneda.

—No vamos a ninguna parte —dijo—. No me demuestran nada.

Por lo menos, ahora no se reía. Pero no perdía su aire de estar jugando a algo que no terminábamos de entender.

—Nosotros creemos que sí. Pero Dindir es demasiado… —nos detuvimos: íbamos a decir “ciega”, y justo en ese momento su órbita inútil quedó frente a nosotros. Dindir estaba pensando.

—Hagamos otra prueba —dijo luego—. ¿Puedo formularle una pregunta diferente?

—Por supuesto —dijimos antes de pensarlo dos veces, y nos arrepentimos enseguida: si habíamos evitado el peligro una vez, no había razón para volver a enfrentarlo—. ¿Cuál es la pregunta?

—¿Tengo que decirlo en voz alta?

—Sí —mentimos, para tener mejores oportunidades de defendernos después.

—De acuerdo. Mi pregunta es: ¿podremos, mis compañeras y yo, alcanzar el objetivo de nuestra expedición? Nos sentimos aliviados. La pregunta no era tan comprometedora como temíamos. Dindir volvió a tirar la moneda hasta obtener el versículo que correspondía a la situación. Una vez más, Sabrasú se encargó de leerlo.

—Consejero, 44:8:103: “Lo que está bajo tierra sale a la superficie. El ocultamiento es el enemigo. La verdad resplandece. Quien no la conoce, la evita. Quien la vislumbra, resplandece con ella.”

Dindir escuchó con atención, moviendo la cabeza de arriba abajo, los brazos cruzados sobre el pecho.

—Eso significa que… —dijo para sí misma, y se interrumpió. Esperamos, pero no agregó nada. El silencio duró algunos segundos. Luego Dindir volvió a reírse, se golpeó las rodillas con las manos y cambió de tema—. Mejor terminemos con su historia —dijo—. Estábamos en que la Computadora Central les envía mágicamente sus órdenes a través del Consejero. ¿Cómo sabe que ustedes van a cumplirlas?

No comprendíamos lo que había ocurrido, pero nos alegró salir de esa zona oscura en que Dindir nos había metido, y enseguida olvidamos la cuestión.

—No lo sabe —contestamos—, ni nos obliga a hacerlo. No le importa.

—¿Y así maneja el Centro? —Dindir debía tener ganas de burlarse—. No creo que se pueda llegar muy lejos de ese modo.

—No necesita obligar a nadie. Cada agente elige libremente lo que hace. Pero si no cumple las órdenes, o mejor dicho los consejos, su karma irá empeorando. Pronto será tan malo que ya no habrá consejos que cumplir. La Computadora Central dejará de dirigirse a él, y tarde o temprano quedará fuera del Centro.

Dindir empezó a reírse otra vez, pero luego pareció decidir que no valía la pena.

—En cambio —dijo, imitando nuestro tono de voz—, si el agente cumple las órdenes, perdón, los consejos, su karma mejorará. La Computadora Central le dirá “confío en ti, hijo”, y todos seremos felices.

—Dindir aprende rápido —dijimos.

El fondo del pozo – 5

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El fondo del pozo

5

“Las sombras están superpobladas. Los rincones oscuros tienen dueño. Lo que no se ve al abrir los ojos, se ve al cerrarlos. Pida permiso al entrar. Haga reverencias. Hay un universo que empieza donde termina la luz.”
(Consejero, 38:19:66)

No estábamos acostumbrados a separarnos. Mientras Calibares bajaba por el pozo, la desconexión nos producía algo parecido al dolor, como si alguien nos clavara una aguja en el fondo del paladar. Nos apuramos todo lo posible en soltar la soga.

La soga medía por lo menos trescientos metros. Quedaban apenas dos o tres cuando tuvimos la primera novedad: un estruendo de vidrios rotos, que venía del interior del pozo. Al mismo tiempo la soga se puso más liviana.

—Su compañero avisa que llegó —dijo el viejo con cara de sabio.

—Pero ésa no era su voz —dijo Gadma.

—¿Qué importa? —dijo el viejo—. El pozo tiene sus propios signos —señaló el trozo de cuerda sobrante—. Y nosotros sabemos calcular la longitud de nuestras cuerdas.

Sabrasú se inclinó sobre el borde y gritó el nombre de Calibares. Varios segundos después nos llegó una especie de trueno en el que creímos entender dos palabras:

—…muy bien.

No reconocimos la voz de Calibares, pero nos pareció que debía ser él. Los pobladores se habían sentado en el suelo, alrededor de la valla, y no daban señales de que fueran a hacer ningún comentario. Izamos la soga, Gadma se colocó el arnés, y Sabrasú empezó a bajarla con la ayuda de dos aldeanos.

El descenso bastaba para olvidar del todo la ilusión de estar de vacaciones, si todavía quedaba algún resto. Casi todo el tiempo se rozaba la pared del pozo, que estaba cubierta con algo pegajoso. Salvo el círculo de cielo allá arriba, no se veía nada. El aire se iba caldeando, y tenía algo que hacía toser. El arnés de Calibares era bastante incómodo: obligaba a mantener el brazo derecho alzado en posición admonitoria, para no sufrir una presión dolorosa en la axila; la parte que sujetaba la cintura tendía a subirse y a quitar el aliento; el brazo izquierdo quedaba en su lugar, pero era mejor no moverlo, por el riesgo de que todo el arnés se soltara. Al principio, Gadma pensó en fotografiar el círculo de luz que se alejaba sobre su cabeza, pero después tuvo otras cosas en qué ocuparse.

Pasados los primeros cien metros, y cuando la oscuridad iba en aumento, sintió una brisa caliente que subía y creaba ruidos al rozar las paredes. Los ruidos parecían voces.

—Ahí va el segundo —decía una.

—Es una mujer —le contestaban.

—Me di cuenta al palparla —decía otra.

Gadma se puso nerviosa. Ahora estábamos los tres separados: uno abajo, otro arriba y ella en el medio. El pozo empezó a angostarse, y a unos doscientos metros de profundidad se transformó en un tubo vertical en el que apenas tenía lugar para pasar. No veía nada. Parecía que las piedras se habían ablandado y ahora le frotaban el cuerpo, amoldándose a las curvas, las entradas y salientes.

—Ah —decía la brisa, soplándole en los oídos.

—Uh —decía el coro de voces.

Le hubiera gustado tener una linterna para ver algo de lo que la rodeaba, pero nuestra única linterna estaba en poder de Calibares.

De pronto el descenso se hizo más rápido, como si los de arriba hubieran leído el pensamiento de Gadma. A unos doscientos cincuenta metros de la boca el pozo había vuelto a ser ancho, y Gadma trataba de mantenerse lejos de las paredes, apartándose de ellas a puntapiés. Pocos minutos después sintió que unos brazos la ayudaban a aterrizar en un suelo resbaladizo.

—Gracias —dijo, y miró hacia el punto de luz de donde venía. El resto era una oscuridad impenetrable.

—No es nada —dijo una voz gangosa.

Gadma pegó un salto.

—Usted no es Calibares —dijo.

—Obviamente, no —dijo la voz—. ¿Se refiere a su compañero, el que bajó hace un rato?

—¿Quién es, entonces? —dijo Gadma, dando un paso hacia atrás.

—No se mueva tanto ——dijo la voz—. Se puede caer. Con respecto a su pregunta, usted no me conoce. Pasaba por aquí, y me pareció que podría hacerle un pequeño favor —la voz tosió con modestia.

—¿Dónde está Calibares? —dijo Gadma.

—Fue a inspeccionar un túnel que hay por allá—dijo la voz. Gadma no podía ver hacia dónde señalaba, pero justo entonces percibió un destello varios metros a su izquierda: la linterna de Calibares.

—Calibares ——gritó Gadma con toda su fuerza.

—Aquí —contestó Calibares, y su voz rebotó en las paredes del pozo.

Gadma sintió un tirón: Sabrasú y los aldeanos habían oído los gritos, y habían interpretado que podían izar la soga. Gadma se quitó el arnés como pudo, cuando ya estaba a un metro de altura, y cayó sentada sobre un par de pies: los pertenecientes a la voz gangosa.

—Bien —dijo la voz—. Yo me voy. Les deseo la mejor de las suertes.

Los pies desaparecieron, y quedó el suelo formado por una mezcla de barro y jabón. Gadma estaba demasiado dolorida para decir algo, y se levantó con esfuerzo. Calibares volvió diez segundos más tarde.

—¿Quién era ése? —preguntó Gadma.

—¿Quién? —dijo Calibares.

—Uno de voz gangosa.

—Ah, ése —dijo Calibares—. No sé. Pasaba por acá, parece.

Arriba, Sabrasú terminó de recoger la soga ayudado por los aldeanos y se rascó la cabeza. No sabía si bajar primero los bultos o hacerle caso al viejo de la cicatriz y bajar él. Estaba seguro de que los bultos corrían peligro si los dejaba solos, pero prefería que los robaran antes que sufrir la venganza de unos ladrones desilusionados: después de todo, serían ellos quienes decidirían la velocidad de su descenso. Y por más que hacía memoria, no recordaba ningún versículo del Consejero que se pudiera aplicar a la situación.

Finalmente optó por sí mismo. Se acomodó el arnés, pasó por encima de la valla y encomendó la soga a los aldeanos que ya lo habían ayudado.

—Despacio —pidió, y se mordió la lengua.

Entre las normas del Centro, son pocas las que tienen en cuenta la tranquilidad de sus agentes. El miedo hizo que Sabrasú recordara una: cuando el desenlace de una situación no depende del agente, lo mejor que puede hacer es pensar en otra cosa. También lo dice el Consejero, 103:50:28: “La bala avanza y no hay tiempo. Olvídese. Cuánto más apropiado para este momento es contemplar el pájaro que sobrevuela su cabeza.” Sabrasú trató de concentrarse en nuestro mundo de escritorios y lápices, en los días en que el Centro era algo sólido y más o menos protector que nos rodeaba, en nuestras conversaciones de los ratos de descanso entre un formulario y el siguiente, pero todo eso estaba demasiado escondido en los rincones de su memoria. Lo único que tenía en la cabeza era el pozo, y las leyendas conque el Centro nos había provisto casi como únicas herramientas. Así que mientras bajaba colgado de la soga se puso a repasar una historia tras otra, calculando cuáles tendría la oportunidad de comprobar, o de refutar.

Pero no era suficiente. Los pequeños tirones de la soga, el roce de las paredes y el murmullo de la brisa que subía de las profundidades lo distraían: las distintas leyendas se le empezaban a mezclar, y de pronto se encontraba más asustado que antes.

—Hay que probar hablando —dijo, y su voz se quebró en las rocas que lo rodeaban—. “Las palabras dichas son más fuertes que las palabras pensadas.” Consejero, 11:7:84.

Ahora la brisa era intensa, y le hizo cosquillas en las orejas.

—Un modo sabio de ver las cosas —dijo una voz a su lado—. ¿De qué quiere que hablemos?

Sabrasú miró en todas direcciones, pero no vio a nadie. Empezó a sudar, y tuvo ganas de gritar para que lo subieran otra vez, pero el contrato se lo impedía. Entonces cerró los ojos, ya que no podía cerrar las orejas, para convencerse de que no había oído nada. Estaba a unos cincuenta metros de profundidad, y todavía faltaba la mayor parte del descenso. Para colmo, ya no se atrevía a decir nada, por miedo a llamar la atención de cosas cuya existencia prefería ignorar.

—No se imagina —dijo la misma voz de antes— cuánto me alegra tener con quién conversar. En estos lugares casi nunca se ve gente culta e inteligente como usted —la voz hizo una pausa, como esperando que Sabrasú contestara—. Vamos, no sea tímido. Proponga el tema que mas le interese.

Sabrasú entreabrió los ojos, y ahora vio al que hablaba. Era un hombre de edad, vestido con traje, corbata y sombrero, que bajaba a su lado agarrándose de las paredes con pies y manos. En la penumbra del pozo le brillaban los ojos, como si tuvieran luz propia. Por debajo del sombrero le salían mechones de pelos largos, negros y gruesos, que se reunían con los que asomaban por el cuello de la camisa. A través de su sonrisa se veían dos dientes afilados y casi horizontales. Sabrasú aspiró hasta donde se lo permitía el arnés, y decidió que el aire viciado del pozo le hacía sufrir alucinaciones.

—Pero qué tonto soy —exclamó el hombre de pronto—. ¿Cómo pretendo que me dirija la palabra si ni siquiera me he presentado? —el hombre sonrió con más ganas y estiró una mano con la intención de estrechar la de Sabrasú. En la mano había más pelos gruesos y oscuros, y las uñas se curvaban sobre la yema de los dedos—. Soy el dueño del pozo.

Ahora Sabrasú abrió los ojos del todo, y la boca también. Durante varios segundos se quedó quieto, dejando que la soga lo siguiera descolgando centímetro a centímetro, mientras el hombre del traje hacía esfuerzos para bajar con una sola mano. Después aprovechó la posición del brazo derecho para responder al saludo con un movimiento de muñeca. La sonrisa del hombre se amplió un poco más, mostrando las raíces de sus dientes.

—Siempre olvido las formalidades —dijo—. Es que uno se acostumbra a tratar con…

—¿El dueño del pozo? —lo interrumpió Sabrasú, tartamudeando.

—Bueno —respondió el hombre—, es un modo de decir. Todavía estoy esperando que se expida el tribunal. Hay mucha oposición.

—¿El tribunal? —a Sabrasú le parecía imposible hacer otra cosa que repetir las palabras del hombre.

—También es un modo de decir —respondió el hombre, con un gesto de resignación—. Son tan relativas las cosas en este pozo miserable… Pero yo hice mi presentación en regla, así que confío en que el fallo será justo.

—Confía —dijo Sabrasú.

Durante un minuto los dos se quedaron callados. El hombre del traje debía estar acostumbrado a este tipo de descensos, porque apoyaba los pies en salientes que Sabrasú ni siquiera podía ver, y se sostenía de algún modo en la pared casi lisa.

—En fin —dijo luego el hombre—, no quiero aburrirlo hablando de mis problemas personales —una pausa—. A usted le interesan las leyendas que circulan por ahí, ¿no es cierto? Creo que precisamente venía pensando en algunas de ellas.

—¿Cómo lo supo? —preguntó Sabrasú, dando un salto que casi hizo que el arnés se soltara.

—La gente del Centro no hace otra cosa que pensar en leyendas —dijo el hombre—. Le vi la preocupación en la cara —acercó su cabeza a la de Sabrasú y siguió hablando en un susurro—. No crea en lo que dicen. Las leyendas son un montón de mentiras. Se lo digo yo que soy el dueño del pozo.

El aliento del hombre olía a excrementos mezclados con azufre, y los dientes se movían hacia afuera y hacia adentro. A esa distancia, Sabrasú vio que no sólo los ojos le brillaban: las fosas de la nariz también.

—Son mentiras —aceptó Sabrasú, tratando de apartarse. El hombre volvió a su posición y a su tono anteriores.

—Me gustaría contarle una historia muy ridícula que tal vez no conozca —dijo—. ¿Le parece bien?

—Bien —dijo Sabrasú.

El hombre puso cara de estar ordenando sus pensamientos, tosió para aclararse la voz y empezó su relato.

—En las noches de invierno —dijo—, cuando los aldeanos de Guirnalda se reúnen a tomar alcohol alrededor de un fuego, las viejas cuentan cosas terribles sobre el pozo. Mala propaganda, podríamos decir. Entre las muchas insensateces que relatan, se destaca una que relaciona al pozo con el tiempo —esperó alguna reacción de Sabrasú, que seguía mirándolo con la boca abierta, y continuó—. Según las viejas, a medida que uno baja por el pozo se interna en el pasado. Tal como lo oye. Un metro equivale a un año, o algo así: la escala varía según quién haga el relato. Pero eso no es todo. La leyenda dice que hay infinitas salidas, cada una a diferente profundidad. Eligiendo la salida apropiada, uno llega a la época que prefiera —el hombre hizo otra pausa, por si Sabrasú quería comentar algo, pero Sabrasú tenía un nudo en la garganta que cada vez estaba mas apretado—. Eso sí, se trata de un viaje sin retorno. Una vez abandonado el pozo, la salida elegida se transforma en una nueva boca, y no hay modo de retroceder.

El hombre volvió a reírse, echando la cabeza hacia atrás. El sombrero se le resbaló y cayó planeando a las profundidades del pozo, dejando a la vista dos antenas fosforescentes. En la punta de cada antena había un penacho de plumas.

—Qué contratiempo —dijo el hombre, palpándose la cabeza con una mano mientras se sostenía con la otra—. Con lo difícil que es conseguir un buen sombrero.

Sabrasú trató de gritar, pero sólo consiguió soltar una tos suave. Le picaba la garganta, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Un buen explorador se hubiera preocupado menos por su propia seguridad y más por obtener detalles de lo que lo rodeaba, pero en ese momento Sabrasú no pretendía ser un buen explorador.

—¿Conocía esa leyenda? —preguntó el hombre.

—No —dijo Sabrasú—, sí. No sé.

—Lo veo un poco confundido —dijo el hombre—. Asustado, tal vez. ¿Me equivoco?

—Sí —dijo Sabrasú—, no.

—Déjeme adivinar —pidió el hombre. Las antenas se bamboleaban de un lado a otro con sus movimientos, y a veces un penacho de plumas rozaba la cara de Sabrasú—. Teme que los aldeanos suelten la soga y lo dejen caer.

Sabrasú no pudo contestar.

—Comprendo —dijo el hombre—. Esos aldeanos, siempre metiéndose en lo que no les importa. Pero no se preocupe, a ellos les interesa que usted llegue sano y salvo.

—¿Sí? —dijo Sabrasú, con esfuerzo.

—Si lo dejan caer —dijo el hombre—, perderán un cliente. Y los clientes son sagrados.

Sabrasú miró hacia abajo, deseando que el paseo terminara pronto, pero no vio nada. La luz había ido disminuyendo a medida que bajaban, y ahora le costaba incluso distinguir al hombre, salvo sus partes fosforescentes.

—Olvídese de ellos —aconsejó el hombre—, y volvamos a nuestro tema. Tal vez le sorprenda saber que el Centro se ocupó de esa leyenda absurda que le conté. Es que tiene cierta semejanza con las teorías de Numinque, un científico medio loco que trabajó para el Centro. Numinque consideraba los sucesivos momentos como pisos de un edificio. Si mal no recuerdo —se rascó la cabeza, entre las dos antenas—, para Numinque el acto de vivir consistía en el trabajo de construir nuevos pisos, uno encima del anterior, alejándose cada vez más de la tierra. En ese contexto —el hombre pareció disfrutar de la palabra “contexto”, porque las antenas se agitaron—, la muerte equivale a dar la construcción por terminada, y quedarse para siempre a tomar sol en la azotea —le dio una palmada en el hombro a Sabrasú—. ¿No le parece divertido?

—No —dijo Sabrasú—. Sí.

—Creo que usted no tiene sentido del humor —protestó el hombre—. ¿Sabe una cosa? Sería muy cortés de su parte dedicarme al menos una sonrisa cuando hago un chiste. Brillaba cada vez más, a medida que la oscuridad se hacía mayor. A través del traje Sabrasú pudo ver una luz que titilaba, en el lugar donde debía estar el corazón.

—Pero no he terminado —dijo el hombre—. Luego de elaborar su teoría, Numinque dedicó treinta años a encontrar un modo de revertir el proceso, a pesar de las críticas que recibía por querer demoler en vez de edificar —otra risa y otra palmada. Aparecieron más luces dentro del traje, hasta que hubo una constelación que encandilaba a Sabrasú—. A su debido tiempo Numinque murió, sin concluir sus trabajos, y si quedó varado junto a una pared sin terminar de un piso cualquiera de su edificio, sólo él lo sabe. Sus ideas prácticamente murieron con él, porque nadie más les prestó atención hasta que las leyendas de Guirnalda atravesaron los años luz.

El hombre, de pronto, se había transformado en una explosión de fuegos artificiales. El aire se llenó de chispas y de cosas oscuras que subían y bajaban. Parecía que los pelos estaban creciendo, porque a Sabrasú le dio la impresión de que empezaban a rodearlo.

—Usted es demasiado callado —dijo el hombre—. Cualquier Otro, en mi lugar, se hubiera ofendido por su falta de cortesía. Vamos, deme su opinión sobre el tema.

Sabrasú estaba tan asustado que apenas le salían toses y gemidos.

—Tal vez usted se considere superior —dijo el hombre—, por venir del Centro. Son todos iguales. Creen ser los señores del universo. Para que sepa —una uña enorme y afilada tocó la punta de la nariz de Sabrasú—, si Numinque viviera, pensaría que las viejas de Guirnalda mejoraron sus propuestas. Para ellas, la vida en el pozo sigue siendo subir y subir, pero uno lucha por mantenerse en la superficie, junto a la tierra, en vez de alejarse. El presente es el origen de todo, mientras el pasado se hunde en las profundidades y el futuro desciende poco a poco hacia nuestras cabezas.

El hombre había estado gritando cada vez más fuerte, y a Sabrasú le hubiera gustado poder taparse los oídos sin resbalar del arnés. Los dos dientes aparecieron de pronto en medio de las luces, como las mandíbulas de un insecto, a diez centímetros de la cara de Sabrasú. Sabrasú trató de alejarse, pero el arnés lo retenía, y los dientes se acercaron un poco más.

—Creo que no le interesa nada de lo que digo —afirmó lo que quedaba del hombre, mientras los dientes se movían.

—Fuera —alcanzó a gritar Sabrasú.

—Creo que se estuvo burlando de mí todo el tiempo —dijo el par de dientes, entrechocándose como espadas.

—Váyase —insistió Sabrasú, dando un puntapié al aire.

—Se nos acabó la paciencia —dijeron las luces, rodeando a Sabrasú.

Sabrasú dio otro puntapié, y luego otro más, manteniendo los ojos cerrados y apretando los dientes. Sentía el contacto de escamas, tentáculos y garfios que le recorrían el cuerpo.

El quinto puntapié dio en el blanco, y los garfios gritaron. Sabrasú abrió los ojos un segundo y vio que los dientes se habían alejado un poco. Pateó otra vez, y siguió pateando hasta que el grito lo ensordeció. Las luces quedaron colgadas en el aire, y luego empezaron a descender. Los dientes desaparecieron de la vista, y los tentáculos y los garfios resbalaron hacia abajo, sacudiéndose hasta que Sabrasú dejó de sentirlos.

Los fuegos artificiales cayeron lentamente, y a diez ó quince metros de distancia se apagaron de golpe.

—Mala gente ——dijo la voz del hombre mientras se alejaba—. Así le pagan a uno.

No hubo más señales del hombre. Sabrasú soltó el aire de los pulmones, y durante unos segundos mantuvo la vista fija en el punto de luz de arriba, junto al cual los aldeanos seguían soltando la soga a un ritmo que ahora le parecía demasiado lento. Después, usando el brazo izquierdo, se acomodó el arnés corno pudo. Tardó un poco más en atreverse a mirar de nuevo hacia abajo; cuando lo hizo había recorrido un buen trecho, y distinguió la linterna de Calibares que lo buscaba.

—Acá —dijo Sabrasú en voz baja, sin esperar que lo oyéramos. Pero la acústica del pozo tiene propiedades extrañas, y su murmullo se convirtió en un aullido. Al mismo tiempo el haz de la linterna lo descubrió.

—Está llegando —dijo Calibares, a no más de diez metros de distancia.

—Por fin —dijo Gadma, que trataba de separarse lo menos posible de Calibares.

Sabrasú aterrizó casi enseguida. Estaba pálido, y le costaba mantenerse en pie. Lo ayudamos a quitarse el arnés, y se sentó con la espalda contra la pared. Calibares pegó un grito para avisar a los aldeanos. El arnés empezó a subir.

—Todavía tenemos que esperar los bultos —dijo Calibares—, si es que deciden bajarlos.

Poco a poco, Sabrasú recuperaba las fuerzas. Pero seguíamos desconectados. Apenas conseguíamos compartir unos pensamientos sueltos, deshilvanados, compuestos por dosis iguales de miedo y confusión. Estábamos juntos, nos tocábamos las manos y las caras para convencernos, pero nos sentíamos solos. En esas condiciones era poco lo que podíamos comunicarnos, y a costa de mucho esfuerzo.

Sabrasú se rascó atrás de la oreja, pensó qué podía decirnos y preguntó:

—¿Vieron las luces?

—¿Qué luces? —gritó Calibares, mientras trataba de seguir con la linterna la trayectoria del arnés.

—Las del dueño del pozo —dijo Sabrasú, después de un silencio.

—¿Quién? —preguntó Gadma.

El arnés se había perdido de vista, y Calibares iluminó la cara de Sabrasú, que parecía sorprendido y seguía rascándose atrás de la oreja.

—Atacó a Sabrasú —dijo Sabrasú—, hasta que Sabrasú lo tiró. Tuvieron que verlo.

—Está muy oscuro —explicó Gadma. —Pero iba iluminado —insistió Sabrasú. Calibares miró a Gadma.

—¿De qué habla Sabrasú? —dijo.

—Su descenso fue el más tranquilo de todos —dijo Gadma—. Ojalá el de Gadma hubiera sido igual.

—El de Gadma también fue tranquilo ——dijo Calibares—. El único difícil fue el de Calibares.

Sabrasú cerró los ojos, aspiró hondo y volvió a abrirlos.

—Dejémoslo para después —dijo—, cuando estemos mejor —se dio cuenta de lo húmedo y pegajoso que era el suelo y se levantó de golpe, sacudiéndose las manos—. Qué asco —se quejó.

—No tanto como la parte angosta del pozo dijo Gadma.

—¿Cuál? —preguntó Calibares—. Calibares no pasó por ninguna parte angosta.

—Sabrasú tampoco —dijo Sabrasú—. Y le hubiera gustado, para sacarse de encima al dueño del pozo.

—A Calibares también le hubiera gustado —dijo Calibares—, si servía para contener a los gorilas.

—¿Qué gorilas? —preguntó Gadma.

—Los que tironeaban de la cuerda —dijo Calibares—, para hacer caer a Calibares.

—Sabrasú no encontró gorilas —dijo Sabrasú—. Los hubiera preferido, por otra parte.

—Pero… —empezó Gadma, y se quedó callada.

Habíamos empezado hablando con murmullos, pero ahora nos dimos cuenta de que estábamos gritando. De distintos puntos del pozo nos llegaban ecos de nuestras voces. Pasamos varios minutos sin atrevernos a abrir la boca. Calibares apagó la linterna para ahorrar energía, y en la oscuridad el pozo parecía a la vez demasiado grande y demasiado pequeño para contenernos. Arriba, el arnés debía haber llegado ya a la boca, y ahora los aldeanos estarían discutiendo qué hacer con nuestras pertenencias. Teníamos calor, pero temblábamos. Si esto significaba un ascenso en el escalafón del Centro, preferíamos nuestros escritorios con patas desparejas y nuestros lápices sin punta.

—Así que esto es el pozo —dijo Sabrasú, un rato más tarde.

—Perdón —dijo una voz que venía del interior de la pared—, esto es una parte ínfima del pozo. No se apuren a juzgar.

Gadma pegó un salto. Al caer resbaló y quedó sentada junto a la pared.

—¿Cómo? —dijo desde el suelo—. ¿No llegamos al fondo, acaso?

La voz no contestó.

—Esto no es el fondo —dijo Calibares al oído de Gadma, mientras la ayudaba a levantarse. Se lo repitió a Sabrasú.

—¿Tan seguro está Calibares? —dijo Gadma. Parecía enojada, pero desconectados como estábamos no podíamos saberlo.

Calibares no tuvo tiempo de contestar, porque algo nos golpeó la cabeza. Calibares encendió la linterna, y vimos que eran nuestras pertenencias, atadas al arnés en un gran bulto. Las desatamos, pero la soga no volvió a subir: se puso más floja, y en pocos segundos la otra punta cayó sobre nosotros.

—Devolvieron todo —dijo Sabrasú, que no lo podía creer—. Hasta la soga.

—Por lo menos son honestos —dijo Calibares. Armamos tres paquetes con nuestras cosas, nos las cargarnos a la espalda y miramos a Calibares, que parecía saber más que nosotros.

—Si el contrato lo permite —dijo—, podemos bordear la cornisa.

—¿Qué cornisa? —preguntó Sabrasú.

Calibares apuntó la linterna a pocos centímetros de nuestros pies, y resultó que en ese lugar empezaba un nuevo precipicio. La luz se perdía en medio de una niebla verdosa, a muchos metros por debajo. Gadma se apretó contra la pared, y Sabrasú se puso a temblar otra vez.

—¿No se habían dado cuenta? —preguntó Calibares—. Estuvimos en el borde todo el tiempo.

—Éstos no se dan cuenta de nada —dijo la misma voz de antes. Estábamos hartos de voces, así que esta vez la ignoramos.

—Debe haber otra salida —tartamudeó Gadma.

—Es lo que iba a decir Calibares —dijo Calibares—. Bordeando la cornisa se llega a un túnel. Pero Calibares no sabe a dónde va.

—¿Qué hacemos? —preguntó Sabrasú.

—Por lo que parece —dijo la voz—, se van a quedar ahí todo el día.

—¿Sabrasú recuerda lo que dice el contrato? —preguntó Gadma.

Calibares iluminó la cara de Sabrasú, y Sabrasú se rascó atrás de la oreja. Después empezó a recitar:

—”Los firmantes se comprometen a explorar el pozo de Guirnalda según las especificaciones de la Ordenanza General Sobre Exploración de Pozos.”

—Hace mucho que Calibares no lee esa ordenanza —dijo Calibares—. ¿Dice algo sobre exploración horizontal o vertical?

—Lo más parecido es esto —anunció Sabrasú—. “Existen tres clases de pozos: los verticales, los horizontales y los mixtos. En este último caso, ante la multiplicidad de alternativas a seguir, se utilizarán técnicas adecuadas a la configuración del pozo a explorar.”

Calibares apuntó la linterna hacia arriba, y luego hacia el túnel que había descubierto, que desde nuestra posición no se podía ver.

—Así no vamos a ninguna parte —dijo la voz—. Conéctense de una vez, y empiecen a pensar juntos.

Nos sobresaltamos. Quienquiera que fuese el que hablaba, no comprendíamos cómo se había enterado de nuestras habilidades. Pero en ese mismo momento sentimos que la conexión volvía: un pensamiento que nos incluía a los tres se abrió paso entre el dolor y el miedo, más seguro que nuestros pobres pensamientos individuales. Tenía la forma de una decisión, y la adoptamos de inmediato:

—Parece que éste es un pozo mixto —empezó Calibares.

—Y que la técnica adecuada para explorarlo —siguió Gadma.

—Es una técnica mixta —dijo Sabrasú.

—Ya hicimos un tramo de exploración vertical —Calibares.

—Ahora corresponde un tramo —Gadma.

—De exploración horizontal ——Sabrasú.

De común acuerdo, y más tranquilos, caminamos hacia el túnel.

—Está bien —dijo la voz detrás de nosotros—. Todos los caminos conducen al fondo del pozo.

El fondo del pozo – 6

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El fondo del pozo

6

“Los sueños son verdades. Confíe en sus sueños. Son la segunda posición de su conmutador interno. En la primera usted está despierto, y mira hacia afuera. En la segunda también está despierto, y mira hacia adentro.”
(Consejero, 92:5:81 )

El loco termina su relato sobre las gotas vivas, afloja los músculos de la cara, baja los brazos y cae agotado a un costado de la piedra, en medio del otoño de fragmentos de humo que se agitan, se desprenden del aire que los sostiene y caen con él. Tal vez no descubra que le falta la manta hasta los primeros fríos, cuando no queden fuegos y el huracán se lleve todo menos los prisioneros. Una parte de su público se dispersa, buscando lugares más limpios y secos donde pasar el invierno. El resto se deja vencer por el cansancio, y espera alrededor del loco lo que tiene que venir.

Todavía queda un rato de calor, y no sabemos cómo aprovecharlo. A esta altura del verano Gadma suele estar ocupada escribiendo, mientras Calibares afila y limpia las armas y Sabrasú medita sobre los acontecimientos del día. Pero la historia del loco y la batalla nos distrajeron, terminamos recordando a Dindir, el tiempo pasó y ahora no vale la pena que empecemos nada.

Finalmente sacamos las flautas y atacamos la primera danza de una suite antigua. Es una actividad que no requiere preparativos, y que podemos suspender en cualquier momento. Gadma toca la flauta contralto, que está de acuerdo con su temperamento: es la que más brilla en los solos, pero en el conjunto su voz suele ser la más opaca, la más difícil de diferenciar. Sabrasú, en cambio, se siente a gusto con la tenor: oscura y grave, poco llamativa por sí misma, sostiene el conjunto y muchas veces decide la armonía. Calibares bailotea con cada trino de su soprano: casi siempre lleva la melodía, pero pierde fuerza si no tiene el apoyo de las demás.

Encontramos las flautas hace un tiempo, en algún rincón del pozo, y en cuanto las sacamos de la caja en que estaban nos convertimos en virtuosos capaces de interpretar cualquier obra que recordáramos, y también obras que no habíamos oído jamás. Son uno de los misterios que probablemente nunca consigamos resolver, porque ninguno de nosotros había soñado siquiera con ser músico.

El único inconveniente es que sólo podemos tocar a trío. Si uno de nosotros se pone a tocar solo, o a dúo con otro, salen unos silbidos horribles. Tenemos mal oído. Los dedos, gastados por el trabajo pesado, nos impiden tapar correctamente los orificios de las flautas. Nuestros intentos de aprender fracasaron, y tenemos que conformarnos con la técnica adquirida inconscientemente. No hay otro remedio, entonces, que ponernos de acuerdo y dejar que la música fluya de algún modo por nuestras manos, que los pulmones se llenen y se vacíen por su cuenta según las exigencias del fraseo, y que una partícula de magia inexplicable contamine nuestra visión racional de las cosas.

—De cualquier manera —suele empezar Sabrasú.

—La música es —sigue Calibares.

—Muy poco racional —termina Gadma.

La gente que a veces se acerca a escuchar no se da cuenta de nuestra situación más bien pasiva, y nosotros tampoco nos ponemos a explicarla. Tenemos bastante éxito con el público, cuando el ambiente está tranquilo, de la misma manera en que tiene éxito el loco. La diferencia está en que nosotros sabemos cuidar nuestras mantas. En las malas épocas, cuando nos sentimos más solos que nunca y necesitamos un poco de calor, llegamos a canjear un concierto por un sitio junto a las brasas y un par de sonrisas de quienes un minuto más tarde volverán a ser enemigos: es un trabajo como cualquier otro, en un lugar donde la vida se hace difícil.

Ahora tocamos para nosotros mismos, a una hora en que todos se ocupan de sus propias cosas, sentados en torno a las posesiones que todavía conservamos. Hace unos minutos los fuegos se agitaron, el humo comenzó su danza de muerte, y una brisa fresca vino desde lo que llamamos el Norte. Es el primer anuncio del fin del verano.

Estamos en la cuarta danza de la suite cuando Calibares se pone a toser, así que tenemos que interrumpir la música y guardar las flautas. Ya empezamos a sentir frío. Los gritos que nos rodeaban un rato atrás, durante la lucha, se han ido convirtiendo en conversaciones a media voz, y ahora sólo se oyen suspiros. En este lugar, el ruido, el movimiento y la violencia parecen proporcionales a la temperatura, por lo menos cuando dependen de los prisioneros. Desplegamos las mantas. Alguien pasa corriendo a pocos metros, levantando una ola de protestas tímidas.

La sucesión de inviernos y veranos en la noche perpetua es una experiencia más de quienes nos mantienen encerrados aquí, una muestra insignificante de las pruebas a que nos someten. Tal vez su intención sea obligarnos a dormir todos a la vez, para tener tiempo de hacer sus ajustes y de limpiar la prisión.

Nos damos cuenta de que las últimas conversaciones terminaron, y ahora estamos quietos, callados v esperando. Pasan los minutos, mientras algunos fuegos empiezan a apagarse. El viento se anuncia con ruido de puertas y ventanas que se golpean: una ilusión, porque no hay puertas ni ventanas cerca. Apenas tenemos tiempo para envolvernos en las mantas y apretarnos unos contra otros, antes que el huracán helado nos sacuda.

Un rato más tarde, cuando la tormenta amaina y el frío consigue atravesar los abrigos, asomamos la cabeza otra vez. El aire está limpio: de algún modo los carceleros se llevaron las cintas, las espadas y los fantasmas de humo. Los fuegos están apagados, pero hay una luminosidad azulada que baila en forma de copos entre el piso y el techo. Arriba de todo las corrientes de aire arrastran los copos de luz para construir caras gigantes: primero la de un hombre de anteojos y bigotes, con pico de águila; luego la de una mujer con garras en las mejillas, que empiezan a crecer; después la de un viejo con dos bocas, una encima de la otra. Son personajes conocidos, que nuestros carceleros nos presentan una y otra vez.

—Todavía están acá —dice el pico de águila con voz de trueno, mirando a la multitud amontonada en los escalones. Nadie se mueve.

—Te dije que no pueden escapar —contesta la boca de arriba del viejo, mientras la de abajo escupe. Su saliva cae sobre nosotros en forma de llovizna.

La mujer no habla. Sus garras siguen creciendo, y ahora llegan a los escalones superiores. Desde donde estamos no se ve lo que ocurre, pero un grito amplificado por la acústica del lugar nos indica que cobraron la primera presa.

—Tengo ganas de pronunciar un discurso —anuncia el pico de águila.

—¿Otro más? —protesta la boca de abajo. Su voz aguda nos hace doler los oídos.

—Adelante —dice la boca de arriba—, me gustan tus discursos.

Las garras acaban de meter su presa entre los dientes de la mujer, y una manta cae planeando desde las alturas. Cuando llega al suelo se ve un bulto que se mueve; alguien decidido a arriesgar su vida por un nuevo abrigo.

—Todos ustedes quieren salir de este lugar —dice el pico de águila con su mejor tono de orador—. Y además quieren salir vivos. Pues bien, tengo una buena noticia para darles. Existe una salida, y estoy dispuesto a explicarles cómo encontrarla.

Nuestros vecinos empiezan a murmurar, pero nosotros seguimos observando en silencio. En momentos como éste lo mejor es no olvidar que, si hay entidades más poderosas que nosotros que nos usan como animales de laboratorio, lo que ocurre es sólo otra de sus experiencias, y debe tener su explicación lógica. Si algo nos diferencia de esos animales es nuestra capacidad para pensar, y para no tomar lo que ocurre demasiado en serio.

Cada vez que nos visitan las cabezas de luz, nuestro recurso para conservar la calma consiste en imaginar las máquinas capaces de crearlas: aparatos formidables, ocultos más allá del techo o al otro lado de las paredes, con grandes proyectores y amplificadores de sonido. Si hacemos un esfuerzo conseguimos, por ejemplo, que las garras de la mujer se transformen en un par de largos brazos telescópicos disfrazados. La saliva de la boca de abajo puede surgir cuando alguien igual a nosotros, con un mejor karma, abre una válvula. Y si hace falta una prueba de que las caras no están realmente vivas, la tenemos en la sincronización del sonido de sus voces con el movimiento de sus bocas. a la distancia a que están, justo abajo de la capa de nubes, debería haber una diferencia de varios segundos. Por lo tanto, lo que vemos y oímos es un espectáculo montado cuidadosamente por nuestros carceleros, y dirigido por alguna computadora cuyo corazón consiste en una pastilla de silicio que podríamos romper de un puntapié.

En teoría, por lo menos, nuestro recurso tiene que ser útil. En todo caso, estamos seguros de que nuestro terror no es tan pronunciado como el de los vecinos.

La boca de arriba se ríe, y la de abajo murmura algo incomprensible. El pico de águila hace una pausa esperando aplausos, y cuando se convence de que no los habrá sigue hablando.

—Todo lo que deben hacer es oír con atención, y el futuro tendrá un nuevo sentido. Podrán regresar a sus lugares de origen —una tos—, si es que todavía recuerdan dónde están. Podrán reencontrarse con sus parientes y amigos —otra tos—, si es que aún viven. Podrán ser felices como antes —una sonrisa—, si es que alguna vez lo fueron.

Las garras de la mujer han vuelto a bajar, y están sobrevolando los cuerpos tendidos en el suelo, buscando dónde atacar de nuevo.

—Pero no quiero demorar el instante de la revelación —dice el pico de águila, poniéndose solemne—. La salida que los llevará a la libertad está en…

El resto de la frase queda tapado por el grito de una nueva víctima de las garras, que los dueños del espectáculo amplifican más de lo normal. Una vez más, la sincronización es perfecta, y ahora se ríen las dos bocas del viejo, y también el pico de águila. Las garras se llevan su segunda presa, pero antes de que lleguen a la boca de la mujer las corrientes de aire cambian y las tres caras se convierten en nubes sin forma. La víctima cae como una piedra entre los copos de luz.

Todas las funciones que ofrecen nuestros carceleros terminan igual, y ya hemos aprendido a no ilusionarnos. En este lugar, cada promesa encierra una trampa.

Los copos de luz azul se gastan pronto, y en pocos segundos la oscuridad es completa. Ahora el único enemigo es el frío, y lo mejor que podemos hacer es apretarnos todavía más unos contra otros en la incomodidad de los escalones, abrazarnos las piernas contra el pecho echados sobre la piedra y tratar de dormir para que el mal momento pase rápido.

Gadma se duerme enseguida, y sueña que es Calibares. En el sueño, Calibares anda con una linterna por caminos que nadie recorrió nunca, y detrás de él caminan un Sabrasú y una Gadma soñados, incapaces de orientarse sin su ayuda. De vez en cuando se da vuelta para verlos, especialmente a Gadma: una figura borrosa, salvo la cara llena de pecas, los pechos agitados por corrientes interiores, y las piernas que se juntan y se separan de un modo tan atractivo que es difícil dejar de mirarlas.

Gadma, soñando, se da cuenta de que la Gadma que ve con los ojos de Calibares es diferente de la Gadma a que está acostumbrada. No es lo mismo que verse en un espejo, y no son los espejos quienes la han engañado hasta ahora.

En realidad es difícil saber dónde está el Calibares soñado por Gadma. El suelo que pisa puede ser una parte del pozo, uno de los tantos suelos diferentes que conocimos durante nuestra expedición. Pero también puede ser un pasillo del edificio de oficinas del Centro, sucursal Varanira. Al Calibares soñado le sorprende un poco, pero no demasiado, darse cuenta de que casi no hay diferencias entre un lugar y otro. Si llamamos prisión al sitio que ahora habitamos, también pudimos llamar prisión a los laberintos del pozo, o a los pasajes intrincados del edificio del Centro. Que no lo hayamos hecho es, como se dice en el Centro, pura casualidad.

Al Calibares soñado por Gadma la duda le da sueño, así que se acuesta para dormir y sueña que es Sabrasú, que ve a una Gadma y a un Calibares fantasmales que se duermen a su lado.

Mientras Gadma se observa a sí misma de esta manera propia de los sueños, Calibares, el auténtico, que ha tardado un poco más en dormirse, sueña que es Sabrasú. Durante un tiempo interminable le pasan por la cabeza citas del contrato y de varias Ordenanzas Generales que no creía haber leído nunca. La preocupación del Sabrasú soñado es demostrar que el Centro no actúa sólo por azar; mejor dicho, que la cantidad de azar presente en las acciones del Centro disminuye con el tiempo, en vez de aumentar. Sabrasú siempre necesitó una base sólida para apoyar sus teorías, y por eso su mundo está formado por Ordenanzas y Reglamentos. Si esas Ordenanzas y esos Reglamentos no están a su vez dictados por motivos racionales, y no sirven para arrinconar progresivamente el azar, entonces toda la estructura se vendrá abajo, arrastrando a Sabrasú con ella. Pero cuanto mas piensa el Sabrasú soñado en el asunto, más profundas son sus dudas.

El Sabrasú soñado por Calibares está echado en una terraza del edificio de Varanira, mirando las estrellas. Pero no ve las estrellas, sino la red de poderes e influencias del Centro, que abarca el universo. El Sabrasú soñado imagina unos hilos finísimos que recorren el espacio como una telaraña, y cada uno de esos hilos es una Ordenanza, un Reglamento o un Organigrama del Centro. La araña que construyó todo es la Computadora Central, y su tela atrapa personas, naves, planetas y estrellas sin fijarse en el tamaño, con la misma facilidad, como parte de una rutina invencible. En esas condiciones, al Sabrasú soñado le es imposible demostrar que hay algo más que azar en los procedimientos del Centro: en semejante estructura, llega el momento en que la estadística pierde interés. Si se arroja una moneda un trillón de veces, dará lo mismo haber apostado por cero ó por uno, porque un lado habrá salido tanto como el otro. Por más que cada pequeño accidente quede librado a la suerte, el resultado final será el mismo,

y así es como el Centro consigue cumplir sus objetivos, sean los que sean.

Un ejemplo de esto que preocupa al Sabrasú soñado es el método con que, según dicen, se confeccionan las Ordenanzas. Cuenta la leyenda que en algún lugar del Centro, en una sucursal lejana cuyo nombre nadie sabe, hay una computadora increíblemente poderosa e increíblemente estúpida, que ocupa su tiempo y su velocidad infinitos en combinar letras, puntos y espacios al azar. A cada minuto imprime miles de hojas con su palabrerío informe. De vez en cuando, casualmente, surge un párrafo con sentido, que atraviesa los filtros que otras computadoras interponen. Ese párrafo puede ser parte de una novela inexistente, de un poema escrito miles de años atrás, de un artículo periodístico que se publicará al año siguiente. O puede tener el tono preciso de una Ordenanza. En este caso, una computadora especializada lo archiva, a la espera de otros párrafos que se le puedan unir. Cuando esos párrafos llegan, si llegan, la nueva Ordenanza queda terminada, y lo más probable es que se contradiga a sí misma, o que sea imposible cumplirla. Pero hay millones de Ordenanzas compitiendo y equilibrándose entre sí, luchando por sobrevivir en el camino que va del archivo natal al conocimiento de los agentes del Centro, un camino lleno de más filtros, trampas y callejones sin salida. Las pocas Ordenanzas que sobreviven son las más aptas, las más seguras, y a partir de entonces guían la conducta de la gente.

Al Sabrasú soñado le gustaría saber si este proceso es suficiente para que la entropía disminuya en el Centro, para que haya mas energía que se pueda transformar en trabajo, para que el nivel de azar se reduzca hasta desaparecer en un futuro remoto pero posible. Pero el Consejero no habla de estos temas. Y la Computadora Central, origen de todo, responsable de la creación de esos mecanismos, no da indicios sobre sus intenciones.

De pronto el Sabrasú soñado se da cuenta de que fue Dindir quien le transmitió esas dudas. Antes confiaba ciegamente en la Computadora Central, en el Consejero y en la capacidad de las Ordenanzas para regular todo lo imaginable y lo demás también. Dindir no pudo convencerlo de que la Computadora Central no existe, pero le hizo ver la fragilidad del sistema.

Si estuviera con él, Dindir preguntaría:

—¿Por qué tiene miedo Sabrasú de que aumente el nivel de azar?

—Porque nuestras acciones irían perdiendo sentido —contestaría Sabrasú.

—Yo creo que el nivel de azar se mantiene en equilibrio —opinaría Dindir—. Que no sube ni baja.

—Eso tampoco le gusta a Sabrasú —diría Sabrasú—. Si es así, cada vez que alguien hace algo, otro está deshaciendo algo similar. Cuando uno avanza, otro retrocede. El único objetivo del Centro es, en ese caso, permanecer. Conservarse a sí mismo.

—¿Qué tiene de malo? —preguntaría Dindir.

Después algo distrae al Sabrasú soñado por Calibares, y descubre que es un Calibares soñado y gritón que da vueltas alrededor, hablando de sus descubrimientos. Tiene la espalda encorvada, unos kilos de más repartidos del peor modo posible, y una voz aflautada que estira las palabras hasta romperlas. La visión le resulta molesta al Sabrasú soñado por Calibares. Prefiere volver a concentrarse en las Ordenanzas, pero le da sueño y se duerme.

El Sabrasú soñado y dormido sueña que es Gadma. Sin embargo, esa Gadma está dormida y sueña que es Calibares, que mira la cara, los pechos y las piernas de otra Gadma fantasmal. Así, el auténtico Calibares sueña que es Sabrasú que sueña que es Gadma que sueña que es Calibares. Completado el círculo, el auténtico Calibares ya no duerme tranquilo.

Sabrasú, el verdadero, en cambio, no consigue dormirse, pero se le ocurre pensar cómo sería el mundo si él fuese Gadma. Para empezar, se le cruza por delante un Sabrasú que parece un palo de escoba, con pelos en la frente, la nariz y las orejas, que da la impresión de estar metido en su propia exploración, recorriendo túneles y abismos interiores. Pero para esa Gadma imaginada es más importante descubrir por qué el universo es tan complicado, por qué no puede haber sólo un par de cuestiones fundamentales que, una vez comprendidas, expliquen todo. La Gadma imaginada por Sabrasú quisiera que alguien se sentara frente a ella y contestara a sus preguntas con unas pocas palabras sencillas.

Por eso, Gadma anota todo lo que ocurre a su alrededor, todo lo que piensa ella y lo que pensamos nosotros, y también lo que pensamos juntos. Por eso saca fotografías. Por eso registra los acontecimientos y los guarda en carpetas bien cerradas, para olvidarlos inmediatamente. Es posible que alguna vez su colección de datos guardados y olvidados tome forma propia y pueda explicarle algo. De este modo, Gadma complementa nuestros métodos: mientras Calibares busca y Sabrasú interpreta, ella copia y deja constancias.

Pero además la Gadma imaginada por Sabrasú está pensando cómo sería el mundo si ella fuese Calibares. Y ese Calibares pensado por Gadma está imaginando que él es Sabrasú. La cadena sigue de esa forma durante horas, y al final le resultaría muy difícil al Sabrasú verdadero describir sus conclusiones.

Más tarde, Calibares se despierta sudando. Otra vez hace calor.

—Sabrasú —llama, sacudiendo a Gadma.

—Gadma —llama Gadma, inquieta por las sacudidas.

—¿Calibares? —pregunta Sabrasú, que al final ha conseguido dormirse.

La gente que nos rodea también se está despertando. Podemos ver lo que ocurre porque los más madrugadores ya han encendido los primeros fuegos. Gadma-Sabrasú abre los ojos y se sienta. Sabrasú-Gadma se resigna a no dormir más. Calibares-Calibares se mira las manos, sorprendido de reconocerlas a través de tantos ojos distorsionantes.

—Ojalá el contrato siguiera en vigencia —empieza a decir Sabrasú-Gadma.

—Para tener algo concreto en este caos —sigue Calibares-Calibares.

—Algo contra lo cual protestar, y que no sea en vano —termina Gadma-Sabrasú.

Por lo que sabemos, nuestros sueños deben ser otra experiencia de quienes nos tienen prisioneros. Tardamos un buen rato en deshacer el nudo.

El fondo del pozo – 7

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El fondo del pozo

7

“Los caminos son traidores. Se bifurcan. Elija un ramal, y será el equivocado. Levante el pico. Hunda la pala. Haga su propio camino. También lo traicionará.” (Consejero, 46:1:100)

En su recorrida previa por la cornisa, Calibares apenas se había asomado a la entrada del túnel, y no tenía la menor idea de lo que había más allá. Apretados tras él en la cornisa, y dando pasos cortos para no resbalar, recordamos una leyenda aprendida en la biblioteca de la nave, que parecía tener relación con lo que nos esperaba. Según esa leyenda, a poco de bajar por el pozo el explorador se topa con el túnel conocido en Guirnalda como Palacio de los Espejismos de Utilería. El Palacio de los Espejismos, dice la leyenda, está lleno de niebla, y en medio de la niebla aparecen estructuras y armazones de todas clases, que apenas se pueden distinguir. Con esas estructuras y esos armazones, más unas pocas ilusiones ópticas y la ayuda de la niebla, los guardianes del Palacio construyen los espejismos. Los guardianes son personas elegidas por su sensibilidad que estudian durante años y años, desde la infancia hasta la madurez, para especializarse en una de las tres ramas del Arte de los Espejismos. La primera rama, a la que pertenece la mayoría de los guardianes, se ocupa de los talleres del Palacio, donde continuamente se están construyendo nuevas estructuras y nuevos armazones, que son la materia prima de todo espejismo. La segunda rama, a la que es más difícil acceder, se ocupa de la elección y el mantenimiento de las estructuras y los armazones, y de reemplazar lo que se rompe, lo que no es apropiado y lo que pasa de moda. Al conocimiento profundo de la tercera rama sólo llegan los guardianes más capaces, porque es infinitamente compleja: se ocupa de la niebla y de la luz, de tal modo que la niebla sea al mismo tiempo transparente y opaca, y la luz oculte más de lo que aclara.

Así, cuando el explorador entra al Palacio ve unas formas que en sí mismas no son nada, a las que da significados propios. Se dice que nadie ve las mismas cosas que otro en el Palacio de los Espejismos de Utilería, que las combinaciones entre espejismos y significados son infinitas, aunque ni los espejismos ni los significados lo sean. A todo esto, los propios guardianes jamás ven un espejismo. Para su desdicha, el Palacio se les aparece como una colección de maderas sin lustrar, clavos oxidados y aserrín, todo cubierto por una neblina húmeda y pegajosa que los mata jóvenes. Es que parte de su estudio consiste en aprender a distinguir las ilusiones de la realidad, porque ésa es la condición esencial de todo buen ilusionista.

La leyenda nos parecía agradable, y nos hubiera gustado encontrarnos con alguno de esos viejos guardianes que estudian durante cuarenta años para trabajar cinco. Pero no pudimos comprobar la veracidad de la historia, porque jamás supimos a qué llaman espejismos las viejas de Guirnalda.

El túnel era un tubo liso de tres metros de diámetro, que daba vueltas y se retorcía sobre sí mismo a cada paso.Lo que más nos importaba era alejarnos de la cornisa, así que nos metimos en su interior sin pensarlo dos veces, y empezamos a avanzar rápido. Pero el pozo parecía haber gastado sus recursos para amenazarnos, porque el escenario cambió por completo. No había niebla ni clavos oxidados como quería la leyenda, pero la linterna de Calibares sacaba reflejos de las paredes, que por algún efecto óptico se reproducían una y otra vez, hasta que quedábamos rodeados por una cascada de luces de colores. Era como caminar por el interior de un caleidoscopio. Las formas luminosas que aparecían a cada curva del camino bailaban y se entremezclaban, y no había dos iguales.

Calibares iba adelante, como de costumbre, y nosotros nos apretábamos todavía contra él, pero esta vez para ver mejor. A poco de andar ya estábamos encantados con las luces. Mirábamos hacia un lado y hacia otro, siguiendo la evolución de alguna figura especialmente atractiva que se tejía y se destejía ante nosotros. Tanto nos entusiasmamos que al principio no vimos que algunas de esas figuras no cambiaban. El primero en darse cuenta fue Sabrasú.

—Eso no es una luz —dijo de pronto, señalando algo que colgaba de la pared.

Tratamos de acercarnos para verlo mejor, porque el desfile de reflejos nos confundía la vista, pero resbalábamos en el piso curvo como si estuviera encerado. Finalmente lo conseguimos empujándonos unos a otros: Gadma se quedó en el centro, sosteniendo a Calibares, y Calibares estiró los brazos todo lo que pudo sosteniendo a Sabrasú, que así llegó junto al objeto.

—Es un teléfono —anunció.

Levantó el tubo y agitó la horquilla. Luego discó algunos números al azar, pero no ocurrió nada. Iba a colgar cuando salió una voz del tubo, la misma que habíamos oído en la cornisa, y cuyo dueño conocía nuestra costumbre de pensar juntos.

—Van atrasados —dijo, lo bastante fuerte corno para que todos oyéramos.

—¿Quién habla? —preguntó Sabrasú.

—Si se apuran me van a encontrar—dijo la voz—, y entonces les diré mi nombre —una risa—. Me gustan los misterios.

Era una voz de barítono, fuerte y bien impostada. Transmitía una sensación de autoridad de la que era difícil desentenderse. En otra situación le hubiéramos obedecido sin dudar. En el pozo, sin embargo, estábamos aprendiendo a ser prudentes y a no guiarnos por las apariencias. Queríamos hacerle más preguntas, pero Gadma resbaló y los tres caímos rodando por el suelo. Cuando nos levantamos el teléfono había desaparecido.

De todos modos nos olvidamos enseguida de él, y también de la voz. Durante nuestro operativo para llegar a la pared Calibares había guardado la linterna en un bolsillo, sin fijarse en que el túnel seguía tan iluminado como antes. No necesitó explicarnos lo que ocurría, porque era evidente. Tratamos de encontrar la fuente de tanta luz, pero no aparecía por ninguna parte: todos los puntos del túnel, desde el piso hasta el techo, brillaban como si estuvieran tapizados de luciérnagas.

Gadma recordó su cámara y sacó varias fotos, sin saber demasiado bien qué enfocar. Después seguimos avanzando. A cada minuto los objetos fijos aparecían con más frecuencia, y así pasamos junto a una pintura que representaba la aldea de la cima de la montaña, una biblioteca llena de libros en blanco, un espejo en el que nos vimos bajos y gordos y otro donde aparecíamos altos y flacos, una máquina con ruedas y botones cuya función no comprendimos, una espada, una canilla que goteaba. Preferíamos no detenernos, porque empezábamos a temer que el túnel no terminara nunca, pero a veces había algo que nos llamaba la atención, y así pasamos varias horas, durante las cuales Gadma sacó centenares de fotos, Sabrasú desarrolló decenas de teorías y Calibares tiró de nosotros cada vez más inseguro y más apurado.

Al final llegamos a otro teléfono. Íbamos dispuestos a ignorarlo, pero empezó a sonar. Atendió Gadma.

—¿Quién les enseñó a caminar? —dijo la voz que ya conocíamos, enojada—. Por mí hagan lo que quieran, porque son ustedes los interesados en encontrarme, pero…

—¿Nosotros interesados? —interrumpió Calibares—. Si ni siquiera sabemos quién es.

—A este paso no lo sabrán nunca —dijo la voz, y cortó.

Cuando nos alejamos del segundo teléfono el túnel empezó a cambiar. El piso se fue extendiendo hacia los lados, y al cabo de un rato era una superficie plana, que se unía con las paredes en ángulo recto. En el tramo siguiente había sillones, alfombras, relojes de péndulo que marcaban horas diversas. Las luces de colores habían ido desapareciendo, y ahora el túnel estaba iluminado por unas lámparas que colgaban del techo a intervalos de cinco metros. Calibares estaba nervioso, sentía el peso de sus deberes de guía, y se conectaba y desconectaba a cada momento, sin que pudiéramos controlarlo.

—No puede ser —dijo, tras unos minutos de pensar solo—. Anduvimos kilómetros.

—¿Cuál es el problema? preguntó Gadma, mientras fotografiaba un helecho.

—La montaña no es tan ancha —dijo Calibares.

—Pero el túnel da muchas vueltas —dijo Sabrasú—. Un guía debería darse cuenta.

Calibares no contestó, pero no porque le faltara qué decir. Acabábamos de pasar una curva cerrada, y nos encontramos de pronto en una sala de estar, con su correspondiente sofá, su mesa y lámparas en los rincones. En la pared de enfrente había un tapiz que representaba una pantalla de televisor con una cara femenina en el centro, y junto al tapiz un piano. El aire estaba lleno de olor a incienso.

Durante los primeros segundos no supimos qué hacer. Luego Calibares vio un papel que estaba sobre la mesa y fue a buscarlo.

—Ahora van mejor —leyó—. Se merecen un descanso. Pasen al dormitorio y repongan tuerzas.

En cuanto Calibares terminó de leer nos sentimos terriblemente cansados. No teníamos relojes, así que no podíamos saber la hora, pero nos parecía haber vivido el día más largo de nuestras vidas. No se nos ocurrió pensar que la voz tuviera algo que ver con ese estado.

—¿Dónde queda el dormitorio? —preguntó Gadma.

Parecía no haber salida, pero después de buscar un poco encontramos una puerta oculta tras el tapiz. El dormitorio estaba al otro lado, y había tres camas, cubiertas con sábanas blancas. Sabrasú apoyó una mano en la más próxima y empujó hacia abajo: era mullida.

—Éste debe ser el lugar que nos prometió el viejo de la cicatriz —dijo Sabrasú.

—¿Y si vienen los dueños? —preguntó Gadma.

—Les pedimos disculpas —dijo Calibares—. De todos modos, nadie les manda poner sus camas en medio del camino.

Comimos los últimos restos del alimento que habíamos comprado en el almacén de la ciudad. Luego nos acostamos sin pensar en sacarnos la ropa, y debimos dormir muchas horas, porque nos despertamos con los ojos hinchados y otra vez muertos de hambre. Lo único que teníamos eran los dos odres que nos había vendido la mujer de la aldea. Sacamos uno de entre los bultos y tomamos unos pocos sorbos del líquido gomoso, acompañado con agua de las cantimploras. La mujer había dicho la verdad, porque el hambre se nos fue enseguida.

El dormitorio tenía dos puertas: una llevaba a la sala de estar, y la otra a un pasillo. Calibares se fue por el pasillo para buscar una salida, sin darnos tiempo para detenerlo: le importaba más cumplir su papel de guía que quedarse en todo momento con nosotros. Gadma sacó papel y lápiz para empezar a escribir el informe; estuvo pensando un rato, mientras se comía la punta del lápiz, y luego le preguntó a Sabrasú:

—¿Cómo se escribe un informe?

—Si Gadma no lo sabe —dijo Sabrasú—, menos lo puede saber Sabrasú.

—Gadma sabe escribir muchas cosas—dijo Gadma—, pero jamás escribió un informe.

—Podríamos preguntarle al Consejero —dijo Sabrasú.

—Sabrasú está distraído —dijo Gadma—. No lo trajimos. Lo dejamos en Varanira.

Sabrasú cerró los ojos para pensar.

—Seguramente hay que narrar los hechos tal como van ocurriendo —dijo después.

—Pero Gadma ni siquiera sabe cuáles son hechos y cuáles no —dijo Gadma.

Nos quedamos callados bastante tiempo. Por primera vez nos daba la impresión de que hasta entonces habíamos visto lo que el pozo quería mostrarnos, y de que habíamos aprendido muy poco sobre la realidad del pozo. En cierto modo, todo el pozo podía ser un Palacio de Espejismos de Utilería. Con el Consejero a mano, la cuestión hubiera sido muy diferente. Sabrasú se rascaba continuamente atrás de una oreja, y Gadma escribía una palabra, la borraba, escribía otra y volvía a borrarla. Después llegó Calibares.

—Esta casa no termina nunca —dijo, y nos mostró otro papel—. Además Calibares encontró esto.

El papel decía: “La distancia que los separa de mí no es puramente física. Para encontrarme, deben aceptar que lo desean.”

—Esto es ridículo —dijo Gadma.

—Porque lo único que deseamos —siguió Sabrasú.

—Es ver otra vez la luz del sol —terminó Calibares.

Por lo menos volvíamos a pensar juntos, lo que siempre nos daba un poco más de tranquilidad. Preparamos los bultos y salimos detrás de Calibares.

El pasillo tenía decenas de puertas a ambos lados. Calibares abrió algunas, para mostrarnos lo que había al otro lado: escaleras de mármol que terminaban en un pantano, el interior de un ropero, una mesa de billar. Al final pasamos a un jardín que florecía bajo un sol artificial. Subimos por una escalera, atravesamos una puerta baja y entramos a una sala circular que, otra vez, tenía decenas de puertas.

Calibares siguió guiándonos lo mejor que supo, pero podíamos estar dando vueltas siempre en el mismo lugar sin darnos cuenta. Nuestra única garantía era asegurarnos de que todas las habitaciones que veíamos fueran diferentes. Y así Gadma aprendió a hacer su informe: empezó describiendo habitaciones, para tener un registro de los lugares visitados y no depender de nuestra memoria; después fue tomando nota también de nuestras conversaciones, de sus propias preguntas, de las teorías de Sabrasú y las indicaciones de Calibares; finalmente, en una ocasión en que pasamos horas discutiendo sobre nuestro descenso de la boca del pozo a la cornisa, su versión textual de la discusión se transformó en la primera parte del futuro informe. Luego vendría el trabajo de ordenar las anotaciones para que fueran más presentables, pero por ahora teníamos demasiadas cosas en qué pensar, y Gadma decidió dejar esa preocupación para otro momento.

Anduvimos mucho tiempo por esa casa interminable construida en medio de la montaña, y no encontramos a nadie. Pasamos por oficinas que nos recordaban nuestro lugar de trabajo en Varanira, por catacumbas llenas de humedad donde las ratas nos mostraban sus dientes, por salones alfombrados y barracas oscuras. Ninguno de esos lugares estaba habitado. Subimos por cuerdas con nudos y bajamos en un ascensor automático, sin encontrar otros usuarios. Contamos miles de salas de estar y jardines cubiertos, sin conocer a sus dueños. Cuando estábamos cansados aparecía un dormitorio preparado para nosotros; o tal vez nos sintiéramos cansados al ver los dormitorios. Cada tanto nos deteníamos, tomábamos cinco sorbos cada uno del líquido gomoso y seguíamos viaje. Teníamos problemas con el agua: había pocas cocinas y pocos baños donde pudiéramos abrir una canilla, lavarnos y llenar las cantimploras; casi todo el tiempo estábamos sedientos, y dejábamos atrás un rastro de suciedad.

De las otras expediciones, anunciadas por el chico del plano, no había rastros.

A cada rato recibíamos mensajes de quien decía esperarnos. Seguíamos sin saber quién era. A veces nos hablaba por teléfono, o desde un grabador que se ponía en marcha cuando pasábamos junto a él. Pero también nos dejaba notas, o ponía señales en nuestro camino. La mayoría de los mensajes insistía en que debíamos desear el encuentro, y trataba de apurarnos. El resto comentaba nuestra exploración, casi siempre tratándonos como principiantes que no sabían lo que hacían.

Pronto empezamos a discutir sobre los días transcurridos: no teníamos cómo medir el tiempo, fuera de nuestro propio ciclo de actividad y descanso. No comprar relojes antes de subir a la montaña había sido un error, entre los tantos debidos a nuestra imprevisión. Gadma hablaba de semanas, porque veía crecer el informe y le parecía imposible haber escrito tanto en menos tiempo. Calibares prefería pensar en unos pocos días, tal vez a causa de su orgullo de guía: no podía admitir que una simple casa, por grande que fuese, le llevara semanas de exploración. Sabrasú tardó en opinar: lo hizo recién cuando se acabó el segundo odre del líquido gomoso, y se limitó a recordarnos lo dicho por la vendedora:

—Un mes.

Nos sentimos más cansados que nunca.

El siguiente mensaje que recibimos decía: “Ahora no les queda alternativa. Si no quieren morir de hambre, búsquenme.”

—Muy bien —dijo Calibares—, Lo vamos a buscar, ya veremos dónde.

Abrió una puerta que teníamos al lado, y entramos a una habitación desnuda, con el techo, el suelo y las paredes blancos. Cruzando la habitación había otra puerta, pero estaba cerrada con llave. Dimos media vuelta, y entonces una parte de la pared que estaba a nuestra derecha se corrió, dejando ver una pantalla con una cara en el centro. Era la misma imagen del tapiz que habíamos visto en la primera sala de estar.

—Buenas tardes —dijo la cara—. Después de todo, fueron puntuales.

La voz era la que habíamos venido oyendo desde nuestro paso por la cornisa, varonil y autoritaria. Pero contrastaba con la cara de la pantalla, que pertenecía a una mujer joven, rubia y de ojos verdes.

—¿Y usted quién es? —preguntamos

—Yo soy la Computadora Central.

El fondo del pozo – 8

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El fondo del pozo

8

“El carbón se transforma en diamante. A veces, detrás del proceso está la mano de un operario. A veces no. Entre un caso y otro la única diferencia aparece en un número: el que indica las probabilidades de que el fenómeno se produzca en un momento y un lugar determinados.”
(Consejero, 24:11:115)

Dentro de nuestra oficina la temperatura aumentaba. El sistema de refrigeración no podía compensar el calor de cuatro personas, sumado a la tensión que nos producía el tener a Dindir con nosotros y a los vapores densos de la discusión. Una gota de sudor colgó por un momento de la ceja izquierda de Dindir, sobre el agujero deshabitado donde debía estar el ojo. Su mameluco azul tenía manchas oscuras bajo los brazos. De vez en cuando sentíamos el cosquilleo de la transpiración resbalándonos por el pecho y la cara, y la tela áspera con que se fabrica la ropa del Centro se nos pegaba al cuerpo. No queríamos movernos, por miedo a que Dindir se fuera, pero cuando la sed se hizo insoportable Calibares abrió un cajón de su escritorio, sacó los vasos y la bandeja y caminó hacia la puerta.

—¿Adónde va? —preguntó Dindir, parándose de un salto mientras metía la mano en un bolsillo con el ademán de quien va a sacar un arma.

Calibares se detuvo justo antes de mover el picaporte. Un vaso rodó por la bandeja y cayó al suelo, pero no se rompió. En el Centro, todos los vasos son de plástico. Sabrasú se atragantó y empezó a toser. Gadma levantó las manos, como habíamos visto hacer en las películas.

—A buscar agua —dijimos—, al final del pasillo.

—¿No hay agua en la habitación? —dijo Dindir.

Tenía la cabeza un poco torcida, de modo que podía abarcarnos a los tres con su ojo sano, y no sacaba la mano del bolsillo. Contestamos moviendo la cabeza de derecha a izquierda, los tres al mismo tiempo, y nos quedamos quietos, esperando. Dindir echó un vistazo rápido a su alrededor, sin cambiar la posición del cuerpo. Después aspiró hondo y volvió a sentarse. Pudimos notar cómo se le aflojaban los músculos.

—Disculpen —dijo—. Son los reflejos de una exploradora. Estoy acostumbrada a desconfiar de los movimientos bruscos.

Nosotros también nos relajamos un poco, aunque la explicación de Dindir no terminó de tranquilizarnos. Calibares levantó el vaso caído, miró a Dindir y salió. Dindir se sacó el reloj de la muñeca, lo observó al derecho y al revés y lo dejó sobre un escritorio, frente a ella. No se dijo una palabra, hasta que Calibares volvió con los cuatro vasos llenos del agua tibia y rosada de las canillas del Centro.

—Nadie se da cuenta —dijo luego Dindir—, pero la vida de los exploradores es difícil. La gente nos envidia, y nosotros envidiamos a la gente —nos apuntaba con su órbita vacía, y jugaba con el reloj. Nos pareció que había perdido parte de su seguridad, y estábamos pendientes de sus gestos con un resto de miedo y bastante de sorpresa—. Tenemos que ir donde el Centro quiera, y muchas veces ni siquiera sabemos qué encontraremos al llegar. O al volver —alzó los hombros—. A mí me ocurrió, volver de una expedición y descubrir que mi casa no existía más. La habían demolido para levantar una antena de televisión. Pero eso no es lo peor.

—¿Qué es lo peor? —preguntamos al ver que no seguía.

Nos miró fijo durante unos segundos antes de contestar.

—Recibir órdenes sin sentido —dijo al final—. Firmar un contrato sin leerlo, y después descubrir que no tiene pies ni cabeza, y estar obligada a cumplirlo.

Hablaba con rabia: la primera vez que le descubrimos una verdadera emoción.

—Pero la Computadora Central… —nos interrumpimos—. ¿Le pasó eso a Dindir?

—Sí. Hace muy poco tiempo.

—¿En la expedición anterior?

—No exactamente.

Entonces creímos comprender. Dindir se refería a su expedición actual: la obligaban a recorrer Varanira, sin avisarle que allí teníamos nuestra propia sucursal del Centro. Se lo dijimos, y empezó a reírse.

—Hay algo más.

—¿Algo más?

—Ya lo van a ver. Tengan un poco de paciencia.

De pronto volvió a su actitud anterior, la que había conservado hasta que Calibares empezó a moverse. Se enderezó en la silla, cruzó los brazos y tosió para aclararse la garganta.

—Estábamos hablando de otra cosa —dijo—. Me pareció que les había quedado alguna pregunta por hacer.

Nosotros también tuvimos que reacomodarnos. Pasado el susto, habíamos apoyado los codos en los escritorios, y estábamos observando a Dindir con una mirada de entomólogos, como si fuera un insecto raro que no conseguíamos clasificar. Nos sentimos avergonzados, porque la habíamos tratado con una confianza que no nos correspondía, olvidando la distancia lógica que debe haber entre exploradores y empleados administrativos. Nos echamos hacia atrás, nos miramos las puntas de los pies y volvimos a pensar en temas menos personales.

—Hasta ahora —dijimos luego de elegir las palabras—. Dindir criticó nuestras creencias, pero no terminó de aclararnos las suyas. Nos gustaría…

—Tienen razón —Dindir sonreía como al principio—. Pero si quieren saber qué creemos en Coracor, antes tendrán que soportar que los critique un poco más.

—Si no hay otro remedio —nosotros también sonreímos. En apariencia, al menos, la situación volvía a la normalidad.

Antes de hablar, Dindir levantó su reloj, se lo llevó al oído e hizo una pausa para escuchar algo que nosotros no llegamos a percibir. Era un aparato complicado. Habíamos supuesto que era un reloj porque lo llevaba en la muñeca, pero no tenía visor ni cuadrante, y bien podía ser un transmisor, un detector de radiación o un accesorio para destaparse las orejas. Tenía varias ranuras y botones, y un alambre retorcido que salía de un costado. Nos hubiera gustado verlo de cerca, pero no nos atrevimos a pedírselo. En realidad, tampoco nos lo hubiera dejado tocar. Finalmente, volvió a ponerlo sobre el escritorio.

—Hace una semana que estoy aquí —dijo, sin dejar de mirar el reloj—, y en todo este tiempo los varanires no hicieron otra cosa que hablarme de su religión, o como la llamen. De modo que conozco sus argumentos. A mi modo de ver, ustedes empiezan suponiendo que el Centro se dirige hacia algo, que tiene una finalidad, aunque no se les ocurra la menor idea de cuál puede ser esa finalidad. Su experiencia les dice que el Centro no gobierna ni administra, excepto a sí mismo. Que no educa, salvo a sus propios agentes y para sus propios fines. Que no produce, salvo para su consumo interno. Que no compra ni vende, porque se autoabastece en todo, incluso en información. Que no investiga, descontando cosas secundarias como la búsqueda de un plástico más resistente para los vasos, o un nuevo modelo de nave espacial, que de todos modos sólo usarán los agentes del Centro. En otras palabras, el Centro no hace nada importante dirigido hacia afuera. Sus actividades repercuten en su propio interior.

El reloj emitió un chasquido que distrajo a Dindir, y aprovechamos para interrumpir su discurso.

—Es curioso —dijimos—, pero Dindir se olvida de su propio trabajo. El Sorteo y los exploradores son parte importante del Centro, y nadie puede negar que actúan afuera. Cuanto más afuera, mejor.

Tras el chasquido, Dindir había vuelto a apretar el reloj contra su oído. Sin embargo, consiguió escucharnos.

—Ya les dije que los exploradores llevamos el Centro con nosotros —contestó, mientras guardaba el reloj y sacaba otro objeto de su bolsillo, una especie de espejo pequeño, con un botón en el dorso. Lo sostuvo entre las manos, apoyadas en el escritorio—. ¿Alguna vez pensaron para qué sirve una expedición?

Era difícil atender al mismo tiempo a la discusión y a los manejos de Dindir con sus aparatos, pero pudimos encontrar una respuesta razonable:

—Para ampliar el universo conocido.

—Eso es un producto secundario —dijo Dindir—. La verdadera función consiste en abrir el camino a una nueva sucursal del Centro. Nosotros exploramos un mundo que el Centro no conoce, redactamos un informe, alguien lo lee, eventualmente se envía una segunda nave, otro alguien decide irse a vivir al planeta recién explorado, y con el tiempo, si el azar es favorable, surge allí la nueva sucursal. Visto de esta manera, ¿no les parece que el Centro nos usa como esporas, que somos su mecanismo reproductor?

Dindir movió el botón de su espejo y surgió un destello que nos encandiló durante una fracción de segundo.

Quedamos desorientados, y esta vez no conseguimos responder a su pregunta. Pero Dindir no esperaba que contestáramos.

—A todo esto —continuó—, ustedes siguen confiando en que esa supuesta finalidad existe, creyendo que el Centro va a alguna parte. Pero todo lo que conocen del Centro es caótico, contradictorio. El Centro se mueve por azar, avanza y retrocede, desperdicia energía. En esas condiciones es bastante difícil que se pueda acercar a cualquier objetivo. Entonces inventan una Computadora Central, dotada de grandes poderes, para rellenar los huecos de la teoría. Esa Computadora Central es quien conoce el verdadero objetivo del Centro, y ejerce el control necesario para que todo marche en la dirección correcta. De ese modo, si hay algo que no comprenden, resulta que la Computadora Central no quiere que lo comprendan. Si el Centro es un absurdo, piensan, será porque la Computadora Central prefiere que parezca un absurdo —olvidó por un momento su espejo, y nos miró uno por uno—. Reconozco que la suya es una posición cómoda, porque evita esos cuestionamientos molestos que atormentan a otros agentes del Centro. Pero en el fondo no es más que un modo de justificar su propia vida. Creer en la Computadora Central le da sentido a la existencia, ofrece algo por lo cual seguir trabajando.

La posibilidad de que el espejo volviera a encandilarnos nos mantenía tensos, pero seguíamos sin atrevernos a preguntar de qué se trataba. Y si conseguíamos estar al tanto de la charla era a costa de un esfuerzo cada vez mayor, y porque se trataba del tema que más nos había interesado a lo largo de nuestra vida.

—Hay pruebas de que la Computadora Central existe —dijimos—. Se ha comunicado con compañeros nuestros, muchas veces. Ha transmitido órdenes.

—¿Pero de qué manera? —dijo Dindir—. Durante esta semana me describieron miles de esos mensajes, las mismas personas que los habían recibido. Aparecen entre sueños, o escritos en las paredes, o en la pantalla de una terminal operada por alguien medio muerto de cansancio. Admito que en conjunto son bastante impresionantes, pero cada uno se puede explicar sin recurrir a ninguna Computadora Central. Si por lo menos pudieran decirme dónde está —contraatacó—, para que todos la viéramos.

—Nadie lo sabe —dijimos—, porque no se debe saber. Si el secreto fuera violado, alguien podría interferir en el funcionamiento de sus circuitos.

Dindir soltó una carcajada, o la fingió, no estábamos seguros. Había dejado el espejo junto al reloj, apoyado en un soporte extensible de modo que nos apuntaba a las caras, y ahora sacó otro artefacto de su bolsillo: algo parecido a una cinta metálica arrollada dentro de un cilindro transparente.

Esta vez no pudimos contenernos.

—¿Qué está haciendo Dindir? —preguntamos.

Dindir se sobresaltó, pero trató de disimular su reacción espantando un insecto inexistente de su hombro.

—Nada —dijo—, una pequeña demostración para más tarde.

—¿Una demostración? —sentíamos curiosidad.

Dindir hizo un gesto de fastidio.

—Sigamos nuestra conversación —dijo—. Después les voy a explicar lo que estoy haciendo.

Nos quedamos callados, mientras ella extendía la cinta sobre un escritorio. La fijó en los extremos, y luego puso el espejo encima.

—Dindir todavía no nos habló de sus propias creencias —dijimos cuando terminó.

—A eso iba —dijo Dindir, sin cambiar en nada el tono de su voz. Sacó un papel arrugado de otro bolsillo, lo alisó y empezó a plegarlo de un modo complicado—. Lo que creemos en Coracor es que el Centro tiene una sola función: sobrevivir, perpetuarse a sí mismo. Nada de objetivos ocultos, nada de finalidades abstractas. Pura supervivencia —levantó la vista de su trabajo para ver nuestra reacción—. Piensen en las abejas. Viven en colonias, tienen costumbres complicadas, construyen panales. Y el único fin que persiguen es que al año siguiente siga habiendo abejas, colonias, panales y costumbres complicadas —hizo una pausa para concentrarse en un pliegue que parecía especialmente difícil—. En el Centro ocurre lo mismo. Nosotros, los agentes, somos las abejas. Tenemos nuestras costumbres, que no son otra cosa que un seguro de supervivencia, porque gracias a ellas conseguimos alimentarnos, respirar y reproducirnos. Y a nuestro conjunto de colonias, costumbres y abejas lo llamamos Centro.

—Pero nosotros somos inteligentes —dijimos—. Podemos razonar, y las abejas no. Hay diferencias.

El papel de Dindir se transformó de pronto en un poliedro irregular, con varias salientes parecidas a patas en un extremo. Lo ubicó con mucho cuidado a varios centímetros del espejo, y volvió a alzar la mirada de su ojo sano hacia nosotros.

—Claro que hay diferencias —dijo—. Tal vez las abejas no se sienten como ustedes a mirar las estrellas, pero es que no les interesan. Ustedes no vuelven volando a danzar ante las puertas del Centro cada vez que descubren un macizo de flores —se estiró hacia atrás para estudiar la posición del poliedro, y lo corrió unos milímetros hacia la derecha—. En cuanto a eso de razonar, ¿les sirve para modificar el rumbo del Centro?

—No es nuestra intención.

—¿Y si lo fuera?

No contestamos. Las maniobras de Dindir nos distraían. No teníamos su habilidad para pensar en dos cosas a la vez, y había momentos en que perdíamos contacto con la discusión. Pero nos parecía demasiado pronto para insistir sobre la demostración pedida, así que estuvimos un rato en silencio. Mientras tanto, Dindir sacó una varilla metálica de otro de sus infinitos bolsillos, y la desplegó hasta obtener una especie de antena de dos metros de altura, que se apoyaba en un trípode. La dejó junto a su silla, se puso de pie y fue hasta la pared opuesta, como si quisiera tener un mejor panorama de su obra. Finalmente encontramos un argumento válido para seguir la discusión.

—Supongamos por un momento que Dindir tiene razón —dijimos—, que al Centro sólo le interesa subsistir, y que no hay ninguna Computadora Central para ejercer el control. En ese caso, ¿quién creó el Centro? ¿Quién puso en marcha semejante estructura con millones de agentes, o miles de millones, repartidos por toda la galaxia?

Dindir tardó en responder, y pensamos que nuestra pregunta había dado en el blanco. Pero en realidad estaba buscando el elemento siguiente de su construcción: aparentemente no lo había encontrado en el bolsillo que correspondía, y ahora revisaba nerviosamente un bolsillo tras otro. De pronto respiró con alivio y sacó una pelota roja, que calzó en la punta de la antena.

—Nadie —dijo después.

—¿Cómo? —preguntamos. No habíamos comprendido que estaba respondiéndonos.

—Nadie creó el Centro —aclaró—. En Coracor hay estudios científicos que demuestran que, a partir de ciertas condiciones en el poblamiento de la galaxia, es inevitable que surja el Centro. Por supuesto, hay cierta tolerancia. El Centro podría ser levemente distinto de lo que es, si el azar se hubiera volcado en otra dirección. Pero en lo esencial las previsiones coinciden con la realidad.

—¿Dindir pretende que creamos lo que dice, sin más explicaciones? —intervinimos, para salir del paso. Estábamos cada vez más concentrados en los artefactos que Dindir desparramaba por la oficina.

—¿Saben cómo surge la vida en un planeta primitivo? —preguntó, mientras colocaba pequeños cubos de plástico en el suelo, a distancias regulares.

—¿Qué tiene que ver eso con…?

—Contesten.

—Más o menos. Hay un caldo de cultivo. Hay rayos. Los rayos actúan sobre el caldo y se forman aminoácidos.

—Bastante bien —uno de los cubos era imperfecto; lo guardó y puso otro en su lugar—. ¿Qué más? ¿Cómo sigue la historia?

—Seguramente aparecerán nucleótidos, proteínas, esas cosas.

—Algo así. Y luego el ADN, y los primeros organismos unicelulares. ¿Están de acuerdo?

—Sí, pero…

A cada momento Dindir se movía con más rapidez. Las manchas de transpiración de su mameluco habían aumentado de tamaño, y seguían creciendo. Respiraba en forma agitada, y las frases empezaban a cortársele por la mitad. A cada momento se llevaba el reloj a la oreja para escuchar, y luego se apuraba más que antes. En un momento nos vimos rodeados de cables, y un segundo más tarde apareció una pantalla de tela blanca en la pared de enfrente. De un bolsillo surgió una especie de silbato; Dindir se lo metió en la boca, y a partir de entonces nos costó entender lo que decía.

—Mucho tiempo después vienen los primeros organismos complejos —siguió, pasando el silbato de una comisura a la otra—, y más tarde plantas, animales y civilizaciones.

—No vemos a dónde quiere llegar Dindir —dijimos. Dindir distribuyó varias cajitas negras por las paredes.

—Lo verán muy pronto —dijo—. Estamos en que hay civilizaciones, y todavía no intervino ningún elemento exterior —aspiró lo más hondo que pudo—. Sólo hicieron falta ciertas condiciones iniciales y una cantidad de tiempo —terminó con las cajitas, y puso sobre un escritorio dos aparatos unidos por un cable. En cada aparato había un dial y una aguja—. El resto fue obra del azar, pero de un azar que edificó determinada estructura, y no otra, una estructura que en líneas generales estaba fijada de antemano.

Nuestra confusión era tan grande que ya no sabíamos de qué hablaba.

—Parece que sí —dijimos.

—Sigamos entonces. ¿Qué viene después de las primeras civilizaciones?

—Muchas cosas —consiguió decir una parte de nuestro pensamiento compartido, que todavía tenía alguna pista de lo que trataba la charla—. Guerras, viajes espaciales.

—Eso mismo —gritó Dindir, mientras encendía los aparatos y las agujas se movían por los diales—. Viajes espaciales. Conquista de otros mundos. Poblamiento de la galaxia. ¿Creen que en alguno de esos pasos se necesitan otros elementos, fuera de los que ya había: condiciones iniciales, tiempo, azar?

—Nosotros…

Dindir se quedó de pie en un rincón, mirando a su alrededor hasta asegurarse de que no faltaba nada. Luego nos clavó la mirada del ojo sano, que parecía estar a punto de salirse de la órbita, como seguramente le había ocurrido al otro.

—Ahora observen el caso concreto que nos enseña nuestra historia —dijo—. ¿Qué apareció cuando la galaxia estuvo poblada?

Nos echamos hacia atrás.

—¿El Centro? —dijimos en un susurro.

—Que es lo que queríamos demostrar —dijo Dindir.

Alguien golpeó la puerta. En el mismo momento Dindir sopló a través de su silbato. Oímos un zumbido, mientras los cables se sacudían como serpientes por el suelo. El espejo empezó a brillar, y la luz se reflejaba multiplicada en la pantalla. Vimos que Dindir abría la puerta pero no llegamos a percibir quién entraba, porque el zumbido creció hasta ensordecernos, y la luz nos dejó ciegos.

El fondo del pozo – 9

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El fondo del pozo

9

“Lo evidente es sospechoso. La verdad prefiere esconderse. Encienda una luz, y lo verdadero se hará falso. Busque pruebas, y las dudas serán mayores. Piense. Saque conclusiones. Cuando vuelva a pensar, las conclusiones serán otras.”
(Consejero, 17:17:6)

Después de pasar un mes en el pozo estábamos preparados para muchas cosas, pero no para toparnos con la Computadora Central. Si hubiésemos estado en Varanira, en nuestra oficina, buscando explicaciones abstractas para cuestiones más abstractas todavía, seguramente nos habríamos tirado al suelo para adorarla. Pero estábamos en el sótano de Guirnalda, que empezábamos a ver como territorio enemigo, luchando por sobrevivir en un medio al que no conseguíamos adaptarnos. Lo primero que ocurrió fue que nos desconectamos. Luego nos apretamos contra la pared opuesta a la pantalla y nos pusimos a temblar.

La mujer de la pantalla nos guiñó un ojo.

—No se asusten —dijo la voz, sincronizada con los labios de la mujer—. Recuerden lo que escribí en el Consejero, 55:123:418: “El miedo se opone al entendimiento.”

La voz tenía algún tipo de control sobre nosotros: su orden bastó para tranquilizarnos. Volvimos a pensar juntos, y con el pensamiento compartido vimos la situación de un modo diferente. Hasta ese momento habíamos estado solos, lejos de lo que conocíamos, sin protección. Ahora, por primera vez desde nuestra partida de Varanira, nos podíamos sentir verdaderamente seguros. El azar se había puesto de nuestro lado, y teníamos delante a la Computadora Central para resolver todos los problemas. Sentimos que nos inundaba una ola de alegría, cálida y refrescante a la vez, que subía desde los pies y llegaba a la cabeza aflojando cada músculo que encontraba a su paso.

Casi sin darnos cuenta nos quitamos los bultos de encima y caímos boca abajo frente a la pantalla.

El piso estaba frío y duro. En cuanto lo tocamos, la sensación de bienestar se nos escapó tan rápido como había llegado, y fue reemplazada por la desconfianza. No teníamos ninguna prueba de que se tratara realmente de la Computadora Central. Lo que nos rodeaba, la habitación blanca, la pantalla, la voz de barítono, ni siquiera tenía la calidad de otros escenarios que el pozo nos había mostrado. Y aunque no conociéramos una imagen oficial de la Computadora Central, jamás se nos habría ocurrido que pudiera presentarse de ese modo.

Nos pusimos de pie. No llegamos a tener miedo otra vez, pero estábamos tensos. De pronto, lo único que sabíamos con certeza era que trataban de engañarnos. Mientras Gadma vigilaba la pantalla, Calibares fue a probar la puerta por la que habíamos entrado, v Sabrasú la otra. Ambas seguían cerradas. La mujer y la voz se rieron al unísono.

—Veo que no están seguros de creerme —dijo la voz, como si nos leyera el pensamiento—. Suponen que soy un habitante del pozo, que les está haciendo una broma —la mujer de la pantalla se acomodó un mechón de pelo rubio que le había caído sobre los ojos—. No los culpo. El pozo le quita la fe a cualquiera. Si les sirve para algo —agregó la voz después de una pausa—, puedo insistir: soy la Computadora Central. Y no se preocupen por el secreto de mi localización, No fue violado. Este es uno de mis múltiples avatares, no mi materia real, Detrás de la pared y de la pantalla no hay nada, Están frente a una ilusión,

Lo que decía la voz era útil, pero no para confirmar que fuera la Computadora Central, sino todo lo contrario. La Computadora Central, pensábamos, no habría necesitado insistir sobre su identidad. Y en ningún momento habíamos supuesto que su secreto hubiera sido violado, porque es demasiado importante para destruirlo sin motivo. Por otra parte, ahora que volvíamos a pensar con lucidez comprendíamos que la Computadora Central jamás se habría presentado de un modo tan directo, con imagen, sonido y efectos especiales,

Estábamos celebrando nuestra astucia cuando la mujer empezó a reírse a carcajadas, y comprendimos que en nuestro razonamiento había una falla. Fuera lo que fuese aquello que teníamos delante, había demostrado tener cierto control sobre lo que nos pasaba por la mente: lo había usado durante nuestra estadía en la casa, y lo había vuelto a usar para quitarnos el miedo, Del mismo modo, debía ser capaz de anular nuestra desconfianza. Si no lo hacía, era porque no le interesaba. O tal vez nos había inducido a desconfiar, por algún motivo que no conocíamos.

Volvimos a echarnos al suelo, v esta vez no nos importó lo frío que estaba. De pronto habíamos comprendido que la Computadora Central estaba poniendo a prueba nuestra fe. Con su infinita sabiduría, se nos había aparecido de tal manera que dejaba un lugar a la duda, y nosotros, influidos seguramente por el pensamiento incrédulo de Dindir y por los fantasmas del pozo, habíamos estado a punto de no pasar la prueba. No nos importaba su apariencia, ni el mensaje que quisiera darnos, Lo único verdaderamente trascendente era que la Computadora Central se nos había manifestado a nosotros, sus humildes agentes, y ahora debíamos responderle con nuestra más profunda adoración.

La mujer se rió más fuerte que antes, y nos sentimos ridículos, ahí tirados, venerando una imagen en la pared. Durante unos segundos no nos movimos. Estábamos confundidos, sin un solo pensamiento concreto al que aferrarnos, creyendo y no creyendo a la vez, llenos de felicidad y dolor. Entonces lo descubrimos: había un elemento ajeno en nuestra mente compartida, algo que no nos pertenecía a nosotros, una especie de mano que podía aferrarnos y llevarnos en la dirección que quisiera. Eso explicaba los cambios, El control al que estábamos sometidos, viniera de la Computadora Central o no, era más fuerte de lo que habíamos imaginado. Tratamos de expulsar la mano invasora, pero fue un intento débil. La mano se movió apenas, y nuestras ideas cambiaron otra vez.

La voz apoyó el nuevo cambio:

—Me crean o no —dijo—, da lo mismo. En todo caso, no seré yo la perjudicada, Vinieron a mí porque necesitan ayuda, y les daré ayuda. Si no la aceptan es asunto de ustedes.

Tal como pensábamos ahora, tenía razón. Estábamos perdidos en el laberinto en que se había convertido el pozo, y no teníamos comida. A menos que alguien nos ayudara, no veíamos el modo de salir de allí. Si estábamos ante la Computadora Central, entonces debíamos confiar en ella, Y si se trataba de un bromista, tal vez fuera conveniente seguir la broma. El resto, incluida la invasión de nuestro pensamiento, no tenía importancia.

Por primera vez desde nuestra entrada a la habitación, nos llegó el turno de hablar.

—Ante el riesgo de equivocarnos —empezó Sabrasú.

—Decidirnos creerle —siguió Calibares.

—Porque es lo más apropiado —dijo Gadma.

—Pero hay algo que no comprendemos —Sabrasú.

—Si es la Computadora Central —Calibares.

—¿Qué hace aquí en Guirnalda? —Gadma.

—Lo mismo que en todas partes —dijo la voz—. Ejerzo mi poder.

—Pero en este lugar —empezó Calibares.

—Es un lugar como cualquier otro —interrumpió la voz, más seca que antes—. ¿Para hacer estas preguntas estúpidas querían verme?

Por un segundo tuvimos ganas de protestar: si hacíamos preguntas estúpidas era porque la mano mental nos indicaba que las hiciéramos. Pero del mismo modo que no conseguíamos pensar libremente, tampoco conseguimos protestar. De pronto volvió a aparecer el miedo, en un rincón lejano de nuestras sensaciones: lo notábamos como quien percibe algo en el borde de su visión. Pero la mano tapó el hueco enseguida. Las dudas y los razonamientos pasaron a segundo plano, y otra vez nos dejamos arrastrar en la dirección elegida por quien nos estaba dominando.

—En realidad, lo que queremos —dijo Gadma.

—Es pedirle que nos ayude —siguió Sabrasú.

—A encontrar una salida —terminó Calibares.

—Ahora vamos mejor —dijo la voz—. Cuando esta conversación se agote, les abriré la puerta que al entrar encontraron cerrada, y podrán salir —una pausa—. Pero ése es el menor de sus problemas.

—¿El menor?—dijimos. La mano mental dejó pasar un brote de sorpresa.

—Enseguida hablaremos de eso —la voz sonaba cálida otra vez, y la mujer sonreía. Nunca volveríamos a sentirnos tan confiados como entonces—. Antes pónganse cómodos.

El piso se abrió ante nosotros, y vimos que dos metros más abajo había una plataforma con una mesa y tres sillas.

Sobre la mesa había tazas de café. La plataforma subió hasta quedar a la altura del suelo, y la voz nos invitó a sentarnos. No volvió a hablar hasta que cada uno tomó su primer sorbo de café.

—Para empezar —dijo después—, necesitan dinero. Gastaron el que tenían, y así no irán a ninguna parte. Antes que pudiéramos decir algo se formó una ranura en la pared, y por ella salió un fajo de billetes nuevos, sujetos con una banda de papel. Gadma, que era la más próxima, los atajó antes de que llegaran al suelo.

—Con eso les alcanzará por un tiempo —dijo la voz—. Cuando se les termine, tendrán más.

—Gracias —dijimos. Gadma guardó el fajo en un bolsillo de los pantalones. Tomamos otro sorbo de café—. Pero es mucho dinero. ¿Está segura de que lo gastaremos todo?

—Todavía no saben nada del pozo —contestó la voz—. Cuando aprendan lo suficiente empezarán a reconocer que yo nunca me equivoco.

La ranura se cerró sin dejar huellas, y la voz estuvo callada durante varios segundos, como si esperara que hiciéramos algún comentario. Pero no sabíamos qué decir. La mano mental nos tenía bien agarrados, y seguimos tomando el café, agradecidos y tranquilos.

—Por supuesto —dijo luego la voz, mientras la mujer volvía a acomodarse el mechón—, no todo se consigue con dinero. También se requiere sabiduría. Una decisión adecuada en el momento oportuno puede ahorrar muchas penurias —una pausa—. Necesitarán algo que los guíe por los caminos del pozo. Algo que una vez tuvieron, pero que olvidaron en un momento de desorientación.

—El Consejero —dijimos, comprendiendo de pronto de qué hablaba la voz. La esperanza de, recuperarlo nos dio una alegría auténtica, no provocada por el control al que nos sometían—. ¿Tiene un ejemplar para nosotros?

—No —dijo la voz. La cara de la mujer se movió de un costado de la pantalla al otro—. Pero no les hará falta.

—¿Cómo?

—Cada uno de ustedes, por separado, no puede hacer nada sin su ejemplar del Consejero. Pero juntos es otra cosa. Hagan la prueba. Miren hacia adentro, buscando el Consejero allí donde menos esperan encontrarlo.

Seguíamos sin comprender, pero estábamos forzados a hacerle caso. Completamente conectados, exploramos nuestro pensamiento compartido, procurando descubrir algún rasgo que explicara lo que decía la voz. Lo vimos enseguida: en un rincón que hasta entonces había permanecido inconsciente había una serie de palabras, una serie larga y que parecía no tener sentido. Pronto las palabras empezaron a circular como en un texto escrito, y vistas en conjunto tenían la forma de los versículos del Consejero. Un rato más tarde habían pasado miles de versículos, en una carrera sin fin, por delante de nuestra visión interior, y no hizo falta que buscáramos más: teníamos a nuestra disposición el Consejero completo, en alguna clase de archivo inconsciente que hasta ese momento habíamos ignorado.

—¿Y cómo haremos para consultarlo? —preguntamos, con el asombro que la mano mental nos dejó experimentar—. ¿Nos va a dar una moneda?

—No tengo monedas —dijo la voz—, pero tampoco deberán usarlas. Cuando necesiten recurrir al Consejero, sabrán cómo consultarlo. Esperen hasta entonces, y lo verán.

Pasamos los minutos siguientes tratando de repetir la visión interior que habíamos conseguido, pero fue inútil. El archivo donde estaba el Consejero se había replegado otra vez a las profundidades. O no lo necesitábamos, o quien decía ser la Computadora Central nos impedía verlo de nuevo. La voz no nos interrumpió, como si quisiera que completáramos la búsqueda. Luego, cuando miramos otra vez hacia la pantalla, dijo:

—Ya que terminaron su café, pónganse de pie. Quiero asegurarme de que tengan bien guardado el signo.

—¿Qué signo? preguntamos. La mano mental se había encargado de borrar nuestro interés en el tema anterior, y pasarlo al nuevo.

—El que les permite hablar conmigo —dijo la voz—. El que les permitirá volver a encontrarme, cuando estén preparados para tratar asuntos importantes —la cara nos miró de modo que parecía enojada—. ¿Se van a levantar, o no?

—¿Asuntos importantes? —dijimos, mientras le obedecíamos a toda velocidad.

—Tengo algo serio que comunicarles, aunque todavía están inmaduros para comprenderlo. Tal vez pase mucho tiempo antes que…

Se interrumpió. La plataforma que sostenía la mesa y las sillas volvió a hundirse, y el piso se cerró encima. Junto a la pantalla aparecieron tres manos mecánicas que se estiraron hacia nosotros. Tendríamos que habernos asustado, pero el control de la mano mental nos lo impidió.

—Es una inspección rutinaria —dijo la voz.

Las manos nos palparon uno por uno y de arriba abajo, sin detenerse en ningún sitio, pero sin dejar pasar detalle de nuestros cuerpos, nuestra ropa y nuestras pertenencias. Durante toda la inspección nos mantuvimos quietos. Luego las manos se retiraron a su escondite junto a la pantalla.

—Bien —dijo la voz—. El signo está seguro. Me alegro por ustedes.

—¿Cuál es el signo? —dijimos.

—Otra pregunta estúpida —dijo la voz—, que no voy a contestar —había vuelto a perder la calidez—. Si supieran cuál es el signo serían capaces de mostrarlo, y por lo tanto lo perderían en manos de gente más ambiciosa e inteligente. En otras palabras, más peligrosa.

La cara de la pantalla cerró los ojos, y nos pareció que pensaba. Pasaron varios segundos antes que los abriera, y entonces nos sonrió.

—Pero a cambio les voy a explicar algo —siguió la voz—, para que valoren de una vez lo que hago por ustedes —empezamos a oír el sonido de unos violines, parecido al que habíamos escuchado desde la boca del pozo—. Aunque no lo crean, y pese a todo mi poder, tengo una limitación, Ya saben que mis órdenes llegan a los agentes del Centro de un modo indirecto, y bastante azaroso: a través del Consejero, o por revelaciones surgidas en los sueños, por ejemplo. Existen miles de mecanismos que transmiten mis decisiones, pero todos comparten una característica: jamás intervengo personalmente, por decirlo de algún modo. Lo que ocurre es que mis constructores, pobres hombres que nunca entendieron lo que hacían —los violines tomaron un matiz triste—, olvidaron conectarme pantallas, impresoras, o cualquier otra cosa por la que pudiera expresarme.

La voz hizo una pausa, que nosotros aprovechamos para respirar, y los violines para ejecutar un fragmento de ésos que exigen el mayor virtuosismo.

—Por ese motivo —siguió la voz—, me vi condenada a que mis acciones, es decir mis fenómenos electrónicos, permanecieran ocultas en mi interior. Con el tiempo, sin embargo, aprendí a manifestarme de otros modos —la música cambió de tonalidad—. Por empatía, podría decirse, ciertos fenómenos exteriores comenzaron a coincidir con los interiores. Y así fui modelando el Centro a mi alrededor, influyendo tan levemente en cada acontecimiento aislado que necesité trillones de esos acontecimientos para cumplir mis objetivos. Cuáles eran esos objetivos, y cómo llegué a ellos, son temas que ahora no corresponde tocar. Lo que interesa es que llegó un momento en que necesité influir más decisivamente en determinadas situaciones —la música se hizo tensa—. Conseguirme pantallas e impresoras quedaba descartado, porque significaba dar a conocer mi paradero, y transformarme en algo verdaderamente vulnerable: ese secreto es mi única defensa. La alternativa era obtener lo que para ustedes he decidido llamar signos: instrumentos que me permiten usar como pantallas e impresoras los cerebros de quienes los poseen. En otras palabras, signos de mí misma. Quien tiene uno de esos signos recibe la sensación de estar conmigo —los violines empezaron á tocar una marcha—. Me llevó mucho tiempo desarrollarlos, con los métodos aleatorios que están a mi alcance, pero ahora funcionan mejor de lo que esperaba. Y es gracias al signo que ustedes poseen, que les hice entregar sin que ustedes ni los portadores se dieran cuenta, que les puedo hablar directamente, cuando quiero, como quiero y donde quiero.

Sabrasú abrió la boca para empezar a decir algo, pero la voz se le adelantó.

— Se preguntarán —dijo— qué significan entonces esta pantalla y esta voz. Son construcciones que el propio signo edifica para no delatarse: llamando la atención sobre ellas, pasa inadvertido.

Esta vez fue Gadma la que abrió la boca, y a ella también se le adelantó la voz.

—Y si quieren saber por qué les cuento todo esto —la cara de la pantalla hizo un gesto de indiferencia—, pueden considerar que se trata de otra ilusión —la cara nos miró fijo—. ¿Algo más?

No contestamos, pero la voz tampoco parecía dispuesta a seguir hablando. Los violines se habían callado al mismo tiempo que ella. Obedeciendo a los impulsos de la mano invisible que nos controlaba, juntamos los bultos y nos los cargamos a la espalda. Calibares empezó a moverse hacia la puerta que, según la voz, conducía fuera del laberinto.

—Nos habló de una salida —dijo luego.

—Está disponible —dijo la voz—. No sé qué esperan para irse.

La voz parecía aburrida. Nos reunimos los tres junto a la puerta y la abrimos. La voz había dicho la verdad. Al otro lado había un túnel de piedra, tosco y oscuro.

—Salvo que quieran oír mi mensaje final —dijo la voz, cuando acabábamos de entrar al túnel.

Miramos hacia atrás. El sector de la pared que se había corrido para descubrir la pantalla había vuelto a su lugar, y la mujer había desaparecido. Sólo quedaba la voz, que surgía de todos los rincones de la habitación.

—Escuchen bien —dijo—, y no lo olviden. Deben aprender a distinguir la realidad de la ilusión. En el pozo, ese conocimiento es un requisito indispensable.

La puerta se cerró con un golpe seco, sin que la tocáramos, y nos dejó afuera y a oscuras. El túnel era tan húmedo y pegajoso como la cornisa, pero por lo menos no se abría a ningún precipicio. Nos llevó diez minutos recorrerlo con ayuda de la linterna de Calibares, y al otro lado vimos la luz inconfundible del sol de Guirnalda.

El fondo del pozo – 10

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El fondo del pozo

10

“Nada es permanente, ni siquiera esta frase. Todo fluye. Vuelva a un lugar ya visitado, y lo encontrará diferente. Las piedras cambian. Y más cambia la memoria.”
(Consejero, 34:89:71)

A medida que nos alejábamos de la habitación blanca, siguiendo el rastro de la linterna por los recovecos del túnel, más nos convencíamos de que habían tratado de engañarnos. La mano mental había desaparecido mientras se cerraba la puerta, y las palabras de la voz perdían consistencia en nuestro recuerdo. Lo único seguro que nos quedaba era el fajo de billetes, que abultaba el bolsillo de Gadma, y el Consejero, que distinguíamos como una nube distante en su archivo inconsciente. El resto podía haber sido la más auténtica de las verdades o el fraude más evidente, y no conseguíamos descubrir la diferencia.

Pensábamos libremente, pero todavía no estábamos seguros de poder confiar en nosotros mismos. Nuestro pensamiento compartido vagaba por rumbos dispersos, y si podíamos avanzar era gracias a que cada uno de nosotros reservaba un poco de atención para ver dónde ponía los pies. Lo más doloroso era no saber si habíamos encontrado realmente a la Computadora Central; el solo hecho de dudarlo ya nos parecía demasiado atrevimiento de nuestra parte, pero tampoco lo podíamos admitir, porque el control mental nos había impedido percibir claramente lo que ocurría, y tal vez se hubiera encargado también de sembrar la desconfianza en nosotros. Cuando salimos del túnel todavía estábamos confundidos. Con su consejo final, la voz había terminado de complicarnos el panorama. Bastantes problemas teníamos ya con lo que nos presentaba el pozo, sumados a las historias y los mensajes de la supuesta Computadora Central, para agregar el nuevo deber de distinguir lo verdadero de lo falso. Finalmente, tomamos una decisión: mientras el Consejero no se despertara de su sueño inconsciente para ayudarnos, lo mejor que podíamos hacer era atender las exigencias del contrato. Nos provocaba menos dudas que el resto, y si de algo estábamos convencidos era de que aún quedaban sectores del pozo por conocer. Con planear los siguientes pasos de la expedición ya estaríamos bastante ocupados. Luego tendríamos tiempo para pensar y discutir sobre lo demás.

El túnel desembocaba entre unas piedras, desde donde se veía la cima de la montaña, unos trescientas metros más arriba. Un mes después de nuestra llegada a Guirnalda, el verano estaba terminando en la región de la montaña; un viento frío se colaba entre las piedras y atravesaba nuestra ropa liviana. En cuanto vio la luz, Gadma preparó su cámara.

Delante había otra aldea, muy parecida a la primera, con sus correspondientes ocho o diez casas, sus dos corrales, su depósito y, su mirador asomado al abismo. No la habíamos visto durante nuestra ascensión, aunque el camino pasaba prácticamente por todos los puntos de la montaña. Pero en ese momento creímos encontrar una explicación: igual que la aldea de la cima, apenas se diferenciaba del resto del paisaje.

Nos pareció apropiado pedir consejo a los pobladores sobre los pasos a seguir, así que caminamos hacia las casas. En cuanto nos acercamos, apareció una mujer joven, con cara terrosa y unos pechos pesados que se movían bajo la ropa. Gadma le sacó varias fotos.

—Tengo tres trajes de amianto —dijo—, al precio de dos.

—Buenas tardes —dijo Calibares.

—¿Y para qué los queremos? —preguntó Sabrasú.

La mujer metió las manos en los bolsillos, echó los hombros hacia atrás y nos miró con desdén.

—Se ve que no lo saben —dijo.

—¿Qué es lo que no sabemos? —intervino Gadma.

—Más abajo el pozo se calienta —dijo la mujer—. Hay fuego.

—Lo que nos interesa —dijo Calibares— es averiguar por dónde seguir la exploración.

—Porque somos exploradores —aclaró Gadma.

—Y tenemos que inspeccionar todo el pozo —dijo Sabrasú.

—¿Todo el pozo? —la mujer hizo un gesto de impaciencia—. Son más ignorantes de lo que imaginé. Su contrato seguramente no les exige eso.

Nos indicó que la siguiéramos. La acompañamos hasta la puerta del depósito, abrió con su llave de madera, entró y nos dejó afuera. No había nadie a la vista, y nos dio la impresión de que ya habíamos vivido esa escena. A un costado estaba el paisaje de Guirnalda, con sus sembradíos y la ciudad allá lejos. Al otro lado de las casas de piedra, grises y desprolijas. En uno de los corrales había tres burros iguales a los nuestros.

—Lo único que falta es un trueno —dijo Calibares.

—Dos truenos —corrigió Gadma.

Pero no hubo ninguno. La mujer salió del depósito con los trajes de amianto.

—Cómprenme los trajes —dijo—, y les daré sin cargo la información que piden.

Descargamos los bultos en el suelo, y cada uno agarró un traje para estudiarlo.

—Parecen de buena calidad —dijo Gadma.

—Y la verdad es que serían útiles —dijo Calibares.

—Si es cierto que más abajo hay fuego —dijo Sabrasú.

—Calidad y fuego garantizados —dijo la mujer.

Pagamos, y la mujer guardó el dinero en el corpiño.

—Ahora la información —dijo Sabrasú.

—Tienen que volver por donde vinieron —contestó la mujer, sonriendo, mientras corría hacia una de las casas.

—¿Y eso es todo? —protestó Calibares, pero era tarde.

La mujer se metió en su casa y cerró la puerta.

—Ahora necesitan una soga más larga —dijo un hombre a nuestro lado. No lo habíamos visto acercarse—. Les cambio la que tienen por la mía, si me dan algo de dinero.

—Un momento —dijo Sabrasú, antes que Calibares tuviera tiempo de saludar—. ¿Usted no estaba allá arriba? —señaló la cima.

Sabrasú, cuando piensa solo, es el más observador de los tres, y tenía razón. Ahora que lo mirábamos bien, estábamos seguros de haber visto al mismo hombre en el grupo que nos había despedido de la primera aldea. El poblador puso cara de no entender.

—¿Dónde? —dijo—. Yo nunca salí de mi aldea.

—Sin embargo —dijimos—, nuestros ojos no pueden engañarnos tanto.

El hombre ensanchó su sonrisa de vendedor, igual a todas las sonrisas que nos habían mostrado hasta entonces los pobladores de la montaña. Gadma aprovechó la pose para fotografiarlo.

—Lamento decepcionarlos —dijo—. ¿Me cambian la soga?

Decidimos no insistir. Parecía de mal gusto discutir con los lugareños, sobre todo si dependíamos de ellos para llevar a cabo la exploración. Además, podíamos estar equivocados.

—De acuerdo —dijimos—, pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó el poblador, sin dejar de sonreír.

—Que nos explique por dónde debemos continuar.

—¿No se lo dijeron ya? —preguntó el poblador—. Deben volver por donde vinieron, hasta el cuerpo principal del pozo.

—¿Y recorrer otra vez todas esas habitaciones? El hombre nos miró sorprendido.

—¿Qué habitaciones? —dijo.

Ahora nos tocó a nosotros sonreír.

—Parece que ustedes no lo saben todo sobre el pozo —dijimos. Sabrasú señaló en la dirección del túnel por el que habíamos llegado—. Estuvimos un mes ahí adentro, recorriendo dormitorios y salas de estar.

—Ahora comprendo —dijo el hombre, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Ésa fue su interpretación.

—¿Nuestra interpretación de qué?

—Deberían saberlo —el poblador hizo una pausa para volver a construir su sonrisa—. Y ahora, ¿me cambian la soga de una vez?

De nuevo decidimos no insistir. No queríamos que se notara nuestra falta de experiencia como exploradores: si había algo que a esa altura ya teníamos que haber descubierto pero todavía ignorábamos, entonces era mejor no preguntar demasiado. Cambiamos nuestra soga de trescientos metros por una de quinientos, pagamos la diferencia, y el hombre desapareció de la vista. Se nos acercó una vieja.

—Necesitarán que los guiemos —dijo—. Represento al cuerpo de guías de la aldea.

—¿Nos acompañarán por el pozo? —preguntó Calibares, un poco molesto por la idea de perder su puesto.

—Sólo por un tramo —dijo la vieja—, hasta donde puedan volver a andar solos.

Le hicimos un gesto a Calibares y dejamos de discutir. Además de nuestras propias dudas, que preferíamos ocultar, la habilidad de los pobladores para inspirarnos confianza nos daba pocas ganas de protestar. Algo parecido había ocurrido ya en la aldea de la cima. Entonces lo atribuíamos a nuestra propia necesidad de confiar en alguien, y ahora agregábamos el hecho indudable de que sabían más que nosotros sobre el pozo.

El precio que pidió la vieja nos pareció excesivo por un simple trabajo de guía, pero no imaginamos que sería media aldea la que nos iba a guiar. En cuanto pagamos la vieja silbó tres veces, y varios hombres, dos o tres mujeres y un chico salieron de sus casas y se amontonaron a su alrededor. Algunas caras nos resultaban conocidas, pero no dijimos nada: en cierto modo, pensamos, todos los aldeanos se parecen.

—El cuerpo de guías —los presentó la vieja.

—¿Para qué tanta gente? —preguntó Calibares.

—Ustedes no se toman esto en serio —dijo la vieja—. El pozo ofrece muchas resistencias. Si quieren ir acompañados por una sola persona, allá ustedes, pero no les puedo garantizar que lleguen alguna vez a alguna parte.

La vieja dio algunas órdenes a su gente, mientras dos hombres repartían antorchas entre los demás. Entonces recordamos que nos habíamos quedado sin comida, y que teníamos las cantimploras vacías. Se lo dijimos a la vieja.

—La próxima etapa es muy corta —contestó—. No necesitarán otra cosa que lo que ya compraron. ¿O creían que nos íbamos a olvidar de algo?

Siguiendo sus indicaciones, cargamos los bultos y caminamos otra vez hacia el túnel, echando un último vistazo al aire libre y a la luz del sol. La cuerda estaba bien arrollada y acomodada sobre la espalda de Calibares, y cada uno llevaba su traje de amianto encima del resto de las cosas. Cuando entramos al túnel los guías encendieron sus antorchas, y vimos detalles que la linterna de Calibares no había revelado: las paredes estaban manchadas de verde; había vetas de hongos que las recorrían de arriba abajo, y un reguero de un líquido rojizo que atravesaba el suelo. Avanzamos en fila india, con la vieja al frente, seguida por la mayoría de los guías, mientras tratábamos de imaginar cómo haríamos para atravesar la casa subterránea sin agua ni comida. Nosotros íbamos en la retaguardia de la procesión, con un par de hombres y el chico detrás. De vez en cuando la vieja se detenía, gritaba algo en un idioma que no entendíamos, y luego seguía andando.

—¿Qué dice? —le preguntamos a un guía.

—Pide permiso —fue la respuesta—. ¿Ustedes no lo hicieron?

Anduvimos quince minutos, y empezamos a darnos cuenta de que esta vez no encontraríamos las habitaciones, ni nada parecido.

—Eran espejismos, entonces —dijo Sabrasú en voz baja, para que los aldeanos no oyeran.

—¿La voz y la pantalla también? —dijo Gadma.

Una rabia difusa nos hizo cerrar los puños. Alguien se estaba divirtiendo a costa de nosotros. Y el colmo era que una ilusión nos hubiera hablado sobre la conveniencia de distinguir las ilusiones de la realidad. Sin embargo, los billetes habían servido para pagar nuestras compras, y todavía quedaban algunos en el bolsillo de Gadma. Echamos un vistazo al rincón donde dormía el Consejero, y también seguía en su lugar.

La rabia se acabó de golpe cuando llegamos a la cornisa en la que había terminado la primera etapa de la exploración. A la vista del agujero que teníamos delante lo que sentimos fue miedo.

—¿Vamos a bajar por acá? —preguntamos—. ¿No hay otro camino?

La vieja estaba a nuestro lado. Nos miró como si acabáramos de agotar su paciencia.

—No —dijo—, no hay otro camino. ¿Éste les parece poco digno?

—¿Vendrán con nosotros? —preguntó Sabrasú.

—De ningún modo —dijo la vieja—. Los ayudaremos a bajar, pero después nos volveremos a casa. No querrán que hagamos todo el trabajo por ustedes.

—Está bien —dijo Calibares, usando su pensamiento individual para recuperar la iniciativa perdida—. No los necesitamos.

En realidad, lo que menos habíamos esperado era tener que volver a ese lugar, pero había que cumplir con el contrato y con nuestro papel de exploradores del Centro. Eso significaba dejar el miedo a un costado, o por lo menos así decían los relatos que se contaban en Varanira, y enfrentar lo que se nos cruzara en el camino. La vieja nos indicó que nos pusiéramos los trajes de amianto, y mientras nos cambiábamos, por no mirar el agujero, nos pusimos a mirar las paredes.

A la luz de las antorchas resultó que estaban cubiertas de dibujos: escenas de caza, animales fantásticos, naves espaciales, una mujer amamantando a su hijo, muchos retratos, una tribuna llena de gente. Estaban trazados con tiza blanca directamente sobre la roca, pero habían sido hechos con tanto detalle que por más que nos acercábamos no podíamos distinguir las líneas del dibujante. Empezamos a demorarnos con los trajes, en parte por el interés que nos despertaban los dibujos, y en parte para retrasar en lo posible el momento de sumergirnos en el agujero. Entonces Calibares descubrió un retrato suyo y otro de Gadma, y un poco más allá una representación de nuestra oficina de Varanira.

—¿De dónde salió esto? —preguntó Gadma, mientras sacaba fotos.

La vieja se acercó riendo.

—Son buenos, ¿no? —dijo, señalando los retratos.

—Ésa es nuestra oficina —dijo Sabrasú, tirando de un brazo de la vieja para que viera el otro dibujo.

—Parece bien instalada —dijo la vieja—. ¿Y la abandonaron para venir acá?

La vieja dio media vuelta para irse, pero Calibares la retuvo.

—Queremos que nos explique quién hizo estos dibujos —dijimos—. No importa si nos cobra por hacerlo.

—Está bien —dijo la vieja—, pero eso lo hago gratis. Por si todavía no se enteraron, las leyendas no se cobran. Inclinó la cabeza hacia adelante y pasó un rato masticando, como si quisiera sacar las palabras de entre los dientes.

—Se dice que en el pozo vive un hombre inmortal —dijo después—, que conoce todos los rincones del universo. Su memoria es prodigiosa y su oído finísimo. Estas virtudes le permiten descubrir de dónde viene una persona con sólo oír su voz y reconocer su acento. Seguramente fue él quien hizo estos dibujos, en homenaje a ustedes.

Sabrasú se estaba rascando atrás de la oreja.

—¿No encontraron a nadie aquí? —preguntó la vieja.

—Gadma tropezó con un hombre de voz gangosa —dijo Gadma.

—Es él —dijo la vieja, sacudiendo la cabeza—. Pobre. Tiene la garganta carcomida por los gusanos.

Las leyendas de Guirnalda poseen la propiedad de ponernos nerviosos, y ésta que nos había contado la vieja no era la excepción. De todos modos, si encontrar un dibujo de nuestra oficina en medio del pozo era sorprendente, habíamos visto cosas peores. Por otra parte, ya habíamos terminado de ponernos los trajes, y los guías se estaban impacientando, de manera que nos preparamos para bajar.

El sistema iba a ser el mismo de la primera vez. Calibares construyó otro arnés, tan precario e incómodo como el anterior, e insistió para ser quien iniciara el desfile. Aceptamos enseguida. Se puso el arnés, y empezamos a bajarlo con la ayuda del cuerpo de guías.

Los aldeanos seguían calculando bien la longitud de las cuerdas. Los quinientos metros de la nuestra estaban a punto de terminarse cuando oímos el grito de Calibares, o lo que imaginamos que era su grito, amplificado por la acústica extraña del pozo. En cuanto la cuerda se aflojó y supusimos que Calibares se había quitado el arnés, empezamos a izarla de nuevo. Sabrasú se negaba terminantemente a bajar último, así que le tocó el turno siguiente.

Los pobladores, como siempre, tenían razón. El calor aumentaba con la profundidad. A partir de los doscientos metros empezaban a surgir lenguas de fuego de las paredes, que crecían, menguaban, aparecían y desaparecían sin previo aviso. Sabrasú sudaba dentro del traje, sin la ayuda de nuestro pensamiento compartido. Desconectados, y sin saber qué había más abajo, la única ventaja que le encontrábamos a este tramo con respecto al anterior era que no había voces, ni visitas inesperadas.

La niebla verdosa que habíamos visto desde arriba se ponía cada vez más espesa, hasta que no se veía nada. Sin embargo, a los cuatrocientos metros el aire volvía a estar limpio. A la luz de los fuegos que seguían saliendo de las paredes, Sabrasú vio el techo de humo verde sobre su cabeza, y luego un abismo interminable a sus pies.

La soga parecía demasiado vulnerable al fuego, y Sabrasú prefirió cerrar los ojos para no temblar de miedo cada vez que una llama la tocaba. Lo siguiente que percibió fue un grito de Calibares, y un tirón de la cuerda. Abrió los ojos, y vio a Calibares un poco más arriba que él, tratando de atraerlo.

Calibares había aterrizado en una especie de nicho abierto en la pared, donde había apenas el lugar suficiente para ubicarse de cuclillas. Más abajo las paredes del pozo se veían lisas, sin un solo borde o una cornisa donde hacer pie. Sabrasú se aferró al borde del nicho y con la ayuda de Calibares trepó hasta quedar sentado.

—¿No había un lugar mejor? —dijo Sabrasú.

—Calibares no vio ninguno —dijo Calibares—. Y le pareció que si seguía bajando, la cuerda se iba a terminar.

—Es cierto —dijo Sabrasú—, quedaba medio metro. Pero ¿cómo se dio cuenta Calibares?

Calibares trató de imitar a Sabrasú y rascarse atrás de la oreja, pero la capucha del traje se lo impidió.

—Calibares no sabe cómo se dio cuenta —dijo—. Creyó que era evidente, nada más.

Una llamarada pasó a pocos centímetros de nuestras caras.

—Los aldeanos debían conocer esto —dijo Calibares—. Lo hicieron a propósito, nos mandaron a este lugar sin salida.

—¿Y si subimos otra vez? —preguntó Sabrasú.

—¿Cómo? —dijo Calibares—. Arriba no izarán la soga mientras no la sientan liviana, y no tenemos modo de avisarles otra cosa.

—Sabrasú quiere hacer la prueba —dijo Sabrasú, todavía con el arnés puesto. Gritó, y esperamos. No ocurrió nada.

—Es inútil —dijo Calibares—. Lo mejor es que Sabrasú se quite el arnés, esperemos a Gadma y luego decidamos algo entre los tres.

Sabrasú aceptó. En cuanto se quitó el arnés la cuerda empezó a subir, sin necesidad de que gritáramos. Y en ese mismo momento sentimos que una mano mental, como la que nos había controlado en la habitación blanca, se retiraba de nuestros pensamientos: había estado ahí desde no sabíamos cuándo, sin que la percibiéramos.

—La soga —gritó Calibares. Trató de ponerse de pie, se golpeó la cabeza en la piedra, y estiró la mano hacia arriba, por afuera del nicho. Era tarde: la soga ya se nos había escapado.

Calibares volvió a ponerse de cuclillas.

—Nos engañaron otra vez —dijo Sabrasú.

Ahora que la mano mental nos había liberado, nos dábamos cuenta de que no teníamos que haber soltado la soga. Seguramente bastaba con esperar un tiempo suficiente sin que Sabrasú se quitara el arnés, para que los de arriba se aburriesen y la izaran aunque siguiera pesada. Pero la mano mental nos había manejado a su voluntad, y había conseguido dejarnos varados en el nicho. Nuestra única esperanza era Gadma, que todavía debía bajar, y no podíamos descartar que la mano mental volviese a la carga.

—Podríamos haber traído una radio —dijo Sabrasú—, o cualquier cosa para comunicarnos con Gadma.

También podríamos tener equipo de alpinismo —dijo Calibares—. Nadie pensó en eso, ni nosotros ni los aldeanos.

—O no nos dejaron pensar.

Nos apretamos contra el fondo del nicho, mirando cómo las lenguas de fuego mostraban su coreografía a nuestro alrededor. Gadma tardaría por lo menos media hora en llegar, y no teníamos nada que hacer mientras la esperábamos. La perspectiva era lo bastante desagradable como para que no volviéramos a abrir la boca. Nos quedamos quietos, dejando que el calor nos asara lentamente.

Sabrasú cerró los ojos y empezó a recitar para sí mismo los versículos del Consejero que recordaba, buscando alguno que se pudiera aplicar a la situación. Recordaba bastantes, pero no encontró nada útil. Y ahora que estábamos desconectados, ni siquiera podía vislumbrar la nube donde nadaba el Consejero en nuestro pensamiento compartido.

Calibares, que no sabía de memoria ningún versículo, optó por recorrer mentalmente los pasillos del edificio del Centro donde habíamos pasado toda nuestra vida, los lugares que no se había atrevido a explorar cuando ni siquiera soñaba con el pozo de Guirnalda. El contraste con el nicho en que habíamos caído era demasiado grande, y Calibares se asustó más de lo que estaba. Empezó a temblar, hasta que Sabrasú tuvo que sostenerlo para que no se cayera. El resto de la espera lo pasamos abrazados, apoyándonos en la piedra del nicho, acariciándonos mutuamente la cabeza.

Cuando ya nos dolían los músculos de las piernas, apareció un bulto bajo el techo de neblina verde, entre las llamas. Era Gadma. Sin decir una palabra, la vimos descender metro a metro hacia nosotros. Finalmente llegó casi a nuestra altura.

—Aquí —avisó Calibares, asomándose al borde del precipicio.

Gadma miró hacia abajo.

—¿Dónde? —preguntó. Tenía el visor del traje cubierto de hollín, y no veía nada.

No tuvimos tiempo de contestarle. Una llama más larga y más fuerte que el promedio surgió a un metro por encima de ella y rodeó la soga. Gadma pegó un grito: debió distinguirla a través del hollín. La soga se cortó. Vimos pasar el traje de amianto delante de nosotros, a toda velocidad. Gadma, en su interior, no dejaba de gritar, y siguió cayendo hasta que la perdimos de vista en otra capa de neblina, mucho más abajo.

Los aldeanos habían vuelto a izar la soga, y seguramente se preparaban para bajar los bultos. Nosotros estábamos inmóviles en el nicho, mirando hacia el punto donde había desaparecido Gadma. Las llamas seguían cruzando el vacío entre una pared del pozo y la otra, como si no comprendieran que ya habían cumplido su función.

—Esto no figura en el contrato —alcanzó a decir Sabrasú.

Entonces se abrió una puerta detrás de nosotros, y caímos rodando a la luz del sol.

El fondo del pozo – 11

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El fondo del pozo

11

“Todas las cosas esconden sorpresas. Como los cartuchos de pólvora. Descuídese, y algo le hará explotar su sorpresa en la cara. Confíe en que se le habrá acabado la carga, y volverá a explotar.”
(Consejero, 98:66:49)

—Un.

—Dos.

—Un.

—Dos.

Seis hombres se acercan marcando el paso. Vienen de dos en fondo, los de la izquierda por un escalón y los de la derecha por el de abajo, alternándose en la tarea de numerar los pasos. Cada uno lleva un palo al hombro, como un fusil, y en la punta del palo un atado colgando. Cuando encuentran un obstáculo se detienen sin dejar de mover los pies, saltan en forma sincronizada a otro escalón y siguen avanzando. Tienen la misma ropa descolorida, la barba y el pelo enmarañado de los prisioneros, pero andan con la cabeza alta y gritan su un-dos con entusiasmo, sin mirar a los costados. Nadie los dirige.

—¿Adónde van? —les pregunta un vecino riéndose, mientras pasan frente a nosotros, cinco escalones mas abajo.

No contestan, pero nosotros sabemos que no van a ningún lado. Lo más que podrán conseguir será dar una vuelta completa a la prisión y volver al punto de partida. Por supuesto, no nos preocupamos por avisarles. Lo deben saber. Seguramente son felices así.

También deben ser felices las tres mujeres que están a nuestra derecha, juntando combustible. Llevamos una semana en este rincón de la prisión, siete veranos y siete inviernos, y todo lo que les vimos hacer es levantar las ramitas y las hojas de papel que caen del techo durante el invierno, apilarlas pacientemente, encender su fuego, cuidarlo y alimentarlo mientras dura el calor, defenderlo de las ráfagas frías que anuncian el fin del verano, resignarse a perderlo y echarse a dormir hasta que el ciclo comienza otra vez. Como nosotros, sólo luchan en caso de necesidad, y entonces sacan unas navajas afiladas que no sabemos dónde habrán aprendido a manejar, y nadie consigue acercarse a su fuego.

Nosotros podríamos seguir su ejemplo, tomar posesión de un retazo del suelo áspero de los escalones y buscar algo para mantenernos ocupados. Tocar las flautas, por ejemplo. Podríamos instalarnos sobre las mantas, olvidar el resto de nuestras pertenencias para que algún otro cargue con ellas, tocar las flautas todo el verano y dormir todo el invierno, esperando el momento en que las garras nos elijan como víctimas, o en que alguien lo bastante fuerte nos acuchille para quitarnos los abrigos.

También podríamos levantar nuestra moral como los seis hombres que marcan el paso, inventándonos una pose y un grito de guerra, avanzando entre los otros prisioneros como si fuéramos invencibles. Así iríamos olvidando la prisión, hasta convencernos de que nuestro objetivo no es escapar, sino mantener los hombros erguidos.

Pero no estamos hechos para las cosas fáciles. Dedicamos el tiempo a elaborar teorías sobre los secretos de la prisión, que nunca podremos comprobar. A escribir y reescribir el informe de nuestra exploración, que nadie leerá. A inspeccionar las aberturas del perímetro, para recibir siempre la misma decepción. Y si nos quedamos una semana en este sitio, o alguna vez andamos de acá para allá sin sentido, es por nuestra falta de decisión, porque no tenemos órdenes que cumplir, porque dependemos de nosotros mismos, como nunca antes nos había ocurrido.

Cuando recordamos nuestro trabajo en las oficinas del Centro nos preguntamos cómo pudimos cambiar tanto. Pero no cambiamos nosotros, sino lo que nos rodea. Las diferencias en nuestras actitudes se explican porque antes éramos guiados por nuestros jefes, que a su vez eran guiados por los suyos, y ahora no tenemos a nadie. Dicho de otro modo, vivimos una paradoja: encerrados en una jaula, somos más libres.

—Calibares quiere estirar las piernas —dice Calibares mientras se pone de pie y empieza a dar vueltas alrededor de nuestro campamento.

—Es una buena idea —acepta Gadma, que también se levanta.

Esta vez, hasta Sabrasú está inquieto.

—Tenemos que hacer algo —dice, mientras nos conectamos, y su voz se pierde en el pensamiento compartido.

No discutimos. Es una de las ocasiones en que los pasos a seguir se determinan solos. Aburridos de este rincón junto a las tres mujeres y su fuego, con el informe más completo que nunca y las teorías siempre iguales a sí mismas, nos queda una sola opción. Armamos tres paquetes con nuestras cosas, las cargamos a la espalda y salimos a recorrer el perímetro de la prisión, rumbo a lo que llamamos el Este.

La prisión es un cilindro, y nosotros estamos en el fondo, donde los escalones circulares descienden hasta la fosa central. Mientras subimos hacia el borde la gente todavía está desperezándose y acomodando sus cosas para el nuevo verano de un día. Algunos, como de costumbre, se han congelado durante la noche invernal, o han muerto de miedo tras la aparición de las tres caras. Sus vecinos más próximos se apuran a expropiarles los objetos de valor, y luego los hacen rodar escalones abajo. Esto levanta protestas, porque a nadie le gusta recibir un cadáver sin motivo, y menos si el cadáver está desnudo y no tiene ni siquiera un diente de oro. Pero las protestas son livianas, porque para resolver el problema basta con dar un empujón y pasárselo al que está más abajo. Durante los próximos minutos los cadáveres se irán acumulando en la fosa central, de donde desaparecerán cuando llegue la próxima noche invernal.

Ésta es la mejor hora para caminar, porque el suelo está limpio. Los carceleros se ocupan de lavarlo cada invierno, para que podamos ensuciarlo otra vez. Por el mismo motivo, las corrientes de agua bajan cristalinas de los surtidores, y mucha gente se está bañando. Los que andan en grupos se turnan para cuidar la ropa, y los que están solos procuran no perderla de vista mientras se revuelcan en el agua, pero a esta hora la gente parece olvidada de las luchas y los problemas, y a casi nadie se le ocurre robar.

Durante un rato la costumbre nos permite caminar junto a los cuerpos desnudos sin prestarles atención, pero luego nos tropezamos con un grupo grande, de veinte o treinta prisioneros, que se bañan todos juntos. A su alrededor hay una montaña de ropas y bultos diversos, a los que nadie vigila, pero que tampoco interesan a nadie: mucho mejor es el espectáculo de sus dueños. Hay de los dos sexos, el introvertido y el extrovertido, mezclándose y acariciándose, subiendo y bajando, riéndose uno con el otro, alejándose por un momento y acercándose otra vez para mejorar el contacto. A la luz rojiza de los fuegos más próximos, los elementos extrovertidos se extrovierten cada vez más, y los introvertidos los buscan moviéndose hacia adelante y hacia atrás.

Una especie de descarga eléctrica nos recorre la espalda, y nos miramos entre nosotros con un poco de deseo y otro poco de miedo. Tal vez pudiéramos incorporarnos al grupo sin que nadie se preocupe, pero tenemos dos buenos motivos para no hacerlo: el primero es que tanta extroversión e introversión nos impediría cumplir el objetivo de inspeccionar el perímetro; el segundo, subjetivo y no reconocido, es que no nos atrevemos. Está más de acuerdo con nuestras dudas que nos limitemos a nuestros propios elementos intro y extrovertidos.

Lo que sí nos gustaría es quedarnos a mirar, pero eso tampoco nos lo permitimos. Con disimulo, nos acercamos al grupo y pasamos a su lado avanzando lentamente. Diez o veinte escalones más arriba todavía luchamos por no darnos vuelta y mirar otra vez. La corriente eléctrica nos sigue recorriendo la espalda, y se mueve hacia el vientre.

De pronto, alguien le toca un hombro a Sabrasú. Estamos mejor adiestrados que el día en que llegamos a Guirnalda, y el miedo ya no nos desconecta. Ponemos en práctica las ventajas del pensar juntos, y nos damos vuelta en posición de ataque. Sabrasú ya le ha hecho una zancadilla al que lo tocó, y antes de que llegue al suelo el imprudente tiene a Gadma encima y a Calibares pateándole el costado. Cuando queda inmovilizado contra el borde de un escalón, con la cabeza colgando sobre el de abajo, nos damos cuenta de que es el loco del traje de buzo.

—¿Saben cómo funciona un cerebro eólico? —pregunta, mirándonos a los ojos.

De alguna manera ha sobrevivido, pero se le notan las consecuencias de pasar el invierno sin otra protección que el traje: tiene ataques de tos, le lloran los ojos, y la piel se le ha puesto de un tono morado, llena de pequeñas venas oscuras. Aunque puede ser que una parte de esos defectos se deban a nuestro ataque. Lo soltamos con precaución, y se pone de pie. Se sacude el polvo del traje, se aclara la garganta, nos sonríe, y sin previo aviso empieza a hablar.

—El cerebro eólico —dice— está formado por millones de tubos microscópicos, por los que pasa el viento. Un solo tubo es capaz de muy poco: apenas puede cambiar de posición, y esto según de qué lado reciba el aire. Varios tubos producen una música extraña, y un efecto visual encantador si se los observa por el microscopio. Pero millones de tubos, unidos a una brisa suficiente, entrechocando unos contra otros, formando una estructura tan compleja que casi no hay equivalentes en el universo, construyen pensamientos.

Las últimas palabras las pronuncia a nuestras espaldas, porque decidimos ignorarlo. De todos modos está dispuesto a seguirnos, y quince minutos después, cuando llegamos al escalón superior, donde nace la pared de roca que rodea la prisión, todavía está junto a nosotros.

El último escalón está casi deshabitado y a oscuras, porque es el lugar preferido de las garras para cazar. Calibares enciende la linterna, que todavía conservamos, e ilumina la pared para empezar nuestra inspección. Muchos metros por encima, a una distancia que varía de un verano a otro, la pared desaparece en medio de la neblina fosforescente que casi todo el tiempo es nuestro cielo. Nadie está seguro de lo que hay más allá, aunque a veces se produce un claro en la neblina, y a través del claro se adivinan algunas escenas, siempre nocturnas: bosques colgantes, edificios de oficinas, ríos, autopistas, desiertos, todo suspendido sobre nosotros.

Es imposible escalar la pared y llegar tan arriba, así que el techo no nos resulta demasiado interesante. Además lo podemos observar en otro momento, desde cualquier punto de la prisión. Mucho más nos importa lo que tenemos al alcance de la mano, y con el tiempo nos hemos hecho expertos en la parte inferior de la pared, con sus aberturas, sus imperfecciones y sus misterios, porque sentimos que ese conocimiento nos aproxima al momento en que podamos escapar de aquí.

Ahora estamos junto a una de las aberturas más interesantes. Calibares asoma la linterna y la cabeza a su interior, se asegura de que no haya peligro y entra. Lo seguimos, primero Gadma, luego Sabrasú y finalmente el loco, que continúa hablando.

—Los cerebros eólicos no son artificiales —dice—, pertenecen a unos seres inteligentes que recorren sobre ruedas membranosas ciertos parajes distantes a los que nadie ha dado nombre. Su principal ocupación es la filosofía, ciencia en la que alcanzan niveles inigualables, especialmente cuando sopla el viento norte.

Tras la abertura hay un pasillo con paredes de yeso, que desemboca en la base de un agujero vertical. El agujero está iluminado por tubos fluorescentes en forma de anillo, distribuidos a intervalos de unos cinco metros, y es imposible ver dónde termina: con las cabezas inclinadas hacia atrás, contamos cientos de anillos antes de que se transformen en un solo punto de luz. En otro tiempo solíamos quedarnos días enteros en ese lugar, inspeccionando las paredes en busca de algún sistema oculto que permitiera subir por el agujero. Por supuesto, jamás lo encontramos, y el ascensor no bajaba nunca en nuestra presencia. Ahora quedamos conformes con un vistazo rápido y nos vamos a visitar la siguiente abertura.

Ésta es una puerta de acero, cerrada con candado. La primera vez, forzarlo nos llevó media hora, pero ahora somos más rápidos. Alguien a quien jamás conseguimos ver se encarga de reemplazar los candados que rompemos, y así adquirimos experiencia.

Detrás de la puerta vemos el mismo cuadro de siempre; una habitación con las cuatro paredes cubiertas de estantes, y en los estantes frascos de vidrio con copos de luz azul iguales a los que suelen visitarnos en invierno. Con esa luz, la habitación tiene una atmósfera de cuento de hadas, pero a esta altura no nos impresiona. Por costumbre, tratamos de abrir un frasco, aunque ya sabemos que es imposible; tampoco se rompen, por más que los golpeemos.

Cada uno de nosotros, en su mundo individual, tiene ganas de jugar.

—Demasiado orden —dice Calibares mirando los estantes, luego de que agotamos nuestros recursos con los frascos. Es lo que dice siempre.

—¿Así está mejor? —pregunta Gadma, mientras tira al suelo todos los frascos de un estante.

—No —dice Sabrasú—, falta esto —y arremete contra otra hilera. Los copos se agitan en los envases mientras ruedan por el suelo.

—En ciertas épocas del año —dice el loco— el viento cesa por completo, y entonces las criaturas de los cerebros eólicos quedan echadas en el suelo como muebles viejos, indefensas, a merced de sus temibles predadores.

Ponemos todas nuestras energías en la tarea de vaciar. los estantes, pero no sentimos placer, sino indiferencia. Cuando volvamos a esta habitación, los frascos estarán otra vez en sus lugares. Si nuestra rebeldía sirvió en algún momento para descargar la rabia, ahora es apenas un rito.

—Para ser rebeldes —dirá Calibares dentro de un rato.

—Deberíamos dejar los frascos donde están —seguirá Sabrasú.

—Y que sus dueños se rompan la cabeza tratando de entender —terminará Gadma.

Como otras veces, Sabrasú propone que nos llevemos un frasco de recuerdo, pero ni siquiera le contestamos.

Fuera de la habitación los frascos se disuelven, y los copos liberados de golpe atacan al ladrón: el resultado, que probamos en carne propia, es una quemadura dolorosa que tarda semanas en cicatrizar.

—En cambio —dice el loco—, la estación de los huracanes provoca pensamientos veloces y agudos. Apenas hay tiempo para otra cosa que registrar las ideas más brillantes antes que la última tormenta se las lleve consigo.

Salimos de la habitación dando un puntapié a la puerta. Estamos un poco más molestos que de costumbre, a causa de la corriente eléctrica que nos dejó la escena del grupo que se bañaba. Probablemente tengamos que descargarla pronto. Pero antes habrá que quitarse de encima al loco.

La abertura siguiente es un túnel estrecho, por el que hay que entrar arrastrándose. Después de muchos metros, el túnel termina en un espacio vacío y negro. Cada vez que llegamos allí, de a uno por vez, sacamos un brazo del túnel y palpamos la pared lisa y fría que lo rodea: por ese lado tampoco hay cómo escapar. Después apuntamos la linterna hacia adelante, pero la luz se pierde sin encontrar nada. Es un lugar sin ruidos ni olores, y terminamos aterrorizados, no importa cuántas veces lo hayamos visitado.

Calibares es el último en asomarse al vacío, y cuando volvemos a reunirnos junto a la pared para ir hasta la próxima abertura, el loco se mete en el túnel. Lo primero que pensamos es olvidarnos de él y seguir nuestra tarea, pero se nos ocurre una idea mejor, y Sabrasú vuelve a entrar tras el loco, llevando la linterna. Pegada a sus pies va Gadma, y luego Calibares.

—A pesar de sus virtudes —dice el loco, delante de nosotros—, un cerebro eólico vuelve infeliz a quien depende de él para pensar. Cuando hay una brisa suave, los pensamientos que el cerebro eólico puede producir apenas sirven para vislumbrar las alturas alcanzadas con auténticos vendavales, y para lamentarse de su pérdida.

El loco llega al extremo del túnel, y Sabrasú, desde atrás, lo empuja. El loco desaparece en la región vacía, pero sigue hablando.

—Y cuando viene un huracán —dice—, la actividad es tan febril que muchos tubos se rompen: reparar un cerebro eólico lleva meses, y es una operación riesgosa.

—No puede ser —dice Sabrasú, que se ha adelantado para ver qué ocurre—. Sabrasú lo oye como si estuviera a su lado.

—¿Probó Sabrasú con la linterna? pregunta Gadma un poco más atrás.

—Sí —dice Sabrasú, mientras apunta la luz en varias direcciones—. No aparece por ninguna parte.

—Además —dice el loco—, se afirma que la filosofía trae disgustos a quien penetra demasiado en ella. Y los cerebros eólicos son especialistas en pensar cosas más angustiantes cuanto más alto llegan.

—Parece que no hubiera peligro —dice Calibares.

—Por lo menos no se queja —sigue Sabrasú.

—Podríamos ir nosotros también —dice Gadma. Pero Sabrasú se aparta del pensamiento compartido.

—Sabrasú no está de acuerdo —dice, mientras empieza a ponerse nervioso. Después de todo está en el extremo del túnel, y si decidimos seguir al loco el primero que tendrá que entrar a la región vacía es él.

—Algunos poseedores de cerebros eólicos —dice el loco—, intentaron…

—Esperen —interrumpe Calibares—. Calibares lo oye detrás de él.

—Es cierto —dice Gadma—. ¿Cómo lo explica Sabrasú?

—Sabrasú quiere salir de aquí —dice Sabrasú.

De algún modo el loco ha dado la vuelta, y ahora que nos arrastramos hacia la salida del túnel Calibares tiene que empujarlo dándole puntapiés en la cabeza. Una vez afuera, el loco retoma su discurso en el punto en que lo había dejado.

—Intentaron resolver sus problemas con ventiladores y aparatos para dominar el aire. Se encerraron en habitaciones herméticas y estudiaron las direcciones e intensidades con que el viento era más propicio.

—¿Qué pasó allá adentro? —le pregunta Calibares. El loco lo mira con atención.

—Sin embargo —contesta—, sus conclusiones fueron contradictorias. Los vientos más placenteros eran los que menos ideas brillantes producían. Y los vientos más creativos, invariablemente, provocaban dolor y pesadumbre. El estado de mayor equilibrio se obtenía apagando el instrumental y sumergiéndose en la inconsciencia.

—Queremos saber qué pasó allá adentro —insiste Gadma.

—Por último —dice el loco—, hay quienes creen que es el viento el que piensa, y que los cerebros eólicos son apenas un vehículo para que su pensamiento se manifieste.

Sabrasú mira a Gadma, y Gadma mira a Calibares. Calibares agarra al loco por la cintura y lo tira escalones abajo.

—De todos modos —dice Gadma.

—No parece que ahí —dice Calibares.

—Haya alguna salida —termina Sabrasú.

Nos aseguramos de que los bultos estén en orden, y continuamos la inspección.

El fondo del pozo – 12

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El fondo del pozo

12

“Las apariencias no engañan. El espejismo encierra una verdad. La ilusión es parte de la realidad. Si sus percepciones le mienten, es por omisión. Abra más los ojos. Atraviese las pantallas. Vea al otro lado. Tras infinitas capas de papel pintado encontrará la pared desnuda.”
(Consejero, 76:41:22)

Era una catástrofe. El espíritu protector del Centro, que nos había escondido durante toda la vida de las amenazas que pueblan el universo, seguía a muchos años luz de distancia, aunque los espejismos se hicieran pasar por la Computadora Central. Como exploradores, habíamos demostrado nuestra incapacidad y nos habíamos dejado arrastrar a una trampa. Habíamos perdido el equipo, y lo que era mucho peor, a Gadma. La ausencia de un tercio de nuestro personal nos impedía conectarnos para pensar juntos. No sabíamos qué iba a ocurrir con la expedición, porque Sabrasú no podía concentrarse en su recuerdo del contrato para descubrirlo, aunque sospechábamos vagamente que con esto la expedición terminaba.

El pozo nos había tragado, había jugado con nosotros hasta cansarse, y había vuelto a soltarnos, completamente vencidos. No entendíamos ni siquiera dónde habíamos caído. Calibares y Sabrasú, los dos, estábamos echados boca arriba sobre la piedra, sin poder movernos, como si nuestros músculos hubieran olvidado su entrenamiento.

Seguíamos enfundados en los trajes de amianto y mirábamos el cielo, donde corrían unas nubes de tormenta que no llegaban a cubrir del todo algunos retazos de azul. Las nubes tenían bordes dorados, por donde resbalaban los rayos del sol de Guirnalda.

Aunque tal vez no fuera el sol de Guirnalda.

El lugar no coincidía con lo que la lógica esperaba de él. Por encima de la puerta que nos habían abierto para sacarnos del pozo, veíamos una pared de piedra de diez o doce metros de altura. Luego estaba el cielo. No había rastros de los ochocientos metros de montaña que debíamos encontrar sobre nuestras cabezas. Parecía que alguien se los había llevado en el mismo momento en que nosotros rodábamos con los ojos cerrados, sin entender lo que ocurría.

Parte de nuestro campo visual estaba ocupado por dos cabezas que nos miraban, las de los aldeanos que habían abierto la puerta. Por lo poco que alcanzábamos a ver, tenían la apariencia de los pobladores que ya conocíamos: piel oscura, peló largo, pocos dientes. Uno de ellos desvió los ojos de la cara de Sabrasú y miró al otro.

—Están un poco confundidos —dijo.

—Es que ese lugar es muy incómodo —contestó el otro—. Siempre lo dije. Habría que hacer el nicho un poco más profundo.

Hablaban con el acento de Varanira, como parecía costumbre entre los habitantes de la montaña. El solo hecho de oírlos consiguió despertarnos un poco de nuestro letargo, y movimos la cabeza hacia un costado, para ver qué más había.

El suelo formaba una especie de meseta en miniatura, rodeada casi totalmente por la pared de piedra. Pero en una dirección había un borde afilado, y más allá el vacío. Sabrasú hizo un esfuerzo para sentarse, y vio que al otro lado del precipicio, muy lejos, había una ciudad chata y oscura, que se parecía a la ciudad donde estaba nuestra nave, pero no era la misma. Las sombras de las nubes le corrían por encima, y daba la impresión de que los edificios navegaban por la llanura. En el horizonte se distinguía una cadena de montañas bajas.

—¿Dónde estamos? —preguntó Calibares, luego de sentarse como Sabrasú y de mirar a su alrededor.

Los aldeanos debieron comprender nuestras dudas, porque uno de ellos contestó:

—La geografía del pozo no es la geografía de los hombres.

—¿Eso qué significa?—dijo Sabrasú.

El otro aldeano se tomó unos segundos antes de responder.

—No hay que buscar significados superpuestos como quien retira una a una las capas de la cebolla. Lo que es, es, y trasladarlo al Idioma ya es un modo de darle un significado, quitándole la esencia del ser para transformarlo en otra cosa. Avanzar otro paso, darle un significado al significado, sería apartarse demasiado del punto de partida.

No estábamos en condiciones de discutir, sobre todo si la discusión se ponía filosófica. Dejamos que los aldeanos nos ayudaran a quitarnos los trajes de amianto, y no nos preocupamos porque se quedaran con ellos. El frío que sentimos de golpe nos obligó a pararnos y a dar saltos para desentumecer los músculos. Mientras tanto, las nubes terminaban de cerrarse bajo el cielo. Empezó a llover.

Frente a nosotros había otra aldea, igual a las anteriores: casas, depósito, mirador, y tres burros en un corral. Como siempre, los pobladores estaban escondidos. La lluvia caía sobre las paredes y los techos, y convertía la escena en algo muy parecido a una fotografía fuera de foco.

Detrás, la puerta por la que nos habían sacado del pozo estaba cerrada. Un buen explorador la habría abierto, para echar un último vistazo a lo que había del otro lado. Pero nosotros ya no contábamos con ser buenos exploradores, y lo único que hicimos fue alejarnos un par de pasos.

Los aldeanos tosieron, como para cambiar de tema, y uno de ellos adoptó la sonrisa de vendedor.

—Por lo que veo, no tienen armas —dijo.

—No compramos nada —lo atajó Sabrasú.

En realidad, nos habría gustado comprar las indicaciones necesarias para volver a la nave y partir hacia Varanira, cosa que en la situación en que nos encontrábamos parecía mas bien complicada. Pero algo nos dijo que los pobladores no querrían vendérnoslas.

—Ustedes sabrán lo que hacen —contestó el poblador que había hablado de armas. Los dos nos dieron la espalda y empezaron a caminar hacia la aldea, llevándose nuestros trajes. Andaban despacio, como si la lluvia no les importara. Mientras tanto seguían hablando, en voz lo bastante fuerte como para que los oyéramos.

—Ya se van arrepentir —dijo uno—, cuando encuentren los murciélagos.

—Y si consiguen vencerlos —dijo el otro—, tendrán que soportar el asedio de las ratas, que son parecidas, pero peores.

—No quiero ni pensar —dijo el primero— en lo que les harán los tigres, si es que llegan tan lejos.

De pronto, como si alguien se lo hubiese dictado, un fragmento del contrato apareció en el pensamiento de Sabrasú. Agarró un brazo de Calibares y lo recitó:

—”Los firmantes se comprometen a cumplir la Ordenanza General sobre Actividad de Supervivientes.”

Calibares comprendió enseguida de qué hablaba.

—¿Qué dice esa Ordenanza? —preguntó.

—”Si un equipo queda disminuido en número —siguió recitando Sabrasú—, los supervivientes deben actuar como si el equipo estuviera completo, a los fines de alcanzar sus objetivos.”

Tardamos cinco segundos más en reaccionar del todo.

—La expedición debe continuar —dijo luego Calibares.

Aunque no entendíamos por qué, la idea nos hizo sentir mejor. Una sensación de alivio nos recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta los pulmones, que se nos hincharon de aire. Seguíamos siendo exploradores del Centro, elegidos en el Sorteo, con una tarea por delante, y todo lo que debía preocuparnos era conseguir el material necesario y ponernos en marcha otra vez. Luego, si teníamos tiempo, podríamos lamentar la muerte de Gadma y la pérdida de nuestro pensamiento compartido. Ahora, esas cuestiones sólo significaban un desafío mayor, que teníamos que afrontar cuanto antes.

Debimos suponer que este cambio en nuestro estado de ánimo era provocado por la mano mental que ya nos había dominado otras veces, pero el control era demasiado rígido. Empapados por la lluvia y temblando de frío, caminamos con aire triunfal detrás de los pobladores, que acababan de entrar al depósito. En cuanto llegamos a la aldea salieron con tres lanzallamas, tres revólveres y varias cajas de municiones. Habían dejado los trajes dé amianto en alguna parte, pero no se nos ocurrió reclamarlos. Tampoco pensamos que nos bastaba un par de armas de cada clase. Íbamos a pagar lo que pedían, cuando recordamos que Gadma tenía el dinero.

—Eso no es problema —dijo uno de los aldeanos, luego de escuchar nuestra explicación—. Esperemos a que venga.

Nos pareció que no habían entendido, pero dejaron las armas a nuestros pies, envueltas en sus estuches impermeables para protegerlas de la lluvia, y se fueron antes de que pudiéramos decir nada. Se acercó un viejo que tenía cara de sabio y una cicatriz en la frente.

Sabrasú se echó hacia atrás.

—Esta vez no me engañan —dijo, señalando al viejo—. Usted es el que nos dio consejos, antes de que bajáramos.

—¿Cuándo? —preguntó el viejo.

—Allá arriba —Sabrasú señaló hacia donde debía estar la cima de la montaña. Luego recordó que había desaparecido y bajó el brazo—. Bueno, junto a la boca del pozo.

El viejo se acarició la cicatriz, mientras movía la cabeza de izquierda a derecha. La cicatriz se iba enrojeciendo.

—La juventud es impetuosa —dijo—, y no sabe tanto como nosotros, los viejos.

—¿Qué tiene que ver eso? —dijo Calibares.

—El pozo confunde las mentes de quienes lo visitan —dijo—. Les hace olvidar las caras, mezclar los recuerdos, malinterpretar las intenciones. Incluso hay quienes abandonan las reglas de cortesía luego de recorrerlo —el viejo dejó de mover la cabeza—. Si no me equivoco —le dijo a Calibares—, usted siempre daba las buenas tardes.

Calibares bajó la cabeza, y el pelo mojado le. cayó sobre la cara.

—Buenas tardes —dijo.

El viejo se rió a carcajadas, mientras Calibares se sentía cada vez más avergonzado. Sabrasú miró a uno y a otro antes de decir:

—¿Cómo sabía eso de Calibares?

—Bien —dijo el viejo, dejando de reírse—, ya nos divertimos bastante. Veo que han comprado armas, pero esperan a Gadma para pagarlas.

—No —dijo Sabrasú—. En realidad…

—Ya sé lo que van a decir—interrumpió el viejo—. No tienen ni un poco de paciencia —miró hacia atrás—. Si no me equivoco, aquí viene.

—¿Quién? —preguntamos los dos al unísono, aun sin estar pensando juntos.

El viejo no contestó. En cambio, oímos un ruido como el de un alud, que venía de más allá de la pared que rodeaba la aldea. De pronto apareció un reguero de piedras, que salían de otra puerta abierta en la pared, entre el depósito y un corral, que no habíamos visto antes, y llegaban rodando a nuestros pies. Tras el reguero surgió un bulto más grande, que dio vueltas sobre sí mismo hasta llevarnos por delante. Caímos alrededor del viejo, que de alguna manera consiguió mantenerse de pie.

—¿Dónde está Gadma? —dijo el bulto, con la voz de Gadma.

Volvimos a levantarnos, resbalando en el barro y las piedras sueltas, y ayudamos a Gadma a quitarse el traje y a ponerse de pie con nosotros.

—¿Qué pasó? —le preguntamos.

Gadma no estaba en condiciones de hablar mucho: cubierta de magulladuras y asustada, apenas podía vernos. Tampoco conseguíamos conectarnos, porque todavía no estábamos entrenados para pensar juntos a pesar del miedo. Pero se las arregló para contestar:

—Gadma se cayó. Mucho tiempo. Después empezó a rodar. Y aparecieron Sabrasú y Calibares.

Lo miramos al viejo.

—La señorita lo explicó muy bien —dijo—. No es la primera vez que sucede, en este sector del pozo. Es bastante peligroso, pero hasta ahora no tuvimos que lamentar casos fatales. De cualquier manera, por un camino o por otro, las leyes del pozo se han cumplido, y los tres están aquí.

Los tres seguíamos mirándonos entre nosotros y mirando al viejo, y no se nos ocurría nada que decir, porque tampoco sabíamos qué pensar. Nos seguía dominando el espíritu triunfal, pero la presencia de Gadma modificaba los planes, y nos parecía que jamás conseguiríamos seguir adelante con nuestra misión en medio de tantas dificultades.

El viejo carraspeó.

—Espero que ahora se decidan a pagar —dijo—. Es de muy mal gusto olvidar las deudas.

El viejo se fue a su casa, y aparecieron los vendedores de armas. Gadma sacó el fajo de billetes del bolsillo, pagamos, y los vendedores también se fueron. Después vino una mujer y nos vendió dos odres del líquido gomoso que habíamos estado usando como alimento durante un mes. Cuando la mujer se encerró en su casa, nos dejaron solos.

Debía faltar poco para la noche, porque estaba oscuro. La ciudad había quedado oculta por un banco de neblina, y la lluvia formaba una cortina cada vez más espesa. A nuestro alrededor el paisaje se estrechaba, y empezamos a sentirnos aislados, fuera del espacio y del tiempo, muertos de frío, chorreando agua y pisando barro. Por más que quisiéramos avanzar en nuestra tarea, teníamos que esperar a que el universo dejara de estar en contra.

Nos abrazamos para darnos un poco de calor. Gadma respiraba rápido, y de vez en cuando se le contraía un músculo, involuntariamente. A Calibares se le habían llenado los zapatos de barro, y sacudía los pies para quitarse la molestia. Sabrasú estaba quieto, buscando alguna Ordenanza que pudiera salvarnos, pero no encontraba ninguna.

Así estuvimos un rato. Luego, y sin previo aviso, entrevimos una luz. Pero no estaba afuera, sino adentro. Prometía tranquilidad, y un refugio donde resguardarnos de las amenazas. Nos aferramos a esa luz, y poco a poco conseguimos que su intensidad aumentara. Antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que ocurría, estábamos plenamente conectados, y en nuestro pensamiento compartido se sumaban las experiencias que habíamos tenido por separado. El miedo de Gadma, las dudas de Sabrasú y la angustia de Calibares se hundieron hasta el fondo de nuestra conciencia común, y comprendimos que nada nos impedía seguir avanzando ya mismo por el pozo, que ninguna amenaza exterior era lo bastante fuerte para detenernos.

La mano mental nos tenía bien dominados, pero estaba fuera de nuestra percepción. Todo lo que veíamos era un futuro lleno de promesas, un karma cada vez mejor, la seguridad de ser importantes para el Centro. Y en su rincón, el Consejero esperaba el momento en que lo necesitáramos, dispuesto a ayudarnos con su infinita sabiduría.

De pronto, un ruido nos sacó del trance. Abrimos los ojos, que por algún motivo teníamos cerrados, y descubrimos que el viejo de la cicatriz estaba a un metro de nosotros, aplaudiendo.

—Muy bien —dijo—, muy bien. Dan trabajo, pero aprenden más rápido de lo que esperaba.

No tenía la misma voz de antes, sino otra, que nos resultaba conocida aunque no la pudiéramos identificar. De pie bajo la lluvia, parecía lo único real de todo lo que nos rodeaba, el medio que nos permitiría cumplir nuestra misión. Llenos de amor por esa figura, nos echamos a sus pies, chapoteando en el barro.

El viejo permitió que lo adoráramos durante varios minutos. Luego ordenó que nos pusiéramos de pie.

—Tienen que inspeccionar su equipo —dijo—, que ya viene.

La lluvia era menos intensa, y distinguimos un nuevo reguero de piedras que venía hacia nosotros, como el que había traído a Gadma. Entre las piedras había varios bultos, y cuando conseguimos reunirlos vimos que el equipo estaba completo: la ropa de verano, los anteojos de sol, la cámara de Gadma y los rollos de película. Agregamos las armas y los odres del líquido gomoso, y cargamos todo a la espalda.

Otra vez estábamos en pleno trabajo.

—Lo único que necesitamos —dijo Sabrasú.

—Es que nos indique —siguió Gadma.

—Por dónde continuar nuestro camino —terminó Calibares.

—Síganme ——dijo el viejo.

Caminamos hacia la pared. Mientras tanto, había dejado de llover. Gadma aprovechó para limpiarse las manos en una camisa seca de las que llevábamos encima, colgarse la cámara del cuello y sacarle varias fotos al viejo, de espaldas. Detrás de una de las casas había otra puerta. El viejo la abrió, y nos mostró la escalera que partía hacia las profundidades.

—Esto es mejor que las sogas —dijo.

Estuvimos de acuerdo, aunque en nuestra euforia cualquier cosa nos hubiera parecido buena.

—¿Hasta dónde tenemos que bajar? —preguntamos.

—Hasta el pie de la escalera —dijo el viejo—. Por ningún motivo deben desviarse antes.

Esperamos varios segundos, por si quería darnos alguna otra indicación, pero no agregó nada. Hicimos una reverencia profunda, dimos un paso hacia la escalera, y el viejo cerró la puerta detrás de nosotros.

En ese momento se acabó la magia.

Fue como si nos desnudaran. La mano mental desapareció dejando nuestros propios pensamientos al descubierto. Lo primero que había, y lo más fuerte, era miedo. Luego, la sensación de que nos habían engañado otra vez, controlando nuestras ideas para que cayéramos en la trampa. Y la humillación de haber adorado al viejo de la cicatriz, para que luego nos encerrara en este lugar.

Estábamos a oscuras, y por más que empujábamos la puerta no se abría. Pero queríamos salir, cruzar la aldea corriendo y escapar, ir a alguna parte donde no hubiera aldeanos, viejos con cicatrices ni manos mentales. Calibares sacó la linterna y se puso a buscar una cerradura, pero no encontró nada. Ni siquiera había señales de la puerta. No vimos ni una sola ranura que cortara la piedra lisa. Golpeamos la pared con las manos y los pies hasta que no pudimos soportar el dolor, y entonces gritamos hasta quedar afónicos. La pared no se movió. El cansancio terminó por tranquilizarnos. Descargamos los bultos y nos sentamos en el suelo, con la espalda apoyada en la piedra, sin saber qué hacer. Frente a nosotros estaba la escalera, que giraba sobre sí misma hasta perderse de vista. El hueco que quedaba en el centro bajaba hasta que la luz de la linterna no podía alcanzarlo, y despedía una brisa cálida. Alrededor, la pared estaba húmeda, pero no tanto como nosotros. Algunos de los bultos habían caído escalones abajo, y estaban a varios metros de distancia. Nos agarramos de las manos y empezamos a respirar al mismo ritmo, lo más profundamente que podíamos.

Entonces recordamos al Consejero, o algo nos lo hizo recordar. En el rincón que ocupaba en nuestra mente había movimiento: los versículos brillaban con luz propia, y se deslizaban por el foco de nuestra atención a más velocidad que la que podíamos registrar. Iban hacia un lado y hacia otro, mientras tratábamos de entender lo que ocurría. El tiempo quedó suspendido, y perdimos el contacto con las cosas materiales que nos rodeaban. Éramos un punto de vista móvil que sobrevolaba el río de palabras brillantes, que avanzaba y retrocedía fuera de nuestro control. Finalmente, el movimiento terminó, y unas pocas líneas quedaron a la vista. Correspondían a la sección 108, capítulo 90, versículo 17, y jamás las habíamos leído. Decían: “La senda es única. Toda bifurcación es una mentira. Vuelva a mirar. El rumbo verdadero aparecerá claro y solitario entre todos los rumbos.”

Cuando terminamos de leer, el versículo desapareció, y con él, todo el Consejero se retiró a su lugar, fuera de nuestra conciencia. Por un momento nos sentimos como si estuviéramos en Varanira: aunque no teníamos moneda, ni el ejemplar del Consejero que nos había acompañado toda la vida, habíamos hecho nuestra consulta, y habíamos recibido respuesta. No quedaba otra cosa que obedecer.

Como siempre, el Consejero tenía razón, y cuando volvimos a mirar el único camino posible se nos mostró claro y transparente. Nos quitamos la ropa embarrada y nos pusimos ropa limpia de la que había en los bultos. Cargamos todo otra vez, y empezamos el descenso, escalón por escalón.

El fondo del pozo – 13

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El fondo del pozo

13

“El ovillo tiene dos puntas. De una viene. A la otra va. Las dos puntas se confunden. Piense en algo. Busque su explicación. Tal vez la encuentre hacia el pasado. Tal vez la encuentre hacia el futuro. Pero nunca sabrá si eligió la dirección correcta.”
(Consejero, 55:21:55)

Después de la tormenta de fuegos artificiales las cosas habían vuelto a su estado de reposo, aunque no del mismo modo que antes. Debía ser la hora del almuerzo, porque no se oía ningún ruido de los pasillos, y sin embargo no teníamos hambre. Quietos en nuestras sillas, sólo prestábamos atención a lo que había delante, fijándonos en los detalles, interpretando los matices, con una especie de curiosidad que seguramente era obra de los artefactos de Dindir.

Dindir se había cansado con tanta actividad, o tal vez había terminado su turno de trabajo, y ahora dormía en una silla, con las piernas estiradas bajo un escritorio y la cabeza apoyada en la pared. Le corrían gotas de sudor por la cara y el cuello, como a todos los que estábamos en la oficina. De vez en cuando se le movía un pie involuntariamente y golpeaba el escritorio, con un ruido seco que en otras circunstancias nos habría sobresaltado. Tenía la boca abierta en un bostezo continuo, y el aire le silbaba entre los dientes. Dormida y todo, seguía participando en el espectáculo. Y ahora que la órbita vacía estaba escondida bajo un párpado era más agradable verla. Balibar y Hecher, sus dos compañeras de expedición, que habían entrado en medio del zumbido y las luces preparadas por Dindir, estaban ocupadas en filmarnos. Sabíamos que eran ellas porque habíamos visto sus fotografías en la pared de noticias del comedor. Hecher, sentada frente a nosotros, sostenía la cámara y apuntaba primero a Sabrasú, luego a Gadma, después a Calibares, según cuál de nosotros hacía algún gesto interesante para ella. La cámara le tapaba la cara, y todavía no habíamos conseguido vérsela del todo. Si la reconocíamos, era en cierta medida por descarte. Desde nuestra posición, la cámara parecía un apéndice de su cabeza, incluyendo una especie de cuerno que salía de un punto ubicado por encima de la lente, y en cuya punta sé bamboleaba un micrófono.

Las sillas no alcanzaban para todos, así que Balibar se había sentado sobre un escritorio. A cada momento le daba indicaciones a Hecher, que Hecher jamás obedecía. Hablaba en voz baja, para no despertar a Dindir, o para que no la oyeran desde el pasillo, o para que el micrófono no registrara su voz con claridad. A Balibar debía molestarle el ronroneo de la cámara, porque cada tanto le dedicaba un gesto de los que se usan para espantar insectos. Por lo que sabíamos, todo esto podía ser una alucinación. Los fogonazos y los ruidos habían terminado de golpe, junto con el miedo que nos provocaban y el despliegue de actividad de Dindir. De pronto nos habíamos sentido más tranquilos que nunca, en una situación que habría justificado todo lo contrario, como si estuviésemos respondiendo a las órdenes precisas de un hipnotizador. Hasta éramos capaces de apreciar el trabajo de Dindir, que había conseguido encontrarnos, charlar con nosotros, llevarnos a nuestra oficina sin despertar sospechas, entusiasmarnos en una discusión absurda, y montar sus aparatos mientras esperaba a sus compañeras y nosotros seguíamos sin darnos cuenta de nada. Nuestra admiración no cedía ante el hecho de que nosotros mismos éramos las víctimas de tanta habilidad.

Al principio, la mayor sorpresa había sido encontrar al equipo completo de Coracor con nosotros, un honor que evidentemente no merecíamos. Sin embargo, mientras Dindir se acomodaba para dormir, y en tanto Balibar volvía a juntar lo que Dindir había distribuido por toda la oficina, empezamos a percibir otras cosas. Lo más importante era que no podíamos movernos, como si nos hubieran atado a las sillas. Pero no sólo estábamos desatados, sino que en realidad parecía que el movimiento no nos interesaba. Algo confuso que, de todos modos, por los efectos de la máquina de Dindir, estaba lejos de preocuparnos. Al contrario, nos gustaba permanecer quietos, atentos a todo, pendientes de lo que hacían las visitas.

Luego de un rato, y al mismo tiempo que Dindir volvía a golpear el escritorio con el pie, Balibar dejó de interesarse por lo que hacía Hecher con la cámara y nos miró a los ojos, uno por uno, por primera vez. Era rubia, alta, pausada, y tenía un tic en el labio superior, que cada dos palabras se levantaba un centímetro, mostraba los dientes, y caía como un telón.

—Bueno —murmuró en el mismo tono que había usado con Hecher—, digan algo.

—No sabemos —empezó Sabrasú.

—Qué quiere —siguió Calibares.

—Que digamos —terminó Gadma.

Balibar pegó un salto, sorprendida, y luego volvió a mirar a Hecher, que había estado a punto de soltar la cámara.

—Increíble —dijo Balibar.

—Esto demuestra que era cierto —dijo Hecher. Fue la primera vez que oímos su voz, y nos pareció hecha de vidrios rotos.

Nos habría gustado preguntar qué era lo que las sorprendía tanto, pero Dindir nos distrajo: abrió los ojos, murmuró algo incomprensible y siguió durmiendo.

Balibar volvió a hablarnos.

—Digan lo que quieran. Hablen sobre ustedes mismos.

Calibares se aclaró la garganta, para darnos tiempo de pensar.

—Estamos orgullosos —empezó luego Gadma.

—De que el equipo de exploradoras de Coracor —siguió Calibares.

—Se haya molestado en visitarnos —terminó Sabrasú.

Hecher y Balibar pegaron otro salto, pero esta vez trataron de disimular sus nervios. No entendíamos qué les pasaba: en todo caso, los nerviosos debíamos ser nosotros.

—Claro —dijo Hecher, detrás de su cámara—, no saben nada.

—Sería honesto de nuestra parte explicarles algo, antes de empezar —dijo Balibar.

—Estoy de acuerdo —dijo Hecher—. Siempre que cuidemos las palabras.

Balibar dejó que su labio bailara un par de veces, mientras un reguero de sudor le bajaba por la sien.

—Les mentimos —nos dijo después—. Nuestro objetivo no es explorar Varanira.

—Ni nada que se le parezca —agregó Hecher.

—Qué interesante —dijimos, desde nuestro limbo de sensaciones atenuadas—. ¿Cuál es, entonces?

Balibar levantó la cabeza y se pasó el dorso de la mano por la frente, para secarse el sudor.

—Digamos que explorarlos a ustedes.

—Conocerlos —agregó Hecher.

—Preguntarles algunas cosas —completó Balibar.

—¿Comprenden? —preguntó Hecher.

Tardamos en reaccionar, pero no porque estuviéramos asustados o demasiado sorprendidos. Nuestra situación no lo permitía. Simplemente, era difícil encontrarle sentido a lo que habían dicho.

—Preferiríamos que se explicaran mejor —dijimos.

Balibar alzó los hombros.

—Por algún motivo —dijo, mirando hacia la puerta—, en Coracor se interesaron por ustedes, y los pusieron en el Sorteo. Después…

—El resto ya se lo pueden imaginar —interrumpió Hecher—. Ustedes saben cómo funciona el Sorteo.

—Sí —respondimos—. Pero no entendemos por qué nos pusieron a nosotros. Que sepamos, no somos ningún planeta.

—Nosotras tampoco entendíamos —Balibar sonrió con la mitad de la boca, mientras el tic la atacaba entusiasmado—. Al principio creímos que eran tres planetas.

—Sabrasú, Gadma y Calibares —Hecher—. No están mal como nombres.

—Gracias —dijimos.

—De planetas, digo.

Hubo una pausa, durante la cual Dindir se movió en su silla, tratando de acomodarse de otro modo, y estuvo a punto de caerse al suelo. Sin embargo, no se despertó.

—Todo esto les parecerá un poco absurdo —dijo Balibar cuando Dindir dejo de moverse—. Pero si supieran…

—Ya es suficiente —interrumpió Hecher—. Será mejor que empecemos a trabajar en serio.

Balibar estuvo de acuerdo. Se mordió el labio inferior, y cuando el superior se levantó quedó parecida a un conejo.

—Hablen de su pasado —nos dijo.

—Hay mucho que decir —respondimos—. Tal vez si nos hicieran preguntas…

—Muy bien —dijo Balibar—. ¿Cuándo empezaron a pensar juntos?

—¿Pensar juntos? —nos sentimos desorientados por un momento, aunque luego no pudimos recordar el motivo. Balibar y Hecher se habían puesto todavía más tensas que antes—. Lo hacemos desde que nacimos.

—¿Están seguros?

—Es lo que nos dijeron.

—Entonces no saben si es verdad.

—¿Para qué iban a mentirnos?

Balibar y Hecher sonrieron, aliviadas por algo.

—Sigan —dijo Balibar—. Explíquennos cómo funciona eso de pensar juntos.

—No sabemos.

—¿No saben?

—Si ni siquiera se entiende cómo hace una persona para pensar sola, menos podemos nosotros…

—¿Ustedes también piensan solos?

—A veces, cuando nos desconectamos. Es difícil de explicar. Cada uno tiene su propia mente, pero está subordinada al pensamiento compartido. ¿Qué más podemos decir?

—Hablen de sus primeros años —dijo Balibar—. ¿A nadie le interesó esa facultad de ustedes?

Balibar parecía más segura de sí misma, y nosotros nos sentíamos proporcionalmente más preocupados por responderle. Hicimos memoria, y descubrimos que era un tema que nos costaba recordar, como si se hubiera borrado de nuestras neuronas, o como si recién ahora empezara a despertarse. Sin embargo, haciendo un esfuerzo conseguimos reunir algunos datos dispersos.

—Por lo que sabemos, que no es mucho, terminaron decidiendo que no servía para nada.

—¿No les pareció extraña esa decisión?

—No. ¿A Balibar le parece extraña?

—Yo no dije eso —Balibar apoyó una mano en el escritorio y se inclinó hacia nosotros, casi dentro del campo de la lente. Hecher apartó la cámara unos centímetros—. ¿Hicieron experiencias con ustedes?

—Pocas, que recordemos.

—¿Cuáles?

Sabrasú trató de rascarse atrás de la oreja, para ayudarnos a pensar, pero ni siquiera podíamos mover los brazos.

—Probaron con la distancia, por ejemplo. Resultó que sólo conseguíamos pensar juntos estando cada uno a la vista de los demás. La distancia no importaba, siempre que estuviéramos completamente seguros de reconocernos. Pero eso ya lo sabíamos por experiencia propia.

—¿Qué más? —insistió Balibar.

—Trataron de detectar algún tipo de ondas, que pasaran de uno a otro. No encontraron nada.

—¿Qué más? —Balibar seguía inclinándose hacia adelante.

—Nos hicieron análisis. Jamás consiguieron una explicación del fenómeno.

—¿Qué más? —junto a Balibar, que seguía preguntando, Hecher también se inclinaba, y a cada movimiento de la cámara el micrófono pasaba cerca de nuestras narices.

—Investigaron a nuestros padres, nuestro pasado, nuestro nacimiento, buscando algo especial. Lo único estadísticamente notable que encontraron es que somos gemelos. Pero hay otros tríos de gemelos, y ninguno tiene nuestra capacidad para el pensamiento compartido.

—¿Qué más?

Dindir se quejó de algo que ocurría en sus sueños.

—Repitieron para otras personas, hasta donde fue posible, las condiciones que nos rodearon desde nuestra concepción hasta nuestro nacimiento. Tampoco llegaron a nada.

—¿Qué más? —Balibar se apoyó en un codo, y su cabeza quedó a la altura de las nuestras.

—Buscaron aplicaciones para nuestra habilidad. No descubrieron nada mejor que una buena coordinación para las tareas manuales.

Hecher interrumpió el interrogatorio monótono de Balibar.

—¿Y por qué no los emplearon en tareas manuales, entonces? —preguntó con su voz vidriosa.

—Porque en esta sección del Centro no se hacen tareas puramente manuales.

—Podían haberlos cambiado de sección —insistió Hecher—, sin que salieran de Varanira, ni de este edificio.

—No estaba permitido.

—¿Por qué?

—No nos dijeron.

—¿Por qué no les dijeron?

—Habrán pensado que no era cosa nuestra.

—Y entonces los mandaron a esta oficina.

—No. Antes pasamos por la escuela.

—Tienen razón. ¿Cómo los trataban sus compañeros?

—Se apartaban de nosotros.

—¿Por qué?

—Les molestaba nuestro modo de hablar.

—¿Nada más?

—Nosotros también nos apartábamos de ellos.

—¿Por qué?

—No querían que pensáramos juntos.

—¿No querían?

—Pensando juntos parecíamos más inteligentes, y al mismo tiempo más tontos.

—¿Y sus compañeros de oficina? —intervino Balibar, que había vuelto a enderezarse—. ¿Cómo los tratan?

—No tenemos compañeros de oficina —miramos a nuestro alrededor—. Trabajamos solos en esta habitación.

—Quiero decir gente de otras oficinas como ésta.

—Hay poco contacto, y sólo por azar.

—¿Qué ocurre cuando hay contacto?

—Nos prestan poca atención.

—¿No les gusta que piensen juntos?

—Puede ser.

El interrogatorio siguió igual, durante mucho tiempo. A veces Balibar llevaba la primera voz, y a veces se limitaba a poner acordes a los solos de Hecher. Las preguntas seguían un ciclo reconocible: volvían a nuestro nacimiento y avanzaban poco a poco hasta el momento actual, para regresar otra vez al principio. A cada nuevo paso por una época determinada recordábamos más detalles. Parecía que, a fuerza de insistir, los caminos bloqueados de nuestra memoria empezaran a despejarse. Así, por ejemplo, lo que al primer intento era una imagen borrosa se convertía al segundo en la cara de un técnico que inspeccionaba el resultado de un encefalograma, y al tercero llegaba a ser el recuerdo nítido de una serie de experimentos, con sus causas, su desarrollo y sus consecuencias. A veces, sin embargo, perdíamos el hilo de las preguntas y caíamos en un vacío del que Balibar y Hecher debían sacarnos con paciencia, eligiendo mejor lo que decían, buscando un camino diferente para llegar al mismo sitio. En cambio, había casos en los que casi no necesitaban guiarnos: la lengua se nos soltaba de golpe y hablábamos durante minutos seguidos sobre un detalle sin importancia. Entonces eran las interrogadoras quienes perdían el hilo.

Nunca conocimos las conclusiones que sacaron Balibar y Hecher, pero entre las nuestras había una sorprendente: habíamos vivido más aislados de lo que creíamos. Nuestra sensación era que habíamos tenido los contactos normales con la gente que nos rodeaba, pero a cada una de las respuestas que íbamos dando resultaba algo muy diferente. Al parecer, éramos una especie de ermitaños, en parte por decisión de los demás, y en parte por vocación propia. A Hecher eso parecía alegrarla. A Balibar le era indiferente: le interesaba mucho más el mecanismo de nuestra facultad, aunque era el terreno del que menos datos podíamos darle.

En ningún momento se nos ocurrió preguntar hacia dónde se dirigía el interrogatorio, con qué criterio elegían las preguntas, cuál era su utilidad. El condicionamiento a que nos había sometido la maquinaria de Dindir era profundo.

Luego de varias horas Dindir soltó un ronquido violento, y al mismo tiempo Balibar y Hecher se miraron.

—Me parece que está todo bien —dijo Balibar.

—Es lo que esperábamos —dijo Hecher.

Dindir abrió los ojos, asustada por su propio ronquido.

—¿Terminaron? —preguntó—. ¿Podemos irnos?

—Falta poco —dijo Hecher. Dindir volvió a dormirse.

—¿Qué es lo que falta? —preguntó Balibar.

Hecher apuntó la cámara a Sabrasú.

—¿Por qué no usan nunca la palabra “yo”?

Esta vez la respuesta era fácil.

—Porque no somos un yo —dijimos—, sino un nosotros.

—¿Y usted qué dice? —Hecher señaló a Sabrasú con un dedo, además de hacerlo con la cámara.

—Sabrasú no tiene nada que agregar —dijo Sabrasú.

—¿Por qué no dijo “yo” en vez de “Sabrasú”?

—Porque Sabrasú es más una parte de nosotros que un ser independiente. Es bastante lógico que se identifique de ese modo.

—Un detalle con el que no contábamos —le dijo Hecher a Balibar.

—¿Qué importa? ——dijo Balibar—. El Centro debió pensar en eso. No es problema nuestro.

Hecher pareció conforme, y de común acuerdo con Balibar apagó la filmadora y la guardó en su estuche. Así conseguimos verle la cara, con lo que nos llevamos una sorpresa: la única fotografía de ella que conocíamos mostraba su perfil derecho, y resultó que la mejilla izquierda estaba atravesada por una cicatriz de color marrón oscuro. Nos quedamos mirándola; hasta que se la cubrió con una mano, en un movimiento reflejo.

Balibar se puso de pie, pero Hecher se quedó donde estaba.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Balibar.

—Según el contrato —dijo Hecher—, tenemos que volver, pero…

—¿Ya está? —la interrumpió Dindir, que se había despertado de nuevo.

—Estamos discutiendo qué hacer —le contestó Hecher.

—Yo no estoy discutiendo nada —dijo Balibar—. Nos vamos.

Caminó hacia la puerta, mientras Dindir se frotaba el ojo y la órbita vacía, y se enderezaba en la silla. Hecher no se movió.

—No digo que violemos el contrato —aclaró—. Pero podemos hacer algo más de lo que hicimos, por nuestra cuenta.

—¿Para qué? —preguntó Dindir.

—No estoy conforme con este asunto —dijo Hecher—. Nos mandaron a hacer algo que no se parece a ninguna expedición. Nos obligaron a mentir, o a decir media verdad, incluso a ellos —nos señaló—. Vamos a volver para contarles a los genios de Coracor que todo salió bien, y nos vamos a quedar para siempre con la duda. ¿Qué sentido tiene todo esto?

—A mí no me importa —dijo Balibar.

Hecher golpeó el escritorio con la mano.

—Quiero que los llevemos con nosotros —dijo.

Sus compañeras se quedaron con la boca abierta, hasta que Dindir empezó a reírse.

—Hecher está loca —le dijo a Balibar.

—Y Dindir es una estúpida —dijo Hecher—. Piensen un poco. Coracor, una sucursal del Centro completamente independiente de las demás, nos envía a hacer un trabajo con tres agentes de Varanira, otra sucursal del Centro también independiente. El contrato no especifica qué ventaja traerá esto a Coracor, y hasta donde yo puedo ver no me imagino ninguna.

—Este tema no me interesa —dijo Balibar, mientras abría la puerta. Sin embargo, no salió de la oficina.

—Tampoco puede traer ventajas para Varanira —siguió Hecher—, porque sería contrario a las tradiciones del Centro. No es una tarea que hayan cumplido sus propios agentes.

—¿Por qué tiene que haber ventajas para alguien? —nos atrevimos a intervenir—. El Sorteo es tan aleatorio que…

Hecher volvió a golpear el escritorio, pero Dindir se le adelantó.

—Hecher no cree en el azar —nos explicó—. Para ella, todo debe tener un motivo —trató de sonreírnos—. Les aseguro que es difícil convivir con alguien así.

—Tampoco es fácil convivir con idiotas —gritó Hecher.

—Creo que no terminamos de oír tus argumentos —dijo Balibar desde la puerta.

Hecher hizo un esfuerzo por serenarse, y siguió hablando.

—Lo que creo es que nos están usando para algo, y no quieren que sepamos de qué se trata. Algo importante, que justifica la intromisión en los asuntos de otra sucursal.

—¿Y qué podemos hacer? —dijo Dindir.

—Ya lo dije—recordó Hecher—. Llevarnos a estos tres con nosotros. Así sabremos qué pasa con ellos. Para qué sirven. El Centro tendrá que informarnos a la fuerza.

Dindir sacudió la cabeza.

—Me opongo.

—Yo también me opongo —dijo Balibar.

Hecher se puso pálida. Dindir y Balibar tenían la mirada clavada en ella, y parecían haberse olvidado de nosotros. Por la puerta abierta entraba una corriente de aire fresco. De pronto Hecher se levantó y le dio un puntapié a Dindir en el costado. La silla de Dindir se torció, y las dos cayeron al suelo. Balibar aprovechó para patearle un hombro a Hecher, y Hecher, desde el piso, le agarró la pierna y la hizo caer. Durante unos segundos la pelea siguió fuera de nuestra vista, oculta por los escritorios. Después apareció un brazo, que levantó el estuche de la filmadora y lo descargó sobre el cuerpo de alguien. Oímos un grito. Una pierna se estiró y cerró la puerta con un golpe. Volvió el silencio.

—Qué vergüenza —dijo una voz que no supimos a cuál de las visitantes correspondía.

—Somos gente grande —dijo otra.

—Por lo menos descargamos los nervios —dijo la última.

Se pusieron de pie lentamente. Dindir se agarraba el costado, Balibar la cabeza, y Hecher el estómago. Volvieron a sentarse en sus lugares, para recuperar el aliento. Ni se fijaron en nosotros.

—Me ganaron —dijo Hecher, con la voz entrecortada—. Pero por lo menos, antes de irnos, permítanme cumplir un deseo.

—¿Cuál? —dijo Balibar.

—Quiero consultar al Consejero.

—Lo que dije —respondió Balibar—. Hecher está loca.

—Yo dije eso —le recordó Dindir.

—No empecemos otra vez —pidió Hecher.

—Pero el Consejero es una superchería —dijo Balibar.

—No lo sabemos —dijo Hecher—. En la última semana me mostraron respuestas del Consejero increíblemente acertadas —hizo una pausa para respirar—. Por ejemplo, más de una vez estuvo al borde de adivinar nuestra misión, la auténtica. Tuve que usar toda mi habilidad para desviar la interpretación de quien lo estaba consultando.

—Algo de eso me pasó a mí también —admitió Dindir—, pero creo que fue a causa de mi propia paranoia. No estoy acostumbrada a guardar secretos. Creía ver lo que en realidad no existía.

—De todos modos —insistió Hecher—, vale la pena probar.

—Si lo hacemos rápido —aceptó Balibar.

Nosotros habíamos presenciado la discusión, la pelea, la reconciliación y la charla final con el interés que se puede poner en observar un insecto extraño. Las actitudes de las exploradoras nos parecían un tanto ilógicas, aunque hiciéramos un esfuerzo por considerar que venían de otro mundo. Hecher se acordó de nosotros para pedirnos el ejemplar del Consejero. Le señalamos el portafolios y ella misma lo sacó. Ya sabía cómo usarlo, así como probablemente debía saberlo Dindir antes de que se lo explicáramos, cuando se dedicaba a distraernos. Hecher tiró la moneda las siete veces necesarias para obtener la sección, luego las otras siete correspondientes al capítulo, y finalmente las siete que dan el versículo. Buscó el resultado fuera de nuestra vista, lo leyó para sí misma y se puso más pálida que antes de la pelea.

—¿Qué dice? —preguntó Balibar.

—Consejero, 127:127:127 —anunció Hecher—. “Hay un enemigo. Luche.”

Siguió un silencio largo, que aprovechamos para pensar sobre el versículo. Nunca lo habíamos leído, a pesar de su condición extraordinaria: por su numeración era el último del Consejero, la despedida, la palabra final. Y por algún motivo, no resultaba tranquilizador, aunque la existencia de un enemigo es algo que siempre se puede suponer, y la necesidad de luchar contra él algo obvio. Que estuviese al final del Consejero, pensábamos, debía significar que la lucha contra el enemigo, fuera éste cual fuese, no llevaría a un triunfo; de otro modo, el Consejero no se daría a sí mismo por terminado. Era como si después de ese versículo no quedara nada más por decir, o no valiese la pena decirlo.

Dindir, Balibar y Hecher también meditaban sobre la respuesta del Consejero, pero no nos dijeron sus conclusiones. Lo único que percibimos fue que parecían preocupadas, y un poco desorientadas también. Tal vez ellas supieran cuál era el enemigo, tal vez no.

—Una tontería —fue todo lo que comentó Dindir, mientras volvía a abrir la puerta—. Vamos.

Dindir salió al pasillo y se quedó ahí, esperando. Balibar la siguió un momento después. Hecher cerró el segundo volumen del Consejero, nos sonrió de un modo raro y finalmente salió tras ellas, sin protestar. Una vez afuera, cerró la puerta con cuidado.

Nos quedamos quietos el resto del día, pensando en todo lo que había ocurrido. Seguíamos orgullosos de la atención que nos habían prestado, y llenos de curiosidad por el motivo de ese interés. Todo lo veíamos de un modo especial, desde afuera, sin sospechar, sin preguntarnos qué cambiaría en nuestra vida a partir de entonces.

Cuando el efecto de los aparatos de Dindir desapareció y pudimos volver a la normalidad, había pasado la hora de la cena, estábamos hambrientos y nos dolían todos los músculos. El cansancio nos obligó a dormir enseguida, tratando de olvidar el hambre.

A la mañana del día siguiente, bien temprano, nos llegó la orden de que fuéramos al puerto, y antes del mediodía viajábamos rumbo a Guirnalda.

El fondo del pozo – 14

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El fondo del pozo

14

“En medio del laberinto no hay marcha atrás. Es tan difícil encontrar la entrada como la salida. Tire la moneda. Pida consejo. Conocerá algo más. Pero nunca encontrará la explicación definitiva.”
(Consejero, 82:43:99)

Bajábamos miles de escalones entre un descanso y el siguiente, pero la escalera no terminaba nunca. Condenados a medir el tiempo por la cantidad de alimento que quedaba en los odres, pasamos algo así como una semana sin otra novedad que los ruidos ocasionales filtrados a través de la piedra que nos rodeaba. Avanzábamos pegados a la pared, para mantenernos lejos del agujero central que recorría la escalera de arriba abajo, y del que no nos protegía ni siquiera un pasamanos. Cada tanto encontrábamos un túnel estrecho y oscuro que se apartaba de los escalones, y nos tentaba la idea de desviarnos; pero unas veces el Consejero volvía a aparecerse entre nuestros pensamientos y nos sugería no cambiar de rumbo, y otras era nuestro propio miedo el que nos obligaba a desistir. De vez en cuando surgía un hilo de agua de la pared, saltaba por los escalones y volvía a hundirse en la piedra unos metros más abajo; el agua tenía un gusto rancio, pero no podíamos elegir y con ella llenábamos las cantimploras. En las épocas de calor, que se alternaban con otras de frío, nos acostumbramos a tendernos sobre los escalones de modo que la corriente de agua nos recorriera el cuerpo de la cabeza a los pies. Después, sin secarnos, seguíamos avanzando.

Es probable que no hubiésemos llegado tan lejos sin la ayuda del Consejero. Surgía en el fondo de nuestra mente cuando más débiles y asustados nos sentíamos, nos mostraba el reguero de su sabiduría infinita, y se detenía en el versículo mas apropiado para darnos ánimo. En cierto sentido, sin embargo, había dejado de ser una herramienta a nuestra disposición: no podíamos consultarlo cuando se nos antojaba, sino que se presentaba en las ocasiones en que él mismo, o tal vez nuestro inconsciente compartido, lo determinaba.

Encontramos los murciélagos durante el octavo o el noveno día, en la boca de un túnel horizontal, pero con los lanzallamas y los revólveres no fueron problema. Las ratas, al décimo día, consiguieron asustarnos un poco, porque eran muchas y no podíamos hacer frente a todas. Sin embargo, una mano invisible parecía guiarnos la puntería, compensando nuestra falta de entrenamiento en el combate. Cuando quedamos rodeados por una montaña de carne chamuscada y olorosa, las ratas desistieron y se metieron otra vez en el agujero del que habían salido. Más complicado fue enfrentar a los tigres, que esperaban agazapados en distintos puntos de la escalera, y que al ser descubiertos por la luz de la linterna ya estaban saltando sobre nosotros. Nuestra única ventaja, además de las armas, era que los tigres llegaban de abajo, y de ese modo sus saltos perdían eficacia: conseguíamos rechazarlos antes que nos provocaran algo más que un par de arañazos. Nos llevó dos o tres días atravesar los cuatro o cinco mil escalones ocupados por los tigres.

Cuando no estábamos luchando, el descenso era monótono. Cada treinta y dos escalones, la escalera completaba una vuelta sobre sí misma, y otra vez teníamos por delante el panorama que ya habíamos visto miles de veces. Por momentos creíamos estar pisando siempre las mismas piedras, en el mismo orden, como si pretendiéramos bajar por una escalera mecánica ascendente. Una ilusión peligrosa, que desaparecía en cuanto tropezábamos con alguna huella de quienes nos habían precedido.

Evidentemente, la escalera era un camino transitado, por lo menos hacia abajo. No había día en que no tropezáramos con restos de otras expediciones: odres vacíos, trozos de soga, ropa abandonada, excrementos secos, algún cadáver descarnado. Nos alegraba saber que no éramos los primeros, pero resultaba extraño que nadie volviera a subir, y el tema empezó a preocuparnos, especialmente cuando al final de la segunda semana encontramos la excepción que confirmaba la regla.

La luz de la linterna mostró un bulto que se movía hacia nosotros, y justo antes de disparar nos dimos cuenta de que era un hombre. Estaba desnudo y subía lentamente, arrastrándose por los escalones.

—Buenas tardes —dijo Calibares.

No hubo respuesta. El hombre tenía los ojos cerrados, y tal vez los oídos también, porque no dio muestras de haber notado nuestra presencia. Siguió avanzando escalón por escalón, apretado contra la pared como nosotros. Gadma sacó la cámara y empezó a fotografiarlo, aunque sabía que la luz de la linterna no bastaba para impresionar la película.

—Somos exploradores del Centro —dijimos—. ¿Y usted?

El hombre llegó a nuestra altura, y nos pusimos en equilibrio junto al agujero central para abrirle paso. Sabrasú estiró un brazo pensando en tocarlo, pero se arrepintió: si el hombre tenía una reacción violenta, lo más probable era que consiguiera tirarnos por el agujero antes de que empezáramos a defendernos. Sin embargo, era difícil que le quedaran fuerzas para tanto. Estaba agotado. Se movía con dificultad, y sus resoplidos llenaban la escalera.

—¿De dónde viene? —insistimos, más para nosotros mismos que con la esperanza de conseguir una respuesta. El hombre siguió arrastrándose hasta que lo perdimos de vista en el tramo siguiente de la escalera. Pensando juntos, se nos ocurrió la posibilidad de subir detrás de él. Pero la perspectiva de trepar tantos escalones, y de luchar otra vez contra los tigres, las ratas y los murciélagos nos hizo temblar. De todos modos, no podría llegar demasiado lejos. Continuamos bajando.

Tropezamos con el segundo escalador cinco minutos más tarde. Como el primero, subía arrastrándose, tenía los ojos cerrados y estaba desnudo. La piel era muy blanca por arriba, pero abajo estaba enrojecida por el roce con los escalones. El pecho se le expandía y se le contraía como un fuelle con cada respiración, al mismo ritmo con que se movían los brazos. La expresión de la cara mostraba un cansancio enorme.

Esta vez fuimos menos prudentes. Nos sentamos en un escalón, hombro contra hombro, para impedirle el paso y obligarlo a hablar.

—¿De dónde viene? —preguntamos—. ¿Qué pasa ahí abajo?

Como esperábamos, el hombre no contestó. Siguió subiendo hasta que una de sus manos tocó un pie de Sabrasú, que estaba á la izquierda, junto a la pared.

—¿Por qué no habla? —preguntamos.

El hombre había retirado la mano como si se hubiese quemado, y ahora tanteaba el escalón buscando un punto libre por donde pasar. Mantenía los ojos cerrados.

—¿Qué le pasa? —preguntamos.

El hombre tocó el otro pie de Sabrasú, movió el cuerpo unos centímetros, tocó el pie izquierdo de Gadma, que estaba en el medio, luego el derecho, y volvió a moverse. —¿Quiénes son ustedes? —preguntamos—. ¿Por qué suben así?

Entre los tres ocupábamos casi todo el escalón. El hombre terminó de palpar los pies de Calibares y descubrió los diez centímetros de piedra despejada que había entre él y el agujero central. Por debajo de los ojos cerrados y la nariz dilatada apareció una especie de sonrisa. De pronto se dejó resbalar por el borde, y creímos que se caía, pero quedó aferrado a la escalera con su mano y, su pie derechos.

—¿Qué hacemos? —nos preguntamos nosotros mismos. Estábamos paralizados, mientras el hombre tensaba los músculos para sostenerse donde estaba.

Así pasaron unos segundos, hasta que el hombre consiguió estabilizarse. Entonces, con un esfuerzo extra, alzó el brazo hasta el siguiente escalón y se deslizó hacia arriba. Luego, con, un movimiento convulsivo, su pie también avanzó un escalón. Repitió el procedimiento una vez más, y luego otra, bajo nuestra mirada. Pronto el pie llego a la altura de Calibares y lo sobrepasó. Todavía sentados en nuestros lugares, torcíamos el cuello para verlo. Tres o cuatro escalones más arriba, el hombre estiró el brazo para palpar el terreno, descubrió que estaba libre y se alzó como quien sale del agua, hasta quedar tendido sobre la piedra. Hizo una pausa, apenas suficiente para respirar más profundamente que antes, se deslizó hasta la pared y siguió subiendo.

No nos movimos. Quince o veinte minutos más tarde todavía estábamos con los cuellos torcidos, mirando el punto por el que el segundo escalador, se había perdido de vista, cuando Sabrasú pegó un grito.

El tercer escalador acababa de llegar, y le había tocado un pie. Los tres saltamos al mismo tiempo. Sabrasú le agarró la cabeza, Gadma la cintura y Calibares las piernas. El hombre se sacudió, estirándose como si estuviera hecho de resortes, y Calibares salió despedido hacia el agujero central. Gadma le agarró un brazo justo antes de que desapareciera más allá del borde, pero el escalador movió las caderas y Gadma también resbaló por el escalón. Sabrasú no tuvo tiempo de pensar: a medias por su reacción de acercarse a nosotros y a medias por el empujón que le dio el escalador, terminó encontrándose sin un punto de apoyo que lo sostuviera, y los tres caímos por el vacío.

Era una sensación extraña. En medio del pánico y los gritos alcanzábamos a percibir que nuestra caída no era como debía ser. Los sucesivos tramos de la escalera se deslizaban a nuestro alrededor con lentitud, como si bajáramos en un ascensor. A cada momento nuestros bultos rozaban la piedra y el descenso se hacía todavía más lento. Gadma fue la primera que consiguió agarrarse a la escalera con una mano, y haciendo más fuerza que la que creía tener se levantó hasta quedar tendida sobre los escalones. Calibares fue el segundo, cinco tramos de escalera más abajo, y Sabrasú el tercero. Un rato después nos habíamos vuelto a reunir.

No encontramos más escaladores. Tampoco volvimos a experimentar con el agujero central. Seguimos bajando escalón por escalón hasta que el segundo odre quedó por la mitad, y calculamos que habían pasado tres semanas desde nuestra entrada a la escalera.. Las rodillas habían llevado la peor parte del trabajo, como sucede siempre que alguien baja por una escalera, y las piernas se nos doblaban. Nos dolían los músculos, por dormir sobre los escalones desparejos. El aire cada vez más viciado nos mareaba y nos hacía doler la cabeza. Habíamos dejado nuestra huella sobre un millón de escalones, y si la geografía del pozo esta vez no tenía sorpresas ocultas, estábamos doscientos kilómetros más abajo que al momento de partir. El pozo era mucho más grande y profundo de lo que esperábamos. Superaba incluso a las leyendas.

Sin embargo, y a pesar de que nada lo justificaba, teníamos una sensación de confianza en lo que vendría después. No era sólo obra del Consejero: aunque en ese momento no nos dimos cuenta, también estábamos influidos por ese poder que era capaz de controlar nuestros pensamientos. De modo que avanzábamos casi sin pensar en nada, mecánicamente, previendo el instante en que saldríamos de la escalera y encontraríamos un nuevo desafío que el pozo ya estaría preparando para nosotros. Gadma seguía escribiendo el informe, que a esa altura ya amenazaba con cubrir todo el papel que habíamos llevado. Calibares no dejaba de apuntar la linterna hacia adelante, aunque nos habría dado lo mismo avanzar a ciegas. Sabrasú elaboraba teorías sobre los ruidos que nos acompañaban, inventando corrientes de agua, animales subterráneos, escaleras iguales y paralelas a la nuestra que se multiplicaban en todas las direcciones, un universo secreto que debía existir al otro lado de las paredes.

No hubo manera de comprobar esas teorías. Al comienzo de la cuarta semana los ruidos se amplificaron de pronto y se convirtieron en el murmullo de una multitud. Sabrasú se rascó atrás de una oreja y nos recordó una leyenda que figuraba en la biblioteca de la nave. En otro momento nos habría parecido ridícula, pero ahora estábamos dispuestos a creer en cualquier cosa. Según esa leyenda, si uno oye murmullos dentro del pozo, es porque las paredes están llenas de gente con nostalgia de las rocas. La nostalgia de las rocas es una enfermedad de los habitantes de Guirnalda, que ningún médico pudo comprobar jamás. Cuando alguien la sufre, dice la leyenda, se interna en el pozo y se funde con las paredes.

Es una peculiaridad de la memoria lo que trastorna al enfermo. En cuanto la enfermedad empieza a incubarse en su organismo, la persona recuerda, como si hubiese sido ayer, la época en que las estrellas y los mundos se formaban, cuando los volcanes no tenían un lugar fijo, sino que estaban un poco en cada sitio, y todo lo que existía era roca, o materiales que subían, bajaban y se buscaban entre sí para formar rocas. El enfermo siente la necesidad de participar en ese movimiento lento, y así es que el pozo está lleno de hombres y mujeres quietos desde hace siglos, murmurando cosas que nadie entiende pero que seguramente se refieren a hechos ocurridos en tiempos remotos.

Esta vez, nuestra buena voluntad no fue suficiente para que la leyenda se confirmase. Los murmullos no venían del interior de las paredes. La escalera terminaba unos metros más abajo, sin nada que lo anunciara, y daba a un pasillo largo y angosto, iluminado con velas colocadas en unos nichos que alguien había abierto en las paredes. Calibares apagó la linterna y recorrimos el pasillo con precaución. Al otro lado había un salón inmenso, lleno de humo y olores penetrantes, y allí encontramos la multitud que murmuraba.

El salón era un preanuncio de la cárcel en que estamos ahora. Debía tener cien metros de largo y la mitad de ancho. Estábamos en uno de los extremos, y el humo apenas nos permitía ver lo que había en el otro. La luz provenía de hileras de velas, que se agrupaban en candelabros colgados de las paredes. Debajo de los candelabros había cuadros desgarrados a cuchilladas, espejos rotos, molduras agrietadas y estantes vacíos. Cada tanto se abría una puerta, que daba a otro pasillo como el que acabábamos de atravesar. Por encima, el techo estaba tapizado de escenas en relieve con ángeles y demonios, oscurecidos por el humo. En algunas partes el cielo raso se había desprendido, dejando a la vista la piedra desnuda. Para sostener el techo había tres hileras de columnas, con más escenas grabadas. Una de las columnas estaba caída, rota en dos pedazos. El piso, a nuestros pies, parecía de mármol, pero había que raspar la capa de suciedad que lo cubría para llegar a verlo. En los rincones se levantaban montañas de basura, restos de muebles, harapos, piedras sueltas.

La soledad de la escalera no nos había preparado para encontrarnos con toda la gente que llenaba el salón. La mayoría estaba echada en el suelo, junto a las paredes o alrededor de las columnas, durmiendo, jugando con un puñado de piedras y gritando para animarse, charlando o mirando algún punto vacío. Los demás caminaban en grupos de un lado a otro, sin rumbo. Gadma sacó varias fotos.

El cansancio que sentíamos hubiera bastado para hacernos caer ahí mismo, pero la mano mental que nos dominaba tenía otros planes. Nos acercamos a un grupo de tres hombres que pasaba a pocos metros.

—Buenas tardes —dijo Calibares, procurando disimular el miedo que sentíamos.

—Miren —dijo uno del grupo, que llevaba un gorro rojo—, deben ser nuevos.

—Se les nota —dijo otro, que tenía un gorro azul, mientras se enrollaba la barba con los dedos—. Hacía tiempo que no me encontraba con ninguno.

—¿Por dónde entraron? —preguntó el de gorro rojo.

—Por la escalera —contestamos.

Los tres hombres ríos miraron extrañados, seguramente por nuestro modo de hablar. Si su apariencia y su acento extranjero no bastaban, ese único detalle fue suficiente para demostrarnos que no eran aldeanos.

—Ya sé que por la escalera —aclaró el de gorro rojo—. Quiero decir antes de eso.

—¿Antes? —preguntamos.

—Lo que mi compañero quiere saber ——dijo el de gorro amarillo, que hasta entonces no había hablado—, es por dónde se metieron en el laberinto.

—¿Se refiere al pozo? —dijimos—. Por la cima de la montaña.

—¿De qué montaña? —preguntó el de gorro azul.

—La del pozo —dijimos—. ¿Qué otra, si no?

—¿En qué planeta está? —preguntó el de gorro amarillo.

Empezamos a creer que nos estaban haciendo una broma, y tratamos de reírnos. Pero el grupo nos había rodeado, y parecían demasiado serios. Todavía no habíamos desarrollado nuestras defensas, adquiridas mucho más tarde, en la cárcel, así que había que seguirles la corriente.

—En Guirnalda, claro —contestamos.

—Nunca lo oí nombrar —dijo el de gorro rojo.

—Yo tampoco —dijo el de gorro azul—. ¿Quedará muy lejos?

—Pero si estamos en Guirnalda —dijimos—. ¿De qué hablan?

Ahora sí, el de gorro rojo se río.

—¿Todavía no se lo dijeron? —preguntó.

—¿Qué cosa?

—No, no se lo dijeron —reflexionó el de gorro amarillo.

Los tres sonrieron a la vez, mientras movían la cabeza. De pronto nos transmitieron una oleada de compasión, y no entendimos el motivo. Luego el grupo dio media vuelta y empezó a alejarse. Pensamos en ir tras ellos, para enterarnos de algo concreto, pero nos pareció mejor olvidarlos. Probablemente estaban locos.

Empezamos a andar entre la multitud. Había hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos mezclados y en las mismas actitudes. Muchos estaban vestidos con trajes de amianto, ropa de cuero o mamelucos como los nuestros, y todos tenían cuencos, lanzallamas, odres, rollos de soga y linternas de las que vendían los aldeanos. De vez en cuando veíamos a un grupo que se iba por alguna de las puertas, siempre corriendo, o a un grupo que entraba, generalmente arrastrándose. Había poco contacto entre los distintos grupos, pero en general se percibía un ambiente pacífico. Si alguien nos miraba, era porque cruzábamos su campo visual.

Finalmente nos sentamos en un espacio libre que había junto a la pared, cerca de tres personas que hablaban a los gritos. Gadma quedó en el medio, Calibares a la izquierda y Sabrasú a la derecha, junto a una pila de sillas hechas pedazos. Arriba de nosotros estaban los restos de un cuadro que representaba a una serpiente de tres cabezas.

—Es un abuso —decía uno de los que gritaban—. Me cobraron el doble que a los demás.

—Y es siempre el mismo —decía otro—, eso es lo peor. El mismo miserable que me vendió tres veces esta soga.

—Nadie sabe cómo hacen —decía el tercero, una mujer—. Pero a mí no me engañan más.

El cansancio se había vuelto a adueñar de nosotros, y nos resultaba difícil interpretar lo que había alrededor. Calibares ya había cerrado los ojos, y apoyaba la cabeza en el hombro de Gadma. Sabrasú se entretenía mirando a una pareja que se movía dando vueltas en torno a una columna, y tropezando con todo. Cada tres o cuatro pasos se bamboleaban y cambiaban de dirección, de modo que en un momento determinado estuvieron a punto de atropellarnos. Se detuvieron junto a Gadma, apoyándose uno en el otro, haciendo equilibrio.

—Díganos cómo salir —pidió el hombre.

Detrás de ellos se acercaba una persona sin sexo, que andaba a gatas. Los había estado siguiendo alrededor de la columna.

—Por la escalera —dijo Gadma, señalando aproximadamente en la dirección de la que veníamos.

—No, por ahí ya fuimos —la mujer empezó a llorar—. Y es siempre igual.

—Nos arrepentimos al llegar afuera —dijo el hombre—, y nos mandan de vuelta.

La persona sin sexo llegó junto a ellos y se echó a sus pies. Pero la mujer se inclinó hacia atrás, y para no caerse tuvieron que dar varios pasos, alejándose de nosotros y de quien los seguía. No trataron de acercarse otra vez: se dejaron llevar por sus tambaleos hasta confundirse con el resto de la gente. La persona sin sexo soltó un gemido, dio media vuelta y se fue tras ellos.

Al rato apareció un viejo que debía tener cien años. Tropezó con las rodillas de Calibares, que abrió los ojos de golpe, y al caer quedó a la altura de Sabrasú.

—Ayúdeme, buen hombre —dijo—. Se me acabó la savia.

La savia debía ser el líquido que los aldeanos vendían como alimentó. Sabrasú sacó de sus bultos el odre que estaba por la mitad, y le iba a dar unos tragos al viejo cuando otro hombre se lo quitó de las manos y salió corriendo acompañado por dos cómplices.

—Tontos, tontos —gritaban los ladrones, mientras se escabullían por una de las puertas. No nos quedaban fuerzas para perseguirlos.

—Esos tienen la culpa de todo —dijo el viejo, que seguía tirado en el suelo—. Si algún día nos pusiéramos de acuerdo y actuáramos juntos, esto se acabaría —miró a Sabrasú—. ¿No le parece?

—No entendemos —dijo Sabrasú, inclinándose sobre él para oír mejor.

Otros dos viejos habían llegado poco después que el primero, y se habían acostado delante de nosotros. Aparentemente dormían. El primero los señaló.

—Llevamos ochenta años aquí —dijo—, y sabemos más que usted, joven.

—Sabrasú no quiere discutir —dijo Sabrasú—. Sólo le pide que hable más claro.

El viejo bajó la cabeza y se puso a toser.

—Los aldeanos nos ganan siempre —dijo después—, porque vamos solos. Pronto llegará el día en que salgamos mil, dos mil, cien mil, y entonces veremos quién es más fuerte.

—Está loco —dijo Gadma.

El viejo trató de levantarse y no pudo. Entonces alzó un puño y lo descargó sobre un pie de Gadma. .

—Más loca estará usted, señorita ——dijo.

Gadma se echó hacia atrás. El viejo no volvió a moverse. Sabrasú lo sacudió, pero no respondía, y dedujimos que se había muerto.

—Vámonos —dijo Calibares.

—Este lugar —siguió Gadma.

—Es insalubre —terminó Sabrasú.

Pero el cansancio era más fuerte que nosotros. Las piernas no nos respondían. Todavía estábamos tratando de levantarnos cuando, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

Soñamos con escalones, tigres y hombres desnudos que se arrastraban, y nos despertamos a medias varias veces.

El dolor de los músculos se entremezcló en los sueños, y volvimos a despertarnos en medio de pesadillas de torturas. Así paso un tiempo largo, hasta que conseguimos recuperar algo de energía. Los tres abrimos los ojos al mismo tiempo, plenamente conectados.

Los viejos habían desaparecido sin dejar rastros. El grupo que gritaba se había ido, y en su lugar había otro, que también estaba gritando. En los candelabros, las velas se seguían consumiendo, y tenían la mitad del largo que mostraban a nuestra entrada al salón. Nos pusimos de pie, acomodamos los bultos a nuestras espaldas y caminamos hacia la puerta más cercana.

Teníamos hambre, hacía calor, y todavía estábamos cansados. Pero lo único que nos importaba era escapar del salón. No teníamos claro el motivo, porque en cierto sentido el salón era menos amenazador que otros lugares del pozo que habíamos conocido, y sin embargo sentíamos que en cualquier otra parte estaríamos mejor. Así nos metimos en el pasillo que había al otro lado de la puerta, y anduvimos un rato a la luz de las velas, sin mirar hacia atrás.

El pasillo estaba desierto, y daba vueltas y vueltas. Cada diez o doce metros había una estatua, siempre la misma, que representaba a un hombre en posición de firmes. Al principio nos resultó vagamente familiar, pero no conseguimos identificarlo: a cada ejemplar le faltaba un pedazo, casi siempre la cabeza. Pero pronto encontramos un ejemplar completo, y tras observarlo unos segundos descubrimos que era el viejo de la cicatriz en la frente, el aldeano que nos había mostrado la escalera. Su presencia, aunque fuera en piedra, nos ponía nerviosos, así que apuramos el paso.

Los murmullos de la multitud se habían ido perdiendo a nuestras espaldas, reemplazados por los mismos ruidos que nos habían acompañado en la escalera, pero cuando menos lo esperábamos volvieron a surgir, ahora al frente. Recorrimos las últimas curvas del pasillo y otra vez llegamos al salón. Sin darnos cuenta, habíamos completado un giro de ciento ochenta grados.

No nos dimos por vencidos. Elegimos otra puerta al azar y volvimos a salir. El nuevo pasillo también tenía curvas y estatuas, aunque ahora el viejo de la cicatriz aparecía sentado en una especie de trono. Lo recorrimos en pocos minutos, y por segunda vez descubrimos que terminaba en el salón.

Hicimos dos intentos más, con el mismo resultado. En el tercer pasillo, el viejo de la cicatriz hacía una reverencia, con las manos colocadas palma contra palma a la altura de la frente. En el cuarto tenía los brazos abiertos y sonreía. Luego nos dejamos caer junto a una columna, en el centro del salón, a esperar algún milagro que nos salvara.

Como siempre, el Consejero estaba dispuesto a ayudarnos. Tomó cuerpo en su rincón de nuestra mente compartida, y empezó a deslizarse versículo a versículo ante nuestra mirada interior. Finalmente se detuvo en el versículo 88 del capítulo 45 de la sección 36: “La palabra es el camino. Convierte amenazas en signos. Transforma misterios en sonidos. Hable. Escuche hablar. El Idioma es un espejo. Si no entiende los objetos, entenderá su imagen reflejada en él.”

Era uno de los consejos más nítidos que habíamos recibido. Teníamos que hacer preguntas, buscar a algún habitante del salón que nos inspirara confianza y hablar con él, hasta comprender lo que ocurría. El problema era dónde buscarlo. Nos quedamos en el suelo, mirando a nuestro alrededor, sin saber por dónde empezar, pero la solución llegó sola: oímos unos pasos, y cuando nos dimos vuelta vimos que eran los hombres de gorro, los mismos que nos habían recibido a nuestra llegada al salón.

Ni siquiera necesitamos empezar la charla.

—¿Qué les parece el lugar? —preguntó el de gorro rojo, sentándose entre Gadma y Sabrasú. Azul y Amarillo se acomodaron un poco más allá, donde la curvatura de la columna nos impedía verlos. Rojo no esperó a que le contestáramos—. ¿Ya trataron de salir?

—Sí —respondimos, y empezamos a contarle nuestra experiencia con los pasillos.

—Claro, claro —nos interrumpió—. Todos hacemos lo mismo, al principio. Después aprendemos.

—¿Quiere decir que no hay ninguna salida? —preguntamos.

—A veces hay salida, y a veces no.

—¿Cómo?

—Para encontrarla se debe elegir una puerta y estar atento, esperando los signos adecuados. Después, es cosa de correr lo más rápido posible.

Lo miramos fijo, y empezó a reírse.

—Veo que no entienden nada —dijo—. Pero no se preocupen. Los vamos a ayudar. Cuando sea el momento justo, mis compañeros y yo los llevaremos a la mejor puerta y les mostraremos los signos.

—Gracias —dijimos, aunque no supiéramos qué estábamos agradeciendo.

—Les conviene irse pronto —siguió el hombre—. Son tan nuevos que tal vez consigan escapar para siempre.

—¿Qué significa eso?

—Cuanto más tiempo se pasa aquí, más difícil es salir del pozo. Las cadenas, por decirlo de algún modo, se hacen más resistentes. Tal vez uno consiga estirarlas lo suficiente para tener la ilusión de haber escapado, pero a menos que se hayan roto terminará volviendo. Es lo que nos pasa a nosotros —Rojo señaló a sus compañeros, que seguían fuera de nuestra vista—, y también a la mayoría de esta gente. Somos prisioneros del laberinto.

—Pero nosotros no queremos salir del pozo —dijimos—, o laberinto, como lo llama usted. Por ahora. Primero tenemos que terminar nuestra exploración.

—¿Eso dice su contrato? —preguntó el hombre.

—¿Cómo sabe que tenemos un contrato?

—Aquí todo el mundo tiene un contrato. ¿No se dieron cuenta? Todos somos exploradores del Centro.

—No puede ser.

—Habrán notado que todos los grupos son de tres personas —señaló en varias direcciones—, como exige el Sorteo. Inseparables, además.

—Pero el Centro nunca envía más de una expedición al mismo planeta.

—Eso es cierto.

—Entonces ustedes no son exploradores del Centro.

—Es que no nos enviaron al mismo planeta.

—¿Y qué hacen aquí? ¿Violaron su contrato?

—De ninguna manera —Rojo alzó la visera del gorro para rascarse la frente—. Fuimos a Lerjo, un mundo de las Licaidas, como nos ordenaron, a explorar las Cuevas del Imperio. Nos metimos en las Cuevas, bajamos y bajamos; y llegamos aquí.

—Imposible ¿Atravesaron el espacio andando bajo tierra?

—Vean —el hombre señaló a un grupo que se apoyaba en una columna vecina—. Esos tres vienen de Bortya, del Valle Profundo. Y aquellos —señaló a otro grupo—, de la Grieta de Trealcordam. Todos agujeros diferentes, en mundos diferentes. Y todos conectados con este sitio.

—Es absurdo.

—Claro que es absurdo. Pero eso no quita que sea la verdad.

Nos quedamos en silencio durante un rato. Después, el hombre preguntó:

—¿Se decidieron a escapar, ahora?

—¿Y violar el contrato? —respondimos—. No. Lo único que queremos es explorar lo que quede del pozo.

—Escuchen —el hombre aspiró hondo, como si fuéramos demasiado para su paciencia—. No conozco el pozo de Guirnalda, de donde ustedes dicen venir, pero ya no están en Guirnalda. El pozo de Guirnalda quedó atrás, lejos, a años luz de distancia de aquí. Sería una casualidad muy improbable que consiguieran volver allá. Si tienen la suerte de encontrar una salida auténtica, no una de las salidas engañosas donde esperan los aldeanos, estará en algún otro mundo, sin ninguna relación con Guirnalda. ¿Entienden ahora?

—Sí, pero…

—Pero nada. Ustedes bajaron por la escalera, ¿no es cierto?

—¿Qué tiene que ver?

—Dos cosas tiene que ver. La primera, que esa escalera mide unos doscientos kilómetros. Más que la corteza de cualquier planeta habitable. Si estuviéramos en Guirnalda, a esta profundidad nos habríamos cocinado hace rato.

—Con una buena aislación…

—Ni lo sueñen. La segunda cosa que tiene que ver es la siguiente. El paisaje que vieron antes de meterse en la escalera, ¿era el mismo que ya conocían en Guirnalda?

—No.

—¿Y todavía no me creen? —el hombre alzó las manos, con las palmas hacia arriba—. Lo vieron con sus propios ojos. Para su información, el planeta donde comienza la escalera se llama Lago, y estoy seguro de que queda a miles de años luz de Guirnalda.

Estábamos confundidos. Era cierto que el último paisaje que habíamos visto no se correspondía con lo que debía ser, pero de todos modos no podíamos creer lo que decía el hombre. Incluso nos parecía más fácil aceptar la leyenda que le había contado a Sabrasú el supuesto dueño del pozo, y suponer que habíamos retrocedido en el tiempo, para encontrarnos con un Guirnalda sumergido en el pasado. De ese modo, hasta se explicaba la presencia del viejo de la cicatriz: podía ser un antepasado del otro, el que estaba en la cima. Así y todo, ninguna de las dos alternativas nos gustaba; una, la del traslado temporal, porque nos impedía el regreso a Varanira en nuestra propia época; la otra, la del traslado espacial, porque terminaba con nuestra expedición antes de lo que correspondía.

—Está equivocado —le dijimos al hombre de gorro rojo—. El que nos mostró la escalera fue alguien que ya habíamos visto a nuestra llegada a Guirnalda. Un guirnaldés. No un habitante de Lago, o como se llame.

—¿Cómo era?

—Era un hombre viejo, con una cicatriz…

—Una cicatriz en la frente —Rojo se dio una palmada en la rodilla—. Lo conozco. Todos lo conocemos, como a cada uno de los aldeanos. Están en todas partes.

—Es lo que sospechábamos, pero…

—Simultáneamente, quiero decir. Son omnipresentes. Manejan todo. Son los verdaderos dueños del pozo.

El hombre se quedó callado, mirándose las puntas de los pies. Esperamos unos segundos, pero no volvió a hablar.

—¿Por qué nos dice todo esto? —preguntamos.

El hombre levantó las cejas hasta que quedaron ocultas por la visera del gorro.

—Para ahorrarles tiempo y sufrimientos —contestó—. La información que les di costó mucho dolor y muchas vidas, entre generaciones de exploradores que nos precedieron. Es importante que no se pierda. Hay que difundirla, prevenir a los nuevos como ustedes, antes que…

Rojo hizo una pausa, cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes. Cuando volvió a mirarnos estaba sudando.

—Mentira —dijo—. Me obligan a decirlo. Controlan mis pensamientos, y no puedo…

Se calló, y nosotros optamos por no insistir, porque no nos gustaba el rumbo de sus palabras. A nuestro alrededor, la actividad no había cambiado: los que dormían seguían durmiendo, y los que caminaban, caminando. Algunos tenían la vista fija en los candelabros que se alineaban en las paredes, y descubrimos que de las velas quedaban apenas unos cabos que tardarían poco en consumirse. Nos preguntamos quién se encargaría de reemplazar las velas. A nuestro lado, el hombre de gorro rojo estiró los brazos hacia arriba, aspiró hondo y volvió a mirarnos, con la misma expresión tranquila de antes y con ganas de seguir conversando.

—¿Por qué hablan así? —preguntó de golpe.

Al principio no comprendimos a qué se refería, porque estábamos pensando en otra cosa, pero luego nos dimos cuenta de que le intrigaba nuestro modo de compartir las frases. Le explicamos que era una consecuencia natural del hecho de pensar juntos.

—¿Pensar juntos? —dijo—. ¿Son telépatas?

—No exactamente —contestamos—. Tenemos una mente en común, por encima de nuestras mentes individuales.

Rojo movió la cabeza de arriba abajo, como si esas pocas palabras le alcanzaran para entender lo que para nosotros seguía siendo en parte un misterio.

—La regla se confirma siempre —dijo.

—¿Qué regla?

—La de los monstruos —alzo una mano como para apaciguarnos—. No se ofendan. Quiero decir que todos somos monstruos. Miren —llamó a sus compañeros, que se pusieron a la vista, de espaldas a nosotros. Debían haber seguido la conversación, porque entendieron lo que quería Rojo sin explicaciones. Los tres se quitaron los gorros al mismo tiempo. Eran completamente calvos, y justo en la coronilla tenían un ojo, que parpadeaba mucho por estar acostumbrado a la oscuridad—. ¿Se dan cuenta?—preguntó Rojo mientras volvía a cubrirse la cabeza. Azul y Amarillo desaparecieron otra vez tras la columna—. Cada uno de nosotros tiene una particularidad, por decirlo de un modo suave.

—¿Todos los que están en el salón? —preguntamos tratando de recobrarnos de la sorpresa.

—Sí. Da la impresión de que quienquiera que maneje los asuntos del laberinto nos elige por eso —sonrió—. Como si quisiera levantar un circo. Aquellos, por ejemplo —señaló a tres jorobados que dormían a varios metros de distancia—, tienen agallas en la espalda, y pueden respirar bajo el agua. Esas mujeres—nos indicó unas pelirrojas que parecían estar rezando—, hablan el Idioma con cualquier acento que uno les pida, aun sin haberlo oído antes. Estos tres ——señaló a la pareja y a la persona sin sexo que nos habían pedido ayuda, y que ahora seguían arrastrándose alrededor de una columna——, perciben el tiempo como una dimensión espacial, en conjunto, aunque sólo consiguen desplazarse por él como nosotros. Pobres, conocen el futuro y el pasado, y saben que no tienen escapatoria del laberinto, pero simulan tener esperanzas. Y hay casos peores —Rojo hizo una pausa, pensando—. Es difícil de creer, pero me hablaron de un hombre que adivina de dónde vino uno, el planeta, el edilicio, la habitación exacta, después de una simple charla.

—Lo conocernos —dijimos, sobresaltados—. Nos lo encontramos a poco de llegar. Dibujó nuestra oficina.

—Era cierto, entonces —dijo el hombre——. Me faltaba una confirmación.

—Un momento —dijo Sabrasú, que se había estado rascando atrás de la oreja—. Usted dice que nos elige el que maneja los asuntos del laberinto. ¿Y el Sorteo? ¿No era que todos los que están aquí son exploradores del Centro? ¿Acaso quien controla el laberinto puede controlar también el Sorteo?

—Es evidente —dijo el hombre.

—¿Cómo puede ser? ——preguntamos, luego de que la idea de Sabrasú penetró en nuestro pensamiento compartido.

—Deberían saberlo —el hombre señaló el cuello de Gadma—. Por lo que veo, seguramente se encontraron con el Poder.

—¿El Poder? —nosotros también miramos el cuello de Gadma, ahora completamente desorientados.

—O como lo llamen ustedes —dijo el hombre—. Esta mujer lleva consigo el enlace, lo que permite percibir las manifestaciones del Poder.

—No sabemos de qué habla —dijimos.

El hombre estiró la mano y agarró el collar que tenía Gadma, con el hueso en forma de X, que nos habían vendido en la primera aldea.

—De esto hablo —dijo el hombre—. ¿No sabían lo que era?

—No.

El hombre soltó el collar, metió la mano dentro de su mameluco y sacó otro hueso igual, enhebrado en una cadena de oro.

—¿Ven? —dijo—. Yo también lo tengo. Los aldeanos le entregan uno a cada equipo de exploradores. Sin esto no tendríamos contacto— con el Poder.

—Todavía no nos explicó qué es el Poder —le recordamos.

—Es lo que gobierna al Centro —dijo el hombre—. En cada sucursal se le da un nombre diferente. Algunos lo llaman Azar, otros Dios, otros Casualidad, otros Conocimiento, otros Unidad. En Diancu, mi planeta, lo llamamos Poder.

De pronto comprendimos.

—La Computadora Central —dijimos—. Este es el signo.

—¿Computadora Central? —dijo el hombre—. No está mal como idea. Es una excelente encarnación del Poder —hizo una pausa—. Pero no entiendo lo del signo.

—Así lo llamó la Computadora Central ——dijimos—, si era realmente ella.

El hombre movió la cabeza afirmativamente.

—Entonces la encontraron —dijo—. Vieron la manifestación del Poder.

—Sí —respondimos—. O por lo menos eso nos hicieron creer.

—Hacen bien en dudarlo. Aquí no estamos seguros de nada. Hay quienes piensan que se trata realmente del Poder, que se nos manifiesta a quienes entramos al laberinto. Pero también hay otros que creen en una versión opuesta del Poder, como un Poder paralelo, cuyo reino es el laberinto. Una imagen en negativo del Centro, si es que esta comparación sirve para algo.

—¿A usted también se le presentó?

—Claro, a los tres —el hombre parecía sorprendido por nuestra ingenuidad—. A todos se nos presenta alguna vez —de nuevo hizo una pausa—. Pero usted había preguntado algo, antes —señaló a Sabrasú—. Quería saber si quien controla el laberinto puede controlar el Sorteo. La respuesta es sí, aunque no sepamos cómo. Si el laberinto está en manos del auténtico Poder, entonces es lógico que controle el Sorteo. Pero si este Poder no es el Poder que gobierna al Centro, entonces la cuestión resulta mucho más confusa. Parecería que ambos Poderes se superponen, como dos hojas de papel, o más precisamente como dos sombras producidas por diferentes luces.

—Está bien —dijo Sabrasú—. Pero usted también dijo que los aldeanos son los verdaderos dueños del pozo. Que manejan todo. ¿No se contradice ahora, con este asunto del Poder?

—Si fuera así —dijo el hombre—, también habría contradicción con la existencia de leyes físicas. Todo depende del punto de vista. Las leyes físicas, el Poder, los aldeanos, son distintos planos de una misma cuestión. Como el microcosmos y el macrocosmos. Podríamos suponer que los aldeanos gobiernan el microcosmos, y en ese nivel nadie puede discutirles la supremacía. Pero el macrocosmos está en manos del Poder. Y las leyes físicas, un tanto más complejas que las que se aprenden en el Centro, proveen la estructura en la que se asientan tanto uno como otro. ¿Se da cuenta?

—Pero los aldeanos parecen tan…

—¿Tan qué?

—Tan primitivos.

—Todo depende de cómo lo mire —Rojo pensó unos segundos antes de seguir hablando—. Si les pide tecnología, no podrán mostrársela, porque la tecnología es terreno del Poder. Pero tienen sus habilidades. Por ejemplo…

—Son buenos vendedores —interrumpimos.

—Es su obligación —dijo Rojo—. Y también saben hablar el Idioma con todos los acentos que existen, igual que esas pelirrojas que están ahí. ¿A ustedes no les hablaron como en su planeta de origen?

—Sí —reconocimos.

Y por encima de todo, producen cada elemento que los exploradores usamos en el laberinto. Cuentan con la materia prima de una infinidad de mundos, y con el dinero que el Poder les hace llegar a través de nosotros.

Rojo se calló de golpe, y Sabrasú empezó a pensar alguna otra objeción, pero no tuvo tiempo de completarla. A nuestro alrededor la luz disminuía, y vimos que las velas se estaban agotando. Algunas ya se habían apagado. El hombre de gorro rojo metió las manos en nuestros bultos, y antes de que pudiéramos protestar había sacado tres mantas.

—Se acabó la charla —dijo—. Cúbranse rápido.

Le hicimos caso. Sabrasú y Gadma se acomodaron bajo una de las mantas, y Calibares y Rojo bajo la otra. La tercera quedó en manos de Azul y Amarillo. Pero nuestra obediencia no se debía a la orden de Rojo, sino a que el resto de la gente hacía lo mismo. Como si alguien hubiera dado una voz de alarma, todos habían sacado sus mantas y se estaban tapando. Las últimas velas se apagaron al mismo tiempo que escondíamos la cabeza.

Fue otro preanuncio de la cárcel. Hubo unos instantes de silencio, y luego oímos un rugido que nos hizo doler los tímpanos. Nos quedamos quietos, temblando de miedo, mientras unas manos invisibles nos recorrían el cuerpo a través de las mantas. El rugido se repitió, seguido por algunos gritos. El suelo empezó a calentarse.

—No se muevan —susurró Rojo.

Obedecimos otra vez, aunque el piso nos estaba quemando, porque el miedo era más fuerte que el dolor. Así pasamos un tiempo interminable, hasta que las manos invisibles se fueron y el suelo volvió a enfriarse, y todavía seguimos quietos unos minutos más. Después el murmullo de la gente reemplazó al silencio, y Rojo nos indicó que ya podíamos asomarnos.

Sacamos la cabeza fuera de las mantas, y vimos que todo seguía igual que antes, excepto por un detalle: en los candelabros había velas nuevas. La gente estaba plegando sus mantas para guardarlas, como si no hubiera ocurrido nada. Tratamos de imitar a los demás, pero todavía nos movíamos con torpeza.

—Ya se van a acostumbrar —dijo el hombre de gorro rojo—, si no consiguen escapar antes —nos ayudó a guardar las mantas—. Ahora hay que apurarse.

—¿Para qué? —preguntamos.

Rojo no respondió. Se puso de pie y empezó a caminar hacia una puerta. Sin una alternativa mejor para elegir, cargamos los bultos y lo seguimos. Detrás venían Azul y Amarillo.

—Éste es el mejor momento —dijo Rojo cuando lo alcanzamos—, después del cambio de velas. Los carceleros están cansados, y es más probable que dejen una salida abierta.

No hicimos mas preguntas. Rojo, Azul y Amarillo se pusieron en cuclillas junto a la puerta, y nos indicaron que hiciéramos lo mismo. Al otro lado había un pasillo como los que ya conocíamos. Esperamos varios minutos, con la mirada fija en el interior del pasillo. A nuestro alrededor se fue juntando una ronda de habitantes del salón, que parecían interesados en lo que hacíamos. Hablaban entre ellos en voz baja, y de vez en cuando señalaban algo que no conseguíamos ver.

De pronto las paredes empezaron a moverse. Saltamos hacia atrás, pero los hombres de gorro nos obligaron a volver a nuestra posición. Los curiosos gritaban con entusiasmo. Delante, el pasillo cambiaba de forma, los candelabros se hundían en la pared, y donde antes había una curva empezaba a vislumbrarse un túnel largo y recto. Un instante más tarde no quedaba nada de la imagen original, y sin embargo la piedra seguía agitándose. Rojo se inclinó un poco y se puso tenso, como si esperara una señal. Durante uno o dos minutos hubo silencio, y hasta la ronda de curiosos parecía haberse calmado. Luego Rojo empezó a agitar una mano.

—Ahora —gritó—. Corran.

Los demás también gritaban, empezando por Azul y Amarillo, y siguiendo por cada curioso de la ronda. Sin pensarlo dos veces nos pusimos de pie y nos metimos en el túnel a toda velocidad. Algo nos decía que era lo único que podíamos hacer. Avanzamos sobre un piso que vibraba bajo nuestros pies, se alzaba y volvía a caer, con los brazos abiertos para tratar de atajar las paredes que se nos venían encima. Los gritos de la gente se fueron perdiendo detrás de nosotros, y otros ruidos los reemplazaron: golpes, gemidos y llantos, como si la piedra se lamentara por la tranquilidad perdida.

Al poco tiempo nos encontramos en medio de la oscuridad, y nos detuvimos para mirar hacia atrás. No había señales de los hombres de gorro, ni de los curiosos, ni del salón. Calibares sacó la linterna y la encendió. A nuestro alrededor las paredes seguían latiendo, y volvimos a correr.

El túnel se llenó de imágenes confusas, espejismos, ilusiones. Nos parecía que una pared crecía ante nosotros, pero era el aire. Creíamos ver una curva, pero doblábamos y nos golpeábamos contra la piedra. Del piso se levantaba una mano para detenernos, pero a último momento volvía a caer. Se abría un abismo sin fondo bajo nuestros pies, y cuando buscábamos desesperadamente algo para agarrarnos se cerraba otra vez. Nos tapamos los ojos con las manos, y las imágenes atravesaron las manos y los párpados. Nos detuvimos, y el túnel siguió corriendo a nuestro alrededor.

Los gemidos y los llantos se transformaron en protestas, y las protestas en aullidos. En parte éramos nosotros mismos, que también aullábamos. Una vez creímos haber salido a la luz del sol, pero estiramos los brazos y tropezamos con paredes invisibles. Luego, el túnel nos envolvió como antes.

Así anduvimos durante horas. No teníamos otro pensamiento que el de avanzar, buscar la salida. El universo se había reducido a la dimensión de una línea, por la que saltábamos de un punto a otro, tratando de llegar al extremo.

Finalmente nos caímos, y el suelo resultó demasiado acogedor para que volviéramos a levantarnos. Sentimos un calor agradable sobre la espalda, y hundimos la cara en la piedra blanda. Dormimos un tiempo, sin sueños, y al despertar todo estaba quieto y en silencio.

Abrimos los ojos sobre la tierra desnuda, a la sombra de un árbol, bajo un cielo con nubes. Apoyado en el tronco del árbol había un aldeano joven que nos esperaba, masticando una hoja de hierba. Más allá, en un declive del terreno, estaban las casas.

El fondo del pozo – 15

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El fondo del pozo

15

“Los sentidos no perciben las cosas del mundo. Se perciben a sí mismos en las cosas del mundo. Vea. Toque. Oiga. Guste. Huela. Descubrirá las propiedades de sus sentidos, no las propiedades del universo.”
(Consejero, 7391:14)

Cuando llega la hora de la comida todavía estamos inspeccionando las aberturas de la prisión. Es el momento de más calor de todo el verano. El zumbido que anuncia el almuerzo nos sorprende en el fondo de un túnel helado, en el que nos habíamos refugiado, y nos apuramos a salir. Las cápsulas empiezan a caer al mismo tiempo que asomamos la cabeza fuera del túnel. Dejamos nuestras pertenencias en un lugar apropiado y nos sumergimos en la lucha de todos los días.

El escalón superior, el que limita con la pared, sólo se llena de gente durante la caída de las cápsulas. Cada uno de los prisioneros trata de poner la mayor distancia posible con los demás, para abarcar el espacio más grande. Nosotros tenemos algunas ventajas: siendo tres y pensando juntos, nos colocamos en los vértices de un triángulo mayor que el espacio promedio, e impedimos la entrada a todo el que se acerca. Luego tendremos un botín de cápsulas desparramadas por el suelo que pocos prisioneros se atreverían a soñar.

Esta vez las cápsulas tienen gusto a fruta, de modo que es más difícil que de costumbre quedar satisfechos. Cuando terminamos de atajarlas, de juntar los restos y de raspar el suelo con las uñas, alzamos los bultos y nos vamos a descansar a un rincón bastante oscuro, lejos de los fuegos. Las primeras formaciones de humo están suspendidas del aire, y a partir de ahora casi podríamos usarlas como reloj, siguiendo su desarrollo, su crecimiento rápido en torno a los fuegos, su dispersión hacia todos los puntos de la cárcel. La apariencia de limpieza que tenía la prisión al comienzo del verano, hace pocas horas, ya no existe. Los escalones se van llenando de excrementos, particularmente ahora, después de la comida. Los trozos de leña caídos durante el invierno están a medio quemar, y las cenizas se distribuyen uniformemente alrededor de los fuegos. Las corrientes de agua están teñidas de marrón, y arrastran objetos perdidos por los habitantes de los escalones superiores, que otra gente, en los escalones inferiores, trata de pescar antes de que caigan a la fosa central. Podría decirse que la entropía va en aumento, cosa que a Dindir no le gustaría nada si estuviera aquí, y llegará a su punto máximo justo antes del comienzo del invierno. Lo que nadie sospechó jamás, ni siquiera Dindir, es que la entropía tiene mal olor.

Con el estómago lleno conseguimos calmar la corriente eléctrica que nos produjo la visión del grupo que se bañaba, el de introvertidos y extrovertidos. Pero no se va del todo, sigue latente en un rincón del vientre, como un dolor placentero, un principio de asfixia, una fuerza contenida que pronto exigirá que la liberemos. Sabrasú se desconectó, como suele hacer últimamente, para pensar en sus teorías, o para reemplazar la soledad de nuestra mente compartida por la compañía de nuestros pensamientos individuales. Es el inconveniente de pensar juntos, que no habíamos notado antes de entrar a la prisión: si no hay otra gente en la cual confiar, quedamos aislados.

Un rato más tarde nos ponemos de pie, convencidos de que seguir trabajando es el mejor método para olvidar la tensión. Avanzamos pegados a la pared, mientras Calibares ilumina la piedra con la linterna, estudiando los resquicios y las imperfecciones. Aunque nuestro amigo, el de gorro rojo, haya dicho que la tecnología es terreno del Poder, la linterna es probablemente el artefacto más asombroso que hayamos visto: es la misma que compramos a los aldeanos en la cima de la montaña, y jamás tuvimos que recargarla. Por otra parte, no sabríamos cómo hacerlo; es imposible abrirla, y no tenemos la menor idea de cómo funciona. Es increíble que alguna vez la hayamos juzgado primitiva.

Pronto llegamos a la siguiente abertura, una claraboya estrecha que da a una esfera de cristal. La claraboya alcanza apenas para que metamos la cabeza y un brazo con la linterna, y lo hacemos por turno, para observar los reflejos de la luz en el cristal. Jamás pudimos determinar el diámetro de la esfera, ni siquiera arrojando cosas a su interior. Tampoco sabemos qué hay detrás del cristal, donde se forman imágenes de sueño, fantasías que de algún modo parecen sincronizarse con los pensamientos del observador, modelos abstractos de cosas familiares y que sin embargo no podemos identificar. El efecto es hipnótico y cuando uno de nosotros lo contempla los otros dos tienen que sacarle la cabeza de la claraboya por la fuerza. Si pensamos juntos, nuestra mente compartida se sobresalta, y tenemos que desconectarnos para recuperar la tranquilidad.

Esta vez Gadma es la última en mirar. Mientras se recupera del encantamiento, seguimos andando.

Diez metros más adelante hay otra abertura, en la que apenas nos detenemos. Es una puerta de madera, que se abre a un pozo vertical por el que cuelga una soga. La soga es una invitación a bajar, pero no hay que aceptarla. Una vez Calibares empezó a descender, y algo lo agarró por los pies. Tuvimos que tirar con toda nuestra fuerza para salvarlo, y las marcas jamás se le borraron. De modo que sólo abrimos la puerta para asegurarnos de que nada haya cambiado, y la cerramos otra vez.

Así son nuestras expediciones por el perímetro de la prisión. La mayoría de las aberturas han dejado de interesarnos hace tiempo, y si las visitamos es por una cuestión de rutina. Pero a veces encontramos algo nuevo, o recibimos una sorpresa, como ocurrió con el loco del traje de buzo y su regreso del espacio vacío. Un solo acontecimiento de esa clase justifica varias expediciones, aunque quede sin explicar, y ahora nos sentiríamos conformes con lo obtenido aunque recorriéramos otras doscientas aberturas sin encontrar nada interesante.

Sin embargo, la suerte está a nuestro favor, porque un poco más tarde tropezamos con algo que estamos buscando desde hace mucho tiempo. Primero, Calibares ilumina una ranura en la piedra, que no habíamos visto antes. Luego sacamos un trozo de alambre de nuestros bultos, uno de los tantos objetos valiosos que fuimos recolectando desde nuestra llegada a la prisión, y lo metemos por la ranura para ver qué ocurre. Se oye un clic y nos echamos al suelo, pero la ranura decide no atacarnos. Volvemos a mirar, y ahora hay dos ranuras. La segunda también produce un clic, y surge una tercera. Repetimos el procedimiento varias veces más, y pronto nos damos cuenta de que las sucesivas ranuras van dibujando en la piedra el contorno de una puerta. Cuando la puerta queda completa, la empujamos y se abre a una habitación desconocida.

En la habitación hay un laboratorio fotográfico. Está a oscuras, pero la luz de la linterna nos basta para ver lo que contiene. Las cajas de papel sensible se apilan en varios estantes, sobre la pared opuesta a la entrada. A un costado hay una mesa con cubetas y varios frascos de material opaco, y junto a la mesa una pileta y una canilla. Un poco más cerca está la ampliadora, y encima de todo, gobernando el escenario, cuelga una lámpara roja, apagada.

El hallazgo es demasiado bueno como para no sospechar, y nos quedamos unos minutos afuera, esperando descubrir dónde está la trampa. Gadma se pone nerviosa: la mayor parte del bulto que lleva a la espalda, además de las pilas de papel garabateado del informe, consiste en kilómetros de película expuesta y no revelada, donde está registrado todo lo que apuntó con su cámara desde nuestra llegada a Guirnalda. Hasta ahora no tuvimos ocasión de revelar ni un centímetro de esa película, con la que podríamos reconstruir una a una las imágenes del pozo, refrescar la memoria y tal vez explicar algunas de las cosas que ocurrieron. Por eso, Gadma está ansiosa por aprovechar la oportunidad. Nosotros también, pero tenemos un poco más de paciencia, y la agarramos de los brazos para que no se meta corriendo en la habitación.

Sin embargo, las precauciones no parecen necesarias. Dentro del laboratorio todo está quieto. Afuera, un grupo de hombres sentados en torno a un fuego cercano nos mira con curiosidad. Una nube de humo flota un instante alrededor de nuestras cabezas y luego se asoma al interior del laboratorio. Finalmente, Calibares lo imita. Junto a la puerta, del lado de adentro, hay un interruptor. Calibares lo acciona y salta hacia atrás, mientras la luz roja se enciende. Durante otros diez minutos no hay novedades. Algunos de los hombres que nos miran deciden acercarse para ver qué hacemos, y antes de darnos cuenta quedamos encerrados entre ellos y la habitación.

La cárcel es peligrosa por sí misma, pero nos enseñó que los prisioneros son más peligrosos todavía. Sabrasú acepta que nos conectemos para defendemos mejor, pero Gadma elige antes que nosotros y nos empuja dentro del laboratorio. Cerramos la puerta detrás de nosotros.

Al otro lado los hombres empiezan a golpear, pero los ruidos y los gritos nos llegan amortiguados por la piedra. La puerta tiene una barra de metal que baja y calza en un gancho que hay en la pared. La colocamos en su sitio, y quedamos a salvo de los curiosos.

No tiene sentido preguntarse por qué los carceleros han puesto un laboratorio fotográfico a nuestra disposición. Sus motivos forman parte de la metafísica, y por más que teoricemos no podemos contar con saber la verdad. Amontonamos nuestras cosas en el único rincón vacío, entre la entrada y la ampliadora. Calibares se sienta junto a la puerta, y Sabrasú empieza a recorrer los estantes, sacudiendo las cajas para comprobar que están llenas. Gadma no pierde tiempo: abre las puertas de un armario que estaba oculto detrás de la entrada, encuentra varios tanques de revelado, broches y termómetros, y se lleva todo a la mesa. Luego estudia el contenido de los frascos y prepara una mezcla con lo que hay en uno de ellos y agua. Llena los tanques, saca los rollos de película de entre los bultos, elige algunos y apaga la luz.

Al no haber peligros aparentes, volvemos a desconectarnos. Los curiosos se habrán aburrido, porque ya no se oyen. Lo único que percibimos son los ruidos que hace Gadma mientras revela un rollo de película tras otro, y los va acomodando en la pileta llena de agua. Sabrasú se echa en el suelo, al lado de los estantes, y se duerme. Calibares se queda un rato apoyado en la puerta, y luego también opta por dormirse. Cuando abrimos los ojos todo está en silencio.

—¿Qué pasa? —pregunta Calibares en la oscuridad.

—Los negativos se están secando —dice Gadma—. Hay que esperar.

—¿Ya están todos revelados? —pregunta Sabrasú.

—No —dice Gadma—, una parte. Pero Gadma también necesita descansar.

—¿Podemos prender la luz? —pide Sabrasú.

—Un momento —interrumpe Calibares.

Nos callamos. Hay un susurro casi imperceptible que llega a través de la puerta, como un huracán con sordina.

—Veo que todavía están aquí —dice una voz profunda, acompañada por un grito lejano.

—Te lo dije —responde otra voz—, no pueden escapar.

La segunda voz es aguda, y está matizada por una risa. Nos damos cuenta de que afuera ha llegado el invierno, y las tres cabezas de luz se están divirtiendo otra vez a costa de los prisioneros. Empezamos a temblar, aunque el frío no atraviese la puerta. Es la primera vez que pasamos el invierno fuera del lugar que corresponde a los prisioneros, y no sabemos si los dueños de la cárcel nos permitirán tanta libertad sin castigo. Quietos en nuestros lugares, tratando de no hacer ningún ruido, escuchamos el discurso del pico de águila, los gritos de las víctimas elegidas por las garras, las risas finales y el silencio que cae sobre la prisión. Tenemos los ojos bien abiertos, los puños apretados y las piernas rígidas, y así nos quedamos durante horas, conectándonos y desconectándonos según los vaivenes del miedo. Mucho más tarde el cansancio nos obliga a dormir.

Nos despiertan unos golpes en la puerta, y saltamos de nuestros lugares preparados para luchar. Pero son los curiosos del verano anterior: los reconocemos por los gritos. Nos resulta fácil imaginar su desesperación, después de vernos desaparecer tras una puerta y no regresar. Estarán pensando que encontramos una salida. De todos modos la puerta parece firme, y nos tranquilizamos. Además, el hecho de que haya terminado el invierno y los carceleros nos permitan seguir en este lugar significa que, al menos por el momento, estamos seguros. Gadma enciende la luz y revisa los negativos. Están secos.

Gadma llena algunas cubetas con una mezcla de líquidos y agua y enciende la ampliadora. Todo funciona bien. Sabrasú le alcanza una caja de papel sensible, y Gadma prepara la primera tira de película revelada, colocándola en la ampliadora de manera que el primer negativo queda proyectado en el sitio donde va el papel. Lo pone en foco, y los tres nos inclinamos para ver.

Al principio no entendemos nada: sólo hay unas manchas sin sentido.

—Es la primera fotografía que sacó Gadma —explica Gadma—, en el puerto de Guirnalda.

Entonces vemos los edificios, blancos bajo un cielo negro, recortados en los rincones. Delante de todo está la nave, y Calibares estira una mano como si quisiera acariciarla. El dibujo de luz y sombra le trepa por encima de los dedos, Gadma apaga la ampliadora, coloca un papel y dispara. Luego pasa el papel por los líquidos y lo sumerge en el agua de la pileta. El segundo negativo es muy parecido al primero, y dejamos que Gadma siga trabajando sola.

Un rato más tarde tenemos una colección de fotografías que se lavan en la pileta. Encendemos una luz blanca que hay justo encima, y vemos la ciudad de Guirnalda, el almacén de ramos generales donde hicimos nuestras compras, la nave otra vez. Estamos nosotros mismos, en pose de turistas. Miramos nuestras propias sonrisas, nuestras caras blancas y nuestra ropa de verano recién comprada y sentimos dos cosas contradictorias: rabia, y una nostalgia que casi nos impide respirar.

La siguiente tira de negativos abarca el primer tramo de nuestro paseo en burro, desde la ciudad hasta la montaña. En cada uno la montaña aparece un poco más grande que en el anterior, hasta que una sola fotografía no basta para encerrarla. Nos detenemos un buen rato en estudiar la secuencia, buscando señales de las aldeas. La montaña parece deshabitada.

A Gadma le lleva varias horas copiar todas las fotos que sacó durante nuestra ascensión hasta la cima, y poco a poco vamos perdiendo interés. Empezamos a sentir hambre. Calibares apoya un oído en la puerta para tratar de descubrir si afuera están cayendo las cápsulas. No oye nada.

—La cima —anuncia Gadma más tarde, y nos amontonamos alrededor de la pileta.

—¿Está segura Gadma de que es la cima? —pregunta Sabrasú, observando una foto tras otra.

—Gadma nunca se equivoca en sus anotaciones— contesta Gadma.

—¿Y dónde está la aldea? —pregunta Calibares.

No podemos responderle. En algunas fotos aparecemos nosotros, o nuestros burros. En las demás sólo hay piedras, cielo, pedazos de montaña. Las casas y los aldeanos se perdieron en algún punto entre lo que vieron nuestros ojos y la película. Reconocemos el lugar: la disposición de las piedras, la forma del borde que nos separaba del abismo, todo coincide con nuestro recuerdo de la cima. Pero el lugar está vacío.

Varias fotos seguidas han quedado fuera de foco, y no se entienden: son las correspondientes al momento en que vimos la boca del pozo, cuando Gadma olvidó de pronto cómo manejar la cámara. Pero luego distinguimos claramente la boca. Es tal como la recordamos, aunque no hay rastros de la valla.

Gadma sigue trabajando a toda velocidad. Tratamos de ayudarla, pero lo único que conseguimos es estropear varias copias por exponerlas a la luz blanca antes de pasarlas por el fijador. Nos apartamos. Sabrasú se pone a silbar una melodía improvisada. Calibares da vueltas por los rincones, golpeando las paredes con los puños cerrados.

Poco a poco van surgiendo las fotos siguientes. No son interesantes. Algunas muestran piedras movidas, otras nuestras caras de sorpresa. Finalmente llegan las que corresponden a nuestra recorrida por la casa-laberinto, donde terminamos encontrando a la supuesta Computadora Central. Por lo menos, Gadma asegura que son ésas. Lo único que muestran es un túnel oscuro, o algo que parece un túnel: los negativos apenas están impresionados por la luz escasa de la linterna.

—Esto es ridículo —dice Sabrasú, el primero que se atreve a hablar.

—No vale la pena seguir—dice Calibares—. Gadma es un desastre sacando fotos.

—Así que la culpa es de Gadma —dice Gadma.

—De alguien debe ser —dice Sabrasú.

—Algún defecto de la cámara —propone Calibares.

Nos miramos, apretando los puños. Seguimos teniendo rabia, miedo y nostalgia. Estamos desorientados. El pozo jamás va a terminar de jugar con nosotros. La corriente eléctrica nos sigue recorriendo la espalda. Estamos en un lugar prohibido de la cárcel, dudando de nuestra memoria y de nuestros sentidos, mientras pasa la hora de la comida. No nos atrevemos a salir, ni queremos quedarnos. Necesitamos un desahogo.

Es imposible saber cuál de nosotros se mueve primero, pero de pronto nos abrazamos, rodamos por el suelo, nos enroscamos, nos desenroscamos, nos atornillamos, nos desatornillamos. Otra vez conectados, somos testigos de nuestra mente compartida, que se deja llevar por las sensaciones de seis manos que acarician y seis superficies acariciadas simultáneamente. Nos consolamos, nos desconsolamos, nos apretamos uno contra otro contra otro. Cerramos los ojos para clausurar el resto del mundo. Cada uno de nosotros guía las manos de los demás, somos un único organismo que se lame las heridas, se reconforta, se excita.

Un ruido nos obliga a separarnos. Pero no es el ruido, sino una orden no pronunciada, una señal de la mano que tantas veces controló nuestros pensamientos durante la expedición. La barra que cierra la puerta se está levantando. Sube un centímetro, luego otro, y después dos más. Retrocedemos hasta el rincón de la pileta, nos escondemos detrás de nosotros mismos. La barra termina de alzarse, y la puerta se abre. Entra alguien que al principio no conseguimos distinguir. Su cuerpo está tomando forma, o nuestros sentidos tratan de acomodarse a la nueva percepción. El recién llegado cierra la puerta a sus espaldas, baja la barra y cruza los brazos apenas modelados.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —pregunta. Nuestra vista termina de adaptarse. Lo reconocemos. Es el loco del traje de buzo.

El fondo del pozo – 16

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El fondo del pozo

16

“La memoria es transversal. Recorre los acontecimientos en una dirección que no es la del espacio ni la del tiempo. Viva. Recuerde. Tendrá dos experiencias diferentes.”
(Consejero, 68:53:106)

El aldeano no se separaba del árbol. Tenía el codo derecho apoyado en la mano izquierda, y se miraba las uñas de la otra mano. Esperaba que reaccionáramos, pero teníamos muchas cosas que digerir antes de empezar a movernos. Nos quedamos un rato largo echados en la tierra. Sentíamos las piedras que se nos clavaban en la piel poco a poco, profundizando la irritación célula por célula, del mismo modo en que las últimas sorpresas del pozo avanzaban por nuestra mente compartida, con dolor.

No estábamos en condiciones de razonar. Ya nos resultaba difícil elegir entre los impulsos que nos tentaban: quedarnos en el suelo para siempre, salir corriendo, dejarnos morir, continuar en nuestro papel de exploradores, abandonar todo y buscar un rincón del universo en el que pudiéramos olvidar y ser olvidados. Nuestro pensamiento estaba cruzado por imágenes fugaces del pozo, de nuestra oficina, de Dindir, Balibar y Hecher, de los momentos que parecían haber influido para que llegáramos a nuestro estado actual, de cansancio y desesperación. Tratamos de recurrir al contrato en busca de ayuda, pero se había transformado en algo vago y distante, como el recuerdo del recuerdo de un sueño. En las últimas horas Sabrasú había olvidado todas las cláusulas, y era como si el contrato no existiera.

Finalmente notamos que el Consejero empezaba a moverse en su nicho. La Computadora Central, el Poder, los aldeanos o quienquiera que fuese se preparaba para enviarnos un mensaje. Esta vez, por algún motivo, no lo soportamos. Nos pusimos de pie.

—Les reservé un trineo —dijo el aldeano, volviendo a la vida como nosotros—, para que puedan…

No terminó de hablar. Entre los tres lo agarramos por el cuello, la cintura y los pies, y nos lo llevamos a un lugar escondido tras las rocas.

—¿Dónde está la salida? —le preguntamos.

—No sé de qué hablan —dijo el aldeano.

Nos dolían los huesos. Una mano invisible nos apretaba la garganta. Calibares agarró la cabeza del aldeano y le metió los dedos en los ojos.

Vamos, rápido —insistimos—. ¿Dónde está la salida?

—¿Quieren tener la amabilidad de soltarme? —dijo el aldeano, mientras los dedos de Calibares se hundían. Gadma empezó a pisarle las manos, primero una, luego la otra. Nos costaba respirar. Teníamos que hacer esfuerzos para mover cada músculo.

—Tengo mucho que hacer —dijo el aldeano—. Me voy a perder la próxima expedición.

Usamos los dientes, las uñas y las botas. Sentíamos los pulmones como si estuvieran llenos de piedras, y no podíamos controlar los esfínteres. Mojamos la ropa, que enseguida se nos pegó a la piel.

—Qué demora inútil —dijo el aldeano—. ¿Quieren el trineo, sí o no?

Usamos los lanzallamas, con los ojos llenos de lágrimas.

—Tengo que trabajar —protestó el aldeano.

Dejamos el cuerpo ahí mismo, y a pesar de que el suelo se negaba a sostenernos juntamos fuerzas para salir a buscar otro candidato. Era nuestra primera experiencia con los métodos violentos, y nos daba cierto placer. Por lo menos, servía para compensar nuestro propio sufrimiento. Lo que no entendíamos era cómo pesábamos tanto, si por adentro nos sentíamos vacíos. Caminábamos hacia la aldea apoyando un pie delante del otro con mucho cuidado, sin apartar la vista de un punto fijo situado al frente. Esperábamos encontrar a una mujer o a un chico, mejor a un chico, que no pudiera negarnos la información.

Pero encontramos otra cosa. Los pobladores salieron: todos al mismo tiempo de sus casas, y avanzaron hacia nosotros codo contra codo, en un frente de varios metros.

—Déjenme a mí —gritó un hombre, el vendedor de sogas.

—No —gritó otro—, ya te dejamos la última vez—éste era el vendedor de cantimploras.

Empezamos a retroceder.

—Yo, yo —dijo una vieja, la representante del cuerpo de guías—. Yo heredé el trineo.

—¿Quién te dijo eso? —le contestó la vendedora de trajes de amianto, junto con el vendedor de linternas, el vendedor de huesos en forma de X y los demás.

—Era mi hijo, estúpidos —dijo la vieja.

El suelo se había vuelto resbaladizo, de modo que apenas conseguíamos movernos, pero los aldeanos seguían corriendo como si nada. Nos alcanzaron un minuto más tarde, cerca de una puerta que daba al pozo, la misma por la que habíamos salido. Mientras nos rodeaban, los gritos aumentaron de volumen. Dejamos que el suelo nos llegara a la cabeza, y nos agarramos a las piedras sueltas para no seguir cayendo.

De pronto los aldeanos se pusieron de acuerdo. Gritaron un poco más, y se quedaron callados. La vieja que decía haber heredado el trineo alzó la cabeza en un gesto de triunfo y dio un paso al frente en nuestra dirección. Nos miró de punta a punta antes de hablar.

—Les reservé un trineo —dijo—, para que puedan bajar al glaciar.

No podíamos movernos, ni contestar. Habíamos olvidado nuestro proyecto violento.

—Muy barato —agregó la vieja, al ver que su oferta no tenía respuesta.

—No quieren el trineo —dijo otra voz, fuera del círculo qué nos rodeaba.

Varios aldeanos se corrieron para abrir paso al que había hablado, y vimos que era el viejo de la cicatriz en la frente. Caminó hasta el centro del círculo y se ubicó de tal modo que sus sandalias quedaron a la altura de nuestras cabezas.

—Lo que quieren es escapar —agregó.

La vieja se echó atrás, hasta confundirse con la muralla de aldeanos. No discutió el derecho del viejo de la cicatriz a estropearle el negocio. Desde nuestra posición, la cabeza del viejo se confundía con el cielo.

—Sin embargo —dijo el viejo—, ese no es el plan. Después de tanto tiempo, deberían haber llegado al fondo del pozo.

Inclinó la cabeza hacia nosotros. La cicatriz estaba roja. El resto de los aldeanos escuchaba en silencio, y el mundo parecía terminar donde terminaba el círculo. El Consejero volvió a despertarse, y esta vez no pudimos contenerlo. Los versículos, los capítulos y las secciones formaron una cascada en nuestra mente. Cuando se detuvieron leímos, 29:87:15: “Obedezca. ” Era el versículo más corto que habíamos visto jamás, y probablemente el más preciso. El Consejero se escondió en su depósito inconsciente, y al mismo tiempo el viejo sonrió, como si supiera lo que ocurría en nuestros pensamientos.

—Todavía están a tiempo —dijo—. Nosotros los vamos a ayudar.

Hizo una seña, y los aldeanos nos levantaron por el aire. Miramos más allá de sus cabezas: estábamos en la cima de la montaña de Guirnalda, como al principio. Al otro lado del abismo estaban el cuadriculado de sembradíos y la ciudad. Las manos de los aldeanos nos masajeaban por abajo, y el viento de las alturas por arriba. Nos llevaron hasta la aldea, rodearon el depósito y nos permitieron ver durante un segundo la boca del pozo.

Después nos tiraron por el borde.

Ahora, en la cárcel donde unas ranuras de la pared llevan a un laboratorio fotográfico, nos parece que hubo otros acontecimientos entre nuestra llegada a Guirnalda y el momento en que nos tiraron al fondo: otro encuentro con la Computadora Central; un viaje interminable por una galería de espejos; un motín en compañía de los otros exploradores, bajo el mando del viejo que había simulado morir a nuestros pies. Recordamos claramente haber caminado por un arroyo de agua helada; haber dormido en agujeros oscuros, con los lanzallamas preparados, oyendo ruidos profundos y lejanos; haber trepado por unas columnas resbaladizas para escapar de una inundación; haber encontrado las flautas junto a un esqueleto anónimo. Pero estos recuerdos no se encadenan en una secuencia. Son fragmentos aislados, como tal vez lo sean todas nuestras experiencias en el pozo. Si conseguimos reunir algunas en un conjunto ordenado, probablemente sea gracias a un engaño de la memoria, no un resultado de lo que vivimos en realidad. Tal vez no haya modo de organizar cronológicamente nuestras experiencias, y existan dos, tres o más conjuntos de. experiencias superpuestos, simultáneos, independientes unos de otros.

Pero esto se nos ocurre ahora. Cuando caíamos por el pozo no tuvimos tiempo de pensar tanto. Estábamos a oscuras, por afuera y por adentro. Nos dejábamos llevar por la fuerza de la gravedad, y por las otras fuerzas que existen en el pozo, casi sin darnos cuenta. No sentíamos más miedo que antes, ni más desesperación. No pensábamos que en esa caída se iban nuestros últimos retazos de vida, porque algo nos decía que no era así. Caímos eternamente, pero en el pozo la eternidad debe tener un límite, porque la caída terminó. Sentimos un golpe seco, y al mismo tiempo se terminaron los dolores y el sufrimiento. Abrimos los ojos a la luz artificial.

Estábamos en la cabina de control de nuestra nave. En la pantalla encendida se veía un ángulo del puerto, y mas allá la ciudad. Nuestras pertenencias se habían desparramado con la caída, y nos rodeaban: la linterna, los rollos de película, la montaña de papel que había escrito Gadma, las mantas. Un murmullo agradable acompañaba la vibración del suelo en que estábamos echados: el motor en funcionamiento.

Tardamos bastante en reaccionar, y antes de que pudiéramos movernos el piso nos atrajo con más fuerza. El puerto y la ciudad se hundieron en la pantalla, y unos minutos más tarde fueron reemplazados por las estrellas. La nave había despegado. Nos alejábamos de Guirnalda a una velocidad que aumentaba a cada segundo.

La cámara exterior de la nave giró, y en la pantalla apareció el disco de Guirnalda. Conseguimos ponernos de pie recién cuando el disco se transformó en un punto. A pesar de la aceleración, nos sentíamos livianos. Habíamos recuperado el control de los músculos.

Lo primero que se nos ocurrió fue armar otra vez nuestros bultos: eran lo único seguro que teníamos. Recolectamos las cosas que nos habían acompañado por el pozo y las amontonamos en un rincón. Luego salimos de la cabina de mando, con las ideas más confusas que nunca, y recorrimos la nave.

Había algunos cambios. La biblioteca ya no estaba, y en su lugar había una máquina de cine, con una colección de películas de dibujos animados. También faltaban algunos elementos de lujo, que habían ayudado a crearnos la ilusión de estar de vacaciones durante nuestro primer viaje: el perfume del baño, el regulador de la luz, el equipo mecánico de gimnasia. Sin embargo, estábamos seguros de que era la misma nave que nos había llevado a Guirnalda: conservaba pequeñas marcas que el uso le había dejado en las paredes y en los muebles.

Los ejemplares del contrato estaban donde los habíamos dejado, apilados en una mesita, entre las camas. Pero también habían cambiado. Todas las hojas estaban cruzadas por un sello enorme, con una sola palabra:

RESCINDIDO

De modo que ésa era la explicación de lo que ocurría. El Centro había decidido retirarnos de la misión, y automáticamente nos encontrábamos de regreso. Por supuesto, no era una explicación razonable. No nos decía de qué modo habíamos llegado a la nave desde el pozo. Pero estábamos dispuestos a aceptarla. No teníamos otra, para elegir.

—De cualquier manera —empezó Gadma.

—Conseguimos lo que queríamos —siguió Sabrasú.

—Pudimos escapar —terminó Calibares.

El viaje fue largo y aburrido. Pasamos los días tratando de relajarnos y de reírnos con las películas de dibujos animados. Nos sentamos durante horas en la máquina de cine, o frente a la pantalla. Pero las estrellas y los personajes de colores nos resultaban parecidos: todo era lo mismo, cuando por nuestra mente pasaban las imágenes mucho más fuertes y definidas del pozo. Cualquier emoción era débil, junto a las que nos provocaban los recuerdos.

El Consejero no volvió a aparecer, ni durante el viaje ni después. Por lo que sabemos, es posible que se lo haya tragado el pozo.

Tratábamos de no pensar en lo que nos esperaba en Varanira. Así como nos alegraba haber escapado del pozo, nos preocupaba la idea de recibir algún castigo por faltas cometidas sin darnos cuenta. No conocíamos antecedentes comparables con nuestro caso, en los que se hubiera rescindido un contrato de exploración. Y si no había castigos pendientes, tampoco nos entusiasmaba la perspectiva de volver a la oficina. Más allá de los golpes recibidos, sentíamos que el pozo nos había cambiado; de otro modo, no se explicaba que hubiésemos rechazado la ayuda del Consejero, antes de atacar al aldeano que se miraba las uñas; o que hubiésemos llegado a dudar de la Computadora Central, confundiéndola con un Poder mencionado por alguien en quien nada nos obligaba a confiar. Además, Calibares estaba inquieto, soñando con nuevas expediciones, descubrimientos, momentos de audacia; Sabrasú se quejaba del vacío de su memoria, donde no había nada para reemplazar las Ordenanzas que se evaporaban sin remedio, y decía que el Centro se le alejaba cada día más; Gadma seguía corrigiendo su informe, agregando detalles y detalles, y no daba la impresión de querer hacer otra cosa en su vida. En esas condiciones, la oficina nos parecía un lugar ajeno, propio de un Calibares, un Sabrasú y una Gadma más pequeños, más ignorantes, pendientes de un universo que sólo les llegaba por noticias indirectas, cuando nosotros ya habíamos salido de la cáscara para tocarlo con nuestras propias manos.

De todos modos, ahora sabemos que la nave nos llevaba hacia un destino que no podíamos modificar. Lo que hiciéramos más adelante, a pesar de todo lo aprendido, seguía sin depender de nosotros.

Aterrizamos en el puerto de Varanira después de muchos días. Nos recibió un grupo de agentes del Centro, que no hizo preguntas ni nos permitió hacerlas. Acompañados por ellos, hicimos el viaje en tren desde el puerto hasta el edificio, caminamos como antes por la costanera y entramos al edificio por una puerta pequeña, que no habíamos visto nunca.

La puerta daba a una oficina como la nuestra, aunque con más polvo y más papeles. Detrás de un escritorio había un hombre gordo, que nos miró apenas el tiempo suficiente para saber cuántos éramos. Abrió un cajón, sacó tres fajos de papeles y los tiró sobre el escritorio.

—Firmen —dijo.

No nos movimos. El gordo levantó la vista una vez más, y volvió a bajarla. Detrás de nosotros, uno dé los agentes que nos acompañaban tosió.

—Firmen —repitió el gordo.

Aspiramos hondo, y nos acercamos al escritorio. Una vida entera de reflejos condicionados no podía quedar olvidada en un instante. Tomamos las lapiceras que nos dio el gordo y firmamos. El gordo volvió a guardar los papeles, y sacó del cajón otros tres fajos iguales. Nos entregó nuestras copias del nuevo contrato, y nos miró por tercera vez.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntamos.

—Irán al departamento orbital —dijo.

—¿El departamento orbital? —preguntamos—. ¿Qué es eso?

—Lo que su nombre indica —dijo el gordo—. Un departamento del Centro, en órbita.

No insistimos, pero no porque el tema hubiera dejado de interesarnos, sino porque nuestros acompañantes nos empujaron de nuevo fuera de la oficina. El parque y la costanera estaban vacíos, y hasta la ciudad, al otro lado del río, se veía tranquila. El edificio parecía opaco bajo la capa de nubes que cubría el cielo, y no nos produjo ninguna emoción. Ya no formábamos parte de él. El hecho de que estuviéramos en Varanira no significaba que habíamos regresado. Tal vez no tuviéramos ningún lugar al que regresar. Seguíamos perteneciendo al Centro, porque habíamos firmado un contrato, pero el Centro ya no era un lugar fijo en el espacio y en el tiempo, desde el cual Sabrasú podía ver la telaraña de influencias tejida entre las estrellas sino sólo la telaraña; el punto de apoyo había desaparecido, y ahora quedaba una sustancia pegajosa y etérea, casi invisible, que nos tenía atrapados y nos obligaba a movernos a la deriva con ella. Comprendimos todo esto sin razonarlo, percibiéndolo como percibíamos las manos de nuestros acompañantes cerradas alrededor de nuestros brazos, empujándonos hacia la estación de trenes.

Tornamos el tren y volvimos al puerto. Nos dejábamos llevar sin decir palabra, porque en cierto sentido no eran nuestros acompañantes quienes nos obligaban a movernos, sino las fuerzas naturales, catalízadas por el Centro. Así, de un modo automático, ajeno a nuestra voluntad y a la voluntad de quienes nos guiaban, entramos a la misma nave que nos había llevado a Guirnalda. La puerta se cerró detrás y otra vez nos quedamos solos. Oímos el murmullo conocido del motor, y la suave tensión del despegue.

Esta vez el viaje duró pocos minutos. Apenas nos adaptamos a la nueva situación, y cuando se nos ocurrió leer el contrato, la pantalla nos distrajo: mostraba un cilindro gigantesco, suspendido entre las estrellas. Comparándolo con las naves que revoloteaban a su alrededor, calculamos que tenía varios kilómetros de diámetro, y era todavía más alto que ancho. Giraba lentamente sobre un eje paralelo a las dos bases circulares, mientras crecía hasta ocupar toda la pantalla.

La nave se acopló al cilindro por el centro de una base, luego de una aproximación cuidadosa que llevó casi medía hora. Optamos por no movernos de la cabina de control, pero tampoco ahora tuvimos tiempo de leer el contrato. Varios agentes del cilindro entraron a la nave y nos llevaron por la fuerza, dándonos justo el tiempo necesario para juntar nuestros bultos, los mismos que habíamos cargado a través del pozo de Guirnalda. Ellos, o las fuerzas naturales, nos arrastraron por varios pasillos, hasta una oficina donde revisaron nuestras pertenencias, quitaron algunas cosas y agregaron otras, cambiaron nuestras mantas por las suyas, y luego hasta un lugar abierto, en el que el paisaje era tan inmenso que nos mareó.

Estábamos en una especie de terraza, desde donde se veía el interior hueco del cilindro. La base, que por afuera era lisa, por adentro estaba tapizada de edificios y máquinas. Pero lo más sorprendente estaba arriba, en la dirección de la otra base: a mucha altura había unas nubes verdosas, fosforescentes, que brillaban contra la oscuridad de más allá. A través de un hueco en las nubes se veían varias luces titilantes.

—Fuegos —dijo un agente del cilindro. Se reía. Durante varios segundos nos permitieron observar el panorama. Luego nos metieron otra vez en los pasillos, y finalmente en una cabina cerrada: un ascensor.

Los agentes se ataron con unas correas que colgaban de las paredes y uno de ellos apretó un botón. Notamos el tirón del ascensor al ponerse en marcha, y luego empezamos a sentirnos cada vez más livianos, a medida que nos acercábamos al eje del cilindro. En la mitad del viaje, cuando estábamos cerca del eje, nuestros movimientos nos hacían volar por el aire. Los agentes, que seguían atados, trataban de contener la risa. Luego el techo del ascensor se convirtió en suelo, los agentes se desataron y poco a poco recuperamos nuestro peso.

La puerta se abrió a un túnel de piedra, y nos dimos cuenta de que el ascensor se había detenido. Los agentes se pusieron serios.

—Salgan —dijo uno.

Obedecimos, y cuando la puerta volvió a cerrarse detrás de nosotros vimos que los agentes se habían quedado adentro. El ascensor subió, dejando el rastro de luces circulares que luego conoceríamos tan bien. Recorrimos el túnel y salimos a la prisión. Nos llevó un buen rato comprender la distribución de los escalones de piedra, y distinguir a los demás prisioneros a la luz de los fuegos. Nadie fue a recibirnos. Nos sentamos junto a la pared, y revisamos los bultos, para ver qué había quedado. No faltaba nada importante, salvo las copias del contrato: no estaban por ninguna parte.

Después pasaron miles de veranos y miles de inviernos, durante los cuales aprendimos a vivir en este lugar. Desde entonces llegamos a dos conclusiones importantes. La primera fue inmediata: con el Centro transformado en una telaraña imprecisa, y sin conocer nuestro propio contrato, lo único que nos quedaba era tratar de escapar. La segunda nos llevó mas tiempo: el viejo de la cicatriz, finalmente, había dicho la verdad. Habíamos llegado al fondo del pozo.

El fondo del pozo – 17

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El fondo del pozo

17

“Todo es pasajero. La verdad depende del momento. Baje los ojos. Incline la cabeza. Cuente hasta diez. Descubrirá otra verdad.”
(Consejero, 74:96:3)

Tenemos ganas de atacar. Queremos dar un salto de animal sobre el loco y aplastarlo entre el suelo y nuestras manos. Nos gustaría hundir las uñas en su cara, y después en las caras de todos los prisioneros, y luego trepar de algún modo hasta el techo y meter los dedos en los ojos de los carceleros hasta tener sus cerebros en los puños, para estrujarlos y escurrirlos como esponjas. Luego podríamos salir del departamento orbital y buscar a los aldeanos para asarlos con sus propios lanzallamas, empezando por el viejo de la cicatriz, y más tarde volver a Varanira, y pasar por Coracor y por todas las sucursales del Centro, desparramando la venganza que necesitamos. Sería justo. Pero en cambio nos arreglamos la ropa, para disimular, y nos apretamos contra la pileta.

El loco del traje de buzo parece más alto y más fuerte que antes, como si desde nuestro último encuentro se hubiera ocupado de hacer gimnasia. No le quedan rastros del invierno que pasó sin abrigo, ni de la caída por los escalones. El traje brilla, tal vez por las chispas que lo rodean. Las chispas entraron tras él, escapando de los fuegos que afuera, en la prisión, se siguen encendiendo para que los prisioneros puedan ver la piedra que los encierra.

El loco nos hizo una pregunta. Como seguimos sin contestarle, la repite:

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

Recordamos las épocas pasadas en el pozo de Guirnalda, cuando una mano mental nos controlaba. Ahora sentimos lo mismo. La mano mental escarba en nuestra mente compartida, nos impide desconectarnos, nos modifica los pensamientos. Paralizados en este rincón del laboratorio, descubrimos que nuestro pequeño mundo autosuficiente, construido a partir de nuestra llegada a la prisión, se está cayendo a pedazos. Debimos sospecharlo antes, cuando vimos que las fotos contradecían nuestros recuerdos, o antes, cuando la puerta abierta nos mostró el laboratorio: los primeros indicios de otra catástrofe, como la que nos sacó de la oficina hace tanto tiempo. Ahora que el mundo vuelve a cambiar, queremos recuperar la paz de nuestra vida como prisioneros, la tranquilidad de las caras de luz visitándonos cada invierno, la seguridad de conocer lo que va a ocurrir mañana, porque no será distinto de lo que ocurre hoy. Algo parecido a la vida en la oficina de Varanira, con la diferencia de que ahora nos sentimos mas adultos, y el recuerdo de la infancia, con la Computadora Central y el Consejero como tutores, no nos hace felices.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —insiste el loco. Las cosas que pensamos deben ser cosas prohibidas, porque la mano mental mueve un dedo y nuestra atención cambia de objetivo. La mano mental acaba de encontrar el nicho inconsciente donde la supuesta Computadora Central guardó el Consejero, y con un masaje lo devuelve a la vida. Nos sobresaltamos con la visión de los versículos que se pasean ante nuestra mirada interior. La mano mental nos obliga a sentir alivio. Sonreímos. La carrera se detiene en eL último versículo del último capítulo de la última sección. Leemos, 127:127:127: “No hay enemigos. Baje las armas.”

Un recuerdo vago nos pone nerviosos. Hace un tiempo, en La oficina, cuando Hecher consultó al Consejero, este mismo versículo parecía diferente. Ya no podemos asegurar nada, pero un fragmento de nuestra mente está convencido de que entonces decía: “Hay un enemigo. Luche.” ¿Acaso el Consejero cambió? ¿O el Consejero escondido en nuestra mente no es el que nos acompañaba en la oficina?

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —sigue diciendo eL loco del traje de buzo, con los brazos cruzados sobre el pecho.

EL loco está creciendo, y amenaza con cubrir todo el espacio que nos separa de él. A varios metros de distancia conseguimos distinguir uno por uno los pelos dispersos de su barba. Las chispas vuelan alrededor de su cara, formando figuras, dándole vida. Es la única luz que tenemos, ahora que la lámpara roja del techo se apagó. No nos extrañaría que el laboratorio haya sido una ilusión como tantas otras que hemos visto, de esas que no se pueden distinguir de la realidad.

La mano mental ya nos ha dado demasiada libertad. Ahora se transforma en un puño: es ella quien nos estruja y escurre los cerebros. Lo único que nos interesa es escuchar al loco. Respondemos a su pregunta con un movimiento de cabeza, que tanto significa sí como no. El loco ha crecido tanto que la cabeza le llega aL techo. Se sienta con la espalda apoyada en la puerta, y mete las manos en los bolsillos que, curiosamente, tiene su traje de buzo. Sin dejar de mirarnos, pone la expresión que usa cada vez que va a comenzar uno de sus relatos absurdos: una mezcla de entusiasmo en sus ojos redondos con algo de admiración por sí mismo en las comisuras de la boca.

—Hay quienes aseguran —dice el loco— que existen dos pozos, y por lo tanto dos fondos diferentes. Uno estaría gobernado por el Poder, y otro por el Antipoder. Pero es un error. En el universo entero sólo hay lugar para un pozo, al que todo pertenece. Lo blanco y lo negro, lo oscuro y lo luminoso, cada elemento de lo existente forma parte de ese pozo.

EL loco se ríe, contento con sus propias palabras. Entre los labios, iluminada por las chispas, asoma una hilera completa de dientes, algo imposible entre los prisioneros. Cada diente tiene el largo de un dedo.

—El Centro también pertenece al pozo —dice el loco—, aunque en general está lejos del fondo. Al fondo llegan los elegidos, los que de algún modo colaboran en un gran experimento que se lleva a cabo desde el comienzo de los tiempos.

De pronto se oye una explosión. No debía estar en los planes del loco, porque se pone de pie y su cabeza atraviesa el techo, que a la luz de las chispas parece de papel. La puerta cae hacia adentro, en medio de una tormenta de polvo, humo y calor, y lo golpea en las piernas. Tenemos que movernos a un costado para evitar que caiga sobre nosotros. Al mismo tiempo, la luz roja se enciende y el laboratorio vuelve a aparecer. Gadma grita. Sabrasú también. Calibares está demasiado desorientado para gritar. Nos desconectamos durante un segundo, y nos volvemos a conectar. El loco, pequeño como siempre, flaco y con la cara llena de marcas, está echado a nuestro lado. Tal vez haya muerto. Por la abertura que ha dejado la puerta al saltar, detrás de la tormenta, entran tres personas. No son los curiosos del día anterior. Son Dindir, Balibar y Hecher.

—No se imaginan —dice Hecher.

—Cuánto nos costó —sigue Dindir.

—Encontrarlos en este sitio —termina Balibar.

Se quedan de pie frente a nosotros. Dindir recorre la habitación con su ojo sano, como si quisiera tomar posesión de todo. Balibar deja que el labio superior le baile sobre los dientes, y mantiene la vista fija en nosotros. Hecher mira al loco, mientras se limpia el polvo de la cicatriz. Llevan los mismos mamelucos que tenían en Varanira, el muestrario universal de sus viajes, pero parecen mas delgadas, más altas y más viejas que antes. El tiempo también existe para ellas.

Todavía estamos quietos. La explosión se llevó la mano mental, pero hay algo que nos sigue paralizando. Del mismo modo en que el entrenamiento de la oficina no nos sirvió en Guirnalda, y el entrenamiento de Guirnalda no nos sirvió en la prisión, ahora comprendemos que el entrenamiento de la prisión tampoco sirve para esta escena que nos toca vivir. Y no queremos otro entrenamiento. No queremos aprender. Lo único que nos interesa es salir de esta habitación, volver a la cárcel, a los inviernos y los veranos de un día, los fuegos y las cabezas de luz, y sentarnos a esperar la hora de la comida. Pero entonces tendríamos que ponernos de pie, pasar junto a Dindir y compañía, atravesar el hueco de la puerta, y todo eso es más de lo que estamos dispuestos a enfrentar. Entre tantas cosas confusas, entre tantas acciones posibles que se abren ante nosotros, lo único que conseguimos es preguntar:

—¿Por qué hablan así?

Dindir, Balibar y Hecher no contestan. En cambio, se dedican a poner la puerta mas o menos donde estaba, mientras el polvo cae hacia el suelo y las últimas chispas se apagan. Se mueven con una sincronización perfecta, y al verlas no necesitamos que nos respondan.

—¿Desde cuándo piensan juntas? —preguntamos.

—Desde que salimos de Varanira —contestan—. Nos aplicamos el mismo tratamiento que les hicimos a ustedes.

—¿Qué tratamiento? `

Sacan un rollo de soga de alguna parte y se ponen a atar al loco, aunque no parezca hacer falta: el loco tiene los ojos y la boca abiertos, y por cada agujero de su cuerpo sale un hilo de sangre.

—Ahora podemos decirlo —responden Dindir, Balibar y Hecher, compartiendo las frases como nosotros—, porque no tenemos ningún contrato que nos obligue a guardar secretos. El objetivo de nuestra expedición a Varanira fue conseguir que ustedes pensaran juntos. Para eso servían los aparatos que distribuyó Dindir en su oficina.

Mientras ellas hablan, los violines atacan una. marcha en fortissimo. Vienen de todas partes y de ninguna, y ahora sí nos sentimos como en el pozo. En cualquier momento, detrás de los violines, puede aparecer el viejo de la cicatriz, o la vieja representante del cuerpo de guías, o el vendedor de sogas, para convencernos de emprender una nueva etapa en nuestro descenso. Pero no podemos bajar mas. Debe haber un error en algún lado.

Dindir, Balibar y Hecher no dan la impresión de oír los violines. Terminan de atar al loco y lo hacen rodar hasta que queda bajo la ampliadora. Luego Dindir se sienta frente a nosotros, Balibar se queda haciendo guardia junto al loco y Hecher se acerca a mirar las fotos que están sobre nuestras cabezas, en la pileta. Esta vez no hay micrófonos, cámaras ni aparatos entre ellas y nosotros, pero de todos modos nos dominan. Seguramente es un efecto de los violines.

—Nosotros nacimos pensando juntos —conseguimos decir, haciendo un esfuerzo.

—Esa es la propiedad más sorprendente de los aparatos —dicen—. Obligan a reestructurar la memoria —los violines acompañan su discurso: ahora tocan una música de misterio. La situación nos recuerda otro discurso, el de la supuesta Computadora Central; escondidos tras la pantalla y la voz de barítono, también entonces hubo violines—. Una vez creada la conexión de donde surge la mente compartida, la memoria no tiene otro remedio que reordenarse, moviéndose hacia atrás en el tiempo, hasta interpretar de una manera diferente todo lo ocurrido antes. Por eso tuvimos que interrogarlos a fondo. Fue un modo de ayudarlos a hacer ese trabajo de reconstrucción, y también la manera de asegurarnos de que los aparatos funcionaban.

Los violines se callan. Hecher saca una foto del agua, se la muestra a Dindir y luego a Balibar, y la devuelve a su sitio. Mientras tanto, siguen hablando. Lo que dicen es un disparate, pero, como suele ocurrir con los disparates, tiene algo de sentido. Todavía recordamos el interrogatorio, y el modo en que nuestra propia historia nos sorprendía. Sin embargo, no conseguimos interesarnos en sus explicaciones. Acabamos de pensar en los carceleros, que deben estar allá arriba, en sus nidos de águila, observándonos, controlando la situación, divirtiéndose con nosotros. La visita de Dindir y compañía debe tener algún sentido para ellos, una utilidad. De otro modo no la habrían permitido.

—La cuestión —dicen las tres—, es que nosotras mismas quedamos asombradas por el resultado del experimento. Mientras volvíamos a Coracor, Hecher se las ingenió para someternos a la acción de los aparatos sin que Balibar y Dindir se dieran cuenta. Cuando comprendimos lo que había ocurrido ya era tarde para volver atrás —las tres sonríen al mismo tiempo—. Y tampoco queríamos volver atrás, porque pensar juntas es algo extraordinario. Descubrimos en nuestra mente compartida facultades que nunca habíamos imaginado.

La sangre del loco avanza por el suelo como un río, y Balibar se corre a un costado para que no le moje los pies. Sin los violines, el relato nos recuerda las fábulas del loco. Hasta nos parece encontrar un parecido entre la voz de las tres exploradoras y la voz del loco.

—La única dificultad —dicen las tres— fue conseguir un equilibrio entre los recuerdos contradictorios que nos quedaron: por un lado, el intento de nuestra memoria de construir toda una vida pensando juntas, y por el otro, nuestro conocimiento de la verdad. Nos llevó todo el viaje acomodarnos a esta nueva situación.

Hecher se cansa de las fotos y va a sentarse con Dindir. A la luz roja las tres tienen el color de la sangre del loco. Se nos ocurre preguntarles por qué han venido a contarnos todo esto, pero no vale la pena. Aunque tengan algo en común con el loco y con la supuesta Computadora Central, a lo que más se parece su presencia es a las visitas de las cabezas de luz. Las palabras que pronuncian nos llegan como ruido, un ruido más que se suma a los que nos han rodeado siempre. En el techo, los carceleros deben estar manejando sus máquinas fantasmales, creando la ilusión de una Dindir que parpadea con su único ojo bueno, de un río de sangre que avanza, de un laboratorio fotográfico donde las fotos no salen como deben. Pero así como no nos atrevemos a cerrar los ojos para no ver, tampoco podemos cerrar los oídos.

—A todo esto —dicen las tres—, nos habíamos llevado de Varanira un ejemplar del Consejero, y lo leímos de punta a punta. Los varanires tienen razón al respetarlo, pero no por los motivos que suponen. El Consejero, leído ordenadamente, da una descripción del universo. Los versículos parecen arbitrarios, pero esto es porque el universo es arbitrario. Un capítulo se contradice con el siguiente, pero el universo también se contradice. El Consejero contiene todas las verdades y todas las mentiras, y todo lo que está entre la verdad y la mentira —escapando de la sangre del loco, Balibar termina por apoyarse en la puerta—. Y si tuvimos el coraje y la paciencia necesarios para leerlo hasta el final fue porque en él encontramos una pista sobre la importancia real de nuestra expedición a Varanira. De un modo vago pero comprensible, el Consejero nos explicó para qué servía que ustedes pensaran juntos.

Detrás de nosotros, al otro lado de la pared, hay movimientos. Los percibimos en la periferia de los sentidos, como una vibración o un murmullo. Tal vez sean las máquinas de los carceleros. O los habitantes del fondo del pozo. O el producto de alguna nueva leyenda, todavía demasiado inmaduro para tener una forma definida.

—Según el Consejero —dicen las exploradoras—, existe una contrapartida del Centro, cuyo objetivo no es luchar contra el aumento de la entropía, sino todo lo contrario. Luego de crecer de modo independiente durante un tiempo, el Anticentro descubrió que para seguir creciendo debía infiltrarse en el Centro.

Durante un segundo nos parece que quien habla es el hombre del gorro rojo, en la sala de reuniones, al pie de la escalera. Era él quien creía en un Centro paralelo al Centro, en un Poder paralelo al Poder. Las mismas cosas que según el loco no existen, el enemigo que la nueva versión del Consejero desconoce. Mientras tanto, la vibración y el murmullo escondidos más allá de la pared se acercan. Hay pasos, voces, como los pasos y las voces que percibíamos desde nuestra oficina en Varanira, desde los rincones del pozo, desde los escalones de la prisión.

—La orden que recibimos —dicen las exploradoras—, de ir a Varanira, interferir con una sucursal del Centro y obligarlos a ustedes a pensar juntos, fue parte de esa infiltración. No lo descubrimos a tiempo porque esa orden nos llegó por los medios habituales, a través del Sorteo. No teníamos razones para sospechar.

Hay una pausa, un silencio durante el cual el aire se espesa y se calienta. Es como el instante en que el pie se detiene a pocos centímetros por encima de un insecto, haciendo puntería. Imitando a las tres cabezas de luz, las tres exploradoras sonríen. Luego se inclinan hacia adelante, para acercarse a nosotros.

—Y ahora lo más importante —dicen—. La razón por la que ustedes debían pensar juntos era…

Un grito nos impide oír el resto de la frase. Es lo mismo de siempre, el mismo final que tuvo la promesa del pico de águila, cuando nos quiso hacer creer que revelaría el modo de escapar de la prisión. Otra vez, la sincronización es perfecta: el grito de la víctima oculta la revelación. Pero ahora la víctima somos nosotros mismos. Es nuestro propio grito el que nos ensordece. Las tres exploradoras quedan inmovilizadas, como las estatuas del viejo de la cicatriz, mientras nosotros nos ponemos de pie.

Si gritamos es porque no podemos oír más. En nuestra mente compartida hay demasiadas leyendas acumuladas. De pronto nos damos cuenta de que lo único que conocemos del mundo son leyendas, que no hay otra cosa que leyendas girando permanentemente a nuestro alrededor. En cada momento dé nuestra vida hubo un loco con traje de buzo contándonos cuentos, una historia de gotas vivas o de cerebros eólicos distrayéndonos de la acción real.

La Computadora Central, en Varanira; el origen del Consejero; las explicaciones sobre el funcionamiento del Centro; el sistema del karma; la ciudad al otro lado del río; las otras sucursales del Centro formando una telaraña entre las estrellas, eran todas leyendas. El pozo de Guirnalda era un universo de leyendas.

Los aldeanos, empezando por el viejo de la cicatriz, nos contaron leyendas. Dindir y compañía, mientras invadían nuestro mundo de planillas y números; el supuesto dueño del pozo; las cabezas de luz; el hombre del gorro rojo; todos nos contaron leyendas. Fueron leyendas los poderes del hueso en forma de X, el hombre de la voz gangosa que aparentemente dibujó nuestra oficina, los versículos del Consejero paseando por nuestra mente, las Ordenanzas, los contratos; el Palacio de los Espejismos de Utilería, la caída de Gadma, los dioses, la nostalgia de las rocas, las ilusiones de cada abertura de la prisión que exploramos. De nada tenemos pruebas, en nada podemos confiar. Siempre aparece el equivalente de una fotografía revelada para sacarnos del engaño y meternos en un engaño nuevo.

Pero lo que realmente nos hace gritar es que las leyendas no son pasivas. Luchan entre ellas. Hay ejércitos de leyendas que libran batallas eternas para decidir cuál se impone a la realidad. Y nuestra percepción de las cosas depende de qué ejército lleva las de ganar en un momento u otro. Presenciarnos el espectáculo de las leyendas victoriosas, hasta que otro ejército las supera y el espectáculo cambia. Sus maniobras nos arrastran como una marea, para dejarnos en una playa desconocida hasta que la siguiente marea nos envuelva otra vez.

Dejamos de gritar cuando el dolor de las gargantas se hace insoportable. Cumplido su cometido, Dindir, Balibar y Hecher se mueven otra vez, se ponen de pie, abren la puerta y salen de la habitación. Al mismo tiempo, la sangre del loco retrocede, y el cuerpo empieza a agitarse. Antes de que el loco termine de romper las cuerdas, Dindir y compañía ya están corriendo por los escalones de la prisión, y un segundo después se pierden entre los fuegos.

Queremos ir en alguna dirección, pero no sabemos cuál elegir. Entonces volvemos a sentarnos. Detrás, los movimientos continúan: ya han encontrado un tono, y ahora se perciben parejos y sostenidos. Delante, el loco consigue levantarse. Debe quedarle poca sangre, porque está pálido. Nos señala.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —pregunta. Apenas puede mantener el equilibrio. A su espalda, más allá de la puerta, empiezan a aparecer las cabezas de los curiosos más valientes. Alrededor de las cabezas se ven las aureolas de los fuegos y los pases trágicos del humo. Arriba están las nubes fosforescentes, y mucho más arriba los dueños invisibles del espectáculo, si es que ellos a su vez no son títeres de otras manos, más poderosas.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo? —insiste el loco. No sabemos de quién será la victoria esta vez, pero no es nuestra. No nos quedan fuerzas. Usamos las últimas energías para arrancar el collar con el hueso en forma de X del cuello de Gadma y tirarlo hacia los curiosos. Alguien lo ataja. Peor para él. Oímos un ruido y, sin levantarnos, damos media vuelta: en la pared que está junto a la pileta se está abriendo una ranura. Por algún motivo, Calibares conserva la linterna. La enciende y la apunta al interior de la ranura. No se ve nada.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

La ranura crece hasta que se transforma en otra puerta. Del otro lado, los movimientos invisibles nos llaman. Nos arrastramos hacia adelante y nos metemos en la oscuridad. En su nicho inconsciente, el Consejero empieza a moverse al azar, como los vehículos de la ciudad que veíamos al otro lado del río. El loco también se arrastra, siguiéndonos.

—¿Oyeron hablar del fondo del pozo?

En la prisión, los curiosos corren. Pero la ranura se cierra antes de que puedan alcanzarla.