La Mágica Web

por Eduardo Abel Gimenez

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Sección: En corto

Aburrimiento que

21/9/2003

No hay mayor aburrimiento que.

*

Hacía mucho tiempo que trataba de.

*

En realidad.

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Los que arreglan ascensores

18/9/2003

Los que arreglan ascensores se pasan la vida teniendo que subir por la escalera.

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—Esto es inútil

13/9/2003

—Esto es inútil —pensó. Y así juntó sus cosas y se fue para siempre.

Desde entonces los ateos tenemos razón.

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Enciende la luz

10/9/2003

Enciende la luz cuando sale de la habitación.

Comparte la comida con las moscas.

Canta un semitono más agudo que los demás.

Sobresale en diagonal.

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Hay que tener un completo dominio de los hombros

26/8/2003

Hay que tener un completo dominio de los hombros. Al inclinar un hombro hacia abajo el ala se despliega, los dos metros de varillas y plumas. El aleteo se produce con un movimiento suave del hombro hacia adelante y hacia atrás. Si se inclina un poco el hombro hacia adelante (lo que ocurre cuando se echa el codo hacia atrás), el ala se inclina también hacia adelante; el efecto contrario se logra inclinando el hombro hacia atrás. La sensibilidad de las alas abre posibilidades aún inexploradas: movimientos giratorios del hombro producen efectos poderosos, diferentes según la intensidad del giro, el énfasis puesto en cada punto de la curva, o la fuerza muscular que uno tenga. Dejamos la exploración de esos universos a cada usuario. Por último, un golpe rápido del hombro en dirección a la oreja (sin llegar a tocarla) hace que el ala se pliegue y se trabe en esa posición, con lo que uno queda libre para usar los hombros con otros fines.

*

Se puso las alas, bien plegadas, y las ocultó lo mejor posible bajo el saco. Salió temprano del departamento, cuando aún era casi de noche y nadie podía fijarse mucho en ese par de bultos en su espalda. Caminó hasta la estación del subte, se escurrió junto a la pared hasta los molinetes y tomó un tren bastante lleno. Se apretó de espaldas a una puerta, del lado contrario a los andenes. Cuando llegó a destino se movió a último momento, así que nadie tuvo mucho tiempo para verlo de atrás.

Entró a la oficina con su propia llave, antes que nadie, y se metió en su cuarto, al fondo. Encendió la computadora, y sin quitarse el saco se acomodó en la silla por el resto del día. Movió, actualizó, revisó archivos. Recibió, escribió, reenvió emails. Cuando alguien entraba para dejar un papel o llevárselo, echaba los hombros rápidamente hacia atrás y se ponía de frente a la puerta.

Al mediodía pidió comida por teléfono, la recibió allí mismo un rato más tarde y comió a solas, con la excusa de que tenía demasiado trabajo.

Nada cambió durante la tarde, y no fue extraño que se quedara después de hora porque lo hacía con frecuencia. Salió cuando el sol se había puesto, para repetir paso a paso, en sentido inverso, el viaje de la madrugada.

Ya en su casa se quitó el saco, lo colgó del perchero y se echó en el sillón. Las alas emitieron un crujido suave, que lo hizo saltar de miedo. Pero eran irrompibles. Volvió a apoyarse en el respaldo, esta vez con suavidad, agarró el control remoto y prendió la tele.

Un noticiero y medio más tarde se alimentó otra vez de comida telefónica (que recibió con el saco puesto), y siguió viendo la tele hasta que los ojos le picaron. A las once de la noche se cepilló los dientes, se miró un momento al espejo y por último fue al dormitorio. Justo antes de acostarse se quitó las alas, agotado pero feliz.

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Imaginemos una persona acostada

25/8/2003

Imaginemos una persona acostada sobre una superficie de vidrio lisa, sin nada de donde agarrarse, y que esa superficie, al principio horizontal, se inclina lentamente. ¿A cuántos grados empieza la persona a resbalar? ¿Qué inclinación es necesaria para que la persona caiga? ¿Y si el vidrio está mojado? ¿Si está frío? ¿O caliente? ¿Si la persona se quita los zapatos, si se quita las medias? ¿Y si está desnuda, o abrigada para la Antártida, o si tiene guantes? ¿Y si es un hombre viejo, o un niño, o una mujer embarazada? ¿Si es alguien que no tiene nada que perder en la vida? ¿Si es alguien que todo lo espera del futuro? ¿Si es alguien que duerme, o dormita, o está bajo los efectos de un sedante? ¿Si es un deportista sudoroso, o si sólo le sudan las palmas de las manos? ¿Si tiene todos los dientes, o ninguno? ¿Y si por debajo del vidrio sólo hay un precipicio de quinientos metros?

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En la calle las caras se superponen

25/8/2003

En la calle las caras se superponen, se ocultan mutuamente, aparecen y desaparecen, la primera tapa a la segunda y luego descubre una tercera para que la segunda la cubra y aparezca una cuarta, y así sucesivamente, como cartas del mazo que uno esta mezclando antes de repartir, o como varillas de un abanico roto.

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A veces pienso que me estoy ablandando

25/8/2003

A veces pienso que me estoy ablandando, pero no es así. Es que el mundo se endurece más rápido que yo.

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Tal vez queden tres segundos

20/8/2003

Tal vez queden tres segundos, pero todavía no lo sé. Está nublado. El portero dijo que va a llover. Sin embargo, hace un rato vi un retazo de azul hacia el sur. Puede ser que venga algo de viento y barra las nubes y el calor. Camino junto a la pared, esquivando las baldosas flojas. Unos metros más adelante, dos policías aburridos charlan. La pared es gris, rugosa. Está cubierta de inscripciones, firmas, nombres, un ecosistema de aerosoles que lucha por un fragmento de superficie. Un poco por encima de mi cabeza está la primera hilera de ventanas, todas opacas, altas, vacías. La vereda es angosta. No hay árboles.

Dos segundos. Una chica en uniforme de colegio viene en dirección contraria. Camina rápido, imitando los movimientos de FTV. Los policías vuelven la mirada hacia ella, sin interrumpir la frase que están diciendo. Se oye el ruido del motor, fuerte, agresivo, pero todavía no nos damos cuenta. Llevo las manos en los bolsillos. La derecha rodea la cámara, la izquierda el celular. La campera está pesada, con tanta electrónica en su interior, y eso sin contar los documentos, las llaves, los papeles inútiles.

Un segundo. Ahora es cuando empezamos a sospechar. El motor se impone sobre todo lo demás, acompañado por un aullido de neumáticos. La chica de uniforme mira hacia su derecha, yo miro hacia mi izquierda, los policías se callan. La pared no hace nada. Sigue nublado, la lentitud de los cielos no llega a resultados con la rapidez de los humanos. Alguien grita, fuera de este reducido grupo de personajes en los que he venido pensando. Cada corazón late una vez más.

Cero segundos. El ruido no ha tenido tiempo de llegar cuando la luz nos atraviesa.

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Todos sabemos cuál es su error

16/8/2003

Todos sabemos cuál es su error, pero nadie se atreve a decírselo. Tenemos pruebas, documentos. Sabemos que acabaría con sus desgracias si lo supiera. Pero nos da vergüenza ajena. Tememos el momento en que lo sepa y el color se le suba a las mejillas y quiera meterse la cara entre las manos y no se atreva a mirarnos otra vez a los ojos. Por ese temor que nos abruma le arruinamos la vida para siempre.

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Al verlo junto a la amante

16/8/2003

Al verlo junto a la amante, su esposa le dio una bofetada y se fue.

-¿Por qué no me dijiste que estabas casado? -reclamó la amante, y le escupió a los ojos antes de irse en dirección contraria.

El hombre caminó unos metros hasta la calle. Iba a cruzar cuando un auto se detuvo frente a él y se lo impidió.

-Me estafaste -dijo su mejor amigo, que estaba al volante, furioso-. Y aunque no lo creas, te voy a denunciar.

El ex amigo aceleró otra vez, y el hombre cruzó la calle. Al otro lado lo esperaban dos policías.

-Perdiste -dijo uno de ellos, mientras le ponía las esposas. El otro, por las dudas, le dio un puñetazo en el estómago.

Lo llevaron al patrullero. Estaba por entrar cuando cayó una maceta de lo alto y le dio en la cabeza. Es difícil que haya oído, mientras entraba en coma, una voz que gritaba desde el segundo piso:

-Así te esperaba agarrar después de lo que le hiciste a mi padre.

Jamás despertó, así que no llegó a enterarse de cuál fue el médico que lo reconoció y simuló un desperfecto eléctrico en el equipo del hospital.

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Siempre escalando el Beconcagua

15/8/2003

Siempre escalando el Beconcagua, el Ceconcagua, el Eneconcagua, por temor, por impotencia, porque la cosa real es demasiado.

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Hay que andar al ritmo de la música

15/8/2003

Hay que andar al ritmo de la música que suena en la cabeza. Hay que oírse por adentro: la propia voz, el bajo vientre, una batería de órganos en las sinapsis del cerebro, abriéndose camino hasta dar una frecuencia a los pasos, al pensamiento, a la ansiedad, la angustia y la alegría. Hay que dejar que un arpegio recorra el abdomen, que un glissando incline la cabeza, que un trino agite los dedos de los pies. Más: hay que ser música. Todo el resto es distracción.

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La sombra de la montaña

14/8/2003

La sombra de la montaña
tiene rocas,
precipicios,
nieve,
frío,
y se mueve por la tierra
como la montaña
se mueve por el cielo.

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Le costaba mucho mantener el equilibrio

6/8/2003

Le costaba mucho mantener el equilibrio, así que fue al médico a que le agrandara los pies.

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Recorrió la habitación con el aerosol

4/8/2003

Recorrió la habitación con el aerosol, rociando los rincones, los zócalos, encima de la cama, abajo de la cama, las dos mesitas de luz, las puertas del placard, el interior del placard, las molduras del cielo raso. Cuando terminó, trajo un tupper grande y unas pinzas de depilar, y empezó la búsqueda. Paralizados y corporizados por el líquido del aerosol, los pequeños fantasmas eran fáciles de atrapar. Abría por ejemplo un cajón del placard, metía las pinzas y sacaba uno o dos fantasmitas temblorosos y chorreantes, que iban a parar al tupper. Así y todo, le llevó no menos de una hora llenar el tupper de fantasmas. Ahí dio la cosecha por terminada.

Entonces fue a la cocina, cubrió el tupper con una película plástica y lo metió en el microondas. Bip, bip, bip: cinco minutos. Mientras pasaba el tiempo colgó la ropa lavada, puso agua para un café, fue al baño. Cuando los cinco minutos se cumplieron sacó el tupper y le quitó la película protectora. Ahora los fantasmitas parecían hechos de porcelana, con dos diminutos ojos negros pintados y el resto cubierto de barniz blanco.

Durante el fin de semana los vendería a dos pesos cada uno en la feria artesanal.

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El auto hacía un ruido raro

29/7/2003

El auto hacía un ruido raro, así que lo llevé al mecánico. Pero dejó de hacerlo una cuadra antes de llegar. Ahora, de noche, acostado y con insomnio, vuelvo a oír el mismo ruido.

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Es en esa línea del piso

16/7/2003

Es en esa línea del piso donde está la verdad, no en otra parte. Se equivocan quienes buscan junto a la pared, donde quedó el zapato, o al pie de la cama, donde cayeron los anteojos. Otros rastros son incluso posteriores, como la llave torcida en la puerta del placard, resultado del tropiezo de un enfermero, o el velador caído, que fue a parar al suelo cuando el mismo enfermero, tratando de no caerse del todo, acabó enganchando una pierna en el cable eléctrico. Y los hay anteriores, muy anteriores, como el vidrio rajado en la ventana, el fragmento de zócalo faltante, y el libro abierto, con el lomo hacia arriba, que apareció en el rincón, bajo la silla. También tratan de asociar al hecho la frase escrita con letra casi ilegible en la pared, sobre la cama, cerca del techo, aunque nadie haya podido explicarla. O la cucaracha muerta mucho tiempo atrás que apareció entre las sábanas. O la mancha de sangre fresca de la media izquierda, no asociada a ninguna herida. O el gato que salió corriendo de abajo de la cama cuando la policía echó abajo la puerta. Mucha lupa, mucho análisis, mucho informe escrito torpemente en una máquina de oficina gris con tubos fluorescentes, pero dejan de lado lo obvio, la línea entre estas dos baldosas, la que está floja y la que tiene una esquina partida. Ahí golpeó la cabeza.

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Cuando llegaba del trabajo

14/7/2003

Cuando llegaba del trabajo, siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad, daba un puñetazo en este lugar de la pared.

Acá, en la zona que ahora está marcada con un círculo de tiza. Pueden ver las marcas que fue dejando.

Abría la puerta, entraba al departamento, cerraba la puerta, daba media vuelta y pegaba el puñetazo en la pared, con la mano bien apretada, un poco de costado, martillando con el lado del meñique que es el que menos duele pero el que produce el ruido más satisfactorio. Siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad.

Hagan la prueba, si quieren. No dentro del círculo sino más allá, a la derecha, donde la pared está limpia. ¿Ven el resultado? ¿Lo oyen? Es una buena descarga.

Así iba dejando pequeños rastros de grasa, de sudor, de la tinta del diario que había leído unas horas antes. Las huellas que poco a poco formaron esta nube negra que podemos ver. Si analizáramos la nube al microscopio seguramente encontraríamos un método para contar los días, las semanas, los meses, los años en que repitió el ritual, desde que empezó a trabajar hasta la crisis. Siempre a la misma hora de la tarde, siempre en el mismo lugar, siempre con la misma intensidad. También podríamos interrogar a los vecinos, preguntarles si usaban el ruido del golpe para poner en hora los relojes.

Pero esas pesquisas no interesaron a la policía ni al juez, y nosotros no llegaremos a hacerlas. El tribunal dio permiso al dueño del departamento para que lo vuelva a alquilar. Esta tarde vendrán a pintar la pared, y ya no quedarán vestigios de la persona que hoy nos ocupa.

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Segisberto y Gustaquio

9/7/2003

Segisberto y Gustaquio llevan una vida plena de satisfacciones. Cada uno dedica su tiempo a molestar al otro, y la mayoría de las veces obtiene éxitos resonantes. Con lo cual ambos son más felices que si se ignoraran mutuamente.

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