Habilidad

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Siempre es más oscuro que lo que está a su alrededor, y sin embargo ilumina.

El último ser humano

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El fin del mundo llegó a la madrugada de un lunes. Ahora soy el último ser humano sobre la Tierra, y encuentro todos los negocios cerrados.

*

Mi segundo año como último ser humano sobre la Tierra, y ya casi todos los envases han pasado su fecha de vencimiento.

*

Soy el último ser humano sobre la Tierra, y sigo recibiendo spam.

*

Soy el último ser humano sobre la Tierra. Sí, a vos te lo digo.

Todos los años

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Todos los años hay algunos feriados que caen en domingo. La vida es así. Pero nada como el año pasado.

Para empezar, toda Semana Santa cayó en domingo. Estábamos desesperados. Y en una seguidilla tremenda fueron domingos el 2 de abril, el 25 de mayo, el 20 de junio y el 9 de julio. El gobierno, para compensar, eliminó dos lunes del calendario, pero por culpa de ese cambio también fueron domingos el 17 de agosto y el 12 de octubre.

La situación me hizo acordar cuando era chico y los días de carnaval eran feriados: una vez, el lunes y el martes de carnaval fueron domingos. Nos queríamos morir. Pero ni siquiera eso se puede comparar con lo del año pasado.

El gobierno, pensando en el año electoral que venía después, instauró el Día Nacional del Feriado. Con tan mala suerte (o tan mala intención) que cayó también en domingo.

Ya nadie se sorprendía de que incluso el 21 de septiembre fuera domingo. Pero lo que nos sacudió a todos, especialmente a los no católicos y no religiosos, fue que el Vaticano decidiera mover el 8 de diciembre, que era un viernes, al 10 de diciembre: como todos saben, un domingo. La Navidad quedó donde estaba, en domingo por supuesto.

Mi cumpleaños no, no hubo caso. Fue miércoles nomás.

Cada vez que se inunda el barrio

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Cada vez que se inunda el barrio ese tipo de la otra cuadra saca un bote que nadie sabe dónde tiene escondido, y se pone a remar mientras grita “¡Inundación!”, “¡Inundación!”. Rema y grita, rema y grita, sin mirar más que al frente, avanzando por el medio de la calle hecha un río hasta perderse de vista. Y después de que ese tipo se pierde de vista aparece la ayuda, vienen otros botes, se oye el helicóptero, nos van sacando de a poco.

Hoy se inundó el barrio pero ese tipo no apareció. Se habrá quedado dormido, o encerrado en la casa, o se le rompió el bote. El tema es que nadie salió gritando “¡Inundación!”, “¡Inundación!”. Nos trepamos a los techos de las casas hechas islas, mirando hacia los árboles hechos matorrales, curiosos por lo que traería flotando el agua durante el próximo minuto, y sobre todo esperando. Y nada. Ese tipo cambió de idea, o está cansado, o se ahogó. Ya no llueve, incluso parece que está por salir el sol. Y sin hablarnos, los habitantes de los techos de las casas tenemos la mala intuición de que esta vez la ayuda no va a llegar.

Un párrafo

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Pensé en escribir un párrafo
cualquiera
en prosa
como siempre

después
quitarle los signos de puntuación
cortarlo como si fuera en versos
y obtener así

un poema

pero me parece que
si lo hago
es trampa

Un pájaro desesperado

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Un pájaro desesperado canta entre dos edificios, amplificado por el rebote del sonido en las paredes. La cárcel lo agiganta. Se podría escribir un mal poema con esto.

Un árbol

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Un árbol viene flotando en medio del mar. ¿Naufragó una isla?

En una esquina del bosque

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En una esquina del bosque, dos ardillas deciden poner un almacén. Entonces…

*

Durante su primera caminata espacial, a John Kandinsky se le desatan los cordones. Pero el traje…

*

El asesino se acuesta de espaldas en el piso y sacude los brazos para dibujar un ángel en la sangre. María…

Tiene un pote de pintura negra y un pincel muy fino

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Tiene un pote de pintura negra y un pincel muy fino. Empieza a trazar figuras sobre la pared blanca. Figuras delicadas, pequeñas, llenas de detalle. Después de varias horas la pared está cubierta por una filigrana de líneas y puntos, y sin embargo no queda satisfecho. Agrega detalles aquí y allá, rellena espacios, prolonga líneas, redondea vértices y pone puntas a los círculos. Cada vez es más difícil ver lo que hace, porque el negro va cubriendo la superficie entera. Pero sigue, porque lo tiene todo claro en la imaginación. Y así llega el momento en que la pared completa está negra. Entonces limpia el pincel como para empezar otra vez, y va a buscar un pote de pintura blanca.

Ak y Ok

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Ak y Ok están a un par de pasos uno del otro, dentro de la cueva, aplicando pigmentos a la piedra con todo cuidado. Son amigos, hermanos, compañeros de clan. Pero algo los separa: cada uno tiene un estilo diferente. Son estilos que aún no tienen nombre, porque ellos mismos los han inventado.

Ak mira lo que hace Ok y gruñe. Luego vuelve a atender su propio trabajo. Así ocurre varias veces, hasta que Ok se vuelve hacia Ak, molesto.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Lo que estás haciendo —dice Ak.

—¿Qué tiene de malo? —pregunta Ok.

Ak echa otro vistazo a la piedra de Ok y sacude la cabeza con asco.

—Eso no es arte.

Estoy en una burbuja

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Estoy en una burbuja, flotando sobre la ciudad, recostado como en una hamaca paraguaya. Tengo los dedos de los pies a la altura de los ojos, los brazos cruzados sobre el pecho, y miro hacia la izquierda, al horizonte que queda justo por encima de la azotea del edificio más alto.

Dicen que los chinos inventaron las burbujas, como tantas otras cosas. Pero estaban reservadas al Emperador y a los miembros más elevados de su corte. Cuando el Emperador salía a flotar en una burbuja, a quienes vivían cerca de la Ciudad Prohibida les estaba vedado mirar al cielo.

Hay que estar quieto, porque si no resulta peligroso. Sobre todo si uno tiene las uñas largas y se le ocurre hacer presión en la membrana delgada. O si no se ha quitado los zapatos y mueve los pies con brusquedad. O si ha quedado un mosquito aquí encerrado y uno lo persigue sin mirar dónde pega. En cualquiera de esos casos es probable que la burbuja, y uno mismo, se convierta en apenas un sueño.

Cada vez que llueve

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Cada vez que llueve sale a recorrer los charcos, buscando lo que perdió.

Va de charco en charco, agachándose para mirar bien mientras sostiene el paraguas lo más vertical que puede. Se moja la espalda, los pies. Siente un poco de frío.

Sólo cuando llueve, porque si no no hay charcos, y si no hay charcos jamás podrá encontrar lo que perdió.

El Chango Reina

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—El Chango Reina. Ese era bueno.

—¿Quién?

—El Chango Reina.

—No lo conozco.

—Era el mejor. Tocaba con dos dedos.

—¿Tocaba con dos dedos y era el mejor?

—Lo escuchás y te querés morir.

—Eso no me parece bueno.

—¿Qué cosa?

—Que te quieras morir.

—Te querés morir cuando ya viviste todo lo que querías.

—Pero también cuando sabés que no podrás vivir todo lo que querías.

—No es el caso.

—O cuando ya no aguantás lo que estás viviendo.

—Yo soy feliz.

—¿Y te querés morir por ser feliz?

—No, por haber oído al Chango Reina.

—¿Ese también se murió?

—Hace cincuenta años.

—Porque quiso, me imagino.

El borde del papel engomado

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El borde del papel engomado de un sobre puede cortar la lengua.

Una gota de vino arruina para siempre una camisa blanca.

Si la venganza es un invento humano, hemos logrado transmitir muy bien la idea a nuestras cosas.

Espanté una mosca que me molestaba

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Espanté una mosca que me molestaba, y por un momento me imaginé la situación desde el punto de vista del insecto.

Un obstáculo enorme, incomprensible, le impedía acercarse a algo tibio y húmedo donde alimentarse y, tal vez, poner huevos. Para el bicho sin duda era imposible entender lo que ocurría: no estaba equipado para descubrir mis límites, mi comienzo y mi final, mi alcance, mis intenciones.

Era simplemente una catástrofe contra la que no podía hacer nada. Ni siquiera sabía en qué dirección evitarme, cómo ir hacia otro montoncito de caca o cosa podrida o lo que tuviese en mente, sin tropezar conmigo.

Una situación no muy diferente de la que enfrentamos los humanos.

Un gatito

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Un gatito empieza a cruzar las vías cuando un tren viene a toda velocidad. Haciendo uso de mis superpoderes lo envuelvo en una burbuja temporal, lo acelero y logro que llegue a salvo al otro lado. Pero el alma inmortal del gatito ha quedado atrás, y ha sido arrastrada por la máquina asesina, allá lejos, fuera de mi alcance, fuera del alcance de todos, hilacha invisible, despojo sin nombre. Pobre gatito, ahora me mira desesperado, sin alma, huérfano para siempre. Y ya no puedo hacer nada por él.

Percusión

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Ya de pequeño descubrió que al golpear suavemente con los dedos en distintos puntos de su propia cabeza producía ruidos maravillosos, con una riqueza que merecía ser explorada.

Practicó mucho, especialmente de noche, cuando el silencio de alrededor le permitía apreciar mejor las sutilezas de sus golpes.

Cuando fue al conservatorio simuló estar interesado en los instrumentos de percusión. Pero en casa sólo tocaba en su propia cabeza. Egresó con honores.

Durante la adolescencia logró los mayores hallazgos. Por ejemplo, podía imitar la complejidad del tabla hindú tocando con los dedos índices y mayores en las mejillas infladas, permitiendo leves movimientos del aire dentro de la boca.

Su carrera no estuvo exenta de dificultades. Sin ir más lejos, cada intento qie hizo de grabar sus interpretaciones fue un fracaso. No había equipos adecuados para percibir esa música del modo en que él podía oírla desde su propio interior. De manera que inventó una notación especial que le permitía reproducir una pieza de modo exactamente igual cada vez: líneas y puntos para la nariz, para las cejas, para los diversos puntos del cuero cabelludo, combinados con figuras para cada dedo.

El verdadero virtuosismo llegó luego de los veinte. Fue capaz de reproducir, golpeando sólo en las orejas, el solo de John Bonham en “Moby Dick”.

El problema, entonces y por el resto de su vida, era que nadie más podía oírlo.

Cada noche

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Cada noche, en el Museo Entomológico, un ejemplar de Cithaerias pyritosa ingresado en 1949 y clasificado en 1952 despierta misteriosamente de un profundo letargo, se desprende de sus ataduras y parte a realizar la tarea encomendada. Está afuera menos de quince minutos. Luego vuelve a acomodarse en su sitio de la vitrina, donde permanecerá inmóvil por otras veintitrés horas y tres cuartos. A la mañana siguiente, un nuevo titular sangriento llenará la primera página de los periódicos sensacionalistas.

Estoy flotando entre mi edificio y el de al lado

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Estoy flotando entre mi edificio y el de al lado, a la altura del quinto piso. Salí hace unos momentos, por la ventana del dormitorio. Vivo en el sexto, pero ya perdí unos metros de altura. Es difícil mantenerse en el mismo nivel. Abro los brazos bien anchos, estiro las piernas, levanto la cabeza, pero no hay caso: las pequeñas distracciones, los movimientos involuntarios, hasta un parpadeo me hacen perder centímetro tras centímetro.

Estoy sobre las cocheras. Mi objetivo es llegar a las del fondo, superar el techo de chapas que las cubre y mirar al otro lado de la pared. Quiero saber qué hay en ese sitio donde no llego a ver desde mi ventana.

De manera que allá voy. Me impulso con un movimiento de las manos y un movimiento de los pies. También muevo la cabeza, pero no creo que eso contribuya mucho. Avanzo de a poco, mientras sigo perdiendo altura. No es un auténtico vuelo. La trayectoria que yo quisiera horizontal es más bien una caída lenta en un ángulo de treinta grados. Acelero las manos. Acelero los brazos. Tal vez logre que los treinta grados se conviertan en veintiocho. Pero no es suficiente.

Aterrizo en el techo de las cocheras del fondo. No está tan mal. Aunque no es lo que quería. Me quedo un momento echado boca abajo, respirando con agitación, los ojos cerrados. Ahora podría arrastrarme un poco, pasar la cabeza por encima de la pared y mirar. Pero no lo merezco, con este ruido de gato borracho que hago sobre las chapas, con este cuerpo pesado que ya no puede desafiar al aire.

En cambio, me arrastro hacia el borde de las chapas y me dejo resbalar al piso. Caminando, atravieso las cocheras en dirección contraria a la del vuelo, entro al edificio, tomo el ascensor, vuelvo a casa.

Mañana volveré a intentarlo.

—Esto es inútil

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—Esto es inútil —pensó. Y así juntó sus cosas y se fue para siempre.

Desde entonces los ateos tenemos razón.

Enciende la luz

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Enciende la luz cuando sale de la habitación.

Comparte la comida con las moscas.

Canta un semitono más agudo que los demás.

Sobresale en diagonal.

Hay que tener un completo dominio de los hombros

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Hay que tener un completo dominio de los hombros. Al inclinar un hombro hacia abajo el ala se despliega, los dos metros de varillas y plumas. El aleteo se produce con un movimiento suave del hombro hacia adelante y hacia atrás. Si se inclina un poco el hombro hacia adelante (lo que ocurre cuando se echa el codo hacia atrás), el ala se inclina también hacia adelante; el efecto contrario se logra inclinando el hombro hacia atrás. La sensibilidad de las alas abre posibilidades aún inexploradas: movimientos giratorios del hombro producen efectos poderosos, diferentes según la intensidad del giro, el énfasis puesto en cada punto de la curva, o la fuerza muscular que uno tenga. Dejamos la exploración de esos universos a cada usuario. Por último, un golpe rápido del hombro en dirección a la oreja (sin llegar a tocarla) hace que el ala se pliegue y se trabe en esa posición, con lo que uno queda libre para usar los hombros con otros fines.

*

Se puso las alas, bien plegadas, y las ocultó lo mejor posible bajo el saco. Salió temprano del departamento, cuando aún era casi de noche y nadie podía fijarse mucho en ese par de bultos en su espalda. Caminó hasta la estación del subte, se escurrió junto a la pared hasta los molinetes y tomó un tren bastante lleno. Se apretó de espaldas a una puerta, del lado contrario a los andenes. Cuando llegó a destino se movió a último momento, así que nadie tuvo mucho tiempo para verlo de atrás.

Entró a la oficina con su propia llave, antes que nadie, y se metió en su cuarto, al fondo. Encendió la computadora, y sin quitarse el saco se acomodó en la silla por el resto del día. Movió, actualizó, revisó archivos. Recibió, escribió, reenvió emails. Cuando alguien entraba para dejar un papel o llevárselo, echaba los hombros rápidamente hacia atrás y se ponía de frente a la puerta.

Al mediodía pidió comida por teléfono, la recibió allí mismo un rato más tarde y comió a solas, con la excusa de que tenía demasiado trabajo.

Nada cambió durante la tarde, y no fue extraño que se quedara después de hora porque lo hacía con frecuencia. Salió cuando el sol se había puesto, para repetir paso a paso, en sentido inverso, el viaje de la madrugada.

Ya en su casa se quitó el saco, lo colgó del perchero y se echó en el sillón. Las alas emitieron un crujido suave, que lo hizo saltar de miedo. Pero eran irrompibles. Volvió a apoyarse en el respaldo, esta vez con suavidad, agarró el control remoto y prendió la tele.

Un noticiero y medio más tarde se alimentó otra vez de comida telefónica (que recibió con el saco puesto), y siguió viendo la tele hasta que los ojos le picaron. A las once de la noche se cepilló los dientes, se miró un momento al espejo y por último fue al dormitorio. Justo antes de acostarse se quitó las alas, agotado pero feliz.